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Año 1 #7 Abril 2015

La última noche del mundo

Sobrellevamos durante la mayor parte de nuestras vidas la pregunta sobre el después de la muerte, ya que todos sabemos que lo inevitable es inevitable. Sin embargo no nos preguntamos sobre cuando no exista el hombre, como si la evolución de millones de años de la vida se detuviese en nosotros. La ciencia ficción se lo ha preguntado en obras magníficas como Más que humano de Theodore Sturgeon (su primer capítulo tiene el sugestivo título de "El idiota fabuloso"). Bradbury, tan poético como doliente, nos pregunta: ¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo? Qué hacer cuando ya no hay nada que hacer.

 

La última noche del mundo


¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

—¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

—Sí, en serio.

—No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

—Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

—¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

—¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

—¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

—No.

—¿Una guerra bacteriológica?

—Nada de eso —dijo el hombre, revolviendo suavemente el café—. Solo, digamos, un libro que se cierra.

—Me parece que no entiendo.

—No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz —miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara—. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

—¿Qué?

—Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

—¿Era el mismo sueño?

—Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

—¿Y todos habían soñado?

—Todos. El mismo sueño, exactamente.

—¿Crees que será cierto?

—Sí, nunca estuve más seguro.

—¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

—Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

—¿Merecemos esto? —preguntó la mujer.

—No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

—Creo tener una razón.

—¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

—No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia —la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde—. Los periódicos no dicen nada.

—Todo el mundo lo sabe. No es necesario —el hombre se reclinó en su silla mirándola—. ¿Tienes miedo?

—No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

—¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

—No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

—No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

—No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

—Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

—Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

—¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

—No se puede hacer otra cosa.

—Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

—Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

—Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

—En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso... como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

—¿Por qué crees que será esta noche?

—Porque sí.

—¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

—Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

—Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

—Eso también lo explica, en parte.

—Bueno —dijo el hombre incorporándose—, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

—No sé... —dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

—¿Qué?

—¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

—¿Lo sabrán también las chicas?

—No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

—Bueno —dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

—Nos hemos llevado bien, después de todo —dijo la mujer.

—¿Tienes ganas de llorar? —le preguntó el hombre.

—Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

—Las sábanas son tan limpias y frescas…

—Estoy cansada.

—Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

—Un momento —dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

—Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

—Buenas noches —dijo el hombre después de un rato.

—Buenas noches —dijo la mujer.

  • Ray Bradbury
    Bradbury, Ray

    Ray Douglas Bradbury (1920/2012) nació el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois. De pequeño su tía le leía a Poe y todos los 31 de octubre la acompañaba en los rituales de la noche de brujas.

    A sus escasos once años, Ray empezó a escribir sus primeras historias. En 1934 la familia se radicó en Los Ángeles. No pudo asistir a la universidad y se convirtió en autodidacta frecuentando bibliotecas y sosteniéndose como vendedor callejero de periódicos.

    Sus primeros trabajos aparecen en revistas locales (Script e Imagination). El Dilema de Hollerbochen (1938), precede a la edición de cuatro números de Futuria Fantasía (1939) con relatos suyos.

    Su primer publicación paga fue Pendulum (1941) y con The Lake (1942) muestra el perfil que lo haría famoso. En 1943 se dedica de lleno a la literatura. The Big Black and White Game (1945) es elegida como la mejor historia breve en EEUU.

    En 1947 se casa con Marguerite “Maggie” McClure (del matrimonio nacerán cuatro hijas) y publica Dark Carnival (1947) primera recopilación de historias cortas. El reconocimiento internacional llega con The Martian Chronicles (1950) donde narra la conquista del planeta rojo.

    En su obra alude a temas que serían recurrentes: el racismo, la xenofobia, el peligro del armamentismo y el desarrollo tecnológico, la nostalgia por la vida sencilla y el terror a la muerte

    Se suceden The Illustrated Man (1951, la célebre novela Farenheit 451 (1953), publicada mediante entregas en Playboy, The October Country (Cuentos, 1955), Dandelion Wine (Novela, 1957), Sun and Shadow (Novela, 1957), A Medicine for Melancholy (Cuentos 1960), Something Wicked This Way Comes (Novela, 1962), y muchos otros.

    Bradbury incursionó en la poesía, el teatro y el ensayo. También frecuentó la narrativa realista. La impronta de toda su obra es el tono poético de las imágenes y metáforas que, no obstante, también provocaron algún rechazo (John W. Campbell director de Historias Extraordinarias).

    Llegó al cine y la televisión (Alfred Hitchcock Presenta, Dimensión Desconocida, Cuentos del Futuro); ha sido guionista de películas clásicas de aventuras (Moby Dick, 1956) y ciencia ficción (It come from outer space, 1953), y libretista de series fantásticas (The twilight zone y su propia serie: The Ray Bradbury Theatre, en 1985).

    Recibió decenas de distinciones, incluidas el Grand Master Nebula Award (1988), un Emmy por el guión televisivo de The Halloween Tree y la nominación para el Oscar por su película animada Icarus Montgolfier Wright sobre la historia de la aviación.

    En su honor, un cráter lunar ha sido bautizado con el nombre de Dandelion, por su novela, y con su propio apellido, un asteroide que vagabundea por el espacio (9766 Bradbury).