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Año 1 #12 Septiembre 2015

Gritos en silencio

Si se cae un árbol y el único hombre que está cerca para oír puede ser que sea sordo o puede que no... ¿el árbol cae haciendo ruido o en silencio?

 

Se trataba de esa tonta discusión acerca del sonido. Si un árbol cae en medio del bosque donde no lo oye nadie, ¿su caída es silenciosa? ¿Hay sonido donde no hay oídos para percibirlo? He oído discutir esto tanto a los profesores universitarios como a los barrenderos de las calles.

Esta vez lo estaban discutiendo un empleado en la estación de tren y un hombre gordo en mameluco. Era un cálido crepúsculo de verano, casi al anochecer, y la ventana del empleado de la estación daba al andén de atrás y estaba abierta; él tenía los codos apoyados en el alféizar. El hombre corpulento estaba apoyado contra los la­drillos rojos del edificio. La discusión entre ambos daba vueltas en círculo como una abeja.

Me senté en un banco de madera de la plataforma a unos tres metros de distancia. Era un extraño en esa ciudad, esperando un tren que se demoraba. Había otro hombre más: estaba sentado en el banco al lado mío, entre mi cuerpo y la ventana. Era un hombre alto y pesado con una expresión distante y manos grandes y ásperas. Parecía un granjero con ropa nueva.

Yo no estaba interesado ni en la discusión ni en el hombre junto a mí. Solamente me preguntaba cuánto tiempo más tardaría el mal­dito tren.

No tenía reloj: estaba siendo reparado en la ciudad. Y desde donde yo estaba sentado no podía ver el reloj de adentro de la estación. El hombre alto a mi lado tenía un reloj de pulsera y le pregunté qué hora era.

No me respondió.

Se imaginan la escena, ¿no es cierto? Cuatro personas, tres en el andén y el empleado apoyado en la ventana. La discusión entre el empleado y el hombre gordo. En el banco, el hombre silencioso y yo.

Me levanté del banco y miré por la puerta abierta de la estación. Eran las siete cuarenta; el tren tenía doce minutos de retraso. Suspi­ré y encendí un cigarrillo. Decidí meterme en la discusión. No era asunto mío, pero sabía la respuesta y ellos no.

—Perdonen que me entrometa —dije—. Pero ustedes no están discutiendo acerca del sonido, están discutiendo una cuestión se­mántica.

Esperaba que alguno de ellos me preguntara lo que era la semán­tica, pero el empleado de la estación me hizo quedar como un tonto.

—La semántica es el estudio de las palabras, ¿no es cierto? En cierto sentido, usted tiene razón, supongo.

—En todo sentido —insistí—. Si usted busca “sonido” en el dic­cionario, usted se va a encontrar con dos definiciones. Una es la “vi­bración de un medio, habitualmente el aire, con cierta frecuencia” y la otra es “el efecto de tales vibraciones en el oído”. No son las palabras exactas, pero es la idea general. Ahora, según una de esas definiciones, el sonido, la vibración, existe tanto si hay un oído cerca para percibir­lo como si no. Según la otra, las vibraciones no son sonoras a menos que haya un oído para oídas. Así que los dos tienen razón, la diferen­cia está en el sentido en que se use la palabra “sonido”.

—Tal vez usted tenga razón —admitió el hombre gordo. Miró de nuevo al empleado—. Digamos que hemos empatado, Joe. Tengo que irme a casa. Hasta luego.

Salió del andén y empezó a caminar por la estación.

Le pregunté al empleado:

—¿Hay alguna noticia del tren?

—No —respondió él. Se inclinó un poco más en la ventana y miró a la derecha, hacia un reloj que había en una columna y que yo no había visto antes—. Aunque ya tendría que haber llegado.

Me sonrió.

—¿Es experto en sonido, eh?

—Bueno —dije—. No diría eso. Pero sucede que sí busqué la palabra en el diccionario y sé lo que significa.

—Oh, oh, bien. Tomemos la segunda definición y digamos que el sonido es sonido si hay un oído para oído. Un árbol se cae en el bosque y sólo hay un hombre sordo ahí. ¿Hay sonido?

      Miré a propósito a la derecha, al hombre alto que no había contes­tado mi pregunta acerca de la hora. Seguía sentado mirando para adelante, derecho. Bajando un poco la voz, le pregunté al empleado de la estación:

—¿Es sordo?

—¿Él? ¿Bill Meyers? —se río; había algo raro en el sonido de esa risa—. Señor, nadie lo sabe. Era eso lo que le iba a preguntar a continuación. Si el árbol se cae y hay un hombre cerca, pero nadie sabe si es sordo o no, ¿hay algún sonido?

Su voz había aumentado de volumen. Me quedé mirándolo, per­plejo, preguntándome si estaba medio loco o si sólo trataba de se­guir con la discusión complicando la argumentación.

—Entonces si nadie sabe si es sordo, nadie sabe si hubo algún sonido —le respondí.

—Está equivocado, señor. Ese hombre podría saber si lo oyó o no. Podría saberlo el árbol, tal vez, ¿no es cierto? Y tal vez otra gente lo sabría también.

—No le entiendo —le dije—. ¿Qué quiere probar?

—Un asesinato, señor. Usted acaba de levantarse de al lado de un hombre que es un asesino.

Lo miré de nuevo, pero no parecía estar loco. A lo lejos silbó un tren.

—No le entiendo.

—El tipo que está sentado en el banco. Bill Meyers. Él asesinó a su esposa. A ella y al empleado que tenía.

Ahora hablaba bastante alto. Me sentí incómodo. Deseaba que ese lejano tren estuviera más cerca. No sabía qué iba a pasar a conti­nuación aquí, pero sí sabía que prefería estar a bordo del tren. Por el rabillo del ojo, miré al hombre alto con la cara de granito y las manos grandes. Seguía mirando las vías. No se le movía un solo músculo de las manos o la cara.

—Le voy a contar, señor. Me gusta contarle a la gente esta histo­ria. La esposa era mi prima, una mujer encantadora. Mandy Eppert era su nombre antes de casarse con ese tipo. Él fue rudo con ella, asquerosamente rudo. ¿Sabe lo que significa que un hombre sea rudo con una mujer indefensa? Ella tenía diecisiete años cuando fue tan tonta como para casarse con él, hace siete años. Tenía veinticuatro cuando murió la primavera pasada. Trabajó más en ese tiempo que muchas mujeres en toda su vida, allá en la granja de él. La hizo tra­bajar como un caballo y la trataba como a una esclava. Y la religión de ella no le permitía divorciarse de él, ni siquiera abandonarlo. ¿Se da cuenta de lo que quiero decir, señor?

Me aclaré la voz para hablar, pero él no necesitaba que lo alenta­ran a seguir, ni que le hicieran comentarios. Prosiguió:

—Entonces, ¿cómo podría culpársela, señor, por amar a un mu­chacho decente, un muchacho honrado y joven como ella? Dije amar, nada más. Apuesto mi vida a que no fue más que eso porque cono­cía muy bien a Mandy. Oh, claro, ellos habrán conversado, se ha­brán mirado; tal vez, no me atrevería a apostar lo contrario, alguna vez hubo un beso robado. Pero nada más, nada como para merecer que los mataran, señor.

Me sentía incómodo. Deseaba que llegara el tren y me sacara de esta situación engorrosa. Aunque tenía que decir algo ahora, el em­pleado estaba esperando.

—Aunque hubiera habido algo más, la justicia por mano propia ya no está permitida.

—Claro, señor —me dio la razón el empleado—. ¿ Pero usted sabe lo que hizo ese bastardo que está sentado ahí? Se quedó sordo.

      —¿Cómo?

      —Se quedó sordo. Vino a la ciudad para ver al doctor y dijo que había tenido dolores de oído y que no podía oír bien. Que temía haberse quedado sordo. El doctor le dio algo para tomar, ¿y sabe adónde fue después de que salió del consultorio?

No intenté adivinar.

—A la oficina del alguacil—prosiguió—. Le dijo al alguacil que quería informar que su esposa y su empleado habían desaparecido. ¿Se da cuenta? Muy inteligente de su parte. ¿No le parece? Fue a hacer la denuncia y dijo que les iba a hacer juicio si los encontraban. Pero tuvo mucha dificultad para comprender las preguntas que le hacía el alguacil. El alguacil se cansó de gritar y escribió las preguntas en un papel. Inteligente. ¿Se da cuenta de lo que quiero decir?

—No del todo —dije—. ¿No había huido la esposa?

—Él la había asesinado. Y al joven también. O, mejor dicho, los estaba asesinando. Tal vez tardó un par de semanas. Los encontraron un mes más tarde.

Se le ensombreció la mirada, negra de rabia.

—En el ahumadero —dijo—. Un ahumadero nuevo hecho de concreto y todavía no usado. Con un candado en la puerta. Estaba caminando por la granja un mes atrás más o menos, eso es lo que dijo después de que se encontraron los cuerpos, y notó que el can­dado estaba abierto, colgando de uno de los ganchos, y que no sos­tenía la puerta cerrada. ¿Se da cuenta? Entonces enganchó la puerta y cerró el candado para que no se cayera y se perdiera.

—Mi Dios —dije—. ¿Y ellos estaban ahí adentro? ¿Se murieron de inanición?

—La sed lo mata a uno primero si no tiene ni comida ni bebida. Oh, claro que intentaron salir. Rasparon casi la mitad del ancho de la puerta con un pedazo de concreto que había quedado suelto. Era una puerta muy gruesa. Me imagino que martillaron muchísimo esa puerta. ¿Había sonido, señor, si solamente un hombre sordo vivía cerca de esa puerta y pasaba por ahí veinte veces por día?

De nuevo sonrió oscuramente. Y agregó:

—Su tren va a llegar pronto. Es el que oyó silbar. Para en la torre de agua. No va a tardar más de diez minutos —y sin cambiar el tono de voz, excepto que otra vez volvió a hablar alto, agregó—: fue una muerte horrible. Aunque hubiera tenido razones para matarlos, sólo un hijo de puta de alma podrida podría haberlo hecho de ese modo. ¿No le parece?

—¿Pero usted está seguro de que él es...?

—¿Sordo? Claro, es sordo. ¿Se lo puede imaginar parado ahí frente a una puerta con candado escuchando con sus oídos sordos los golpes de adentro? ¿Y los gritos? Claro que es sordo. Por eso es que le puedo decir todo esto, gritárselo al oído. Si estoy equivocado, no me puede oír. Pero él puede oírme. Viene aquí para oírme.

No pude evitar preguntarle:

—¿Por qué? ¿Por qué vendría... si es que usted tiene razón?

—Lo estoy ayudando, por eso. Lo estoy ayudando a que su ne­gra mente decida de una vez colgar una soga de la viga más alta de ese ahumadero y ahorcarse. No tiene coraje, todavía. Así que cada vez que viene a la ciudad, se sienta en la plataforma un rato para descansar. Y yo le digo qué clase de asesino hijo de puta es.

Escupió en dirección a las vías. Y agregó:

—Somos pocos los que sabemos la verdad. El alguacil no, no nos creería. Diría que es muy difícil de probar.

Un ruido de pies que se arrastraban detrás de mí hizo que me diera vuelta. El hombre alto de las manos grandes y la cara de grani­to se estaba poniendo de pie. No nos miró. Fue hacia los escalones.

—Se va a colgar muy pronto —dijo el empleado—. No vendría aquí y se sentaría así por ningún otro motivo, ¿no le parece, señor?

—A menos —dije— que sea sordo.

—Claro. Podría ser. ¿Entiende lo que quiero decir? Si se cae un árbol y el único hombre que está cerca para oír puede ser que sea sordo o puede que no, ¿cae en silencio o no? Bueno, tengo que pre­parar la bolsa con el correo.

Me volví y miré la figura alta alejándose de la estación. Camina­ba lentamente y los hombros, grandes como eran, parecían un poco caídos.

El reloj de la torre que estaba a una cuadra comenzó a dar las once en punto.

El hombre alto levantó la muñeca para mirar la hora en su reloj.

Temblé apenas. Pudo haber sido mera coincidencia, claro; sin embargo, un escalofrío me recorrió la columna vertebral.

El tren llegó y me subí.

  • Fredric Brown
    Brown, Fredric

    Fredric Brown (1906-1972) nació en Cincinnati, Ohio, Estados Unidos, el 29 de octubre de 1906. Se emplea en diversos trabajos que nada tienen que ver con su vocación.

    Un año después de casarse (1929), fue corrector de pruebas, trabajo que conservó por prudencia pese a ser un escritor notable. Toda su obra trasunta sus rasgos personales. Sus personajes, son escritores, periodistas, bebedores y jugadores como él mismo.

    En 1936 escribe historias menores para revistas baratas (“pulps”). Su primer relato policial fue The Moon for a Nickel (1938) y de ciencia ficción Not yet the End (1941).

    Su estilo narrativo juega con las palabras a veces sin más contenido que dicho juego (El final), sin embargo toda su obra está impregnada de una búsqueda metafísica a través de la superposición de fantasía y realidad tal como se advierte en Universo de locos (1949), tal vez su mejor novela y algunos cuentos (No sucedió, Armagedón, Arena, etc.).

    The Fabulous Clipjoint (1947) es su novela preferida. Con ella obtiene el Premio Edgar Allan Poe (1948). Divorciado, se vuelve a casar y se traslada a Nueva York, pero un asma (1949) lo obliga a residir en New México. Hacía largos viajes en autobús buscando inspiración en la monotonía de los viajes. De ese modo llegó a publicar tres novelas en 1955 (The Wench is Dead, Martians, Go Home y la adaptación para TV de Cry Silence, escrito siete años antes).

    Night of the Jabberwock (1950), inspirada en Alicia..., de Lewis Carroll, es su obra maestra del género criminal. The Lights in the Sky Are Stars (1953), es bien recibido a pesar de su pesimismo, en cambio La oficina (1958), de corte realista no interesó.

    También ha realizado adaptaciones para televisión: The Last Martian (1959), Arena (1964), readaptado en 1967 para un capitulo de Star Trek.

    En 1963 su asma deriva a un enfisema y debe regresar a Tucson, Arizona, su última residencia. Siete años más tarde concluiría su última novela, The Mind Thing (1970). Su muerte ocurre en el hospital de Tucson el 12 de marzo de 1972.