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Año 2 #17 Febrero 2016

El manchao y los flamencos

Luis Saslavsky es un artista, conocido como un finísimo cineasta, lo vemos aquí como narrador. También fino, también inteligente.

 

 

De Camino para tres fantasmas, Losada, Buenos Aires, 1968.

 

Creo que tenía seis o siete años cuando la policía nos echó del rancho que habían levantado junto a la casa. Sin embargo recuerdo todo, desde que oí llegar los caballos y el tuerto Mascias gritó: —¡Los milicos!— hasta que entraron atropellando a la patrona.

En la casa trabajaban cuatro mujeres. Mamá era una de las putas. Los clientes quisieron escapar por la puerta del patio y uno saltó la tapia del fondo. El que estaba en el cuarto con mamá salió abrochándose los tiradores, pero tenía la camisa en la mano. Los policías no se metieron con los hombres sino con las mujeres.

—Hay que rajarlas a todas —dijo el auxiliar, sin hacerle caso a la patrona que gritaba exhibiendo un permiso, pero le explicaron que la habían estafado. Al parecer, el tuerto siempre lo supo y no dijo nada, ni antes ni después. No se dejaba trabajar a las putas en una casa, tenían que hacerlo en la calle. Mamá juntó su ropa y la mía en un bolsón de lona azul que le había regalado Laureano, y con lo que no cabía hizo un atado.

—Vamos —me dijo, mientras las mujeres continuaban a los insultos y a los chillidos repitiendo que tenían la patente. Nos fuimos muy despacio, cruzamos el puente, alejándonos del pueblo. Me pareció que eso ya nos había sucedido antes. Estaba angustiado. A veces los clientes me daban unas monedas, que yo le entregaba a mamá, pero ella me dejaba siempre un restito para comprarme caramelos. Por otra parte me alegré que nos marchásemos. No me gustaba ir al almacén. Los hombres me miraban y don Bruno decía:

—Es el hijo de la puta de las trenzas. —Mamá usaba trenzas sueltas, sin horquillas. Nunca le gustó tener el pelo corto.

—No soy un macho —contestaba— para andar de melena, como Juan Moreira. Lo había visto en el biógrafo.

—¿Qué es una patente? —le pregunté.

—Un permiso, un permiso para el trabajo. Desde entonces, cuando oigo esa palabra, la veo siempre con su atadito de ropa, que cambiaba de mano al cansarse, y me parece estar caminando a su lado, con el bolsón de lona azul. Veo también las vías del tren, los alambres cubiertos de campánulas violetas y me acuerdo del Manchao.

No sé por qué ciertas palabras, algunos olores o una música me traen de pronto a la memoria la imagen de cosas sucedidas años antes. La tarde en que Bebé Villant me compró el Isotta, salimos a dar una vuelta para probarlo:

—Aquí tiene la patente —dijo el vendedor al volver. Quedé mirándolo, perdido. Me pareció escuchar los gritos de las putas, vi a mamá cruzando el puente detrás del rancho, y ¡hasta me pareció oír el viento! Bebé agitaba su mano delante de mis ojos. Riéndose, me preguntó:

—Mingo, Mingo, ¿qué te pasa? —Me asusté. Creía que ella también la había visto. Por supuesto que no fue así. Nadie ve nuestros pensamientos. Sin embargo, a veces he encontrado gente que parece saber lo que se está pensando: Simón Kramer. En más de una oportunidad, contestaba algo que nada tenía que ver con lo que hablábamos, sino con mi vida más oculta. Empecé a odiarlo, y mi odio fue creciendo cuando comprendí que se complacía en reconstruirla. Permanentemente al acecho, controlaba mis palabras, mi ropa, los detalles más inesperados. Era una lucha secreta entre él y yo. ¿Por qué le interesaba mi pasado? Al final triunfé. No previó, ni adivinó, ni siquiera sospechó que Samos y yo fuimos los que le robaron los dólares. La policía seguía investigando cuando Samos ya se había ido a Caracas con Nancy Brest. No he sabido de él. ¿Se habrá casado con una rica heredera, o estará en la cárcel? Me despierto de noche y sonrío en la oscuridad: Samos. ¡Cómo nos hemos reído a veces! No olvido esa risa que parece subir del vientre y estalla en la boca, casi con gusto a fruta. Bebé Vaillant nos presentó en la playa. Un muchacho buen mozo, acompañando a una mujer llamativa de unos treinta y cinco años, americana, muy rubia, muy celeste y muy tostada por el sol. Yo vivía con Bebé. Las francesas no tienen esos cuerpos trabajados por el deporte, ni esa piel lustrada. Pero Bebé no estaba mal. Así que nos miramos sonrientes. Es posible que ya supiésemos. La gente de ciertos clanes más o menos secretos se reconoce a primera vista. Sin embargo, en nada nos diferenciábamos de los otros mil muchachos de Cannes. Bronceados, atléticos, los ojos y los dientes brillantes. Luego, en el bar esperándolas, Samos dijo la palabra: “remar”. Cuando comprendí que no se refería especialmente al acto sexual, como creí al principio,  sino a su vida entera, a la continua atención, a la amabilidad ininterrumpida, al permanente dedicarse y esforzarse, ir al teatro, a los dancings, a ponerse y sacarse el smoking, a todo... a remar, comencé a reírme, y nos reímos juntos. Los dos remábamos.

Bebé y la americana entraron al bar. De pie, separamos las sillas de la mesa y comenzó la conversación. Él hablaba como yo, tres o cuatro idiomas. Me divertía escucharlo, comparándolo conmigo. Su francés era agradable pero con asperezas mediterráneas o griegas. En cambio su inglés era oxfordiano, y el mío, después de los dos años pasados con Vanessa Corrigan en Green Hills, se había contagiado de ese tono nasal que hace imposible disimular cierta vulgaridad americana. En cuanto a su español, aprendido en Mallorca, tenía un dejo catalán, y yo, desde que Simón Kramer me observó que no sólo decía palabras que sonaban a bajo fondo sino que todo mi léxico revelaba una falta de refinamiento que no condecía con mi persona, me cuidaba, pero creo que sin resultado.

En Domodossola, Luz Fitz-Patrick  riéndose al descubrir que era argentino, opinó: —¡Hablás como un peón de estancia!— Posiblemente hablo como mamá y como Candelario. Habíamos vivido un año en “La Atalaya” y en los ranchos donde parábamos caminando a campo traviesa para llegar al mar. Mamá no quería ir a Buenos Aires sin haber visto la playa y las olas, que nos dijeron tenían hasta tres metros de altura. Me lo prometió. Hacíamos señas a los camioneros, pero nadie viajaba en esa dirección, ni tomaba el camino hacia la costa. Era una idea fija. Nuestra obsesión: ver el mar. Por fin, un tipo, en un automóvil viejo que de a ratos echaba humo como una locomotora, respondió a nuestras señas. Mamá le contó que papá acababa de morir y que íbamos hacia el arenal de Puerto Blanco, a casa de una hermana. Mamá siempre mintió con una facilidad maravillosa. Lloraba cuando quería y sus cuentos eran tan convincentes que jamás vi dudar a nadie de sus palabras. Cuando sus historias eran inventadas fui, desde chico, el único que siempre se dio cuenta. Engañaba a quien quería, pero a mí nunca me pudo mentir. El hombre nos llevó todo un día y una noche, y nos convidó con parte de su comida. Unas albóndigas de carne y arroz, envueltas en hojas de parra. Dijo que era turco, que así se comía en su tierra, y al despedirnos nos regaló un postre que traía en otra canasta preparada por su madre, que era una santa. Una masa muy dulce, bañada en almíbar. De tanto en tanto, intentaba propasarse con mamá, pero ella le suplicaba que tuviese cuidado, que yo podía darme cuenta. Viajábamos por un camino de tierra y a veces el turco tenía que bajar a echarle agua al motor con una regadera que llevaba en el auto. Otras tomaba por entre el pasto, saltando de lo lindo. Yo me divertía y me reía a carcajadas, pero mamá no se reía ni cuando él contaba cuentos verdes. Con los ojos fijos, parecía que iba a llorar, repitiendo que se acordaba de su marido enterrado detrás del rancho, y describió cómo  nosotros mismos —ella y yo— hicimos una cruz de madera para la tumba.

A la madrugada, el hombre nos dejó cerca de un cruce porque se quedaba en el pueblo. Encontramos un pajonal y nos acostamos a dormir. Ninguna mujer ha sabido abrazarme como abrazaba mamá. Nunca me molestaron sus brazos. Apoyaba tan suavemente su cabeza contra la mía que apenas llegaba a sentirla, y eso que dormíamos el uno apretado contra el otro, para no tener frío. Soplaba un viento helado. Mamá dijo que era el viento del mar.

Nos despertamos con el sol alto porque un perro nos estaba olfateando. Después no se quiso separar de nosotros y aunque le tirábamos piedras, seguía trotando detrás de mí. Mamá pensó que él también andaba con ganas de ver las playas y revolcarse en la arena. Era negro, con unas manchas blancas en la cabeza y otras en el lomo cerca del trasero. Le gritábamos:

—¡Fuera chicho! ¡fuera manchao!, —huía unos metros con la cola entre las patas, pero se volvía, nos miraba con unos ojos entre asustados y tiernos, y recomenzaba a seguirnos. Finalmente, al caer la noche, llegamos exhaustos a unas casas y unos galpones. Nos recibió de mala gana una mujer muy gorda, rodeada de hijos, todos rubios y colorados como ella. La mayor era una muchacha de unos quince años y el menor apenas sabía gatear. La mujer caminaba con dificultad. Estaba preñada, y mamá se ofreció para ayudarle, pero no quiso. Tuvimos que esperar, sentados en un patio, que llegaran el marido y un hermano. Entonces mamá repitió la historia, ya muy mejorada, de la muerte de papá. Unas cuñadas nos habían hecho desalojar por medio de un escribano. Nosotros éramos pobres, pero de muy buena familia. Los Irala. Podía mostrar los papeles. Mamá abrió el bolsón y sacó una caja floreada en la que tenía escondida su cédula, envuelta en papel plateado. En cambio, las cuñadas eran unas chusmas. Todo lo que le dijeron al comisario fueron mentiras, hasta que habían pagado las deudas del finado... Cuando mamá contó cómo el perro aulló toda la noche, mientras ella con dos ramas de sauce hacía la cruz para la tumba, y cómo después de rezar echamos una última mirada al rancho y nos fuimos seguidos por el Manchao que no quiso dejarnos, la mujer y sus hijos comenzaron a lagrimear. También los hombres estaban emocionados. Papá había perdido todo por meterse en negocios con un turco que comía arroz envuelto en hojas de parra y que resultó ser un ladrón. Ahora, agregó mamá, íbamos a Puerto Blanco, a la casa de su hermana, casada con un oficial de policía. ¡Vaya a saber cómo la iba a recibir el cuñado! Pero mamá no le tuvo nunca miedo al trabajo y hasta iría de sirvienta, por hacer de mí un hombre de bien.

El dueño de casa decidió que sus hijos durmiesen en el galpón y nosotros dormimos en el cuarto de los muchachos.

Durante la noche me desperté y fui a ver qué hacía el Manchao. Así lo llamó mamá y así seguimos llamándolo. Estaba al lado del pozo. ¿Esperándome? Me lamió las manos y, alzándose en dos patas, llegó a lamerme las orejas. Después de acariciarlo, volví a la cama. Él me siguió, entró al cuarto y durmió con nosotros.

A la mañana siguiente, la mujer nos dijo que los patrones del tambo buscaban una muchacha para todo trabajo, pero mamá, entristecida, contestó que no podía quedarse. Había prometido ir a ayudar a su hermana, que estaba por dar a luz y era primeriza. Después del desayuno nos dieron unas milanesas para el viaje y partimos.

—Antes que ir de sirvienta prefiero ser puta —me dijo mamá. El Manchao corría alegremente a nuestro lado como si de verdad hubiese estado siempre con nosotros.

A veces yo le preguntaba a mamá: —¿Falta mucho para llegar al mar?— deseando no encontrarlo nunca, continuar por el camino, durmiendo bajo el cielo estrellado, pegadito a ella y oyendo roncar suavemente al Manchao. Ya no me acordaba de don Bruno, el dueño del almacén, ni del quilombo y los gritos de la patrona, ni de la vergüenza cuando la gente hablaba de nosotros.

Nunca he vuelto a encontrar la paz de aquellos días, la felicidad de esas noches. Lo creí posible en California, después de recorrer la plantación de naranjos de Vanessa. Green Hills... Hoy me parece que Vanessa me contagió su angustia. Habíamos empezado por trasladarnos del Lido a Venecia, a un hotel de segundo orden, en piezas contiguas y simulando no conocernos. Pensé que, como con otras mujeres, ese período duraría poco. El tiempo que tardan en acostumbrarse. Vanessa fue diferente. Al principio trató de disimular su inquietud, pero yo la veía crisparse cuando salíamos de la habitación, controlando sin cesar las reacciones en las caras de la gente que cruzábamos en el hall del hotel, en la calle, en los negocios. Nunca soportó que yo fuese más joven que ella, pero sobre todo no se admitía a sí misma el tener que mantenerme. No era avaricia. Eran prejuicios y cobardía. El temor de que se supiese y naturalmente, también era amor propio y vanidad. Sin embargo la diferencia de edad entre nosotros casi no era perceptible. Al llegar a Green Hills yo acababa de cumplir veinticuatro años pero aparentaba más. Vanessa no tenía  aún cuarenta. Los ojos y la nariz operada la rejuvenecían extraordinariamente, aunque le daban ese aire impersonal y de fábrica al por mayor que da la cirugía estética. Éramos una pareja equilibrada, agradable de mirar. Nunca he sido el muchacho escoltado por una vieja. No lo fui, por sentido del ridículo y porque no tuve necesidad.

La tensión creada cuando nos conocimos en el Lido no disminuyó nunca. Nuestra unión fue una continua lucha. ¡Pobre Vanessa! Desde que se entregó, sin disimular sus lágrimas, hasta que la dejé y volví a París con Betsy Hagen, su mejor amiga.

Yo conocía esas escenas desesperadas de escrúpulos que se termina siempre por vencer. Había visto llorar a otras mujeres porque era tanto más joven que ellas y, sobre todo, porque temían que fuese un chantajista o un ladrón. No podían luchar con ellas mismas y se entregaban mezclando al placer, el miedo y el llanto. Sí. Conocía el sabor de esas lágrimas que no me emocionaban. Las he contemplado fríamente. Forman parte del ritual. Después, cuando se daban cuenta de mi incapacidad para realizar cualquier acción o gesto que hubiese podido perjudicarlas, deslumbradas recuperaban su tranquilidad y era yo quien tenía que recurrir a mil recursos para sacármelas de encima, si terminaban por no convenirme.

La historia no se repitió con Vanessa. Como muchas americanas, desconocía la vida sexual, y sobre todo, se desconocía a sí misma. A medida que le revelaba los placeres que su cuerpo podía proporcionarle, y que, lógicamente, se ataba a mí, aumentaba su angustia. Finalmente, hizo crisis. Me dejó una de esas cartas escritas al amanecer. Esas cartas tiernas y tristes. También me dejaba una suma de dinero. Más de lo que yo la creía capaz.

Cuando una situación se repite en mi vida, actúo como un títere, o un actor. Puedo volver a sentir una cierta emoción, es cierto, pero algo ha muerto dentro de mí. Me parece que represento un papel. “Conozco el argumento, y sólo lloro una vez”, dijo Simón Kramer.

Decidí volver a París. Venecia estaba llena de aventureros a la pesca de una mujer rica. Siempre evité cuidadosamente parecerlo.

Fui a Roma para comprarme ropa. Tacinelli me había enviado su catálogo con fotografías de la última colección. Un smoking de seda negro, que ya le había visto a DedeAmstrong, me obsesionaba, y lo encargué junto con una serie de camisas, medias y chalecos, pese a sus precios exhorbitantes.

Al regresar a París me encontré con Vanessa en el coche comedor. También ella había pasado unas semanas en Roma. Largo rato nos estuvimos mirando en silencio. Cuando vi que comenzaba a llorar me levanté y volví a mi camarote. Me siguió y por supuesto todo volvió a empezar.

Durante los primeros quince días en París pareció haber cambiado. Finalizaba el verano, pero con el regreso de los turistas, tropezábamos con sus amigos en los restaurantes, en el cinematógrafo o en el teatro. Nuevamente, veía a Vanessa crisparse nerviosa. Evitaba presentarme, o lo hacía con una tal mal fingida desenvoltura que su turbación saltaba a la vista. Volvimos a vivir escondiéndonos. Siempre sin hablarlo. Un acuerdo tácito. Cuando Vanessa encontraba algún conocido yo me apartaba, como si no hubiese estado con ella. A veces parecía un gesto natural, otras resultaba forzado, y las más era evidente que sus amigos se daban cuenta. Después los dos nos sentíamos incómodos y avergonzados.

Fue comiendo en un restaurante en Neuilly, que la situación se hizo insostenible. Como de costumbre, habíamos elegido un lugar alejado y poco conocido. Bruscamente, Vanessa pareció paralizarse. Una mujer y un hombre avanzaban hacia nosotros. Los había visto retratados muchas veces en las revistas elegantes: F. D. Robbins y su mujer, MinkaVokitzine. Noté el esfuerzo de Vanessa por sonreír y parecer natural. Me presentó como el hijo de Maggie. Comimos los cuatro juntos. No sabía quién era Maggie, así que casi no me atreví a hablar. Vanessa no tenía habilidad para orientarme. Finalmente comprendí que Maggie era una de sus primas. Vivía en Honfleur, casada con un francés y tenía un hijo de mi edad. Regresé casi temblando al hotel. Apenas podía manejar. En la habitación comenzamos a discutir. No sé si ella se daba cuenta exacta de mi estado. Su preocupación fue que esa gente descubriría, tal vez muy pronto, que yo no era el hijo de Maggie. Se desesperaba. Había dicho una mentira absurda, pero acaso, ¿podía decir quién era yo? No contesté. Ella siguió hablando hasta que notó mi desazón. Era insensible, aunque no tanto como yo creía. Tartamudeó: no, no quiso humillarme, no quiso herirme. Me abrazó. Su cuerpo pegado al mío me excitaba pese a todo; el amor físico había adquirido para ambos una importancia extrema. Me desprendí de sus brazos. Nuevamente, trató de justificarse. Comencé a hacer mis valijas. Vanessa, temblorosa, continuaba, tenía que comprenderla, ella era protestante, de una familia muy puritana. ¡Ah, si yo no hubiese sido tan joven! ¡Si ella no habría tenido que mantenerme! Perdí la cabeza y comencé a pegarle. Como no se defendió, me sentí paralizado y caí a sus pies: —Soy una puta —le dije—, haceme echar por el portero. Ella me besaba, pidiéndome perdón. Me emocionó que me besara las manos, y terminamos como teníamos que terminar: haciendo el amor.

Al cabo de una semana partimos para Green Hills, su propiedad en California. Vanessa era inmensamente rica. Fue la seguridad que tanto he anhelado siempre. Odio cambiar de mujer y tener aventuras banales. Tampoco me dejo arrastrar por amoríos que nada me proporcionan. Esa sensación de desamparo que experimento si no estoy con una mujer de dinero es tan intensa que todo lo que me gusta pierde de inmediato su atractivo. El mar, la playa, nadar, la gimnasia, los autos, la nieve y esquiar. Todos los deportes y los juegos. Siento que dejo de existir. Nunca he jugado por dinero. No comprendo a los que lo pierden en las carreras, la ruleta, el póker o en cualquier otra de esas formas. ¿Cómo se puede jugar con el dinero? Para mí, por qué no decirlo, es sagrado.

Simón Kramer, cuando trataba de penetrar en mi vida a lo largo de esa incomprensible e infatigable investigación que realizó, se detenía en Villed’Avray. Al verlo sorprenderse por mis conocimientos de todo lo concerniente a los judíos, le dije que era gracias a los Gottlieb. Siempre juego con la verdad. El barón y la baronesa habían muerto en el accidente de aviación, así que nada podía averiguar por ese lado, ni saber cuál fue mi verdadera relación con ellos. Pero me resultaba inexplicable que Simón, siendo judío, pudiese creer que yo había adquirido el respeto por el dinero en mi trato con los Gottlieb. Un día le dije: —Simón, los judíos no valorizan el dinero más que los católicos. ¿Cómo siéndolo te han hecho tragar esa premisa antisemita? Para la humanidad entera, el mundo se divide en ricos y pobres, y sólo se respeta a los primeros.

Eso ya lo supe de chico en la Argentina. En parte era verdad. Mamá lo repetía cuando llegábamos caminando a una ruta pavimentada y algún automóvil grande y lujoso pasaba a nuestro lado, sin detenerse aunque le hiciéramos señas. Sin embargo, hubo uno que se detuvo. Un packard verde. Debía ser un modelo antiguo. A mí me pareció algo sobrenatural. Lo manejaba una mujer de unos cuarenta años, con el pelo rubio, casi blanco y tan corto que al principio creímos que era un hombre. Además, unos anteojos negros, sobre una nariz corta pero en pico de loro, le tapaban media cara. La voz era ronca y para hablar no se sacaba el cigarrillo de la boca, le quedaba pegado al labio inferior. Fumaba sin parar, encendiendo otro con el que terminaba. No tuvo inconveniente en que subiéramos con el Manchao, pero nos dijo que por el camino que habíamos tomado nunca llegaríamos al mar, sino al Río de la Plata. Ella nos podía llevar hasta su campo, antes del Cañadón de Olano. Bajando después, pero en sentido contrario al que andábamos, tropezaríamos con el mar.

La mujer manejaba en silencio. Casi no escuchó a mamá, que empezaba a contar “nuestra historia”, pero, al ver la poca atención que le prestaba, interrumpió su relato y quedó callada. Era la primera vez que subíamos a un automóvil así. El Manchao debió haber andado antes en un modelo como ese, porque estaba muy tranquilo. Se acurrucó a mi lado, puso su cabeza sobre mi pierna y se durmió. Mamá también terminó por dormirse. Yo miraba, fascinado, manejar a la mujer. Al caer la noche llegamos a su campo. Pasamos unas tranqueras que me ordenaba abrir y cerrar y, al fin, vimos las casas. Tres perros de policía nos salieron al encuentro ladrando. Cuando ella les gritó, llamándolos por sus nombres, nos dejaron bajar, olfateando al Manchao. Una mujer bajita y gorda, casi una enana, me dio una soga para atarlo y entramos al comedor.

Las dos mujeres comenzaron a discutir y a pelear en un idioma extranjero. La gorda se había puesto colorada de rabia. La otra se sacó los anteojos para leer el diario. Descubríque era bizca. Apenas se le veía un ojo, de tan metido que lo tenía contra la nariz, pero la gorda no la dejaba leer. Me pareció que la insultaba y creí que se iban a agarrar a trompadas. Felizmente, no pasaron de vociferar. Los perros entraron, uno tras otro, sin cansarse de olfatearnos y de oler. La gordita, ya más calmada, iba y venía de la cocina al comedor, poniendo la mesa y trayendo comida que no ofrecía. Uno de los perros subió a una silla y se comió el fiambre. La alta recuperó su diario, pero antes de leer fue a un armario, sacó una botella de ginebra y, sirviéndose un vaso lleno, nos convidó a mamá y a mí. Mamá tomó una copita, y nuevamente la enana comenzó a discutir y a gritar. Golpeaba la mesa y los platos, pero la otra no le llevaba el apunte. Leía el diario fumando. Como los perros no se iban del comedor, lo busqué al Manchao, y pronto intimó con ellos. Por fin, estuvo lista la comida, que nosotros y los perros parecíamos esperar pacientemente. Nos sentamos a la mesa. Ellas, más cordiales, preguntaron cómo nos llamábamos y dijeron luego sus nombres. La grandota se llamaba Karin y la otra Régula. Los perros comieron lo mismo que nosotros. Las dos les daban lo que quedaba en sus platos, y yo, al terminar, lo dejé comer al Manchao en el mío. Era un guiso muy rico que parecía tener de todo, hasta compota. Nuevamente las oí discutir, y como la miraban a mamá pensé que ella era la causa de la pelea, pero no sospechábamos por qué. Con el postre, una torta de limón que me pareció la de la fiesta de año nuevo de don Bruno, cada una se sirvió un vaso de ginebra. Bebieron en una forma impresionante y, ya sonriendo, Régula trajo un acordeón. Tocó bailando alrededor de la mesa. Al girar se le levantaba la pollera y veíamos que no tenía calzones. Karin aplaudía entusiasmada. Se puso un gorro de capitán de barco, y Régula uno de marinero americano. Debían estar borrachas, pero, por suerte, más simpáticas. Régula, haciendo una reverencia, convidó con una copa ya servida a mamá, que me dejó probar a mí. No me gustó. Era como beber fuego. Ardía en la boca y en la garganta. Cuando yo dejé la copa, las mujeres se rieron a carcajadas y Régula me imitaba, pero mamá se enojó y les dijo que no le gustaba que se burlasen de mí. Karin trajo unas nueces y unas almendras. Las rompía de un puñetazo, comía y nos convidaba, diciendo que era para tener más sed. A las dos las ahogaba la risa, al repetir esa frase, hasta que mamá bebió otra copa y Régula anunció que iba a tocar la canción más sentimental de Holanda. Cantó sentada sobre la mesa, con las piernas cruzadas. No la entendíamos, pero era un canto muy triste. Karin fumaba, mirando a lo lejos. las lágrimas brillaban en los ojos de Régula. Los perros se habían dormido. Yo luchaba con el sueño cuando, a pedido de mamá, que también parecía emocionada, Régula tocó un tango. Karin quiso bailarlo con mamá, pero Régula, enojada, comenzó a gritar, terminando por echarse sobre Karin y pegarle con el acordeón. Ésta le dio una trompada que la desmayó. Pensé que al caer se había golpeado la cabeza contra la pared, aunque no vi sangre. Entre todos, la transportamos a su cama y la dejamos acostada. Después, al volver al comedor, Karin se sentó junto a la mesa hundiendo la cabeza en sus brazos. Creí que lloraba. De pronto la oímos roncar. Se había dormido. Mamá y yo anduvimos por la casa hasta encontrar otro cuarto con una cama y nos acostamos a dormir. Al rato, el Manchao subió de un salto y durmió pegado a mí. Con el alba, mamá me despertó. —Vamos —me dijo—, no quiero líos. Esa frase me ha quedado en la memoria, y después, cuando nos interrogó la policía, nunca confesé habérsela oído. Pero aún hoy me pregunto si mamá supo que Régula había muerto. Creo que ese miedo irracional que le tengo a la policía y a todo lo que se le parezca —las aduanas, los consulados— arranca de entonces. Es cierto que después tuve más razones para temerla, pero es siempre de un modo casi enfermizo. Lo único que  le vi llevarse a mamá fue la caja de fósforos, que figuró en el sumario y salió retratada en un diario.

Al llegar a Nueva York con Vanessa Corrigan no pude disimular mi nerviosidad en la aduana. Creo que hasta me temblaban las manos. Asombrada, me miró con desconfianza. Una mirada fría, sin ternura.

— ¿Por qué? —me dijo—. ¿Tus papeles no están en orden? —Tomó mi pasaporte y leyó mi nombre con cierto respeto: Domingo Irala de Gómez. Le debió parecer un título de nobleza. No podía sospechar que ese nombre era la consecuencia de un error. Siendo hijo natural, me llamaba como mi madre: Irala. Cuando ella se casó en París con Candelario Gómez, el empleado del consulado, de acuerdo con la costumbre argentina, la inscribió como Rosa Irala de Gómez. El barón Gottlieb, al anotarme en Villed’Avray, creyó que era mi nombre, y en la mairie copiaron Irala de Gómez. Fue el apellido que quedó en todos mis papeles. No sé por qué desde entonces temía que se descubriera, pero también temía que se destapara el asunto del contrabando en Tanger, o que continuara la investigación del robo a Simón Kramer o, lo peor, la muerte de Laura Visconti. Nunca dudé que Patrice la ahogó en la bañera del Troya-Palace en Atenas.

Si un policía me mira con insistencia, me siento palidecer, y cuando hojean mi pasaporte en una aduana me parece que el tiempo se detiene y que mi corazón deja de latir.

Me humilló que Vanessa lo notase y la odié en ese instante. Comprendí que en ningún momento de peligro podía contar con ella: era de la raza de los justos, de los que castigan, los que tienen razón.

No sé cómo aguanté dos años en Green Hills. No fueron los bosques de naranjos que había imaginado. Los naranjos estaban plantados en fila y en orden. Unos árboles pequeños, achaparrados, para facilitar la recolección de la fruta. Pero, con todo, esa tierra ondulada, esos grandes espacios tenían su belleza, y yo depositaba mensualmente en el Los Ángeles National Bank la suma que habíamos estipulado con Vanessa. En ese sentido fue siempre extremadamente correcta. Yo también. Era una suma elevada. Al cabo de esos años había logrado lo que siempre soñé: la seguridad. y fuimos realmente felices los primeros tiempos. Poco a poco, fui conociendo la organización del establecimiento y llegó un momento en que, si el administrador se hubiese ido, todo podría haber quedado a mi cargo. Durante un tiempo creí que sería así. A veces, de noche, pensaba por primera vez en el futuro, sin angustia. Esa vida tranquila me gustaba. Madrugar. Salir a caballo recorriendo la propiedad. Las vacas, la venta de la leche, la recolección de las naranjas. El invierno y la primavera. El verano en la playa. Creí haber encontrado mi camino, la organización de mi vida. Mi pobre vida. Llegué a pensar que un día, terminado lo de Vanessa, quedaría allí, al frente de todo. Discreta pero firmemente se me hizo comprender que nada era mío. Vanessa había cambiado. Me pregunté por qué. Intuí que la autoridad que yo iba tomando le desagradaba. Comenzamos a salir. Íbamos a San Francisco, a Hollywood, a las playas, o al desierto. Y entonces, naturalmente, ella volvía a espiar en los ojos de la gente la reprobación que, siempre creyó, causaba nuestra unión. No, Vanessa no quiso verme al frente de Green Hills. Me tenía clasificado, quizás inconscientemente: yo vivía de las mujeres, era un aventurero de la peor calaña. Jamás podría salir de ese encasillamiento. Y creo que también necesitaba castigarme, vengar su amor propio. Vanessa Corrigan tenía que pagar el amor. No me lo perdonaba. Le cobré cara esa falta de caridad. Cada viaje a San Francisco o a Los Ángeles era pretexto para gastos cada vez mayores. Un negocio con DickyBlumenfeld me dejó una casa de departamentos en SunsetAvenue. La pagó Vanessa y de su renta vivo. Desde entonces lo nuestro empezó a fermentar y pudrirse. Comprendí mi posición y ella sintió que yo había comprendido.  Curiosamente, volvía siempre a mi memoria el momento en la aduana de Nueva York, cuando tomó mi pasaporte y preguntó: “¿Tus papeles no están en orden?”  Creo que era lo que esperaba. La prueba de mi canallería. Le era imposible admitir que yo fuese correcto. Estaba contra sus principios. Un hombre no puede vivir mantenido por una mujer y ser una persona decente. Ese fue el escándalo que Vanessa nunca aceptó. Era inmoral que me transformase en el administrador de Green Hills, en un hombre trabajador y respetado. Sobre todo respetado. No. Yo tenía que permanecer en mi lugar en mi posición de canalla y creo que además, y por encima de todo, experimentaba la necesidad de castigarse también ella.

En esos días llegó Betsy Hagen. Debía ser diez años mayor que Vanessa. Regímenes, operaciones, masajes y drogas no conseguían disimular el paso del tiempo. Como gran parte de las alemanas, aunque había nacido en los Estados Unidos, era toda ella, una mezcla apretada de histeria, principios, orden y sexualidad reprimida a veces.

—¡Esto ha durado demasiado! —le oí decir una mañana, entrando bruscamente al comedor. Supe que hablaban de mí. Betsy había iniciado una campaña para que Vanessa saliese del pozo de indecencia en que yo la había sumido. Ella escuchaba sin decidirse, pero pensaba que moralmente la situación era inaceptable, y por debajo de su dignidad. Pese a sus tres o cuatro divorcios, la vida de Betsy fue siempre perfectamente honorable.

En la playa descubrí que me miraba de cierta manera. No podía creerlo. Casi la mayor parte de las mujeres ignoran la belleza del hombre. Este es sencillamente un hombre. Se enamoran por lo que él es: médico, artista, inteligente o tierno, pero también las hay que son sensibles a la armonía de sus músculos, al color de su piel, a su cuerpo. Y las hay particularmente fijadas y atraídas por el sexo del hombre, por el órgano sexual. Me acordé de los “Marchetta” en Roma. Supe que era cuestión de esperar mi oportunidad. Fue una mañana que comenzó sofocante, y pesada desde las primeras horas. Salimos a caballo, muy temprano, pero Vanessa tuvo que regresar para reunirse con el mayordomo: era el día de los pagos. Yo ya me había desinteresado totalmente de la administración de Green Hills. Seguimos con Betsy hacia la playa. Un inmenso arenal, absolutamente desierto. El calor se había hecho insoportable. La convencí de que podíamos bañarnos. Nadie nos vería. Nos desvestimos, lejos el uno del otro, cada uno púdicamente escondido detrás de su caballo, y nos encontramos en el mar. Había visto a Betsy entrar corriendo al agua con calzoncito rosa y el corpiño haciendo juego. Yo me bañé con mi slip. A la salida nos extendimos al sol. Creo que los dos sabíamos a lo que íbamos. Nuestro encuentro fue perfectamente animal. Mi slip mojado era transparente y revelador. Cuando vi los labios temblorosos de Betsy y su mirada detenida en mi sexo en erección, me saqué lentamente el slip.

Sólo vivimos juntos quince días en París. Quería mandarle a Vanessa una foto que, con toda alevosía había dejado tomar en Orly, al bajar del avión, Betsy y yo abrazados. Finalmente no se la envié. ¿Para qué? Después de romperla le escribí una carta breve y dura. Le pedía que no juzgara a Betsy. Betsy era, como ella, puritana y de una familia protestante. En cuanto a mí, ella sospechó siempre lo que yo debía ser. Su ojo frío, de cazador al acecho, me detectó desde el primer momento. El tiempo le daba la razón. Pese a esos años sin un tropiezo ella podía estar satisfecha: yo era un canalla.

 

En el baile de BenvenutoMachaty conocí a Bebé Vaillant. Poniéndome delante de uno de los espejos de la galería, me hizo notar que nos parecíamos. Los ojos, los pómulos y la boca demasiado grande, pero con una dentadura blanca y brillante. El parecido no debía ser solamente físico. Bebé era hija de unos vagabundos italianos y empezó a trabajar a los trece años en una casa de costura. Después de haber sido maniquí, modelo y actriz, se casó con Lord Algernoon, pero se divorció y puso una casa de decoración. Fue la amante del marajah de Antola y vivió largos años en la India. Tenía una famosa colección de esmeraldas. Era millonaria, ya no muy joven y le gustaban los muchachos de mi edad. Algo fundamental nos diferenciaba: Bebé contaba todo. Hasta los detalles más íntimos de su vida. Era una narradora maravillosa y todo la divertía. Relataba sus aventuras, como a borbotones, riéndose a carcajadas de ella misma. Describía a su madre, cuyo sueño fue ser florista, y lo realizó a los sesenta y cinco años, cuando Bebé ya era rica. Su padre que se emborrachaba y desaparecía días, a veces semanas, meses y hasta años. Todo eran temas inagotables, sus amantes, sus amores, sus maridos, sobre todo el último, GünterVaillant, aviador y paracaidista que era analizado y expuesto prolijamente. La gente reservada y secreta le resultaba incomprensible. Había descubierto un complejo más, el complejo de Lohengrin: —Nunca debes interrogarme—, es lo primero que le ordena Lohengrin a Elsa, al llegar sobre su cisne. A mí no me importaba que me interrogasen. Ya lo he dicho. Tenía todas mis respuestas preparadas. Una mezcla de mentiras y verdades. Cuando la policía nos detuvo, antes de llegar al Cañadón, coincidí en todas mis contestaciones con mamá. Sin embargo no nos habíamos puesto de acuerdo. Régula fue hallada muerta y a Karin le pegaron un tiro en la cabeza...

Bebé se burlaba de mí. —El rey de los tabús—, me decía. Pero jamás trató de investigar mi pasado, o de penetrar en mi vida. Creo que la he querido de verdad. La medida en que yo puedo querer. Nunca me confié a ella. Sin embargo, hubiese comprendido todo. No pude. Una noche, antes de dormirnos, me dijo haber conocido un boxeador que le habló de mí. “Fuimos compañeros en el gimnasio de la Place des Ternes”, le confesé: “A los diecisiete años había comenzado a boxear”. Me besó interrumpiéndome:

—No sigas, un día me contarás todo... —Quedé despierto mucho tiempo, recordando. Bebé dormía y la besé agradecido. El Gimnasio... No tardé en darme cuenta de que jamás sería un campeón. Siento horror por las narices aplastadas, las orejas en coliflor, a menos de compensarlas ganando mucho dinero. No, no debía arruinarme la cara, si no era para ser una figura mundial. Al quitarme la salida de baño, todos me miraban. Miraban mis piernas, mis espaldas, mis bíceps, y yo casi me sentía fuerte y seguro. Tenía buena pinta. Tener buena pinta me afirmó en la vida. Pude caminar tranquilo por la calle. Tenía buena pinta. Las mujeres, y los hombres dejaban resbalar con disimulo sus ojos por mi pecho, mi vientre y mis muslos, pero yo lo notaba y me sentía como el que ha pagado su entrada a las primeras filas del match. Tiene un asiento privilegiado, nadie lo ha de mover  de su sitio y puede estirarse a gusto. Sí, tenía buena pinta. Cuando a fin de año nos retrataron en el Gimnasio, para PanameSportif ampliaron la fotografía y sólo mi cara salió en la carátula de la revista. Durante días mis compañeros se burlaron de mí, amistosamente, pero yo les oía la admiración y, a veces, hasta la envidia entre sus bromas.

Supe que mi cara tenía algo especial a los ocho años. Al verme, la baronesa Gottlieb me tomó de la mano, me llevó al salón y me mostró a sus visitas. Debe haber dicho: “Es el hijo del peón del haras que ha traído los caballos de la Argentina”. Las mujeres pegaban gritos de admiración. Aunque hablaban en francés, y me pareció que cacareaban, algo les entendía. Me besaban, me dieron dulces y pasaron sus dedos por mi pelo. Mi piel era muy oscura, los ojos inmensos y claros. Pronto me acostumbré a que la gente mire mis ojos con asombro. ¿Mi padre habrá sido sueco o finlandés? Me parezco a mamá, salvo los ojos celestes y la dentadura. La mía es perfecta. Mamá nunca tuvo buenos dientes. Le faltaban dos de un costado. Según ella, por una trompada del gallego Espíndola, poco antes de nacer yo.

En el Gimnasio descubrí que mi destino era ser un empleado. No tenía pasta para campeón. Sería empleado de banco, probablemente. El pobre caracol que sube penosamente su escalafón. O sino jefe de sección en una tienda. La sección modas, o la de artículos para hombres. Mientras tanto, otros muchachos, ni más inteligentes ni más capaces que yo, por haber tenido padres ricos, poseían automóviles, dinero, casas y mujeres espléndidas. Esta injusticia no podía, no puedo soportarla. Y si no era por sus padres ricos, sino por sus condiciones personales, ¡tampoco! ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser yo el que queda abajo, luchando, pisoteado, oliendo mal? De noche me despertaba sudando de angustia. Imaginaba caminos y salidas a mi medianía. Estaba dispuesto a todo. A pesar de mi miedo irrazonado a la policía, de tener que elegir, hubiese preferido la cárcel a la pobreza. Fue entonces que conocí en el gimnasio después de una pelea con público a Madame Rousillon. OdetteRousillon. Odette. No supe, ni quise ocultarle que nunca me había acostado con una mujer. Que era virgen. Desde chico tenía enterrada en lo más profundo y secreto de mí mismo la imagen más sucia del amor. Los clientes, las bromas de las putas, mamá... Después, en el colegio, las explicaciones de los compañeros: el amor era una cloaca incansablemente comentada. Yo hablaba como ellos, pero sin mencionar jamás el pasado: ni al confesor, a pesar de que iba regularmente a la iglesia desde pequeño.

Gracias Odette, transformaste el amor en un gesto sano, normal y limpio. Una de esas primeras noches me acordé, no sé por qué, de Beaudruche diciéndome, cuando le ayudaba a limpiar la caballeriza:

—Cuidado con la mierda. Hay que irla guardando hasta la primavera. Los caballos hacen eso mejor que nosotros. Mirá, hasta el olor es rico y ella nos permitirá tener flores para las recepciones del barón. —Se lo conté a Odette, mintiendo en parte como siempre: Yo era el hijo del socio del stud. Odeette reía conmigo dulcemente. Refugiado en sus brazos, por primera vez desnudo contra los pechos, el vientre y los muslos de una mujer, en la amplia cama de seda rosa, me sentía protegido y seguro. El fuego crepitaba en la chimenea y también, como siempre y sin decirlo, me acordé de mamá y de la hoguerita en la que yo cocinaba la carne para el Manchao y para mí, esperándola, detrás de la comisaría.

Creo que todo se puede olvidar, menos las cosas de la infancia. A veces no recuerdo acontecimientos recientes. ¿Con quién fui al baile de Marie Simone de Weil? ¿Por qué se enojó Irina con Brasesco en lo de Lady Murdock, en Versalles? Mi memoria no ha guardado esos acontecimientos, esos rostros, esas imágenes. En cambio recordaré toda mi vida cómo nos detuvieron en el camino al Cañadón de Olano, y cómo nos llevaron a la comisaría. Nunca olvidaré esa noche, mis lágrimas y el miedo por mamá. A veces me parece que al morirme encerrarán esos recuerdos conmigo en el cajón, y allí continuarán haciéndome sufrir.

Decían que un hombre había entrado con nosotros a la casa de las holandesas. Sólo un hombre pudo matar a Régula de una trompada. En vano mamá contestaba que la trompada se la había pegado Karin, que también rompía nueces de un puñetazo. El error fue que primero negamos conocerlas. Al revisar el bolsón azul, encontraron la caja de fósforos. ¿Cómo había llegado esa caja a nuestro poder?

Después pude salir para darle de comer al Manchao, pero no me permitieron volver a entrar. Lo dejamos detrás de la comisaría, en un baldío, y allí nos esperaba. Lo veíamos por una ventana y él se paraba en dos patas, apoyado a un tapialcito, y ladraba mirándonos.

Debe haber otros hombres y otros chicos que han pasado alguna noche abrazados a un perro y para llorar han hundido la cabeza en su cogote. El perro comprende cuando se llora y trata de consolar lamiendo la cara y las manos.

Trepándome a la misma tapia que el Manchao ahora yo veía a mamá, detrás de la ventana. Debe haber estado a unos cincuenta metros y no entendía sus señas ni ella las mías.

El carnicero me regaló carne. Ya me conocían todos, y se callaban cuando yo entraba, sin embargo, oyendo algunas palabras, podía reconstruir los acontecimientos. Dos o tres familias quisieron ayudarme ofreciéndome un lugar para dormir, pero permanecí siempre en el baldío. Estaba acostumbrado a dormir al aire libre, y el Manchao no se separaba de mí. Unos muchachotes jugaban al fútbol en un terreno vecino. Por ellos supe que habían detenido a dos hombres y los careaban con mamá. Uno debía ser el asesino de la machorra: así llamaban a Karin en el pueblo. Después dijeron que un médico comprobó por el ángulo del disparo, la herida y el revólver que Karin se había suicidado. Los días pasaban y no soltaban a mamá. ¿Por qué no fui nunca a la comisaría a preguntar por ella, o a pedir que me dejasen verla? No lo sé. Permanecí en el baldío y desde lejos miraba horas y horas su carita en la ventana. Creo que nunca volveré a amar como entonces... y creo que esas noches no lloré de miedo, sino de amor.

Un muchacho jorobado, que a veces jugaba conmigo, dejó de venir, pero volvió una madrugada y me despertó para decirme que su padre le había prohibido verme. En el pueblo se supo que mamá era una puta echada de un quilombo en Massini. No volvió más, pero el domingo aparecieron los del fútbol. Yo los escuchaba hablar, acurrucado detrás de la tapia. Mientras que se cambiaban la ropa, entre empujones, bromas y carcajadas, uno comentó que a la puta la habían becerreado en la comisaría y que, como los vecinos la oyeron gritar, se formó una comisión que fue a ver al Intendente. No entendí, pero supe que mamá sufría. No sé cuánto tiempo pasó. A la fuerza me llevaron a una casa. Pude escapar de noche y volví al baldío. Mamá estaba esperándome con el Manchao. Me pareció más flaca y con la cara hinchada.

—Es una muela —dijo—, siempre sufrió de las muelas. Tenía el bolsón azul, pero le habían robado el atadito. Nos fuimos en seguida por unas calles oscuras, hasta encontrar un ancho camino de tierra, y anduvimos toda la noche. De tanto en tanto mamá se daba vuelta y gritando puteaba a los policías. Cuando empezó a clarear y vimos cerca del alambrado una arboleda, nos metimos entre los árboles y mamá empezó a llorar. Yo también lloré.

A veces me parece que mi vida, mejor dicho mi forma de ganarme la vida, se decidió en el gimnasio. En parte, por los comentarios de los compañeros, que me decían bromeando: “¿Con esa cara y ese cuerpo, para qué vas a trabajar?” Quizás también por Odette que, sin saberlo, me llevó por este camino. Pero en lo más hondo de mí mismo sé que todo estaba ya decidido muchos años antes. Puede ser que en el baldío, junto al Manchao detrás de la tapia, o en la arboleda, cuando lloré con mamá.

 

Fui un pésimo estudiante. El peor en el colegio de Villed’Avray. Hoy no comprendo por qué permanecía como ajeno durante las clases, por qué me era imposible prestar atención y cuál fue el muro que me separaba del mundo. No tenía nada que ver con mis compañeros. Viví solo, como si los otros hubiesen podido crecer y hacerse hombres, pero no yo. Algo, paralizado dentro de mí, impedía que funcionara mi cerebro. No sé cómo terminé mis estudios. Quedó establecido entre los profesores y mis compañeros que servía únicamente para el deporte, en particular para el box.  Que era bruto. Estoy seguro de que no lo fui. Es cierto que mi mundo no se parecía al de los otros chicos. Mi posición era falsa: enviado a ese colegio por el barón Gottlieb, alternaba con muchachos ricos y mentía. Mentía al hablar de mi familia, mi nombre y de mí. Pero también es cierto que había otros chicos de origen muy modesto y, ya más grande, un compañero me contó que la madre de René Pelletier y la de Alain Rondeau eran cocottes. Fueron amigos de todo el mundo, jugaban, eran invitados y, además de descollar en sus estudios, nunca tuvieron un conflicto... visible.

La herida estaba, pues, dentro de mí. Tenía miedo, un miedo indominable. ¿Miedo de qué? ¿De que se supiese? Jugaba al fuerte y al peleador. Nunca tuve un amigo. El colegio fue un mundo vacío. Era tímido. Una timidez que me impedía todo acercamiento, toda confidencia. Tampoco encontré un maestro que se ocupara de mí. Salvo el padre Langlois, pero descubrí que lo hacía movido por otros sentimientos. Los maricas me han dado siempre un asco invencible. Además los odio. Odio sus risas, sus gestos, sus frases. Es más fuerte que yo. Invariablemente, he resuelto la situación con una trompada. No lo puedo evitar. El padre Langlois secó la sangre que corría por su boca hinchada y se marchó. En el colegio no se supo y yo quedé solo como antes.

Años después, un marica más insolente que sus congéneres, quizás porque era inmensamente rico, me increpó al terminar el baile celeste de Lady Dougherty. Como en todos esos bailes, ellos habían sido los reyes, mejor dicho las reinas. Respondí a su invitación para continuar la fiesta en ChezmaTante empujándolo con disimulo, y siguiendo de largo, con intención de ganar la salida. Pero con ese coraje que a veces tienen ellos alzó la voz aullando delante de los invitados, los sirvientes y los músicos de la orquesta:

—¡Cuando se es un vulgar rufián que vive de las mujeres, no se pone esa cara de asco, porque te invitan a un local de pederastas! —Le contesté en voz baja:

—Ustedes me repugnan —y él me dijo:

—¡Tienes que encontrar alguien a quien puedas despreciar! —Vi lo que iba a suceder, lo que estaba eludiendo pero que él buscaba: iniciar una discusión que pronto nos llevaría  a estar sentados alrededor de una mesa conversando. Perdí la cabeza. No supe lo que hacía y le di un puñetazo. Sin embargo, nunca abuso de mis fuerzas. Sólo los maricas me hacen proceder así. Es más fuerte que yo. También las arañas me dan asco y las aplasto con el pie, casi temblando. No sé si de miedo o repugnancia.

Podría creerse que los odio porque he sido muy perseguido por ellos, que he tenido que defenderme de sus avances, y no es así. Ellos se apartan de mí. No les gusto. Uno de ellos dijo, describiéndome: “Con los pómulos salientes, la piel pegada a los huesos y esa boca enorme parece una calavera”. Despectivamente, agregó: “Es un físico que le gusta a las mujeres”. Los pederastas sienten que no tenemos nada que ver. Más aún: pienso que aquellos que se quejan de que los maricas los asedian, es porque en el fondo los buscan y los desean. El pederasta sabe por instinto cuál es su campo de acción. Con los años descubrí que es más extendido de lo que se cree y terminé por desconfiar de muchos  hombres que parecían insospechables. Cuando a Pino Sagesse el éxito con las mujeres lo había transformado en una figura casi legendaria, tuvo un escándalo con un muchacho en Portofino que lo llevó a la cárcel. Bruce Hester y Patrice La Bougle parecían muy mujeriegos, pero alternaban sus aventuras con hombres. Supe que a Vittorio Crolla lo mantiene un viejo y HalbanBrachter me confesó una noche, borracho, que cuando perdía todo a la ruleta encontraba siempre “un amigo” que lo sacaba de apuros. Dijo que le daba asco, pero era su única salida.

Odette me hizo dejar el gimnasio y el cuarto de la Rue le Duc, en Montmartre, para instalarme en un departamento, cerca de la Closerie des Lilas. Estaba tan sorprendido y maravillado que la dejaba hacer. Era un duplex compuesto de un saloncito, el dormitorio, su baño y una cocina. Creí soñar. Acostumbrado desde mi infancia a la propiedad de los Gottlieb, con sus muebles de época, sus tapicerías medievales y su refinamiento en los menores detalles, el departamento no me parecía de un particular buen gusto, pero era limpio, confortable y sobre todo era mío. A las doce llegaba Odette, con los ojos brillantes, la risa fresca y tan violentamente perfumada que dejaba impregnados el pasillo, el ascensor, mi ropa y mi cuerpo. Había nacido en Marrakech, de padres franceses. Sin embargo su físico era totalmente oriental. El cabello enrojecido le suavizaba los rasgos. Tenía veintiocho años, diez más que yo, y daba no sé qué sensación de plenitud y alegría. Llegaba trayendo siempre paquetes y comida, sobre todo dulces. Madame Anatole preparaba el almuerzo y después nos quedaba toda la tarde para nosotros. A veces salíamos al campo en la coupé sport, que yo manejaba, pero apresurados por regresar: esclavos del amor físico, imperioso amo de los amantes jóvenes. Odette no me ocultó su vida. Había viajado durante años por el Mediterráneo, casado con el capitán de un barco. Un marsellés borracho. Conocía todos los puertos de ambas costas, Europa y África. Al fin cansada, decía riéndose, necesitó ver una ciudad en el interior, lejos del mar, y se vino a París. El capitán la esperaba desde entonces, cultivando verduras aromáticas en un quintón de los suburbios de Beyrouth.

Salomón Lafitte, el productor cinematográfico, era el amante de Odette. Muy pronto me lo iba a presentar porque ella creía en mis dones de actor. Las sumas de dinero que me daba, eran sólo adelantos, aseguraba para tranquilizar mis escrúpulos. Al triunfar y enriquecerme le devolvería todo. Entretanto, comprábamos trajes, corbatas, pañuelos y las mil cosas y accesorios que pueden perturbar a un muchacho de dieciocho años.

—¿Qué dirá Salomón Lafitte cuando me conozca, no sospechará? —Odette se rió con su risa amplia:

—Lafitte tiene más de sesenta y cinco años, su mayor placer será conocerte y vernos hacer el amor.

Se produjo un largo silencio. ¿Quién era yo para escandalizarme? Ella, a medio vestir, seguía pintándose los labios, frente al espejo. Yo, en la cama, continué fumando...

Me aferré con desesperación a mi carrera de actor. Comenzaron los cursos, los ensayos. Declamaba por la mañana y por la tarde, leía en voz alta, con y sin lápiz entre los dientes. Frente al espejo, el profesor de dicción e interpretación me hacía repetir paciente, las mismas frases, las mismas actitudes. Por supuesto, me cambiaron el nombre. Domingo Irala no servía para el cinematófrafo: así debutó Tino Roland en un pequeño papel. Creo que nadie tuvo tan pocas condiciones como yo. Al segundo o tercer fía de filmación, un actor joven —se llamaba Jacques Forestier— viéndome deprimido, conversó muy amistosamente conmigo en el bar.

—El principio es difícil —dijo—, pero la profesión se aprende, no eres más incapaz que yo al empezar hace unos años —y agregó, guiñándome un ojo:

—¡La época en que hacía cuadros vivos en la cama, con Odette, para el viejo Lafitte...!

Odette entró en ese momento. Se besaron con la ternura fingida y superficial que es corriente en los estudios y entre la “gente de sociedad”. Luego, como en el auto yo permanecía silencioso, ella preguntó:

—¿Jacques te ha dicho algo? —No contesté.

—Fue mi amante. Es un buen chico —y suspirando—: ¡No tiene ningún talento, el pobre no hará la menor carrera!

Se produjo la misma situación de mis años en Villed’Avray. Algo dentro de mí, algo crispado, como una mano agarrotada, me impedía estudiar, aprender y desenvolverme. A veces, el esfuerzo tratando de memorizar los diálogos era tal que, exhausto, no concurría al estudio.

Sufría cuando en la sala de proyección todos me observaban, como a una vaca o a un ternero en el mercado. Era difícil reconocerme en esa estatua inexpresiva, que efectivamente tenía cara de calavera.

El léxico de la profesión se me hizo pronto familiar e insoportable. Las frases: No pasa las candilejas, Tiene personalidad, pero no es actor o viceversa. Tiene sexo, pero no misterio o Tiene misterio, pero no sexo me parecían estúpidas y sin sentido a fuerza de oírlas repetir.

Ya en mi tercera película, hacía un pequeño papel, apenas accesorio pero con un diálogo dramático, lo que llamaban una “buena situación” frente a la primera actriz, y la oí decir, al entrar al set:

—¿Eso también? ¡Ah no! ¡Si ahora vamos a tener que trabajar con los amantes de la turca! —Comprendí que se refería a Odette. Felizmente la escena se filmó con rapidez, a pesar de que ella hizo todo lo posible por marearme y confundirme. La esperé en la puerta de su camarín sin que nadie lo notase. Entré detrás de ella. No tuvo ni tiempo de sorprenderse cuando comencé a besarla. Se defendió unos instantes, pegándome y tratando de gritar. Pero mi boca contra la suya se lo impedía. La sentí ceder vencida por el deseo. Fue la única vez que engañé a  Odette. A la actriz no le debo haber parecido mal, porque comenzó a llamarme tentándome con extrañas propuestas y ofrecimientos. Le prometía, le juraba verla y no iba a las citas. Una noche la escuché llorar por teléfono. Vengaba en ella mi fracaso. Se repitió lo del gimnasio, comprendí que no había nacido para ser actor. Más aún, todos ellos, actores y actrices, me daban asco. Casi el mismo asco que los homosexuales. Verlos pintarrajeados, poniéndose pelucas, ensayando posturas delante del espejo, me repugnaba y, en el mejor de los casos, me hacía reír. Y a ellas las hallaba más despreciables y más absurdas. Oírlas declamar, fingir lo que no sentían, me incomodaba hasta lo inimaginable. Decidí que eran unos pobres seres, me parecían inferiores, unos bufones miserables, aunque tuviesen dinero y fuesen importantes. Así se lo dije a Salomón Lafitte cuando me propuso ir a los Estados Unidos para probar mi suerte en Hollywood. Estaba visto que en Francia no tenía nada que hacer. Y no lo dije con amargura, ni por despecho. Era verdad. Sabía que no era cuestión de cambiar de país. Hollywood no me tentaba. Por último, no fue Odettequien me invitó, sino Lafitte. Todo había terminado. Después de casi dos años de seguridad veía abrirse el abismo tan temido: el desamparo. Odette llegó para despedirse. Hablamos largamente, y no sé qué atroz frialdad parecía entretejerse con nuestras palabras. ¿Alguna vez creí acaso ser amado? No. Sabía que le gustaba y nada más. Que como yo, Odette era incapaz de amar pero, mientras que ella fue mi primera aventura, más aún, la revelación de mil cosas que podían parecerse al amor, yo para Odette era uno de tantos. Me conocía bien, imaginó mi angustia, mi temor, mi inseguridad, y trató de tranquilizarme. El departamento estaba pago por seis meses. Ella regresaría un poco antes. Yo no ignoraba que con otro amante.  Pensé que después me iba a ver espaciando cada vez más nuestros encuentros. Trató de alentarme diciendo que todos los jefes de producción le habían prometido asignarme papeles. Con un poco de tesón y de suerte bien pronto podía ser una estrella. ¡Con mi físico! Simulé creerle y nos despedimos sin una lágrima. Odette se fue. Me sentí transformado en una estatua fría. De piedra. Ni creo haber estado angustiado. Fue una decepción total. Un gran cansancio y una terrible vergüenza. No sé por qué, comencé a guardar mi ropa en las valijas, cuando llamaron a la puerta. Era Odette. Odette que volvía desesperada y se apretó contra mi pecho. Nos abrazamos llorando. Algo pareció haberse derretido dentro de nosotros. Enternecidos, nos reencontramos. Ninguno tenía que reprocharle nada al otro, esa era la verdad. Bajé con ella y caminamos por el boulevard, los tilos estaban en flor. París nos brindaba uno de sus largos y más dulces atardeceres, esos en que todo parece esfumarse y disolverse. Siempre había envidiado a las parejas de enamorados que andan por las calles de París olvidadas del mundo. El que caminaba ahora así era yo, pero para una despedida. Mi primer adiós a una mujer. Contra la reja de un parque nos besamos por última vez, temblorosos.

Al regresar, hallé el cheque que Odette había dejado sobre mi almohada: un cheque por cien mil francos. En esa época, era mucho dinero. Comprendí que ella había vuelto por eso, pero, ¿por qué no me lo entregó y por qué se marchó para regresar con el dinero? Mi primer movimiento fue llamarla por teléfono, mas al marcar los números, pensé que no sabría qué decirle. ¿Agradecerle?  Volví a salir a la calle y caminé por la misma avenida con sus tilos en flor. Aún no había anochecido. Era la hora en que las ventanas y las vidrieras se tiñen de rosa primero, de violeta luego y finalmente desaparecen en la sombra. Tenía el cheque en el bolsillo. De tanto en tanto lo palpaba, o lo volvía a mirar. Me sentí fuerte y joven. Lloré un poco, ¿porqué no confesarlo?, pero aliviado de no sé qué tensión, qué angustia. Me pareció que Odette caminaba nuevamente junto a mí. Llegué a la reja en que nos habíamos besado y fue como si nos volviésemos a besar. Permanecí largo rato viendo llegar la noche. El sol se puso abandonando un cielo oscuro, y en el horizonte una franja pálida. Una franja transparente y plateada...

 

... Los flamencos vuelan por última vez a la caída de la tarde. Vuelan en silencio. Despliegan sus enormes alas y parecen detenidos en el cielo. Todo se ha coloreado de rosa, las nubes, los juncales y el agua. Mamá, el Manchao y yo quedamos absortos. Habíamos llegado cansados y aquello nos parecía un sueño. Aún hoy, cuando lo recuerdo, no sé lo que fue imaginación y lo que fue realidad. El Cañadón de Olano era un inmenso bajo, lleno de plantas acuáticas, lianas y enredaderas. Empezó a oscurecer y los flamencos bajaban en bandadas y desaparecían entre las ramas, las hojas y las cañas. Antes de que fuese totalmente de noche, los vimos, cada uno parado en una pata, doblando sus cuellos y siguiéndonos con la mirada. Eran cientos y cientos. El cielo se llenó de estrellas que se reflejaban en el agua y parecían brillar entre sus patas. Aún los flamencos más rosados se aclaraban hasta ponerse blancos. No podíamos dormir deslumbrados por su belleza. Esperábamos ansiosos la madrugada...

Mamá me despertó. No sé cómo me dormí. Nuevamente todo estaba teñido de rosa. hasta los cañaverales. Aclaraba. Los flamencos caminaban a grandes zancadas. Cuando el Manchao comenzó a ladrar, levantaron el vuelo y se posaron más lejos. Los seguíamos sin cansarnos alrededor del cañadón. Algunos tenían las alas rojas como sangre. No sé cuánto tiempo los estuvimos mirando. En una loma encontramos una casita que parecía abandonada. Después supimos que era el refugio para cazadores, construido por los dueños de “La Atalaya”. Rompí el vidrio de una ventana, entré y les abrí la puerta a mamá y al Manchao. Mamá se acostó en el piso y no pudo levantarse más. Tampoco comió un poco de carne fría que nos quedaba. Sólo tenía sed. En la cacerolita le llevaba agua del cañadón, que era fresca y pura. Cuando oscureció, hablaba sola y no me reconocía, entonces encerré al Manchao con ella y salí corriendo a buscar ayuda, pero el Manchao se escapó no sé por dónde, y de pronto lo sentí correr al lado mío. Por suerte, porque olfateando encontró el camino de “La Atalaya”. Vi las casas desde lejos y los perros comenzaron a ladrar. Un hombre gritó para que se callasen. Era Candelario Gómez.

 

Siempre tuve suerte en los momentos difíciles. Cuando ya creo todo perdido, llega alguien que parece esperarme. No sé qué hubiese sido de nosotros sin Candelario. Así fue también como encontré a Laura Visconti después de la partida de Odette. Aunque en realidad Laura me encontró a mí. Era escultora. Algún ministerio le había encargado un David para el nicho en el muro reconstruido al fondo de la Piazza Torlonia, en Siena.

La verdad es que Laura me había dibujado miles de veces sin conocerme. Todos los adolescentes semidesnudos, de frente, de perfil y de espaldas, luchando o durmiendo que dibujaba, se me parecían, tanto los destinados al David, como cualquiera de los otros que trazaba prolijamente con su lápiz sepia o con carbonilla en grandes cartulinas blancas.

Nunca puede saber quien le habló de mí en París. Sé que la descripción era la peor. Un rufián que explotaba mujeres. A Laura no le importó. Quería ver en carne y hueso al modelo de los dibujos que ella ejecutaba incansablemente por una especie de mandato o premonición. París es grande y es chico. Finalmente cayó en sus manos la fotografía que PanameSportif había publicado. Laura y sus amigos no cabían en sí de asombro. Era el David viviente. Dieron conmigo por Jacques Forestier. Me había mudado del departamento de la Closerie des Lilas. Subalquilándolo, me quedaba una buena renta mensual. No vi la necesidad de continuar en el salón y el dormitorio con sus falsos muebles Luis XVI y los grabados semipornográficos.

Encontré un cuartito en Suresnes, en casa de unos americanos. Estaba en un pabellón separado, al fondo del jardín, encima del garaje. Tenía mi baño y mi cocina. La habitación era apenas más grande que un camarote de barco y daba al Sena. De noche oía pasar los remolcadores, las barcazas y unos autos veloces con destinos misteriosos. Aprendí a cocinar, a limpiar todo, y planchaba mi ropa durante la mañana. A las once iba a un gimnasio en Neuilly, una institución elegante, con gente del seizième, convencional, tonta y adinerada. Entre esas mujeres podía encontrar una candidata. También concurría mucha clientela norteamericana, la más interesante. Sin apresurarme, la observaba estudiándola meticulosamente. Por las tardes asistía a las clases y conferencias organizadas en la fábrica de aviones y helicópteros Bassault. Los autos, los aviones, los motores siempre me apasionaron. Creí poder terminar una carrera y obtener un brevet de piloto. Por primera vez estudiaba con placer. Mis compañeros me respetaban. Eran casi todos muchachos sencillos y me esforzaba por no diferenciarme en nada de ellos. Con mi físico no era fácil. Los cursos se estiraban hasta las diez de la noche. Cansado, volvía caminando a mi cuarto. Tejiendo proyectos preparaba la cena, llevaba los platos, y al acostarme quedaba dormido leyendo mis libros de mecánica. Era feliz. El problema sexual, mi único problema, porque necesitaba hacer el amor todos los días se resolvió en el gimnasio. DanièleVattier era la profesora de natación en la sección femenina. Conservaba de la época en que había sido campeona europea, un cuerpo espléndido. No sé por qué, me pareció al principio una rubia fría, un poco desteñida y desinteresada de todo amor. Una estatua dedicada a la enseñanza. Hasta que la sorprendí observándome nadar. Una mirada perfectamente profesional, es cierto, y al parecer sólo intrigada por lo silencioso de mi crawl. Sin embargo no me engañó. El instinto percibe ondas, efluvios, matices que escapan al razonamiento. Me gustaba y supe que la atraía. Al terminar la gimnasia, yo nadaba regularmente una media hora, o más. Era de los últimos en irme. Un día Danièle salió por casualidad conmigo. Conversamos. Tenía treinta y tres años. Poco después me invitó a almorzar. Vivía cerca del gimnasio. Un departamento chico, lleno de copas, trofeos y fotografías. En cierto modo, el departamento de un hombre, si no hubiese sido por la habitación de su hija, una chica de ocho años, que estaba en el colegio. El almuerzo fue perfecto con su pâté de lièvre, el ragoutauxchampignons, su buen vino tinto, el camembert a punto y la tarta de frambuesas comprada en la crémerie.

Después, no tuvimos que explicarnos nada. Hicimos el amor tan bien como habíamos comido. Nuestros cuerpos se ajustaban como si hubiesen sido hechos el uno para el otro. Los dos éramos grandes, fuertes y exigentes. Creo que para ambos el amor fue una gimnasia más, sana y necesaria.

Terminé por almorzar siempre con ella. Era divorciada y su hija regresaba a las seis del colegio. Nuestras horas eran pues de una a cinco, y lo nuestro fue casi como una amistad entre dos muchachos. Sin embargo, Danièle no tenía en su carácter ni en sus modales absolutamente nada masculino. Quizás el hecho de que todo su amor y su ternura estaban volcados en su hija, la alejaba de la posibilidad de querer a un hombre. Yo le era necesario sexualmente y nada más. Como ella a mí. Pero para ambos de una manera imperiosa. En el gimnasio nunca se sospechó nuestra vinculación. Terminados sus cursos, ella regresaba a la casa, y poco después llegaba yo. Como casi todas las francesas, era una espléndida cocinera que preparaba con placer platos especiales y sabrosos. Un placer parecido al que ponía en el amor; algo goloso, sediento y vital. A medida que me fue conociendo creció su confianza en mí. Vio que ese almuerzo y esa larga siesta amorosa era todo lo que yo pedía. Que mi discreción era absoluta, fuera y dentro del gimnasio. Una tarde la observé preparar y arreglar la casa. Era el cumpleaños de su hijita, a la que yo no conocía. Le envié una cadena de oro con una cruz de pequeñas perlas. No sé por qué, Odette la había dejado un fin de año en mi mesa de noche. Por supuesto le dije que era de mi madre. Al día siguiente la chica llegó a la hora de almorzar y me agradeció el regalo. Parecía tierna y emocionada. Danièle tenía los ojos llenos de lágrimas. Comenzó a humanizarse y por un momento temí que fuese a quererme más de lo que yo pedía. Me convencí de lo contrario al ver su indiferencia cuando en el gimnasio mi aventura con Mrs. Tremblett pareció tomar forma. Allí hubiese podido tener cuanta mujer quería. Lo que Danièle no sospechó nunca es que como un ave de rapiña yo estudiaba a mi presa.

No me interesaban las niñas casaderas. Aparentemente, era un buen candidato. Veía sus ojos y los de sus madres, espiándome con la misma cautela con que yo las observaba. Empezaron a llegarme invitaciones y a veces las acepté. No debía prodigarme, pero tampoco parecer extraño. Luego conocí a MinnaTremblett, una viuda americana que “sudaba alcohol” en el gimnasio.

Reconozco a la gente rica en mil pequeños detalles, sin equivocarme jamás. MinnaTremblett lo era, y nunca ocultó su interés por mí, pero no tengo confianza en los borrachos y menos aún en las borrachas. Seguí esperando, hasta que apareció Laura Visconti. A través de los vidrios de la piscina, vi a Jacques Forestier que me hacía señas. Recién al salir del agua noté a dos mujeres a su lado, observándome. Extrañado, me acerqué al cristal. Gesticulaban, muy nerviosos, y no los entendía. A las mujeres les estaba prohibido entrar a la piscina después de las once. Me vestí para salir. Conozco el impacto que produzco, pero esa vez sentí que era algo distinto. Laura me alcanzó una carpeta con sus dibujos. No comprendí. Era imposible haberme dibujado tantas veces en tan poco tiempo. En muchos croquis estaba desnudo, y como algunos eran pornográficos quedé incómodo y cortado. Me invitaron a almorzar, pero no acepté. Tenía que ver a Danièle; además no me gustaba el tono con que me hablaba Laura. Me despedí en la puerta, disimulando la impresión que me causaba la Hispano-Suiza gris perla. Jacques volvió al día siguiente, para explicarme todo: Laura, su fortuna, la escultura, el David. Y por la noche, al regresar de la fábrica, la encontré con su Hispano-Suiza y su chofer esperándome en el portoncito del jardín. La hice pasar, previendo su desconcierto. Ella observaba mi cuarto con asombro y curiosidad. El cuadro no coincidía. El rufián que le habían descrito era casi un obrero que estudiaba de noche. No podía sospechar la existencia de mis baúles en el sótano, con los treinta trajes de Burns de Londres, mis seis abrigos, los zapatos de Kolb, mis relojes, mis gemelos y algunos objetos de Cartier, o de Mauboussin. Laura me propuso posar para el David. Tenía que ir con ella a Roma. Por el dinero no habría dificultades. La contemplaba callado, tratándome como a una mercancía, y le prometí pensarlo. Mi negativa fue perfectamente deliberada. Cuanto más insistía, más fuerza cobraba para negarme, y di por terminado el asunto. Quería que tanto ella como Forestier supiesen que yo no era un objeto en venta.

Estaba ofendido, furioso y lastimado. Pensé que sólo siendo insensible podía no darse cuenta de que yo apenas había cumplido veinte años, que recién empezaba a vivir, que me sentía solo, y tenía miedo...

 

Creo que siempre tuve miedo. Cuando entre Candelario y doña Jacoba la llevaron a mamá al dormitorio, la acostaron en la cama y creí que se iba a morir, comencé a llorar. Ellos no lograban consolarme. Fueron dos noches terribles. Dos noches sin dormir, con un dolor dentro del pecho, como si en lugar de corazón hubiese tenido una comadreja perseguida por los perros. Dos noches de ese miedo que se me quedó metido adentro para siempre, pese a todo, pese a que al amanecer del tercer día mamá me reconoció. Después quiso acariciar al Manchao. A mediodía le dieron un caldo y se durmió tranquila, respirando suavecito, como cuando estaba sana.

—Se ha salvado —dijo después doña Jacoba. Salí a la puerta. Era un atardecer tibio y celeste. Caminé hasta el Cañadón para ver los flamencos. Volaban muy bajo, muy lentamente, sin hacer ruido. A veces me pregunto si no los habré imaginado. Pero sé que no es así. Sé que los miraba y que se producía dentro de mí algo mágico, inexplicable. Algo muy sereno, casi musical. Una calma desconocida que no he vuelto a encontrar. El mismo Manchao se acostaba apoyando la cabeza en sus patas delanteras, sin dormirse. Como yo, parecía hipnotizado. Creo que a los dos nos dejaron un recuerdo imborrable. No sé por qué. Después de todo, ¿qué eran? Unos pájaros extraños, de movimientos duros, casi mecánicos. Caminaban. Volaban. Quedaban inmóviles y parecían contemplarse en el agua. Sencillamente flamencos, es cierto. Pero sería el silencio, las nubes, o el cielo: mirarlos era como espiar a los ángeles.

Después, poco a poco, mamá empezó a levantarse. Cuando la oí contarle a doña Jacoba nuestra historia, con el entierro del marido y la cruz de ramas de paraíso, supe que estaba bien. Pero no quiso seguir por el camino para ver el mar. Prefirió quedarse y volver conmigo al Cañadón. Miraba los flamencos.

No. No nos fuimos de “La Atalaya”, aunque doña Jacobanos echó de las casas. Volvimos con Candelario al refugio, hasta que los patrones vendieron los caballos para el haras en Francia. Los caballos los cuidaba Candelario y nos explicó que tenía que llevarlos por barco atravesando el Océano. Casi creímos que también lo habían comprado a él. Hacía más de un año que vivía con mamá. Yo iba al colegio. Aprendí a leer y escribir, a sumar, restar, multiplicar y dividir. Mamá pensaba que, olvidado de todo, dormía tranquilo, pero a veces me despertaba ahogándome, con un solo grito de miedo. Entonces el Manchao trepaba a mi cama, me lamía las manos y las orejas meneando su cola, clavaba en mis ojos los suyos, llenos de amor. Los dos esperábamos, hasta oír levantarse a mamá, y con ella, ir a espiar a los flamencos. Candelario no comprendía, pero no preguntaba.

Siempre he tratado de estar rodeado de gente que no interroga. Cuando Simón Kramer lo hacía, creí en el primer momento que era un detective. Después jugué con él como un gato con un ratón. Por algo estaba acostumbrado desde chico a eludir las respuestas.

Laura era de las que no preguntan. Sólo se interesaba en ella misma. Probablemente parezca imposible pero nuestra relación fue platónica. Casi desde el principio. A Laura no le importaba mayormente el amor. El amor físico. No estábamos constituidos el uno para el otro. Yo quedaba insatisfecho y enervado por las caricias con que ella pretendía sustituir el acto sexual. Poco a poco las fuimos olvidando. ¿Qué nos unió entonces tanto tiempo? No lo sé. ¿Algo más profundo? Creí que Laura me necesitaba, como yo a ella. Tampoco seguí posando. Los modelos profesionales lo hacían mejor que yo y, de todos modos, ella me dibujaba incansablemente, antes y después de conocerme. A veces trabajaba días y días sin salir de su estudio, y otras dejaba pasar largos períodos desanimada, leyendo revistas o novelas policiales. Yo tenía que estar a su lado. Y me gustaba. Me gustaba quedar quieto y silencioso en su taller, mirándola dibujar, modelar, golpear, destruir todo y recomenzar. Si salíamos, mi mayor placer era conducir la Hispano-Suiza, conversando con ella casi pegada a mí, o verla fumar serena. Vivíamos en Roma, en Siena y en el Lido. Estar el uno sin el otro se nos hizo imposible. Nuestros dormitorios eran contiguos. Laura no conciliaba el sueño si yo no llegaba. Decía que uno de los períodos más desgraciados de su vida fue aquel en Suresnes, cuando me negué a seguirla. Entonces, al ofrecerme cada vez más dinero, me perturbaba y me enloquecía. Una noche estallamos frente a la casa en una discusión tan violenta que ambos nos asustamos y nos tuvimos miedo.

—No me hable de dinero —grité—, no lo quiero. Idiota. ¡No comprende que si fuese dinero lo que busco lo tendría a raudales!

—¿Qué quieres entonces? —me preguntó en voz baja. La miré tan conmovido y desolado que sólo pudo murmurar:

—Perdóname —y se alejó rápidamente. Todo terminó. Ni yo mismo me comprendía. ¿Por qué la rechazaba? Había aceptado el dinero de Odette, los almuerzos y el lecho de Danièle, sin el menor escrúpulo o resistencia. Profundamente dentro de mí, no me sentía pagado. Me daban lo que yo busco: protección, amparo, seguridad. Es un sentimiento difícil de explicar. Todo eso puede parecer lo mismo que el dinero y no lo es.

A los pocos días, Laura me mandó pedir la carpeta de sus dibujos, que había dejado en casa. Regresaba a Siena. Le llevé todo al hotel. Volvimos a vernos, no sé por qué emocionados. La habitación estaba llena de valijas, cajas y paquetes. Nos despedimos. Bruscamente, ella me abrazó. También yo la abracé con desesperación.

—Si no hubieses venido —dijo— me habría parecido siempre que encontré un ángel, para perderlo.

No pude menos que reírme:

—¿Un ángel, yo?

—Sí, un ángel de la guarda —sonrió ella.

No sé cómo, tomé en serio mi papel y, por supuesto, hice el ridículo. Aunque Laura no bebía, estaba rodeada de borrachos. No tomaba drogas, pero éstas circulaban entre los que frecuentaban su casa. No era homosexual, pero casi todos sus amigos lo eran. Es cierto que también era amiga de escritores, pintores y personajes célebres. Empezando por los sirvientes, todo ese mundo la explotaba, vivía a costa de ella y con frecuencia la robaba. Me odiaron porque poco a poco fui terminando con ellos. Desalojándolos y, a mi parecer, dejando la casa limpia. Hasta que una tarde particularmente fructuosa, le había hecho comprender a Lady Herz una decoradora venezolana, y a sus amigos, dos mulatos sodomitas parecidos a dos aves de paraíso, que no eran personas gratas. Laura me preguntó sonriente:

—¿No temes que me aburra, qué me darás en cambio?

—Quiero eliminar de tu vida todo lo que te perjudica; el vicio, esa gente indigna de ti, borrachos y drogados. —Laura comenzó a reír a carcajadas. Su risa me impresionó.

—No eres ni un rufián, ni un ángel, ¡eres un pastor protestante! ¿Pero por qué? ¿De dónde? ¿Cómo...?

Aunque parezca extraño, descubrí entonces que me quería. Otra mujer no hubiese permitido mi intromisión y me habría mandado a paseo. Ella entró a su taller y se puso a trabajar. Permanecí toda la tarde a su lado, mirándola. De vez en cuando me sonreía. ¿Sospechaba que hubiese querido abrazarla llorando? Cuando lo hice, me llamó por primera vez: “Father Domingo”. Así me siguió llamando a veces, y luego Peggy Lloyd adoptó ese nombre. Laura no ignoraba mi aventura con Peggy, como tampoco mis otras aventuras. No sólo nunca pareció sentir celos de ninguna especie, sino que se divertía cuando le narraba prolijamente todos los detalles. Le dije que era para ella como su gato Wladimir: lo único que nos pedía era que después de correr por los tejados volviésemos a acurrucarnos junto a ella. Me mostró la fotografía de un chico de unos dos o tres años. Su hijo. —Murió—, murmuró.  —Ahora sería un muchacho como tú—. Pensé lo que nunca había pensado: que Laura tenía la edad de mamá. Recordé el bar de la RueLepic en Montmartre, donde vi entrar a una rubia platinada con dos hombres. Mamá. La reconocí de inmediato, pero ella, sin darme casi tiempo de levantar los ojos, volvió a la calle. Corrí detrás de ellos. Habían desaparecido. Las veredas estaban llenas de marineros canadienses, de árabes, de prostitutas y turistas. Corrí en vano de grupo en grupo. Creo que hasta grité: “¡Mamá, mamá!” Regresé al bar, como borracho. Mantuve largo tiempo un aviso en dos o tres periódicos. Nunca contestó. Tampoco la pudo hallar una agencia policial que la buscó durante un año.

 

Ahora me parece que todo el período de mi vida con Laura se vuelve poco a poco comprensible. Al terminar el David fuimos a Tanger, siguiendo a Peggy. Laura me reveló lo que la otra me ocultaba: El contrabando de diamantes. Quise dejar de verla.

—Father Domingo —dijo Laura burlona—, Peggy ha vivido siempre así, o roba o hace contrabando —y decidió que partiríamos de Tanger a Algeciras a buscarla. Había alquilado una casa sobre la playa, detrás del Miza-Haj, pero yo insistí en ir a Siena para ver el emplazamiento del David en la piazzetta. No había gustado a los críticos, Laura se decía insensible a los diarios, pero la sentí herida y desconcertada por los artículos en contra. Leí casi todos atentamente, y aunque la envidia se transparentaba entre líneas —Laura vivía como le daba la gana y era inmensamente rica— lo ofensivo era que no tomaban en serio a la escultora. Una revista, con el título: Insolencia publicaba una fotografía del David de Miguel Ángel y otra del de Laura.

¿Pero acaso ella pretendía competir con Miguel Ángel?

El día de la inauguración estuve entre el público, contemplándome. La estatua era más grácil y ligera que yo. Ni aún adolescente fui así. Apenas franqueada la pubertad, tenía ya cara de hombre. La conciencia de ser casi desagradable me persiguió hasta los diecisiete años. Recién entonces mis rasgos comenzaron a ajustarse a mi edad. Esa virilidad, en cierto modo excesiva, se tradujo en mi cuerpo y en mis actitudes. La estatua reflejaba un no sé que de ambiguo, algo casi femenino, que nunca tuve.

Sorprendido, encontré a Peggy entre los que contemplaban el David. Había vuelto especialmente de Algeciras, también con la esperanza de verme. Haciendo un esfuerzo inimaginable, le dije que lo nuestro había terminado. Me miró aterrada. Yo le era tan necesario como ella a mí. No podíamos vernos, acercarnos el uno al otro sin sentir que no nos pertenecíamos más. Nuestros encuentros duraban horas, tardes, mañanas, noches enteras. Era feliz con Peggy, feliz como sólo podía serlo cuando encontraba una mujer que respondía con la misma violencia a la violencia que la naturaleza me había prodigado, y que además ¿por qué no decirlo? era rica. La dejé perdida entre el público, sin darle el tiempo de contestar.

¿Por qué y cómo logró Laura que cambiase de opinión? No fue difícil. A los ocho días de estar en Tanger, a pesar de otras aventuras, mi deseo de ver a Peggy fue insuperable. No sólo nos reconciliamos, sino que al poco tiempo, “trabajaba” con ella. El tráfico era entre Algeciras, Gibraltar y Tanger. Gané mucho dinero, y lo depositaba regularmente en el Banco de Londres en Gibraltar. Hasta que una mañana al retirarme de la ventanilla, observé a un hombre que me seguía. En el vaporcito continuó vigilándome y al desembarcar fui cuidadosamente revisado en la aduana, pese a que me conocían. El paquete con los diamantes lo había dejado en el depósito del W. C. en el barco. Apenas llegué, se lo dije a Laura. Recién entonces me enteré que existía Patrice. Él los recuperó, pero Peggy fue detenida esa misma noche. Alarmada, Laura decidió partir y volvimos a Roma. Su actitud no me pareció muy elegante y yo tampoco tuve un gesto. ¿Qué podía hacer? Laura era rica. Yo no. No me atreví a hablar hasta que dos meses después, en Cannes, encontré a Patrice. Vino a vernos al hotel y mientras Laura terminaba de vestirse, me informó entre otras cosas que era el amante de Peggy. Laura no sólo no lo ignoraba, sino que lo mantenía desde que vivió en Tanger.

Esa noche, Laura y yo tuvimos nuestra primer discusión después de casi dos años. Ella, riéndose, me contestó:

—¿De quién estás celoso, de Peggy porque se acostaba con él, o de mí, porque le paso una pensión?

—¿Por qué no me dijiste que Peggy me engañaba?

—¿Para qué...?

Seguimos en Cannes y Patrice no se despegaba de nosotros. Era evidente que a Laura le gustaba, pero como le gustaba yo, de una manera puramente afectiva.

——Otro gato, otro Wladimir—, dije una vez, no sé por qué despectivamente.

—¡Así es!— me contestó Laura. Algo inesperado, violentamente agresivo en su voz, hasta en su mirada, me sorprendió: —pero él es un gato verdadero, míralo—.

Entraba en ese momento al bar. Tenía cara, cuerpo y movimientos de gato. No podía dejar de reconocer que era atrayente, pero yo le veía algo turbio y equívoco. Lo que menos puedo comprender es cómo se transformó luego en un gran actor. No sospeché que le gustaba el teatro o el cinematógrafo. Ni le descubrí tampoco esas características grotescas e inconfundibles de los actores. Sin embargo, estudiaba en unos cursos de dicción y arte dramático, actuaba en una compañía de aficionados y había hecho algunos papeles en películas inglesas. Estaba rodeado de la peor gente, hombres y mujeres con antecedentes policiales, traficantes clasificados por la Interpol. Su confidente era un portero del hotel Riviera. Se parecían y algunos decían que eran hermanos, pero a pesar de todo era buscado por el grupo más elegante de Cannes, y lo invitaba quien él quería. Por él conocí a RondhaPeters, a Elliane Saint-Hilaire y a los mellizos Vila-Nova. Todo ese mundo, con sus amigos, se instalaba en la suite de Laura para beber, comer y hasta dormir. Yo tenía una aventura por noche. Me emborrachaba cada vez más frecuentemente, “enterrando a Father Domingo”, decía Laura riéndose, y pareció florecer en ese clima.

Una tarde, reapareció Peggy Lloyd en el bar. Había bebido. Yo también, y la cacheteé en el hall del hotel. Ya en su habitación, me juró llorando no haber sido nunca la amante de Patrice. En cambio Laura sí lo era. Mientras ella continuaba presa en 
Tanger, sin que Laura ni yo hiciésemos nada por ayudarla. Patrice sí. Patrice encontró un abogado, destruyó todas las boletas del Banco en su habitación, y coimeó en la cárcel y en los tribunales a quien pudo, pero porque la deseaba sin que ella le hubiese dado la más mínima esperanza. Laura estaba contenta de saberla entre rejas. Probablemente fue ella quien la denunció. Confundido, avergonzado y furioso, ignorando quien mentía y quien decía la verdad, seguí bebiendo. Pasé la noche y el día siguiente con Peggy. Sabía que el amor con ella era más que una satisfacción carnal, pero después de ese período de aventuras, me pareció encontrarme a mí mismo, encontrar mi verdad. Entonces la redescubrí definitivamente. Odiaba esa vida, cambiar de mujer, emborracharme, la promiscuidad y el vicio. Finalmente, deseando dejar todo aclarado, volví a la habitación de Laura. La encontré cerrada. Cerrada también la puerta de su cuarto al mío. El conserje me informó que ya no estaba en el hotel. Fue un golpe tan inesperado que apenas pude colgar el auricular y caí sobre mi cama tiritando. Durante la noche logré reflexionar y tranquilizarme. Al amanecer llegó Peggy. Sabía todo: Laura y Patrice bogaban rumbo a Grecia, invitados en el Jacht de los mellizos Vila-Nova. Era un inmenso party, al parecer con el grupo en pleno.

Junté mi ropa, mis valijas y partí para Roma. Esperaba encontrar allí una carta, unas palabras de Laura. Peggy quiso acompañarme, pero le rogué que me dejase solo.

—Adiós Father Domingo —me dijo llorando en el andén. Ella volvía a Tanger.

Yo necesitaba tranquilidad. Necesitaba recapacitar y comprender. Conocía a Laura. La sabía incapaz de haber obrado sin alguna razón poderosa. Algo inesperado y que ella me iba a aclarar.

En Roma no hallé nada, ni una línea. Saqué de su casa todo lo que era mío y no sé por qué decidí ir a Suiza. Averigüé en una agencia cual era el punto en que ya podía haber nevado en esa época del año, a mediados de septiembre. Me hablaron de un pueblito llamado Neueret a más de dos mil metros de altura. No había hotel, pero sí una pensión. La pensión Edelweiss, naturalmente. Todo estaba blanco, con esa paz serena y callada que parece desprenderse de la nieve. Después de una semana caminando, oyéndola crujir bajo mis botas, de acostarme al anochecer y de estar tirado al sol en la soledad más absoluta, bajé en el funicular a Wissigrad, imaginando que Laura angustiada por saber de mí habría escrito a Roma. Compré los diarios, vi su retrato y leí la noticia de su muerte en el Troya Palace de Atenas, Patrice detenido, acusado de haberla ahogado en la bañadera, era descrito como un anormal. Tenía veintidós años, decía el periódico y ella cuarenta y uno. Unas grandes fotografías del David, ilustraban los artículos, pero a mí no se me nombraba. Permanecí otra semana en la pensión Edelweiss. Después comencé a decirme que lo peor era quedarme en ese pueblito, donde fácilmente podía ser identificado. Seguí viaje a Zurich. Perdido entre la gente no recobraba la tranquilidad. ¿El miedo?

Caminé por las orillas del lago. Los cisnes comen en la mano de los niños el pan que estos les alcanzan. Unas rejas alambradas separan de tanto en tanto, a distintas aves acuáticas. Bruscamente, descubrí a los flamencos. Unos flamencos blancos y rosados, sí, pero tristes, empequeñecidos, pobres pájaros de jardín zoológico, sin la grandeza salvaje de los otros. Los del cañadón. No quería llorar en la calle, así que luché con las lágrimas, mirándolos...

 

La angustia de mamá comenzó cuando Candelario dijo que debía dejarnos. La mía, después, pensando en el Manchao. Doña Jacoba, desesperada, vino a vernos para reconciliarse con mamá. Candelario decidió que se quedaba. No iría con los caballos a París. Pero llegó el patrón de la estancia, y hablaron toda la noche. Nuevamente se cambiaba lo decidido. Candelario aceptó con la condición de poder llevarnos a mamá y a mí. El patrón estuvo de acuerdo. Probablemente los creyó casados. ¿Y el Manchao? No puedo hablar de él. Es otro de los secretos de mi vida. Mi traición. Nunca lo mencioné a mis compañeros de clase. Nunca lo volví a nombrar frente a mamá o a Candelario. A veces, aún hoy me despierto y no puedo volver a dormir, pensando que lo abandoné. Camino por la habitación como caminaba de chico. Entonces me mordía las manos para no gritar. Ahora tomo unas pastillas y caigo abombado sobre la cama. Me veo esa mañana, escondido en el auto. Creí que lo oiría ladrar. Ni siquiera. Hay un silencio que sólo conocen los traidores...

No quise pensar en él. Lo incomprensible es que lo conseguí. Conseguí borrarlo, como si el Manchao no hubiese existido, hasta el día en que llegó la carta de doña Jacoba y él se instaló en mis sueños y en mi desvelo.

¿Será también por eso que todo pareció cerrarse en mi vida? Que no podía estudiar, que quedé como imposibilitado, como un inválido casi, y que luego...

Mamá se despidió de él. Me lo contó por la noche. Esa mañana fue a ver los flamencos por última vez. De pronto el Manchao se paró a su lado. Ella se arrodilló lo abrazó y lo besó...

¡Manchao. Ese abrazo era mío. Ese beso era mío!

 

La baronesa tenía una pareja de caniches enanos. Tristán e Isolda. Nunca jugué con ellos. No he vuelto a jugar con otro perro como jugaba con el Manchao.

El día que supimos la caída del avión y la muerte del barón y la baronesa, mamá escondió a los caniches en su dormitorio. Al irse se llevó a Tristán. Isolda quedó con los Baudruche.

Ellos me avisaron que mamá y Remy se habían marchado juntos. Fue una muerte más. Hasta me pareció que así debía ser. La acepte, como acepté el accidente de los Gottlieb. Acepté que todo depende de un segundo, de una tuerca que se afloja, de un resorte que no funciona, de una palabra que no se pronuncia.

Remy debía ser bastante más joven que mamá. De empleado en un taller mecánico pasó a ser chofer del barón. Tenía una sonrisa amplia pero, como en muchos franceses, esa sonrisa era una pared. Acumulan su vida dentro de ellos mismo, sin dejar que nadie se asome y mire al interior del pozo. En él puede haber riquezas, canallería o nada. ¿Y Candelario? Candelario como yo, parecía la hoja de un árbol en la tormenta.

A veces me pregunto como habría sido mi vida si el barón y la baronesa no hubiesen muerto. ¿De qué me sirve? De nada.

Se remató el haras. Se remató la casa, los cuadros, las tapicerías, hasta la colección de cajas de música de la baronesa. También la de los ángeles del siglo XVIII con que me dejaba jugar de chico y que me regaló cuando cumplí los doce años. Nadie intentó probarlo. Los BeretrandSinger vendieron todo. Necesitaban dinero para volver a los Estados Unidos. No querían vivir más en Francia. Apenas escucharon cuando el notario les habló de mí. De las intenciones de sus tíos, aunque intervino Thérèse  olvidó la audiencia.

Finalmente mi adopción no pasó de haber sido una plática de sobremesa del barón, su mujer y unos amigos. No quedé desamparado, porque seguí con Candelario, viviendo en lo de los Baudruche. Los dos esperábamos saber algo de mamá. Nunca escribió. La policía afirmaba que no debía estar en Francia. Sin embargo la vi dos veces. Una, años después, esa noche en Montmartre, y la otra en la pantalla de un cinematógrafo. El noticiario de la botadura de un barco en Cherburgo. Estuve seis horas en la sala, mirando la proyección. Tenía que esperar el pase total de otra película de gangsters y de un documental, tres veces. Sí, esa rubia platinada, todavía joven, pero ya algo rellenita, con una blanca sonrisa de dientes postizos era mamá. Tenía a Tristán en sus brazos y estaba junto a la mujer que golpeaba la quilla del barco con una botella de champagne. Las dos se reían al ser salpicadas. Ninguna de ellas parecía “una señora”. ¿Por qué estaba mamá allí? ¿De quién era amiga?

Candelario empezó a beber. Cuando ya se emborrachaba todos los días, a los Baudruche les dio por hablar del regreso a su tierra. ¿Para qué? Doña Jacoba había muerto. Aunque nunca supimos nada de mamá, él no perdía la esperanza de encontrarla. Sin embargo volvió. Quiso morir en su casa, dijo, en su campo. Mucha gente no sólo espera la muerte, sino que le sale al encuentro. La busca. También Laura. Yo la decepcioné: Era Father Domingo. Incapaz de matar. El modelo del David no era un rufián asesino, sino un muchacho ordenado, casi puro. Recuerdo su inmensa ternura, como también su risa, que entonces no entendía, y que hoy me parece demasiado comprensible. Estallaba al descubrirme moralista o con prejuicios. Evidentemente, en mi caso era cómico, sobre todo, lo contrario de lo que ella deseaba. Se reía de mí, de ella y de su error. Después comenzó mi desmoralización. No creo que haya sido consciente de todos esos procesos. Tampoco olvido el día en que discutimos por Patrice y ella gritó descontrolada, con una agresividad desconocida:

—Sí ¡Pero él es un gato verdadero! —¿Un asesino? ¿El asesino verdadero que ella buscaba? Patrice fue absuelto. La policía no pudo probar nada. Laura había tomado demasiados somníferos. Quedó dormida en la bañera y se ahogó. Patrice dormía en su habitación. Su error fue —así lo mantuvo el abogado defensor— no llamar a un médico al descubrirlo. El pánico lo hizo huir. Se comprende. Pero nunca lo he creído totalmente. Con todo, buscó de inmediato un abogado. La explicación era perfecta. No supe si se encontraron los diamantes. Laura llevaba siempre consigo una caja de grandes piedras, las más puras, algunas sin engarzar.

Patrice salió retratado en mil revistas: Haciendo Waterplaining en Portofino. Bailando en el yacht de los Vila-Nova. Había sido campeón de sky en Sestriere y jugado en el Casino de Tanger. Se supo que era actor. Una de las películas inglesas en que intervino, se estrenó en París. Era un papel pequeño, pero se lo veía y gustó. Gustó al público y a la crítica. Poco después trabajaba ya en películas francesas. Pareció llegar con facilidad a los roles protagónicos, a ser “estrella”, y finalmente fue contratado por Hollywood.

Lo fui a ver en su último film. Era él. Un ángel canalla. El personaje se lo habían escrito a medida. Al promediar la película actuaba en una escena particularmente tierna. Un gran primer plano en el que debía llorar. Vi subir su emoción del pecho a los ojos, pasar por su garganta, su boca, su nariz y asomar fundida en lágrimas a sus párpados. Yo también lloré. De admiración, de envidia y de pena por mí mismo. ¿Por qué tenía él talento y yo no? ¿Por qué era un actor y yo no? ¿Por qué poseía el don de hacer creer que esa ternura, todos los sentimientos que simulaba, eran verdaderos? Para consolarme pensé en su vida. Rodeado durante años de amigos, mujeres y amores. Cada vez más envanecido y sin dudar de la fortuna, que debía mostrarle eternamente su cara dorada. Imaginaba como, con lentitud al principio y en precipitada pendiente luego, comenzaría a faltarle el dinero, a encontrarse cada vez más solo. Y el fin. Una noche al salir de un bar, donde ya nadie lo habrá reconocido, caminando por una calle desierta, pensará en el suicidio. La película continuaba mientras yo rumiando mi envidia no dejaba de prestar atención...

Veía sus ojos claros, azules bajo las cejas rectas oscuras y pobladas. Los pómulos separados y anchos, la nariz corta, el labio superior un poco largo —la cara de gato— y el mentón no muy fuerte, pero voluntarioso. El gato verdadero, había gritado Laura. Su sonrisa, que de tan dulce casi llegaba a ser femenina, podía ser acerada y cortante. Patrice...

A la salida, apretujado por la gente, me encontré caminando al lado de Silvia Fonseca. Los hombres y las mujeres la miraban. No podía pasar inadvertida. Me vio, estaba sola, tan conmovida como yo y nos hablamos. No éramos amigos, pero algunas veces visitaba a Laura con los Saint-Hilaire. Yo recordé haber bailado con ella y coincidido en cocktails y salidas en barco. La emoción compartida del triunfo de Patrice nos unió inesperadamente. Lo supimos sin decirlo. Los dos escondíamos la misma cicatriz, el sueño fracasado del cinematógrafo y el teatro. En ella no me sorprendió. Posaba para revistas de moda. Era una de las modelos más solicitadas y en todas las esquinas sus ojos estaban reproducidos en el cartel de publicidad de unos cigarrillos. Quedé desconcertado al enterarme que lo veía a Patrice con la misma claridad que yo. Me afirmó además que nunca fue su amante, como creí al principio., y que tampoco estuvo enamorada de él. Apenas eran amigos. Sencillamente lo miró vivir. Como a mí, ese triunfo la desequilibraba, quería aceptarlo con admiración, pero la envidia y el dolor se adivinaban agazapados detrás de sus palabras. Enfrentó la situación.

Lo mejor es hablarlo, escupirlo, dijo riéndose, y tomar una copa. Entramos a un bar. Empecé a sentirme incómodo al darme cuenta que conocía toda suerte de detalles del “asunto”. Mi vinculación con Laura, la llegada de Patrice, la partida de ambos en el yacht de los Vila-Nova. Silvia fue del party y viajó con ellos hasta Corfú. Luego, llegó a Atenas el día de la muerte de Laura. ¿Era Patrice culpable? ¿Era un asesino? Conversamos hasta la madrugada, analizando a todos ellos. Los Vila-Nova, los Saint-Hilaire, RondhaPeters y Marco Schlumber. De tanto en tanto cambiábamos de local o de bar y caminábamos. Silvia no disimuló que había sido la amante de Stanley Bayul. El sol nos sorprendió sentados junto al Sena. Yo le estaba hablando de Laura, del David y de nuestra extraña relación. Después de tomar el desayuno en un bistró, la dejé en la embajada. Silvia era la hija de un diplomático brasileño.

Antes de dormirme —eran las nueve de la mañana— me arrepentí de haber hablado tanto. Pensé que bebí más de la cuenta y descontrolado había dicho mil cosas innecesarias. No me sucedía nunca y resolví evitar otro encuentro. Pero Silvia me llamó por teléfono. Recordé con fastidio haberle dado mi número y, aunque no quería verla, la seguí viendo. No encontraba el modo de negarme, pese a mi horror a las muchachas solteras, de buena posición social y que piensan en casarse. ¿Por qué ese horror? Lo tuve desde que las mujeres empezaron a interesarme. Creo sentir que esas muchachas buscan lo definitivo y no ignoro que conmigo todo es transitorio...

Hay mujeres que en la cama pierden la cabeza y prometen cualquier cosa. Nunca he exigido que cumplan. Sé que esas promesas no valen. Tampoco tienen validez las que se les hace a los niños. ¿La baronesa creyó en lo que prometía? Muchas veces me lo pregunto. ¿Por qué no cumplió? Conocía mi desamparo. No pudo prever, es cierto que la muerte la esperaba en ese avión, en el viaje a Israel que repetía todos los años al comenzar el invierno, pero nadie ignora al embarcarse, en un vuelo que puede ser el final. ¿Habrá consultado alguna vez a un abogado? ¿O se preocupó por conocer el procedimiento? Y no pienso sólo en la cacareada adopción, pienso en cómo el barón y ella perturbaron mi infancia. ¿Se dieron cuenta que sus caricias y sus besos significaban tanto para mí? No les guardo rencor, sé que me querían de verdad. Sobre todo la baronesa. Sé que no hubo la menor cuestión racial o religiosa. Sé que les debo mucho. Sin embargo, no puedo respetarlos. Eran, es cierto, gente de buen corazón, pero como lo son los ricos. En el corazón no les circula sangre. Se cree que viven, y no, no viven. Están secos. A menos que la baronesa haya sentido muy profundamente que le era imposible reemplazar a mamá. No lo intentó tampoco, pero quizás fue esa la causa de su dejarse estar. Puede que sin saberlo no me lo perdonase. Mamá nunca me acarició o me besó delante de ella. Apenas llegados al haras, nuestra unión fue un amor secreto y oculto. No recuerdo que lo hayamos hablado y decidido alguna vez. Era otro de nuestros acuerdos tácitos. Los dos sentíamos que así debía ser. Indiferentes, pasábamos durante el día el uno al lado del otro. Casi parecíamos no vernos. Pero al decirnos las buenas noches, cuando yo estaba en la cama, nos abrazábamos y nos besábamos “como dos novios” decía mamá riendo. Pero entonces también estaba Candelario, y luego, solo en mi cuarto, recordaba los días y las noches en que dormíamos ella y yo, abrazados bajo el cielo, con el Manchao roncando suavecito a mi lado.

Silvia siguió llamándome. Era cada vez más difícil negarse. Fue una de las muchachas más atractivas que he conocido, pero mi inquietud crecía, al ver los lazos cada vez más firmes, con que nos íbamos atando. Aunque no era inquisitiva, no se borraba de mi memoria el cuadro exacto que tenía de Laura y Patrice sólo por haberlos visto vivir. ¿Qué sabía de mí? Ese interrogante era como un pulso persistente e imposible de ser silenciado. A veces lo olvidaba, vivíamos una o dos semanas de felicidad perfecta y luego la causa más inesperada, una palabra al azar lo hacía presente, hasta la tarde en que descubrí aquello que todavía temo y apenas me atrevo a escribir.

¿Seré loco? En poco tiempo Silvia me presentó a sus amigos. Nada me diferenciaba de ellos. Era recibido con curiosidad y vencía de inmediato las reservas que a veces creí sentir. Todo fue producto de los celos. Silvia acababa de romper una larga relación, un largo noviazgo. Nunca me habló y nunca le pregunté cómo, ni quién era Stanley Bayul. Pero éste alertó a la familia. No le debe haber sido difícil obtener de la policía informes sobre mí. Esa tarde encontré a un hermano de Silvia, esperándome en el hall del hotel. Era muy prudente, pero la conversación fue penosa y ridícula, hasta que habló de “mis aventuras”. Ni Silvia ni su familia eran ricos, dijo, y agregó que no ignoraba que yo había vivido mantenido siempre por mujeres. Luché con esa atroz angustia que casi me hace temblar si se toca mi infancia o mi pasado. Por unos momentos, temí lo que podía saber, pero me di cuenta de que su informe comenzaba después de Villed’Avray. Ni se remontaba al barón Gottlieb. Respiré tranquilizado, y cuando llegó Silvia, momentos después, puso fin al encuentro con su serena autoridad. Pero yo no podía disimular mi depresión. Como un ratero pescado in fraganti. Traté de sonreír y le dije que desde un punto de vista objetivo, su hermano tenía razón. Mi sonrisa debe haber sido una mueca parecida a esa mueca atroz con que están retratados en los periódicos los ladrones y a veces los asesinos. Supe que algo se había roto y terminado. Ella también debió sentirlo porque veía en sus ojos una desesperación infinita. Pálida, parecía un ahogado. Las lágrimas le mojaban las mejillas sin que sollozase. Impresionado, traté de abrazarla. Se separó de mí y me miró en silencio. Tuve miedo de sus ojos. No sospechaba que me quería a tal extremo. De todos modos, yo no la quería así. La besé y su angustia pareció disiparse un poco. Temblaba al punto que yo apenas entendía lo que intentaba decirme, hasta que pudo gritar:

—¿Por qué me miras así? ¿Acaso no sabes que te quiero, que te querré siempre? ¿No sabes que sé todo, todo? —nos separamos bruscamente. Creo que dejé de respirar, sentí que me ahogaba.

—¿Qué temes, pero qué temes? —siguió gritando y empezó a hablar de mí. Me pareció oír entre un ruido de olas ensordecedor el nombre de mamá, de Candelario, La Atalaya... Te quiero, te quiero, gritaba...

Sólo recuerdo el terror de sus ojos cuando se produjo aquello. ¡Aquello que pareció un ataque de locura, cuando el oleaje me golpeó el pecho y me arrastró! No me he atrevido a consultar un médico. Tengo miedo de hacerlo. No me explicaré jamás esos estertores, el temblor de mis manos, ese jadeo que no podía dominar. Me parece que caí del sillón y me revolqué por el piso. No sé. Recuerdo haberme recobrado completamente empapado. No sé tampoco si eran lágrimas, sudor, o ambas cosas. Silvia me secaba la cara...

Aún hoy pienso a veces, que ella sabía efectivamente todo y que, al verme en ese estado, aterrada, lo negó.

De todos modos comprendí que lo nuestro había llegado a su fin. Poco a poco me fui tranquilizando. No sé lo que es amar. Forma parte de mi enfermedad. La que me impidió estudiar, concentrarme, buscar otro camino. Nunca más he tenido ni tendré una aventura con una muchacha joven. Sin embargo, mi vida sería más fácil. Menos repudiada por la gente. Uno de los tantos hombres que se casa con una rica heredera. Al principio se los critica, sin mucha malevolencia y luego se olvida. Se han incorporado al mundo de la gente correcta y respetable.

Mi despedida de Silvia fue poco después. Esa noche caminamos hasta el amanecer, como aquella en que nos encontramos a la salida del cinematógrafo. Hablamos, hablamos de ella, del amor, no de mí. Silvia se había propuesto no llorar y no lloraba, pero me parecía una estatua caminando a mi lado. Una estatua tibia pese a todo, y pequeña, yo la abrazaba de tanto en tanto como se abraza a un amigo, al único compañero que la vida me había deparado.

Cuando empezó a verse una franja clara en el horizonte, llegamos frente a la puerta de la embajada. Silvia me besó y vencida por las lágrimas me dijo:

—Cuéntame algo de cuando eras chico...

Todo se había teñido de rosa, el cielo, la calle, las casas, hasta las pizarras grises de las mansardas... empecé a hablarle del cañadón, y los flamencos. Su vuelo silencioso y su largo contemplarse en el agua, inmóviles, empalidecidos por la aurora. Cómo me parecían seres de otro mundo... y también hablé del Manchao, ese amigo que nunca nombré hasta entonces... mientras hablaba me dije que algún día iba a encontrar a mamá. Entonces tendría dinero para comprar un campo cerca de “La Atalaya”. Iríamos los dos a vivir allí tranquilos...

Silvia lloraba y yo también me puse a llorar. Las lágrimas como la risa son contagiosas.

  • Luis Saslavsky
    Saslavsky, Luis

    Luis Saslavsky (Santa Fe, 1908-Buenos Aires, 1994) fue escritor, traductor, director de cine, productor, argumentista y adaptador cinematográfico, ha sido uno de los realizadores más refinados del cine argentino. Fue corresponsal en Hollywood del diario La Nación, cargo  que abandonó para trabajar como asesor costumbrista de la Metro Goldwin Mayer y otras empresas norteamericanas.

    Su incorporación definitiva al cine argentino fue con su película Crimen a las tres (1935), que interesó a la crítica por sus hallazgos formales. Luego seguirían algunos títulos que se cuentan entre los clásicos del cine nacional: La fuga (1937), Puerta cerrada (1939), La casa del recuerdo (1940), La dama duende (1945), Historia de una noche (1941) y, entre otras, Las ratas (1964).

    A comienzos de los 50 viajó a Europa y realizó en Francia y España importantes películas, como La nieve estaba sucia (1953) y la remake de Historia de una noche (1964). Son notables su dominio de la narración, la capacidad para crear climas y las minuciosas reconstrucciones de época. Entre otros libros, publicó La fábrica lloraba de noche (1972) donde reúne los recuerdos de su rica trayectoria cinematográfica.