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Año 2 #22 Agosto 2016

La virgen de los sicarios

Colombia es un país devastado. Dolorido. Fernando Vallejo, con la precisión del cirujano y la impiadosa determinación de un buen narrador ofrece una semblanza única de su país. Publicamos un fragmento de la novela y recomendamos su lectura.

 

 

La virgen de los sicarios

 

 

(Fragmento) Alfaguara, Buenos Aires, 2010.

 

Había en las afueras de Medellín un pue­blo silencioso y apacible que se llamaba Saba­neta. Bien que lo conocí porque allí cerca, a un lado de la carretera que venía de Envigado, otro pueblo, a mitad de camino entre los dos pueblos, en la finca Santa Anita de mis abue­los, a mano izquierda viniendo, transcurrió mi infancia. Claro que lo conocí. Estaba al final de esa carretera, en el fin del mundo. Más allá no había nada, ahí el mundo empezaba a bajar, a redondearse, a dar la vuelta. Y eso lo consta­té la tarde que elevamos el globo más grande que hubieran visto los cielos de Antioquia, un rombo de ciento veinte pliegos inmenso, rojo, rojo, rojo para que resaltara sobre el cielo azul. El tamaño no me lo van a creer, ¡pero qué sa­ben ustedes de globos! ¿Saben qué son? Son rombos o cruces o esferas hechos de papel de china deleznable, y por dentro llevan una can­dileja encendida que los llena de humo para que suban. El humo es como quien dice su alma, y la candileja el corazón. Cuando se lle­nan de humo y empiezan a jalar, los que los es­tán elevando sueltan, soltamos, y el globo se va yendo, yendo al cielo con el corazón encen­dido, palpitando, como el Corazón de Jesús. ¿Saben quién es? Nosotros teníamos uno en la sala; en la sala de la casa de la calle del Perú de la ciudad de Medellín, capital de Antioquia; en la casa en donde yo nací, en la sala entroniza­do o sea (porque sé que no van a saber) bende­cido un día por el cura. A él está consagrada Colombia, mi patria. Él es Jesús y se está seña­lando el pecho con el dedo, y en el pecho abierto el corazón sangrando: goticas de san­gre rojo vivo, encendido, como la candileja del globo: es la sangre que derramará Colombia, ahora y siempre por los siglos de los siglos amén.

¿Pero qué les estaba diciendo del globo, de Sabaneta? Ah sí, que el globo subió y subió y empujado por el viento, dejando atrás y abajo los gallinazos se fue yendo hacia Sabaneta, y nosotros que corremos al carro y ¡ran! que arrancamos, y nos vamos siguiéndolo por la carretera en el Hudson de mi abuelito. Ah no, no fue en el Hudson de mi abuelito, fue en la carcacha de mi papá. Ah sí, sí fue en el Hud­son. Ya ni sé, hace tanto, ya no recuerdo... Re­cuerdo que íbamos de bache en bache ¡pum! ¡pum! ¡pum! por esa carreterita destartalada y el carro a toda desbarajustándose, como se nos desbarajustó después Colombia, o mejor di­cho, como se "les" desbarajustó a ellos porque a mí no, yo aquí no estaba, yo volví después, años y años, décadas, vuelto un viejo, a morir. Cuando el globo llegó a Sabaneta dio la vuelta a la tierra, por el otro lado, y desapareció. Quién sabe adónde habrá ido, a China o a Marte, y si se quemó: su papel sutil, delezna­ble se encendía fácil, con una chispa de la can­dileja bastaba, como bastó una chispa para que se nos incendiara después Colombia, se "les" incendiara, una chispa que ya nadie sabe de dónde saltó. ¿Pero por qué me preocupa a mí Colombia si ya no es mía, es ajena?

A mi regreso a Colombia volví a Sabaneta con Alexis, acompañándolo, en peregrinación. Alexis, ajá, así se llama. El nombre es bonito pero no se lo puse yo, se lo puso su mamá. Con eso de que les dio a los pobres por poner­les a los hijos nombres de ricos, extravagantes, extranjeros: Tayson Alexander, por ejemplo, o Fáber o Eder o Wílfer o Rommel o Yeison o qué sé yo. No sé de dónde los sacan o cómo los inventan. Es lo único que les pueden dar para arrancar en esta mísera vida a sus niños, un vano, necio nombre extranjero o inventa­do, ridículo, de relumbrón. Bueno, ridículos pensaba yo cuando los oí en un comienzo, ya no lo pienso así. Son los nombres de los sica­rios manchados de sangre. Más rotundos que un tiro con su carga de odio.

Ustedes no necesitan, por supuesto, que les explique qué es un sicario. Mi abuelo sí, necesitaría, pero mi abuelo murió hace años y años. Se murió mi pobre abuelo sin conocer el tren elevado ni los sicarios, fumando cigarri­llos Victoria que usted, apuesto, no ha oído si­quiera mencionar. Los Victoria eran el basuco de los viejos, y el basuco es cocaína impura fu­mada, que hoy fuman los jóvenes para ver más torcida la torcida realidad, ¿o no? Corríjame si yerro. Abuelo, por si acaso me puedes oír del otro lado de la eternidad, te voy a decir qué es un sicario: un muchachito, a veces un niño, que mata por encargo. ¿Y los hombres? Los hombres por lo general no, aquí los sicarios son niños o muchachitos, de doce, quince, diecisiete años, como Alexis, mi amor: tenía los ojos verdes, hondos, puros, de un verde que valía por todos los de la sabana. Pero si Alexis tenía la pureza en los ojos tenía dañado el corazón. Y un día, cuando más lo quería, cuando menos lo esperaba, lo mataron, como a todos nos van a matar. Vamos para el mismo hueco de cenizas, en los mismos Campos de Paz.

La Virgen de Sabaneta hoy es María Auxi­liadora, pero no lo era en mi niñez: era la Vir­gen del Carmen, y la parroquia la de Santa Ana. Hasta donde entiendo yo de estas cosas (que no es mucho), María Auxiliadora es pro­piedad de los salesianos, y la parroquia de Sa­baneta es de curas laicos. ¿Cómo fue a dar María Auxiliadora allí? No sé. Cuando regresé a Colombia allí la encontré entronizada, presi­diendo la iglesia desde el altar de la izquierda, haciendo milagros. Un tumulto llegaba los martes a Sabaneta de todos los barrios y rum­bos de Medellín adonde la Virgen a rogar, a pedir, a pedir, a pedir que es lo que mejor sa­ben hacer los pobres amén de parir hijos. Y entre esa romería tumultuosa los muchachos de la barriada, los sicarios. Ya para entonces Sabaneta había dejado de ser un pueblo y se había convertido en un barrio más de Mede­llín, la ciudad la había alcanzado, se la había tragado; y Colombia, entre tanto, se nos ha­bía ido de las manos. Eramos, y de lejos, el país más criminal de la tierra, y Medellín la ca­pital del odio. Pero estas cosas no se dicen, se saben. Con perdón.

Por Alexis volví pues a Sabaneta, acompa­ñándolo, la mañana que siguió a la noche en que nos conocimos. Puesto que las peregrina­ciones son los martes, nos tuvimos que cono­cer un lunes: en el apartamento de mi lejano amigo José Antonio Vásquez, sobreviviente de ese Medellín antediluviano que se llevó el en­sanche, y cuyo nombre debería omitir aquí pero no lo omito por la elemental razón de que no se pueden contar historias sin nom­bres. ¿Y sin apellido? Sin apellido no te vayan a confundir con otro y por otras cuentas des­pués te maten. "Aquí te regalo esta belleza —me dijo José Antonio cuando me presentó a Alexis—, que ya lleva como diez muertos". Alexis se rió y yo también y por supuesto no le creí, o mejor dicho sí. Después le dijo al mu­chacho: "Vaya lleve a éste a conocer el cuar­to de las mariposas". "Éste" era yo, y "el cuarto de las mariposas" un cuartico al fondo del apartamento que si me permiten se lo des­cribo de paso, de prisa, camino al cuarto, sin recargamientos balzacianos: recargado como Balzac nunca soñó, de muebles y relojes vie­jos; relojes, relojes y relojes viejos y requete­ viejos, de muro, de mesa, por decenas, por gruesas, detenidos todos a distintas horas bur­lándose de la eternidad, negando el tiempo. Estaban en más desarmonía esos relojes que los habitantes de Medellín. ¿Por qué esa obse­sión de mi amigo por los relojes? Vaya Dios a saber. La que sí le habían curado los años era la de los muchachos: pasaban por su aparta­mento y por su vida sin tocarlos. Perfección a la que aún no he llegado yo pero de la que ya estoy cerca: lo cerca que estoy de la muerte y sus gusanos. En fin, por ese apartamento de José Antonio, por entre sus relojes detenidos como fechas en las lápidas de los cementerios, pasaban infinidad de muchachos vivos. O sea, quiero decir, vivos hoy y mañana muertos que es la ley del mundo, pero asesinados: jóvenes asesinos asesinados, exentos de las ignominias de la vejez por escandaloso puñal o compasiva bala. ¿Qué iban a hacer allí? Por lo general nada: venían de aburrirse afuera a aburrirse adentro. En ese apartamento nunca se tomaba ni se fumaba: ni marihuana ni basuco ni nada de nada. Era un templo. Y ni eso, vaya: vaya a la Catedral o Basílica Metropolitana para que vea rufianes fumando marihuana en las bancas de atrás. Distinga bien el olor del humo, que no se le confunda con el incienso. Pero bueno, entre tanto reloj callado tronaba un televisor furibundo transmitiendo telenovelas, y entre telenovela y telenovela las alharacosasnoticias: que hoy mataron a fulanito de tal y anoche a tantos y a tantos. Que a fulanito lo mataron dos sicarios. Y los sicarios del apartamento muy serios. ¡Vaya noticia! ¡Cómo andan de desactualizados los noticieros! Y es que una ley del mundo seguirá siendo: la muerte viaja siempre más rápido que la información.

¿Y qué se ganaba José Antonio con ese en­trar y salir de muchachos, de criminales, por su casa? ¿Que le robaran? ¿Que lo mataran? ¿O es que acaso era su apartamento un bur­del? Dios libre y guarde. José Antonio es el personaje más generoso que he conocido. Y digo personaje y no persona o ser humano porque eso es lo que es, un personaje, como sacado de una novela y no encontrado en la realidad, pues en efecto, ¿a quién sino a él le da por regalar muchachos que es lo más valioso? "Los muchachos no son de nadie —dice él—, son de quien los necesita". Eso, enunciado así, es comunismo; pero como él lo ponía en prác­tica era obra de misericordia, la decimoquinta que le faltó al catecismo, la más grande, la más noble, más que darle de beber al sediento o ayudarle a bien morir al moribundo.

"Vaya lleve a éste a conocer el cuarto de las mariposas", le dijo a Alexis, y Alexis me llevó riéndose. El cuarto es un cuartico minúsculo con baño y una cama entre cuatro paredes que han visto quietas lo que no he visto yo andan­do por todo el mundo. Lo que sí no han visto esas cuatro paredes son las mariposas porque en el cuarto así llamado no las hay. Alexis em­pezó a desvestirme y yo a él; él con una espon­taneidad candorosa, como si me conociera desde siempre, como si fuera mi ángel de la guarda. Les evito toda descripción pornográ­fica y sigamos. Sigamos hacia Sabaneta en el taxi en que íbamos, por la misma carreterita destartalada de hace cien años, de bache en bache: es que Colombia cambia pero sigue igual, son nuevas caras de un viejo desastre. ¿Es que estos cerdos del gobierno no son ca­paces de asfaltar una carretera tan esencial, que corta por en medio mi vida? ¡Gonorreas! (Gonorrea es el insulto máximo en las barria­das de las comunas, y comunas después expli­co qué son.)

Algo insólito noté en la carretera: que en­tre los nuevos barrios de casas uniformes se­guían en pie, idénticas, algunas de las viejas casitas campesinas de mi infancia, y el sitio más mágico del Universo, la cantina Bombay, que tenía a un lado una bomba de gasolina o sea una gasolinera. La bomba ya no estaba, pero la cantina sí, con los mismos techos de vi­gas y las mismas paredes de tapias encaladas. Los muebles eran de ahora pero qué importa, su alma seguía encerrada allí y la comparé con mi recuerdo y era la misma, Bombay era la misma como yo siempre he sido yo: niño, jo­ven, hombre, viejo, el mismo rencor cansado que olvida todos los agravios: por pereza de recordar.

No sé si entre aquellas casitas campesinas que quedaban estaba la del pesebre, o sea, quiero decir, la del pesebre más hermoso que hayan hecho los hombres desde que se esta­bleció la costumbre de armar en diciembre na­cimientos o belenes para conmemorar la lle­gada a esta mísera tierra a un establo, a una pesebrera, del Niño Dios. Todas las casitas campesinas de la carretera, desde que salíamos caminando de Santa Anita hacia Sabaneta te­nían pesebre, y abrían las ventanas de los cuar­ticos que daban al corredor delantero para que lo viéramos. Pero ningún pesebre más hermo­so que el de la casita que digo yo: ocupaba dos cuartos, el primero y el del fondo, llenos de maravillas: lagos con patos, rebaños, pastores, vaquitas, casitas, carreteritas, un tigre, y arriba de la montaña, en lo más alto, la pesebrera en la que el veinticuatro de diciembre iba a nacer el Niño Dios. Pero estábamos apenas a dieci­séis, en que empezaba la novena y en que ha­cíamos los pesebres, y faltaban exactamente ocho días para el día, la noche, más feliz. Ocho días de una dicha interminable en espera. Mira Alexis, tú tienes una ventaja sobre mí y es que eres joven y yo ya me voy a morir, pero desgraciadamente para ti nunca vivirás la feli­cidad que yo he vivido. La felicidad no puede existir en este mundo tuyo de televisores y ca­setes y punkeros y rockeros y partidos de fút­bol. Cuando la humanidad se sienta en sus cu­los ante un televisor a ver veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón no hay esperanzas. Dan grima, dan lástima, dan ganas de darle a la humanidad una patada en el culo y despeñarla por el rodadero de la eternidad, y de que desocupen la tierra y no vuelvan más.

Pero no me hagas caso que te estoy hablando de cosas bellas, de diciembre, de Santa Anita, de los pesebres, de Sabaneta. El pesebre de la casita que te digo era inmenso, la vista de uno se perdía entre sus mil detalles sin saber por dónde empezar, por dónde seguir, por dónde acabar. Las casitas a la orilla de la carretera en el pesebre eran como las casitas a la orilla de la carretera de Sabaneta, casitas campesinas con techitos de teja y corredor. O sea, era como si la realidad de adentro contuviera la realidad de afuera y no viceversa, que en la carretera a Sabaneta había una casita con un pesebre que tenía otra carretera a Sabaneta. Ir de una realidad a la otra era infinitamente más alucinante que cualquier sueño de basuco. El basuco entorpece el alma, no la abre a nada. El basucoempendeja.

Mira Alexis: Yo tenía entonces ocho años y parado en el corredor de esa casita, ante la ventana de barrotes, viendo el pesebre, me vi de viejo y vi entera mi vida. Y fue tanto mi terror que sacudí la cabeza y me alejé. No pude soportar de golpe, de una, la caída en el abismo. Pero dejemos esto, sigamos por esa noche de caminata hacia Sabaneta. Íbamos todos, mis padres, mis tíos, mis primos, mis herma­nos y la noche era tibia, y en la tibieza de la noche parpadeaban las estrellas incrédulas: no podían creer lo que veían, que aquí abajo, por una simple carretera, pudiera haber tanta felicidad.

El taxi pasó frente a Bombay, esquivó un bache, otro, otro, y llegó a Sabaneta. Un tro­pel entre un carrerío llenaba el pueblo. Era la peregrinación de los martes, devota, insulsa, mentirosa. Venían a pedir favores. ¿Por qué esta manía de pedir y pedir? Yo no soy de aquí. Me avergüenzo de esta raza limosnera. En el oleaje de la multitud, entre un chisporroteo de veladoras y rezos en susurros entramos al tem­plo. El murmullo de las oraciones subía al cie­lo como un zumbar de colmena. La luz de afuera se filtraba por los vitrales para ofrecer­nos, en imágenes multicolores, el espectáculo perverso de la pasión: Cristo azotado, Cristo caído, Cristo crucificado. Entre la multitud anodina de viejos y viejas busqué a los mucha­chos, los sicarios, y en efecto, pululaban. Esta devoción repentina de la juventud me causaba asombro. Y yo pensando que la Iglesia andaba en más bancarrota que el comunismo... Qué va, está viva, respira. La humanidad necesita para vivir mitos y mentiras. Si uno ve la verdad escueta se pega un tiro. Por eso, Alexis, no te recojo el revólver que se te ha caído mientras te desvestías, al quitarte los pantalones. Si lo recojo me lo llevo al corazón y disparo. Y no voy a apagar la chispa de esperanza que me has encendido tú. Prendámosle esta veladora a la Virgen y oremos, roguemos que es a lo que vinimos: "Virgencita niña, María Auxiliadora que te conozco desde mi infancia, desde el colegio de los salesianos donde estudié; que eres más mía que de esta multitud novelera, hazme un favor: Que este niño que ves rezándote, ante ti, a mi lado, que sea mi último y definitivo amor; que no lo traicione, que no me traicione, amén". ¿Qué le pediría Alexis a la Virgen? Dicen los sociólogos que los sicarios le piden a María Auxiliadora que no les vaya a fa­llar, que les afine la puntería cuando disparen y que les salga bien el negocio. ¿Y cómo lo supieron? ¿Acaso son Dostoievsky o Dios padre para meterse en la mente de otros? ¡No sabe uno lo que uno está pensando va a saber lo que piensan los demás! En la iglesita de Sabaneta hay a la entrada un Señor Caído; en el altar del centro está Santa Ana con San Joaquín y la Virgen de niña; y en el de la derecha Nuestra Señora del Carmen, la antigua reina de la pa­rroquia. Pero todas las flores, todos los rezos, todas las veladoras, todas las súplicas, todas las miradas, todos los corazones están puestos en el altar de la izquierda, el de María Auxiliado­ra, que la remplazó. Por obra y gracia suya esta iglesita de Sabaneta antaño apagada hoy está alegre y florecida de flores y milagros. María Auxiliadora, la virgen mía, de mi niñez, la que más quiero los está haciendo. "Virgen­cita niña que me conoces desde hace tanto: Que mi vida acabe como empezó, con la felici­dad que no lo sabe". Entre el susurro de las voces dispares mi alma se fue yendo hacia lo alto como un globo encendido, sin amarras, subiendo, subiendo hacia el infinito de Dios, lejos de esta mísera tierra.

Le quité la camisa, se quitó los zapatos, le quité los pantalones, se quitó las medias y la trusa y quedó desnudo con tres escapularios, que son los que llevan los sicarios: uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen. Eso según los sociólogos, que andan averiguando. Yo no pregunto. Sé lo que veo y olvido. Lo que sí no puedo olvidar son los ojos, el verde de sus ojos tras el cual trataba de adivinarle el alma.

"Toma", le dije cuando terminamos y le di un billete. Lo recibió, se lo guardó y siguió vistiéndose. Salí del cuarto y lo dejé vistiéndo­se, y dejé también de paso mi billetera en mi saco y el saco en la cama para que se llevara lo que quisiera: "Todo lo mío es tuyo, corazón —pensé—. Hasta mis papeles de identidad". Después, más tarde, conté los billetes y esta­ban los que había dejado. Entonces entendí que Alexis no respondía a las leyes de este mundo; y yo que desde hacía tiempos no creía en Dios dejé de creer en la ley de la gravedad. Al día siguiente nos fuimos a Sabaneta y en adelante siguió conmigo hasta el final. Y al fi­nal dejó el horror de esta vida para entrar en el horror de la muerte. "A la final", como dicen en las comunas.

Hombre, fíjese usted, que me viniera a dar el destino acabando lo que me negó en la ju­ventud, ¿no era un disparate? Alexis debió lle­garme cuando yo tenía veinte años, no ahora: en mi ayer remoto. Pero estaba programado que nos encontráramos ahí, en ese apartamen­to, entre relojes quietos, esa noche, tantísimos años después. Después de lo debido, quiero decir. La trama de mi vida es la de un libro ab­surdo en el que lo que debería ir primero va luego. Es que este libro mío yo no lo escribí, ya estaba escrito: simplemente lo he ido cum­pliendo página por página sin decidir. Sueño con escribir la última por lo menos, de un tiro, por mano propia, pero los sueños sueños son y a lo mejor ni eso.

 

  • Fernando Vallejo
    Vallejo, Fernando

    Fernando Vallejo Rendón (Medellín, Colombia, 1942) es un escritor, novelista, ensayista y cineasta colombiano, nacionalizado mexicano. En Medellín transcurre su infancia y parte de su juventud hasta que decide trasladarse a Europa, en donde realiza estudios cinematográficos. En 1971 fija su residencia en México. Su libro más conocido es La virgen de los sicarios (1994). A través de un lenguaje coloquial e irreverente nos habla de su regreso a Medellín, ya anciano, para revelar el lado más oscuro de la violencia de esta ciudad. En 2000 la obra fue llevada al cine por Barbet Schroeder.

     

    Vallejo, que se considera el único gramatólogo vivo de Colombia, publicó en 1983 Logoi, Una gramática del lenguaje literario, obra en la que plantea la idea de que la literatura es posible gracias a los lugares comunes y a los clishés. Fernando Vallejo resalta la tradición contestataria de la intelectualidad antioqueña.

     

    Obra:

    Novelas:

    El río del tiempo (edición completa en 1999) es una pentalogía compuesta por las novelas:

    Los días azules, Santillana, México, 1985

    El fuego secreto, Santillana, México, 1987

    Los caminos a Roma, Santillana, México, 1988

    Años de indulgencia, Santillana, México, 1989

    Entre fantasmas, Alfaguara, México, 1993

    La virgen de los sicarios, Alfaguara, Bogotá, 1994

    El desbarrancadero, Alfaguara, 2001

    La rambla paralela, Alfaguara, 2002

    Mi hermano el alcalde, Alfaguara, 2004

    El don de la vida, Alfaguara, 2010

    Casablanca la bella, Alfaguara, 2013

     

    Ensayo:

    La tautología darwinista y otros ensayos, Taurus, Madrid, 2002

    Manualito de imposturología física, Taurus, 2005

    La puta de Babilonia, Planeta, Bogotá, 2007

     

    Recopilaciones:

    Peroratas, recopilación de columnas, literarios, conferencias y discursos; Alfaguara, 2013

     

    Como guionista:

    La virgen de los sicarios, 2000.

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