facebook
Menu

Año 3 #31 Mayo 2017

El último náufrago

La zarzuela tiene partes instrumentales, pasajes vocales y escenas habladas. José López Silva se dedicó a la zarzuela e hizo humor en las páginas satíricas del Madrid cómico. Fuentes estas dos que aparecen presentes en “El último náufrago”.

El último náufrago

De Doce cuentos para leer en el tranvía. Una antología de La Novela Semanal. Estudio preliminar y selección de textos de Margarita Pierini. Editorial Universidad Nacional de Quilmes, 2009.

I

Creyó sinceramente Manolo Pedraja que había conquistado el mundo la tarde que salió de la universidad madrileña con el título de licenciado en Medicina. Veíase ya convertido, por arte de encantamiento, en una lumbrera del protomedicato español, con un consultorio despampanante, como no lo soñara el mismísimo Hipócrates en persona; poderoso, admirado y con una estatua de bronce y mármol en el parterre del Retiro, que hablara a las generaciones futuras de su gloria imperecedera, pero así que se le enfrió el entusiasmo de los primeros días y sus delirios de grandeza fueron esfumándose, la dura realidad le encontró en la pobre alcoba de la casa de huéspedes con una moneda de diez céntimos y dos botones de calzoncillo por todo capital, porque hay que decir que en los cuatro meses que siguieron a su licenciatura, solo habían solicitado los servicios profesionales de Pedraja media docena de infelices, a los que de hallarse él en otras condiciones, les hubiera dado dinero encima.

Hasta el momento de licenciarse, fue Manolo tirando de la pícara existencia con relativa holgura, porque sus progenitores, unos modestísimos labriegos de tierra castellana, sacrificando poco a poco las humildes propiedades que a fuerza de fatigas y privaciones pudieron adquirir, costearon los estudios de aquel hijo que lo era todo en el mundo para ellos, y le redimieron del servicio militar, porque así como el padre tenía jurado que su hijo no destriparía terrones mientras a él le quedaran arrestos para manejar el azadón, la madre juró igualmente que no cargaría con el chopo aunque ella tuviera que pedir limosna. —¿Para qué? —decía. —¿Para qué me lo manden al moro y lo sacrifiquen como a un perro? ¡Sí, sí! ¡Y un jamón con chorreras!— ¡Aquel pedazo de sus entrañas no había nacido para servir de blanco a ningún negro, ni se había quemado las pestañas una noche y otra para comer pan de munición! ¡Que fueran los hijos del Rey, que no hacían falta para maldita de Dios la cosa!... Y como alguien, con muy buen criterio, le hiciera observar que todos, ricos y pobres, tienen el deber de servir a su patria, ella, apoyando las manos en sus robustas caderas y con mirada torva replicó: —¡Qué patria ni qué... narices! ¡Para un buen hijo no hay más patria que su madre, que sufrió dolores al echarle al mundo y amarguras y sobresaltos hasta verlo hecho un hombre!

Pero los pobres viejos, casi agotados por los continuos desembolsos, tuvieron que cerrar la exhausta bolsa y Pedraja quedó entregado a sus propias fuerzas.

 

II

En un edificio de construcción añeja, situado junto a la Facultad de Medicina de Madrid, hallábase establecida la casa de huéspedes de Carmen la Garbosa, donde por el módico precio de cuatro pesetas diarias, recibían los pupilos alimentación sana, ya que no muy abundante, albergue modesto, pero limpio, y trato liberal.

Era famosa entre la bullanguera grey estudiantil esta hospedería, no solo por tan singulares atractivos, sino también porque la patrona, mujer expansiva y tolerante, no ponía trabas a los juveniles arrebatos de sus huéspedes, casi todos alumnos de Medicina, que son, desde tiempo inmemorial, los más jaraneros y calaveras de cuantos pisan aulas. Todo absolutamente lo consentía Carmen, menos la morosidad en el pago y que le llevaran despojos anatómicos de las salas de disección, con los que solían gastar bromas de muy mal género que causaron en muchas ocasiones disgustos gravísimos. Cierta noche, el pensionista de la sala, un respetable señor cura castrense, vio asomar un pie desnudo por debajo de la colcha de su lecho, y al tirar de él, pensando que alguien, por error, se había metido en su cama, observó, con el sobresalto natural y con la consiguiente indignación, que se trataba de una chirigota macabra; otro día ella misma, tuvo la desagradable sorpresa de encontrarse una maxilar en el cesto de la costura, pero lo que sobrepasó los límites del abuso fue aquello que Juanito Muñiz, el endiablado andaluz del pasillo, le entregó misteriosamente a la criada, muy envuelto en papel de seda, diciéndole, que era una mascota indochina, y que estuvo a punto de ocasionarle un patatús a la chasqueada mujer, tal fue el susto que se llevó.

—¡Son cosas de chicos! —dijo sonriendo Carmen, tratando de disculpar al bromista y de serenar a la sirvienta, desencajada y trémula todavía, a lo que ésta contestó con acritud:

—¡Caray, señora, no tan de chicos!...

 

Fue Carmen en su mocedad, según afirmaban los que la conocieron, una mujer de estupenda hermosura, de andares jacarandosos y mirar comprometedor, tan amiga de holgorios, tan casquivana y coqueta, que sin llegar a oscurecer la fama de Dolores, la filantrópica moza de Calatayud, supo adquirir títulos sobrados para figurar por derecho propio en el número de las pecadoras célebres. Y, sin embargo, esta mujer familiarizada con las cosas del amor, no había sentido una pasión ardiente, un querer verdadero que la hiciera esclava de ningún hombre, hasta el día que Manolo Tejera buscó pupilaje en aquella casa.

Tenía la Garbosa treinta y ocho primaveras, según propia confesión, pero aún conservaba en su figura juncal rasgos de las esplendideces pretéritas. No había en Madrid ningún hombre de buen gusto, por insensible y desabrido que fuera, que no se encandilara viendo los ojos gachones y la boca encendida y sensual de la real hembra, o recreándose en aquel cuerpo bizarro de base firme y pecho altivo... Se comprende, pues, que cuando la conoció don Pancho Mollinedo, se quedara prendado de sus hechizos y que después de explorar el terreno y de tantear a la gentil jamona como disponen las más elementales reglas del buen sentido, le ofreciera un ventajoso modus vivendi, que la interesada aceptó complacida, después de meditarlo detenidamente cinco minutos, porque no era Carmen, ni lo fue nunca, mujer de resoluciones atropelladas. Mil pesetas al mes y gajes, a cambio de los favores de la Garbosa, es lo que ofreció Mollinedo, y aunque la cantidad era excesiva para los tiempos que corren, no había de hacer mella en su sólida fortuna, ganada honestamente en el comercio argentino a fuerza de laboriosidad y de quiebras, ni a sus sesenta años podía regatearse el cariño de una mujer tan codiciada.

Quedó, pues, convenido que la hermosa pupilera sería en adelante la amiguita de don Pancho, y que para evitar las murmuraciones y chismorreos de los maliciosos huéspedes y poder justificar la lógica confianza que había de establecerse entre ambos, él la visitaría con el carácter de padrino, cosa muy creíble por su madurez y por su aspecto respetable. Así se hizo, y firmemente resuelta estaba la Garbosa a serle fiel, porque, dicho sea en su honor, entre todos los defectos que tenía no figuraba el de la ingratitud, pero el demonio que todo lo enreda, quiso hacerle conocer a Pedraja y pronto puso en él los ojos y el deseo después, dando al traste con sus firmes propósitos de lealtad. Había llegado para ella la pasión fulminante de que ningún bicho viviente se libra en el mundo, y como a Manolo tampoco le pareció costal de paja la patrona, y los dos eran de temperamento vivo, pronto las mal disimuladas atenciones y las preferencias de que era objeto aquél, pusieron en autos a todos, incluso al padrino, de que entre uno y otra se había establecido una entente demasiado cordial.

Cauto era el mozo y maestra consumada ella en el difícil arte del disimulo, pero no se escaparon al ojo avizor de Mollinedo (que no tenía pelo de tonto) la mirada furtiva, el encontronazo casual, la solicitud constante, que le hacían ver clara su desventura... ¿Por qué si no, ella, tan intransigente con los huéspedes morosos, no tenía los mismos apremios para Pedraja, que debía cuatro meses de pupilaje?...

—¡Parece, señor Mollinedo, que su ahijada no le hace ascos al mediquillo! —dijo socarronamente una tarde cierto huésped rencoroso, él sabría por qué...

—Pero también hay que ver que es un real tipo, ¡caramba! agregó un segundo, jubilado ya, por sus achaques, de las lides cupidescas.

Cada comentario de estos era una puñalada mortal que le daban al pobre Mollinedo en el amor propio. ¡No puede haber comparación!... -pensaba tristemente sin forjarse ilusiones. ¿De qué le servían a él las tinturas, los masajes y los específicos vigorizadores si no le habían de quitar de encima la carga de los años? ¿Qué adelantaba cinchándose el abdomen para parecer más esbelto, y tratando de disfrazar su calva con el vergonzo bisoñé, si luego eran mayores el desencanto y el ridículo?... Y a pesar de su dinero y de las valiosas presas con que se ornamentaba la figura se veía empequeñecido a sus propios ojos delante de Pedraja, aquella especie de mosca borriquera que se le había clavado en el corazón.

Creyó cándidamente el buen hombre conjurar el peligro, o amenguarlo por lo menos, haciéndose ver a todas horas en casa de Carmen, y como hubiera germinado en su caletre la idea de alejar a Manolo de allí a todo trance, por aquello de que quien quita a ocasión, etc... aprovechó la primera oportunidad para intentarlo, y esta oportunidad ofreciósela el mismo Pedraja una noche, que discurriendo de sobremesa con los demás huéspedes, se lamentaba de la poca fortuna que tenía en el ejercicio de su profesión.

—¡Pues claro, compañero! ¡Si en esta tierra no podemos comer más que los capitalistas! —dijo enfáticamente don Pancho. —¿Y aquí piensa usté vivir de su carrera?... ¡No sea desgraciado! ¿Se va usté a enterrar en un mísero pueblucho para morderse los codos de hambre? ¿Va usté a ejercer en Madrid, donde para cada catarro hay treinta médicos?... ¡Lindo programa! ¡No, querido! Lárguese a la Argentina, que allí tiene su porvenir seguro, porque anda la plata por los suelos. ¿Qué puede usté esperar de un país como este, donde la gente lleva las perras gordas en el bolsillo de chaleco? En cambio allí... ¡viera, amigo! Con un par de con­sultas que haga a otros tantos estancieros platudos se trae para acá una punta de miles de pesos. Fíjese en mí: con un trapo detrás y otro delante y sin oficio ni beneficio desembarqué allá diez años hace, y ahora vivo a lo príncipe. Conque ánimo, querido Pedraja; no lo piense y lárguese, ¡lárguese pronto!...

—¡Alto ahí, señor don Pancho! —exclamó el viejito Arenzana, un pensionista que también anduvo por aquellas tierras en su juventud. —Alto ahí, que no todo el monte es orégano, y cada uno habla de la feria según le va en ella. Usté estuvo diez años y volvió rico; yo estuve veinte y vine casi a nado. ¡No, señor Mollinedo! Para hacer fortuna no es preciso ir a América, y mucho menos cuando se tiene una carrera tan brillante como este muchacho. Allí no se enriquece la gente porque haya más dinero, sino porque se arrima el hombro y se trabaja con más tesón. Si me dijera usté que en aquel país no se aclimatan los vagos y que el que se tumba a la bartola se muere de hambre, ya sería otro cantar. ¡ Ah, querido! Si hiciéramos aquí, para ganarnos la vida, la mitad del esfuerzo que hacemos allá, ¡qué más América que esta España con la que la mano de Dios fue tan pródiga! Pero, amigo mío, ¡qué quiere usté! Somos un poco haraganes, nuestro temperamento musulmán gusta mucho del dulce far niente, de la vida de club o de taberna, según la condición de cada quisque y esa es nuestra desgracia y de ahí viene nuestro continuo renegar de este pueblo miserable y de esta perra vida... Sí, señor; gran país es aquél: rico y generoso, no hay quien lo conozca y lo dude, pero su propia generosidad, que prodiga tan sin tasa, ha convertido a la noble nación Argentina en refugio de maleantes que la deshonran y hacen más difícil cada vez la labor del hombre honesto. Muchos son los que se hacen poderosos por aquellas latitudes, principalmente la gente inculta de trabajo rudo, los que no llevan nada en la inteligencia ni en el bolsillo, los que se echan el pudor a la espalda o tienen cerrado el corazón a todo sentir que no sea el de amontonar dinero (y no lo digo por usté, mi señor don Pancho), ¡pero cuántos de los otros retornan fracasados, deshechos, enfermos de amargura y de vergüenza, porque consideran un crimen volver con las manos vacías!... Es usté demasiado pundonoroso, querido Pedradita, para luchar con cierta gente, y si de algo puede servirle el consejo leal de un amigo que le aprecia, quédese aquí.

—¡Pero qué rico tipo este Arenzana! —arguyó Mollinedo. —En todas partes pasa lo mismo: unos tienen más suerte que otros.

A lo que el viejito replicó:

—¡Pues para ese viaje no se necesitan alforjas! Si es cuestión de suerte, que la pruebe en su tierra.

Rebatió don Pancho la argumentación de Arenzana con nuevos y más poderosos razonamientos, interesado en separar lo antes posible de Carmen al mozo aquel, que era su pesadilla; insistió el viejo huésped en sus juiciosas reflexiones, entablándose entre los dos un torneo de oratoria enconada, que estuvo de terminar a golpes, pero pesaron más en el ánimo de Pedraja los pronósticos tentadores de Mollinedo que los pesimismos del otro y que la oposición de la patrona, poco dispuesta a perder el hombre por quien llegó a sentir la pasión más fulminante de su larga y compleja vida de mujer enamoradiza y caprichosa.

 

III

Alucinado el mozo por la incesante prédica del viejo, quien no perdía oportunidad para calentarle los cascos, no tuvo ya otra obsesión que la Argentina. A ella le llevaba el pensamiento continuamente; con ella soñaba despierto y dormido, y de tal modo fue aferrándose en él la idea de marchar allá, que ni la palabra persuasiva del más elocuente de los hombres le hubiera disuadido. Para él eran artículo de fe las aseveraciones de don Pancho, y por si alguna duda podía caberle respecto a la bondad de aquella tierra de promisión, en Madrid estaban vivitos y coleando Gandúlfez, el primer actor cómico y la Bella Cucaracha, famosa bailarina de rango andaluz, que confirmaron plenamente las palabras halagadoras de su amigo.

—¡En América se roba el dinero y no matan a nadie por malo que sea! —decían (y era cierto, sin duda; cuando ellos estaban indemnes). —El secreto consiste en saber ahorrar y en volver a tiempo con el conquibus, antes de que se enmarañen las cosas, porque al que echa raíces allí no lo mueve ni una grúa.

 

Puso Manolo especial cuidado en que la noticia no trascendiera a Carmen ni al viejito Arenzana, temiendo los sermones de éste y la furia de aquélla; consultó el caso con sus progenitores, por pura fórmula, ya que la resolución que había tomado era irrevocable, y les pidió el último sacrificio: dinero para la jornada.

Bien sabía (y así se lo manifestaba en la triste misiva) que este nuevo desembolso sería un golpe mortal para la mermada fortuna de sus padres, pero ¿qué importaba si él había de sacarles pronto de la penuria? ¿No iba a ser rico en seguida, según se lo aseguraba una persona tan seria y tan conocedora del mundo como don Pancho? ¡Ya verían ellos cómo se portaba su hijo! ¡Lo mismo que unos reyes habían de estar en la confortable casita de la aldea, que él mandaría construir para ellos, hasta que Dios los llamara!...

 

IV

Una doble pena llevó a los viejos campesinos la carta de Manolo: la de no poder enviarle el dinero que pedía y la de perder, quizá para siempre, al hijo adorado que era su orgullo y en quien tenían cifradas todas las ilusiones de su vejez. Parecióles que el mundo se les venía encima con la infausta nueva. ¡Pero cómo! —exclamó la pobre madre transida de dolor y deshecha en llanto. ¡Que nos abandona Manuel!... ¡Que se va el hijo de mis entrañas! ¡Mi niño querido! ¡Y cuándo!... ¡Ahora que nos hacen más falta su calor, su ayuda, sus consuelos!... ¡Cuando la tierra tira de nosotros para llevarnos, sin tener quien nos ampare! Y la infeliz, alzando los tristes ojos al cielo y juntas las manos en actitud de Dolorosa, sollozó una oración, mientras el padre, tratando de ocultar su congoja y con el alma partida, dijo estoicamente: —¡Vaya, bendito de Dios! ¡Quién sabe si estará allí su felicidad!

La respuesta de los ancianos fue desgarradora. No había en copioso escrito una sola censura, ni un gesto airado, ni un reproche para condenar la ingratitud de aquel hijo, pero sus líneas, trazadas con mano trémula, reflejaban una amargura y un desconsuelo tan grandes, un dolor tan sincero y tan hondo, que la voluntad de Pedraja se hubiera derrumbado de no acudir prontamente don Pancho a sostenérsela con una nueva inyección de optimismo. —¡Cómo se entiende, compañero!... —le recriminó entre amistoso y enojado. —¿Por una carta lacrimosa y unos lamentos de mujer va usté a malograr un porvenir tan lindo? ¡No sea estúpido y eche a un lado los afectos y las sensiblerías, que no conducen a nada práctico! ¡Hay que volar, amigo, correr mundo, salir de la rutina!... ¡Los hombres deben ser independientes y enérgicos, no fantoches de feria sin otra voluntad que la de la mano que los mueve! Esa rancia manía de las madres españolas de tener a sus hijos pegados siempre a las faldas es el origen de nuestro atraso. Sí, joven Pedraja: las cosas grandes las han hecho y las harán los espíritus fuertes, los grandes aventureros... ¡Conque ánimo, si no quiere usté ser un don nadie toda su vida! Y como viera que su rival iba reanimándose poco a poco, fascinado por el discurso concluyó diciendo: Sí, querido: y como sé que usté no anda muy sobrado de dinero y los amigos son para las ocasiones, de mi cuenta corren los gastos de viaje... ¡No, no se venga usté ahora con repulgos monjiles! interrumpió al observar, en el mozo un movimiento de protesta. Yo le pago a usté el pasaje y, además, le doy cartas de recomendación para dos excelentes amigos míos, personas muy vinculadas en Buenos Aires, que le atenderán de cabeza. Para Yrigoyen no le doy, aunque somos uña y carne, porque sería inútil. ¡Estará tan ocupado!... Pero en fin, cualquier dificultad que tenga usté me la avisa y yo la arreglaré con un cablegrama...

Uniéronse en Manolo, a su afán vehementísimo de hacer fortuna, los remordimientos de conciencia por su proceder con don Pancho... Aquel hombre tan bueno y tan generoso no merecía que se le engañara. ¡Era un crimen, del cual no quería seguir siendo cómplice ni un minuto más! Y con gran satisfacción de éste, que al fin se iba a ver libre de su adversario, aceptó el gentil ofrecimiento, a título de anticipo reintegrable, conviniéndose entre ambos que la Garbosa no supiera ni una palabra, porque como don Pancho le decía muy sensatamente:—¡Parece que le ha tomado a usté cierta ley!...

 

V

Así que el padrino, después de la tertulia diaria, se marchó a su hotel y los huéspedes levantaron el vuelo, Carmen, segura de que nadie había de interrumpirles, se prendió amorosamente del cuello de Pedraja y le preguntó con ansiedad:

—Oye, Manolo: ¿es cierto que te marchas a la Argentina?

—Sí —contestó lacónico, después de titubear un instante.

—¡No, mi cielo! ¿Por qué quieres irte?

—Porque necesito trabajar, ser hombre, labrarme un porvenir... y allí es más fácil. ¡Ya ves lo que dice don Pancho!

—¡No hagas caso de ese idiota! Lo que quiere es quitarte de en medio porque está celoso de ti el muy...

—Además —agregó Pedraja, sin dejarle terminar el apóstrofe—, es que yo no puedo seguir en esta situación. Ya ves; mi padre no me manda ni un céntimo y te estoy perjudicando... Esto es una vergüenza para mí. Compréndelo, Carmen. ¡Yo no soy de esos!...
—¡Pero mira el tonto este con lo que sale ahora!... —replicó ella, haciendo un gracioso mohín de enojo—. ¡A ver si es que vas a tener reparos conmigo! ¡Vamos, hombre! ¿Para qué te hace falta a ti el dinero? ¿No eres tú el rey de mi casa? ¿No tienes mi cariño que vale más que todo el oro del mundo? ¿Pues qué más quieres? ¡Piénsalo, mi vida!... —y después de una corta pausa, mientras sus dedos jugueteaban sensuales con los rizos del muchacho, le susurró insinuante y dulce: —¡No te vayas, corazón mío, mira que me volvería loca! Y luego con amorosa energía continuó: ¡Tú has de seguir siempre aquí, amarradito a mi querer, porque a mí me da la realísima gana!, ¿sabes?; pero sin hablarme de esas tonterías porque me atufo y ¿ves estas uñas?, ¡pues te las clavo así, en esos ojos ladrones que tienes, como me llamo Carmen! ¡Vaya con el mocoso! ¿Es ese el aprecio que haces de mis fatigas? ¿Tan poco valgo yo para ti, so arrastrao! ¡Que le da vergüenza al hombre!... ¿Y quién lo va a saber? ¡No hace falta que nadie se entere!, ¿verdad, sangre mía? Y como si quisiera dar más fuerza a la pregunta, estampó en la boca de su amante un beso de fiera, largo y ardiente, que fue apagándose poco a poco hasta terminar en un suspiro...

—Y si mi niño quiere —concluyó diciendo la frenética jamona—, le doy el pasaporte a ese espantajo de matusalén, porque no nos hace falta su dinero a nosotros para vivir en la gloria.

No se prestaba el genio altivo ni la austera condición de aquel hijo de Castilla a tales componendas, y rechazó altanero la humillante proposición. Había él heredado el pundonor y el orgullo de sus padres y se sublevaba al suponer que alguien le creyera capaz de semejante villanía, pero su repulsa solo sirvió para que Carmen, alzándose brusca y fijando en Manolo su mirada dominadora le gritara enardecida:

—¡Pues ea!... ¡Tú no te vas porque a mí no me sale del alma! ¿Te has enterado? ¡Pues ya lo sabes! ¡Y ten mucho ojo conmigo, porque todavía no me conoces bien!
Ante la actitud resuelta de aquella mujer, que llegó a preocuparle seriamente, Pedraja, decidido a poner término a tan embarazosa situación, meditó un plan de fuga, y cierta noche, cuando todos dormían, recogió en un lío su modesto equipaje y desapareció sigiloso de la casa de huéspedes.

Pronto notaron los pupilos de doña Carmen (como ellos la llamaban) la misteriosa desaparición de Pedrajita, y el sentimiento que ella produjo fue unánime, no solo por la pérdida del compañero simpático y bondadoso, si no por lo que ella había de afectar a sus estómagos en lo sucesivo. Efectivamente, aquel día, como señal de duelo, sin duda, la sopa era un puro engrudo, los garbanzos sonaban al caer en el plato como si fueran perdigones zorreros, y los filetes empanados se supo que eran tales porque así lo afirmó la criada, jurándolo por una cosa tan digna de respeto como su honor...

Nadie, sin embargo, atrevióse a protestar al ver el gesto avinagrado y los modales bruscos de lo patrona, mas como aquel desbarajuste siguiera un día tras otro sin esperanzas de arreglo, el cura castrense, que hacía unas digestiones muy penosas desde que Manolo faltaba de allí, pedíale fervorosamente al Señor, en sus oraciones, que reintegrara al fugitivo lo más pronto posible al desolado hogar de Carmen la Garbosa.

Entretanto esta, no pudiendo resignarse a vivir sin su adorado tormento, corrió de la Ceca a la Meca y revolvió Roma con Santiago en su busca, hasta que un día, feliz para ella y para sus pupilos, alguien le fue con el soplo de que podía encontrarlo la tarde que quisiera en cierto cafetucho de la barriada de Chamberí.

Allá se encaminó con andar firme y resuelto, contoneando garbosamente los macizos flancos bajo el pañuelo de crespón, y como lo viera en una mesa del fondo, melancólico y abstraído dirigióse a él decidida, y sin más preámbulos tocóle suavemente en el hombro y le ordenó con tono imperativo.

—¡Anda a casa!

—No, Carmen. ¡No voy! —balbuceó Pedraja, confuso y avergonzado.

—¡Anda a casa, te he dicho, si no quieres que arme aquí la gorda!

—Pero escucha...

—¡Arrea! ¡Ya me lo contarás por el camino! —y como el muchacho conocía la clase de pulgas que gastaba su amiga, salió del café, seguido por ella, más dócil que un cordero.

—¿Por qué te has ido? —le preguntó la Garbosa cuando estuvieron en la calle.

—No me lo preguntes... ya sabes tú por qué.

—¡Yo te ajustaré las cuentas, grandísimo charrán! —dijo, y tomándole enérgica de un brazo lo condujo a casa, donde su vuelta fue celebrada con ruidosas manifestaciones de júbilo.

Pero estaba escrito que la fuga de Manolo había de realizarse, y nada pudieron la astucia, la vigilancia ni las efusividades amorosas de la matrona.

 

VI

Mientras el flamante médico navegaba camino de la Argentina, después de haber escapado de Madrid subrepticiamente con la complicidad de Mollinedo, el domicilio de la Garbosa estaba en pleno desbarajuste. Desconcertada, y herida en su amor propio por la jugarreta del ingrato galán, empezó Carmen a perder sus dotes de mujer hacendosa, pulcra y complaciente, y aquella que fue en otro tiempo el prototipo de las hospederías, llevaba trazas de convertirse en un figón inmundo y vulgar, de los que con el nombre de casas de huéspedes tanto abundan en la antigua corte de las Españas. ¡Adiós los arroces espléndidos y las incomparables albondiguillas que sus manos guisaban con tanto primor! ¡Adiós para siempre las filigranas repoateriles que eran el recreo de sus pensionistas los días feriados!... ¡Con cuánta pena recordaban los huéspedes la ventura perdida, al deglutir, después, aquella bazofia insulsa que pasaba por el estómago con la velocidad de un cuarenta H. P.!

Tornáronse con esto, los juguetones estudiantes de Medicina, silenciosos y sombríos como alumnos de seminario, que no hay cosa en el mundo, después de los celos, que entristezca tanto a los mortales como la mala alimentación; pero aunque llovían sobre Carmen las protestas por cambio tan duro, el mal era incorregible, porque la Garbosa, sin humor para templar gaitas, reducía invariablemente a los quejosos con esta contestación acre y categórica: ¡El que no lo quiera así, que lo deje!

Una idea fija, una constante preocupación tenía dominada por completo a la Garbosa, abstrayéndola totalmente de todo lo demás: la de unirse otra vez a Manolo, por quien, con la ausencia y el despecho, habíasele despertado, más aún de lo que estaba, aquella pasión salvaje, fiera, brutal...

En vano Mollinedo, a quien aborrecía cordialmente, por creerle, con justa razón, causante de su desdicha, la colmaba de agasajos y atenciones para ganarle la voluntad y torcerle el pensamiento: ella se dejaba querer, fingiéndose tierna y rendida, mientras estudiaba ladinamente la manera de realizar sus ideales y de vengar a la vez lo que consideraba una felonía del odiado viejo.

 

VII

En busca de riquezas, lo mismo que él, con iguales ilusiones, con idénticos anhelos, salió del transatlántico la inmensa caravana. Suspenso veía Manolo, desde la borda, el desfile interminable de la gleba, que maquinalmente, con el andar incierto y la mirada penosa como rebaño cansino que camino a la ventura, se internaba en la suspirada Meca de sus ambiciones. —¿Habrá para todos?... —se preguntó Pedraja, desalentado, e instintivamente oprimióse con mano acariciadora el bolsillo del corazón, donde estaba seguro de llevar las garantías del triunfo: su título de médico, tan legítimamente ganado, y las valiosas cartas de don Pancho Mollinedo, su generoso Mecenas.

—¿La valija, señor? —preguntóle un changador, tomándosela de la mano sin esperar la respuesta.

—Bueno —asintió él.

—¿Tiene el señor equipaje a bordo?

—No.

—¿Va a tomar coche el señor?

—Sí.

—Si el señor precisa una buena pensión, yo le puedo indicar...

—No, gracias; ya tengo. —Efectivamente, la Bella Cucaracha le había recomendado una, buena y económica.

Caminaron pocos minutos hasta encontrar un vehículo.

—¿Cuánto tengo que darle? —interrogó al valijero.

—Cinco pesos.

—¡Qué bárbaro!

—Es la tarifa, señor.

Parecióle un robo, pero pagó con gusto, porque él razonaba: si por transportar una maleta veinte pasos cobran cinco pesos, curar un cólico debe valer aquí una fortuna, y dedujo, naturalmente, que hacerse rico en Buenos Aires era coser y cantar.

 

Dando tumbos sobre el armatoste con ruedas que su conductor denominaba enfáticamente carruaje, llegó el emigrado a La Parisién, una pensión de medio pelo, con pujos de fonda, donde quedó instalado, previo el abono de media mensualidad, y no por que fuera esto costumbre de la casa, sino porque siendo su recomendante la Bella Cucaracha, de quien el patrón tenía recuerdos muy amargos, era lógico que se previniera contra un nuevo calote.

Estaba ocupada La Parisién, casi en su totalidad, por gentes de teatro, que acostumbradas a la vida nómada, tenían convertida la casa en campamento de gitanos. No faltaban por aquellos pasillos, sucios y mal olientes, el loro charlatán de lenguaje canallesco, ni el repulsivo mono, que su dueña trajo de tierra carioca como retribución de una tolerancia del momento, ni el falderillo esmirriado, de ojos inexpresivos y pitarrosos, cuyas habilidades domésticas se hicieron famosas entre los consagrados a la chismografía teatral.

Disfrutaban de especiales consideraciones en la pensión, por su categoría y por ser los mayores contribuyentes, la Pinilla, estrella de género chico, de las de mil quinientos pesos al mes, y Eulalio Cornadó, su attaché legal, tipo este de marido modelo, pues era a la vez dócil, despreocupado y cariñoso para su costilla, despótico y exigente con las empresas y administrador insuperable, ya que gracias a sus aptitudes financieras, peso que le caía en el bolsillo a él se agarraba como el muérdago a la encina. En fin: un marido con sentido...

Era la Pinilla, en aquella sazón, una de los mujeres más agasajadas del público, no tanto por sus condiciones artísticas, asaz insignificantes, como por el salario de su palmito, su descoco y travesura. Lo mismo que las moscas a la miel, acudían los golosos a ella, y tal acierto tenía para elegir los candidatos y tanto arte se daba para entontecerlos, sin comprometer excesivamente su reputación, que el bueno del marido mostrábase orgulloso de aquella alhaja que le había tocado en suerte, viendo con qué rapidez se le atiborraba la gaveta, y cómo su esposa no tenía ya sitio en el cuerpo donde colocar tantos brillantes.

Hombre juicioso Cornadó, pocas veces acompañaba en público a la tiple, porque sabía de clavo pasado, lo perjudicial que es, artística y materialmente, para una mujer de teatro, la constante vigilancia del marido, y así ella, sin temor a investigaciones enojosas, salía de tiendas en los momentos que le dejaban libres los ensayos, mientras el discreto Cornadó se quedaba en el camarín jugando un tute arrastrao, sin advertir que algunas tardes, a la misma hora, por pura coincidencia indudablemente, el barítono tenía que ir a que le reconocieran la garganta...

Tanto la Pinilla y su apéndice como las propietarias del loro, del perro y del simio y otros huéspedes más, le fueron presentados al nuevo pensionista durante la cena, y bien pronto fraternizó con ellos, porque además de que la tropa farandulera es simpática y atrayente, si no se ahonda mucho, todos dedicaron su facundia a enaltecer las grandezas de la Argentina y a celebrar desde luego el brillante porvenir de Pedraja, cosa que no podía ser más del agrado de éste.

 

VIII

Ardía Manolo en deseos de conocer las tan decantadas maravillas de Buenos Aires, y como pajarillo escapado de la jaula se lanzó a la ventura por las bulliciosas calles de la metrópoli porteña, ávido de respirar a pleno pulmón en aquel paraíso de sus ensueños. Bien pronto, el ánima se le quedó suspensa y los ojos asombrados al encontrarse con tanto prodigio: legiones de mujeres divinas, con lujosas vestiduras, desfilaban a su vista como en un film celestial; vio edificios suntuosos que se erguían altivos hasta las nubes, jardines fantásticos de leyenda oriental, enormes establecimientos con riquezas incalculables, trenes espléndidos, cafés abarrotados de gente, y contempló el movimiento febril del tráfico, anunciador de vida, de progreso y de abundancia; paróse ante la rutilante vidriera de cierta joyería y pudo admirar un aderezo valuado en cien mil nacionales, entró en un bar de Reconquista y en torno suyo se hablaba de cifras estupendas, de centenares de hectáreas de terreno, de miles de cabezas de ganado; la curiosidad le llevó al foco de los grandes bancos y quedóse atónito al observar aquel vertiginoso ir y venir de la muchedumbre, y adonde quiera que dirigía el andar, sus ojos encontraban nuevos encantos, y la palabra peso arrullábale los oídos persistente y sugestionadora, llevándole al ánimo la absoluta convicción de que Jauja era una ridícula parodia de esta inconmensurable ciudad, adonde su buena estrella lo había traído.

—¿Y... qué le pareció Buenos Aires? —le preguntaron al volver a casa.

—¡Estupendo! ¡Colosal! Magnífico! ¡Lo mejor del mundo! —exclamó, elevando la mirada en éxtasis para expresar más claramente su admiración.

—Sí... ¡pero aquel Madrid tan hermoso, tan alegre, tan simpático!... ¡ Ay, mi Madrid!... —suspiró la Pinilla, ganada por un dulce recuerdo.

—¿Pero qué tienes tú que hablar? —intervino Cornadó, reconviniendo a su mujer cariñosamente. —¿No te aplaude el público? ¿No te obsequian? ¿No satisfaces todos tus caprichos?... ¡Pues entonces!... Y además —dijo por último, mostrándole la libreta del Banco—, esto... ¿lo tenías allí?... ¡So tonta!

 

Cuando al otro día despertó, después de un sueño completamente aurífero, se dispuso a entregar las famosas cartas de recomendación, descontando de antemano el buen éxito. Una de ellas iba dirigida al doctor Rómulo Ralván, un ilustre jurisconsulto, y la otra a don Rutilio Zalduendo, de la firma Górgolas, Zalduendo y Tomillares, importadora de productos españoles; dos tigres, el doctor y el comerciante, en eso de las influencias. Fue a Ralván a quien primero visitó Pedraja, y aunque este señor no tenía el gusto de conocer a don Pancho ni por el forro, se mostró con su visitante solícito y correcto: Vea, joven —le dijo bondadosamente—, usté ha venido equivocado a Buenos Aires, porque ignora, sin duda, que acá tenemos una docena de doctores en cada cuadra. Además, usté no puede ejercer su profesión sin revalidarse: tiene que rendir examen otra vez y eso requiere mucho tiempo y plata, y usté, por lo visto, no está en condiciones... ¿Ver­dad? ¡Es una lástima que no se enteren ustedes bien antes de meterse en estas aventuras!

Mudo de sorpresa y ahogado por la congoja escuchaba Manolo las discretas palabras del doctor, que cayeron sobre sus ilusiones como una losa de plomo.

—A usté le convendría —siguió Ralván— un empleíto cualquiera para vivir mientras hace sus estudios. ¿Qué otra cosa sabe usté hacer?

—¡Ninguna, señor! —balbuceó tristemente.

—Poco es, pero en fin; dése una vueltita por acá, ¿quiere? Yo me ocuparé... No se aflija...

Con el andar y el espíritu desmayados, salió de aquella casa y encaminóse a la de Gárgolas, Zalduendo y Tomillares, pidiéndole a Dios fervorosamente que le deparara mejor fortuna.

—¿El señor Zalduendo? —preguntó con timidez, y una cabeza etíope, de boca descomunal y ojos menudos y hostiles, asomó tras los barrotes metálicos del escritorio.

—Yo soy. ¿Qué quiere? —dijo en tono seco, después de examinar a Pedraja de arriba a abajo con impertinencia.

—Esta carta para usté.

Tomóla desdeñoso y a medida que avanzaba en la lectura, veía Manolo, justamente alarmado, que a Zalduendo se le cambiaba el color y que su semblante adquiría por momentos un tinte de ferocidad selvática, hasta que, fuera de sí, descargó sobre el pupitre un puñetazo formidable y gritó iracundo:

—¡Hijo de una gran perra!... ¿Todavía tiene valor el caradura ese de molestarme con recomendaciones?... Más valía que me pagara lo que me debe. —Y encarándose con Pedraja, dijo, indicándole la puerta:—¡Salga de aquí!

—¡Pero caballero!... —murmuró éste.

—¡Salga, le digo! —repitióle con gesto amenazador.

La actitud poco tranquilizadora de aquel cafre no era como para razonar, y Pedraja salió anonadado y corrido de vergüenza. Una sensación de vacío y de soledad infinita le heló el alma. ¿Qué hacer en tan amargo trance? ¿A quién pedir ayuda en la ciudad inmensa, sin un afecto, sin el calor de nadie?... Porque él sabía que el cortés ofrecimiento de Ralván y sus palabras alentadoras eran solo un recurso de hombre bien educado, vaguedades inconsistentes en las que no debía confiar. Y el pensamiento se le fue hacia los pobres viejecitos que en el lejano terruño lloraban su ingratitud, y recordó con ternura al bondadoso Arenzana, su noble consejero y amigo, y cerrando airadamente la diestra, pensó en el granuja de Mollinedo, a quien hubiera querido tener al alcance de su mano para machacarle la cabeza.

 

IX

Las cosas grandes las han hecho y las harán los espíritus fuertes, los grandes aventureros... —había dicho don Pancho, y su víctima tuvo arrestos para la aventura, pero careció de fortaleza para luchar. Deprimido y acobardado estaba por el primer revés, cuando una nueva desdicha vino a complicar más su triste situación: la falta de dinero. Vencida que fue la primera quincena, cuyo abono se le había exigido por anticipado, y en la imposibilidad absoluta de pagar la siguiente, el dueño de La Parisién, hombre díscolo y escamón a fuerza de recibir golpes en el bolsillo, se le fue encima, y con indirectas ahora y con malos tratos luego, procuró hacerle comprender la obligación en que estaba de ponerse al corriente, pero como Manolo, aunque se hizo cargo, no daba señales de vida, una tarde entró en la pieza y lo abordó sin más contemplaciones.

—Diga, don Manuel: ¿qué hacemos?

—¿De qué?

—De la cuentita. Ya le dije que tiene que pagar adelantado.

—Sí, señor —replicó humildemente. —Pero en este momento me es imposible. Si usté tuviera la bondad de esperarme... Yo le pagaré; se lo juro…

Había olvidado el patrón, de puro sabido, lo deleznables que eran los juramentos y no quiso saber nada de prórrogas ni esperas. ¡Ya tenía bastantes clavos en casa para cargar con uno más! Y sobre todo, no le daban a él los almaceneros por su cara bonita los comestibles, ni el dueño del inmueble le hacía gracia del alquiler. No había, por tanto, más solución que mandarse mudar y buscárselas como pudiera, porque otro solicitante esperaba, dinero en mano, el inmundo cuchitril que le servía de albergue.

Trascendió a los demás pensionistas el penoso estado de Pedraja, y todos condoliéronse de él y se dispusieron a prestarle su apoyo material, porque la gente de teatro, con todos sus defectos, es abnegada y desprendida y está pronta siempre a socorrer las desventuras del prójimo.

Fue la Pinilla quien, por encontrarse en más desahogada situación económica, tuvo el arranque generoso. Ella garantizó el pago de los discutidos quince días, reservadamente para no herir la delicadeza de Pedraja y evitarle a su marido una congestión cerebral, con lo que se calmaron, por el momento, las intransigencias del dueño y los ahogos del huésped.

Pero tal estado de cosas era insostenible para Manolo; imponíasele la necesidad de no dejarse rendir por el abatimiento, de volver de aquel marasmo, de trabajar en lo que fuera, porque, como afirmaba un pensionista muy dado a los axiomas: "Camarón que se duerme la corriente se lo lleva." —¡Qué lástima que no sea usté chófer! —ocurriósele a Cornadó. —Porque un amigo de mi señora tiene garage, y si nosotros se lo pidiéramos.... —Y como Pedraja se extrañase al oír tamaña tontería, la dueña del loro, que nunca hablaba sin fundamento, dijo amargamente: No le choque a usté, hijo; aquí hay que hacer de todo...

Azuzado por la dura realidad trató tesoneramente de procurarse trabajo en qué ocupar las horas del día, ya que las noches las dedicaba a repasar afanoso las asignaturas de su carrera: se dio varias vueltitas por casa de Ralván, con resultado negativo, porque el doctor había salido recién, o hallábase ocupado o estaba en los Tribunales, etc., hasta que se aburrió: leía de cabo a rabo las páginas de avisos de los periódicos en busca de cualquier ocupación, por humilde que fuera, pero sin fruto: recurrió a varios compatriotas que tenían fama de filantrópicos o de influyentes, y estos cansados de oír todos los días y a todas horas la misma monserga, se limitaban a darle un consejo o un sofión... Y con tanto ajetreo y tanto danzar de un lado para otro, la ropa empezó a deslucírsele y los botines a darle voces de alarma pidiendo sustitutos.

Al fin, un tenue rayo de luz vino a romper las negruras de su existencia: la Pinilla consiguió que le nombraran provisionalmente, para probar, copista de su teatro, con lo que, al mismo tiempo que ganó la primera plata, pudo darse cuenta de la tirantez de relaciones que existía entre ciertos comediógrafos de renombre y la sintaxis. Después un manufacturero clandestino de cigarros habanos, establecido en la Boca, le facilitó alguna mercadería para que se agenciara unos pesos, si tenía destreza para dar gato por liebre, pero pronto comprendió que era inútil tal ayuda, porque no había negocio posible con los tacones torcidos y el traje deshilachado y grasiento. Además, él no servía para engañar a nadie, aunque se esforzara mucho, porque la mentira, más poderosa para los efectos de la vida, que todas las virtudes juntas, brotaba de sus labios torpes e ineficaces, dejando ver a cien leguas sus menguadas condiciones de mentiroso. Hubiera ofrecido él, por la mitad de su valor libras esterlinas, y todo el mundo le tendría por un cuentero vulgar.

Seis meses iban transcurridos desde que Pedraja salió de Madrid, rebosante de optimismo, y al cabo de este tiempo, sus firmes propósitos de redención se vinieron a tierra, porque las fatigas, las decepciones y los desengaños le aniquilaron la materia y el espíritu y transformáronle en un autómata sin voluntad, en un guiñapo viviente, dominado por el fatalismo. Ya no era para él Buenos Aires la ciudad espléndida, atrayente y magnánima que encontró al llegar: ahora las calles le parecían monótonas, los edificios ramplones, los jardines artificiosos, las mujeres vulgares, el cielo de una tristeza desconsoladora: veía un egoísta sórdido en cada hombre y en cada negociante un bandolero, y llegó por fin a la conclusión de que este era un pueblo enfermizo, porque la gente no reía, cuando en realidad era él, ¡pobre!, quien había dejado de reírse.

 

X

"MISIA PETRA (fijando dulcemente en los jóvenes sus ojos de zafiro y con acento de refinada distinción. —Sientensén, queridos. Sirvansén (ofreciéndoles unas sillas, que ellos agarran y sientansén)."

Esto acababa de escribir Manolo, ocupado en copiar el manuscrito de una comedia próxima a ser estrenada en el teatro de la Pinilla, cuando, después de golpear discretamente la puerta, entró la mucama con un pliego. Esto para usté —dijo entregándoselo. Era una carta de España, la primera que recibía desde que llegó a Buenos Aires, y al verla parecióle que una ráfaga de aire puro del Guadarrama se le había filtrado en el corazón barriéndole todas las penas. Rompió el sobre con mano temblorosa, y sus ojos buscaron anhelantes la firma del escrito: era del noble Arenzana, su leal consejero, y decía:

"Querido Pedrajita: Aunque usted es un ingrato que no se acuerda de los pobres, vaya, ante todo, un abrazo muy cordial por sus progresos ahí, pues le supongo a usted, sino rico, por lo menos en vías de serlo.

"Tengo que comunicarle a usted una noticia que ha de sorprenderle: nuestra antigua patrona, la dulce doña Carmen, tan querida de todos, y principalmente de usted, liquidó la casa, y después de tarifar con don Pancho, levantó el vuelo, no se sabe adónde. Yo creo que hizo bien, porque de algún tiempo acá se había puesto insoportable: bástele saber que el pobre don Venustiano, el sacerdote de la sala, perdió el estómago por completo y ahora está tomando las aguas de Mondariz para ver si puede echarse un remiendito.

"Otra noticia más dolorosa le he de comunicar, y siento ser yo quien tenga que dársela, por acuerdo unánime de los amigos: su anciana madre enfermó de tristeza con la marcha de usted y con su olvido, y está muy delicada... grave, podría decir hablándole con toda sinceridad. Creo que debe usted hacerse a la penosa idea de que tiene contados sus días, porque estas enfermedades del corazón son muy traidoras...

"No trato de reprocharle, querido Pedrajita (¡Dios me libre), pero usted, con su pertinaz silencio, habrá acelerado, sin querer, indudablemente, el triste fin...

"Tenga mucha reflexión, amigo mío, y considere que todos hemos de ir para allá. Le abrazo otra vez con el mayor afecto, su invariable "Arenzana."

La muerte de su vieja querida, que con tan cariñoso artificio trataba de disfrazarle el noble anciano, aun siendo tan cruel, no lo fue tanto para Manolo como la vergonzosa imputación de Arenzana con todas sus discretas salvedades. Su acendrado amor filial revelóse bruscamente en una airada protesta contra su amigo, a quien hubiera hecho pagar caro el insulto infamante, de haberlo tenido cerca, pero bien pronto los remordimientos le hicieren comprender lo injusto de su ira y lloró de pesadumbre, de sonrojo y de coraje, y se golpeó el rostro furiosamente, como queriendo castigar su delito, para caer luego de bruces sobre las cuartillas en una laxitud nerviosa, en un abatimiento moral que le dejó insensible a todo.

 

XI

Trató de resistir Pedraja heroicamente los rudos embates de la adversidad, pero al fin, inerme, enfermo de cuerpo y alma, cayó rendido por aquella lucha cruenta. Un violento vómito de sangre fue el anuncio fatídico de la catástrofe que le postró en el lecho. Pronto cundió el pánico entre los pusilánimes pensionistas de La Parisién, así que el médico llamado por la Pinilla hizo público el diagnóstico; se trataba de un inconfundible caso de tisis galopante y no había nada que hacer; bien claramente lo pregonaban aquella blancura marfileña de cadáver, el sudor frío que fluía de sus manos esqueléticas, las sombras violáceas que envolvían sus ojos consumidos por la fiebre y la tos profunda y terca que sonaba lúgubre como un canto funeral.

No le parecía discreto ni humano al doctor que llegara a oídos de Manolo la índole terrible de su enfermedad, pero como ésta era una amenaza constante para la salud de todos, indicó la conveniencia de sacarle lo más pronto posible de la pensión si se quería prevenir el contagio, precaución estéril la del galeno porque el infeliz Pedraja conocía tan bien como aquél la gravedad de su estado; que para eso vinieron a servirle la ciencia que aprendió de sus maestros, las noches de insomnio dedicadas al estudio y los afanes de sus viejos queridos.

—¡Ánimo cobardón! —le decía amorosamente la Pinilla, única persona que tuvo arrestos para desafiar el peligro. —¡Eso de la sangre no es para afligirse así! Algún vasito que se le habrá roto... ¡Nada! ¡Ya lo verá usté, so flojazo!...

Y el enfermo pagaba con una sonrisa de gratitud la piadosa mentira de la tiple.

Pero el dueño de La Parisién, más interesado que sus huéspedes en quitarse aquel mochuelo de encima, prescindiendo de humanitarismos y armas al hombro, llegóse a la pieza y desde lejos, por lo que pudiera tronar, le habló con fingida pesadumbre.

—Vea, don Manuel: yo, la verdad, lo siento en el alma, porque usté, para mí, es casi como un hijo, pero las circunstancias lo obligan a uno... No es que lo de usté sea grave, gracias a Dios, pero vamos... usté comprenderá...

—¡Sí, comprendo! —interrumpió el desventurado Pedraja con amarga ironía. —¡Que estorbo aquí! ¡Ya lo sé! Sáquenme cuando quieran. ¡Es lo mismo!...

Al día siguiente fue trasladado con cariñosa solicitud a un hospital donde la filantropía de los cómicos le proporcionó albergue decoroso en una sala de preferencia, y así volvió a renacer la calma entre el medroso pupilaje y pudo respirar tranquilo el dueño de La Parisién.

 

XII

Una espantosa tempestad se había desencadenado aquella noche sobre Buenos Aires; densos nubarrones, rasgados momentáneamente por la cegadora luz de algún relámpago, ocultaban el cielo con su tenebrura, la lluvia, que caía violenta y copiosa arremolinada por el empuje arrollador del huracán, había convertido las calles en verdaderos torrentes, y obligaba a los medrosos transeúntes a buscar refugio en los umbrales de las casas; de vez en cuando el fragor horrísono de un trueno aumentaba las ensombrecedoras tintas de aquel cuadro pavoroso.

Y esa noche memorable, mientras los elementos desataban furia, en una cama del hospital X, a solas con su dolor, el desdichado Manolo Pedraja se debatía en desesperante lucha con la muerte. Sintiéndose ahogar por la disnea como si una mano de hierro le atenazara los pulmones; abiertos los ojos con expresión de espanto, convulsos y enloquecidos clavábanse sañudamente en la garganta los dedos sarmentosos, para quedar, después del esfuerzo inútil, en una silenciosa quietud, solo interrumpida por un fatigoso y lúgubre jadeo.

Entretanto, insensibles a esta dolorosa escena, tan familiar para ellos, dos mozos de servicio dialogaban tranquilamente en un ángulo de la habitación.

—Che, ¿y el gaita ese?

—Tocando la polka —contestó con indiferencia el interpelado.

—¿Ordenó alguna cosa el dotor pa esta noche?

—¡Minga! Ahí dejó listo el certificao de defunción...

—¡Pucha, otro fiambre!...

El timbre de la puerta de calle sonó enérgico, como apretado por una mano impaciente o nerviosa, mientras de fuera llegaba el trepidar característico de un automóvil dispuesto a partir.

—Che, ¿quién será?

—Andate a verlo.

Salió intrigado uno de los mozos y poco después el runrún cada vez más perceptible de una disputa, insólita en aquel sitio y a tales horas, vino a turbar el solemne silencio de la casa.

—¡Le digo que no se puede, señora!

—¡Déjeme, por favor!

—Lo prohíbe el reglamento.

—¡Pues yo he de entrar!

—¡No entrará usté!

—¿Que no?... —gritó colérica la intrusa, y zamarreando varonilmente a los dos mozos, abrióse camino y se precipitó en la sala, antes de que los humillados servidores pudieran salir de su asombro.

Era Carmen la Garbosa que, emborrachada por un amor irrefrenable, había seguido la loca aventura, sacrificando en ella el espléndido futuro que le brindaba la pasión senil de don Pancho.

—¡Manolo!.... ¡Mi cielo!... ¿Qué tienes, pobrecito mío?... —exclamó sollozante y arrulladora, cubriendo de tiernas caricias aquel rostro que inspiraba lástima y horror. Y a Manolo, en quien nunca había despertado la fogosa pupilera más que un sentimiento puramente fisiológico, ahora se le antojaba una visión celestial, un ángel bueno, venido de la gloria para redimirle, y así, extendiendo hacia su amada los enjutos brazos en actitud de súplica, imploró con voz fatigada:

—¡Carmen, llévame!

—¡Sí, mi alma! —le susurró la Garbosa dulcemente. —¡Sí, corazón mío! ¡Para eso vine! ¡Para volverte al Madrid adorado, que te espera radiante de sol y de alegría! ¡Para llevarte al nido de nuestros amores, donde la gente no se destroza por el dinero, maldito sea! ¡Para que vuelva yo a ver en tus ojos amantes el fuego que me trastornó los sentidos!...

—¡Sí!... ¡Sí!... —murmuraba él angustioso, fijando en Carmen una mirada profunda, anhelante, llena de fe y de ilusión.

—¡Sí! —repetía ella, escondiendo su congoja. —¡Ya verás qué felices vamos a ser! ¡Ya verás, encanto mío, qué pronto se acaban tus penas y cómo tus sueños de gloria se realizan al calor de la mujer que te idolatra, que daría su sangre por ti!...

Suponía la Garbosa fascinado al mozo por el arrullo de su prédica, viéndole con el mirar de embeleso y dibujada en los labios una sonrisa plácida, y suponiéndolo así, esforzábase más y más en el noble empeño de alegrarle el ánimo, pero enmudeció de pronto, sobrecogida y horrorizada, al observar que su amante, después de un brusco estremecimiento, cerraba lentamente los párpados y con la faz contraída por un mohín doloroso, abatía la cabeza sobre la almohada en un desplome trágico...

 

Al mismo tiempo que la muerte ponía fin con mano misericordiosa a la triste odisea de Manolo Pedraja, en el comedor de La Parisién se festejaba ruidosamente el cumpleaños de la Pinilla, por cuarta vez en el transcurso de seis meses. El pagano, un tandilero ricachón, aspirante de turno a los favores de la tiple, había organizado una cuchipanda opípara, en la que las bandejas de sandwiches y dulces, y los cajones de Cliquot desaparecían, con asombrosa rapidez, entre la alegría desbordante de los invitados, gente joven, zaragatera y de pocos escrúpulos.

—¡Vivan las mujeres lindas! —gritó el festejante, levantando la copa en honor de su dama.

—¡Vivan los buenos mozos! —contestó ella, mirándole con ojos zalameros que le hablaban de posibles venturas...

—¡¡Vivan!! —repitieron a coro los invitados, enardecidos por las libaciones y el retoso.

Y Cornadó, el marido feliz, embelesado con las nuevas orlas de brillantes que lucía su mujer, pensaba filosóficamente:

—¡¡Qué grande es América!!...

  • José López Silva
    López Silva, José

    José López Silva (Madrid, 1860-Buenos Aires, 1925) fue dramaturgo, autor de numerosos sainetes y relatos en los cuales muestra su interés por los tipos madrileños. Pasó sus últimos años en Buenos Aires, donde se había trasladado con su compañía teatral. Entre sus obras más conocidas figura el libreto de la zarzuela La Revoltosa, que más tarde adaptó a la realidad del conventillo porteño para La Novela Semanal (“La Novela Semanal se publicó en Buenos Aires entre 1917 y 1926 y llegó a vender más de cuatrocientos mil ejemplares cuando esta ciudad tenía poco más de un millón de habitantes”, explicó la investigadora Margarita Pierini).