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Año 1 #11 Agosto 2015

Lomas del Mirador

Tedesco inventa un habla, o la descubre, pero en todo caso comete la impudicia poética de fijarla negro sobre blanco. Lo oral en escrito. Tomemos al azar un fragmento: “A tu viejo le pasó lo que al mío: la deuda lo estragó, le partió el mate, le demacró su única sonrisa, esa de andar en casa, entre las nimiedades cariñosas de su casa, como soberano del aire construido. Nunca se perdonaron. Para ellos, si uno debe, uno no es, uno es una lacra, un pedazo de carne invadido por la plata que no tiene, tomado por la voz que dice y dice, por el síncope, por el terror de despertar” (de Lomas del Mirador). 

De Lomas del Mirador, Losada, 2006.

 

Naturaleza muerta

Hay un horizonte básico, hay explanadas de cielo y líneas radiantes, inconclusas, márgenes dentados sobre los techos del caserío, hay árboles lejanos y árboles cercanos, unos y otros rígidamente doblegados por el volumen perpendicular de las alturas, hay parvas, molinos, hay moderadas lagunas ramificadas en zanjones, coágulos de barro blando en los terrenos bajos, blanco barro sepulcral en los cauces atormentados por la seca, hay alambrados, púas, vértices trenzados de la demarcación diabólica, hay caballos, hay jinetes jactanciosos, hay jinetes postrados sobre el anca partida del destierro, hay gente violada, gente simplemente asesinada, hay vacas gordas como nubes, como quietísimas nubes vaporosas, hay perros, perros  de dientes deslumbrantes, hay carne de perro ya negra, carne abombada, hay también carne irreconocible, carne de cualquier cosa, carne incluso no carne de seres fabulosos, hay neblinas, la neblina frenética de algún dios, hay basura, hay ceniza de basura, gasas, vendas encaramadas en el humo que asciende hacia el sol del mediodía, hay maleza quemada, hay maleza briosa sobre el paredón momificado de la fábrica, hay aves, cientos de aves, aves en promiscuidad libertaria, acoples feroces de masa voladora, hay el ruido inmenso de la copulación natural, hay aves cautivas, aves martirizadas por el orden, aves cuyo único canto estalla en el único silencio del patio que fue mío.

 

Alegría

Voy desde Ella hacia mí, es Ella la que viene, voy desde mí hacia Ella, es Ella la que está, regresada de mí, que sigo en Ella, recorrida en el cuerpo de ambos, en esmerada propagación que viene y va, que recorre en Ella lo que en mí retiene su cavidad que llega, soy Ella en el cuerpo que la toma, soy yo en su estremecimiento, en la alegría que nos lleva a ser cada uno el cuerpo del otro, más y más sumergidos, más y más penetrados por la gran cavidad que nos alaba, somos continuamente llamados, continuamente incluidos, somos un único recorrido y su alabanza, la tensa expansión de los gerundios, no hay empeño, no hay comienzo ni fin, no hay ninguna posibilidad para lo imposible, hay la unidad amante, yo sobre mí en Ella sobre mí, Ella sobre sí en lo mismo de mí que la contiene, no hay recuerdo, no hay postrimerías, no hay presente ni pasado, nada se aleja en pose de descanso, no hay combate, es el único suceso en la actualidad de su único suceder, vos en mí, yo en vos, cada uno en pos de sí en el otro que posee, sólo apariencia, interior de la apariencia , profundidad de la apariencia, vos y yo en nuestro único suceder de límite apetente, más y más demorado a medida que su celeridad avanza, más y más denodado a medida que nuestra apariencia crece.

 

Cercos

La posesión real de un terreno, su trazado en la extensión que lo contiene, exige de usted una firme escisión entre vida propia y  vida circundante. No se mira el terreno propio como se mira el de los demás. Hay zozobra, recelo, y una alegría nerviosa que ante la menor contrariedad se convierte en angustiosa introspección. No se preocupe, a todos nos ocurre algo parecido. En los días calmos y felices, cuando la veleidad amorosa hace pie en las zanjas de Libido, la superficie irá hacia usted, prodigará sobre sus ojos la imagen cautiva que necesita para proyectar muros cariñosos de robusta certidumbre. Ya no tendrá paz: si antes de ser propietario no tenía donde caerse muerto, ahora, en su pequeño predio bonaerense, conocerá el vacío emboscado en el pastito neurológico. Sea cauto, su terreno acumula milenios de murmullo intraducible, y es, también, recinto poseído por el rugir de animales fabulosos y el temporal que desvanece la materia en ráfagas de aire feneciente. Tomar posesión, ser voz de mando, activar en usted la presencia del demonio patronal es hoy su activo prometeico. Hay varias opciones, ninguna desdeñable. Está el cerco tradicional: tres tiras de alambre común sostenidas por postes erguidos metro y medio sobre la demarcación asignada. Hay quienes prefieren el alambre de púa; en este caso suelen achicar la distancia entre los postes, elevándolos según la postración del vértigo prisionero. Está el ligustrino, el cerco de tilos, y toda la variedad vegetal que sugiere el encanto progresista para proteger los latidos del entierro. La solución más efectiva, sin embargo, es la ominosa: cuatro paredes altas, algo así como un cajón de muerto con vidrios amurados sobre el perímetro silente de la subjetividad. De este modo, cualquier intromisión de vida circundante, antes de posarse en sus dominios, dejará rastros de la herida en los ángulos filosos de la demarcación. No se asuste si en los días de lluvia la sangre lavada se desliza sobre el revoque de los muros, si un cuerpo cae y otro lo persigue, si la estructura del acontecer lo fastidia con sus quistes desolados. Usted es el dueño y la ley lo protege, la Máscara, tan violenta como su miedo, tan astuta como su deseo de ser alguien.

 

Deuda

A tu viejo le pasó lo que al mío: la deuda lo estragó, le partió el mate, le demacró su única sonrisa, esa de andar en casa, entre las nimiedades cariñosas de su casa, como soberano del aire construido. Nunca se perdonaron. Para ellos, si uno debe, uno no es, uno es una lacra, un pedazo de carne invadido por la plata que no tiene, tomado por la voz que dice y dice, por el síncope, por el terror de despertar. Tu viejo no fue un malhechor, tu viejo, como el mío, no se patinaban el sueldo en farras de champán. Tuvieron sus quimeras —la parra, la tranquilidad del patio, el fondito, la parrilla, sembrar unas verduras—, todo se lo llevó el pagaré, la hipoteca, la parca grúa de la deuda. Miralos, se les torció la boca, se les agusanó el idioma, el pronunciado nombre de las cosas. La deuda es así, te da lo que no tenés pero te mella el paladar, te quita el aliento, la masticación, el sosiego natal del alimento. Miralos, tan adentro del silencio, apocados, encorvados, trizados por el torno de la vida, tan adentro de la rabia, y sus piernas, que alguna vez driblearon en el potrero de los goles majestuosos, sus piernas escalantes, bienhechoras, fuertes en el azul de los andamios, tan compadres, tan proclives a la altura, miralos, si es para no creer, para no decir, para callar y callar, para nunca más dejar en las palabras el revuelo de los hechos. A tu viejo le pasó lo que al mío, a vos te pasa lo que a mí: cada cual vive en una casa cercada por la deuda, cada cual ocupa un cuerpo tironeado por la zarpa del trabajo. No hay sentido para esto, no hay significado que nos llame, todo es escozor y grieta, lastimadura, infinito desdén de lo posible. Nos prestan, somos prestados, no importa para qué, ellos nos prestan, ellos están para eso, para tomarnos con el peso de la deuda, para dejar en nosotros el monto enajenado de la que ya no somos. A vos te pasa lo que a mí, tenés ganas de matar, matar, sí ¿pero a quién? No tienen cara ni voz reconocibles, tienen papeles, edificios, constancias del Imposible Lacerado. No hay modo de escabullirse, no hay modo de atacar, nuestra fuerza se agota en el merodeo de su propia corpulencia, nos adecuamos, nuestra deformación no cesa, nos carcome la celeridad de los días, el anuncio fatal del vencimiento. A vos te pasa lo que a mí: el manoseo del orden nos da risa, nos tiramos a reír en la cama del espanto.

 

Luz

Es domingo, las seis de la tarde de un domingo de invierno. Las cosas se añaden entre sí, vagamente tumultuosas, luego se apagan. No les debo trazo de imagen, pero nada hago para salir del letargo de la casa. Veo sobre la sombra lo que la sombra ve. Muchísimo tabaco y muchísimo café se agregan al grave licor concedido a la quietud de mi cuerpo. Todo está donde debe estar, todo cayó en el lugar dispuesto por la hegemonía del Maniatar Sucesivo. Esa es la norma: preservar lo constante, restañar lo desasido de su forma. Es domingo, es una fría tardecita de invierno y anochece. Crezco y decrezco en claroscuro silencio, sin extensión, sin vorágine de lucha la encarnación que soy, esfumado contorno de alguna consistencia. Me prefiero así: impreciso, postergado, desprovisto de lámpara, lejos, por ahora, el simulacro de luz que retiene lo constante.

 

Apariencia

Se lo digo por su bien y por el bien de los suyos, no se le ocurra, paisano, meterse con esa patraña de la casa ideal. Una casa es como es, lo que se pudo hacer y aquello que, fayando y fayando, quedó trunco en el terreno que le fue dado. Las mejoras, si está en condiciones de hacerles frente, vienen de la necesidad o las gesta el oprobio, pero están ahí, cerquita y a la vista. Dese por hecho con la forma que ve, no sufra por la falta que el contubernio filosófico alaba como desasosiego permanente. Disfrute y atienda lo entrañable del límite privado: su refugio, el abrigo familiar, las noches plebeyas en el cuerpo de su reina. Usted quiere más, es cierto, siempre quiso más, los planos prolijamente guardados en el cajoncito de la mesa así lo demuestran, pero no se abandone, no deje que las formas invisibles invadan su casa, no la torture con el desestar del paradigma. Lo digo por su bien, una casa es tal como aparece, es eso que está ahí, no lo que pudo o debió haber sido, pero si usté quiere más, escuche, paisano, lo que viá decirle, si usté quiere más, entonces métale al frenesí de la materia, déjese ir a lomo de las flotaciones azarosas, abróchese a sus ligamentos maniatados.  La apariencia, paisano, no requiere el ceremonial adusto de la trascendencia, es intensa, abigarrada, lleva sobre sí la herida, la rajadura que piensa y da batalla. Ah, las esencias, pura patraña religiosa, gárgara menesterosa de curitas. Lo digo por su bien: entre su casa, la visible, la imperfecta, la inacabada, y la otra, la tomada por el suero tentacular de la melancolía, habitan los dioses. Mírelos convivir, son plaga, peste cerebral, alucinaciones del Imposible Lacerado. ¿Ve esa luz mala que a veces se le aparece como migración del infortunio celestial?, bueno, son los cojones de algún dios. Ignórelos. Vienen por usté, ignórelos. Recuerde la tristísima experiencia de don Rogelio, convertido en figura tiesa, encorvada y sibilante, luego de intentar defender a su hija de las garras virtuales de la violación divina. Los dioses, paisano, con su olor a muerto, su olor a repasador viciado por las bacterias sepulcrales, vienen sobre nosotros, caen sobre nosotros como buitres de la pesadumbre abstracta, quieren nuestra apariencia, quieren nuestras casas, quieren someternos con la radicación fantasmal de nuestra falta. Ignórelos, quédese por aquí, en el aire de aquí, mírela a su china, ha colocado flores silvestres y frasquitos desiguales en la cocina que nunca descansa. Ella lo espera, ella está a gusto en la casa sencilla. Métale frenesí a la materia, y si el bizcocho lo acompaña, si aún no bizquea demasiado, dele su porongazo, si suave y demorante mejor, la plenitud no transa con el reptil de las esencias.

 

Herencia

Situados aquí, en lo límpido de aquí, en los estuarios del papel inmenso, seres que en la razón arrastran el límite de las grandes construcciones, desasidos ya de furor, de manía, de cualquier enardecimiento motivado por la sensación de falta, situados aquí, en lo barrido de aquí, en la vereda ensangrentada de los barrios, ciudadanos autónomos en el paraje democrático, con la dignidad sinuosa del habitante de sí mismo, ni alegres ni melancólicos, tan insignificantes en su voracidad de laicos embotados, situados aquí, ante el papel inmenso, ante el blanco del íntimo silencio, lejos ya de las cavernas, del tempestuoso mar, del pájaro agorero, del juego tenebroso de los dioses, situados aquí, seres en el vértigo del yo, con sus palabras ardidas para nada quemándose entre sí, como la mítica basura que humea en el territorio de sus casas.

 

Espíritu

Mírese bien, mírese hasta ocultarse, mírese en detalle, parte por parte, observe lo no sucedido de usted, eso que le reclaman, eso que debió haber hecho y que lamentablemente no hizo, córrase de su yo, del polvito autónomo de sus actos, usted necesita implantes, alucinaciones migratorias, temporales de otros mundos en el mundo conocido, mírese sin recurrir al espejo, el espejo es más de lo mismo, ingrese salvajemente en usted, en las constelaciones diminutas de su cerebro, en la espina dorsal, en el pabellón destinado a las cuestiones idiomáticas, lo nombrado es cosa, le reclaman, responda, hágase cargo, lo nombrado no llegó todavía, gire la cabeza y vea, le duele la cabeza, vea el porqué, analice el porqué, algo no ocurre, algo no ocurrió, algo no ocurrirá jamás, algo será siempre aquello que se espera, algo distanciado para siempre, obsérvese hasta estallar, sus latidos laten en lugar infructuoso, deje en paz al corazón, aquí no dirimimos la probidad de su vida sentimental, entiéndalo de una vez, la escena crucial del pensamiento, esa es la meta, el detonador de la imagen, el lugar de la mezcla, la embriaguez mestiza de la voz acumulada, esa palabra de lo que no está, de lo que no sucede como las cosas suceden, esa palabra, espíritu, el murmurante masticador invisible de la duración, mírese bien, actívelo, suplántese unos segundos, tírese detrás, a la espera, oculte todo lo que pueda la trabazón maniatada de su mente, déjese iluminar por la no-causa, por la no-resolución, por el simple jugueteo de la luz en la luz perfecta de lo que no será.

 

Fatiga

Mírese, compadre, algo le falta, no tiene que ver con lo explícito de su aparecer. Cierta  cosa no hay en usted, o ha menguado, más y más descascarada, quizás, como se dice que ocurría en Grecia con la masa fálica de los esclavos moribundos. No crea que está solo en esto, me pasa a mí, les pasa a todos, vivimos, como dice la calle, con un par de jugadores  menos. Algo nos falta, compadre, y a veces pienso que la manca fue de nacimiento. Ese poquitismo[1] mental de nuestra corpulencia lucha y se desangra con la desmesura triunfal de nuestra angustia. Yo lo miro a usted, y usted me mira a mí. Nos vejamos mutuamente, estamos taponados por aquí y agujereados por allá, todo lo retiene y todo lo mana el orificio, aspiramos y respiramos oblicuamente interceptados por la simultaneidad faltante. Mire a su alrededor: todos cansados, doblados, enroscados, cada uno perseguido por el chillido acuoso de la tráquea, cada uno sobre sí, chupándose, chapaleándose... Nuestra fatiga, compadre, es diligente, aplicada, laboriosa, viene de muy lejos, es nuestro jinete, nuestra flota pulmonar desplegada sobre la cosa que no hay, sobre el lugar herido de la cosa que no hay, que no hubo nunca, o, si la hubo, fue menguando, descascarándose, hasta ser esa nada raquítica que silba buscando compañía.

[1] Esta palabra la debo al poeta Daniel Freidemberg.

 

 

Humedad

“Lo que nace ya es lo que muere.

Entre lo que llamamos nacer y morir

sólo hay el hay.”

Oscar del Barco, Exceso y donación

 

Un claro, busco un claro en la casa, un claro en las paredes de la casa, un ángulo no tomado, una superficie de revoque limpio, no brotado, no dispar, no rugoso ni empastado por el musgo corrosivo, una base de columna, un dintel, alguna celosía, algún plano inferior de muro no demacrado por la fermentación maligna, no se puede vivir así, encogido, abroquelado, sin vallas que oponer al avance sarmentoso de la mancha, sin recursos para destruir la hinchazón, los pliegues de la vieja pintura, el tiempo engorda las cosas, las somete, las pudre, el polvillo diario se pega en lo mojado y su relieve tortuoso se descascara, cae sobre mí, seguramente no hice bien lo que debía hacer, seguramente la carga de ceresita no fue la correcta, seguramente me distraje al calcular las proporciones de la mezcla, no es fácil planificar cuando la cognición constructiva lleva sobre sí el oprobio de la carencia, cuando el peso de la deuda, el gasto adicional y la necesidad imprevisible impiden cumplir con los ajustes que demanda la consolidación de la estructura, hago lo que puedo, hice lo que podía hacer, lo desconocido, el veneno de lo desconocido, ataca en el momento menos pensado, hay que tapar, hay que resistir, una cosa tapa la otra, uno quiere acabar, como sea, como lo posible quiere que se determine su forma final, pero acabar de una vez con el esqueleto raído que demarca la desnudez del terreno, y mirar, tener finalmente ante sí, ante el sí de uno sentado en el sillón predilecto, en el rincón consagrado a la contemplación, ese algo que hay, la sincera razón de su inmanencia, una cosa tapa la otra, ese es el pecado, el transcurso, la puesta en obra, la meditación criminal que se chupa cualquier acontecer, que chupa y chupa cada centímetro de vorágine benigna, de envión entusiasta, de disipación espiritual sobre las ramificaciones del vacío, un claro, busco un claro en las paredes de la casa, un lugar sin humedad, no tomado ni tan desprevenido, no tan domesticado por el error y la culpa, por la sensación de falta, un lugar en lo que hice, en lo que haré, un claro para el claro de mí que reconstruye.

 

Trabajo

Todo lo que ves, Musulmán, desde el portón de tu casa, es obra de plebe, cabecitas, sangre que sobra. La zanja, la calle de barro y la otra asfaltada, la vereda, el umbral reluciente de la casa vecina, el árbol de sombra nudosa, los postes, los cables combados en arcos pasivos, eso que ves, Musulmán, te fue dado, la luz de tu pieza, la mesa, el vidrio radiante y las plantas del patio, la sábana yerta sobre la cama sin Ella, todo es trabajo, brazos partidos en los terrenos del mundo. Es bueno que lo aceptes, tus dominios son obra de sangre sumisa. Cal, arena, cemento, ladrillos, la unción vertical de la plomada, vinieron de lejos, y las simetrías adversas del aire fueron vencidas por multitudes sin nada. No lo dudes: el dolor, el deseo, aquellas alegrías, tienen cobijo en la materia inaudita, que los hombres oscuros laboran con rencor extenuado. No dejes tu voz a merced del eterno: allí, sobre la mesa, el poderoso vino, su sabor cosechado, busca en tu mente el temporar que acorrala, el murmullo roedor, el lóbulo de dicción  implacable. Si te vieras, si dieras con vos en el cuerpo de otro, el peón de los confines agrarios, sentirías rugir tu indolencia en los sembrados del lucro: frutas, verduras, carnes y especias, el pan ancestral, cualquier alimento, sea con gula o desdén tu masticar necesario, el agua, la ternura del hábito en el café matinal, el tabaco, el humo que tiende arabescos de imagen, todo lo mezcla el trabajo, lo sufre, lo paga, diagrama en tus gestos contornos mellados. El amor no es igual para todos. Así lo justo y lo injusto, la perfección del acontecer y la pena del mundo, los dueños que gozan y el sudor que fabrica, todo gira y se empasta bajo el trillo gigante. Eso que ves, Musulmán, desde el portón de tu casa, la extensión impasible, el orden intenso clavado en la mieses, arados, azadas, rastrillos, la lenta carreta y el temblor de la yegua en las lomas del alba, todo se instala en la espina remota, en el hierro, en el arma, en el hambre que mata y devora, mientras hiede la luz y tus manos esperan la noche, el papel, el desvarío gramatical, el dictado perdido de la lengua que estalla.

  • Luis Tedesco
    Tedesco, Luis

    Luis O. Tedesco (Buenos Aires, 1941) es un editor de larga trayectoria y un singularísimo poeta. Sin duda, una de las voces poéticas más personales y ricas de la Argentina.

    Ha publicado en poesía:

    • Los objetos del miedo (1970)
    • Cuerpo(1975)
    • Paisajes(1980)
    • Reino sentimental(1985)
    • Vida privada(1995)
    • La dama de mimente (1998)
    • En la maleza(2000)
    • Aquel corazón descamisado(2002)
    • Lomas del Mirador(2006)
    • Hablar mestizo en lírica indecisa(2009)
    • Malón en cautiverio (2013)

    Y la novela

    • Lucho Maidana ataca. Monólogos en contexto de encierro.