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Año 2 #14 Noviembre 2015

El cuarto mundo

Planeta, Santiago, 1988 / Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2003.

 

Será irrevocable la derrota

Un 7 de abril mi madre amaneció afiebrada. Sudorosa y extenuada entre las sábanas, se acercó penosamente hasta mi padre, esperando de él algún tipo de asistencia. Mi padre, de manera inexplicable y sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado. Parecía a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso pasional.

La fiebre volvía extraordinariamente ingrávida a mi madre. Su cuerpo estaba librado al cansancio y a una laxitud exasperante. No hubo palabras. Mi padre la dominaba con sus movimientos que ella se limitaba a seguir de modo instintivo y desmañado.

Después, cuando todo terminó, mi madre se distendió entre las sábanas, durmiéndose casi de inmediato. Tuvo un sueño plagado de terrores femeninos.

Ese 7 de abril fui engendrado en medio de la fiebre de mi madre y debí compartir su sueño. Sufrí la terrible acometida de los terrores femeninos.

 

Al día siguiente, el 8 de abril, el estado de mi madre había empeorado notoriamente. Sus ojos hundidos y el matiz de incoherencia en sus palabras indicaban que la fiebre seguía elevando su curso. Sus movimientos eran sumamente dificultosos, aquejada por fuertes dolores en todas las articulaciones. La sed la consumía, pero la ingestión de líquido la obligaba a un esfuerzo que era incapaz de realizar. El sudor había empapado totalmente su camisa de hilo, y el pelo, también empapado, se le pegaba a los costados de la cara provocándole erupciones. Mantenía los ojos semicerrados, evitando la luz que empezaba a iluminar la pieza, su cuerpo afiebrado temblaba convulso.

Mi padre la contemplaba con profunda desesperación. Sin duda por terror, la tomó al amanecer sin mayores exigencias y de modo fugaz e insatisfactorio. Ella aparentó no darse cuenta de nada, aunque se quejó de fuertes dolores a las piernas que mi padre quiso despejar frotándola para desentumecerla.

Al igual que el día anterior se durmió rápidamente y volvió a soñar, pero su sueño contenía imágenes distantes y sutiles, algo así como la eclosión de un volcán y la caída de la lava.

Recibí el sueño de mi madre de manera intermitente. El color rojo de la lava me causó espanto y, a la vez, me llenó de júbilo como ante una gloriosa ceremonia.

Llegué a entender muy pronto mis dos sensaciones contrapuestas. Era, después de todo, simple y previsible: ese 8 de abril mi padre había engendrado en ella a mi hermana melliza.

 

Fui invadido esa mañana por un perturbado y caótico estado emocional. La intromisión a mi espacio se me hizo insoportable, pero debí ceñirme a la irreversibilidad del hecho.

El primer tiempo fue relativamente plácido, a pesar del vago malestar que me envolvía y que nunca logré abandonar del todo. Éramos apenas larvas llevadas por las aguas, manejadas por dos cordones que conseguían mantenernos en espacios casi autónomos.

Sin embargo, los sueños de mi madre, que se producían con gran frecuencia, rompían la ilusión. Sus sueños estaban formados por dos figuras simétricas que terminaban por fundirse como dos torres, dos panteras, dos ancianos, dos caminos.

Esos sueños me despertaban una gran ansiedad que después empezaba lentamente a diluirse. Mi ansiedad se traslucía en un hambre infernal que me obligaba a saciarla, abriendo compuertas somáticas que aún no estaban preparadas para realizar ese trabajo.

Luego me dejaba llevar por una modorra que podía confundirse con la calma. En ese estado semiabúlico dejaba a mis sentidos fluir hacia el afuera.

 

Mi madre, una vez repuesta, seguía con su vida rutinaria, mostrando una sorprendente inclinación a lo común. Era más frecuente en ella la risa que el llanto, la actividad que el descanso, el actuar que el pensar.

A decir verdad, mi madre tenía escasas ideas y, lo más irritante, una carencia absoluta de originalidad. Se limitaba a realizar las ideas que mi padre le imponía, diluyendo todas sus dudas por temor a incomodarlo.

Curiosamente, demostraba gran interés y preocupación por su cuerpo. Constantemente afloraban sus deseos de obtener algún vestido, un perfume exclusivo e incluso un adorno demasiado audaz.

Mi madre poseía un gran cuerpo amplio y elástico. Su caminar era rítmico y transmitía la impresión de salud y fortaleza. Fue, tal vez, lo inusual de su enfermedad lo que enardeció genitalmente a mi padre cuando la vio, por primera vez, indefensa y disminuida, ya no como cuerpo enemigo sino como una masa cautiva y dócil.

 

Toda esa rutina constituía para mí una falta radical de estímulos que no me permitían sustraerme de mi hermana melliza, quien rondaba cerca de mí. Aun sin quererlo, se me hacían ineludibles su presencia y el orden de sus movimientos e intenciones. Pude percibir muy precozmente su verdadera índole y, lo más importante, sus sentimientos hacia mí.

Mientras yo batallaba en la ansiedad, ella se debatía en la obsesión. Ante cada centímetro o milímetro que ganaba se le desataban incontables pulsiones francamente obsesivas.

Su temor obsesivo se inició en el momento de su llegada, cuando percibió angustiada la real dimensión y el sentido exacto de mi presencia. Buscó de inmediato el encuentro que yo, por supuesto, evadía conservando con ella la mayor distancia posible.

Durante el primer tiempo fue relativamente fácil. Estaba atento al devenir de las aguas: cuando se agitaban, yo iniciaba el viaje en dirección inversa.

Mi hermana era más débil que yo. Desde luego, esto se debía al tiempo de gestación que nos separaba; pero aun así era desproporcionada la diferencia entre nosotros. Parecía como si la enfermedad agravada de mi madre y el poco énfasis desplegado por mi padre en el curso del acto hubieran construido su debilidad.

En cuanto a mí, su fragilidad me era favorable, pues ella, en su búsqueda, se agotaba enseguida, lo que le daba un radio de acción muy limitado.

Pronto empezó a usar trucos para atraparme. Cada vez que me movía, ella aprovechaba el impulso de las aguas dejándose llevar por la corriente. En dos oportunidades consiguió estrellarme. Recuerdo el hecho como algo vulgar, incluso amenazante.

Fue apenas un instante; sin embargo, extraordinariamente íntimo, puesto que debí enfrentarme de modo directo a su obsesión, la que hasta ese momento me era indiferente. Pero a partir de esos dos encuentros entendí la extraña complicidad que ella había establecido con mi madre.

 

Ejercí la estricta dimensión del pensar. Antes, sólo me debatía entre impresiones que luego transformaba en certezas, sin que nada llegara verdaderamente a sorprenderme.

Así, el conocimiento de que mi madre era cómplice de mi hermana me demandó grandes energías, pues me era imperioso desentrañar la naturaleza y el significado de tal alianza.

Sólo contaba con el hecho de que las dos veces en que mi hermana me estrelló, portaba la clave de dos sueños de mi madre que yo no poseía. Por cierto, esas claves me eran insoportables y excluyentes. A partir de esa peligrosa exclusión empezó el acecho hacia mi madre.

 

Mi madre, después de unos días, mostró cambios tan sutiles y ambiguos que yo llegué a pensarlos como producto de mi interpretación ansiosa. Pero en realidad ella estaba cambiando.

De modo misterioso había levantado una barrera ante mí, lo que me hirió profundamente, llenándome de inseguridades. Pero pronto me serené, cuando comprendí que ella me tenía pánico.

Mi madre me temía y yo la obligaba a extender una oscuridad confusa entre nosotros, y sólo en mi hermana liberaba su verdadero ser.

Atento al afuera, supe que mi madre le mentía a mi padre y que su estudiado comportamiento no era más que una medida estratégica para perpetuar su ilusión de poder.

 

Debí haberlo adivinado desde un principio, especialmente por el carácter de sus sueños, pero me había dejado entrampar por su aparente simpleza. En realidad, a ella le eran indiferentes los adornos y vestidos. Era mi padre quien le transfería sus propios deseos, a los que ella, conscientemente, accedía para despertarle el placer y la humillación.

Descubrí, también, que el pensamiento de madre estaba corroído por la fantasía, que le ocasionaba fuertes y diversas culpas. Su permanente estado de culpa la obligaba a castigarse, en algunas ocasiones con excesiva dureza.

Se privaba frecuentemente de alimentos, realizando dolorosos ayunos que se prolongaban por varios días. Durante ese tiempo sus fantasías declinaban notoriamente; ella permanecía atada a las más inofensivas, relacionadas con fugas o comidas exóticas. Pero, pasado el efecto del ayuno, la fantasía se instalaba en ella con más fuerza aún, empujándola a una nueva expiación.

Otro de sus métodos consistía en practicar actividades que detestaba y a las que, sin embargo, se entregaba de lleno. Asistía a ancianos asilados y enfermos, lavándolos con sus propias manos para quedar, después, librada a su terror al contagio. Ni siquiera se permitía quitarse de encima los fuertes olores que la impregnaban.

Mi padre, que no veía con buenos ojos sus ayunos, la admiraba, en cambio, por esas labores, especialmente las horas que dedicaba a los niños ciegos agrupados en las hospederías de las afueras de la ciudad. Mi padre gustaba mucho de oír detalles en torno a esos niños. Por ello mi madre le hacía descripciones sorprendentemente rigurosas. Llegó a identificar a los numerosos ciegos por sus nombres y, más aún, era capaz de caracterizar acertadamente a cada uno de ellos.

Algunos de estos niños, decía mi madre, tenían las cuencas vacías; ella limpiaba las cavidades taponadas de erupciones purulentas.

Mi padre la miraba conmovido y ella respondía como si su gesto hacia los ciegos no tuviera la menor relevancia.

Ciertamente, mi madre detestaba esas visitas porque los niños, fascinados con su perfume, se abalanzaban sobre ella rasguñándola, desgarrando su ropa. Y muchos de ellos se golpeaban contra los muros, lo que causaba gran júbilo entre los demás. Mi madre, en esas ocasiones, se aturdía en medio de sonidos guturales.

Ella escondía estas sensaciones a mi padre, como asimismo su constante repulsa. Pero mi hermana y yo, que estábamos inmersos en su oscuridad artificiosa, vivíamos sus relatos como premoniciones aterrantes. Era terriblemente duro exponernos a sus narraciones desde el sistema cerrado en que yacíamos. Mi hermana, alterada, temblaba por horas en medio de la oscuridad, y yo dominaba mi impulso de acercarme para encontrar en ella protección. En esas ocasiones el estar cerca permitía paliar en parte nuestro desatado miedo a la ceguera.

 

Bruscamente mi madre suspendió todo aquello. Coincidió esto con la transformación de su cuerpo que la sumió durante días en una alarmante confusión. Sentíamos a menudo su mano tocando la piel dilatada y tensa, palpándose escindida entre la obsesión y la ansiedad.

Su orden fantasioso cesó por completo, centrándose en cambio en un empeño imposible. 
Buscaba visualizar por dentro su proceso biológico para alejar de ella el sentimiento de usurpación. Su empresa era, desde siempre, un fraude para desencadenarnos culpas.

Nuestra culpa se alzó sobre el rigor de las aguas como una masa cerosa. Pudimos invertir el proceso desde el momento en que logramos gestar sueños para ella. Sueños líquidos que construíamos con retazos de imágenes fracturadas de lo real. Nuestros sueños eran híbridos y lúdicamente abstractos, parecidos a un severo desajuste neurológico.

Mi madre, perturbada, casi perdió la mitad de su cara, gran parte de su vello y la capacidad de enfocar a media distancia.

Nosotros no planeamos que esto pasara; simplemente, sucedió de manera espontánea, pero a mí me trajo un doloroso costo, que fue ceder a las presiones de mi hermana.

Hastiado de su persecución, permití que se me acercara. Con el roce estalló el fragor de su envidia. No puedo precisar con exactitud el momento en que ella percibió nuestra diferencia. Pudo ser el tercero o cuarto roce, cuando sentí uno de sus conocidos temblores. Era un temblor de tal magnitud que las aguas me lanzaron contra las paredes.

Antes de lograr reponerme sentía que se me venía encima con un impulso desgarrador y, procazmente, se frotó contra mi incipiente pero ya establecido pudor.

Sin saber a qué adjudicar su ataque, acosado, intenté alejarla, pero me paralizó su frote obsesivo que apuntaba en una sola dirección. Intuí que era preferible que saciara su curiosidad y que de esa manera se estableciera entre nosotros un explícito campo de batalla. Mi hermana se quedó súbitamente inmóvil, extrañamente apacible, y allí, teniéndome acorralado, realizó su primer juego conmigo.

  • Diamela Eltit
    Eltit, Diamela

    Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) estudió Letras en la Universidad Católica de Chile. Ejerció la docencia en diversas instituciones y dictó conferencias en Inglaterra, Alemania y los EE.UU. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, alemán y búlgaro. También ha escrito guiones de cine.

    Obras:

    • Lumpérica, novela, Las Ediciones del Ornitorrinco, Santiago, 1983
    • Por la patria, novela, Las Ediciones del Ornitorrinco, Santiago, 1986
    • El cuarto mundo, novela, Planeta, Santiago, 1988
    • El padre mío, libro de testimonios, Francisco Zegers Editor, Santiago, 1989
    • Vaca sagrada, novela, Planeta, Buenos Aires, 1991
    • El infarto del alma, libro documental, con fotografías de Paz Errázuriz, 1994
    • Los vigilantes, novela, Sudamericana, Santiago, 1994
    • Crónica del sufragio femenino en Chile, ensayo, Servicio Nacional de la Mujer SERNAM, Santiago, 1994
    • Los trabajadores de la muerte, novela, Seix Barral, Santiago, 1998
    • Escritos sobre literatura, arte y política, ensayos, Planeta, Santiago, 2000
    • Mano de obra, novela, Seix Barral, Santiago, 2002
    • Puño y letra, Seix Barral, Santiago, 2005
    • Jamás el fuego nunca, novela, Seix Barral, Santiago, 2007
    • Signos vitales. Escritos sobre literatura, arte y política, ensayos, Ediciones UDP, Santiago, 2007
    • Colonizadas, relato en la antología Excesos del cuerpo. Ficciones de contagio y enfermedad en América Latina, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2009
    • Impuesto a la carne, novela, Seix Barral, Santiago, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2010
    • Antología personal, editorial de la Universidad de Talca, 2012
    • Fuerzas especiales, novela, Seix Barral, Santiago, 2013