facebook
Menu

Año 3 #25 Noviembre 2016

Pescados en la playa

Cora le dijo que Eugenio volvió a Buenos Aires y que se tomó una pastilla de cianuro. Después lo demolió con su odio. Él dejó la playa y volvió a su casa: le dijo a Natalia que la mañana había estado de maravilla.

De Cuentos escogidos, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2000.

 

Nunca supe para qué, pero salimos de vacaciones.

Unos amigos —esos amigos animosos e infatigables que reemplazan al plomero o al electricista— nos propusieron un paraje poco frecuentado de la costa uruguaya, ideal, dijeron, para que descansaran nuestras almas.

Allí fuimos, y alquilamos una casa tan rápidamente y sin apelar al interminable y odioso papeleo burocrático que demanda la verificación de la honestidad del interesado, que casi me asombró.

Las paredes de la casa que alquilamos eran de piedra, pintadas de blanco, y el techo era de fibrocemento, por lo que, a las tres de la tarde, si uno se calcinaba a orillas del mar, podía, en cambio, mugir como una vaca acorralada, y a punto de degüello, en el aire sofocante, bochornoso de la siesta. Por lo demás, las sillas de mimbre, la heladera, la pequeña cocina a gas de garrafa, las cortinas de paja, el cercano bosque de pinos, y el agua corriente que se cortaba al caer la noche, resultaban simpáticos, probablemente y con poco esfuerzo, las veinticuatro horas del día.

Salíamos temprano, por las mañanas, hacia la playa; instalábamos, en un lugar protegido del viento, la sombrilla, y yo, entonces, me quedaba ahí, quieto, mirando volar las gaviotas sobre la espuma de las olas del mar. Conozco tipos a quienes la presencia de esa línea intemporal de agua, esa línea infinita color verde y color barro los ensimisma, los enmudece. A mí, no. Pero algo me pasa cuando escucho la palabra del mar. Entonces, ¿para qué esa perturbación inútil a la que se designa con el inverosímil nombre de vacaciones?

Una de esas mañanas, Natalia me dijo algo, que yo olvidé apenas lo dijo. Natalia diagnosticó:

—Estás lerdo.

—Sí —admití, dócil. No discuto algunos juicios de Natalia: es como cuestionarle a un católico la existencia de Dios.

Natalia me habló, quiero suponer, de antihistamínicos y sarpullidos: el sol y su piel eran viejos adversarios. Deduje, algo abstraído, que prefería quedarse en la casa. No me gustó que se quedara en la casa. Hace diez años que vivimos juntos, tiempo suficiente para que las manías se vuelvan intolerables, para que se extingan los furores de la pasión, para que el oído seleccione lo que desea escuchar.

Acaso por azar, o por justicia, o por comodidad, aún nos necesitamos.

De modo que me fui solo a la playa. Caminé unos quinientos metros al borde del agua, me dije que el agua estaba fría, y clavé la sombrilla al reparo de un médano.

La arena era un brillo asesino, y el paisaje no propiciaba la lectura.

Me despertó un dolor sordo en la espalda. Abrí los ojos, y una luz blanca estalló en ellos. Cuando el furor de la luz blanca amainó, Cora estaba más acá de mis quejidos y de la voz del mar, que provoca, se sabe, las desventuradas exaltaciones de los poetas, y sus hermosos pies no cesaban de golpetear mis costillas con placer y, también, con desgano.

Hubo un tiempo en que mi boca temblaba al besar esos pies, y la piel de esos pies, y los dedos y las uñas de sus pies. Ella consentía esas sumisas efusiones y, a veces, algo más. Cuando ella, con un gesto, detenía la corrosión de mis huesos, yo, entonces, la recibía aterrado, gozoso, balbuceante, el cuerpo en cruz. Aprendí por qué la palabra olvido había sido desterrada del uso de la lengua. Hola, dijo Cora, y el pasado fue ese pescado flaco, largo y seco, y, tal vez, algo arqueado, a quien los pájaros le comieron los ojos, y que la resaca deposita en la arena para que se descomponga bajo la luz del verano.

Debí imaginar que me encontraría. Debí imaginar lo que vendría después, cualquiera fuese el lugar donde ella me encontrara. Digan lo que quieran: yo miré el pasado. Y el pasado gozaba de buena salud, no era un pescado que se desintegraba y volvía a la nada.

Ahí estaban la carne, las bocas, la lengua, las manos que alimentaron mis humillaciones. Y no cerré los ojos.

La invité a que se sentara dentro del arco de sombra que nos ofrecía la sombrilla. Se sentó. Un olor a piel tratada con cremas y espesos aceites perfumados se precipitó sobre mí. Era una mujer bella, todavía, orgullosa y arrogante. Su bikini mostraba blanduras que una segunda mirada al espejo aconsejaría resguardar. Pero Cora desdeñaba la sabiduría profunda de los espejos.

—No te metás con Cora —me dijo su hermano, Eugenio, once o doce años atrás.

Fue la primera y única vez que Eugenio nombró a Cora. Pronunció esas palabras con calma y fríamente, con la misma impasibilidad ominosa que usaba a la salida del quirófano para anunciar el resultado de una operación, aun cuando el paciente no fuera a sobrevivir más de cuarenta horas o cuarenta días a la extirpación de un tumor en la vesícula.

Eugenio era cirujano de un hospital de los arrabales de Buenos Aires; compartimos la redacción de una revista literaria, su desesperanzada prosa y algunos estallidos de pedantería que, impresos y releídos, nos dejaban estupefactos. Pero estaba escrito que aquellos años no fueran pacientes con la lírica. Sepultamos piadosamente la publicación: invocar a Barthes, aun para un reducido núcleo de iniciados, cuando el aire olía a pólvora y demencia, parecía tan ridículo como pasearse vestido por un campamento nudista.

Eugenio ingresó a las formaciones especiales: discutimos esa elección durante sus largas noches de guardia en el hospital, entre una partida de ajedrez y un borracho acuchillado en un entrevero de mal vino. Eugenio no se crispaba ni se conmovía por las llagas y las penurias de los marginales que poblaban los suburbios de Buenos Aires. Le interesaba la acción, y para justificarla no incurría en los desvelos del burgués que objeta las ruindades de su clase.

Ponía en cuestión, sí, los ambiguos pactos que sus amigos trababan con los jefes más venales que el populismo haya concebido nunca. Pero sus reproches —lo quisiera Eugenio o no— exhibían la fragilidad de la condena moral.

—El que acepta los fines —le dije—, etcétera…

—Proverbio por proverbio, las diferencias no me ocultan el bosque... Etcétera, etcétera.

—¿Y qué me contás de los espejismos?

—Ofreceme algo mejor.

—Traé el tablero: me tocan las blancas.

Nos quedaba eso: la irrevocabilidad que emanaba de las máscaras negras y de las máscaras blancas, su incitación a la belleza, la muerte pura que se desprendía de ellas. Era mucho, a condición de permanecer mudos, de no mirarnos, de olvidar lo que nos separaba.

La abrumadora melancolía de las despedidas acechó nuestros posteriores encuentros. Prescindo, compréndame, de los preámbulos que intentan descifrar la secreta y lúcida fatalidad de las rupturas.

Digo, si algo debe decirse, que Eugenio, una noche que jugaba con blancas, abrió con P4R. El canon prescribe P4D como una de las respuestas posibles. Moví P3TD, porque me gustan los adioses memorables.

Eugenio me miró, los ojos vacíos.

—Nos vemos —murmuré.

Eugenio se levantó de su silla, los ojos vacíos, y se fue, sin abrir la boca. Jaque.

En octubre de 1975, lo detuvieron: fue entregado a las bandas de la represión armada por uno de sus compañeros de combate, que no quiso aceptar el martirologio que le proponía la mesa de torturas. La familia de Eugenio pagó su rescate, en febrero de 1976, y las pilas de billetes con los que se pagó ese rescate parecían no tener fin, y Eugenio tomó un avión con destino a México. Siempre hay alguien que cobra —no importa lo afilados que estén los cuchillos del degüello—, y siempre hay alguien que paga. La suma silenciosa de esos actos se llama ley.

—Y ahora, ¿qué hace Eugenio? —le pregunté a Cora.

Cora habló con una voz grave, lejana y, tal vez, desdeñosa. Cora habló, y mientras Cora habló, como si hablara desde lo alto de un trono, yo dibujaba figuras geométricas en la arena.

Cora dijo que Eugenio abandonó México, y regresó a Buenos Aires con un pasaporte extendido a nombre de un ingeniero norteamericano. Vio a alguna gente, y la citó en un domicilio seguro. Una hora después de iniciada la reunión, un patrullero estacionó frente a la puerta de la casa segura, probadamente segura e insospechable. Eugenio se llevó a la boca una pastilla de cianuro. Pero los policías se limitaron a pedirle al dueño de casa, un anciano en silla de ruedas, que les firmase uno de esos abundantes, incomprensibles certificados de supervivencia que emiten las cajas de jubilaciones.

Bajo un sol calcáreo decidí, ese mediodía de verano y mar, que Hollywood es la Biblia del conocimiento humano.

—Y vos, ¿a qué te dedicás?... ¿Regás las plantitas de tu jardín? —me preguntó Cora, con la sonrisa que ponía su boca cuando yo jadeaba, tendido sobre sus muslos, su ombligo, sus pezones erectos.

Encendí un cigarrillo. Siempre, en ocasiones como ésas, se enciende un cigarrillo. Hacía calor y yo sudaba. Podía meterme en el agua e imaginar que era Robinson Crusoe, o cualquier otro tipo marcado por los dudosos prestigios de la literatura, durante la eternidad que dura un bautizo de sal y yodo, y después salir a tierra firme, un poco menos sucio, un poco menos cansado, un poco más silencioso.

Recogí la sombrilla, y, sudado, los labios secos, le di una chupada al cigarrillo.

—Parecés un bofe crudo.

Me estaba demoliendo. Contribuí, como pude, a esa labor de puño y labio que la reconciliaba con la vida.

—Sí, mirá: tengo los pies hinchados como empanadas —dije.

—El podrido de siempre —resopló ella, triturando las vocales, un brillo viscoso y aceites y cremas que se contraían en la piel de su cuerpo.

Ésa no era la letra de Bésame mucho, pero las réplicas de Cora enmudecerían al más intrépido de los camioneros.

La miré irse. Habría caminado veinte metros cuando un joven de porte atlético, pelo negro y largo, se le acercó, me señaló, y ella le contestó, probablemente, con esa voz grave y sombría que utilizaba para las grandes celebraciones patrióticas, y la versión rioplatense de Tarzán agachó la cabeza, y le pasó, con visible delicadeza y cuidado, un brazo por la cintura.

Me arrastré por la playa, sin pensar en nada, otro cigarrillo apagado en la boca, rumbo a la casa que alquilamos hace cien años, o un poco menos o un poco más, para revolearnos en sudor y asarnos en los destellos del infierno, en ese período anual que los idiotas destinan a eso que llaman vacaciones.

Abrí la puerta de la casa; Natalia me sonrió:

—¿Qué tal la pasaste?

—De primera.

La eterna batalla que libra Natalia a favor de lo productivo, lo eficaz y sano (en ese orden), no se abstuvo de emitir su veredicto:

—No entraste al agua.

—Dormí... —confesé—. Pero la mañana estuvo de maravilla.

  • Andrés Rivera
    Rivera, Andrés

    Andrés Rivera (Buenos Aires, 1928) es hijo de inmigrantes, se desempeñó sucesivamente como obrero textil y periodista. Marcos Ribak (su verdadero nombre) comenzó a escribir a finales de los años cincuenta, etapa que dio origen a obras como El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962) y Cita (1965). Este primer momento de su creación literaria se enmarca dentro del compromiso militante que sostenía en el Partido Comunista, al que se afilió en 1945 y del que fue expulsado en 1964.

    En 1972 publica Ajustes de cuentas, colección de cuentos cuya construcción narrativa lleva la impronta de la novela negra a la manera de Chandler o Hammet, autores admirados por Rivera. Los diez años posteriores a este libro fueron un paréntesis de silencio en la carrera del escritor que le permitieron acercarse a grandes autores que, según sus propias palabras, no leía por prejuicio.

    Con Una lectura de historia, en 1982, Rivera inaugura una segunda etapa en la que lo dicho es tan importante como lo que se omite a través de un lenguaje lacerante y despojado de afectación.

    En muchas de sus obras, como en la colección de cuentos que integran Mitteleuropa (1993), el elemento histórico actúa como escenario para los personajes que vacilan y desean en un marco de exilios, guerras y luchas de poder.

    Prefiere escribir por las mañanas, en cuadernos y con una lapicera de buen trazo, relee y corrige una y otra vez los manuscritos. Ha dicho en diversas oportunidades que para él existen dos tipos de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir.

    Fue reconocido con distintos premios. En 1985, obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela con En esta dulce tierra; en 1992, recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno; en 1993, la Fundación El Libro distinguió La sierva como el mejor libro publicado en 1992, y El verdugo en el umbral obtuvo el Premio Club de los XIII 1995.

    Su obra El Farmer, publicada en 1996, sitúa a Rivera entre los autores más reconocidos por el público y la crítica. Un año más tarde publica Nada que perder, y en 1998 el volumen de cuentos La lenta velocidad del coraje. Dentro de sus últimas obras se encuentran El profundo surTierra de exilio y Hay que matar.