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Año 1 #8 Mayo 2015

Carne en flor

Con algo de Arlt y algo de Sasturain, alguna pizca de Fontanarrosa y otra de Onetti presentamos la última novela de Gatti.

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Invierno de 1975

 

1

Manantiales no había cambiado, seguía igual. Podrían haber transcurrido otros treinta años y la farmacia de Teófilo Tabanera continuaría con las cortinas metálicas oxidadas, el círculo cultural Alborada con sus paredes interiores desteñidas y el bar de Parra con sus mesas destartaladas sobre la vereda.

Nunca pude asimilar por qué tomé la decisión de marcharme rápidamente. Por qué la fuga. No estaba metido en política, a la siesta jugaba al billar con Pedro Zorroaquieta, quien en aquel momento presidía la Sociedad Rural; una vez a la semana participaba de las interminables tertulias en la Casa de la Caridad, los domingos asistía a misa de 11 en la Basílica Santa Margarita, no tenía deudas pendientes, asuntos oscuros de polleras, ni enemigos vanos. No sé, pero aquella madrugada del 7 de septiembre, cuando el comisario Pelayo me avisó que al local del diario habían ingresado “personas extrañas con oscuros propósitos”, una vez más, tuve miedo. Era esa especie de sensación oscura que se ligaba a otros momentos de mi vida. En el viaje hasta la redacción se mezclaron mis ocultos recuerdos y el instante en que vi al linyera arrollado por el ferrocarril. También la noche en que un par de patoteros manoseó a Elena y yo, en lugar de defenderla, quedé duro, tieso, casi muerto. De pronto se instaló en mí aquella escena del auto volcado, los gritos de Marta, la cara ensangrentada de Dolores, el relincho del viejo caballo y la imposibilidad de moverme. Traté torpemente de separar las cosas, pero la certeza del hueco en el estómago era la misma. Pelayo seguramente advirtió mi malestar y en lugar de calmarme, se despachó con una frase que todavía hoy, de sólo recordarla, me paraliza: “No se cague, Bustillo; usted sabe cómo hacerlos mierda”.

La puerta había sido violentada con una barreta. En el interior del local estaba Germán, el fotógrafo, con los ojos llenos de lágrimas. A su lado, don Rosetti, el viejo tipografista que me acompañaba desde la fundación del diario.

Cuando me senté todavía pasmado, pude ver sobre el cristal del escritorio una nota escrita con gel verde que decía: “ESTAR VIVO NO ES ESTAR SOLO. VIVIR ES COMO ESTAR CON LA CARNE EN FLOR”. En Manantiales únicamente dos personas usaban ese color de tinta. Al menos a ellas yo las tenía identificadas, podría haber más, pero en un pueblo los secretos no existen. Siempre sabemos del otro, nadie se salva, nadie es anónimo.

Todo indicaba que este incidente era una simple y burda maniobra, un chiste grosero hecho nada más que para perturbarme, pero… ¿por qué a mí? ¿Por qué recurrir a una bajeza? Tal vez me sabían débil, indefenso, poco resistente a los desafíos y un golpe así les permitía invadirme, meterse con mis incorregibles miserias y reírse de mis humillantes flaquezas. Alguien que me conocía demasiado sabía cómo vulnerarme y sólo tenía que esperar el horrendo final.

A la diez de la mañana, con una edición hecha de apuro en la imprenta de Villalba, “La Voz de Manantiales” estaba en la calle. En su portada, con letras catástrofe, se leía: “Enemigos son los ignorantes”. Mi firma avalaba el texto que Andrés Saavedra pergeñara con bronca y fina ironía. Yo jamás hubiera escrito ese editorial, soy un cagón, de eso estoy convencido; y si hay algo que a través del tiempo me incomodó, fue sellar esas palabras que no cambiarían mi historia y destino.

A esa hora, pero en la plaza San Martín, Raúl Patiño, el puntero del partido conservador, había convocado a las fuerzas vivas “para repudiar con su presencia el incalificable hecho que intentaba silenciar a quienes levantan bien alto las banderas de la democracia”.

Mientras el pueblo creía que esa manifestación significaba para mí una señal de apoyo, en una mesa de “La Garza Mora”, el bar montado en las afueras de Manantiales, yo le transmitía al comisario Pelayo mi decisión de alejarme de la ciudad. Recurrí a su discreción y a la virtud que más lo caracterizaba: no saber nada de nadie.

Los años confirmarían mi presagio. A partir de aquel 8 de septiembre, Javier Bustillo se transformaría en leyenda.

 

8

Tenía toda la sensación de que me seguían. Al llegar a la esquina miré atrás y el morocho de campera negra no estaba. Decidí ingresar al café y esperar. Necesitaba tomarme un respiro, bajar mi nivel de ansiedad, estar medianamente calmo. Me habían pasado repentinamente tantas cosas que temía lo peor. A medida que transcurría el tiempo, las dudas y los rumores serían insostenibles. Yo estaba seguro de mis deseos y necesidades, pero… ¿por qué esta compulsiva huida? ¿Por qué sembrar la vaguedad de la sospecha? ¿Acaso todo esto no era una fantasía, un auto-sabotaje, una miserable flagelación?

Dejar Manantiales fue duro, lo reconozco; pero debía poner fin a un estado de cosas que me inmovilizaban ¿Era necesario el corte? No lo sé; sinceramente me sentía vacío, tenía que transformar mi vida en un antes y un después, aunque mis decisiones me arrastraran a lo desconocido, al misterio de la nada y al abismo del error. Nadie me empujó, las cosas se precipitaron y debo reconocer que por estar corriendo detrás de un objetivo poco claro, me fui hundiendo en la maraña que Pelayo entretejía con dominio enfermizo. Sólo tres personas sabían la verdad. A Saavedra toda esta situación le convenía, estaba transformando “La Voz de Manantiales” en un panfleto ordinario. Era honesto con el silencio, y su idea de inventarme un “viaje de placer” por Europa no estaba mal.

Con Flavio Sandoval el acuerdo cerraba perfectamente. Yo lo mantenía y le dejaba hacer lo que le gustaba. Él me respondía como un perrito faldero. Con Pelayo, en cambio, debía construir la torre de naipes, cuidando todo al más extremo. Una leve brisa o el más insignificante movimiento, podía hacer peligrar mi estrategia.

Encerrado en el análisis no advertí al morocho de campera negra que se clavó frente a mi mesa y me espetó: “Señor Bustillo, mi nombre es Ricardo Ríos y vengo con un mensaje del comisario Pelayo. Sepa disculpar mi atrevimiento, pero no quise interrumpir su recorrido”. Nuevamente mi estómago manifestaba su malestar. ¿Cómo es que este tipo sabía mi nombre y mi rutina? ¿Desde cuándo me estaba siguiendo? Tenía que demostrarle indiferencia para no despertar sospecha y a la vez firmeza, cierto grado de molestia, incluso parecer irrespetuoso para no exhibir debilidad. “¿Quién es usted y cómo se permite seguirme?”, le grité para llamar la atención y ponerlo en ridículo ante todos. No se inmutó. Con la frialdad de un experto en desafíos se inclinó sobre la mesa y a media voz balbuceó: “No sea boludo… usted no está en condiciones de mandonear. Sea piola, Bustillo, que está en la lona”. Su mirada me debilitó y sólo tuve fuerzas para musitar: “Siéntese”. El morocho, como si no hubiera pasado nada, después de un “gracias” por compromiso, me envolvió en su discurso: “Pelayo va a estar mañana por Buenos Aires. Lo espera a las 8 de la noche en ‘La Giralda’ y le recomiendo que no le falle. ¡Está muy caliente con ese Saavedra! Mientras él hace el aguante con el secuestro, el fulano dice que usted está de viaje. ¿Cómo es la joda? Además viene para hablar de Salo Skvock y de su pareja… Me refiero a Magdalena. Ella no tiene nada que ver con el marica, pero es mejor que usted conozca la historia. No puedo contarle más nada. Le pido disculpas, Bustillo”.

A mi habitual nudo estomacal se sumaba ahora una sensación eléctrica que me recorría la espalda. “¿Se siente bien Bustillo? ¿Le pasa algo?”, aguijoneó el morocho para terminar de humillarme. “¡Nada!”, repliqué y me levanté para forzar la despedida. Ríos se arregló la campera y me miró fijamente: “Mejor así, Bustillo… mejor así”, palabreó mientras se incorporaba.

No pude seguirlo con la mirada. Estaba desarmado con el mensaje. ¿Quién era realmente Salo y por qué el silencio de Magdalena? ¿Acaso Pelayo y el croata se conocían?

Dejé el lugar sin demora. Afuera la noche empezaba a instalarse y las marquesinas apuraban sus luces.

Mañana tal vez todo se aclararía o daría comienzo una nueva amenaza, un patético fracaso o un desaliento más severo a mi historia empobrecida.

 

34

Hacía una semana que llovía. Un clima tormentoso y frío se había adueñado de Praia do Rosa. Todos deseábamos que alguien ingresara a “Hemingway”. Ni los más acostumbrados borrachos se dignaban a traspasar la puerta. Flavio y Edison jugaban al ajedrez. Yo, para matar el tiempo, ordenaba las bebidas de espalda a la entrada. Repentinamente, como un monstruo humeante, parado ante mí, estaba Dante Pelayo. Con extrema frialdad dijo: “Nadie avisa a su enemigo. No se preocupe, Bustillo. Estoy de paso y no quise dejar pendiente la oportunidad para saludarlo a usted y a sus amigos. No tema: el Pelayo que usted conoció está enterrado”.

“Me sorprende verlo –expresé titubeante–; no pensaba volverlo a ver nunca más.”

“¡Sigue siendo el mismo pelotudo, Bustillo! –enfatizó–. Llueve como nunca, vengo a pasar un rato con usted y no es capaz de servirme un whisky.”

“Usted es un cínico, un hijo de puta, un asesino, un cretino. No tiene escrúpulos. Mató a Mechita, a Saavedra, a una pobre chica. Amenazó a Flavio, a un juez de la Nación. ¡Usted es un gusano, un pedazo de mierda, Pelayo!”

“¡Yo no maté a nadie, Bustillo! –me respondió a los gritos con total desparpajo–. ¿Acaso me mosquetea un arma? Ay, Bustillo, Bustillo… confirmo lo que siempre pensé de usted: es un verdadero perejil barato de fonda.”

No pude contener mi ira. En un acto sin reserva tomé la botella de whisky que había sobre la barra y se la partí en la cabeza. Dominado por la situación, lo seguí golpeando, lo pateé, lo escupí. No podía detenerme. Si hubiera tenido un arma, seguramente lo mataba. Un instinto asesino se apoderó de mí y una fuerza sobrenatural me empujaba al acto final de una muerte no deseada.

En medio de la golpiza no advertí que dos de sus matones ingresaron cada uno de ellos con Maysa y Jair en sus brazos. Un tercero lo hizo arrastrando del pelo a Priscyla.

La escena nos congeló a los tres. Por un instante reeditaba aquel momento vivido ante Elena y reencarnaba la historia que mi madre me había relatado de su violación. Todo por unos segundos se detuvo. Sólo la lluvia seguía presente.

Pelayo, ensangrentado, logró incorporarse por sus propios medios. Con una orden propia de mafioso poderoso, dispuso que el grandote soltara a Priscyla. La joven aterrada corrió a los brazos de Flavio y reventó en llanto. El comisario, mientras se servía un whisky, proclamó: “¿Ve Bustillo que yo no mato, no golpeo, no soy un asesino, no maltrato? Estos muchachos son los que proceden. Una orden mía y las criaturas de Dios se transforman en angelitos. Usted piense, mi estimado amigo, que si yo hubiera querido, en estos momentos Javier Bustillo estaría hablando con San Pedro. Se lo dije: vine a despedirme porque viajo a Chile. En Argentina todo está podrido, todo se acabó. No hay justicia, se confunden los policías con los ladrones, los buenos con los malos. Los zurditos gobiernan. Los nenes bien son guerrilleros. Los cabezas se creen dueños de la tierra. Cada día está peor el negocio con la falopa ¡Así no se puede trabajar! Usted se salvó, Bustillo. Le aseguro que se viene una limpieza con detergente y lavandina. ¡Va a correr sangre por las alcantarillas!”

Mi estómago volvía a cerrarse. Éramos indefensos náufragos en medio de la tormenta. Lentamente volvió la calma. Una aterradora calma.

Priscyla y los chicos se retiraron. Los ayudantes ocuparon una mesa. Edison asistía a Pelayo limpiándole los cortes y heridas. Flavio y yo intentábamos encontrar la mejor forma de terminar con la pesadilla.

Pelayo, repuesto mágicamente, sugirió una “cena de despedida”. “¿Qué le parecen unos mariscos?”, ordenó sonriente.

Ninguno de nosotros tenía ganas de probar bocado. Sin embargo, compartimos la mesa y asistimos al festival de groserías de todo el grupo represor. En la sobremesa, el comisario me solicitó un diálogo aparte, sin testigos. Salimos al parque. La lluvia no cesaba. Como siempre, apuró: “Bustillo, yo sé que usted no es ‘del palo’. Los muchachos afilaron los datos y los de inteligencia confirmaron que es como la manteca, con el calor se derrite. No está mezclado, no está contaminado. Lo respeto porque no es bocón. Me gusta su silencio. Lo único que me jode es que no diga por qué se fue de Manantiales. Yo averigüé todo y no le encuentro la vuelta. El tipo que huye es por algo importante, por una cagada pesada, por bajar a un boludo de un petardazo, por no repartir bien la tarasca… no por tirarse un pedo en el colectivo o echarse un meo en el balcón; pero el que se encueva no quiere vivir, se mata día a día, se suicida a cada hora. Yo, Bustillo, no soy un ejemplo de nada. Para mí la vida y la muerte es un juego. Vivo esquivando las brasas. En cualquier momento me cepillan. Soy un tacho de vómito… una palangana de moco… pero no soy un cagón. Le voy a decir algo más, yo no soy el gorra de chaqueta azul y placa, vengo de la cátedra…paladar negro…, no del inodoro… ¿entiende?, a mí no me interesa el rollito de billetes escondido en la lata de galletitas, yo voy por la bóveda del banco… y lo que aprendí Bustillo, métaselo en la testa, es esto: imposible pensar sin libertad y ser libre sin pensar, uno tiene que ser salvaje, rebelde y cínico para que no lo pisen como una cucaracha”.

Estaba más confundido y destrozado que nunca después de este diálogo con Pelayo. Me irritaba su análisis neurótico sabiendo que cargaba en su mente cientos de actos perversos, convencido de no pagar un precio social por todo ello. La cobardía de Pelayo lo llevaba a jugar con los fantasmas y las fantasías propias de un sádico y su conducta masoquista me hacía sentir ese malestar que me conectaba al miedo, al castigo, al sufrimiento, a la muerte ¿Era Pelayo un asesino? Digo que sí y lo pongo en duda, me cuesta aceptar que este excremento humano unido a un cerebro llegara a tanto. Me pregunto si las condiciones hubieran sido otras, con menor exposición, con un perfil más bajo, seguramente el comisario pasaría inadvertido y sin que nadie pudiera darse cuenta que todo lo acercaba a un criminal.

Dos meses después, Braulio Arenas me comentó que el comisario era la mano derecha de Osvaldo Pincetti, el psicólogo de la DINA, la policía secreta deAugusto Pinochet. Junto al “profesor Fortuna”, en la cárcel de Villa Grimaldi, hacía “bailar la cumbia” y cantar como Jorge Negrete a todos los detenidos.

No descarto volver a verlo. No cierro la posibilidad de que aparezca en cualquier momento. Aunque no lo quiera y no lo desee, este fugitivo no me va a dejar tranquilo por el resto de mis días.

  • José María Gatti
    Gatti, José María

    José María Gatti nació en Buenos Aires, en 1948. Es psicólogo social, periodista e investigador. Se especializa en la obra de Ernest Hemingway y colabora en distintas publicaciones del extranjero analizando la vida del escritor.

    En el año 1989 recibió el Primer Premio Categoría Monografía, otorgado por la Fundación Hebraica Argentina, por su trabajo Argentina a flor de piel, en el marco de la Primera Jornada de Reflexión sobre Discriminación. En 2001, el Ayuntamiento de Oleiros (Galicia, España) lo reconoció con el Premio Llave del Rey por su cuento “Pálida luna de Manantiales”.

    Durante el 2004, la Editorial Longseller lo galardonó con el Segundo Premio, Categoría Cuento, en el Primer Concurso de Cuentos Longseller 2004 publicando su libro Ladrón de desalmados. También ese año obtuvo el Primer Premio en el Quinto Salón de Cuento y Poesía, organizado por UPCN (Unión Personal Civil de la Nación), por el cuento “Carmín encendido”. En enero de 2005, su microcuento “Despedida” fue seleccionado para integrar la Primera Antología de Microcuentos de Amor, organizado por la Universidad Nacional de Chile. En setiembre de ese año, el trabajo fue incorpora a la sección microcuentos de la Biblioteca Municipal Godella (Valencia-España).

    En junio de 2007 fue invitado en calidad de ponente por la Casa-Museo Ernest Hemingway / Finca Vigía de La Habana (Cuba) al XI Coloquio Internacional Ernest Hemingway para exponer su tesis “Hemingway: el genio bipolar”. Como conferencista ese año también asistió a la Tercera Feria del Libro Mar del Plata-Puerto de Lectura (Mar del Plata) donde disertó sobre la experiencia cubana.

    En 2011 estuvo invitado por el Instituto Hemingway de Bilbao (España) a dictar un ciclo de conferencias en Tarragona, Cambrils, Barcelona, Pamplona y Bilbao. Ese mismo año forma parte del Comité Organizador del Foro Internacional El mar de Hemingway (Lima-Perú). En el mes de julio, Radio Nedeland Internacional (Holanda) lo invitó junto al investigador Andrés Arenas Gómez a exponer sobre el suicidio y la bipolaridad de Hemingway.

    En 2010 su bitácora www.lapipadehemingway.blogspot.com fue seleccionada por Technorati, el principal buscador automático de blogs, entre los diez mejores blogs temáticos sobre Ernest Miller Hemingway. En el 2012 su cuento “La leyenda del vino” resultó finalista en el Concurso de Relatos Cortos Tinta, sangre y vino, organizado por las Bodegas Paternina (Logroño -España) con motivo del 55 aniversario de la visita del escritor a la bodega.

    El autor ha participado, en reiteradas oportunidades, de festivales internacionales del género negro. Entre otros: Festival Internacional de Medellín (Colombia), Córdoba Mata, Rosario Negro, Buenos Aires Negro y Azabache (Argentina).

    Es miembro de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación y vocal suplente de la Unión de Escritoras y Escritores.

    Obra

    • Hola Hemingway. Una mirada centenaria (1999)

    • Ladrón de desalmados (2004

    • La pipa de Hemingway (2008)

    • Víctimas Inocentes (2013)

    • Carne en flor (2015)

    • Libre de pecados (2017)

    • El muertito de Hemingway (2019)

    • Siempre llueve detrás del arcoíris (2020)

     

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