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Año 3 #29 Marzo 2017

La evasión

Linch llegó a la notoriedad ya desde sus primeros textos, se consagró como escritor con Los caranchos de la Florida, El inglés de los güesos y De los campos porteños; pero hacia 1936 se retiró a un aislamiento literario. Nadie pudo sacarlo, ni sus amigos ni las solicitudes del público. Su no explicada decisión de no publicar más fue motivo de leyendas sin confirmación.

 

La evasión

De Doce cuentos para leer en el tranvía. Una antología de La Novela Semanal. Estudio preliminar y selección de textos de Margarita Pierini. Editorial Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 2009.

 

I

Está mirando con despecho cómo el fiero viento neuqueniano sacude furiosamente las pequeñas araucarias del patio, traídas con tantos afanes del remoto valle de Kilka, cuando el rumor de un galope le hace volver la cabeza.

Es el "chilote" Galván el que llega; uno de esos tipos andariegos e inquietantes, que nunca aciertan a estar dos días en el mismo sitio, como no sea en la barra de algún destacamento.

El hombre detiene el malacara en el linde del patio:

—¡Güen día!

—¿Qué querés?

Jaime no puede oír la respuesta porque la cubren por completo los rumores del viento. 

—Vení, ¡bajate!

El gaucho desmonta, entonces, y dejando su caballo suelto, a la manera como los dejan los indios, se viene rápidamente a través del patio, con su andar menudito de zorrino. Sonríe como quien trae una nueva placentera.

—¿Qué querés?

El chilote se rasca la greña por debajo del sombrero:

—Se han ido toditos, don Jaime, ¿sabe?

—Toditos, ¿quiénes?

—Todos los presos de la cárcel...

—¿Qué decís?

—Sí; el cabo Rosas que iba con un parte para el destacamento de M. se acordó esta mañana en la pulpería, se jueron el domingo...

El chilote sigue sonriendo, pero el mozo se ha puesto de pronto pensativo y sus ojos azules se clavan absortos en los recios borceguíes de su interlocutor, que adornan sobrecosturas complicadas y arabescos de agujeritos.

—¿Y son muchos, che?

—No le digo; ¡toditos! A lo menos así se acordó el cabo... Parece que atropellaron la guardia, mataron una punta e milicos, les quitaron las armas y la caballada y que ahorita se vienen corriendo por la costa del Picum-Leofú, buscando dejuramente las abras del saino pa pasarse a Chile... Deben de ser como noventa, asigún dicen...

El rostro del joven expresa un gran alivio:

—Ah, entonces ¿es por el otro lado que vienen? Han costeado el Limay esquivando La Travesía... ¡Está bueno! ¡Los van a reventar!

—Y quizá nomás...

—Y adonde van a ir que no tropiecen con la policía...

Los ojos taimados del gaucho fulguraron de malicia:

—¿Y?, ¿no trompezaron allá, nomás?

—Los agarrarían durmiendo a los soldados... Y vos ¿qué andás haciendo, buena pieza?

—Voy pal lao del Paso e los Indios, pero me acordé de que usted no debería de saber la noticia y como siempre es güeno estar alvertido...

—Has hecho bien; si querés descansar desencillá y pasá a la cocina, creo que no hay nadie.

Y mientras el gaucho combatido por el viento que hace aletear todos sus trapos, va hacia el caballo que le espera inmóvil, allá, del otro lado del patio, el joven cabizbajo penetra en su habitación construida con chapas de zinc de canaleta y se pone a examinar cuidadosamente, con el entrecejo contraído, un mapa del territorio, que tiene fijado con tachuelas de catre, en uno de los tabiques y entre una gran piel de puma y la cabeza de ciervo, que le sirve para colgar su carabina...

 

II

Jaime Frasser es un lindo mozo sin duda. Lleva sus treinta años, con la serena arrogancia de la masculinidad más armoniosa y perfecta y si no fuera por aquel modo huraño que lo individualiza desde hace algún tiempo y que acentúa cada día más su hosco aislamiento, sería tal vez el hombre joven, más prestigioso, de cuantos se baten contra el desierto, desde las costas de la laguna de Cari Lauquen, hasta las faldas boscosas de El Mirador.

Aunque pastorea diez mil ovejas y más de dos mil vacas, ninguno como él, aun, para jugarse la vida a cada rato, como un indio-gaucho cualquiera, detrás de los ñandúes en el cuesta abajo de las mesetas, ninguno como él, para meter una bala en el codillo de un guanaco, a más de trescientos metros.

No hace dos años todavía, de todas las estancias de ingleses solían llamarle, cuando había fiesta, por el gusto de verle hacer proezas con el caballo.

Una tarde en la estancia de Mister Dougal, ¿no hizo saltar el doradillo por sobre la verja de agudas lanzas del jardín? Y otra tarde, en casa de los Brown, ¿no lo hizo costalar en las baldosas del patio para asustar a las señoras?

¡Ah!, es un gentil mozo, Jaime Frasser y el mejor elogio a sus méritos, esta en la opinión que a su respecto, exteriorizó un día Mister Baster, el viejo más "empacado" de todo el departamento: "Linde mochache ese" —exclamó, mirándole bailar Fox-Trot con Mabel, la sobrina esa de Dougal, a quien apodan "La Chilenita". "Linde muchache ese, ¡lástime que no sea inglés!"

Sí, porque Jaime Frasser no solamente es un verdadero ejemplar de belleza física, de virilidad y de energía, sino que también un hombre distinguido por sus modales, por su educación y por su origen.

A la fuerza tiene que destacarse en un ambiente en donde el trajín de la lucha diaria no deja mucho espacio a ciertas futilezas y en donde es lógico, por consiguiente, encontrar debajo de las toscas cazadoras de pana, groseras camisetas de franela y no finas camisetas de batista...

No es frecuente que aquel que es el primero en arrojar su caballo a las tumultuosas aguas del Collón Cura, para tantear el vado, en una noche de invierno, resulte luego un interpretador de Wagner, y menos frecuente aun, que uno que horas antes estaba asestando golpes de güanaquera en la redonda cabeza de una puma macho, esté horas después, deleitando a una señora, con las más alambicadas sutilezas del ingenio.

Que Jaime es "algo raro" no puede negarse y la mejor prueba de su rareza está en el hecho de que a los veinticinco años, con su bienestar pecuniario y sus vinculaciones, vino a soterrarse en aquel desierto, hasta donde solo suelen llegar los hombres empujados por la imperiosa necesidad del lucro o en muy contados casos, por veleidades de ciencia o de turismo.

¿Fue algún desengaño de amor? ¿Fue neurastenia? ¿Fue alguno de esos dramas secretos, que desquician para siempre una vida, lo que le arrojó en aquel hondo valle neuqueniano, en donde parecen encajonarse todos los vientos de la tierra, en donde no se ven aún más árboles que los agrios calafates y en donde el sordo y eterno rumor del río, que se desliza vertiginoso por un lecho de cantos rodados y de cascajo, parece que se empeñara en confundir todos los ruidos?

Nadie lo sabe y el carácter reservado de Jaime Frasser no ha facilitado nunca la aclaración del misterio.

Vino porque vino y nada más. Compró malo, gastó mucho, pagó la "chapetonada" de todos los novicios, pero al cabo de dos años ya sabía muy bien lo que tenía entre manos y sus majadas de ovejas comenzaban a llenar de juncos blancos, las faldas de los cerros y la cuenca de las hondonadas.

Colocado en el umbral de "La Travesía", resultó su establecimiento como un atalaya, como un centinela avanzado de las estancias inglesas, de los campos buenos de esos fértiles valles donde florecen los manzanos y en donde los fresales aborígenes tiñen con sangre azucarada los cascos y las ranillas de los caballos que pasan.

Al principio pagó su tributo como todo novicio... Quería suplir con la inteligencia, lo que solo puede enseñar la práctica. Se empeñaba, por ejemplo, en encerrar de noche las ovejas cuando todo el mundo las criaba a campo y eran precisamente solo sus pobres ovejas las que atacaba la sarna como una maldición...

El día que alambró su primer potrero de mil quinientas cuadras, con un alambre galvanizado y unos postes que valían mucho más que el campo, tuvo la ingenuidad de invitar a unos indios-gauchos a cazar los cientos de guanacos que habían quedado encerrados dentro del perímetro y la caza resultó tan animada, que a medio día, ya sus huéspedes le habían echado al suelo muchas cuadras de alambrado, precipitando sobre las rinconadas y como arietes formidables las masas vertiginosas de bestias fugitivas. Pero, después, Jaime aprendió y se hizo conocer como hombre ducho en aquel ambiente especial en hombres duchos.

Pocas majadas como las suyas; ¡pocos caballos y mulas como los de Jaime Frasser para un apuro! Solamente se le criticaba al principio entre sus vecinos los ingleses, por la falta de confort de su establecimiento. Era una instalación aquella impropia en absoluto de un hombre de su condición y su cultura.

En la estancia de Brown había luz eléctrica... Jaime iluminaba su cuarto con una lámpara de kerosene. En la estancia de Dougal, había luz eléctrica y una instalación de baños dignas de un club metropolitano.... Jaime Frasser se bañaba en el río... Cuando le interrogaban sus amigos los ingleses sobre los motivos de aquella extraña despreocupación, el joven, después de meditar un instante se encogía de hombros y respondía muy risueño:

—Y, ¿para qué? ¿No es lo mismo?

Pero, sin embargo, Jaime Frasser, trataba de hacerse la vida amable a su manera. Sobre todos sus gustos estaba su afición desmedida por la caza, que más de una vez llegó a comprometer sus prestigios de patrón serio en el ciego concepto de su capataz de campo, Silverio Mulchen, ese muchacho de pocas palabras que le era adicto como un perro y que bajo su mezquina apariencia de un indio, encerraba más inteligencia, buen criterio y lealtad que mucho caballeros…

Llevado por su afición a la caza, más de una vez Jaime Frasser abandonó un trabajo importante como ser el de la yerra y el de la esquila, para irse por ahí, en fraternal compañía de un "roto" cualquiera, en procura de algún puma de extraordinaria corpulencia que aseguraba aquél haber visto...

Y estas cosas, no las podía comprender muy bien Silverio Mulchen, que tomaba los trabajos en serio.

La otra gran afición de Jaime estaba —ya lo hemos dicho— en los caballos. Los quería y los cuidaba sobre todas las cosas. Ya buen jinete cuando vino, se había hecho con la práctica del ejercicio cotidiano un verdadero centauro.

Y él, que era capaz de llorar si se le mancaba un caballo corriendo tras un novillo, no vacilaba sin embargo, en exponerlos a quebrarse las manos haciéndolos saltar un cerco imposible por el gusto de lucir su destreza.

Todo les perdonaba a sus peones, menos que le lastimasen un caballo. Por eso exclamó un gaucho cierta vez en la cocina de la estancia a raíz de una reprimenda:

—¡Este hombre parece hijo de yegua por lo que quiere a los caballos!

Y es a los caballos, precisamente, a los que debe Jaime Frasser su desgracia o su fortuna, este gran vuelco o mejor dicho, esta gran recaída moral que le ha encerrado de nuevo y al parecer definitivamente, entre los alambrados de su estancia.

La fama de sus proezas en la equitación fue lo que le atrajo el interés de los ingleses de las estancias vecinas, que le buscaron, que le sustrajeron a su primer aislamiento, que le popularizaron entre el escaso elemento femenino de los contornos...

Jaime Frasser conoció a Mabel, La Chilenita, en una fiesta celebrada en la estancia de Dougal.

"Dios es testigo" de que le llevaron allí casi a la fuerza; que no tenía la menor idea de la existencia de tal criatura y que en aquel momento, le preocupaba mucho más, una esparaván descubierto a última hora, en la pata izquierda del doradillo, que todas las mujeres de la tierra...

 


III

Mabel tenía entonces dieciséis años. Era hija de ingleses pero nacida en Chile y una razón de salud la había traído a aquel desierto en donde la cómoda estancia de su tío se señalaba como un oasis de civilización a los ojos asombrados del pasajero.

La Chilenita contaba solo dieciséis años, pero era ya una mujer... A sus negros ojos se asomaba la vida con todos sus ensueños, con todos sus derechos.

Tenía un modo de entornar los párpados y de mirar de soslayo y había una nostalgia de dicha, tan honda, en lo profundo de sus pupilas, que se pensaba mirándola, en almas de mujeres de treinta años transmigradas con todas sus tristezas a organismos en plena primavera.

Jaime bailó con ella muchas veces. Hacían una pareja encantadora, por su mismo contraste de fragilidad y reciedumbre. Al principio, Mabel, le pareció una chicuela, después una mujer corrida, más tarde otra vez una chicuela y por último ya no acertó a saber lo que le parecía... Mabel, era Mabel, y él, Jaime Frasser, un pobre hombre que vivía como en sueños, como en el aire...

¡Y para esto se había venido de Buenos Aires con la convicción absoluta de que el mundo ya no tenía para él más halagos que los torpes halagos de la existencia animal, y de que junto al hito de sus veinticinco años quedaba sepultado para toda la eternidad, hasta el último pétalo de la querida flor de sus ensueños!

Jaime Frasser empezó a sentir una gran afición por el baile, a raíz de aquella primera fiesta en la estancia de Dougal, y tanto es así, que más de una noche, al ir a pedirle órdenes para el día siguiente, los ojos bravios de Silverio Mulchen se dilataron de asombro al sorprenderle ensayando extraños y complicados pasos, en el adusto retiro de su alcoba.

Y él, que se pasaba meses enteros sin salir de su campo, comenzó también entonces a hallar motivos que le obligaban a ausentarse casi a diario.

—¡Che, Silverio!

—Mande, patrón.

—Mirá, he pensado mejor; no vamos a sacar los novillos mañana; mañana voy a tener que ir otra vez hasta lo de Dougal; los sacaremos el lunes...

Los ojos del capataz lo miraban extrañado:

—Mire patrón que el cuadro se está poniendo muy fiero.

—Sí, ya sé; pero qué le vamos a hacer —y, dejando a Silverio Mulchen rascándose la nuca se iba por centésima vez a mirar las pequeñas araucarias del patio, que hacía regar todos los días y que el indio Picún le trajo en carro y a precio de oro, desde el lejano valle de Kilka, porque a ella no le gustaban las estancias sin árboles.

—Che, Silverio.

—Mande, patrón.

—¿No sabés quién tendrá por aquí "ungüento Meré"? No me gusta nada, el sobrehueso del saino...

—Y en la pulpería debe haber, patrón...

—No, ya sabés que no quiero saber nada con ese "roto" trompeta...

—En la otra, entonces, en la del "inglés".

—¡Queda muy lejos!

Silverio Mulchen, vacilaba:

—No sé, quizá tengan en la estancia de Cruz o en la de Peña; si usted quiere yo puedo averiguar...

—No, dejá nomás, esta tarde pienso darme un galopito hasta lo de Dougal, allí han de tener...

Y se iba dejando al indio preocupado ante el evidente trastorno de su patrón.

La estancia de Dougal está separada de la de Jaime, acortando todo lo que se puede, por seis leguas cabales de mal camino, que todavía agrava en su último tercio, el vado difícil del Cañadón Grande. Sin embargo, el mozo comenzó a hacer ese camino casi a diario, de día, de noche, a todas horas, destrozando las manos de sus mejores caballos e importándole poco todo aquello que no fuera llegar cuanto antes a su objetivo...

Pero el idilio de Jaime Frasser con La Chilenita duró muy poco. Quizá el mismo carácter del mozo contribuyó a la desdicha... Lo cierto es que una tarde y tan temprano, que el sol no se había ocultado aún detrás de las colinas que circundan el valle, Jaime volvió de lo de Dougal, con todo su infortunio retratado en el semblante.

Dejó el caballo empapado en sudor, rienda arriba en medio del patio y se metió en su cuarto, cabizbajo y sombrío. Allí estuvo dos días encerrado y sin hablar con nadie —solamente una noche Silverio Mulchen habló con él— y cuando apareció al tercero, Jaime Frasser ya no era el mismo, ni volvió a mentar jamás, para nada, la vecina estancia de Dougal...

De todo su drama silencioso, fue tan solo eso lo que trascendió hasta su gente.

Dicen que el indio Picún se permitió una noche preguntar en la cocina:

—¿Qué tiene el patrón, que parece "engualichao"? —pero como el único que quizás sabía algo, Silverio Mulchen, guardó el silencio más absoluto y más hosco, la pregunta se malogró en el vacío....

 

IV

Jaime Frasser pasea un momento el índice de su diestra reciamente enguantada en piel de búfalo, sobre la carta geográfica de la Gobernación en donde las corrientes de agua están marcadas con hilillos azules y los caminos con hilillos rojos... Después, coloca su gran sombrero mexicano sobre la mesa y va a sentarse pensativo al borde de su cama.

La noticia de la evasión de penados le preocupa seriamente, mucho más seriamente que lo que quizá alguno de la estancia pudiera imaginarlo.

Porque si bien es verdad que van a ser dos años que no ha vuelto a poner los pies "allá", también no es menos cierto, que desde aquella aciaga tarde de noviembre, el espíritu de Jaime Frasser no ha dejado un solo instante de viajar avizorando anheloso, a lo largo del camino.

¡Las leguas que tendrá galopadas su pensamiento en busca de la amada, los recuerdos, las nostalgias y las angustias, que habrá rumiado su corazón en el silencio propicio de las cuatro paredes de su cuarto!

Solo una voluntad como la suya ha podido resistir a tan duro y largo tormento. Querer hasta el punto de sentir anularse el instinto supremo del yo y sin embargo, domar los impulsos; querer al extremo de sentir celos del viento que pasa en dirección de la casa del bien amado y ser por voluntad el único, precisamente, que no ha de acercarse a él la vida; estar dispuesto a darle la existencia entera para que la queme en aras de un capricho, como una pajarita de papel en la llama de una bujía, y sin embargo, por obligación moral, mantenerse tan lejos de él, como estar absolutamente cierto, de que nunca se le podrá prestar la menor protección en el peligro.

¡Caramba, si ha sufrido Jaime Frasser en esos dos años! El, que cuando la veía casi a diario, no encontraba para ella, ni lugar lo suficientemente cómodo, ni palabra lo suficientemente blanda, ni mirada lo suficientemente dulce, ni peligro lo bastante remoto, como para no producirle angustias, ha debido y podido, sin embargo, pasarse todo ese tiempo sin tener más noticias de ella, que la vaga noticia de que continuaba en la estancia...

¡Pobre Jaime, también! No pasaba chilote siniestro con rumbo al NO sin que le obsesionara el pensamiento de que aquel hombre bien pudiera ir a causar algún daño a Mabel; no estallaba una peste en la más miserable y remota toldería de indios nómades, sin que a él se le ocurriese de inmediato, que bien podrían contagiar a Mabel... En el invierno anterior, cuando la gran nevada ¿no estuvo casi a punto de perecer una noche en que no pudo resistir al deseo de acercarse a la estancia de Dougal para estar cierto de que no había sido sepultada por la nieve?

Si no que lo diga Silverio Mulchen, que lo trajo semicongelado...

¿Y si ahora la policía no pudiese detener a esa banda de forajidos que acaban de romper sus prisiones; si aquella horda sanguinaria y feroz lograse desparramarse por los campos y por los bosques, y por las cuevas misteriosas de las serranías? ¿Qué grave peligro para "todas" las estancias y qué continuas e insoportables zozobras para él?

Jaime se pasa la mano por los cabellos... ¡Oh! ¡No quiere ni pensarlo! Sería capaz de ir a ponerse de centinela, con el winchester al hombro, en la puerta del cuarto de Mabel para cuidarla, para que no tuviese miedo...

¡Ah! los miedos de Mabel; ¡los deliciosos miedos de la adorada! ¡Jaime podrá vivir mil años pero no podrá olvidar jamás el encanto maravilloso y único que emanaba de aquellos miedos de Mabel, allá en la estancia!

Siempre recordará la tarde aquella en que la encontró sitiada por un sapo enorme, en el umbral de la alcoba de su institutriz Miss Grace, esa irlandesa que tiene los cabellos roanos como la cola del alazán y los dientes largos como los de las vizcachas... El sapo la miraba con sus ojillos socarrones, y ella, asustada, no sabía qué hacer.

Él, Jaime, acudió corriendo:

—¿Qué, Mabel, qué le pasa?

—Ese sapo, no ve, que no me deja salir.

Él, después de haber apartado el enemigo con un pie la invitaba sonriente a abandonar el umbral, tendiéndole la mano, pero ella, vacilaba aún, encantadora, estremecida por un temor que no era fingido sino muy real, como lo demostraban claramente sus grandes y oscuras pupilas dilatadas.

—Vamos, Mabel, no sea chiquilina...

—¡Tengo miedo, Jaime, tengo mucho miedo!... —Y sus bellos ojos, buscaban instintivos al pobre sapo que a diez pasos de allí, parecía con su color plomizo una excrecencia del suelo.

—Vamos, Mabel; no sea floja, ¡parece mentira!

—¡Es que tengo miedo, Jaime! —y lo repetía con tan sincera y encantadora ingenuidad, que él, Jaime Frasser, embriagado de sentimentalismo y de belleza, le dijo entonces, entre sonriente y solemne, mirándola en los ojos:

—Vea, Mabel: me parece que si alguna vez en la vida usted volviese a tener miedo, hoy, mañana, de aquí a cien años, no importa cuándo, y dijese usted, así como ahora, y poniendo esos ojitos: "tengo miedo, Jaime", que yo la oiría y vendría en su socorro, aunque estuviese en el fin del mundo, ¡aunque estuviese muerto!

—¿Cualquier peligro?

—Cualquiera; desde el más tremendo hasta el más insignificante.

—¿Aunque fuese un tigre?

—¡Aunque fuese el propio Satanás, con todas las legiones del infierno!

Pobre Mabel; ¡tenía unas cosas! ¿No lloró en una ocasión, porque la picó un tábano en el cuello, y otra vez, porque se equivocó al descartarse en una mano de pócker?

... Y Jaime vuelve a pensar en la noticia de la evasión... "Felizmente, pasarán muy lejos, pasarán por el otro lado, si es que pasan; que lo más probable es que la policía los halla reventado allá nomás... El comisario Aguilera, el teniente Aquino, el teniente Sutton, y tantos otros... ¡Vaya unos nenes para dejarse fumar por unos presos!" ¡Si les conocerá Jaime Frasser, por la fama de sus astucias y la leyenda de sus hazañas!

Está seguro de que a esas horas y a pesar de todas las simpatías del chilote Galván, han de ir ya de vuelta para el presidio, con algunos compañeros de menos, algunos planazos de más, y los pies uniformemente maneados por debajo de la barriga de los caballos...

 

V

La comida toca a su término y Mabel, depositando su cubierto sobre el plato, pasea sus finos dedos por las sienes con ese escarabejo sutil y tembloroso que le es característico. Su acción no pasa inadvertida para los ojos vigilantes de Mistress Dougal:

—¡No ha comido nada m'hijita!

—Sí, tía, sí he comido...

Todas las miradas de los comensales se vuelven entonces hacia la niña, que inclina la cabeza avergonzada, como si hubiese sido sorprendida en una falta. Hasta los ojillos grises de su tío convergen severos y escrutadores en busca de los suyos...

—Hágale preparar usted unos huevitos pasados por agua —apunta Mr. Dougal a su consorte.

—No, tío, no; muchas gracias, es que no tengo ganas...

—No importa, Miss, usted se está debilitando...

Mabel tiene un movimiento de rebelión y de fastidio, apenas perceptible, pero luego torna a fijar en el mantel sus ojos resignados. Ha adelgazado mucho y aquellos hombros suyos, antes tan redondos y firmes, empiezan a acusar angulosidades alarmantes, a través de la delgada tela de su blusa.

Agnes Sullivan, la hijastra de los Brown, esa hermosota y risueña muchacha, que toda la noche no ha hecho otra cosa que jaranear con Mr. Smith, el administrador de la estancia, insinúa entonces, picarescamente:

—A Mabel, le ha quitado el apetito la historia de los presos...

—¿A mí?, ¡qué tontería! —Y los negros ojos profundos de Mabel, ya sabios de dolor, parecen mirar desde una gran altura moral, a aquellos otros ojazos azules y atolondrados, que siempre ríen y que no lloraron nunca...

Smith, autor de la historia, se cree en la obligación de tranquilizar a la niña:

—No se preocupe, Miss Mabel —dice muy serio—, ya no hay bandidos que asalten estancias... A esos hay que buscarlos hoy día en el cinematógrafo.

Todos celebran el dicho del administrador y la conversación se desvía hacia otros rumbos.

El sirviente entra con el famoso plato de Mabel... Los huevos pasados por agua, con que está sosteniendo su vida, puede decirse, desde hace largos meses. Como siempre, Miss Grace se aplica obsequiosa a aderezarlos y mientras los largos dedos ganchudos de la institutriz realizan la tarea y mientras el bullicio de las conversaciones llena el ambiente, Mabel, con el entrecejo contraído, torna a dejar volar, una vez más, sus pensamientos amargos, a través de los muros del comedor y a través de los campos desiertos...

¿Qué estará haciendo Jaime? ¡Cómo son los hombres, Dios mío! ¡Cómo pueden olvidar tan pronto, estas cosas que las mujeres no olvidan nunca! ¡Cómo es posible que si él la quiere de la manera como tantas veces se lo dijo, no haya sentido en dos largos años, la necesidad imperiosa de aproximarse a ella, aunque más no fuera para mirarle la cara, a la distancia! Mabel comprende muy bien lo que es la dignidad; Mabel vio perfectamente cómo se contrajo el rostro de Jaime y cómo fulguraron sus ojos azules ante la torpe observación de su tío; pero piensa también, que si el joven sintiese lo que ella siente, no podría hacer gala de tanta energía y ya hubiese procurado algún medio para acercarse de nuevo, sin mayores quebrantos. Acaso su tío no está arrepentido de lo que hizo, acaso su tío con todo su empaque y toda su frialdad aparente, no deja traslucir el remordimiento que le roe, en presencia de aquella angustia de Mabel, que la está consumiendo...

¡Oh! ¡cuando los hombres quieren todo lo pueden! ¡Ella misma, con ser mujer, con ser una pobre criatura desdichada, ha hecho mucho más que Jaime, en holocausto de la fe jurada! ¡Por algo se la vigila de día y de noche, por algo sus tíos "no ven llegar el día de Dios" en que regrese su padre de Europa, y se la lleve! Dicen que las heridas de amor pronto se curan. ¡Miente quién diga! Mabel está tan cierta de que su mal no tiene cura sin Jaime, que experimenta una suerte de cruel voluptuosidad al constatar su diaria decadencia. ¡Hay que ver como le va quedando grande la ropa de un mes para otro!

¡Y sus tíos creen que haciéndola hacer ejercicio y trayéndole a esa tonta de Agnes, para que coquetee con el administrador y aquella otra estantigua de Helen Stein "que se come los santos" le van a hacer olvidar de Jaime y reaccionar de su pena!

La voz de la institutriz la arranca bruscamente de sus sueños:

—Sírvase, Miss, están deliciosos.

¡Ah! los horrendos huevos que hay que tragar una vez más de cualquier modo. Para Miss Grace están deliciosos siempre los huevos y lo han estado en todos los almuerzos y en todas las comidas desde hace dos años... En cambio, a Mabel le inspiran una aversión rayana en la repugnancia. Mira la copa y vacila, le parece obra superior a sus fuerzas beberse tan solo la mitad del contenido; pero su tía que la observa se muestra implacable:

—¿Qué, hijita? ¿No están buenos, acaso?

—Sí, tía, sí, están muy buenos —y Mabel presurosa va a llevar la primera cucharada a la boca, cuando un extraño y repentino tumulto estalla afuera, en el patio...

Los hombres se han puesto serios y las mujeres espantadas, han alzado uniformemente las manos a las sienes.

El primero en reaccionar es Mr. Smith, que se pone en pie, llevando por instinto su mano a la cadera en busca de un revólver que no está allí porque el administrador viste de "smoking".

—¿Qué es eso?

—No sé, señor —responde el sirviente que iba a salir y que retrocede indeciso.

—No se alarmen, señoras... —Comienza a decir Smith, pero el estruendo de una descarga a la que sigue un baladro espantoso, de patas de caballos bataneando en el patio, de alaridos salvajes y de furiosos aullidos, cubren su voz por completo...

Mr. Smith va a cerrar la puerta, pero en ese mismo instante, una nueva descarga resuena afuera; el frutero que hay en el centro de la mesa estalla en mil pedazos y los comensales ven con espanto, cómo el administrador con el cuerpo muy rígido vacila un momento sobre sus piernas y luego se desploma con un gemido extraño.

Mabel se desvanece y Mr. Dougal va a incorporarse, cuando una voz imperiosa, le inmoviliza en su sitio.

—¡Arriba las manos! —dice.

 

 

VI

Ha caído el viento y hay luna. Su pálida luz que no alcanza a iluminar por completo las cuencas profundas de los valles, pone sin embargo, reflejos de nácar en todo los picos nevados, que destacan como centinelas las masas sombrías de las cordilleras lejanas.

Silverio Mulchen sale del cuarto de su patrón.

—¿Entonces —dice— lo mando a Picún a traer la leña y al otro a sacar el cuero?

—Eso es, y recomiéndale mucho que revise bien los matorrales por que debe haber más capones muertos.

—¡Ah, ah! y yo voy a tratar de llegarme hasta lo de don Facundo, después de la recorrida, a ver si ha terminado el trabajo.

—Como quieras.

La silueta del capataz se recorta nítida sobre el cuadro de luz de la puerta y la rubia cabeza de Jaime, inclinada ante la lámpara tiene reflejos de oro.

—El bozal no ha aparecido —continúa Silverio—, se lo ha llevao nomás a la fija, el chilote Galván.

—¡Ah!, ¿sí?

—Sí, ya sabe usted lo pícaro y lo ladrón que es, ¿por qué lo dejó dentrar? Cada vez que dentra se alza alguna cosa.

—Y ¿qué querés? Como vino para hacerme un servicio... ¿Pero qué mirás?

El capataz que ha inclinado el cuerpo hacia afuera le reclama silencio con ademán expresivo.

Jaime se incorpora avizor:

—¿Qué, che?

—¡Apague la luz, patrón!

Jaime obedece instantáneamente y luego se acerca cauteloso.

—¿Qué hay, che?

—No sé, me pareció...

—¿Algún bulto?

—No, un tropel.

—¿Por dónde?

—¡No sé, cállese!

Y Silverio después de avanzar algunos pasos, se detiene en medio del patio y poniéndose en cuatro pies aplica cuidadoso el oído a tierra... En ese mismo instante se oye un ladrido de alerta del lado de los galpones y acto continuo el tropel de los perros atraviesan el patio a la carrera.

—¿No ve? Ya lo sintieron...

—¿Y qué será?

—No sé, patrón, pero tenga cuidado. Yo voy hasta la cocina a alzar el "güincher" y a despertar a los otros...

Jaime al quedarse solo, procura oír. Los perros han salido al campo, y ladran ahora desesperadamente, allá en la huella que conduce al paso del río. Con semejante algarabía es imposible distinguir nada... Jaime entra entonces en su cuarto para ceñirse el cinto americano de su Colt 44 y tomar una carabina que está sobre la mesa. Se ve por la vacilación y la lentitud con que se mueve que todo su pensamiento está reconcentrado en otra cosa. En el momento en que sale llega Silverio al trote con su winchester en la mano.

—Están pasando el río —dice jadeante. —¿No oye cómo los carga la perrada?

—¿Y, vos que pensás que sea?

—¿Y?, los presos no son....

—¿Cómo sabés?

—Porque son pocos y porque la mayoría trae mulas... Es gente de más arriba, a la fija... ¡Oiga!, ya galopan por el camino... Para mí, que son milicos...

Aunque los perros arman una batahola infernal con sus ladridos, Jaime distingue, ahora claramente el rumor característico que producen las cabalgaduras, al galopar sobre el cascajo, pero sus ojos no han percibido nada todavía, cuando ya la voz de Siverio confirma satisfecha:

—¡Ah, ah! ¿No le decía? Son milicos, ¡he visto relumbrar una lata! ¿No ve? ¿No ve?

El pelotón lleno de tintineo y de ludimientos marciales, hace alto al borde del patio y una voz varonil y bien timbrada, interroga en la sombra:

—¿Está ahí el patrón?

—¿Yo soy? ¿Quién es usted?

—Soy Sutton, oígame una palabra Frasser...

Jaime que siente, sin saber por qué, como el aletazo de un presagio aciago, al oír aquel nombre, se apresura a acercarse:

—Adelante —dice—, bájese teniente.

El célebre oficial de policía se deja resbalar sin prisa, de su no menos célebre alazán roano, sobre cuya paleta sudorosa, relumbran los caños de la carabina y estrechando la mano del joven dice sonriente:

—¿Cómo le va, Frasser? Necesito que me preste algunos caballos y muchas... Traigo la mancarronada deshecha y tengo que incorporarme con Aquino, si es posible, antes de que amanezca.

—Pero, ¿qué pasa, Sutton?

—Pasa una cosa muy rara, amigo —y el teniente baja la voz como para que su gente no le oiga—, vea, esta mañana recibí un parte del comisario Aguilera ordenándome que trate de incorporarme cuanto antes con el teniente Novillo en M., porque se habían evadido una punta de presos de la cárcel, que a todas luces seguían la costa del Picúm-Leofú y habría que atajar antes de que llegaran a las quebradas de Chuchil... Pero apenas me había movido de mi destacamento en el rumbo indicado, cuando me alcanza otro chasque, a las dos de la tarde, con la orden terminante del subcomisario Freire, de dirigirme a mata-caballo a la estancia de Brown, en las costas de "El Zapato", para incorporarme a Aquino esta misma noche, porque al viejo Aguilera, según parece, los evadidos le han pegao esta mañana una revolcadura jefe, en Las Lomas Negras... ¿Qué me dice, Frasser? ¡Qué desmadrados! ¡Qué hijos de perra!

Jaime, que siente que el corazón se le rompe de angustia, balbucea como un sueño:

—Pero las Lomas Negras, teniente están allí, de ese otro lado, sobre la costa del Neuquén, ¿me parece?

—Y, natural amigo, lo que hay, en plata, es que los presos nos han fumado, se lo han fumado de lo lindo al viejo Aguilera recostando su itinerario sobre la costa del Neuquén y no sobre la del Picúm-Leofú, como se ha supuesto no sé por qué... —Y el teniente continúa sin reparar en el trastorno de Jaime—, ¡y ahora que les echen un galgo! Si no los ataja la policía chilena, me parece que nosotros no les vamos a ver ni el polvo...

—Y ¿por qué?

—¡Caracho! Es casi seguro que cuando yo pueda juntarme con Aquino ellos ya habrán pasado "El Zapato". Tengo como ocho leguas de mal camino por delante y todavía es posible que deba esperarlo al roto si viene mal montado.

A Jaime le tiemblan las manos. Siente como un impulso de saltar sobre aquel hombre y morderle en el cuello, como un impulso insensato, de correr a través de los campos lanzando alaridos... Pero se domina con un esfuerzo formidable de su voluntad y dice de un tirón, apretando los dientes:

—Bueno, entonces no perdamos tiempo... ¡Silverio! Que echen la caballada en el corral y que me ensillen el doradillo... Yo voy con usted, teniente.

 

VII

A las dos de la mañana, y al llegar con el piquete policial, a la pulpería de "El Chileno", arrasada la víspera por la horda frenética, recién tiene Jaime la confirmación absoluta de su atroz desventura. Al principio, eran noticias vagas, incompletas, contradictorias, que dejaban siquiera un asidero a los afanes de su loca esperanza y que le impulsaban a espolear su caballo sin descanso ni tregua; pero allí en el patio oscuro de pulpería, y entre el círculo de las cabalgaduras inquietas, recibe de la boca temblorosa y desquijarrada aún por el espanto, de uno de los mozos de mostrador del infeliz pulpero asesinado, el primer mazazo brutal de su infortunio: derrotado y muerto Aguilera en Las Lomas Negras, asaltada y saqueada la estancia de don Bruno Valles, asaltada y saqueada la estancia de Dougal...

En medio de un silencio trágico, que solo interrumpen el sordo y ansioso ijear de las bestias y algunos ludimientos metálicos de sables y de espuelas, arrimado al estribo de Sutton, que le escucha sin desmontar, el mozo de la pulpería, un muchachón rubio y tímido, a quien llaman "por mal nombre" "El Chancho Colorado", con voz quebrada expone lo que sabe:

—Es aquello una horda imponente, incontenible; una horda frenética, que borracha de alcohol, de libertad y de crimen, va matando, robando y violando, en tanto que se desliza por los caminos como una gran serpiente roja y negra, roja de sangre y negra de infamia, en procura de la cercana cordillera para pasarse a Chile...

Es un relato el del mozo, que subleva la sangre, que arranca suspiros de coraje de todos los pechos. Solo un hombre de la pasta de Sutton es capaz de escucharlo con su eterna sonrisa en los labios y repitiendo uniformemente, de vez en cuando: "¡Qué desmadrados! ¡Qué hijos de perra!"

—Llegaron al dentrarse el sol —gime el "Chancho Colorado" al estribo del teniente—, llegaron al dentrarse el sol; eran como cien y todos venían mamaos... Aquí estuvieron chupando y bailando; traiban una punta de mujeres sacadas de las estancias y las hacían bailar y tocar el piano a la juerza...

—¡Qué desmadrados! ¡Qué hijos...!

El doradillo de Jaime pega un bote enorme, gira como una peonza sobre sus remos traseros y con un brusco tabletear de trueno, gana el campo por el portillo del patio, como una exhalación...

—¿Y eso? —pregunta el teniente sorprendido.

—No sé —contesta sordamente Silverio Mulchen—, al patrón se le debe de haber alzao el caballo, y sin decir más, pone a su malacara a gran galope...

 

VIII

Como un inconsciente, como un poseído, como una raudo fantasma negro empujado por un ventarrón de pesadilla, Jaime Frasser retoma el camino a toda rienda.

En la primera legua, ni piensa, ni ve, ni menos oye los gritos salvajes de Silverio Mulchen perdidos como suspiros entre el furioso redoblar de las patas.

Corre como un indio loco a espuela y rebenque y con la misma decisión insensata y suicida, lanza su caballo contra los más agrios repechos, que lo precipita en el vértigo de los hondos barrancos.

Es un milagro que no se haya matado ya, y Silverio Mulchen, que en principio trató de alcanzarlo a uña de caballo, pero que convencido de la inutilidad del esfuerzo, le sigue ahora a un galopito resignado, espera en cada segundo la consumación de la catrástrofe.

Pero Jaime reacciona, al cabo. Le obliga a ello, una tremenda costalada del doradillo sobre el manto de cascajo de la falda de un cerro...

Cuando se incorpora y vuelve a montar de un salto, aunque siente en la pierna derecha una extraña pesadez de plomo, el mozo comprueba con desesperación, que su caballo apenas puede andar. En vano lo incita, en vano lo castiga hundiéndole sin piedad las espuelas en el vientre, para obligarlo a correr, para lanzarlo de nuevo en aquella furia salvaje que es lo único que puede calmar la bárbara ansiedad de su espíritu. ¡Inútil empeño! El doradillo no puede ni galopar tan siquiera. Está rengo de la pata derecha y además ha sufrido una mancadura tan grave del encuentro, que parece desplantado. En cuanto quiere apurarse, se va de hocicos.

Entonces Jaime continúa como puede su camino, pero hay en sus ojos azules lágrimas de dolor y vértigos de locura.

"¡Oh! un caballo —piensa— un caballo cualquiera, nada más que para llegar hasta allí, nada más que para llegar hasta ella y salvarla o morir por lo menos ante su vista, como un hombre, como un macho, como un perro leal con los dientes clavados en el cuello de algún miserable!"

Pero el campo está tan desierto y silencioso, que a Jaime le parece que el desastre que acaba de caer sobre su alma, se hubiese extendido a toda la naturaleza viva, matándola o haciéndola desaparecer en las entrañas de la tierra, para dejar tan solo en la superficie y a la curiosidad de las estrellas, el espectáculo único de su gran dolor, paseado por los caminos solitarios sobre aquel triste caballo claudicante.

Jaime siente ramalazos de rebelión y de ira, que le hacen erguirse violentamente en los estribos. ¿Qué está haciendo? ¿Qué se propone? ¿Cómo podrá llegar, así nunca hasta aquel cerro de maldición que tiene ante los ojos y que parece alejarse a medida que su ansiedad aumenta?

De pronto, se queda como deslumbrado: a menos de una cuadra de distancia, la silueta de un hombre, jinete en una mula, blanca o tordilla, acaba de surgir ante su vista. Viene en sentido contrario y al parecer no le ha advertido todavía.

El mozo siente que la emoción le ahoga, que la sangre le martillea las arterias. No piensa en otra cosa sino en que allí viene una cabalgadura, en que allí viene su salvación enviada por la Providencia y por eso, in continenti, y sin apartar de la presa, sus ojos avezados de cazador de guanacos, Jaime se desliza cautelosamente del doradillo y extrae su carabina del recado. Le tiemblan las manos y aunque experimenta un dolor intenso en su pierna derecha magullada avanza a pie, al encuentro del pasajero, con el caballo de la rienda.

—¡Ojalá que fuera un conocido!

Pero Jaime se equivoca. El hombre tan pronto como lo ve, hace rayar su mula en una brusca sofrenada y se apresura a apartarla del camino, para describir un gran rodeo.

—Oiga, amigo —llama Jaime con voz insinuante—; —¡oiga señor!

Pero el "señor" aquel, ya sea por timidez o por una larga experiencia en los peligros de las travesías nocturnas, lejos de escucharle, aplica dos sonoros "pencazos" a su mula y la echa al galope por la falda.

—Oiga, señor —repite Jaime, pero el hombre no quiere oír nada y dispara ya francamente, por la ladera del cerro, como un guanaco asustado.

El mozo pierde entonces la cabeza y con los ojos lucientes de fulgor homicida, mueve la palanca del winchester y se lo echa a la cara:

—¡Tomá, trompeta!

Pero en el mismo instante en que su dedo oprime el disparador del arma, Jaime oye a su espalda el tropel de un caballo que se le echa encima y la ronca voz de Silverio Mulchen, que le grita angustiada:

—¿Qué hace, patrón?

—¡Vos, Silverio!

—Sí, ¿qué iba a hacer, patrón?

—No sé, dame el caballo.

—¿Para qué?

—Tengo que seguir, ¡dame el caballo!

—¡No, patrón, no!

—¡Cómo que no, indio trompeta! —Y al decir esto, el joven con los ojos extraviados por la ofuscación de su ira, levanta el winchester... Pero Silverio no se intimida:

—¡No, patrón! —dice—, ¡no, patrón, yo no lo dejo que se haga matar al cuete!

Tras un segundo de vacilación, Jaime se lanza hacia el caballo, pero el pecho de Silverio Mulchen lo detiene como una muralla.

—¡Mirá Silverio que te mató!

—No, patrón, hágame caso.

—¡Largáme, te digo!

—¡No, patrón!

El estruendo de un tiro que devuelve multiplicado el eco de todos los valles, retumba de pronto, insólito y bárbaro.

—¡Ahí está! —exclama Jaime con una extraña voz entre espantada y triunfal, y mientras el capataz de bruces en el suelo hace esfuerzos inútiles por incorporarse, el patrón, con el winchester en la mano, monta de un salto el malacara, y la precipita por la falda del cerro, entre un turbión de cascajo...

 

IX

Las primeras luces del día comienzan a teñir con tonalidades de nácar rosa, la nieve de las cumbres, cuando Jaime Frasser, que acaba de vadear el pedregoso cauce de "El Zapato", descubre, por fin, surgiendo de una hondonada, los ansiados y trágicos pinos de la pulpería de "El Inglés".

El corazón le da un vuelco al divisarlos y sus dedos entumecidos se crispan ansiosos sobre el almacén de su carabina. El mozo, sabe muy bien que en ese valle, que detrás de esa cumbre que va a trasponer en breve, está ella, está Mabel, está su vida entera, ultrajada, pisoteada, deshecha y está también la Venganza y está la Muerte.

Por eso, aunque no tiene plan alguno, ni sabe por lo tanto, lo que hará cuando caiga al fondo del valle como un canto rodado, desprendido de una cumbre, no deja de hostigar su caballo, ese gran caballo, que aunque exhausto reacciona todavía, bajo el rigor de la espuela.

Al coronar la cumbre, desde donde puede dominar todo el valle, Jaime experimenta una gran sorpresa: al revés de lo que esperaba, tanto el valle como el patio mismo de la pulpería, que el camino atraviesa como una cinta blanca, están desiertos. No se ve un ser humano en todo lo que la vista abarca, ni una cabalgadura arrendada a los palenques. Tan solo algunas vacas que pastan tranquilamente, salpican aquí y allá el verde de las faldas con sus pelajes polícromos.

Jaime, aspira una gran bocanada de aire, y tras un instante de vacilación se precipita hacia el valle.

La senda es empinada, tortuosa, peligrosísima; pero el mozo, en su ansiedad, no repara en nada y obliga a su cabalgadura a hacer prodigios. Hay momentos en que el malacara se desliza materialmente por espacio de varios metros, sentado sobre sus cuartos traseros...

A mitad del descenso, Jaime, que no quita sus ojos del blanco edificio de la pulpería, se ve obligado a apartarlos un instante, para prestar toda su atención a un rumor insólito, que acaba de llegar a sus oídos, y, que le estremece de aguda emoción.

Son tiros los que oye, es esa hueca crepitación característica del fuego de fusilería a la distancia, lo que viene de allá del Oeste, en alas del gran viento...

Entonces, el mozo vuelve a hostigar su caballo, que a resbalones y a saltos termina el peligroso descenso y lo lanza al camino a media rienda.

¡Ya sabe por lo menos adónde va, ya tiene norte!

Pero al llegar al patio de la pulpería, Jaime sofrena bruscamente. El dueño del negocio "El Inglés", un viejecillo enteco, pero flemático y valiente como todos los de su raza, acaba de llamarle:

—¿Va para allá, don Jaime?

—Sí. ¿Dónde es? ¿En lo de Baster? ¿Verdad?

—Sí, en lo de Mr. Baster.... ¡El viejo se defiende! ¡Qué cose bárbare! Hace apenas una hora que se fueron de aquí... ¡Qué cose bárbere! ¡La pobre chica ese de Mr. Dougal!

El mozo siente que una oleada de sangre le hincha las carótidas:

—¿Qué? ¿Qué dice?

—¡Oh! ¡Me la han dejade aquí, pobrecite! Se está muriende...

Es un rugido de fiera lo que exhala la garganta de Jaime, entonces. El mozo no desmonta, se tira del caballo al suelo, y al hacerlo, el dolor de su pierna le hace caer de rodillas. Pero se incorpora en seguida, apoyándose en el winchester:

—¿Dónde está? —gime—, ¡quiero verla! ¡Muéstremela, por favor!

"El Inglés", asombrado, le señalaba una puerta inmediata:

—Ahí está —dice.

Jaime llega a esa puerta, casi arrastrándose... la empuja suavemente... La pieza es pequeña y oscura... Al principio, el mozo no puede ver nada. Jadea de angustia cardíaca, como si hubiese hecho una larga carrera...

El pulpero que lo ve indeciso, le grita de pronto, desde lejos:

—¡Vea, don Jaime, vea! ¡Vienen soldades, muches soldades!

Pero el mozo no le oye ya, no puede oírle; comienza a distinguir sobre un camastro, improvisado con cueros de guanaco, el cuerpo rígido de Mabel, su pálido rostro de azucena y sus grandes ojos divinamente espantados, que parecen decirle desde la eternidad:

—¡Tengo miedo, Jaime; tengo mucho miedo!

El mozo saca su revólver, ese Colt formidable que se carga con cartuchos de winchester y serenamente, lo aplica a su cabeza. Pero una mano firme se lo aparta:

—¿Qué va a hacer, patrón?

Jaime, sorprendido, se vuelve bruscamente. Es Silverio Mulchen, que con la cabeza estropajada, le está mirando con sus ojos negros, cargados de reproche.

Jaime también le mira un instante, pero quizá sin reconocerle, porque su mirada es turbia y vaga, como la mirada de los locos... Después, recoge su carabina y sin decir una palabra, sale al patio...

El teniente Sutton, que rodeado de un grupo de soldados conversa con el pulpero, le reconoce y le llama.

Pero Jaime no le oye. Camina agobiado y renguea de un modo lamentable.

De pronto, el tiroteo, que arrecia del lado de la estancia de Baster, parece despertarle. Entonces, con una extraña sonrisa, se dirige presuroso a su caballo.

—¿A dónde va patrón? —pregunta el indio, pero Jaime no le contesta y saltando sobre el malacara, lo echa a correr hacia la Muerte...

...Y Silverio Mulchen parte tras él, al galopito...

  • Benito Lynch
    Lynch, Benito

    Benito Lynch (Buenos Aires, 1880-La Plata, 1951) es hijo de hacendados irlandeses y franceses, pasó su infancia en los campos de Bolívar; después se radicó en La Plata, donde desarrolló una larga actividad periodística en El Día.

    Su obra literaria (1903-1941) comprende seis novelas, casi todas de ambiente rural dentro de los más estrictos cánones del realismo (El inglés de los güesos, Los caranchos de la Florida, Raquela, Plata dorada, El romance de un gaucho) y más de un centenar de cuentos en diarios y revistas (La Nación, El Hogar, Caras y Caretas, Leoplán, La Novela Semanal).

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