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Año 1 #6 Marzo 2015

La sublime redondez del sexo

Emilio Cárdenas se enamora de la obesidad joven de Araceli. Su piel blanca y estriada, su carne que oculta el vello pubiano, sus piernas como pilotes de cemento. ¿Al final del camino lo esperará el amor o la soledad?

Una mujer desnuda es un mundo vestido.
Dalmiro Sáenz

 

Nunca pude confesar a nadie mi secreto amor por Araceli. Nuestra prohibida relación fue un acuerdo implícito. Ninguno quebró el pacto que perduró casi veinte años. Durante todo ese tiempo nos escondimos prejuiciosamente. Al principio fue un juego amoroso. Ambos nos dejamos llevar por el instinto carnal. No pudimos gobernar la sangre, la explosión del orgasmo, la sutileza de la carne, el respeto por la mirada. Fuimos creciendo lentamente, paso a paso. Sabíamos que al afecto no había que apurarlo. Los días se agotaban sin darnos cuenta. Primero estipulamos vernos los viernes. Ella trabajaba como empleada administrativa en una empresa de servicios. Vivía con su madre en una cálida casita de la calle Madero, en la localidad de Vicente López. Tenían una vida organizada, serena, sin altibajos económicos. Eran modestas, sencillas, casi diría normales. Nos conocimos en la inauguración de cuadros de un amigo. Yo era reacio a las presentaciones, al contacto directo con el público. Me molestaba esa vulgaridad a la que el artista debe someterse para vender una obra. Sin embargo, aquella oportunidad dejó abierto en mi vida un tiempo de placer.

Araceli no era una mujer atractiva para el común de los hombres. Ella padecía el hecho de ser extremadamente obesa. A pesar de su gordura se movía con una agilidad sorprendente. Personalmente no me preocupaba en absoluto su estética. Es más: viví la relación como un desafío. La sociedad es la excedida en grasa, no la gente. El primer encuentro después de la vernissage fue en mi departamento. Me esmeré con la limpieza y la sorprendí con una cena propia de un sibarita: pato a la crema de mango. Araceli fue rotundamente honesta. Me confesó que hubiera preferido un plato menos sofisticado. Corrí mejor suerte con el champán. Dos botellas sirvieron para alegrarnos al extremo. Ambos sabíamos que esa noche se quebraría el hechizo de la carne. Como un artesano que modela su pieza fui soltando su ropa. Cuando quedamos desnudos, un inocultable pudor nos invadió. Ella cerró sus ojos para entregarse. Yo me refugié en sus pechos para sentir el éxtasis. Al despertar del sueño amoroso nos miramos buscando un mensaje, una señal, una fórmula, algún código secreto. La voz del silencio nos dejó sin palabras. Nació el tiempo de las caricias y el reconocimiento de las eróticas formas voluminosas. Las mamas de Araceli empequeñecían mis manos. Los pliegues de su abdomen formaban un intrincado laberinto. Su piel blanca y estriada era una barrera rolliza que ocultaba el vello pubiano. Sus piernas, monumentales como pilotes de cemento, terminaban en unos pies carnosos, hinchados y pequeños. Sus glúteos, escandalosamente montañosos y flácidos, desbordaban la línea de su cola. Su espalda era una especie de recorte marmolino invadido en el ángulo superior por el torrente espeso de su cabello. Por primera vez cumplía con la fantasía hindú de concebir el cuerpo como recipiente del alma. Me acercaba al karma y al despertar del moksha. Araceli, como una mariposa con alas de deseo, glorificaba el momento y celebraba la franqueza del amor partiendo en mil pedazos la mojigatería y esa moral hipócrita que la condenaba al fracaso. Yo doblegaba la histórica conducta del macho para transformarme en hombre. Como un cristal que se astilla en irregulares formas, aparecieron las razones de un ser nuevo. La vida empezaba a entregarme la sublime redondez del sexo.

Nuestro refugio de fin de semana lo encontramos en el Delta, sobre un brazo del río San Antonio. Araceli se había autoimpuesto la construcción de una huerta. Yo probé suerte con la pesca y las artesanías en mimbre. Éramos libres, independientes, decididamente felices.

Al caer la tarde, doblegados por un grato cansancio, nos sentábamos a mirar las aguas palpitantes y la cadencia sutil del follaje. Inaugurábamos así una vida primitiva, lejana del consumo. Partíamos como dueños al tiempo. Habíamos logrado minimizar el reloj transformándolo en un mero objeto. Ese ostracismo nos apuntalaba, nos adhería a la naturaleza.

 

Aquel proyecto de weekend se fue modificando con el correr de los días. Nuestra estancia se transformó en permanente. Convencidos, fuimos dejando algunos hábitos urbanos. Cambió la ropa, las necesidades competitivas, la relación con el otro. Araceli abandonó su trabajo y reconquistó el título de maestra, ocupando un cargo en la escuela Domingo Faustino Sarmiento, sobre el río Luján. Yo vendí la veterinaria y me dediqué a la crianza de conejos para exportación. Éramos para los isleños la “Seño” y el “conejero”.

Este hermetismo nos reeducó. Esa bola humana que parecía una bomba a punto de estallar tenía el encanto audaz y primitivo de la anatomía. A nadie podía explicarle yo que estaba inmerso en el body play, que me alejaba del canon estereotipado de la belleza rubia de ojos azules y cuerpo anoréxico. Yo había crecido con la estafa volumétrica de Audrey Hepburn y el ideal filiforme de Marilyn Monroe. Sin embargo, tenía a mi lado a una mujer robada a un cuadro de Botero, una Madonna culona, un dibujo obsceno de Heinrich Mann. Sexualmente dejábamos todo sobre esa cama ruidosa de hierro fundido. El milagro del cuerpo a medida sucumbía en la esclavitud del ideal soñado. Araceli era una bestia, la exageración babilónica, mi luchadora de sumo. Así la sentía, la valoraba, la endiosaba.

Con los años la flacidez aumentó, los tejidos cedieron. La luna de su rostro comenzó a agrietarse. La piel colgaba como una esponja marina. Yo tampoco era el mismo. La apetencia del sexo se aquietaba serenamente. Ya mirábamos la sombra. Una noche calurosa, mojado de sudor, desperté irritado. A mi lado Araceli parecía una foca que emitía un sonido gutural odioso. Ese ronquido punzante resonaba en el cuarto como una alarma que anunciaba el peligro. El sobrepeso se presentaba con aquella queja molesta. No tuve paciencia. Acaso la manifestación era parte del amor y aceptarla significaba descartar lo perfecto. Me levanté y la miré angustiado. Aquel encanto de ballena blanca casi adolescente, magníficamente idealizada, se escurría de mi imaginación como agua entre las manos. Araceli era un elefante bañado de transpiración olorosa, desbordada sobre el lecho que guardaba nuestros más íntimos secretos. Tomé conciencia de mi cercana realidad. La compasión me había cegado. Ella sólo representaba un objeto perverso de mi deseo infantil. No podía seguir engañándola, mintiéndole, humillándola, haciéndola ilusionar con una vejez compartida. Yo no era hombre de desafíos. No estaba acostumbrado a librar batallas. Nunca me jugué por nada. Araceli tenía cincuenta y cuatro años y yo estaba seguro de que todavía podía volver a empezar.

Desde hace una semana soy sexagenario. Decidí volver a pintar y dibujar. Sin ningún otro objetivo que el placer creativo, me uní al grupo de alumnos de Carlos Gorriarena. Después de ocho meses y algunas manchas sobre el bastidor, opté por dedicarme al modelo vivo. Busqué en el listado del taller algún nombre. Me detuve en el texto que anunciaba a Antonia: “Española, 32 años, pulposa. Un festival del volumen. Imagíname. Soy única. 543-2730”.

Antes de abundar en palabras ya se había desnudado. No era necesario pedirle tiempo de espera. Sabía mostrarse a la perfección. Manejaba la seducción y el erotismo. Todo lo acompañaba con una sonrisa pícara y sugerente que despertaba una atracción dominadora. Inicialmente busqué atraparla. Tuve curiosidad en hurgar sus formas. Antonia no era una principiante. Tampoco una vulgar ramera. Experimentar con el cuerpo tenía sus alegrías y debo reconocer que en las cuestiones de las fantasías, la española daba cátedra. Osadamente me preguntó: “¿Tú todavía mueves al manolo?”. Sentí vergüenza y un profundo malestar que se marcó en mi rostro. “Bueno, tío, no te enfades, que no eres manco y tienes lengua”, disparó nuevamente. Me avergonzó aún más. Antonia, sabiéndose triunfadora, avanzó: “¿Cuánto crees que dura una buena relación en la cama?”. “No más de media hora”, respondí. “Yo te puedo hacer coletear tres horas”, concluyó. El desafío era cierto, la ibérica dominaba el tantra, y toda su técnica la aplicaba como buena shaktí. Me reconocí perdedor de esa batalla y ganador de los beneficios. Esa muchacha conocía los caminos, los senderos, los atajos y las rutas del placer. Yo solamente significaba un juego despiadadamente desdeñoso. Había llegado a una altura de mi vida donde todo deja de ser presuntuoso. No podía encumbrarme en la soberbia. Tampoco descreer de mi ingenuidad. Entre ambos nos divorciaba un abismo. Jamás podría decirle palabras dulces al oído para retenerla. Jamás Antonia se ataría a los calzones de un hombre otoñal. Esa orca asesina que doblegó a mis últimos instintos eróticos se llevaba el maletín de sueños con todas las estrellas. Después de dibujarla durante toda una tarde, la despedí con un beso profundo e interminable. La holganza llegaba a su fin. Los dos acabábamos con el duende de la lujuria.

No volví al taller de Gorriarena. Temí que circulara el comentario abyecto. Después de mucho meditar llamé a Araceli. Una voz masculina me informó que ya no vivía más en esa casa. Herido, busqué refugio en el teléfono de Antonia. Nadie contestó. Todo lo solaz del amor había quedado sepultado en la dermis lechosa que cubría, como un manto mantecoso, la cadera global de Araceli.

El viaje al corazón tenía la forma perfecta y rebelde de una mujer adiposa, rechoncha, opulenta.

 

Antonia vive en Lisboa, es la modelo exclusiva del pintor Amancio Pascoal. Araceli se radicó en San Martín de los Andes y fabrica dulces artesanales. Emilio Cárdenas transcurre sus días en soledad, en el departamento de Caballito, rodeado de dibujos y pinturas de mujeres gordas, como a él le agradan.

  • José María Gatti
    Gatti, José María

    José María Gatti nació en Buenos Aires, en 1948. Es psicólogo social, periodista e investigador. Se especializa en la obra de Ernest Hemingway y colabora en distintas publicaciones del extranjero analizando la vida del escritor.

    En el año 1989 recibió el Primer Premio Categoría Monografía, otorgado por la Fundación Hebraica Argentina, por su trabajo Argentina a flor de piel, en el marco de la Primera Jornada de Reflexión sobre Discriminación. En 2001, el Ayuntamiento de Oleiros (Galicia, España) lo reconoció con el Premio Llave del Rey por su cuento “Pálida luna de Manantiales”.

    Durante el 2004, la Editorial Longseller lo galardonó con el Segundo Premio, Categoría Cuento, en el Primer Concurso de Cuentos Longseller 2004 publicando su libro Ladrón de desalmados. También ese año obtuvo el Primer Premio en el Quinto Salón de Cuento y Poesía, organizado por UPCN (Unión Personal Civil de la Nación), por el cuento “Carmín encendido”. En enero de 2005, su microcuento “Despedida” fue seleccionado para integrar la Primera Antología de Microcuentos de Amor, organizado por la Universidad Nacional de Chile. En setiembre de ese año, el trabajo fue incorpora a la sección microcuentos de la Biblioteca Municipal Godella (Valencia-España).

    En junio de 2007 fue invitado en calidad de ponente por la Casa-Museo Ernest Hemingway / Finca Vigía de La Habana (Cuba) al XI Coloquio Internacional Ernest Hemingway para exponer su tesis “Hemingway: el genio bipolar”. Como conferencista ese año también asistió a la Tercera Feria del Libro Mar del Plata-Puerto de Lectura (Mar del Plata) donde disertó sobre la experiencia cubana.

    En 2011 estuvo invitado por el Instituto Hemingway de Bilbao (España) a dictar un ciclo de conferencias en Tarragona, Cambrils, Barcelona, Pamplona y Bilbao. Ese mismo año forma parte del Comité Organizador del Foro Internacional El mar de Hemingway (Lima-Perú). En el mes de julio, Radio Nedeland Internacional (Holanda) lo invitó junto al investigador Andrés Arenas Gómez a exponer sobre el suicidio y la bipolaridad de Hemingway.

    En 2010 su bitácora www.lapipadehemingway.blogspot.com fue seleccionada por Technorati, el principal buscador automático de blogs, entre los diez mejores blogs temáticos sobre Ernest Miller Hemingway. En el 2012 su cuento “La leyenda del vino” resultó finalista en el Concurso de Relatos Cortos Tinta, sangre y vino, organizado por las Bodegas Paternina (Logroño -España) con motivo del 55 aniversario de la visita del escritor a la bodega.

    El autor ha participado, en reiteradas oportunidades, de festivales internacionales del género negro. Entre otros: Festival Internacional de Medellín (Colombia), Córdoba Mata, Rosario Negro, Buenos Aires Negro y Azabache (Argentina).

    Es miembro de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación y vocal suplente de la Unión de Escritoras y Escritores.

    Obra

    • Hola Hemingway. Una mirada centenaria (1999)

    • Ladrón de desalmados (2004

    • La pipa de Hemingway (2008)

    • Víctimas Inocentes (2013)

    • Carne en flor (2015)

    • Libre de pecados (2017)

    • El muertito de Hemingway (2019)

    • Siempre llueve detrás del arcoíris (2020)