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Año 3 #29 Marzo 2017

2001 Una odisea espacial

2001 Una odisea espacial es un film de culto de Stanley Kubrick que data de1968. El libro cinematográfico es de Kubrick y Clarke a partir del cuento “El centinela” de este último. Posteriormente, el escritor haría la novela homónima. Ambas —película y novela— son, sin duda, antológicas.

2001 Una odisea espacial

Hyspamérica, 1986.

Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.

Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo.

Pero, cada una de esas estrellas es un sol, a menudo mucho más brillante y magnifico que la pequeña y cercana a la que denominamos el Sol. Y muchos -quizá la mayoría- de esos soles lejanos tienen planetas circundándolos. Así, casi con seguridad hay suelo suficiente en el firmamento para ofrecer a cada miembro de las especies humanas, desde el primer hombre-mono, su propio mundo particular: cielo... o infierno.

No tenemos medio alguno de conjeturar cuántos de esos cielos e infiernos se encuentran habitados, y con qué clase de criaturas: el más cercano de ellos esta millones de veces más lejos que Marte o Venus, esas metas remotas aun para la próxima generación. Mas las barreras de la distancia se están desmoronando, y día llegara en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores, entre las estrellas.

Los hombres han sido lentos en encararse con esta perspectiva; algunos esperan aún que nunca se convertirá en realidad. No obstante, aumenta el número de los que preguntan: ¿Por qué no han acontecido ya tales encuentros, puesto que nosotros mismos estamos a punta de aventurarnos en el espacio?

¿Por qué no, en efecto? Solo hay una posible respuesta a esta muy razonable pregunta. Más recordad, por favor, que esta es solo una obra de ficción.

La verdad, como siempre, será mucho más extraordinaria.

A. C. C.

S.K 

I – NOCHE PRIMITIVA

1 – El camino de la extinción

 

La sequía había durado ya diez millones de años, y el reinado de los terribles saurios tiempo ha que había terminado. Aquí en el ecuador, en el continente que había de ser conocido un día como África, la batalla por la existencia había alcanzado un nuevo clímax de ferocidad, no avistándose aún al victorioso. En este terreno baldío y disecado sólo podía medrar, o aun esperar sobrevivir, lo pequeño, lo raudo o lo feroz.

Los hombres mono del "veldt" no eran nada de ello, y no estaban por ende medrando; realmente, se encontraban ya muy adelantados en el curso de la extinción racial. Una cincuentena de ellos ocupaban un grupo de cuevas que dominaban un angosto vallecito, dividido por un perezoso riachuelo alimentado por las nieves de las montañas, situadas a doscientas millas al norte. En épocas malas, el riachuelo desaparecía por completo, y la tribu vivía bajo el sombrío manto de la sed.

Estaba siempre hambrienta, y ahora la apresaba la torva inanición. Al filtrarse serpenteante en la cueva el primer débil resplandor del alba, Moon–Watcher vio que su padre había muerto durante la noche. No sabía que el viejo fuese su padre, pues tal parentesco se hallaba más allá de su entendimiento, pero al contemplar el enteco cuerpo sintió un vago desasosiego que era el antecesor de la pesadumbre.

Las dos criaturas estaban ya gimiendo en petición de comida, pero callaron al punto ante el refunfuño de Moon–Watcher. Una de las madres, defendió a la cría a la que no podía alimentar debidamente, respondiendo a su vez con un enojado gruñido, y a él le falto hasta la energía para asestarle un manotazo por su protesta.

Había ya suficiente claridad para salir. Moon–Watcher asió el canijo y arrugado cadáver y lo arrastró tras sí al inclinarse para atravesar la baja entrada de la cueva. Una vez fuera se echó el cadáver al hombro y se puso en pie... único animal en todo aquel mundo que podía hacerlo.

Entre los de su especie Moon–Watcher era casi un gigante. Pasaba un par de centímetros del metro y medio de estatura, y aunque pésimamente alimentado, pesaba unos cincuenta kilos. Su peludo y musculoso cuerpo estaba a mitad de camino entre el del mono y el del hombre, pero su cabeza era mucho más parecida a la del segundo que a la del primero. La frente era deprimida y presentaba protuberancias sobre la cuenca de los ojos, aunque ofrecía inconfundiblemente en sus genes la promesa de humanidad.

Al tender su mirada sobre aquel hostil mundo del pleistoceno, había ya algo en ella que sobrepasaba la capacidad de cualquier mono. En sus oscuros y sumisos ojos se reflejaba una alboreante comprensión... los primeros indicios de una inteligencia que posiblemente no se realizaría aun durante años, y no podría tardar en ser extinguida para siempre.

No percibiendo señal alguna de peligro, Moon–Watcher comenzó a descender el declive casi vertical al exterior de la cueva, sólo ligeramente embarazado por su carga. Como si hubiesen estado esperando su señal, los componentes del resto de la tribu emergieron de sus hogares, dirigiéndose presurosos declive abajo en dirección a las fangosas aguas del riachuelo para su bebida mañanera.

Moon–Watcher tendió su mirada a través del valle para ver si los Otros estaban a la vista, mas no había señal alguna de ellos. Quizá no habían abandonado aún sus cuevas, o estaban ya forrajeando a lo largo de la ladera del cerro. Y como no se los veía por parte alguna, Moon–Watcher los olvidó, pues era incapaz de preocuparse más que de una sola cosa cada vez.

Debía primero zafarse del viejo, pero éste era un problema que requería muy poco que pensar. Había habido muchas muertes aquella temporada, una en su propia cueva; sólo tenía que depositar el cadáver donde había dejado el de la nueva criatura en el último cuarto de luna, y las hienas se encargarían del resto.

Ellas estaban ya a la espera, allá donde el pequeño valle se diluía en la sabana, como si supiesen de su llegada. Moon–Watcher depositó el cuerpo bajo un mezquino matorral todos los huesos anteriores habían desaparecido ya y se apresuró a volver a reunirse con la tribu. No volvió a pensar más en su padre.

Sus dos compañeras, los adultos de las otras cuevas, y la mayoría de los jóvenes estaban forrajeando entre los árboles raquitizados por la sequía valle arriba, buscando bayas, suculentas raíces y hojas, y ocasionales brevas, así como lagartijas o roedores. Sólo los pequeños y los más débiles de los viejos permanecían en las cuevas; si quedaba algún alimento al final de la búsqueda del día, podrían nutrirse. En caso contrario, no tardarían en estar de suerte otra vez las hienas.

Pero aquel día era bueno... aunque como Moon–Watcher no conservaba un recuerdo real del pasado, no podía comparar un tiempo con otro. Había dado con una colmena en el tronco de un árbol muerto, y así había disfrutado de la mejor golosina que jamás saboreara su gente; todavía se chupaba los dedos de cuando en cuando mientras conducía el grupo al hogar, a la caída de la tarde. Desde luego, había sido víctima de un gran número de aguijonazos, pero apenas los había notado. Se sentía ahora casi tan contento como jamás lo estuviera; pues aunque estaba aún hambriento, en realidad no se notaba débil por el hambre. Y eso era lo más a lo que podía aspirar cualquier mono–humanoide.

Su contento se desvaneció al alcanzar el riachuelo. Los Otros estaban allí. Cada día solían estar, pero no por ello dejaba la cosa de ser menos molesta. Había unos treinta y no podían ser distinguidos de los miembros de la propia tribu de Moon–Watcher. Al verle llegar, comenzaron a danzar, a agitar sus manos y a gritar, y los suyos replicaron de igual modo.

Y eso fue todo lo que sucedió. Aunque los mono–humanoide luchaban y peleaban a menudo entre ellos era raro que sus disputas tuvieran graves consecuencias. Al no poseer garras o colmillos y estando bien protegidos por su pelo, no podían causarse mucho daño mutuo. En cualquier caso, disponían de escaso excedente de energía para tal improductiva conducta; los gruñidos y las amenazas eran un medio mucho más eficaz de mantener sus puntos de vista.

La confrontación duró aproximadamente cinco minutos; luego, la manifestación cesó tan rápidamente como había comenzado, y cada cual bebió hasta hartarse de la lodosa agua... El honor había quedado satisfecho; cada grupo había afirmado la reivindicación de su propio territorio. Y habiendo sido zanjado este importante asunto, la tribu desfiló por la ribera del riachuelo. El siguiente apacentadero que merecía la pena se hallaba ahora a más de una milla de las cuevas, y tenían que compartirlo con una manada de grandes bestias semejantes al antílope, las cuales toleraban a duras penas su presencia. Y no podían ser expulsadas de allí, pues estaban armadas con terribles dagas que sobresalían de su testuz... las armas naturales que el mono–humanoide no poseía.

Así, Moon–Watcher y sus compañeros masticaban bayas y frutas y hojas y se esforzaban por ahuyentar los tormentos del hambre... mientras en torno a ellos, compitiendo por el mismo pasto, había una fuente potencial de más alimento del que jamás podían esperar comer. Pero los miles de toneladas de suculenta carne que erraban por la sabana y a través de la maleza, no sólo estaban más allá de su alcance, sino también de su imaginación.

Y, en medio de la abundancia, estaban pereciendo lentamente de inanición.

Con la última claridad del día, la tribu volvió, sin incidentes, a su cueva. La hembra herida que había permanecido en ella arrulló de placer cuando Moon–Watcher le dio la rama cubierta de bayas que le había traído, y comenzó a atacarla vorazmente. Bien escaso alimento había en ella, pero le ayudaría a subsistir mientras sanaba la herida que el leopardo le había causado, y pudiera volver a forrajear por sí misma.

Sobre el valle se estaba alzando la luna llena, y de las distantes montañas soplaba un viento cortante. Haría mucho frío durante la noche... pero el frío, como el hambre, no era motivo de verdadera preocupación; formaba simplemente parte del fondo de la vida.

Moon–Watcher apenas se movió cuando llegaron ecos de gritos y chillidos procedentes de una de las cuevas bajas del declive, y no necesitaba oír el ocasional gruñido del leopardo para saber exactamente lo que estaba sucediendo. Abajo, en la oscuridad, el viejo Cabello Blanco y su familia estaban luchando y muriendo, mas ni por un momento atravesó la mente de Moon–Watcher la idea de que pudiera ir a prestar ayuda de algún modo. La dura lógica de la supervivencia desechaba tales fantasías, y ninguna voz se alzó en protesta desde la ladera del cerro. Cada cueva permanecía silenciosa, para no traerse también el desastre.

El tumulto se apagó, y Moon–Watcher pudo oír entonces el roce de un cuerpo al ser arrastrado sobra las rocas. Ello duró sólo unos cuantos segundos; luego, el leopardo dio buena cuenta de su presa, y no hizo más ruido al marcharse silenciosamente, llevando a su víctima sin esfuerzo entre sus poderosas mandíbulas.

Durante uno o dos días, no habría más peligro allí, pero podía haber otros enemigos afuera, aprovechándose del frío. Estando suficientemente prevenidos, los rapaces menores podían a veces ser espantados con gritos y chillidos. Moon–Watcher se arrastró fuera de la cueva, trepó a un gran canto rodado que estaba junto a la entrada, y se agazapó en él para inspeccionar el valle.

De todas las criaturas que hasta entonces anduvieron por la Tierra, los mono–humanoide fueron los primeros en contemplar fijamente a la Luna. Y aunque no podía recordarlo, siendo muy joven Moon–Watcher quería a veces alcanzar, e intentar tocar, aquel fantasmagórico rostro sobre los cerros.

Nunca lo había logrado, y ahora era bastante viejo para comprender por qué. En primer lugar, desde luego, debía hallar un árbol lo suficientemente alto para trepar a él.

A veces contemplaba el valle, y a veces la Luna, pero durante todo el tiempo escuchaba. En una o dos ocasiones se adormeció, pero lo hizo permaneciendo alerta al punto que el más leve sonido le hubiese despabilado como movido por un resorte.

A la avanzada edad de veinticinco años, se encontraba aún en posesión de todas sus facultades; de continuar su suerte, y si evitaba los accidentes, las enfermedades, las bestias de presa y la inanición, podría sobrevivir otros diez años más.

La noche siguió su curso, fría y clara, sin más alarmas, y la Luna se alzó lentamente en medio de constelaciones ecuatoriales que ningún ojo humano vería jamás. En las cuevas, entre tandas de incierto dormitar y temerosa espera, estaban naciendo las pesadillas de generaciones aún por ser.

Y por dos veces atravesó lentamente el firmamento, alzándose al cenit, y descendiendo por el Este, un deslumbrante punto de luz más brillante que cualquier estrella.

 

2 – La nueva roca

 

Moon–Watcher se despertó de súbito, muy adentrada la noche. Molido por los esfuerzos y desastres del día, había estado durmiendo más a pierna suelta que de costumbre, aunque se puso instantáneamente alerta, al oír el primer leve gatear en el valle.

Se incorporó, quedando sentado en la fétida oscuridad de la cueva, tensando sus sentidos a la noche, y el miedo serpeó lentamente en su alma. Jamás en su vida –casi el doble de larga que la mayoría de los miembros de su especie podían esperar– había oído un sonido como aquel.

Los grandes gatos se aproximaban en silencio, y lo único que los traicionaba era un raro deslizarse de tierra, o el ocasional crujido de una ramita. Mas éste era un continuo ruido crepitante, que iba aumentando constantemente en intensidad. Parecía como si alguna enorme bestia se estuviese moviendo a través de la noche, desechando en absoluto el sigilo, y haciendo caso omiso de todos los obstáculos. En una ocasión Moon–Watcher oyó el inconfundible sonido de un matorral al ser arrancado de raíz; los elefantes y los dinoterios lo hacían a menudo, pero por lo demás se movían tan silenciosamente como los felinos.

Y de pronto llegó un sonido que Moon–Watcher no podía posiblemente haber identificado, pues jamás había sido oído antes en la historia del mundo. Era el rechinar del metal contra la piedra.

Moon–Watcher llegó junto a la Nueva Roca, al conducir la tribu al río a la primera claridad diurna. Había casi olvidado los terrores de la noche, porque nada había sucedido tras aquel ruido inicial, por lo que ni siquiera asoció aquella extraña cosa con peligro o con miedo. No había, después de todo nada alarmante en ello.

Era una losa rectangular, de una altura triple a la suya pero lo bastante estrecha como para abarcarla con sus brazos, y estaba hecha de algún material completamente transparente; en verdad que no era fácil verla excepto cuando el sol que se alzaba destellaba en sus bordes. Como Moon–Watcher no había topado nunca con hielo, ni agua cristalina, no había objetos naturales con los que pudiese comparar aquella aparición.

Ciertamente era más bien atractiva, y aunque él tenía por costumbre ser prudentemente cauto ante la mayoría de las novedades, no vacilo mucho antes de encaramarse a ella. Y como nada sucedió, tendió la mano y sintió una fría y dura superficie.

Tras varios minutos de intenso pensar, llegó a una brillante explicación. Era una roca, desde luego, y debió haber brotado durante la noche.

Había muchas plantas que lo hacían así... objetos blancos y pulposos en forma de guijas, que parecían emerger durante las horas de oscuridad. Verdad era que eran pequeñas y redondas, mientras que esta era ancha y de agudas aristas; pero filósofos más grandes y modernos que Moon–Watcher estarían dispuestos a pasar por alto excepciones igualmente sorprendentes a sus teorías.

Aquella muestra realmente soberbia de pensamiento abstracto condujo a Moon–Watcher, tras sólo tres o cuatro minutos, a una deducción que puso inmediatamente a prueba. Las blancas y redondas plantas–guijas eran muy sabrosas (aunque había unas cuantas que producían una violenta enfermedad). ¿Quizás ésta grande...?

Unas cuantas lamidas e intentos de roer le desilusionaron rápidamente. No había ninguna alimentación en ella; por lo que, como mono–humanoide juicioso, prosiguió en dirección al río, olvidándolo todo sobre el cristalino monolito, durante la cotidiana rutina de chillar a los Otros.

El forrajeo era muy malo, hoy, y la tribu hubo de recorrer varias millas desde las cuevas para encontrar algún alimento. Durante el despiadado calor del mediodía una de las hembras más frágiles se desplomó víctima de un colapso, lejos de cualquier posible refugio. Sus compañeros la rodearon arrullándola alentadoramente, mas no había nada que pudieran hacer. De haber estado menos agotados, podían haberla transportado con ellos; pero no les quedaba ningún excedente de energía para tal acto de caridad. Por lo tanto, hubieron de abandonarla para que se recuperase con sus propios recursos, o pereciese. En el recorrido de vuelta al hogar pasaron al atardecer por el lugar donde se depositaban los cadáveres; no se veía en él ningún hueso.

Con la última luz del día, y mirando ansiosamente en derredor para precaverse de tempranos cazadores, bebieron apresuradamente en el riachuelo, comenzando seguidamente a trepar a sus cuevas. Se hallaban todavía a cien metros de la nueva roca cuando comenzó el sonido.

Era apenas audible, pero sin embargo los detuvo en seco, quedando paralizados en la vereda, con las mandíbulas colgando flojamente. Una simple y enloquecedora vibración repetida, salía expelida del cristal, hipnotizando a todo cuando aprehendía en su sortilegio. Por primera vez –y la última, en tres millones de años– se oyó en África el sonido del tambor.

El vibrar se hizo más fuerte y más insistente. Los mono–humanoide comenzaron a moverse hacia adelante como sonámbulos, en dirección al origen de aquel obsesionante sonido. A veces daban pequeños pasos de danza, como si su sangre respondiese a los ritmos que sus descendientes aún tardarían épocas en crear. Y completamente hechizados, se congregaron entorno al monolito, olvidando las fatigas y penalidades del día, los peligros de la oscuridad que iba tendiéndose, y el hambre de sus estómagos.

El tamborileo se hizo más ruidoso, y más oscura la noche. Y cuando las sombras se alargaron y se agotó la luz del firmamento, el cristal comenzó a resplandecer.

Primero perdió su transparencia, y quedó bañado en pálida y lechosa luminiscencia. A través de su superficie y en sus profundidades se movieron atormentadores fantasmas vagamente definidos, los cuales se fusionaron en franjas de luz y sombra, formando luego rayados diseños entremezclados que comenzaron a girar lentamente.

Los haces de luz giraron cada vez más rápidamente, acelerándose con ellos el vibrar de los tambores. Hipnotizados del todo, los mono–humanoide sólo podían ya contemplar con mirada fija y mandíbulas colgantes aquel pasmoso despliegue pirotécnico. Habían olvidado ya los instintos de sus progenitores y las lecciones de toda una existencia; ninguno entre ellos, corrientemente, habría estado tan lejos de su cueva tan tarde. Pues la maleza circundante estaba llena de formas que parecían petrificadas y de ojos fijos, como si las criaturas nocturnas hubiesen suspendido sus actividades para ver lo que habría de suceder luego.

Los giratorios discos de luz comenzaron entonces a emerger, y sus radios se fundieron en luminosas barras que retrocedieron lentamente en la distancia, girando sus ejes al hacerlo. Escindiéronse luego en pares, y las series de líneas resultantes comenzaron a oscilar a través unas de otras, cambiando lentamente sus ángulos de intersección. Fantásticos y volanderos diseños geométricos flamearon y de apagaron al enredarse y desenredarse las resplandecientes mallas; y los mono–humanoide siguieron con la mirada fija, hipnotizados cautivos del radiante cristal.

Jamás hubieran adivinado que estaban siendo sondeadas sus mentes, estudiadas sus reacciones y evaluados sus potenciales. Al principio, la tribu entera permaneció semiagazapada, en inmóvil cuadro, como petrificada. Luego el mono–humanoide más próximo a la losa volvió de súbito a la vida.

No varió su posición, pero su cuerpo perdió su rigidez, semejante a la del trance hipnótico, y se animó como si fuera un muñeco controlado por invisibles hilos. Giró la cabeza a este y otro lado; la boca se cerró y abrió silenciosamente; las manos se cerraron y abrieron. Inclinose luego, arranco una larga brizna de hierba, e intentó anudarla, con torpes dedos.

Parecía un poseído, pugnando contra un espíritu o demonio que se hubiese apoderado de su cuerpo. Jadeaba intentando respirar, sus ojos estaban llenos de terror mientras quería obligar a sus dedos a hacer movimientos más complicados que cualesquiera hubiese antes intentado.

A pesar de todos sus esfuerzos, únicamente logró hacer pedazos el tallo. Y mientras los fragmentos caían al suelo, le abandonó la influencia dominante, y volvió a quedarse inmóvil, como petrificado.

Otro mono–humanoide surgió a la vida, y procedió a la misma ejecución. Este era un ejemplar más joven, y por ende más adaptable, logrando lo que el más viejo había fallado. En el planeta Tierra, había sido enlazado el primer tosco nudo...

Otros hicieron cosas más extrañas y todavía más anodinas. Algunos extendieron sus brazos en toda su longitud e intentaron tocarse las yemas de los dedos... primero con ambos ojos abiertos y luego con uno cerrado. Algunos hubieron de mirar fijamente en las formas trazadas en el cristal, que se fueron dividiendo cada vez más finamente hasta fundirse en un borrón gris. Y todos oyeron aislados y puros sonidos, de variado tono que rápidamente descendieron por debajo del nivel del oído.

Al llegar la vez a Moon–Watcher sintió muy poco temor. Su principal sensación era la de un sordo resentimiento, al contraerse sus músculos y moverse sus miembros obedeciendo órdenes que no eran completamente suyas.

Sin saber por qué, se inclinó y recogió una piedrecita. Al incorporarse, vio que había una nueva imagen en la losa del cristal.

Las formas danzantes habían desaparecido, dejando en su lugar una serie de círculos concéntricos que rodeaban un intenso disco negro.

Obedeciendo las silenciosas órdenes que oía en su cerebro, arrojó la piedra con torpe impulso de volea, fallando el blanco por bastantes centímetros.

"Inténtalo de nuevo", dijo la orden. Buscó en derredor hasta hallar otro guijarro. Y ésta vez su lanzamiento dio en la losa, produciendo un sonido como de campana. Sin embargo todavía era muy deficiente su puntería, aunque había sin duda mejorado.

Al cuarto intento, el impacto dio sólo a milímetros del blanco. Una sensación de indescriptible placer, casi sexual en su intensidad, inundó su mente. Aflojose luego el control, y ya no sintió ningún impulso para hacer nada, excepto quedarse esperando.

Una a uno cada miembro de la tribu fue brevemente poseído. Algunos tuvieron éxito, pero la mayoría fallaron en las tareas que se les habían impuesto, y todos fueron recompensados apropiadamente con espasmos de placer o de dolor.

Ahora había sólo un fulgor uniforme y sin rasgos en la gran losa, por lo que se asemejaba a un bloque de luz superpuesto en la circundante oscuridad. Como si se despertasen de un sueño, los mono–humanoide menearon sus cabezas, y comenzaron luego a moverse por la vereda en dirección a sus cobijos. No miraron hacia atrás ni se maravillaron ante la extraña luz que estaba guiándoles a sus hogares... y a un futuro desconocido hasta para las estrellas.

 

3 – Academia

 

Moon–Watcher y sus compañeros no conservaban recuerdo alguno de lo que habían visto, después de que el cristal cesara de proyectar su hipnótico ensalmo en sus mentes y de experimentar con sus cuerpos. Al día siguiente, cuando salieron a forrajear, pasaron ante la losa sin apenas dedicarle un pensamiento; ella formaba ahora parte del desechado fondo de sus vidas. No podían comerla, ni tampoco ella a ellos; por lo tanto, no era importante.

Abajo, en el río, los Otros profirieron sus habituales amenazas ineficaces. Su jefe, un mono–humanoide con sólo una oreja y de la corpulencia y edad de Moon–Watcher, aunque en peor condición, hasta se permitió dar una breve carrera en dirección al territorio de la tribu, gritando y agitando los brazos en un intento de amedrentar a la oposición y apuntalar su propio valor. El agua del riachuelo no tenía en ninguna parte una profundidad mayor que treinta y cinco centímetros, pero cuanto más se adentraba en ella Una–Oreja, más inseguro y desdichado se mostraba, hasta que no tardó en detenerse, retrocediendo luego, con exagerada dignidad, para unirse a sus compañeros.

Por lo demás, no hubo cambio alguno en la rutina normal. La tribu recogió suficiente alimento para sobrevivir otro día, y ninguno murió.

Y aquella noche, la losa de cristal se hallaba aún a la espera, rodeada de su palpitante aura de luz y sonido. Sin embargo el programa que había fraguado, era sutilmente diferente.

A algunos de los mono–humanoide los ignoró por completo, como si se estuviese concentrando en los sujetos más prometedores. Uno de estos fue Moon–Watcher; de nuevo sintió él serpear inquisidores zarcillos por inusitados lugares ocultos de su cerebro. Y entonces comenzó a ver visiones.

Podían haber estado dentro del bloque de cristal; podían haberse hallado del todo en el interior de su mente. En todo caso para Moon–Watcher eran absolutamente reales. Sin embargo, el habitual impulso automático de arrojar de su territorio a los invasores, había sido adormecido.

Estaba contemplando un pacífico grupo familiar, que difería sólo en su aspecto de las escenas que él conocía. El macho, la hembra y las dos crías que habían aparecido misteriosamente ante él, eran orondos, de piel suave y reluciente... y esta era una condición de vida que Moon–Watcher no había imaginado nunca. Inconscientemente, se palpó sus sobresalientes costillas; las de aquellas criaturas estaban cubiertas por una capa adiposa. De cuando en cuando se desperezaban flojamente, tendidos a pierna suelta a la entrada de una cueva, al parecer en paz con el mundo. Ocasionalmente, el gran macho emitía un enorme gruñido de satisfacción.

No hubo allí ninguna otra actividad, y al cabo de cinco minutos se desvaneció de súbito la escena. El cristal no era ya más que una titilante línea en la oscuridad; Moon–Watcher se sacudió como despertándose de un sueño, percatándose bruscamente de donde se encontraba, y volvió a conducir a la tribu a las cuevas.

No tenía ningún recuerdo consciente de lo que había visto; pero aquella noche, sentado caviloso a la entrada de su cubil, con el oído aguzado a los ruidos del mundo que le rodeaba, sintió las primeras punzadas de una nueva y poderosa emoción. Era una vaga y difusa sensación de envidia... o de insatisfacción con su vida. No tenía la menor idea de su causa, y menos aún de su remedio; pero el descontento había penetrado en su alma, y había dado un pequeño paso hacia la humanidad.

Noche tras noche, se repitió el espectáculo de aquellos cuatro rollizos monos humanoide, hasta convertirse en fuente de fascinada exasperación, que servía para aumentar el hambre eterna y roedora de Moon–Watcher. La evidencia de sus ojos no podía haber producido ese efecto; necesitaba un refuerzo psicológico. Había ahora en la vida de Moon–Watcher lagunas que nunca recordaría, cuando los átomos de su simple cerebro estaban siendo trenzados en nuevos moldes. Si sobrevivía, esos moldes se tornarían eternos, pues su gen se transmitiría entonces a las futuras generaciones.

Era un lento y tedioso proceso, pero el monolito de cristal era paciente. No cabía esperar que ni él, ni sus reproducciones desperdigadas a través de la mitad del globo tuvieran éxito con todas las series de grupos implicados en el experimento. Cien fracasos no importarían, si un simple logro pudiese cambiar el destino de un mundo.

Para cuando llegó la siguiente luna nueva, la tribu había visto un nacimiento y dos muertes. Una de éstas había sido debida a la inanición; la otra aconteció durante el ritual nocturno, cuando un macho se desplomó de súbito mientras intentaba golpear delicadamente dos piedras. Al punto, el cristal se oscureció, y la tribu había quedado liberada del ensalmo. Pero el caído no se movió; y por la mañana, desde luego, había desaparecido.

No hubo ejecución la siguiente noche; el cristal se hallaba aún analizando su error. La tribu pasó ante él en la oscuridad, ignorando su presencia por completo. La noche siguiente estuvo de nuevo dispuesta la función.

Los cuatro rollizos mono–humanoide estaban aún allí, y esta vez hacían cosas extraordinarias. Moon–Watcher comenzó a temblar irrefrenablemente; sentía como si le fuese a estallar el cerebro, y deseaba apartar la vista. Pero aquel implacable control mental no aflojaba su presa y se vio forzado a seguir la lección hasta el final, aunque todos sus instintos se sublevaran contra ello.

Aquellos instintos habían servido bien a sus antepasados, en los días de cálidas lluvias y abundante fertilidad, cuando por doquiera se hallaba el alimento presto a la recolección. Mas los tiempos habían cambiado, y la sabiduría heredada del pasado se había convertido en insensatez. Los mono–humanoide tenían que adaptarse, o morir... como las grandes bestias que habían desaparecido antes que ellos, y cuyos huesos se hallaban empotrados en los cerros de caliza.

Así, Moon–Watcher miró con mirada fija y sin que le pestañearan los ojos el monolito de cristal, mientras su cerebro permanecía abierto a sus aún inciertas manipulaciones. A menudo sentía nauseas, pero siempre tenía hambre; y de cuando en cuando sus manos se contraían inconscientemente sobre los moldes que habían de determinar su nuevo sistema de vida.

Moon–Watcher se detuvo de súbito, cuando la hilera de cerdos atravesó la senda, olisqueando y gruñendo. Cerdos y mono–humanoide se habían ignorado siempre mutuamente, pues no había conflicto alguno de intereses entre ellos. Como la mayoría de los animales que no competían por el mismo alimento, se mantenían simplemente apartados de sus caminos particulares.

Sin embargo, a la sazón Moon–Watcher quedose contemplándolos, con inseguros movimientos hacia atrás y adelante al sentirse hostigado por impulsos que no podía comprender. De pronto, y como en un sueño, comenzó a buscar en el suelo... no sabría decir qué, aun cuando hubiese tenido la facultad de la palabra. Lo reconoció al verlo.

Era una piedra pesada y puntiaguda, de varios centímetros de longitud, y aunque no encajaba perfectamente en su mano, serviría. Al blandirla, aturrullado por el repentino aumento de peso, sintió una agradable sensación de poder y autoridad. Y seguidamente comenzó a moverse en dirección al cerdo más próximo.

Era un animal joven y estólido, hasta para la norma de inteligencia de aquella especie. Aunque lo observó con el rabillo del ojo, no lo tomó en serio hasta demasiado tarde. ¿Por qué habrían de sospechar aquellas inofensivas criaturas de cualquier maligno intento? Siguió hozando la hierba hasta que el martillo de piedra de Moon–Watcher le privó de su vaga conciencia. El resto de la manada siguió pastando sin alarmarse, pues el asesinato había sido rápido y silencioso.

Todos los demás mono–humanoide del grupo se habían detenido para contemplar la acción, y se agrupaban ahora con admirativo asombro en torno a Moon–Watcher y su víctima. Uno de ellos recogió el arma manchada de sangre, y comenzó a aporrear con ella al cerdo muerto. Otros se le unieron en la tarea con toda clase de palos y piedras que pudieron recoger, hasta que su blanco quedó hecho una pulpa sanguinolenta.

Luego sintieron hastío; unos se marcharon, mientras otros permanecieron vacilantes en torno al irreconocible cadáver... pendiente de su decisión el futuro de un mundo. Pasó un tiempo sorprendentemente largo hasta que una de las hembras con cría comenzase a lamer la sangrienta piedra que sostenía en sus manos.

Y todavía paso mucho más tiempo antes de que Moon–Watcher, a pesar de todo lo que se le había enseñado, comprendiese realmente que no necesitaba tener hambre nunca más.

 

 

4 – El leopardo

 

Los instrumentos que habían planeado emplear eran bastante simples, aunque podían cambiar el mundo y dar su dominio a los mono–humanoide. El más primitivo era la piedra manual, que multiplicaba muchas veces la potencia de un golpe. Había luego el mazo de hueso, que aumentaba el alcance y procuraba un amortiguador contra las garras o zarpas de bestias hambrientas. Con estas armas, estaba a su disposición el ilimitado alimento que erraba por las sabanas.

Pero necesitaban de otras ayudas, pues sus dientes y uñas no podían desmembrar con presteza a ningún animal más grande que un conejo. Por fortuna, la Naturaleza había dispuesto de instrumentos perfectos, que sólo requerían ser recogidos.

Primeramente había un tosco pero muy eficaz cuchillo o sierra, de un modelo que serviría muy bien para los siguientes tres millones de años. Era simplemente la quijada inferior de un antílope, con los dientes aún en su lugar; no sufriría ninguna mejora sustancial hasta la llegada del metal. Había también un punzón o daga bajo la forma de un cuerno de gacela, y finalmente un raspador compuesto por la quijada completa de casi cualquier animal pequeño.

El mazo de piedra, la sierra dentada, la daga de cuerno y el raspador de hueso... tales eran las maravillosas invenciones que los mono–humanoide necesitaban para sobrevivir. No tardarían en reconocerlos como los símbolos del poder que eran, pero muchos meses habían de pasar antes de que sus torpes dedos adquirieran la habilidad –o la voluntad– para usarlos.

Quizás, andando el tiempo, habrían llegado por su propio esfuerzo a la terrible y brillante idea de emplear armas naturales como instrumentos artificiales. Pero los viejos estaban todos contra ellos y aún ahora había innumerables oportunidades de fracaso en las edades por venir.

Se había dado a los mono–humanoide su primera oportunidad. No habría una segunda; el futuro se hallaba en sus propias manos.

Crecieron y menguaron lunas; nacieron criaturas y a veces vivieron; débiles y desdentados viejos de quince años murieron; el leopardo cobró su impuesto en la noche; los Otros amenazaron cotidianamente a través del río... y la tribu prosperó. En el curso de un solo año, Moon–Watcher y sus compañeros cambiaron casi hasta el punto de resultar irreconocibles.

Habían aprendido bien sus lecciones; ahora podían manejar todos los instrumentos que les habían sido revelados. El mismo recuerdo del hambre se estaba borrando de sus mentes; y, aunque los cerdos se estaban tornando recelosos, había gacelas y antílopes y cebras en incontables millares en los llanos. Todos estos animales, y otros, habían pasado a ser presa de los aprendices de cazador.

Al no estar ya semiembotados por la inanición, disponían de tiempo para el ocio y para los primeros rudimentos de pensamiento. Su nuevo sistema de vida era ya aceptado despreocupadamente, y no lo asociaban en modo alguno con el monolito que seguía alzado junto a la senda del río. Si alguna vez se hubiesen detenido a considerar la cuestión, se hubiesen jactado de haber creado con su propio esfuerzo sus mejores condiciones de vida actuales; de hecho, habían olvidado ya cualquier otro modo de existencia.

Mas ninguna Utopía es perfecta, y esta presentaba dos defectos. El primero era el leopardo merodeador, cuya pasión por los mono–humanoide parecía haber aumentado mucho, al estar estos mejor alimentados. El segundo consistía en la tribu al otro lado del río; pues, como fuese, los Otros habían sobrevivido, negándose tercamente a morir de inanición.

El problema del leopardo fue resuelto en parte por casualidad, y en parte por un serio –en verdad– y casi fatal error cometido por Moon–Watcher. Sin embargo, por entonces le había parecido su idea tan brillante que hasta había bailado de alegría, y quizás apenas podía censurársele por no prever las consecuencias.

La tribu experimentó aún ocasionales días malos, si bien no amenazaran ya su propia supervivencia. Un día, hacia el anochecer, no habían cobrado ninguna pieza; las cuevas hogareñas estaban ya a la vista, cuando Moon–Watcher conducía a sus cansados y mohínos compañeros a recogerse en ellas. Y de pronto en el mismo umbral, toparon con uno de los raros regalos de la Naturaleza.

Un antílope adulto yacía junto a la vereda. Tenía rota una pata delantera, pero el animal conservaba aún mucha de su fuerza combativa, y los chacales merodeadores se mantenían a respetuosa distancia de los cuernos aguzados como puñales. Podían permitirse esperar; sabían que tenían sólo que armarse de paciencia.

Pero habían olvidado la competencia, y se retiraron con coléricos gruñidos a la llegada de los mono–humanoide. Estos trazaron también un círculo cauteloso manteniéndose fuera del alcance de aquellas peligrosas astas; y seguidamente pasaron al ataque con mazos y piedras.

No fue un ataque muy efectivo o coordinado, para cuando la desdichada bestia hubo exhalado su último aliento, la claridad casi se había ido... y los chacales estaban recuperando su valor. Moon–Watcher, escindido entre el miedo y el hambre se dio lentamente cuenta de que todo aquel esfuerzo podía haber sido en vano. Era demasiado peligroso quedarse allí por más tiempo.

Mas de pronto, y no por primera o última vez, demostró ser un genio. Con inmenso esfuerzo de imaginación, se representó al antílope muerto... en la seguridad de su propia cueva. Y al punto comenzó a arrastrarlo hacia la cara del risco; los demás comprendieron sus intenciones, y comenzaron a ayudarle.

De haber sabido él lo difícil que resultaría la tarea, no la habría intentado. Sólo su gran fuerza, y la agilidad heredada de sus arbóreos antepasados, le permitieron subir el cuerpo por el empinado declive. Varias veces, y llorando por la frustración, abandono casi su presa, pero le siguió impulsando una obstinación casi tan profundamente arraigada como su hambre. A veces le ayudaban los demás, y a veces le estorbaban; lo más a menudo simplemente le seguían. Pero finalmente se logró; el baqueteado antílope fue arrastrado al borde de la cueva cuando los últimos resplandores de la luz del sol se borraban en el firmamento; y el festín comenzó.

Horas después, ahíto más que harto se despertó Moon–Watcher. Y sin saber por qué se incorporó quedando sentado en la oscuridad entre los desparramados cuerpos de sus igualmente ahítos compañeros, y tendió su oído a la noche.

No se oía sonido alguno, excepto el pesado respirar en derredor suyo; el mundo parecía dormido. Las rocas, más allá de la boca de la cueva, aparecían pálidas como huesos a la brillante luz de la luna, que estaba ya muy alta. Cualquier pensamiento de peligro parecía infinitamente remoto.

De pronto, desde mucha distancia, llegó el sonido de un guijarro al caer. Temeroso, aunque curioso Moon–Watcher se arrastró al borde de la cueva, y escudriño la cara del risco.

Lo que vio le dejo tan paralizado por el espanto que durante largos segundos fue incapaz de moverse. A sólo siete metros más abajo, dos relucientes ojos dorados tenían clavada la mirada arriba, en su dirección; le tuvieron tan hipnotizado por el pavor que apenas se dio cuenta del listado y flexible cuerpo detrás de ellos, deslizándose suave y silenciosamente de roca en roca. Nunca había trepado antes tan arriba el leopardo. Había desechado las cuevas más bajas, aun cuando debió de haberse dado buena cuenta de que estaban habitadas. Mas ahora iba tras otra caza, estaba siguiendo el rastro de sangre, sobre la ladera del risco, bañada por la luna.

Segundos después, la noche se hizo espantosa con los chillidos de alarma de los mono–humanoide. El leopardo lanzó un rugido de furia, como si se percatara de haber perdido el elemento representado por la sorpresa. Pero no detuvo su avance, pues sabía que no tenía nada que temer.

Alcanzó el borde, y descansó un momento en el exiguo espacio abierto. Por doquiera, en derredor, flotaba el olor de sangre, llenando su cruel y reducida mente con irresistible deseo. Y sin vacilación, penetró silenciosamente en la cueva.

Y con ello cometió su primer error, pues al moverse fuera de la luz de la luna, hasta sus ojos soberbiamente adaptados a la noche quedaban en momentánea desventaja. Los mono–humanoide podían verle, recortada en parte su silueta contra la abertura de la cueva, con más claridad de la que podía él verles a ellos. Estaban aterrorizados, pero ya no completamente desamparados.

Gruñendo y moviendo la cola con arrogante confianza, el leopardo avanzó en busca del tierno alimento que ansiaba. De haber hallado su presa en el espacio abierto exterior, no hubiese tenido ningún problema; pero ahora que los mono–humanoide estaban atrapados, la desesperación les dio el valor necesario para intentar lo imposible.

Y por primera vez, disponían de medios para realizarlo.

El leopardo supo que algo andaba mal al sentir un aturdidor golpe en su cabeza. Disparó su pata delantera, y oyó un chillido angustioso cuando sus garras laceraron carne blanda. Luego sintió un taladrante dolor cuando alguien introdujo algo aguzado en sus ijares... una, dos y por tercera vez aún. Giró en redondo y remolineó para alcanzar a las sombras que chillaban y bailaban por todas partes.

De nuevo sintió un violento golpe a través del hocico, chasqueó los colmillos, asestándolos contra una blanca mancha móvil... mas sólo para roer inútilmente un hueso muerto. Y luego, en una final e increíble indignidad... se sintió tirado y arrastrado por la cola.

Giró de nuevo en redondo, arrojando a su insensatamente osado atormentador contra la pared de la cueva, pero hiciera lo que hiciese no podía eludir la lluvia de golpes que le infligían unas toscas armas manejadas por torpes pero poderosas manos. Sus rugidos pasaron de la gama del dolor al de la alarma, y de la alarma al franco terror. El implacable cazador era ahora la víctima, y estaba intentando desesperadamente batirse en retirada.

Y entonces cometió su segundo error, pues en su sorpresa y espanto había olvidado donde estaba. O quizás había sido cegado o aturdido por los golpes llovidos en su cabeza; sea como fuere, salió disparado de la cueva.

Se escuchó un horrible ulular cuando fue a caer en el vació. Oyose el batacazo al estrellarse contra una protuberancia de la parte media del risco; después, el único sonido fue el deslizarse de piedras sueltas, que rápidamente se apagó en la noche.

Durante un rato, intoxicado por la victoria, Moon–Watcher permaneció danzando y farfullando una jerigonza en la entrada de la cueva. Sentía hasta el fondo de su ser que todo su mundo había cambiado y que él no era ya una impotente víctima de las fuerzas que le rodeaban.

Volvió a meterse en la cueva y, por primera vez en su vida, durmió como un leño en ininterrumpido sueño.

Por la mañana, encontraron el cuerpo del leopardo al pie del risco. Hasta muerto, paso un rato antes de que alguien se atreviese a aproximarse al monstruo vencido; luego se acercaron, empuñando sus cuchillos y sierras.

Fue una tarea muy ardua, y aquel día no cazaron.

 

 

5 – Encuentro en el alba

 

Al conducir a su tribu río abajo a la opaca luz del alba, Moon–Watcher, se detuvo vacilante en un paraje familiar para él. Sabía que algo faltaba, pero no podía recordar qué era. No hizo el menor esfuerzo mental para entender en problema, pues esa mañana tenía asuntos más importantes en la mente.

Como el trueno y el rayo y las nubes y los eclipses, el gran bloque de cristal había desaparecido tan misteriosamente como apareciera.

Habiéndose desvanecido en el no–existente pasado, no volvió a turbar nunca más los pensamientos de Moon–Watcher.

Nunca sabría que había sido de él; y ninguno de sus compañeros se sorprendió, al congregarse en su derredor en la bruma mañanera, porque había hecho una pausa momentánea en el camino al río.

Desde su ribera del riachuelo, en la jamás violada seguridad de su propio territorio, los Otros vieron primero a Moon–Watcher y a una docena de machos de su tribu destacarse como un friso móvil contra el firmamento del alba. Y al punto comenzaron a chillar su diario reto; pero esta vez no hubo respuesta alguna.

Con la firmeza de un propósito definido —y sobre todo silenciosamente— Moon–Watcher y su banda descendieron la pequeña loma que atalayaba el río; y al aproximarse, los Otros se calmaron de súbito. Su rabia ritual se esfumó para ser reemplazada por un creciente temor. Se percataban vagamente que algo había sucedido, y que aquel encuentro era distinto a todos los que habían acontecido antes. Los mazos y los cuchillos de hueso que portaban los componentes del grupo de Moon–Watcher no les alarmaban, pues no comprendían su objeto. Sólo sabían que los movimientos de sus rivales estaban ahora imbuidos de determinación y de amenaza.

En grupo se detuvo al borde del agua, y por un momento revivió el valor de los Otros, quienes, conducidos por Una–Oreja, reanudaron semianimosamente su canto de batalla. Este duró sólo unos segundos, pues una visión terrorífica los dejo mudos.

Moon–Watcher había alzado sus brazos al aire, mostrando la carga que hasta entonces había estado oculta pos los hirsutos cuerpos de sus compañeros. Sostenía una gruesa rama, y empalada en ella se encontraba la cabeza sangrienta del leopardo, cuya boca había sido abierta con una estaca, mostrando los grandes y agudos colmillos de fantasmal blancura a los primeros rayos del sol naciente.

La mayoría de los Otros estaban demasiado paralizados por el espanto para moverse; pero algunos iniciaron una lenta retirada a trompicones. Aquél era todo el incentivo que Moon–Watcher necesitaba. Sosteniendo aún el mutilado trofeo sobre su cabeza, empezó a atravesar el riachuelo. Tras unos momentos de vacilación, sus compañeros chapotearon tras él.

Al llegar a la orilla opuesta, Una–Oreja se mantenía aún en su terreno. Quizá era demasiado valiente o demasiado estúpido para correr; o acaso no podía creer realmente que estaba sucediendo aquel ultraje.

Cobarde o héroe, al fin y al cabo no supuso diferencia alguna cuando el helado rugido de la muerte se abatió sobre su roma cabeza.

Chillando de pavor, los Otros de desperdigaron por la maleza; pronto volverían, y no tardarían en olvidar a su perdido caudillo.

Durante unos cuantos segundos Moon–Watcher permaneció indeciso ante su nueva víctima, intentando comprender el nuevo y maravilloso hecho de que el leopardo muerto pudiese matar de nuevo. Ahora él era el amo del mundo, y no estaba del todo seguro sobre lo que hacer a continuación.

Mas ya pensaría en algo.

 

 

6 – La ascendencia del hombre

 

Un nuevo animal se hallaba sobre el planeta, extendiéndose lentamente desde el corazón del África. Era aún tan raro que un premioso censo lo habría omitido, entre los prolíficos miles de millones de criaturas que vagaban por tierra y por mar. Hasta el momento, no había evidencia alguna de que pudiera prosperar, o hasta sobrevivir; había habido en este mundo tantas bestias más poderosas que desaparecieron, que su destino pendía aun en la balanza.

En los cien mil años pasados desde que los cristales descendieron en África, los mono–humanoide no habían inventado nada. Pero habían comenzado a cambiar, y habían desarrollado actividades que ningún otro animal poseía. Sus porras de hueso habían aumentado su alcance y multiplicado su fuerza; ya no se encontraban indefensos contra las bestias de presa competidoras. Podían apartar de sus propias matanzas a los carnívoros menores, en cuanto a los grandes, cuando menos podían disuadirlos, y a veces amedrentarlos, poniéndolos en fuga.

Sus macizos dientes se estaban haciendo más pequeños, pues ya no le eran esenciales. Las piedras de afiladas aristas que podían ser usadas para arrancar raíces, o para cortar y aserrar carne o fibra, habían comenzado a reemplazarlos, con inconmensurables consecuencias. Los mono–humanoide no se hallaban ya enfrentados a la inanición cuando se les pudrían o gastaban los dientes; hasta los instrumentos más toscos podrían añadir varios años a sus vidas. Y a medida que disminuían sus colmillos y dientes, comenzó a variar la forma de su cara; retrocedió su hocico, se hizo más delicada la prominente mandíbula, y la boca se tornó capaz de emitir sonidos más refinados. El habla se encontraba aún a una distancia de un millón de años, pero habían sido dados los primeros pasos hacia ella.

Y seguidamente comenzó a cambiar el mundo. En cuatro grandes oleadas, con doscientos mil años entre sus crestas, barrieron el globo las Eras Glaciales, dejando su huella por doquier. Allende los trópicos, los glaciares dieron buena cuenta de quienes habían abandonado prematuramente su hogar ancestral; y, en todas partes, segaron también a las criaturas que no podían adaptarse.

Una vez pasado el hielo, también se fue con él mucha de la vida primitiva del planeta... incluyendo a los mono–humanoide. Pero, a diferencia de muchos otros, ellos habían dejado descendientes; no se habían simplemente extinguido, sino que habían sido transformados. Los constructores de instrumentos habían sido rehechos por sus propias herramientas.

Pues con el uso de garrotes y pedernales, sus manos habían desarrollado una destreza que no se hallaba en ninguna otra parte del reino animal, permitiéndoles hacer aún mejores instrumentos, los cuales habían desarrollado todavía más sus miembros y cerebros. Era un proceso acelerador, acumulativo; y en su extremo estaba el Hombre.

El primer hombre verdadero tenía herramientas y armas sólo un poco mejores que las de sus antepasados de un millón de siglos atrás, pero podían usarlas con mucho más habilidad. Y en algún momento en los oscuros milenios pasados, habían inventado el instrumento más especial de todos, aun cuando no pudiera ser visto ni tocado. Habían aprendido a hablar, logrando así su primera gran victoria sobre el Tiempo. Ahora, el conocimiento de una generación podía ser transmitido a la siguiente de modo que cada época podía beneficiarse de las que la habían precedido.

A diferencia de los animales, que conocían sólo el presente, el hombre había adquirido un pasado, y estaba comenzando a andar a tientas hacia un futuro.

Estaban también aprendiendo a sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza; con el dominio del fuego, había colocado los cimientos de la tecnología y dejado muy atrás a sus orígenes animales. La piedra dio paso al bronce, y luego al hierro. La caza fue sucedida por la agricultura. La tribu crecía en la aldea, y ésta se transformaba en ciudad. El habla se hizo eterno, gracias a ciertas marcas en piedra, en arcilla y en papiro. Luego inventó la filosofía y la religión. Y pobló el cielo, no del todo inexactamente, con dioses.

A medida que su cuerpo se tornaba cada vez más indefenso, sus medios ofensivos se hicieron cada vez más terribles. Con piedra, bronce, hierro y acero había recorrido la gama de cuanto podía atravesar y despedazar, y en tiempos muy tempranos había aprendido como derribar a distancia a sus víctimas. La lanza, el arco, el fusil y el cañón y finalmente el proyectil guiado, le habían procurado armas de infinito alcance y casi infinita potencia.

Sin esas armas, que sin embargo había empleado a menudo contra sí mismo, el Hombre no habría conquistado nunca su mundo. En ellas había puesto su corazón y su alma, y durante eras le habían servido muy bien.

Mas ahora, mientras existían, estaban viviendo con el tiempo prestado.

  • Arthur C. Clarke
    Clarke, Arthur C.

    Arthur Charles Clarke (Minehead, Inglaterra, 1917- Colombo, Sri Lanka, 2008) fue uno de los escritores de ciencia ficción más importantes. Autor, entre otras obras, de 2001: Una odisea del espacioEl centinela y Cita con Rama y coguionista de la película 2001: Una odisea del espacio.

     

    Terminados sus estudios secundarios en 1936, se trasladó a Londres. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió en la Royal Air Force como especialista en radares, involucrándose en el desarrollo de un sistema de defensa por radar. Concluida la guerra, publica su artículo técnico Extra-terrestrial Relays, en el cual sienta las bases de los satélites artificiales en órbita geoestacionaria (llamada, en su honor, órbita Clarke), una de sus grandes contribuciones a la ciencia del siglo XX. Este trabajo le valdrá numerosos premios, becas y reconocimientos.

    En ese período estudia matemáticas y física en el prestigioso King's College de Londres, estudios que finalizó con honores. También ejerció varios años como presidente de la Sociedad Interplanetaria Británica. En 1957 como parte del comité británico acude a Barcelona para el VIII Congreso Internacional de Astronáutica, momento que coincide con el lanzamiento del Sputnik I por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

    Su fama mundial se consolidó con sus intervenciones en la televisión: en la década de los 60, como comentarista de la CBS de las misiones Apolo; y en la década de los 80 en un par de series de televisión que realizó.

    También son conocidas sus famosas leyes de Clarke, publicadas en su libro de divulgación científica Perfiles del futuro (1962). La más popular (y citada) de ellas es la llamada «Tercera Ley de Clarke»: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

    Desde 1956 y hasta su fallecimiento vivió en la isla de Sri Lanka (Ceilán) en parte por su interés por la fotografía y la exploración submarina, en parte debido a su fascinación por la cultura india.

    Se le otorgó el título de caballero de la Orden del Imperio Británico en 1998. También en su honor se puso su nombre a un asteroide y a una especie de dinosaurio ceratopsiano, Serendipaceratops arthurcclarkei descubierto en Inverloch (Australia).

    Arthur C. Clarke, que comenzó a escribir ciencia ficción al finalizar la guerra, es considerado uno de los grandes maestros de la ciencia ficción. Su primer cuento publicado fue "Partida de rescate", que apareció en el número de mayo de 1946 de Astounding y que le sirvió como punto de partida de una fructífera carrera. Entre sus primeros relatos destaca "El centinela", que sirvió de base para su novela 2001: Una odisea del espacio (1968) y para la película del mismo nombre del director Stanley Kubrick.

    Se pueden diferenciar claramente tres etapas en su producción. Las novelas utópicas y humanistas de los 50 (El fin de la infanciaLa ciudad y las estrellas y 2001: Una odisea espacial); la rigurosidad científica de los 70, por la que será incluido entre los autores de ciencia ficción dura (Cita con Rama y Fuentes del paraíso); y una tercera etapa desde finales de los 80 donde se ve un perfil claramente político (Factor Detonante y Sismo Grado 10).