facebook
Menu

Año 2 #23 Septiembre 2016

Evaristo Carriego Selección de poesías

Carriego nunca escribió una letra de tango, pero los personajes de su poesía son los del tango: el barrio, las novias solas, los secretos tristes de los hombres. Borges lo definió como “el primer espectador de nuestros barrios pobres”.

 

COMO UN DESLUMBRAMIENTO

Como un deslumbramiento de rubias primaveras 
irradian y perfuman las dichas prisioneras 
de todos tus encantos ¡Oh, poemas paganos! 
Heroína y señora de rondeles galanos: 

Para que siempre puedas orquestar tus mañanas 
calandrias y zorzales mis selvas entrerrianas 
te ofrecen en mis trovas. Que en todos los momentos 
te den las grandes liras sus más nobles acentos, 

y revienten las yemas donde el placer anida, 
en las exaltaciones gloriosas de la vida 
que surgen en el cálido floreal de tus horas, 
como un carmen de auroras, ¡eternamente auroras!
 

IMÁGENES DEL PECADO

Enfermizas plenitudes 
          de emociones amatorias, 
modernismo de lo Raro, 
          de embriagueces ilusorias, 
que disfrazan las crudezas de sus credos materiales, 
como fórmulas severas 
          de blasones impolutos, 
          que, discretos, disimulan 
          los salvajes atributos, 
las paganas desnudeces de las fuerzas germinales.
Rosa-estigma que en los labios 
          han dejado los orfebres 
de la Ardencia. Bestias malas 
          de lascivias y de fiebres, 
que no doman los actuales filosóficos Orfeos, 
acechando por las noches 
          los oficios sigilosos... 
por las noches consteladas 
          de los besos milagrosos 
que deshacen en las bocas el rubí de los deseos...
Predilecta medianoche 
          vagamente ensoñativa, 
que ha exhumado un bello libro 
          de lectura sugestiva, 
de encubiertas entrelíneas de extravíos irreales... 
¡Oh, curiosa, febriciente 
          cabecita conturbada, 
que en los tibios abandonos 
          delatados en la almohada 
se fecunda de las sabias poluciones cerebrales!
¡Oh, cuán negros los hastíos 
          de las púberes sensuales! 
—¡Oh, cuán largas las esperas 
          de los pálidos nupciales, 
en los ratos aburridos de cloróticas visiones... 
cuando creen que las abejas 
          evocadas vendrán, fieles, 
a traerles, compasivas, 
          con sus vinos y sus mieles, 
las cantáridas nocturnas de las fuertes obsesiones!...
Voz fatal que en los gentiles 
          Evangelios de Afrodita, 
          al cenáculo vedado 
          de su roja mesa invita. 
¡Oh, furtivas comuniones en los cultos que revelan 
el peligro imaginable 
          de las hostias consagradas 
donde, lívidas, se ocultan 
          las cabezas desmayadas 
de los duendes cautelosos que en la extraña misa velan!...
Neurasténica enclaustrada 
          cuyos lirios de pureza 
ha violado sin esfuerzo 
          la triunfal Naturaleza: 
Esa siempre parturienta, santamente dolorida. 
—Fue la hora en que cayeron 
          deshojados los claveles, 
que, al sangrar las castidades 
          en los tálamos crueles 
los augurios se regaron con los filtros de la Vida—.
Virgen mística de celda, 
          brasa blonda de incensario, 
fiel ritual de oscurantismo, 
          fría imagen de santuario, 
por la fe de su locura tonsurada contra el Vicio, 
que ha sentido en los insomnios 
          conmover su paz austera 
un satánico deseo 
          de su sangre de soltera, 
de su palma que claudica del inútil sacrificio.
Delicada sensitiva 
          en los cálidos antojos 
que se burla de la ausencia 
          de la luz de los sonrojos... 
Que exaltando sus caprichos —¡los diabólicos, los tiernos!... 
al Cantar de los Cantares, 
          siempre nuevo en sus caricias, 
sabe ungir de la gloriosa 
          caridad de sus delicias 
a las vértebras que sufren el horror de los inviernos.
Favorita de Nirvana, 
          de los vinos superfinos, 
espasmódica del éter, 
          que ilustró los pergaminos 
de la nueva aristocracia del hatchís y la morfina: 
Ofertorio inconfesable 
          de exquisita delincuencia 
generosa, sorprendente, 
          bien gustada quintaesencia 
de ilusión por el pecado de la copa clandestina...
Pubertad de conventillo 
          que, en su génesis, halaga 
la teoría lamentable 
          del harapo y de la llaga, 
silenciando la inconsciente repulsión a lo maldito... 
Alentadas bizarrías 
          de muchacha sensiblera, 
que presume ingenuamente 
          de Manón arrabalera, 
suavemente flagelada por las sedas del Delito.
Cortesana de suburbio, 
          que se sabe mustia y vieja 
y olvidar quiere los hondos 
          desconsuelos de su queja, 
palpitante, en su derrota, por la última aventura, 
que, al cruzar los barrios bajos 
          en la tarde de la cita, 
va creyendo ser la triste, 
          la incurable Margarita 
que abandona con la muerte su romántica locura.
Torturada visión breve 
          del amor de una heroína 
del prostíbulo y la cárcel: 
          roja flor de guillotina, 
que ha soñado con un novio que la finge una azucena: 
con un blondo Nazareno 
          que la mueve a inevitable 
santa senda arrepentida, 
          —de intuición insospechable— 
a seguir su religiosa vocación de Magdalena.
Bella trágica historiada, 
          Salomé del histerismo, 
portadora de extrañezas 
          del país del exotismo, 
iniciada en el secreto de las cláusulas suicidas, 
que, en sus largas devociones 
          por las fiestas misteriosas, 
por las torpes confidencias 
          y las pautas tenebrosas, 
comulgó con los maestros de las músicas prohibidas.
¡Oh, las pascuas de las carnes 
          bondadosas, que florecen 
por aquellas que concluyen... 
          por aquellas que envejecen! 
¡Oh, los siete ángeles malos! ¡Oh, los ángeles propicios 
al exvoto de las manos 
          sabiamente extenuativas, 
que degüellan las palomas 
          de las blancas rogativas, 
en las vísperas sangrientas de los negros sacrificios!
 
 

FILTRO ROJO

Porque hasta mí llegaste silenciosa,
la ardiente exaltación de mi elocuencia
derrotó la glacial indiferencia
que mostrabas, altiva y desdeñosa.

Volviste a ser la de antes. Misteriosa,
como un rojo clavel tu confidencia
reventó en una amable delincuencia
con no sé qué pasión pecaminosa.

Claudicó gentilmente tu arrogancia,
y al beber el locuaz vino de Francia,
¡oh, las uvas doradas y fecundas!

Una aurora tiñó tu faz de armiño,
¡y hubo en la jaula azul de tu corpiño
un temblor de palomas moribundas!
 
 

LA SILLA QUE AHORA NADIE OCUPA 

Con la vista clavada sobre la copa
se halla abstraído el padre desde hace rato: 
pocos momentos hace que rechazó el plato 
del cual apenas quiso probar la sopa.
De tiempo en tiempo, casi furtivamente, 
llega en silencio alguna que otra mirada 
hasta la vieja silla desocupada 
que alguien, de olvidadizo, colocó enfrente.
Y, mientras se ensombrecen todas las caras, 
cesa de pronto el ruido de las cucharas 
porque insistentemente, como empujado
por esa idea fija que no se va, 
el menor de los hijos ha preguntado 
cuándo será el regreso de la mamá.

 

UNA SORPRESA

Hoy recibí tu carta. La he leído
con asombro, pues dices que regresas,
y aún de la sorpresa no he salido...
¡Hace tanto que vivo sin sorpresas!

“Que por fin vas a verme..., que tan larga
fue la separación...” Te lo aconsejo,
no vengas, sufrirías una amarga
desilusión: me encontrarías viejo.

Y como un viejo, ahora, me he llamado
a quietud, y a excepción —¡siempre el pasado!
de uno que otro recuerdo que en la frente

me pone alguna arruga de tristeza,
no me puedo quejar: tranquilamente
fumo mi pipa y bebo mi cerveza.
 
 

COMO AQUELLA OTRA

Sí, vecina: te puedes dar la mano,
esa mano que un día fuera hermosa,
con aquella otra eterna silenciosa
“que se cansara de aguardar en vano”.

Tú también, como ella, acaso fuiste
la bondadosa amante, la primera,
de un estudiante pobre, aquel que era
un poco chacotón y un poco triste.

O no faltó el muchacho periodista
que allá en tus buenos tiempos de modista
en ocios melancólicos te amó

y que una fría noche ya lejana,
te dijo, como siempre: “Hasta mañana...”
pero que no volvió.
 
 

LA QUE HOY PASÓ MUY AGITADA

¡Qué tarde regresas!... ¿Serán las benditas
locuaces amigas que te han detenido?
Vas tan agitada!... ¿Te habrán sorprendido
dejando, hace un rato, las casas de citas?

¡Adiós, morochita!... Ya verás, muchacha,
cuando andes en todas las charlas caseras:
sospecho las risas de tus compañeras
diciendo que pronto mostraste la hilacha...

Y si esto ha ocurrido, que en verdad no es poco,
si diste el mal paso, si no me equivoco
y encontré el secreto de esa agitación...

¿Quién sabrá si llevas en este momento
una duda amarga sobre el pensamiento
y un ensueño muerto sobre el corazón?
 
 

¿NO TE VEREMOS MÁS?

...¿Conque estás decidida? ¿No te detiene nada?
¿Ni siquiera el anuncio de este presentimiento?
¡No puedes negar que eres una desamorada:
te vas así, tranquila, sin un remordimiento!

¡Has sido tanto tiempo nuestra hermanita! Mira
si no te desearemos buen viaje y mejor suerte,
...tu decisión de anoche la creíamos mentira:
¡que tan acostumbrados estábamos a verte!

Nos quedaremos solos. ¡Y cómo quedaremos...!
De más fuera decirte cuánto te extrañaremos;
y tú, también, ¿es cierto que nos extrañarás ?

¡Pensar que entre nosotros ya no estarás mañana,
Caperucita roja que fuiste nuestra hermana,
Caperucita roja, ¿no te veremos más?
 
 

“CAPERUCITA ROJA” QUE SE NOS FUE

¡Ah, si volvieras!... ¡Cómo te extrañan mis hermanos!
La casa es un desquicio: ya no está la hacendosa
muchacha de otros tiempos. ¡Eras la habilidosa
que todo lo sabías hacer con esas manos...!

El menor de los chicos, ¡pobrecito!, te llama
recordándote siempre lo que le prometieras,
para que le des algo... Y a veces —¡si lo oyeras!—
para que como entonces le prepares la cama.

¡Como entonces! ¿Entiendes? ¡Ah, desde que te fuiste,
en la casita nuestra todo el mundo anda triste!
y temo que los viejos enfermen, ¡pobres viejos!

Mi madre disimula, pero a escondidas llora
con el supersticioso temor de verte lejos...
Caperucita roja, ¿dónde estarás ahora?
 
 

LA VUELTA DE “CAPERUCITA”

Entra sin miedo, hermana: no te diremos nada.
¡Qué cambiado está todo, qué cambiado! ¿No es cierto?
¡Si supieras la vida que llevamos pasada!
Mamá ha caído enferma y el pobre viejo ha muerto...

Los menores te extrañan todavía, y los otros
verán en ti a la hermana perdida que regresa:
puedes quedarte, siempre tendrás entre nosotros,
con el cariño de antes, un lugar en la mesa.

Quédate con nosotros. Sufres y vienes pobre.
Ni un reproche te haremos: ni una palabra sobre
el oculto motivo de tu distanciamiento;

ya demasiado sabes cuánto te hemos querido:
aquel día, ¿recuerdas? tuve un presentimiento...
¡Si no te hubieras ido!
 
 

HAS VUELTO

Has vuelto, organillo. En la acera
hay risas. Has vuelto llorón y cansado
como antes.
                            El ciego te espera
las más de las noches sentado
a la puerta. Calla y escucha. Borrosas
memorias de cosas lejanas
evoca en silencio, de cosas
de cuando sus ojos tenían mañanas,
de cuando era joven... la novia... ¡quién sabe!
Alegrías, penas,
vividas en horas distantes. ¡Qué suave
se le pone el rostro cada vez que suenas
algún aire antiguo! ¡Recuerda y suspiro!
Has vuelto, organillo. La gente
modesta te mira
pasar, melancólicamente.
Pianito que cruzas la calle cansado
moliendo el eterno
familiar motivo que el año pasado
gemía a la luna de invierno:
con tu voz gangosa dirás en la esquina
la canción ingenua, la de siempre, acaso
esa preferida de nuestra vecina
la costurerita que dio aquel mal paso.
Y luego de un valse te irás como una
tristeza que cruza la calle desierta,
y habrá quien se quede mirando la luna
desde alguna puerta.

¡Adiós, alma nuestra! parece
que dicen las gentes en cuanto te alejas.
¡Pianito del dulce motivo que mece
memorias queridas y viejas!
Anoche, después que te fuiste,
cuando todo el barrio volvía al sosiego
—qué triste—
lloraban los ojos del ciego.
 
 

EL CLAVEL

Fue al surgir de una duda insinuativa
hirió tu severa aristocracia,
como un símbolo rojo de mi audacia,
un clavel que tu mano no cultiva.

Quizás hubo una frase sugestiva,
o viera una intención tu perspicacia,
pues tu serenidad llena de gracia
fingió una rebelión despreciativa...

Y, así, en tu vanidad, por la impaciente
condena de un orgullo intransigente,
mi rojo heraldo de amatorios credos

Mereció, por su símbolo atrevido,
como un apóstol o como un bandido
la guillotina de tus nobles dedos.
 
 

SI DE ESTAS CUERDAS MÍAS...

A Doña Sylla da Silva
Si de estas cuerdas mías, de tonos más que rudos, 
te resultan en ásperos sus rendidos saludos, 
y quieres blandos ritmos de credos idealistas, 
aguarda delicados poetas modernistas 

que alabarán en oro tus posibles desdenes, 
coronando de antorchas tus olímpicas sienes, 
devotos de la blanca lis de tu aristocracia, 
con que ilustro los rojos claveles de mi audacia, 

o espera, seductora, decadentes orfebres 
que graben tus blasones en sus creadoras fiebres: 
trabajo el acero de temples soberanos: 
los sonantes cristales se rompen en mis manos.
 
 

LAS MANOS

A todas las evoco. Pensativas,
cual si tuvieran alma, yo las veo
pasar, como teorías que viniesen
en las estancias líricas de un verso.

Las buenas, las cordiales, generosas
madrecitas de olvidos en los duelos,
las buenas, las cordiales, que ya nunca
las volvimos a ver, ni en el recuerdo.

Las manos enigmáticas, las manos
con vagos exotismos de misterio,
que ocultan, como en libros invisibles,
las fórmulas vedadas del secreto.

Las manos que coronan los designios,
las manos vencedoras del silencio,
en las que sueña, a veces, derrotado,
un tardío laurel de luz el genio.
Las pálidas, con sangre de azucenas,
violadas por los duendes de los besos,
que vi una vez, nerviosas, deslizarse
sobre la gama azul de un florilegio.

Las manos graves de las novias muertas,
rígidas desposadas de los féretros,
leves hostias de ritos amatorios
que ya nunca jamás comulgaremos.

Esas manos inmóviles y extrañas,
que se petrificaron en el pecho
como una interrogante dolorosa
de la inmensa ansiedad del postrer gesto.

Las crueles que saben el encanto
del fugaz abandono de un momento.
Las exangües, las castas como vírgenes,
severas domadoras del deseo.

Las santas, inefables, las ungidas
con mirras de perdón y de consuelo:
amadas melancólicas y breves
de los poetas y de los enfermos.
Las románticas manos de las tísicas,
que, en la voz moribunda de un arpegio,
como conjuro agónico angustiado,
llamaron a Chopin, desfalleciendo...

Las manos que derraman por la noche
los filtros germinales en el lecho:
las que escriben las cláusulas fecundas
sobre las carnes que violó el invierno.

Las manos sin amor de las amadas,
más frías y más blancas que el pañuelo
que se esfuma en las largas despedidas
como paloma del adiós supremo.

¡Las únicas, las fieles, las anónimas,
las manos que en los ojos de algún muerto
pusieron, al cerrarlos, la postrera
temblorosa caricia de sus dedos!

Las manos de bellezas irreales,
las manos como lirios de recuerdos,
de aquellas que se fueron a la luna,
en la piedad del éxtasis eterno.
Las místicas, fervientes como exvotos,
inmaterializadas en el rezo,
las manos que humanizan las imágenes
de los blondos y tristes nazarenos.

Y las manos que triunfan del olvido,
¡esas, blancas como el remordimiento
de no haberlas besado, ni siquiera
con el beso intangible del ensueño!
 
 

RATOS BUENOS

Está lloviendo paz. ¡Qué temas viejos
reviven en las noches de verano!...
Se queja una guitarra allá a lo lejos
y mi vecina hace reír al piano.

Escucho, fumo y bebo en tanto el fino
teclado da otra vez su sinfonía:
el cigarro, la música y el vino
familiar, generosa trilogía...

...¡Tengo unas ganas de vivir la riente
vida de placidez que me rodea!
Y por eso quizás, inútilmente,
en el cerebro un cisne me aletea...

¡Qué bien se está cuando el ensueño, en una
tranquila plenitud, se ve tan vago!...
¡Oh, quién pudiera diluir la luna
y beberla en la copa, trago a trago!

Todo viene apacible del olvido
en una caridad de cosas bellas,
así como si Dios, arrepentido,
se hubiese puesto a regalar estrellas.

¡Qué agradable quietud! ¡Y qué sereno
el ambiente, al que empiezo a acostumbrarme,
sin un solo recuerdo, malo o bueno,
que, importuno, se acerque a conturbarme!

Y me siento feliz, porque hoy tampoco
ha soñado imposibles mi cabeza;
en el fondo del vaso, poco a poco,
se ha dormido, borracha, la tristeza...

  • Evaristo Carriego
    Carriego, Evaristo

    Evaristo Carriego (Paraná, provincia de Entre Ríos, 1883-Buenos Aires, 1912) permaneció en su ciudad natal hasta 1887, año en que la familia se trasladó a Buenos Aires. Terminados sus estudios primario y secundario, quiso ingresar en el Colegio Militar pero no fue admitido a causa de su incipiente mio­pía. Abandonó la idea de cursar estudios regulares y se dedicó a leer sin guía ni método. Manifestaba preferencia por la historia y la literatura romántica: Víctor Hugo encendía su entusiasmo de adolescente; la intriga caballeresca de Dumas satisfacía su imaginación exaltada y le fascinaba la vida de Napoleón. Rememoraba con pasión al Quijote y a Juan Moreira ya que le atraía todo aquello que conllevase un sello de deslumbrante heroísmo.

    Se inició en el periodismo y compartió el ideario anarquista del periódico La Protesta. Colaboró también en Caras y Caretas. Personaje de la bohemia, solía recitar sus versos en la tertulia del café y señalaba a Almafuerte como un poeta supremo, primero de nuestra lengua.

    La realidad de su lenguaje lírico tenía un límite geográfico y emocional; el barrio de Palermo. Los caserones con sucesión de patios, los burdeles y conventillos, la temeridad de los guapos, los duelos a cuchillo, la milonga, la costurerita abandonada, dieron origen a una mitología en donde cada personaje se tornaba arquetípico y legendario. Carriego rescató lo auténtico de la marea arrabalera y le dio significado a lo que hoy ha pasado a ser pintoresco.

    Calificado por Borges como el “tan especial poeta del suburbio”, Carriego publicó un solo libro, Misas herejes, en 1908. Ya desde el título se advierte un espíritu demoníaco heredado de Baudelaire que se hace extensivo a los subtítulos “Ofertorios galantes”, “Ritos en la sombra”, “Viejos sermones”. El contenido biográfico de la bohemia se suma a la exaltación del exceso, a un desafío a lo prohibido, pero siempre en el contexto de su tema vital, el barrio.

    El sentimiento de rebeldía social se expresa en el autor como deseo de redimir a los pobres, pero su intuición poética lo lleva a tomar distancia del objeto de su emoción y la elaboración estética de su lenguaje singulariza que Carriego no escribió sobre la pobreza urgido por estímulos circunstanciales. Es autor también de algunos relatos como "La chica más linda del barrio", "Mata perros", "Dos cartas", "Mística". En 1912 estrenó en el Teatro Nacional su obra Los que pasan.

    Luego del fallecimiento de su padre la jovialidad de su carácter fue cediendo a la melancolía. Se hace hermano de los tristes, se va con “con la enferma que trajeron anoche” o “el silencioso que va a la trastienda”. Sus versos son atravesados por un hálito de tragedia. A fines de 1911 sufre un ataque de apendicitis. Su salud se restablece y decae alternativamente y en1912 muere, según algunos, a causa de la tisis.

    Dejó un bosquejo teatral El alma de los títeres y numerosos poemas inéditos que su hermano recopiló bajo el título La canción del barrio. En el momento de su muerte el poeta tenía veintinueve años.