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Año 1 #7 Abril 2015

El fantasma del rosario

El género fantástico tiene una notable expresión en Argentina. Marisa Vicentini es expresión de lo mejor del género (que suele nuclearse en los alrededores de la editorial Muerde Muertos). Aquí un fragmento de una recomendable novela.

Editorial Muerde Muertos, 2014, (Fragmento)

 

1

Micaela Dupuis subió al taxi y dijo:

A Muan y las vías, del otro lado.

El chofer la observó a través del espejo retrovisor: desprolija, el pelo corto revuelto, pálida y ojerosa. Buscaba algo en la cartera.

—¿A Moine y las vías del San Martín o del Urquiza? —dijo el hombre con tono socarrón.

A Muan y las vías del San Martín —respondió ella, que había encontrado el paquete de cigarrillos y reanudaba la búsqueda del encendedor. Segundos después su mano temblorosa la traicionaba y no conseguía ni una chispa. Intentó unas cinco o seis veces y llegó a fastidiarse al punto de insultar en voz alta. En el momento en que una tenue llama azulada quemaba las primeras hebras de tabaco y una delgada culebra de humo comenzaba a zigzaguear "en dirección al techo del auto, el chofer le dijo desde el espejo a la vez que señalaba un cartelito rojo—. ¿Cómo se dirá "prohibido fumar" en francés?

—No sé —respondió Micaela—, pero sé cómo se dice "imbécil". Pará, que me bajo acá. El chofer detuvo el auto bruscamente. Micaela revoleó un billete de cinco pesos y se bajó.

Desde el interior del vehículo escuchó al hombre decir:

—¿Y flaca? Yo también quiero saber cómo se dice "imbécil" en francés, por ahí me sirve con algún pasajero medio engrupido.

Micaela expiró una bocanada de humo con los ojos cerrados.

—Se dice "tax-xiiisst"—respondió con énfasis en la equis y arrastrando la i.

Estaba a más de quince cuadras de la que sería su nueva casa. El flete con las cosas llegaba más tarde, por lo tanto decidió caminar por las calles del barrio de su infancia. No tenía nada más que una dirección anotada en un papelito, un número de la calle Francia, que ella calculaba quedaría justo en la intersección conMuan.

En el flete venían las pocas cosas que deseaba conservar: el sillón verde, el somier, cuatro canastos con ropa, los libros, la góndola y las fotografías. Eso era todo lo que la acompañaría del pasado, suficiente para mantener la carga de los recuerdos.

Pasó Muan y llegó hasta Francia y Sourdeaux. Al mirar los letreros con los nombres de las calles se preguntó cómo pronunciaría "Sourdeaux" el taxista. Cuando estuvo frente a la puerta de rejas miró la casona como un niño a un gigante; la sorprendió la arquitectura y la antigüedad de los materiales. Era una construcción estilo inglés que tenía aspecto de estación de ferrocarril, con barandas y postigones pintados de azul oscuro. Estaba rodeada de un gran jardín cubierto de malezas, y en los fondos, detrás de un alambrado vencido, pasaban las vías del San Martín.

Micaela buscó un cigarrillo y pensaba en la góndola, si la había envuelto bien, y en el gondolero tan frágil parado apenas en el borde del barco con un brazo en alto, como si señalara alguna curiosidad veneciana. Se angustió imaginando el canasto a los tumbos dentro del flete y la góndola, el gondolero y la dama, rotos en mil pedazos.

Revolvió una vez más las entrañas de la cartera hasta que encontró la llave. Estaba a punto de entrar cuando sonaron los bocinazos del fletero. Micaela corrió hacia el camión y sin pensarlo demasiado trepó sobre el paragolpes para ver los canastos. Todo estaba tal como lo habían acomodado al salir del departamento. Sólo se habían caído unas fotografías. Desde esos pedazos de papel le sonreía Julián, lleno de pecas y reflejos cobrizos de varios veranos atrás. Una sonrisa que permanecía inalterable en las fotos pero que a Micaela disparaba el sonido de sus carcajadas, el perfume de su pelo, el calor de su cuerpo cuando se tiraban a mirar películas en el sillón verde.

—¿Me escucha, señorita?

Se secó una lágrima y asintió mirando el piso. No quería que el hombre le tuviera lástima, a ella llorar le daba vergüenza.

—¿Vamos bajando las cosas? ¿Quiere que abra?

—Sí. Esta es la llave...

El hombre forcejeó con la cerradura unos instantes y, sin poder abrir la puerta, se quedó mirando el picaporte. Micaela que estaba parada detrás tambaleó; tuvo que sujetarse del fletero para no caerse.

—¿Se siente bien? Hace mucho calor...

—Sí, fue un mareo. Tiene razón, es el calor —respondió—. Deme que yo abro.

Micaela puso la llave y la puerta abrió con facilidad.

—Pero... —fue lo único que dijo el hombre.

El palier era de forma circular y estaba adornado con molduras de yeso con flores y mujeres tocando una lira. El piso era un elegante diseño de distintos tonos de madera y los ventanales eran altos y angostos como los que ya no se veían, salvo en algún museo. Había una gran chimenea en la sala con restos de leña quemada y una escalera que se contorneaba y desaparecía hacia el primer piso en un sinfín de barrotes con rosetones, arabescos. Tenía una esfera de madera maciza al comienzo del pasamanos.

Para Micaela, que había pasado casi toda su vida en el pequeño departamento que alquilaba su madre, esto era ciertamente inabarcable. En poco más de un año se había quedado sola y ni esa enorme soledad alcanzaría para llenar los cuartos vacíos de semejante casa; sin su madre y sin Julián pensaba que seguir viviendo era apenas una cuestión fisiológica, una inercia de costumbre o de hábito. Qué diría mamá si me viera acá...

Carla Ortiz era la hija de un empleado de la familia Dupuis, gente conocida, antigua prosapia de barrio. Se había enamorado del hijo único que era para los padres una suerte de monumento a la perfección; ante sus ojos un David de carne y hueso. Pero él, rico y lógicamente hastiado de tanta consideración, se había vuelto rebelde, pendenciero, derrochador, insolente y cuando no, completamente adorable. Lo primero estaba bien disimulado bajo las invisibles alas protectoras del clan que se esforzaba, entre misales y cirios, por esconder una personalidad en esencia libertina. Ella, que tenía poco menos que su edad, era una chica sencilla sin ningún atributo en especial, apenas unos ojos verde botella, quizás demasiado juntos, ni un peso de sobra y una timidez que la hacía pasar por antipática o maleducada. Cuando el joven Augusto heredó los negocios de su familia, fue natural que le pidiera a Carla que atendiera la inmobiliaria, y también que el muchacho la agregara a su lista de amoríos. Fue natural que ella, tan interesada como sólo puede estar una ilusa, creyera que los sueños de un porvenir como la gente se habían hecho realidad. La despidió una tarde, como sacudiendo una mosca con la mano. Carla, que lo amaba con locura y vivía en un arrepentimiento constante y rítmico como un sube y baja pensó que tenía razón, que los pavos reales no se juntan con las gallinas y que ella era la responsable del incipiente embarazo.

Micaela Dupuis jamás tuvo de su madre una sola palabra negativa sobre él, algo que alimentaba más rencor hacia ese hombre que era y no era un padre, más bien un mito, pero que no obstante, no se reconocía abiertamente como un patán; incluso a veces, Carla lo victimizaba y hablaba sobre el destino de la gente, de los unos y los otros y demás tonterías que Micaela escuchaba con exasperación.

La oportunidad de tenerlo de frente llegó cuando Carla murió rehén de un crónico malestar que la retorcía de dolor; sufría de ataques de angustia y queriendo llorar se sofocaba hasta quedar sin aire tirada en una silla, babeando. Un lunes de horas de tedio, llegó la crisis definitiva. Estuvo mirando revistas hasta que quedó azulada mirando el techo. Cuando volvieron del colegio, Micaela y Julián la encontraron en la cocina con una taza de café servida y una lapicera en la mano, los ojos fijos en el cielorraso y el cuerpo rígido como si en ese instante alguien le hubiera chistado desde arriba y la fulminara tan pronto alzó la mirada para ver quién la llamaba. Al menos Julián no parecía impresionado, de hecho, estuvo largo rato mirando el techo con curiosidad mientras Micaela gritaba pidiendo socorro a los vecinos.

Ella pensaba que su madre había buscado de alguna manera un camino para dejarse llevar hacia la muerte, ya que nunca le dio batalla a su aparente asma ni tomaba los medicamentos o asistía a las citas que ella le agendaba con el médico. Sintió rencor. No comprendía por qué ni una hija dedicada ni un nieto habían bastado para que su madre tuviera ganas de vivir.

El día del entierro, Augusto Dupuis se acercó a Micaela. Como era un desconocido tuvo que presentarse y sin rodeos le dijo: "Puede que vos no lo sepas, pero yo soy responsable de los peores momentos de tu vida. No sé pedir perdón, ya sos una mujer y no creo que pueda devolverte algo de lo que perdiste, pero me gustaría ser parte de tu historia, de cualquier manera, menos o más, si me lo permitís, y si me decís que no, estás en todo tu derecho". Se quedó unos instantes reconociendo algo de sus facciones en Julián, con ojos vidriosos, los brazos cruzados y un enorme peso sobre la cabeza que lo volvía algo encorvado.

Días después Micaela, sin entender bien por qué, hizo una breve llamada y a partir de entonces Augusto comenzó a ir dos veces por semana a buscar a su nieto a la salida del colegio. Esos días, iban a la plaza o simplemente merendaban en un bar y luego caminaban de la mano hasta el departamento. Micaela abría la puerta del edificio, recibía a su hijo con un beso y saludaba fríamente con un gesto a su padre. Nunca permitió que se hiciera lugar a una conversación, nunca imaginó en aquel entonces cuánto se arrepentiría más adelante de no haber facilitado un acercamiento con él.

—¿Señorita, en qué pieza ponemos la cama?

—¿Cómo dijo?—respondió ausente—. Que en qué...

—¿Dónde va la cama, piba?

—No sé, en alguna habitación de arriba, en la que sea más grande —era consciente de que ya había cansado a los hombres con su falta de atención.

Fue a la cocina y se alegró de que estuviera mucho mejor de lo que esperaba, todo era antiguo pero en buen estado. Sobre la pileta había una ventana con vista a la casa lindera. Abrió las alacenas y encontró platos, vasos, cubiertos, todo listo para usar. Se sintió exageradamente aliviada, si esos elementos no hubieran estado ahí, habría comido con las manos y tomado del pico de las botellas. Sin ganas, sin voluntad, no le interesaban las cosas de lo cotidiano, el transcurrir de un día era lo mismo que el de un minuto.

—Señorita, ya está. Cuando vacíe los canastos me llama y los pasamos a buscar.

—Gracias, los acompaño.

Micaela cerró la puerta y miró a su alrededor. Estaba adentro de la casa pero se sentía lejos de todo.

Los días posteriores se mantuvo ocupada limpiando. Sacó lustre a los picaportes de bronce, enceró los pisos de madera, quitó telarañas de los recovecos, cortó el pasto. Se tomó el trabajo como misión y encontró que el cansancio físico la ayudaba a dormir, al menos unas horas. Al poco tiempo la vieja mansión recobró cierto brillo y Micaela empezaba a sentirse cómoda.

Una tarde, mientras limpiaba los ventanales, llamaron a la puerta. Una mujer de cabello colorado y excedida de maquillaje le extendió la mano diciendo:

—Hola, soy Coca, de la inmobiliaria de tu padre...

—Coca, claro —dijo Micaela y tuvo tiempo de pensar cómo era que terminaba alguien llamándose así. Había hablado por teléfono con ella cuando le hizo llegar las llaves de la casa.

—Sí, te saludé en el sepelio, pero no te dije quién era, no podía hablar. También fui al de tu mamá, pero esa vez no me acerqué.

—¿Usted la conocía?

—Claro, ella me enseñó el trabajo cuando se fue de la inmobiliaria. Vos estabas en la panza.

—Cuando él la echó, querrá decir.

—Bueno, querida, yo comprendo... pero él cambió mucho con los años. Hay que entender que...

—Y usted fue su amante —arremetió Micaela.

La mujer la miró asombrada, divertida.

—¿Yo? —dijo hundiendo la uña de su dedo índice en el pecho—. No, no, yo me casé muy jovencita.

—¿Y? —respondió insolentemente Micaela, alzando los hombros.

—Querida, ¿puedo pasar?

—Sólo puedo ofrecerle agua —dijo Micaela, apartándose.

—No, gracias. Es una maravilla lo que hiciste con este lugar. Estaba sucio de años, la mujer que vivía acá no limpiaba mucho que digamos.

—Bueno, sí. No sé que voy a hacer cuando no haya nada más que repasar.

—Claro... —dijo la mujer bajando la mirada.

—¿A qué debo su visita, Coca?

—Eh... bueno, vos sabés querida que de la enorme fortuna de los Dupuis quedó esta casa, la inmobiliaria y alguna que otra chuchería.

—Eso me dijo el abogado de la sucesión.

—Bueno, vos sos la única hija de Augusto, y por lo tanto, la inmobiliaria es tuya. Yo no quise molestarte antes, con todo lo que pasó, pero ya no puedo seguir tomando decisiones sola, quiero saber qué vas a querer hacer de ahora en más.

—Yo no sé nada de negocios inmobiliarios, ¿qué podría decirle yo a usted, que trabaja ahí hace años?

—Pero hay temas bancarios, legales, cosas para firmar que quedaron congeladas. Honestamente, también pensé que además te haría bien distraerte, trabajar en tu propio negocio...

—Señora, ¿usted tiene hijos? —dijo Micaela que había sacudido la cabeza mientras la mujer hablaba.

—No, lamentablemente Dios no me los quiso enviar —respondió.

—¿Dios?

—Sí, mi marido no... nunca estuvo de acuerdo en adoptar. Cosa de antes, prejuicios.

—Entonces no me puede entender, señora. Yo antes tenía un trabajo de maestra, pero se enfermó mi madre, luego se murió mi hijo y... ya no. Lo que importa es que no sé, ni quiero ni me interesa trabajar en esa inmobiliaria. Cuando usted necesite una firma o algo puede venir a verme, y si no, haga lo que quiera.

Micaela se levantó del sillón para buscar un cigarrillo en la cartera. Coca quedó con la boca abierta. Cuando regresó, desde atrás de la nube de humo le dijo:

—Me quedé pensando, como usted decía, habría que ver por qué Dios no la dejó tener hijos a usted y me saca el mío permitiendo que un borracho lo mate... ¿No? Te da, te quita. Que se vaya a la mierda.

La mujer estaba tan incómoda que no sabía qué responder. Micaela seguía largando humo por la nariz y la miraba fijo, como un toro al paño rojo.

—Ya que estamos también le podemos preguntar exactamente por qué usted no fue madre. Digo, porque como dice, "no habrá querido", y digo yo ¿por qué no habrá querido? ¿Qué carajo le pasa? ¿En qué lo afecta?

—Micaela, estás con bronca, en rebelión, yo entiendo, tenés que tratar de...

—Yo creo que a él no le importa un pito su vida, la mía, la de los chicos, la de nadie. Para mí no existe Dios y la gente se rehusa a admitirlo. Lo usan de consuelo.

—Micaela, no sé, pero la fe existe y ayuda mucho —dijo Coca.

—Me alegro por usted. Permiso, ya vengo—respondió y se metió en el baño para mojarse la cara. Cuando salió tenía los ojos hinchados. Coca estaba esperándola al lado de la puerta de calle.

—Querida, estoy a tu disposición, si te sirve de algo, te quiero decir que pienso que sos joven y linda, sé que nada va a ser igual, pero creo que podés rehacer tu vida, encontrar algún sentido a todo lo que te pasó y darte una segunda oportunidad. Para los que creemos, la vida no termina con la muerte, el dolor redime y al final del camino nos vamos a reencontrar con los seres queridos. Tu amor por tu hijo es más fuerte que la muerte y...

—Sí, bueno. Gracias, señora.

—Por favor, llamame Coca y tuteame, que me hacés sentir una vieja.

—Gracias, Coca.

 

2

El cuarto que el fletero había elegido para poner el somier era, en efecto, el más grande.

Tenía una ventana de dos hojas largas y angostas, rematadas en el extremo superior por un ventanal en forma de medialuna de vidrio color azul. La cama había quedado frente a la ventana, y esa primera noche Micaela no pudo dormir. Las ramas de los árboles se balanceaban alterando la claridad que llegaba desde el poste de luz en la vereda. Se distrajo mirando el juego de reflejos azulados sobre las paredes; la mente en blanco.

En algún momento se quedó dormida. Un sueño profundo y pesado, resultado del cansancio de siempre.

Se despertó con el silbato de un tren. Una molestia, quizás un poco de frío. Abrió los ojos y miró la hora; las cuatro de la mañana.

Le costó adaptarse a la luz para ver el reloj. Se acomodó nuevamente para dormir. Luz a pesar de tener los ojos cerrados. Luz que a las cuatro de la mañana no tiene sentido. De un salto, se sentó en la cama. Una esfera incandescente flotaba sobre sus pies, un ópalo blanco, opaco, que irradiaba pero también absorbía, como si un globo pudiera inflarse de metal en forma de aire. Micaela cerró nuevamente los ojos pensando en el reflejo pasajero de algún auto, queriendo que lo fuera. Abrió los ojos de nuevo, el disco de luz había desaparecido. Tranquilizada, se puso de costado, como le gustaba más, para volver a dormir. Entonces, a pesar de tener los ojos cerrados, pudo ver la habitación con todos sus detalles, el viejo motivo floral del empapelado, los zócalos anchos, la madera del piso, todo suavemente iluminado. Así vio también que flotando bajo el dintel de la puerta estaba ahora el fulgor. Sobresaltada, se puso de pie y quedó a escasa distancia de la puerta. Pensó que si estiraba la mano sería posible tocarla, en ese instante parecía una pelota, se había transformado en cuerpo sólido. Hizo un ademán, o quizás creyó que hizo; después no pudo recordarlo. La esfera se esfumó en sí misma, reverberó en la mirada sorprendida de Micaela y la habitación quedó en penumbras.

Confundida, abrió la ventana en busca de las luces de la calle, algo que justifique lo sucedido, asomada, la brisa de la madrugada le pareció refrescante y sintió que por fin despertaba de un mal sueño; y en ese momento le tocaron la espalda, el hombro izquierdo, una especie de caricia. Supo que era una mano, incluso sintió el roce de las uñas. Resbaló, un dolor cortante le atravesó una rodilla, las palmas de las manos ardieron raspadas. Con torpeza corrió a prender la luz, mientras trataba de recordar alguna plegaria para protegerse. Como todo buen ateo, lo primero que dijo fue "Dios mío" y se dedicó a revisar una por una las puertas y ventanas de la casa. No hay dioses, no para mí.

Mientras duró la noche no pudo dormir. Se cansaba de girar en las sábanas hasta que terminaba enroscada en el género blanco y parecía una momia o un insecto en su fase de pupa. Desagradable sensación de estar atrapada pero a la vez era un refugio. Después de horas sacó la conclusión de que su mente cansada le estaba jugando sucio, recordaba esa mano como algo fáctico e ineludible. Voy mal, voy muy mal. No sería raro que me esté volviendo loca. Cuando empezó a clarear se rindió.

Despertó pasadas las dos de la tarde. Lo sucedido en la noche quedó en lo intrascendente cuando pensó que la única razón que le permitía dormir hasta esa hora era la irremediable ausencia de Julián, que nunca la hubiera dejado dormir más allá de las ocho, ni siquiera los fines de semana. Algo que tanto la fastidiaba en el pasado era una de las cosas que extrañaba, lo cotidiano que ya no era. Ausencia y más ausencia.

Había pasado un año desde el accidente y casi dos de la muerte de su madre, cuando Augusto Dupuis se entrometió en su vida y la de su hijo. Micaela aún se recriminaba, si no hubiera aceptado la desubicada y tardía oferta, si tan sólo ella hubiera hecho lugar a su legítimo resentimiento. Todos aquellos años preguntándose cómo sería su rostro o cómo sonaría su voz en el teléfono valían mucho, demasiado como para perdonar. Pero había perdonado.

Cuando Julián nació, ella (nunca lo confesó) esperaba un llamado que sanara su bronca, que ese hijo curara todo con su existencia. El contacto se resumía a un depósito mensual en la cuenta de Carla. El dinero nunca faltó, tampoco sobraba. Ahora todo estaba de sobra, también la casa grande, la plata. Inservibles cosas, materia, nada.

—Sólo la soledad y el dolor tienen existencia y peso específico —dijo en voz alta al bajar la escalera.

 

3

Augusto intuyó que con la muerte de Carla quizás habría lugar para él en la vida de Micaela. Había tenido el impulso de acercarse, de protegerla, pero no sabía exactamente qué hacer, era un extraño, apenas un nombre conocido.

Sus años de playboy estaban atrás y, por primera vez, al verse viejo se sentía como si estuviera parado bajo una lluvia de remordimientos. De tanta compañía se había quedado solo. No le gustaba sentirse atado a compromisos, disfrutaba del dinero, el alcohol y las mujeres, despreciaba lo formal y, en realidad, tenía una profunda aversión por la vida familiar que había visto en su casa, fue el hijo único del que se esperaban todas las satisfacciones y al que se sometía a diario a las expectativas más variadas, siempre ajenas, ya que las propias eran inadvertidas con alevosía, por su bien. Por necesidad de provocar terminó probando drogas, aunque el alcohol fue lo más habitual en su grupo de amigos. Su vida descontrolada era una vergüenza y por eso a él le gustaba tanto seguir así. Hasta que se decidió que la inmobiliaria sería su responsabilidad inapelable bajo amenaza de cortar por completo con todo tipo de víveres, cosa que asumió definitivamente al morir sus padres y ser el negocio familiar un mal necesario. No obstante, su desempeño fue excelente. Consiguió duplicar los negocios y agrandar las oficinas, contrató varias empleadas (sólo mujeres), una de ellas era Carla Ortiz.

Fue Coca quien le adelantó que Micaela tenía un hijo sin padre a la vista. El respondió minimizando el asunto como si se tratara de una noticia común y corriente. Y Coca, detrás de su escritorio, dijo así como sin querer que las historias se repiten cuando las heridas no se curan.

Poco después, Augusto supo que Carla y Micaela se mudarían a un barrio del sur (a él le gustaba decir que después del Riachuelo no sabía si había algo o si todavía quedaban indios), que habían recibido llamados e insultos en el medio de la noche, al parecer de la familia del joven novio. Entonces depositó dinero extra en la cuenta, más que para dar algún tipo de apoyo, para compensar la culpa que le provocaba saber que todavía había otros que hacían lo mismo que él o porque tuvo una sensación extraña, viendo que la mujer que sufría era esta vez su hija. A fuerza de negar su interés por la vida de Micaela terminó de enterarse a cuentagotas de lo sucedido a través de Goca y se le escapó mucha información. Siete años más tarde ya eran tres los que regresaban a Vista Hermosa y terminó conociendo a su hija y nieto en el entierro de Carla.

 

4

Micaela fue a la cocina arrastrando los pies. Abrió la heladera y pensó en la inutilidad de ese acto, ya que estaba vacía. El teléfono sonó y ella, que estaba adormecida, se esforzó en recordar dónde estaba el aparato. Corrió hacia el living y lo encontró en el piso cerca de la chimenea. La voz de Coca la saludaba con tono de fastidio:

—Micaela querida, necesito terminar con unos temas. ¿Nos podemos ver?

—¿Qué temas, Coca?

—Bueno, tengo que pedir un préstamo en el banco para pagar impuestos, hay contratos que firmar y, por supuesto, quiero saber qué vas a hacer con el auto.

—¿El auto?

—Sí, el auto de tu padre está en el garaje de la inmobiliaria, y ahora es tuyo, querida.

Micaela no terminaba jamás de asombrarse de lo poco que sabía de su padre. Siempre había venido a buscar a Julián a pie y ella pensaba que él no sabía manejar.

—Coca, pasá cuando quieras —respondió.

Cuando cortó el teléfono, estaba convencida de que Coca, con sus llamados y sus excusas, sólo pretendía entrometerse en su vida y romper su preciado aislamiento. Adivinaba las buenas intenciones de la mujer pero no quería tener ninguna relación con ella.

Poco después sonó el timbre y al abrir la puerta Micaela la encontró luchando contra una masa de pelo enfurecida. Intentaba esbozar una sonrisa pero el dolor de sus brazos rasguñados y la mordida que le estaba dando el gato en un dedo podían más.

—Hola, querida—dijo entrando a la casa apurada, sin darle tiempo a decir nada. Llevaba puesto un traje violeta y tenía un bolsón azul del que sobresalían papeles y carpetas. Su comportamiento errático, su cara sobrecargada de maquillaje y sus ruidosos tacones eran de vodevil. Cuando sus miradas se encontraron, Coca dijo agitada—: ¡No me digas que no! La acabo de encontrar en la calle y yo... tengo perro, se la comería de un bocado. Además, estás en esta casa enorme vos sólita, no te vendría mal tener algo de qué ocuparte. Fíjate que es muy mimosa...

—¡Sí, veo que es muy mimosa!

—Digo "ella" porque me parece que es una nena. ¿No es divina toda blanca? Si le ponés un moño va a quedar una pinturita.

—No quiero un gato. No quiero nada de qué ocuparme. Esté en esta casa enorme o en un departamentito, con gato o sin gato, yo estoy sola. Te agradezco, sé que me querés ayudar, pero no.

Coca tiró la cartera al piso y, suspirando, se desplomó en el sofá. La gata, liberada, se metió en la caja con libros.

—Te hubiera comprado un televisor —dijo.

—¿Compraste el gato?

—Sí, es de raza. Birmano, creo. Pregunté por el barrio pero nadie estaba regalando gatos, así que fui a una veterinaria y la compré. ¿Hubieras preferido un gato persa? Había uno...

—¡Estás loca, te habrá costado una fortuna! —de repente estaba divertida con lo que estaba pasando. Ahora la gata estaba afilándose las uñas en uno de los laterales del sofá.

—¡Chist, gato! —intentó en vano.

—No importa, dejá —dijo Coca—. Te hace un favor, así cambiás este trasto viejo. ¿No es linda? Pensá que donde hay un gato no pisa una rata.

—Acá no hay ratas.

—¿Que no hay? ¡Ya vas a ver lo que es! Estas casas viejas, con recovecos, las atraen como un imán. Si la mujer que vivía acá tuvo que llamar a un especialista.

—¿No era que esta casa era de mi padre? A ver, Coca, si me contás un poco porque no entiendo.

—Esta casa era de una señora... Ella la heredó pero no podía mantenerla. Era maestra, fíjate, como vos, bueno, la cosa es que no le alcanzaba. Un día le llegó orden de remate y acudió a Augusto, que para esas cosas era un santo. Él pagó la deuda, sin pretender nada, pero como ella tenía tantos problemas económicos la dejaron a nombre de él. De todas maneras, era lo que correspondía, te aseguro, porque él puso toda la plata junta. Además hubo otra razón, ella no tenía parientes, a nadie, y Augusto ya te había reencontrado a vos y al nene. El pensaba en ustedes y ella estuvo de acuerdo. Después se murió... estaba muy viejita. Tu papá era un ser muy especial.

—¿Vos también caíste, Coca?

—¿Quién no estaba enamorada del francesito Dupuis? Todas caímos por él. Era un caballero, un seductor. Andaba impecable, tenía buen gusto, siempre te decía cosas lindas, sabía tratar a las mujeres. Las mujeres eran su perdición. Es como si lo estuviera viendo, parecía salido de Hollywood con el impermeable inglés —a Coca los ojos le brillaban, hablaba mirando al vacío—. Los días de lluvia una se olvidaba del mal tiempo. Cuando él llegaba manejando ese autazo, todo perfumado... —Coca tomó aire y mirando a Micaela dijo—: Nunca me dio bolilla. Yo hice de todo, pero nunca pasó nada. Creo que no quería repetir historias con las empleadas de la inmobiliaria.

—A mi mamá nunca la quiso, ¿no? —preguntó Micaela.

—Mi amor, cómo saber esas cosas. Siempre la respetó, no le hizo faltar nada. No era una persona común...

—¿Quién? ¿Él ó ella? Ya no importa, ninguno de los dos fue normal.

—Eso digo yo. ¿Dónde está la gata? Michi, michi... ¿Vos la viste?

Coca se puso de pie y se alejó con esa excusá. Pero la gata estaba al pie de la escalera con una pata dentro de un agujero que había en la madera del piso.

—¡Está acá!

—¿Adonde? —gritó Coca

—Acá. Está buscando algo.

Coca apareció sonriente.

—Te dije que hay ratas. ¿Qué hora es? Me voy, me voy. Te dejo el auto en la puerta y acá están las llaves. Después te llamo.

—¿Y la gata?

—No la puedo devolver, tenela unos días, hasta que le encontremos otro dueño. Chau, querida, me voy que llego tarde, tengo que mostrar una casa.

Coca dio un portazo y Micaela comprendió claramente que esto era una derrota.

Miró el llavero en sus manos, era una medalla con un felino, tal vez un tigre. Se acercó a la ventana y abrió la boca. El auto era un lustroso modelo verde inglés, y aunque estaba lejos, Micaela podía ver el interior de cuero color manteca. Parecía el auto de un presidente.

Qué apropiado para mí.

  • Marisa Vicentini
    Vicentini, Marisa

    Marisa Vicentini (1971) a los diez años se fue a vivir a Canadá, se encontró ante un mundo de diferencias idiomáticas y culturales. De regreso en Buenos Aires estudió Turismo y trabajó en empresas del rubro. Comenzó a escribir cuentos cortos y a participar de distintos talleres literarios.

    El fantasma del rosario fue seleccionada para participar de la Clínica de Novela dictada en el Centro Cultural Ricardo Rojas, a cargo de Matías Serra Bradford en 2011, y es su primera novela publicada. Vive en Bella Vista, San Miguel, provincia de Buenos Aires.

    Más información en http://muerdemuertos.blogspot.com.ar/2014/03/se-viene-el-fantasma-del-rosario.html