facebook
Menu

Año 2 #22 Agosto 2016

Los poemas de Evaristo Carriego (1ra. entrega)

 

DÍA DE BRONCA

Compadre: Si no le he escrito, 
perdone... ¡Estoy reventao! 
Ando con un entripao 
que, de continuar, palpito 
que he de seguir derechito 
camino de Triunvirato; 
pues ya tengo para rato 
con esta suerte cochina: 
Hoy se me espiantó la mina, 
¡y si viera con qué gato!
Sí, hermano, como le digo: 
¡Viese qué gato ranero! 
mishio, roñoso, fulero, 
mal lancero y peor amigo. 
¡Si se me encoge el ombligo 
de pensar el trinquetazo, 
que me han dao! El bacanazo 
no vale ni una escupida, 
y lo que es ella, ¡en la vida 
me soñé este chivatazo! 
Mas, no hay como vivir mucho 
para conocerlas bien: 
no piense que de recién 
se le pegan al más ducho. 
Aunque uno lo crea un pucho, 
al contrario, el buen gavión 
no debe dar ocasión 
al adorno carneril... 
¡Nunca lo crea tan gil 
al que le arruina el buyón!
Yo los tengo junaos. ¡Viera 
lo que uno sabe de viejo! 
No hay como correr parejo 
para estar bien en carrera. 
Lo engrupen con la manquera, 
con que tal vez ni serán 
del pelotón, y se van 
en fija, de cualquier modo... 
ya no hay caso: ¡se la dan!
¡Pero tan luego a mi edá 
que me suceda esta cosa! 
Si es p'abrirse la piojosa 
de la bronca que me da. 
Porque es triste, a la verdá 
—el decirlo es necesario— 
que con el lindo prontuario 
que con tanto sacrificio 
he lograo en el servicio 
¡me hayan agarrao de otario! 
Y lo peor es que la cama 
la supieron preparar. 
¡De llegarlo a sospechar 
cómo les dejo el programa! 
Créame: pese a mi fama 
de vivo entré por el cuento... 
Cuando mangié el argumento 
no sé lo que me pasó: 
¡de la bronca que me dio, 
compadre, casi reviento!
Sí, me la dieron con queso...
pero no importa, a la larga 
me han de pagar esta amarga 
situación por que atravieso. 
¡Ni qué hablar! lo que es para eso 
—se lo digo sin empacho— 
siempre me tuve por macho 
y ni una duda permito... 
¡Ya verá qué dibujito 
les vi'hacer en el escracho!
Bueno: ¿que ésta es quejumbrona 
y escrita como sin gana? 
Échele la culpa al rana
que me espiantó la cartona. 
¡Tigrero de la madona, 
veremos cómo se hamaca, 
si es que el cuerpo no me saca 
cuando me toque la mía! 
¡Hasta luego! 
—¡Todavía 
tengo que afilar la faca!
 

 


TU SECRETO

¡De todo te olvidas! Anoche dejaste
aquí, sobre el piano que ya jamás tocas,
un poco de tu alma de muchacha enferma:
un libro, vedado, de tiernas memorias.

Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,
y supe, sonriendo, tu pena más honda,
el dulce secreto que no diré a nadie:
a nadie interesa saber que me nombras.

...Ven, llévate el libro, distraída, llena
de luz y de ensueño. Romántica loca...
¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!...
De todo te olvidas, ¡cabeza de novia!
 

 

 

POR EL ALMA DE DON QUIJOTE

Con el más reposado y humilde continente, 
de contrición sincera; suave, discretamente, 
por no incurrir en burlas de ingeniosos normales, 
sin risueños enojos ni actitudes teatrales 
de cómico rebelde, que, cenando en comparsa, 
ensaya el llanto trágico que llorará en la farsa, 
dedico estos sermones, porque sí, porque quiero, 
al único, al Supremo Famoso Caballero, 
a quien pido que siempre me tenga de su mano, 
al santo de los santos Don Alonso Quijano 
que ahora está en la Gloria, y a la diestra del Bueno: 
su dulcísimo hermano Jesús el Nazareno, 
con las desilusiones de sus caballerías 
renegando de todas nuestras bellaquerías.
Pero me estoy temiendo que venga algún chistoso 
con sátiras amables de burlador donoso, 
o con mordacidades de socarrón hiriente, 
y descubra, tan grave como irónicamente, 
—a la sandez de Sancho se la llama ironía—, 
que mi amor al Maestro se convierte en manía. 
Porque así van las cosas; la más simple creencia 
requiere el visto bueno y el favor de la Ciencia: 
si a ella no se acoge no prospera y, acaso, 
su propio nombre pierde para tornarse caso. 
Y no vale la pena (no es un pretexto fútil 
con el cual se pretenda rechazar algo útil) 
de que se tome en serio lo vago, lo ilusorio, 
los credos que no tengan olor a sanatorio. 
Las frases de anfiteatro, son estigmas y motes 
propicios a las razas de Cristos y Quijotes 
—no son muchos los dignos de sufrir el desprecio, 
del aplauso tonante del abdomen del necio— 
en estos bravos tiempos en que los hospitales 
de la higiénica moda dan sueros doctorales... 
Sapientes catedráticos, hasta los sacamuelas 
consagran infalibles cenáculos y escuelas 
de graves profesores, en cuyos diccionarios 
no han de leer sus sueños los pobres visionarios... 
¡De los dos grandes locos se ha cansado la gente: 
así, santo Maestro, yo he visto al reluciente 
rucio de tu escudero pasar enalbardado, 
llevando los despojos que hubiste conquistado, 
en tanto que en pelota, y nada rozagante, 
anda aún sin jinete tu triste Rocinante!
(Maestro, ¡si supieras!, desde que nos dejaste, 
llevándote a la Gloria la adarga que embrazaste, 
andan las nuestras cosas a las mil maravillas: 
todas tan acertadas que no oso describillas. 
Hoy, prima el buen sentido. La honra de tu lanza 
no pesa en las alforjas del grande Sancho Panza. 
Tus más fieles devotos se han metido a venteros 
y cuidan de que nadie les horade los cueros. 
Pero, aguarda, que, cuando se resuelva a decillo, 
ya verás qué lindezas te contará Andresillo, 
aunque hay alguna mala nueva, desde hace poco: 
aquel que también tuvo sus ribetes de loco, 
tu primo de estas tierras indianas y bravías, 
—¡lástima de lo añejo de tus caballerías!— 
tu primo Juan Moreira, finalmente vencido 
del vestiglo Telégrafo, para siempre ha caído, 
mas sin tornarse cuerdo: tu increíble Pecado... 
¡Si supieras, Maestro, cómo lo hemos pagado! 
¡Tu increíble Pecado...! ¡Caer en la demencia 
de dar en la cordura por miedo a la Conciencia!).
Para husmear en la cueva pródiga en desperdicios, 
no hacen falta conquistas que imponen sacrificios: 
sin mayores audacias cualquier tonto con suerte 
es en estos concursos el Vencedor y el Fuerte, 
pues todo está en ser duros. El camino desviado 
malograría el justo premio del esforzado... 
Por eso, cuando llega la tan temida hora 
del gesto torturado de una reveladora 
protesta de emociones, el rostro se reviste 
de defensas de hielo para el beso del triste; 
y porque ahogarse deben, salvando peores males, 
las rudas acechanzas de las sentimentales 
voces de rebeldía —quijotismo inconsciente— 
también se fortalecen, severa, sabiamente, 
los músculos traidores del corazón, lo mismo 
que los del brazo, en sanas gimnasias de egoísmo, 
donde el dolor rebote sin conmover la dura 
unidad necesaria de la férrea armadura: 
quien no supere al hierro no es del siglo; no medra. 
¡Qué bella es la impasible cualidad de la piedra!
 
El ensueño es estéril; y las contemplaciones 
suelen ser el anuncio de las resignaciones. 
El ensueño es la anémica llaga de la energía; 
la curva de un abdomen —toda una geometría— 
es quizás el principio de un futuro teorema, 
cuyas demostraciones no ha entrevisto el poema... 
En la época práctica de la lana y del cerdo 
—hoy, Maestro, tú mismo te llamarías cuerdo— 
se hallan discretamente lejos los ideales 
de los perturbadores lirismos anormales. 
El vientre es razonable, porque es una cabeza 
que no ha querido nunca saber de otra belleza 
que la de sus copiosas sensatas digestiones: 
fruto de sus más lógicas fuertes cerebraciones. 
Por eso, honradamente, se pesan las bondades 
del genio, en la balanza de las utilidades, 
y si a los soñadores profetas se fustiga 
hay felicitaciones para el que echa barriga.
Y esto no tiene vuelta, pues está de por medio 
la razón, aceptada, de que ya no hay remedio... 
Como que cuando, a veces, en el Libro obligado, 
la Biblia del ambiente, de todos manoseado, 
hay un gesto de hombría traducido en blasfemia, 
Por asaz deslenguado lo borra la Academia...
La moral se avergüenza de las imprecaciones, 
de los sanos impulsos que violan las nociones 
del buen decir. El pecho del mejor maldiciente 
que se queme sus llagas filosóficamente, 
sin mayor pesar, antes de irrumpir en verdades 
que siempre tienen algo de ingenuas necedades, 
porque quien viene airado, con gestos de tragedia, 
a intentar gemir quejas aguando la comedia, 
es cuando más un raro , soñador de utopías 
que al oído de muchos suenan a letanías... 
Por eso, remordido pecador, yo me acuso 
—preciso es confesarlo— de haber sido un iluso 
de fórmulas e ideas que me mueven a risa, 
ahora que no pienso sino en seguir, aprisa, 
la reposada senda, libre de los violentos 
peligros que han ungido de mirras de escarmientos 
las plantas atrevidas que pisaron las rosas 
puestas en el camino de las rutas gloriosas. 
Pero ya estoy curado, ya no más tonterías, 
que las gentes no quieren comulgar insanías...
¡En el agua tranquila de las renunciaciones 
se han deshecho las hostias de las revelaciones! 
Ya no forjo intangibles castillos cerebrales, 
de románticos símbolos de torres augurales. 
Sobre el dolor ajeno ni siquiera medito, 
porque sé que una frase no vale lo que un grito; 
y, sin ser pesimista, no caigo en la locura 
de buscar una página de serena blancura, 
donde pueda escribirse la canción inefable 
que ha de cantar el Hombre de un futuro probable.
 

 


CONVERSANDO

El libro sin abrir y el vaso lleno.
—Con esto, para mí, nada hay ausente—.
Podemos conversar tranquilamente:
la excelencia del vino me hace bueno.

Hermano, ya lo ves, ni una exigencia
me reprocha la vida..., así me agrada;
de lo demás no quiero saber nada...
Practico una virtud: la indiferencia.

Me disgusta tener preocupaciones
que hayan de conmoverme. En mis rincones
vivo la vida a la manera eximia

del que es feliz, porque en verdad te digo:
la esposa del señor de la vendimia
se ha fugado conmigo...
 

 


EN SILENCIO

Que este verso, que has pedido,
vaya hacia ti, como enviado
de algún recuerdo volcado
en una tierra de olvido...
para insinuarte al oído
su agonía más secreta,
cuando en tus noches, inquieta
por las memorias, tal vez,
leas, siquiera una vez,
las estrofas del poeta.

¿Yo?... Vivo con la pasión
de aquel ensueño remoto,
que he guardado como un voto,
ya viejo, del corazón.
¡Y sé, en mi amarga obsesión,
que mi cabeza cansada,
de la prisión de ese ensueño
caerá, recién, libertada
¡cuando duerma el postrer sueño
sobre la postrer almohada!
 

 

DESPUÉS DEL OLVIDO

Porque hoy has venido, lo mismo que antes,
con tus adorables gracias exquisitas,
alguien ha llenado de rosas mi cuarto
como en los instantes de pasadas citas.

¿Te acuerdas?... Recuerdo de noches lejanas,
aun guardo, entre otras, aquella novela
con la que soñabas imitar, a ratos,
no sé si a Lucía no sé si a Graziela.

Y aquel abanico, que sentir parece
la inquieta, la tibia presión de tu mano;
aquel abanico ¿te acuerdas? trasunto
de aquel apacible, distante verano...

Y aquellas memorias que escribiste un día!
—un libro risueño de celos y quejas—.
¡Rincón asoleado! Rincón pensativo
de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!...

Pero no hay los versos: ¡Qué quieres!... ¡Te fuiste!
—¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!—
La nieve incesante del bárbaro hastío
¿no ves? ha quemado mis líricas alas.

...¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos
como las ausencias sus hoscos asedios...
Prefiero las rosas, prefiero tu risa
que pone un rayito de sol en mis tedios.

Y porque al fin vuelves, después del olvido,
en hora de angustias, en hora oportuna,
alegre como antes, es hoy mi cabeza
una pobre loca borracha de luna!
 

 


QUIERO BRINDARTE BESOS

Quiero brindarte versos porque te finjo buena, 
con no sé qué bondades, y porque eres morena 
como la inspiradora de mis lejanos votos... 
—perspectivas azules de paisajes remotos— .

Generosa que amparas de los fríos crueles, 
como un fruto viviente de tus sanos vergeles, 
las rosas inviolables que tus labios oprimen. 
¡Oh las instigadoras del ensueño y del crimen! 

Paloma fugitiva de la ciudad vedada, 
donde el dolor muriera bajo la enamorada 
caricia del consuelo: ciudad donde las risas 
suenan como campanas de las futuras misas!

 

 

EL AMASIJO

Dejó de castigarla, por fin cansado 
de repetir el diario brutal ultraje, 
que habrá de contar luego, felicitado, 
en la rueda insolente del compadraje.
—Hoy, como ayer, la causa del amasijo 
es, acaso, la misma que le obligara 
hace poco, a imponerse con un barbijo 
que enrojeció un recuerdo sobre la cara—.
Y se alejó escupiendo, rudo, insultante, 
los vocablos más torpes del caló hediondo 
que como una asquerosa náusea incesante 
vomita la cloaca del bajo fondo.
En el cafetín crece la algarabía, 
pues se está discutiendo lo sucedido, 
y, contestando a todos, alguien porfía 
que ese derecho tiene sólo el marido...
Y en tanto que la pobre golpeada intenta 
ocultar su sombría vergüenza huraña, 
oye, desde su cuarto, que se comenta 
como siempre en risueño coro la hazaña.
Y se cura llorando los moretones 
—lacras de dolor sobre su cuerpo enclenque...— 
¡que para eso tiene resignaciones 
el animal que agoniza bajo el rebenque!
Mientras escucha sola, desesperada, 
cómo gritan las otras... rudas y tercas, 
gozando de su bochorno de castigada, 
¡burlas tan de sus bocas!... ¡burlas tan puercas!...

 

 

LA MÚSICA LEJANA QUE NOS LLEGA

Accede, te lo ruego así... Dejemos
—mientras se enfría el té que has preparado—
de leer el capítulo empezado:
amada, cierra el libro y escuchemos...

Y calla, por favor...Guarda tus finas
burlas: ten la vergüenza, no imposible,
de que tu dulce voz halle insensible,
rebelde corazón que aún dominas.

¿Ves? Llega como un breve pensamiento
que pone en fuga el arrepentimiento...
Bebe toda la onda, hermana mía,

no dejes en la copa nada, nada...
Emborráchate, amada:
la música es el vino hecho armonía.


 


LA QUEJA

Como otras veces cuando la angustia 
le finge graves cosas hurañas; 
la infeliz dijo, después que el rojo 
vómito tibio mojó la almohada, 
las mismas quejas de febriciente, 
las mismas quejas entrecortadas 
por el delirio, las que ella arroja 
como un detritus de la garganta.
Bajo el recuerdo remoto y vivo, 
jornadas rudas de su desgracia, 
rápidos cruzan por la memoria 
sus desconsuelos de amargurada:
desde el sombrío taller primero 
que vio su carne cuando era sana 
hasta la hora de la caída 
de la que nunca se levantara.
Porque era linda, joven y alegre 
ascendió toda la suave escala: 
supo del fino vaso elegante 
que vuelca las flores en la cloaca.
Porque a su abismo lo creyó cumbre, 
leves mareos de la esperanza 
quizá embriagaron sus realidades 
puesto que huyeron sin inquietarla; 
y la salvaron de los hastíos 
que levemente la desolaran, 
como poemas sentimentales, 
largos idilios de cortesana.
Después... terrible, llegó el descenso, 
y hubo agonías de lucha infausta: 
el tren lujoso, los bares de moda, 
—últimas glorias de consagrada— 
ya no volvieron a mecer tiernas 
ensoñaciones interminadas, 
ya no volvieron ansias ocultas 
de las novelas de fe romántica, 
ni a obsedar, tristes, sus aventuras 
las heroínas que ella imitara, 
pues, desde entonces, casi insensible, 
vivió la vida de una de tantas... 
y enamoróse de un orillero, 
por un capricho, porque ostentaba, 
como un orgullo jamás vencido, 
adorno y premio de sus audacias, 
una imborrable cicatriz honda 
sobre su rostro: cartel de cara, 
brutal nobleza, blasón sangriento 
que con fiero arte grabó la daga.
La vio el suburbio pasar risueña, 
porque en sus horas inconfesadas 
de peregrina de los burdeles 
fue la devota que amó las llagas; 
y a su belleza rindió homenaje 
la inmunda jerga que deshojaba 
en delictuosas galanterías 
rosas obscenas para sus gracias; 
la jerga inmunda, que en madrigales 
volvió la torpe frase guaranga 
de los celosos apasionados, 
que bravamente, como ofrendadas 
invitaciones de amor, lucían 
vivos claveles en la solapa, 
largos reproches en sus cantares 
y torvas iras en las miradas... 
sus caballeros... esos a quienes 
por su coraje, la roja heráldica 
de las pendencias y las prisiones 
dio pergaminos de aristocracia.
Más tarde el otro... Las exigencias, 
las tiranías de aquel canalla 
que ella mantuvo, las indecibles 
horas de eterna mujer golpeada; 
siempre el azote como caricia 
sobre sus lomos que soportaron 
sin rebeliones de carne esclava: 
¡lomos de pobre bestia sufrida, 
de pobre bestia ya reventada! 
Y aquella noche, ¡noche tremenda! 
en que sintiendo la horrible náusea 
del primer vómito, que arrancó el golpe 
del bruto infame, loca de rabia, 
embravecida, con todo su asco 
le escupió al rostro su sangre insana...
Y otra vez, y otra; feroz recuerdo 
del miserable, lleva la marca, 
lleva el estigma que dejó el tajo 
con que, al marcharse, le abrió la cara.
Después, enferma... Los sufrimientos, 
las mentirosas voces de lástima 
o los insultos jamás velados: 
¡la vida puerca, la vida mala!
Perdió en el lecho sus atractivos, 
Y así, destruida la antigua gracia, 
ya no hubo triunfos, pues los deseos 
para saciarse la hallaron flaca...
Por eso a solas, hoy, en el cuarto 
donde se muere, donde le arranca 
hondos gemidos la tos violenta, 
la tos maldita que la desangra, 
bajo la fiebre que la consume 
tiene rencores de sublevada, 
¡tiene unas cosas!... ¡Oh, si pudiera 
con los pulmones echar el alma!
Por eso grita su queja inútil 
de inconsolable, la queja aciaga, 
inofensiva, porque en su boca, 
son estertores de amordazada, 
las frases duras que va arrojando 
como un detritus de la garganta 
llena de angustias, al mismo tiempo 
que los pedazos de sus entrañas.

  • Evaristo Carriego
    Carriego, Evaristo

    Evaristo Carriego (Paraná, provincia de Entre Ríos, 1883-Buenos Aires, 1912) permaneció en su ciudad natal hasta 1887, año en que la familia se trasladó a Buenos Aires. Terminados sus estudios primario y secundario, quiso ingresar en el Colegio Militar pero no fue admitido a causa de su incipiente mio­pía. Abandonó la idea de cursar estudios regulares y se dedicó a leer sin guía ni método. Manifestaba preferencia por la historia y la literatura romántica: Víctor Hugo encendía su entusiasmo de adolescente; la intriga caballeresca de Dumas satisfacía su imaginación exaltada y le fascinaba la vida de Napoleón. Rememoraba con pasión al Quijote y a Juan Moreira ya que le atraía todo aquello que conllevase un sello de deslumbrante heroísmo.

    Se inició en el periodismo y compartió el ideario anarquista del periódico La Protesta. Colaboró también en Caras y Caretas. Personaje de la bohemia, solía recitar sus versos en la tertulia del café y señalaba a Almafuerte como un poeta supremo, primero de nuestra lengua.

    La realidad de su lenguaje lírico tenía un límite geográfico y emocional; el barrio de Palermo. Los caserones con sucesión de patios, los burdeles y conventillos, la temeridad de los guapos, los duelos a cuchillo, la milonga, la costurerita abandonada, dieron origen a una mitología en donde cada personaje se tornaba arquetípico y legendario. Carriego rescató lo auténtico de la marea arrabalera y le dio significado a lo que hoy ha pasado a ser pintoresco.

    Calificado por Borges como el “tan especial poeta del suburbio”, Carriego publicó un solo libro, Misas herejes, en 1908. Ya desde el título se advierte un espíritu demoníaco heredado de Baudelaire que se hace extensivo a los subtítulos “Ofertorios galantes”, “Ritos en la sombra”, “Viejos sermones”. El contenido biográfico de la bohemia se suma a la exaltación del exceso, a un desafío a lo prohibido, pero siempre en el contexto de su tema vital, el barrio.

    El sentimiento de rebeldía social se expresa en el autor como deseo de redimir a los pobres, pero su intuición poética lo lleva a tomar distancia del objeto de su emoción y la elaboración estética de su lenguaje singulariza que Carriego no escribió sobre la pobreza urgido por estímulos circunstanciales. Es autor también de algunos relatos como "La chica más linda del barrio", "Mata perros", "Dos cartas", "Mística". En 1912 estrenó en el Teatro Nacional su obra Los que pasan.

    Luego del fallecimiento de su padre la jovialidad de su carácter fue cediendo a la melancolía. Se hace hermano de los tristes, se va con “con la enferma que trajeron anoche” o “el silencioso que va a la trastienda”. Sus versos son atravesados por un hálito de tragedia. A fines de 1911 sufre un ataque de apendicitis. Su salud se restablece y decae alternativamente y en1912 muere, según algunos, a causa de la tisis.

    Dejó un bosquejo teatral El alma de los títeres y numerosos poemas inéditos que su hermano recopiló bajo el título La canción del barrio. En el momento de su muerte el poeta tenía veintinueve años.

Más en este número « Barzakh Muerte de un hermano »