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Año 1 #6 Marzo 2015

Si esto no es poesía, la poesía dónde está

Homero Manzi es, antes que ninguna otra cosa, un gran poeta. Un poeta de lo pasado que (cómo nada es más presente que el pasado) nos pega fuerte, nos revuelve las entrañas y no nos deja salida alguna. Menos conocidos que sus exquisitas letras de tango, estos dos poemas póstumos son al mismo tiempo profundos y transparentes.

Definiciones para esperar mi muerte
Puedo cerrar los ojos
lejos de las pequeñas sonrisas que conozco.
Escuchando estos ruidos recién llegados.
Viendo estas caras nuevas.

Como si de pronto
los mil lentes de la locura
me trasladaran a un planeta ignorado.

Estoy lleno de voces y de colores
que juraron acompañarme hasta la muerte
como amantes resignadas
al breve paso de mi eternidad.

Sé que hay recuerdos que querrán abandonarme
sólo cuando mi cuerpo hinche un hormiguero sobre la tierra.

Sé que hay lágrimas largamente preparadas para mi ausencia.

Sé que mi nombre resonará en oídos queridos
con la perfección de una imagen.

Y también sé que a veces dejará de ser un nombre
y será sólo un par de palabras sin sentido.

Estoy lleno de voces y de colores.
Unas veces recogidos en el sonambulismo de la marcha.
Otras, inventados tras mi propia soledad.

Con ello se integrará un cortejo final de despedida.

Se cambiarán en lágrimas y palabras piadosas.

Pero hoy, en medio de lo que todavía no he podido amar,
evoco a los marinos encerrados en las paredes altas de la tormenta;
a los soldados caídos sobre las yerbas lejanas;
a los peregrinos que duermen bajo la sombra de árboles innominados;
a los niños que yacen contemplando el yeso de los hospitales
y a los desesperados, que entregan el último gesto
frente al paisaje final e instantáneo de la demencia.

Hombre
¿Eres cientos de vidas, o una vida?
¿Una sola infinita y dolorida?
¿Eres dueño del mundo en que transitas
o el mundo es una gruta donde habitas?
¿Andas entre flores y el paisaje
sin poner el perfume y el celaje?
¿Creaste una deidad omnipotente
para que manejara tu presente
y tu pasado y lo que nunca ha sido,
lo muerto, lo vital, lo presentido?
Cruzas frente al espejo de tu espejo
y no eres el reflejo de un reflejo.
Manejas tardes y también mañanas
y ríos y amapolas y ventanas
y lágrimas y sombras y canciones
y juncos y fatigas y emociones
y guerra y paz y prados y ciudades
y juventud y ancianidad y edades
y libros y banderas y armonías
y das luna a la noche y sol al día.
Mides los mundos que tú hiciste mundos
con teoremas exactos y profundos.
Trabajando en tu nada y en tu todo
pintas blanca la nieve y negro el lodo.
Prescribes lo moral y abres caminos
y ponderas valores y destinos.
Juzgas para esta vida y otra vida.
Ésta fugaz y la de allá dormida,
sobre un tiempo sin tiempo —fuego o nube—
y dices que el mal rueda y el bien sube.
Corres como un gigante desolado
con fuerzas que tú mismo has convocado
y de pronto, cortando tu carrera,
te blasfemas, te lloras, te veneras,
te conviertes en cientos de millones
que maldicen o rezan oraciones
y te cambias el rostro en cada suerte
y vuelves a la vida y a la muerte
con una vanidad empecinada
hecha de polvo, de ceniza y nada
y aguardas rosa de la mano amiga
y de la mano sin amor ortiga.
Pero sabes que todo está en tu sueño:
ortiga y rosa, soledad y leño.
Eres trágico así y eres culpable.
Si eterno, te defines deleznable.
Si santo, buscas torpes tentaciones.
Si valiente, te ensucias con pasiones.

Eres trágico así y eres absurdo
cuando te vistes con el gesto burdo
y abismas en fracaso abominable
el bien, de cuya norma eres culpable
y cuando hieres con tus propias manos
tu propio corazón en tus hermanos
y descargas la furia de tus brazos
sobre el propio dolor de tus pedazos
y destruyes los sueños de ti mismo,
lanzando lo que es tuyo hacia el abismo.
¿Cómo puedes herir a la criatura
que es una imitación de tu figura?
¿Cómo puedes gozar del cataclismo
si está hecho todo en carne de ti mismo?
¿Si el cielo, la perdiz y la cabaña
salieron desde el fondo de tu entraña?
¿Si la bestia que pace y los pastores
tienen tu amor y tienen tus dolores?
Hombre que todo lo soñaste un día,
no puedes solazarte en la agonía.
Y no puedes mentir que son mil vidas
ajenas a tus manos atrevidas.
Eres uno, el primero, el que hizo todo.
Blanca la nieve blanca y negro el lodo.
El que duerme en las hondas sepulturas
y despierta después en las criaturas.
El creador de sí mismo, el propio dueño.
El responsable de su enorme sueño.
Deja tu vanidad empecinada
hecha de polvo, de ceniza y nada,
y vuelve a ser el ángel legendario
que hizo la cruz y que labró el rosario.
No puedes ver morir con sorda calma
las cosas que pariste con el alma.
Nada menos que tú, que eres poeta
y fuiste tu factor y tu profeta.
Nada menos que tú, que de tan noble
trajiste hasta tu casa el pez y el roble.
Y que hiciste infinita la medida
para encoger tu imagen y tu vida.
Y que al solo fervor de tu mirada
dibujaste los cosmos en la nada.
Y que al solo temor de hacerte malo
nombraste un juez y le entregaste el palo.
¡Cómo puedes fraguar maldad y muerte
si hiciste a Dios para no ser tan fuerte...!

  • Homero Manzi
    Manzi, Homero

    Homero Manzi, seudónimo de Homero Manzione (1907-1951), nació en Añatuya, Santiago del Estero, pero vivió desde niño en Buenos Aires, ya que en 1911 su padre se trasladó a esa ciudad. Será el barrio de Pompeya donde pasará parte de su juventud; pupilo en el viejo Colegio Luppi, comienza allí a borronear sus primeros poemas. Terminada la escuela primaria retorna a la casa paterna en Garay y Boedo, donde nacerían, sin olvidar su antiguo barrio, sus primeros tangos. No tarda Manzi en estrechar amistad con los hermanos González Tuñón, Leónidas Barletta, Nicolás Olivari y el que fuera un poco padre de esa cofradía, José González Castillo, padre de Cátulo.

    Su actividad política hizo que lo expulsaran de la Facultad de Derecho, a partir de lo cual se dedica totalmente a su gran pasión: la poesía. Contaba Arturo Jauretche que poco antes de terminar el servicio militar le dijo: “Tengo por delante dos caminos: hacerme hombre de letras o hacer letras para los hombres”. Opta por lo segundo, componiendo letras de tango memorables como “Discepolín”, “Malena”, “Manoblanca” y “Sur”, entre otras.

    Su paso por FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) afirma sus convicciones ideológicas, y ya no se apartaría del campo popular. Esto le cuesta perder varios amigos, entre ellos Jorge Luis Borges. Al igual que Enrique Santos Discépolo sufre hondamente la soledad, quizás por ello en el poema “Definiciones para esperar mi muerte” dirá: Sé que hay lágrimas largamente preparadas para mi ausencia. / Sé que mi nombre resonará en oídos queridos con la perfección de una imagen”.

    Se desempeñó como profesor de Castellano y de Literatura en los colegios nacionales Mariano Moreno y Domingo Faustino Sarmiento. Como periodista trabajó en El Sol, Crítica y Tribuna Libre. Redactó los libros cinematográficos de películas exitosas, como La guerra gaucha y Pampa bárbara, entre otras. Fundó la empresa Artistas Argentinos Asociados, y como sindicalista ejerció la presidencia de SADAIC.

    Como letrista de tangos fue un magnífico poeta, algunas de sus letras son: “Viejo ciego”, “Milonga sentimental”, “Milonga del 900”, “El pescante”, “Milonga triste”, “Bettinoti”, “Mañana zarpa un barco”, “Negra María”, “Después”, “Sur”, “Che, bandoneón”, “El último organito”.