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Año 1 #10 Julio 2015

El paisaje humano de Juarroz

Roberto Juarroz escribió un sólo libro, o llamó a todos con el mismo nombre de Poesía vertical. Todos tienen, o él siempre tuvo, el mismo universo, la mirada puesta en el paisaje humano.

De Poesía vertical (1958)

 

 

1

Una red de mirada
mantiene unido al mundo,
no lo deja caerse.
Y aunque yo no sepa qué pasa con los ciegos,
mis ojos van a apoyarse en una espalda
que puede ser de dios.
Sin embargo,

ellos buscan otra red, otro hilo,
que anda cerrando ojos con un traje prestado
y descuelga una lluvia ya sin suelo ni cielo.

Mis ojos buscan eso
que nos hace sacarnos los zapatos
para ver si hay algo más sosteniéndonos debajo 
o inventar un pájaro
para averiguar si existe el aire
o crear un mundo
para saber si hay dios
o ponernos el sombrero
para comprobar que existimos.

 

 

25

El cielo también tiene arrugas
y no para servir a un pensamiento.

El cielo tiene arrugas 
para apartar un poco de sombra
y protegerla
y descansar.

Cuando todo se alisa,
quedan las arrugas del cielo
para sostener la fe del universo.

Y hasta el cielo mismo
se refugia a veces todo en sus arrugas
para poder creer.

 

 

26

La mirada es un hermoso pretexto del ojo
y la muerte también es un pretexto,
aunque no tan hermoso.
Las espinas nos sostienen la sangre
y hay un nuevo sexo de gente
que ha descubierto a Dios.

A las miradas podemos borrarlas
y a la muerte enterrarla,
aunque esté llenando el mundo
como un gran humo en flor.
Podemos clavarnos todas las espinas
y hasta dibujar perfectamente a Dios.

Pero no podemos juntar el ojo con la muerte,
ni la espina con dios.

 

 

De Segunda Poesía Vertical (1963)

38

La nitidez secreta de las cosas
levanta un mundo nuevo en mi mirada,
que también es secreta y lleva un mundo.
Se abre entonces la ceguera del día 
y la luz no cabalga sólo sombras.
Tu mano está en la idea de tu mano.
Mi palabra se instala
como una lluvia interna en todas partes.
Los pájaros sostienen a los árboles,
los muertos a la tierra,
y el amor, que es ausencia,
perfecciona su forma de ojo abierto.
La nitidez del caos
me salva hoy como un vientre junto al mío,
me puebla la ciudad apasionada
que cuelga entre mi ausencia y mi presencia.

 

 

62

El hábito de mi soledad
se desparrama por mi compañía
y las cosas caben en un espacio menor que ellas.

Si quien me acompaña es un hombre,
el ruedo de su atención
se asimila a la pulpa de la mía
y entre los dos viven un fruto.

Si es la sombra de un hombre,
cabe conmigo en la peripecia de callarme.

Si es la ausencia de un hombre,
pernoctamos ambos en los dedos flexibles
de una espera que puede prescindir de sus razones.

Si ni siquiera es un hombre,
nos instalamos sencillamente
en la raíz del uno anónimo.

 

El hábito de mi soledad
ha salvado al espacio,
lo ha disuelto en las cosas,
lo ha entregado a sus formas más astutas,
lo ha curvado sobre una superficie más interna.
Y el espacio se mueve ahora con las cosas.

 


 

De Tercera Poesía Vertical (1965)

1

Las formas nacen de la mano abierta.
Pero hay una que nace de la mano cerrada,
de la más íntima concentración de la mano,
de la mano cerrada que no es ni será puño.
El hombre se corporiza en torno a ella
como la fibra última de la noche
al engendrar la luz que coincide con la noche.

Quizá con esa forma sea posible
la conquista del cero,
la irradiación del punto sin residuo,
el mito de la nada en la palabra.


2

El otro que lleva mi nombre
ha comenzado a desconocerme.
Se despierta donde yo me duermo,
me duplica la persuasión de estar ausente,
ocupa mi lugar como si el otro fuera yo,
me copia en las vidrieras que no amo,
me agudiza las cuencas desistidas,
descoloca los signos que nos unen
y visita sin mí las otras versiones de la noche.

Imitando su ejemplo,
ahora empiezo yo a desconocerme.
Tal vez no exista otra manera
de comenzar a conocernos.


15

Los pensamientos caen como las hojas,
se pudren como el fruto sin dientes,
dan sombra algunas veces
y otras son algo así como el labio demacrado
de una rama desnuda.

Hay cuerpos que agrietan el espacio,
lo quiebran al llenarlo,
lo hieren como el pan a ciertas bocas.
Y hay sombras que curan ese espacio,
le cicatrizan las heridas que le hicieran sus cuerpos,
reponiendo esos cuerpos
desde un lugar más íntimo.

Los pensamientos caen como las hojas
y se pudren como el fruto,
pero no tienen raíces
ni se mueven al viento.
Más delgados que los cuerpos y sus sombras,
no agrietan ni curan el espacio:
son un árbol de espacio,
plantado, sin raíz, en el centro.


De Cuarta Poesía Vertical (1969)

10

En alguna parte hay un hombre

que transpira pensamiento.
Sobre su piel se dibujan 
los contornos húmedos de una piel más fina,
la estela de una navegación sin nave.

Cuando ese hombre piensa luz, ilumina,
cuando piensa muerte, se alisa,
cuando recuerda a alguien, adquiere sus rasgos,
cuando cae en sí mismo, se oscurece como un pozo.

En él se ve el color de los pensamientos nocturnos
y se aprende que ningún pensamiento carece
de su noche y su día.
Y también que hay colores y pensamientos
que no nacen de día ni de noche,
sino tan sólo cuando crece un poco más el olvido.

Ese hombre tiene la porosidad de una tierra más viva
y a veces, cuando sueña, toma aspecto de fuego,
salpicaduras de una llama que se alimenta con llama,
retorcimientos de bosque calcinado.

A ese hombre se le puede ver el amor,
pero eso tan sólo quien lo encuentre y lo ame.
Y también se podría ver en su carne a dios,
pero sólo después de dejar de ver todo el resto.

(a Octavio Paz)

 

22

Hemos hallado un puente que nos desanda,
un puente para desandarnos
y volver a lo que nunca fuimos,
a tu mirada sin ti,
a mi suela clavada en un agua
que no permite hundirse,
a esa mano que sirvió de bandera
cuando cayeron todas las banderas,
al bloqueo taciturno y celeste
de la muerte que vuelve de la muerte.

Un puente movedizo,
desde un punto cualquiera en el que somos
algo más o algo menos que imposibles,
hasta un punto cualquiera de no sernos
o de ser sólo un punto.

Debajo corre el tiempo sin porciones esdrújulas,
el tiempo que desangra a la memoria,
el tiempo que se piensa a sí mismo
en la métrica de un poema sin tiempo.

Hemos hallado el puente hecho de agua.


 


De Sexta Poesía Vertical (1975)

23

Toda mirada es un engaño.
Una mirada verdadera
tendría que quedarse en lo mirado
o ser por lo menos el riego
que lo alimentara y lo hiciera crecer.

Todas las cosas esperan esa mirada.
Y si todo espera algo,
¿puede no existir?

Tal vez cualquiera de nuestras miradas
podría convertirse en aquella que las cosas esperan,
si fuéramos capaces de desprendernos de ella
como quien da un pan

  • Roberto Juarroz
    Juarroz, Roberto

    Roberto Juarroz (Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, 1925-Buenos Aires,1995) fue un influyente poeta argentino nacido en Coronel Dorrego. Allí, su padre era jefe de estación y de esa niñez en contacto con la naturaleza extraerá parte de su riqueza expresiva.

    Estudió Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad Nacional de Buenos Aires, y Filosofía y Letras en la Sorbonne. Desde entonces fue ensayista, traductor y crítico literario, colaborando en diversos medios nacionales e internacionales

    También ejerció la docencia durante treinta años en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Junto al poeta Mario Morales dirigió la revista Poesía=Poesía  entre 1958 y 1965.

    Ha publicado varios ensayos entre los que se destacan: Poesía y creación (Diálogos con Guillermo Boido); Poesía y Realidad; Poesía, literatura y hermenéutica (Conversaciones con Teresita Saguí).

    Miembro de número de la Academia Argentina de Letras y catedrático universitario por más de treinta años, recibió numerosos premios y distinciones, entre los que se destacan, el premio Jean Malrieu de Marsella, y el premio de la Bienal Internacional de Poesía, en Lieja, Bélgica en 1992.

    Toda su obra poética se resume en un mismo título, Poesía vertical, iniciado en 1958. En Francia se publicó su décimo tercer volumen en edición bilingüe en 1993 y en España en 1994. También existe una obra completa en dos tomos que incluye los trece libros. La décimo cuarta entrega (1997) es póstuma.

    Fue amigo de un maestro del aforismo, Antonio Porchia, a quien agradeció públicamente lo que le había dejado como legado.

    Algo destaca en la estatura poética de Juarroz y es su particular concepción del tono poético que excede a la efusión, a lo estrictamente visceral, y aborda un perfil si no despreciado, al menos nunca reconocido en toda su magnitud: la inteligencia y la razón. Seguramente resabios de su formación filosófica.