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Año 3 #33 Julio 2017

La boca del infierno

La boca del infierno —la última y bellísima novela de Osvaldo Gallone— trata sobre el encuentro del magnífico poeta portugués Fernando Pessoa y Aleister Crowley, el ocultista creador de Thelema y el iluminismo científico (su máxima era “haz tu voluntad: será toda la ley”). El encuentro se produjo el 2 de septiembre de 1930 en Lisboa, y permaneció más o menos olvidado hasta que Gallone —con pluma espléndida, abundante y precisa— lo rescata para sus lectores.

 


La boca del infierno

 

(Fragmento) Evaristo Editorial, Buenos Aires, 2016.

 

Otro que bien baila (pero no como el “Vibrador” Pantoja sino en sentido figurado, se sobreentiende) es el ocupante del camarote número seis, que ha pedido este número con especial insistencia al abordar el vapor en Southampton luego de haber despotricado a los gritos y con elocuentes gestos de ira que fueron deplorados en silencio, pero con firmeza, por los empleados de la Royal Mail Lines, que el barco no tuviera un solo camarote que ostentara el número 666; de hecho, sir Aleister Crowley, que de él se trata, se resignó a comprar los dos pasajes (uno para él y el otro para su pareja de turno, una artista alemana de diecinueve años, Hanni Jaeger, a quien, cariñosamente, apoda “el monstruo”) y, una vez adquiridos e insatisfecha su demanda de viajar en un camarote con número emblemático, se limitó a esgrimir su opinión en un tono de voz suficientemente audible: “¡Qué barco de mierda!”, comentario que fue prolijamente desoído por el personal de la Royal Mail Lines integrado por británicos a carta cabal, y ya se sabe que un británico que se precie ni siquiera escucha la palabra “mierda” (no sólo por razones culturales, sino, incluso, por motivos fisiológicos, como ha podido averiguar el cronista en arduas incursiones por la selva de la bibliografía científica: un grupo compuesto por psiquiatras y anatomistas de la Columbia University ha concluido, luego de años de ímproba labor que supo de fracasos y rectificaciones pero no de desfallecimientos, que la caracola o coclearis del oído interno del británico medio opera en el órgano de la audición tal y como el super ego en el aparato psíquico de los demás mortales: una conciencia moral que obtura o permite el paso de ciertos sonidos; cualquier palabra malsonante llega hasta la coclearis británica, choca con ella y no cumple el circuito acústico que sería menester para que sea no sólo escuchada, sino comprendida. El informe de marras se ha publicado, de modo sucinto, claro está, en el suplemento “Vida y Salud” de la revista Hola, edición latinoamericana, que no será ciencia dura, pero algo es algo). Sir Aleister Crowley no ha sido ungido por título de nobleza alguno, no se llama Aleister sino Edward Alexander, y que sea hijo legítimo de Edward Crowley está por verse, pero los grandes hombres, huelga decirlo, se inventan a sí mismos y el cronista no está aquí para pedirle documentos de identidad a nadie, baste saber que en las tarjetas de presentación del hombre, impresas en papel de vitela y ornadas con guardas doradas y filigranas que delinean signos esotéricos, se puede leer: Sir Alastor de Kerval – La Bestia 666 – Sir Aleister Crowley – Abadía de Thelema (Collegium ad Espiritum Sanctum) – Villa Santa Barbara. Resulta un engorro –vaya a saber uno cómo se las arregla Hanni Jaeger, pero esas son cosas que pertenecen a la esfera de la intimidad y nadie tiene derecho a inmiscuirse en ello- saber a ciencia cierta cómo llamar a Crowley, llamarlo en el sentido más mondo y lirondo del término, llamarlo para tomar un cafecito o para preguntarle cómo va la vida (en el supuesto de que a Crowley se lo pueda molestar con motivo de tan crasas y cotidianas paparruchas, que serán todo lo irrelevantes que se quiera, pero así se mata el tiempo y se sigue andando), habida cuenta, al menos, de dos factores: la cantidad de seudónimos que ha usado hasta el momento (ríase usted de los escasos heterónimos que maneja el maestro Pessoa): lord Boleskine (el hombre tiene, evidentemente, una acusada inclinación por los títulos de nobleza), Adam d’As, Baphomet (el ídolo que, presuntamente, adoraban los caballeros del Temple), Leo Vincey, D.H.Carr, Oliver Haddo, Maud, conde de Middlesex (y vuelta la mula al trigo), MacGregor, Vladimir Svareff, Perdurabo, frater Demon, Khaled Khan y George Archibald Bishop, entre otros; y la certeza de que en encarnaciones anteriores ha sido, alternada o consecutivamente, Ko Husen, discípulo de Lao-Tsé, un caballero templario, el papa Alejandro VI, el conde Cagliostro y Eliphas Levi, por mencionar sólo algunos personajes de los que guarda memoria y vívidas experiencias. Llamarlo, pues, no es lo mismo que, pongamos por caso, llamar a Pepe, que acude en seguida sin restregarnos por la cara la prosapia de sus metempsicosis; ¿cómo nombrar a semejante sujeto: por su nombre de pila bautismal, por algunos de sus seudónimos, por la filiación que consigna en sus tarjetas de visita o por alguna de sus diversas encarnaciones? La función de este humilde cronista no es rizar el rizo ni complicarle la vida a nadie, así que por ahora y hasta que no surja mejor criterio se lo llamará Crowley, Aleister Crowley o sir Crowley (si el hombre alienta sueños de nobleza, nada cuesta hacerle el gusto y lustrarle la vanidad). Esta noche, ajeno a la lentitud de remolque que lleva el Alcántara, al aburrimiento expresado en rotundos bostezos de Hanni Jaeger y al ruido que meten Los Sandungueros de La Guaira, sir Crowley está redactando, con la relativa serenidad que el espíritu demanda para este tipo de menesteres (que no por indeseados son menos necesarios), su testamento: “Estando en alta mar, a los veintitrés días del mes de agosto del año mil novecientos treinta, a bordo del vapor Alcántara rumbo al puerto de Lisboa y en pleno uso de mis facultades mentales, dispongo que, en caso de que muera, se lleven a cabo, de modo preciso y sin modificaciones de ningún orden, las siguientes instrucciones: Embalsamar el cadáver. Vestirlo de blanco con una túnica Tau, la casaca y la faja roja de Abra-Melin, la corona y la vara mágica. Asimismo, se colocará a un costado del cuerpo la gran espada roja y se enterrarán todas las joyas mágicas. La tumba no deberá ostentar ninguna imagen y será construida en piedra blanca. Sobre la lápida ha de ser escrita una sola palabra: Perdurabo. La bóveda será enladrillada a fin de ocultarla a los ojos de los hombres. En la bóveda se colocarán un ejemplar en vitela de cada una de mis obras, herméticamente selladas. A menos que a partir de la fecha sustancie una disposición en contrario, estas instrucciones las llevará a cabo Hanni Jaeger, en cuya presencia redacto y suscribo este testamento no sin antes declarar que hasta el fin de mis días me he atenido a la sentencia moral de la cual soy mentor y vivo ejemplo: Haz lo que quieras.” ¡Menudo trabajo se le viene encima a Hanni Jaeger, que bosteza pensando que Crowley está abocado a la escritura de algún poema o ensayo y que, si por ella fuera, se estaría zangoloteando al ritmo de Los Sandugueros! Curioso que un hombre como Crowley, de cincuenta y cinco años, vale decir, relativamente joven (pero esta ponderación hay que tomarla con pinzas y sin mancharse los dedos: a medida que pasan los años casi todo el mundo le parece al cronista relativamente joven, incluso aquellos que, hace un tiempo, juzgaba viejos recalcitrantes y a punto de muerte), se aboque a la redacción de su testamento no hallándose enfermo ni en conocimiento de enfermedad o dolencia alguna. Tampoco es un gesto dictado por el temor: sir Crowley es un mago, un nigromante, la encarnación terrena de las potencias malignas (no en vano ha solicitado con obstinación el camarote número seiscientos sesenta y seis, y en sus tarjetas personales manifiesta desembozadamente su condición: La Bestia 666), ¡no va a suscitarle miedo una travesía en un barco de vapor! ¡Tan luego sir Crowley, que ha sabido convocar a los setenta y dos demonios (ni uno más ni uno menos) que el rey Salomón confinó en una urna; contemporizar con los espíritus malignos Oriens, Paimon, Ariton y Amaimon acompañados por sus ciento once servidores (lo que se llama un servicio doméstico nutrido); y recurrir a Belcebú y sus cuarenta y nueve ayudantes para lanzar un contraataque mágico que dejó convertido en repugnante gnomo a un enemigo (de cuyo nombre nadie quiere acordarse)! En verdad, sir Crowley padece, entre sus varios y diversos padecimientos, de grafomanía (tampoco es tan grave, véase si no, y sin entrar en odiosas comparaciones, la bibliografía de Corín Tellado, de Honoré de Balzac o del maestro Marcelino Menéndez y Pelayo, y háblese de grafomanía); sir Crowley ve un papel y escribe: un testamento, una balada luciferina, un soneto iconoclasta, un ensayo filosófico o el recado de compras en pie quebrado y rima asonante; él va y escribe, paga la edición, se la hace encuadernar en vitela, la reparte entre amigos y periódicos, y sigue escribiendo. Hasta este día del mes de agosto del año mil novecientos treinta, entre libelos, panfletos y volúmenes individuales (siempre encuadernados en vitela), sir Crowley ha publicado, sin ánimo de agotar la lista, entre otros, los siguientes títulos, cuya sola enunciación da cuenta de la diversidad de géneros que frecuenta: Magick, El libro de la ley, Los argonautas, Por qué lloró Jesús, Residencia, Oráculos, Orfeo, Rosa Mundi, El libro de la Bestia, Alexandra, Campanillas de invierno del jardín de un capellán, El diario de un demonio de las drogas, Confesiones, La psicología del hachís, La gitana, Liber Cordis, El cazador de almas, El sueño de Circe, Oda a Hanni, sin contar la decena de manuscritos que abulta una maleta ubicada en la bodega del Alcántara. Ni se imagina el maestro Pessoa, que por estas horas duerme el sueño de los justos y que ha trabado hace un par de años relación epistolar con Crowley a partir de un error advertido en un horóscopo trazado en Confesiones, que sir Crowley descenderá en Lisboa con un ejemplar de cada uno de sus libros, debidamente dedicado y autografiado, y una copia de cada uno de sus manuscritos para que el maestro Pessoa los lea, a fin de experimentar la estimulante sensación de tener un lector. Porque la obra de sir Crowley será torrencial y provocativa, porque sir Crowley será iniciado y nigromante, pero no lo leen ni los amigos más cercanos, por no mencionar a los críticos, que el que no lo toma para la chacota lo agarra para el churrete y la mayoría lo ignora con aplicada prolijidad; ni las artes mágicas, ni los escándalos premeditados, ni las encuadernaciones en vitela (un primor, dicho sea de paso, se nota la mano del artesano experiente) le han servido a sir Crowley no ya para cimentar, sino siquiera para esbozar una reputación como escritor, pero sir Crowley no ceja y sigue en lo suyo, aunque por esta noche lo suyo (la escritura del testamento) ha finalizado y se apresta a iniciar una actividad tan suya como la anterior, aunque ésta no demanda la soledad de la letra sino la colaboración de un cuerpo, el de Hanni Jaeger, para ser más precisos. Cualquier mortal de sexo masculino (denominación genérica que abarca a singularidades tan diversas como el cajero del supermercado, este cronista, Tyrone Power o el dependiente de la lavandería Burbujas, doblando a la izquierda por esta misma mano) presentaría a la mujer que está a su lado como “mi mujer”, “mi esposa”, “mi compañera”, “mi prometida” o, incluso, en círculos íntimos y más o menos permisivos, lo cual ya es mucho decir, “mi amante”. Pero sir Crowley no es cualquier mortal: ha llegado a dominar como un experto el yogasana, estado en el cual se pierde conciencia de todo el cuerpo; puede lograr, a fuerza de concentrada voluntad, que un objeto o una tela entre en combustión aparentemente espontánea; ha sido iniciado en los ritos de la Golden Dawn pasando de la Primera Orden (o Aurora Dorada) a la Segunda (Orden de la Rosa Cruz) hasta acceder a la Argentum Astrum, categoría que pocos, por no decir ningún ser humano, puede alcanzar. No debe extrañar, pues, que sir Crowley presente a Hanni Jaeger no como su novio, su prometida o su compañera, sino como “mi Mujer Escarlata”. La tal denominación, como cualquier lector familiarizado con la literatura canónica sabe, hunde sus profundas raíces en la Sagrada Biblia, pero en estos tiempos secularizados (por no decir profanos, materialistas, cambalacheros) el cronista se ve obligado a señalar que Juan de Patmos, en el capítulo 17 del Apocalipsis, alude a una mujer con la cual han fornicado los reyes de la Tierra (a excepción de don Sebastián, claro está, que como ya se ha dicho le hacía ascos a hombres y mujeres por igual, el pobre), que está sentada sobre una bestia bermeja (este es el punto en el que sir Crowley se debe haber sentido identificado) y lleva su nombre escrito sobre la frente (y en caracteres harto visibles, según puede inferirse de la pluma tormentosa de Juan de Patmos: “MISTERIO, BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS FORNICACIONES Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA”): esa es la Mujer Escarlata o lo que en buen romance, sin tanto subterfugio, circunloquio y metáfora, tropos a los que Juan de Patmos estaba visiblemente inclinado, puede denominarse “la gran puta”; pero las mujeres escarlata de sir Crowley, que fueron numerosas y consecutivas (sir Crowley es un hombre que no soporta la soledad), no se ofenden con la designación puesto que, evidentemente, no son lectoras asiduas de la Biblia cristiana. Aquello que sir Crowley le pide a una mujer para acceder a la escarlatura (dispénsese el grosero neologismo, el cronista no es hombre cargado de libros ni copioso de palabras) no es mucho ni poco, magnitudes éstas atravesadas por la más exasperada subjetividad: hay quien le exige a su compañera de vida que sepa coser, que sepa bordar, que haga pastelitos de dulce (de membrillo, si es posible, porque el de batata no es del gusto del cronista) y que abra la puerta, previo barrido del patio, para ir a jugar; y hay quien es menos ambicioso y sólo verifica que los genitales de su compañera sean relativamente distintos de los suyos propios, que con eso alcanza y sobra para tener hijos, fundar una familia, evadir al fisco cuando se pueda y envejecer juntos, que de eso se trata. Sir Crowley requiere dos condiciones: la hermosura (no por evitar la soledad va uno a adherirse como una lapa al primer esperpento que le salga al cruce en el pedregoso sendero del amor) y probadas aptitudes mediúmnicas (un nigromante de la talla de sir Crowley no puede andar por la vida con una neófita que ignore el abecé del esoterismo). Ha paladeado la miel del éxito y ha tenido que digerir el acíbar del fracaso. Una de sus mujeres escarlata, la murciana de ascendencia francesa María Teresa (Marité) Ferrol, de profundos ojos negros, tez marfileña y bien delineada figura (ni punto de comparación con la Purita Sonsoles, pero tampoco como para desviar la mirada y refugiarse en la misantropía), le aseguró a sir Crowley ser una consumada médium a la que le era dado comunicarse con cualquier espíritu y transcribir, en estado de trance, el mensaje pertinente, pero la terminó poniendo en evidencia el uso de una ortografía ya no vacilante, sino vejatoria, inadmisible, brutal. Sir Crowley fue de a poco y con pies de plomo: primero le pidió que se comunicara con los espíritus menores (Buer, Ariton, las Ondinas…, esos que siempre están pero que no son aquellos que, verdaderamente, cortan el bacalao), pero éstos permanecieron remisos y sordos al llamado; luego le solicitó que intentara tomar contacto con el conde Alessandro Cagliostro (que era, al cabo, uno de los avatares pasados de sir Crowley), pero el papel de Marité siguió tan blanco como su blanca piel; al fin, y ya un poco impaciente, atendiendo a su origen hispánico, sir Crowley la exhortó para que se manifestara por su pluma don Miguel de Cervantes Saavedra, entonces Marité entró en trance, tembló de pies a cabeza, se desmelenó su negrísima cabellera y escribió de modo memorable: “Acá andamos. Escriviendo el Qijote. Zancho Pansa me zale bien, pero el cavayero me está dando travajo. ¡Joder, tío!” Sir Crowley la destituyó de inmediato. Con Hanni Jaeger, en cambio, las cosas parecen perfilarse bien, es una chica predispuesta y con buenas vibraciones que parece llevar con orgullo y sobrados méritos una cruz dentro de un círculo pintada entre sus pechos, esto es, la Marca de la Bestia, vale decir, de sir Crowley. Por ello, luego de guardar el testamento en un sobre y cerrarlo con un sello de lacre sobre cuya superficie está delineado en finos caracteres el previsible número 666, sir Crowley se incorpora en toda sus estatura, ajeno al asmático traqueteo del Alcántara, dirige sus penetrantes ojos hacia el Norte y comienza a invocar en un bisbiseo reconcentrado a las deidades del Antiguo Egipto (Thoth, Isis, Apophis y Osiris, en ese orden y no en otro: invariable, litúrgico y ritual) mientras Hanni se va desnudando lentamente, se pone en cuclillas detrás de Crowley, eleva los ojos al cielo y repite varias veces, con un tono perentorio que no admite réplica: “¡El equinoccio de los dioses ha llegado!” El motivo de semejante despliegue, como cualquiera ya lo ha podido adivinar, es despertar a los silfos, seres que habitan el reino del aire y que Hanni aún no ha podido conocer y, a juzgar por los resultados, tampoco conocerá esta noche pues, por lo que parece, los seres del reino del aire no se inclinan a comparecer en medio del océano; luego de dos horas de invocaciones y bisbiseos, de los silfos ni noticias, Hanni está que se cae de sueño y a la noche se la puede dar por perdida.

 

  • Osvaldo Gallone
    Gallone, Osvaldo

    Osvaldo Gallone (1959) es un periodista, editor y escritor argentino. Se recibió de profesor de francés y estudió cuatro años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Como periodista, ha trabajado y colaborado en numerosos medios como La Razón, Tiempo argentino, Página 12, Cuadernos Hispanoamericanos, Le monde diplomatique, Revista Ñ y la virtual Evaristo.

    Como editor, también ha trabajado para el Fondo Nacional de las Artes, el Grupo Editorial Planeta e Infobae. A lo largo de su vasta trayectoria ha dictado numerosos seminarios, entre ellos "Literatura argentina contemporánea" y "Literatura hispanoamericana del siglo XX" en el Centro Cultural San Martín en la década de los años ochenta, "Las ciudades en la literatura", en la Universidad de Arquitectura de La Plata, a fines de los noventa, y "Teoría y crítica literaria", dictado en la Biblioteca Nacional, del 2003 hasta la fecha, entre otros.

     

    Como escritor ha publicado:

    Crónica de un poeta solo (poesía, 1975)
    Ejercicios de ciego (poesía, 1976)
    Montaje por corte (novela, 1985)
    La ficción de la historia (ensayo, 2002)
    Lectura de seis cuentos argentinos (2012)
    Una muchacha predestinada (novela, 2014)
    La boca del infierno (2017)

     

    Por su desempeño como escritor ha recibido numerosos premios y reconocimientos. Algunos de ellos son:

    1992: Mención de honor en el Primer certamen de ensayo breve organizado por la Fundación Banco Mercantil Argentino.
    2010: Primer premio en la Convocatoria Nacional “Cuento y Ensayo”, organizada por “San Luis Libro”, con la obra Lectura de seis cuentos argentinos.
    2011: Primer premio a la Mejor Novela en el III Premio de Novela Corta 2011, auspiciado por el Municipio de Alcobendas (Madrid, España) con la obra La niña muerta.
    2013: Primer premio a la Mejor Novela en la convocatoria realizada por V.S. Editores en el curso del año 2013 por la novela Una muchacha predestinada.
    2014: Primer premio en la VIII edición del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet”, con el cuento titulado “El estilista”