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Año 1 #1 Octubre 2014

La carterita blanca

Una historia pequeña, una historia de pueblo. Una gran historia de Inés Legarreta.

 De Su segundo deseo, Emecé, Buenos Aires, 1997.

 ¿Así que usted andaba de paso y se enteró? ¡Lo que es la casualidad! No, plata no quiero. Quiero que se sepa la verdad. A mí la plata ni me va ni me viene, total para vivir con lo que gano me alcanza, y además en la vida hay cosas mucho más importantes que la plata. Guárdela nomás, igual le voy a contar todo, si al final me está haciendo un favor. Porque acá, en el pueblo, no me creen: dicen que estoy chiflado, que es imposible, que invento, pero se equivocan. Yo no miento, señor, nunca mentí; siempre conté la verdad, lo que había visto, lo que veo. ¿De dónde me dice que es el diario? No, no lo conozco, con decirle que en toda mi vida fui una sola vez a la capital... Era pibe, tendría cinco, seis años; nos llevó la escuela en excursión: la avenida ancha, el obelisco, el Cabildo; fue lindo. ¿Y de tan lejos se vino solamente para hablar conmigo? ¡Ni que fuera un perro perdiguero usted, de esos que no se les pierde el rastro! Tuvo paciencia, tiene razón, por lo menos cinco meses me tuvieron en la amansadora y les salió mal porque olvidar, no me olvidé. Bueno, de algunas cosas no me acuerdo bien, partes de mi vida se me borraron como si me hubieran pasado una goma por la cabeza, en blanco me la dejaron. Suerte que para tirar del carro y vender pochoclos mucho de esto no se necesita, ¿no le parece? Pero de aquello, de aquel día me acuerdo todo, minuto a minuto, paso a paso, ¡mire si me voy a olvidar de aquel día!

Eran las cinco. Yo salía tarde de mi casa porque el calor me había alargado la siesta y tenía apuro por llegar a la quermese; se me ocurrió cruzar por el puente para ahorrarme la caminata. Entonces, en vez de seguir derecho, como siempre, agarré para la izquierda y a las pocas cuadras apareció el puente viejo. Le decimos el puente viejo porque la ruta lo dejó a un costado y la gente ya no lo usa tanto, antes sí, antes era muy concurrido. Como le decía, rumbeaba para el puente y de lejos no vi nada, pero más o menos a la cuadra me pareció que había un tipo sentado sobre una de las barandas, la de allá, quiero decir, yo venía por esta mano, bueno, el tipo estaba en la otra, en la de enfrente. Pensé que era un heladero porque estaba vestido de blanco y también pensé qué boludo, se le van a derretir los helados con este calor; pero a medida que me acercaba me di cuenta de que era una mujer; uno, por las piernas cruzadas y, dos, porque cuando las descruzó y quedaron colgando vi los zapatos de taco alto, blancos también. ¿Se imagina una mina sola a las cinco de la tarde, pleno verano, sentada ahí? ¿Y qué iba a pensar? ¡No había mucho para pensar! O era una trastornada o era una rutera. Yo estaba empapado, tiraba del carrito para subir el puente y el agua me chorreaba por el cuello como de una canilla abierta; miraba para adelante y la veía, vestida de blanco, pantalones y blusa, zapatos blancos, el cuerpo un poco encogido, la cara no se la veía; el pelo rubio, largo, le tapaba la cara, era un pelo de película y no sé qué me dio, me dio rabia y calentura al mismo tiempo, ¿qué carajo hace?, pensé. Yo tirando del carro y la mina ahí, sentada al sol, vestida de bacana porque la ropa era fina, ropa buena, no como la que usan en el barrio y ella tampoco era de barrio, era una mina de guita, de esas que uno mira pasar, entonces al enfrentarla le dije te chuparía toda, nena, y no sé cuántas barbaridades más; eso me aumentó la calentura y me quedé esperando que reaccionara pero la mina siguió como si nada, mirando para abajo –el pelo rubio era una cortina de oro-, yo me volví loco, ya me arrimaba para tocarla cuando levantó la vista y me miró, me miró como si no me viera y yo no puedo decirle si era linda o era fea, quiero decir en ese momento no me di cuenta, porque después sí, cuando vi la foto del diario me pareció una muñeca; pero le juro por mi madre, que me caiga muerto aquí mismo, que en ese momento, parado delante de ella no le vi cara, lo que yo vi fue la tristeza. Ni siquiera los ojos le vi, vi la tristeza, la mirada más triste del mundo; ¡cuánta pena, señor, cuánta! Me corrió un escalofrío por el cuerpo y, se lo juro, sentí lo mismo que ella sentía: una desolación infinita. Y me quedé sin poder hablar, sin moverme, el sol caía a pleno pero ella no estaba transpirada, ahora pienso al revés, debía tener frío, mucho frío y por eso agarró la carterita blanca que estaba sobre la baranda del puente y la abrió; todo lo hizo lento, sin apuro, sin nervios; yo pensé va a fumar, saca un pucho y lo prende pero sacó un revólver, la estoy viendo, sacó un revólver y con movimientos precisos se lo metió en la boca, después lo sujetó con las dos manos por la culata y apretó el gatillo: le estalló el cerebro, se voló limpita la cabeza delante de mí; todo en un segundo: sacó el revólver como si fuera a fumar, se pegó el tiro, el disparo la empujó para atrás, saltó el chorro de sangre en el aire, el pelo se le abrió en abanico, cayó de espaldas, se cayó al río, se fue, ya no la vi más, me la tapó la baranda, oí el ruido del cuerpo al entrar en el agua, no podía moverme, no podía hablar; pensaba en el río, en el agua sucia, casi podrida; pensaba que la corriente se la llevaría vaya saber dónde y me largué a llorar como un chico, no se imagina con qué desesperación lloraba. Ya se lo dije: no hice nada, no me moví de ahí por mucho tiempo, no podía dejar de mirar la carterita que había quedado sobre la baranda: era de cuero blanco, los rayos del sol le pegaban a pleno y el blanco relumbraba en la piedra gris del puente; estaba abierta, parecía abandonada, me sentía solo y lloraba sin consuelo. Fue un camionero el que avisó a la policía. Quiso pasar pero el carrito estaba atravesado de medio a medio, me gritaba que lo corriera y yo no le hacía caso; entonces se bajó puteando, creo que le señalé el río, se asomó por la baranda y avisó a la policía.

Testigo, eso fui, el único testigo del suicidio de Cecilia. Porque así se llamaba: Cecilia Etchegaray. Y declaré lo que había visto a la policía primero, al diario después; lo conté no una sino mil veces a mi familia, a los muchachos del club, a los vecinos, a cualquiera que se me acercaba –lo mismo que usted- yo le contaba lo que me había pasado. Me parece que era una manera de sacarme de encima aquella visión terrible: la visión de la entera tristeza. Pero no lo conseguí, no pude olvidarme de la tristeza de Cecilia ni de Cecilia. A lo mejor, si aquel día no hubiera bajado al río se me habría borrado de la mente, si me hubiera quedado en el molde seguro que me hubiera tranquilizado... pero ¿cómo explicarle? Ni yo mismo sabía lo que me pasaba, tenía necesidad de volver a verla. La policía la rastreó y la encontró enseguida, ahí nomás, el cuerpo enredado entre los juncos. Para sacarla la arrastraron de las piernas y quedó tirada en la orilla; sucia de barro, el pelo, la ropa; había perdido un zapato, uno sólo, el otro lo tenía puesto, un poco salido, se ve que también estaba por perderlo cuando la encontraron y a mí me impresionó verla boca abajo, los brazos y las manos doblados de una manera extraña. Claro, estaba muerta y los muertos quedan en posiciones raras; después alguien los arregla, los acomoda, pero la muerte nos sorprende siempre y cuando se va el alma, señor, uno es una cosa. Ahí estaba, la cara semihundida en el barro y el yuyal de la costa y yo no podía dejar de pensar que era una injusticia, no era justo que una sola persona cargara con la pena del mundo: eso es demasiado para cualquiera. Y también me sentía culpable, pensaba que si hubiese seguido de largo en vez de pararme para decirle porquerías ella no hubiera hecho lo que hizo. Quedate tranquilo, me decían los canas, vos no tenés nada que ver en este asunto, esto viene de lejos, trae cola, pero en unos días se arregla. Lo mismo le dije yo a la cana: ¡Se arregla! ¿Qué se arregla? La mujer está muerta, se pegó un tiro, vi con mis propios ojos cómo le estallaba la cabeza, se le hizo un agujero así de grande, la sangre y los sesos desparramados no tienen arreglo, ¿o me equivoco, o estoy equivocado? No parece muy convencido. ¿O a usted tampoco le importa lo que pasó? La vida es sagrada, Dios nos hizo para andar por el mundo, estamos hechos a su imagen y semejanza; aunque soy un pobre pochoclero conozco la palabra del Señor y, si duda de mí, más vale no tome nota de lo que le digo y mándese a mudar. Está bien, a lo mejor me confundí, perdóneme, será que han dado tanto que hasta desconfío de mi sombra. Claro, no se va a tomar el trabajo de venir de la capital para tomarme el pelo, tiene razón, discúlpeme, señor. ¡Qué misterio la cabeza! Ahora no me acuerdo de qué hablábamos. Partes enteras de mi vida se me borraron por completo, de repente me quedo en blanco. Perdido como turco en la neblina, ¿conoce el dicho? ¿Dónde andaba? ¿Qué era lo que le estaba contando? ¡Ah, de Cecilia, pobrecita mi Cecilia! ¿Y cómo sabe que era una Etchegaray? ¿Cuándo se lo dije? Bueno, sí, es una familia conocida del pueblo, son ricos, hay varios metidos en política; pero yo a ella no la conocía personalmente, ¡qué personalmente! ¡Ni de vista la conocía! Por eso recorté el artículo del diario y, a pesar de las mentiras que dice, lo guardo como si fuera algo sagrado, por la foto de Cecilia. ¿Linda? No, linda es poco: era hermosa. Los ojos claros y la sonrisa franca, ese pelo rubio de princesa... perdóneme, siempre me emociono cuando pienso cómo era, tan vital, tan alegre. Lo sé porque ella me lo contó. ¿No le dije que después de lo del puente se me aparecía de improviso y me hablaba, me contaba su vida? Yo tampoco lo podía creer al principio, pero después sí, después ya no tuve dudas y me enteré de cada cosa que mejor no hablar. Aunque a usted le voy a contar todo, total a mí no me importa nada, mejor dicho lo único que me importa es Cecilia.

Vea, cuando leí lo que escribieron en el diario me dio una bronca que casi exploto. ¡Puras mentiras! ¡Ni una sola palabra de lo que yo les había dicho, ni una palabra de lo que había declarado a la policía! ¡Resulta que había sido un infortunado accidente cuando limpiaba las armas de caza en la estancia de la familia! Los peones habían acudido al oír el disparo y la habían encontrado muerta, tirada en el piso del comedor. Mi testimonio no servía. Yo era un pobre tipo al que podían limpiar de un plumazo, era un ignorante, un cero a la izquierda. ¿Sabe qué sentí al leer aquel artículo? Sentí que si no hacía algo me ahogaba en mi propia espuma, por la rabia digo, como los perros. Es duro darse cuenta de que uno no existe, de que la vida miserable que uno lleva no tiene recompensa en ningún lado. Y de repente se me mezclaron la bronca, qué digo la bronca, la furia; la furia y el dolor y la cara de Cecilia ensangrentada y me dije no la rechaces. Porque cuando ella se me aparecía yo me la quería sacar de encima, quería que se fuera rápido, la espantaba sin escucharla. Me dije: prestale atención que te la manda Dios, ¿no ves que se parece a un ángel? Entonces la escuché y me cambió la vida. Para siempre me cambió la vida. Ah, sí, y me enteré de todo, pero de todo, ¿me entiende? A la palma de mi mano no la conozco tanto como a la vida de Cecilia. Me fue contando la infancia, su deseo de independencia cuando era señorita, el casamiento y los hijos, las peleas con la familia, el asunto ese del amante y la familia que se puso del lado del marido y quiso desheredarla y también la verdadera desgracia, la más grande que le puede pasar a una madre: un juez le quitó los hijos y se los dio al marido que es un político. ¿Qué quiere que le diga? ¡Para mí la política es una bosta; y a los políticos habría que fusilarlos a todos porque son de lo peor que hay! Alguno habrá, pero lo que es yo no tengo el gusto. ¿Cómo lo voy a negar? No fue fácil esa época. ¿Se imagina? ¡Por un lado ella contándome la verdad y por otro, tener que escuchar lo que decían en el pueblo! Porque en el pueblo, de buenas a primeras, no había quién no pudiera decir algo, opinar, contar anécdotas, como si hubieran crecido al lado de ella y hablaban con seguridad, daban datos, horarios, nombres. Resulta que todos la habían visto: la mujer que le planchaba a la tarde, el albañil que le había hecho unos arreglos en la casa, el chico del supermercado que le alcanzaba las compras... A mí se me revolvían las tripas, señor, ¡si el único que de veras había visto algo era yo! Y había visto tanta tristeza, tanta pena y no podía olvidarme de que en lugar de la cara el tiro había dejado un agujero, un hueco profundo, como un lamento hondo, interminable; yo no podía olvidarme de que aquella mujer del puente era una herida abierta, todo dolor.

Con sinceridad, hasta que Dios me iluminó no sabía para dónde agarrar. No es que desconfiara de ella, pero me faltaban fuerzas y Dios me las dio. Me dio fuerzas para jugarme entero, para proclamar la verdad a los cuatro vientos. Y la verdad es que lo de Cecilia había sido un crimen. Ni un accidente como decía el diario ni un suicidio como lo había visto yo: fue un crimen. ¡Un crimen! A Cecilia la arrinconaron, la obligaron a ponerse el revólver en la boca; no fue ella la que gatilló el revólver, fueron otros. Y lo empecé a decir, a gritar, a escribir con tiza en las paredes y se me complicó la vida. No me quejo, no estoy arrepentido de lo que hice, pero a mi novia había que aguantarla. Sí, tenía novia, una piba del barrio que se puso verde de celos y la insultaba, me decía no sé cómo la defendés a esta turra, si yo te hubiese metido los cuernos vos me molías a palos, me dejabas negra de los golpes y se ponía peor cuando yo le decía que era cierto, que hubiese reaccionado como corresponde a un macho y a otra cosa; pero hacerle lo que le hicieron a Cecilia, eso nunca, eso era de maricas, de mal nacidos, ¿dónde se ha visto? ¿Recurrir a la política, a un juez, a gente que ni siquiera la conocía para acusarla de lo que fuera? Eso no, eso nunca lo hubiera hecho. Y a mi vieja le decía que en vez de agarrarse la cabeza y pedirme que me calle la boca tendría que estar orgullosa por haber criado un hijo que piense así aunque sólo llegó a quinto grado, pero mi vieja lloraba y me decía que fuera al médico, que el asunto del puente me había trastornado y ella tenía miedo; creo que les pidió a los muchachos del club que me vigilaran de cerca y hasta fue a la comisaría y habló con la cana para que entendieran que yo era inofensivo, lo único que había hecho en la vida era vender pochoclo y manzanitas a los chicos del pueblo en la plaza. Y también mi vieja tenía razón, bueno, algo de razón, porque yo le contestaba que a lo mejor la gracia de Dios me había venido precisamente por ser un pochoclero ignorante y ahora comprendía de veras, comprendía con el corazón y no con la cabeza como los leídos y bueno, hablaba y hablaba, no podía dejar de gritar que nadie en el pueblo estaba libre de culpa y podía tirar la primera piedra. Acá me pierdo, se me confunden los días, las noches, lo que dije, lo que hice y me hicieron. Lo cierto es que terminé encerrado en el loquero. Del loquero quisiera olvidarme. Ojalá pudiera. Una sola cosa le voy a decir y preste mucha atención a lo que le digo: los locos de este mundo, señor, tienen asegurado un lugar en el cielo. Están sentados a la diestra del Padre, así como le digo, así como lo escucha. A todos he perdonado, soy un manso de corazón, limpio de rencores; si no, los chicos no me andarían cerca y ya lo ve, ahí están jugando a la pelota. Cuando hacen un gol se los canto como en la radio y ellos lo festejan. Yo también me río. Estoy bien ahora. Nunca estuve tan bien como ahora. A las pruebas me remito: de allá, me soltaron. Mi vida allá: un infierno. El infierno está en la tierra, ¿o usted cree que lo van a quemar cuando se muera? Al principio yo seguía diciendo la verdad, lo que había visto y lo que ella me contaba y me aguantaba el chubasco. Pero después de un tiempo la cosa se puso fea.

Todos los días son iguales. Te atan a una camilla y te enchufan como si fueras una lámpara; el cuerpo, los músculos se arquean, se te paran los pelos, quedás suspendido en el aire, después caés a plomo; te vuelven a enchufar, cuidan de que no te muerdas la lengua, se te tuerce la cara porque querés gritar y no podés, otro golpe de corriente, te sale espuma por la boca, oís ruidos, tambores, el rayo otra vez te quema el cuerpo, lo abrasa, temblás como una hoja, el tambor retumba en los oídos, se te va a reventar el pecho, te falta el aire, aflojan por un ratito y enseguida vuelven a empezar; saltás en la parrilla, te acordás de las ranas en la sartén, querés morirte pero no te dejan, quieren que digas no vi nada, inventé todo, lo del puente es mentira, estoy enfermo, ustedes me van a curar pero yo al principio resistía pensando en ella. El dolor era terrible pero yo resistía porque me acordaba de la pena, de la tristeza que le había visto; el dolor era insoportable pero yo resistía imaginando que le dibujaba la cara, que se la moldeaba con mis manos y se llenaba de tibieza y de color aquel hueco hondo, interminable; resistí hasta que un día, señor, me quebré. Me dieron una paliza tan grande que quedé tirado como un trapo y por no sé cuánto tiempo no pude caminar ni hablar, apenas si podía tomar agua. Los guachos saben hacer las cosas. Cuando me estaba recuperando me llevaron de vuelta a la camilla y entonces, antes de que me ataran, me quebré. Cerré los ojos, le pedí perdón a Cecilia, le dije perdonáme pero no doy más y a ellos tienen razón ustedes, mentía, inventaba, díganme qué tengo que decir, no me acuerdo de nada, quiero dormir en paz. Y me dejaron dormir. Me despertaba y me daban pastillas para que siguiera durmiendo y así me borraron la cabeza, se me fueron las ideas, quedé en blanco. Manso como un cordero. Pasaba horas mirando las paredes y el techo del cuarto hasta que decidieron soltarme. Estaba curado. Hay cosas que uno dice y no entiende, las repite a lo loro, yo ahora sé lo que quiere decir curado de espanto. Curado de espanto. Se lo juro por mi madre, ni me acordaba por qué me habían metido adentro. En cambio, quería salir, huir de ahí lo antes posible. Me soltaron un día lindo, de sol, daban ganas de vivir. La vieja me fue a buscar, juntamos las pilchas, armamos la valija y volvimos caminando al barrio.

En la casa se puso a cebarme mate, a lo mejor para disimular las lágrimas, porque a cada rato me acariciaba la cara y me decía que había sufrido mucho por mí pero que estaba contenta porque los médicos le habían dicho que estaba sano; le dije que se quedara tranquila, me sentía bien, no quería armar escándalo, lo único que quería era vender pochoclo como siempre. Había guardado el carrito en el galpón, corrí a buscarlo y ahí nomás lo empecé a limpiar, a engrasarle las ruedas, a retocar la pintura y quedó listo. Al día siguiente me puse a fabricar pochoclo, compré el maíz, el azúcar y también manzanitas para hacerlas acarameladas como les gustan a los chicos y al tercer día salí de casa tirando del carro, meta silbar, contento. Me acuerdo, la vieja se asomó por la ventana de la cocina y me saludó con la mano. Prepárese porque viene lo mejor, preste atención, no se vaya a olvidar de algún detalle. Ponga que sin pensarlo agarré derecho para el puente y me pasó lo mismo que la vez anterior: más o menos a una cuadra la vi. ¡Se imagina, señor, lo que fue para mí verla de nuevo! La vi, me inundé de alegría y me acordé. Me acordé de lo que quisieron que me olvidara. De la verdad. Lo que le estoy contando.

¿Se da cuenta? Me había perdonado y me esperaba. Ya sé que usted piensa que no es posible que Cecilia estuviera sentada en la baranda del puente, en el mismo lugar y en la misma posición que la otra vez. Pero estaba. Me estaba esperando. No me interrumpa, por favor. Me temblaron las piernas, me dio un tembladeral, solté el carro y me largué a correr y entonces, señor, sucedió algo tremendo: Cecilia se fue, desapareció. Casi me pongo a llorar de la desesperación; la buscaba, daba vueltas, me adelantaba, retrocedía unos pasos: todo era inútil, se había ido. Ya me volvía para casa, pero como no soy de los que se dan por vencidos fácil, en un último intento miré para el puente y ahí estaba, sentada en la baranda. Me quedé quieto y ella no se movió. Le veía el pelo rubio, la blusa y los pantalones blancos, los zapatos de taco alto. Si trataba de acercarme ella se esfumaba y si me iba muy para atrás tampoco la veía; había una distancia, un lugar, éste donde estoy parado, donde estamos los dos, el lugar y la distancia justos para que se quede, para que no se vaya. ¿No la ve? No se preocupe, nadie la ve. Solamente yo la veo. Porque fui el único que la vio suicidarse aquel día de pleno verano, en el puente. Desde este lugar, que es como decirle mi mundo, mi casa, sin jamás acortar la distancia que nos separa, la miro todos los días. La gente viene acá a comprarme pochoclos, los chicos me rodean, juegan. ¿Vio cómo me hacen con los deditos? Me hacen así y se ríen a las carcajadas cuando yo les respondo con ese mismo gesto, usted sabe, el de estar chiflado. ¿Por qué me voy a enojar? ¡Si me quieren, si nadie me tiene desconfianza! Se lo repito: soy un manso, un ser inofensivo al que Dios le ha otorgado una gracia, una misión que cumplo y cumpliré hasta el día de mi muerte: cuidar a Cecilia. Porque ella sabe que estoy acá y sabe que la protejo, la cuido. De tanto mirarla la he obligado a levantar la cabeza y a alzar el cuerpo, ya no está agachada; ahora Cecilia mira el río que se funde a lo lejos con el horizonte y con el cielo y recibe en su rostro la caricia del viento y escucha el canto de los jilgueros y las calandrias y se sonríe. La sonrisa de Cecilia llena de luz mi vida. Ahora Cecilia mira los sauces de la orilla y se entretiene con el vaivén de las ramas delgadas, con el brillo crepuscular del sol en las hojas. No se acuerda de la carterita blanca que dejó a un costado, en la baranda. Cecilia se distrae con el fluir del agua limpia del río, con los plumeritos que vuelan, con los colores terrosos del pajonal cercano o con el mugir de las vacas. Cecilia es mi paisaje, señor. Yo contemplo el mundo a través de ella. Y no la dejo acordarse de la carterita blanca. Así es, mientras yo esté acá, en este lugar, a esta distancia, ella nunca va a volver a abrir la cartera blanca. Por eso siempre vengo, para cuidarla. Pero si como usted dice sucediera lo imposible y ella sacara de nuevo el revólver para pegarse el tiro, yo no tengo dudas de lo que haría. Nada de hacer lo de la otra vez, que al final el perjudicado fui yo. Es simple: la seguiría, me tiraría al río detrás de ella. Porque la vida sin Cecilia, señor, sería un calvario, qué digo un calvario, el infierno. El más negro y espantoso infierno. Vivir.

 

  • Inés Legarreta
    Legarreta, Inés

    Inés Legarreta (Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, 1951) es escritora. Su libro de cuentos En el bosque (Gel, 1990) obtuvo el Premio Iniciación otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores.

    Tres años después ganó la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes.
    En 1997 publicó
    Su segundo deseo (Emecé), libro de cuentos que mereció el Tercer Premio de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y una Mención de Honor en el Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

    En 2000 le otorgaron Medalla de Plata como Mujer Destacada Bonaerense. En 2004 publicó La Dama habló (Sigmur), libro de cuentos que logró en 2008 el Premio Único de la Categoría Inéditos (bienio 2002-2003) del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. <

    En 2008 publicó en Nuevohacer (Grupo Editor Latinoamericano) la nouvelle El abrazo que se va.
    En 2010 editó, también en Nuevohacer (GEL), la nouvelle 
    Tristeza de verse lejos

    Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Primer Premio Nacional de Los Cuentos de la Granja, Segovia, España, en 1989 y 1993. Codirige desde 2005 la revista literaria Eledermaus. Ha sido traducida al inglés y al alemán.