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Año 1 #5 Febrero 2015

Eres una bestia Viskovitz

En su libro Eres una bestia Viskovitz, Alessandro Boffa analiza las diferentes facetas de la condición humana valiéndose de un personaje: Viskovitz. Relato a relato Viskovitz es representado como un animal diferente. Esta estratagema le permite al autor abordar todo un abanico de temas que conforman la naturaleza del hombre. A continuación ofrecemos tres de estos relatos.

(los siguientes cuentos integran Eres una bestia Viskovitz)

ESTAS PERDIENDO LA CABEZA, VISKOVITZ

—¿Cómo era papá? —le pregunté a mi madre.

—Crujiente, un poco salado, rico en fibra.

—Quiero decir antes de comértelo.

—Era un mequetrefe inseguro, angustiado, neurótico, un poco como todos vosotros, los machitos, Visko.

Me sentía más cercano que nunca a aquel genitor al que no había llegado a conocer, que se había descompuesto en el estómago de mamá mientras yo era concebido. De quien no había recibido calor, sino calorías. Gracias, papá, pensé. Sé lo que significa, para una mantis macho, sacrificarse por la familia.

Me detuve un instante, en grave recogimiento, ante su tumba, es decir, ante mi madre, y entoné un miserere.

Al poco rato, como pensar en la muerte nunca dejaba de provocarme una erección, consideré llegado el momento de reunirme con Ljuba, el insecto al que amaba. La había conocido más o menos un mes antes, en el matrimonio de mi hermana, que por otra parte era también el funeral de mi cuñado, y había quedado prisionero de su cruel belleza. No habíamos dejado de vernos desde entonces. ¿Cómo había sido posible? Dios me había bendecido con el don más apreciado por nosotros, los mantis: la eyaculación precoz, condición indispensable de cualquier historia de amor que aspire a no ser efímera. La primera semana había perdido sólo un par de patas, las raptatorias, la segunda el prototórax con sus anexos para el vuelo, la tercera....

—¡No lo hagas, Visko, por amor de Dios! —empezaron a gritarme mis amigos Zucotic, Petrovic y López, encaramados en las ramas más altas.

Para ellos la hembra era el demonio, la misoginia una misión. Desde la metamorfosis sufrían algún tipo de desviación o disfunción sexual, habían adoptado los votos del sacerdocio y se pasaban todo el santo día mascando pétalos y recitando salmos. Eran muy religiosos.

Pero no había oración que pudiese detenerme, no ahora, que oía el gélido suspiro de mi amada, el sombrío rumor de sus membranas, su fúnebre y burlona sonrisa. Me moví frenéticamente en dirección a aquellos sonidos, con la única pata que me quedaba, apoyándome en mi erección, esforzándome por llegar a visualizar la gloria de sus formas, ahora que no podía verlas porque ya no tenía ocelos, ahora que no podía olerlas porque ya no tenía antenas, ahora que no podía besarlas porque ya no tenia palpos.

Por ella había perdido ya la cabeza.

 

LLEVAS CUERNOS, VISKOVITZ

Yo, Viskovitz, soy noble y bueno, pero cuando bajo los cuernos.... Lancé un mugido terrible y embestí.

Siempre había sido así entre nosotros, los alces: el vencedor hace suyas a todas las hembras en celo; para los demás, descornados, no quedan más que las fantasías. Un solo adversario me separaba todavía de la gloria, del amor, del poder. No podía fallar, no podía permitirme que un instante de distracción o algún efímero temor echasen por tierra todo un año de preparación gimnástica y galopante espera...

Arremetí contra él con la velocidad de un caballo de batalla y con todo el peso de mis dos quintales, pero, en el momento del choque, Petrovic, mi rival, jugó sucio: se agazapó como una rata y me dejó precipitarme en el vacío. Me golpeé en la articulación de las patas y me desplome. Acabé con el hocico por tierra y no me quedó más alternativa que pedir piedad. Petrovic me lanzó otra cornada y luego se encaminó hacia las hembras jóvenes, para recibir su premio.

Aquella noche, renqueando, me refugié en el sotobosque a lamerme las heridas. Después me arrastré hasta la charca y busqué a Jana.

—Hola, Jana —resollé.

—Apestas, Visko.

La oscuridad de la noche la cubría compasiva.

Mientras ramoneaba, las mamas le rozaban el mantillo de tierra mezclada con estiércol.

—Esta vez has salido malparado, Visko —rió sarcástica.

Si la limpiabas de ladillas, te acompañaba siempre a dar un paseo, y, si le rascabas un poco las pústulas de sarna, hasta te bramaba algún halago del tipo:”Eres el mejor, el campeón de la arena, el número uno...”.

Y así iba pasando el invierno.

Y entretanto te entrenabas para la primavera. Y te afilabas los cuernos. Porque eras un alce y en la cabeza no tenías sólo ideas, sino también armas.

Cuando llegó la nueva estación y las hembras volvieron a estar en celo, los solterones nos reunimos al pie de la montaña para decidir quién debía enfrentarse a Petrovic. A la fortaleza, una de mis dotes naturales, yo había agregado una nada despreciable experiencia y el conocimiento de todos esos pequeños trucos que se aprenden con el tiempo. No necesité más de un cuarto de hora para hacerles entender a López, a Zucotic y a los otros que el aspirante que debía desafiarle era yo una vez más. Algunos de los más jóvenes habían confundido mi astuta prudencia con el miedo, y estaban en el bosque lamiéndose las heridas. Petrovic, que había seguido la escena desde lo alto de la montaña, se lanzó a la carga de inmediato. Esta vez lo esperé, con las pezuñas firmemente asentadas, en el fondo del valle. Lo encontré avejentado y decaído, demacrado y enfermizo. Así pues, lo golpeé contra una encina hasta que me llegó a dar lástima.

Arreglado aquel asunto, emprendí el camino del monte, donde me estaban esperando las alcillas, Sus cabecitas asomaban tras las rocas. Notaba en el aire el olor a hembra, y me llegaba también alguna que otra vocecilla:

—¿Quién ha ganado?

—Viskovitz. Viene hacia aquí.

Cuando las tuve delante, no me dieron exactamente la impresión que uno espera de una manada de hembras en celo. Y es que te las imaginas estremecidas y formando un gran alboroto de bramidos y bufidos. Un par de ellas roncaba, otras estaban tumbadas panza abajo y se azotaban la grupa con la cola, alguna que otra ramoneaba. Con todo, la más apetecible del ramillete se adelantó y bramó:

—Yo soy la primera del grupo. Tú, como vencedor de la contienda, eres el orgullo de la manada, nuestro amo y señor, y te aparearás primero conmigo y luego con todas las demás, y pariremos una prole vigorosa y abundante.

—No te quepa duda —gruñí.

—Naturalmente, tú deberás ocuparte de la seguridad y la prosperidad de la manada. Explorarás y conquistarás nuevos territorios y velarás siempre para que no nos falte el pasto. Mantendrás alejados al lobo y el lince, y, día y noche, vigilarás desde la cima de la montaña, olfateando la presencia de cazadores. Serás temido por las demás manadas y defenderás el territorio. Puesto que aquí tú eres el único que tiene cuernos, bajarás las ramas más altas para que nosotras podamos deshojarlas y nos desprenderás los parásitos del pelo. Tendrás que ser un buen ejemplo para tus hijos y te ocuparás de su educación. Cuando estemos preñadas, deberás satisfacer hasta el más insignificante de nuestros antojos. Dirimirás cualquier disputa, gobernando con sabiduría y juzgando con equidad. No podrás frecuentar a los otros machos del monte y mantendrás lejos de nosotras su semen impuro. En la estación del estro, te enfrentarás a tus rivales en la arena; hasta que un día, viejo y cansado, sucumbas ante los contendientes más jóvenes y lozanos, entre los que podrás encontrar a tus propios hijos. Y, si mueres en la lucha, tus cuernos se añadirán a los de tus predecesores, a los que nunca hemos dejado de rendir nuestro más agradecido y respetuoso homenaje. Mi nombre es Ljuba.

—Y yo soy Viskovitz, encanto —bramé—. Tienes un pelo precioso, Ljuba... ¿Sabes lo que me gustaría hacer ahora, florecilla? Tú y yo nos vamos a dar un paseo por el bosquecillo...

—Temo que eso no sea posible. Cuando quieras aparearte conmigo, porque supongo que se trata de eso, deberás hacerlo aquí, en el monte. No se puede dejar sin vigilancia la manada.

—¿Aquí, delante de todos?

—Esa es la norma, Vuestra Alteza.

—De acuerdo, entonces ya hablaremos al anochecer. Pero hazme un favor, potrilla: llámame Visko.

Aquella noche, tras la puesta del sol, yo estaba de vigilancia. La noche era tranquila. Los pequeños dormían acurrucados entre las patas de mis alcillas, que roncaban apaciblemente. Sólo Ljuba seguía ramoneando y me echaba alguna mirada de vez en cuando. Lancé un silbido y enseguida se puso a trotar: estaba claro que nos entendíamos al vuelo. La luna hacía brillar sus grandes ojos acuosos. Empecé a repasármela. Tenía una cierta jodida prisa. Sí ¿y qué?, es más que comprensible. Me alcé sobre su grupa. Con las patas delanteras la mantenía quieta, con los dientes le mordisqueaba el cuello y con...

—¿Qué es ese ruido?

—Me temo que el lobo le haya hincado el diente a uno de los pequeños, Vuestra Merced.

—Bah, al fin y al cabo no es mío, y siempre será una boca menos que... Bueno, quiero decir que... No, claro, naturalmente, ahora mismo bajo a arreglar este asunto...Pero, te lo ruego, llámame Visko.

Un asqueroso lobo babeante había hincado los dientes en el cuello de un pequeño alce, y se escabullía con él para zampárselo en el bosque. Lo alcancé con los cuernos por el lomo y lo mandé volando patas arriba. Pero entretanto había salido del boscaje otro par de aquellos hediondos animales y ahora tenía uno pegado a las corvas. Apoyé todo el peso sobre las patas delanteras y lancé una coz para quitármelo de encima. No habían elegido precisamente el día más adecuado para venir a molestar. Al tercero lo ensarté de lleno y con él se acabó el asunto. Los otros pusieron pie en polvorosa y estuve seguro de que no volvería a verlos en bastante tiempo. Para entonces ya me habían arruinado la velada. Me sangraban dos patas y el vientre. Había sido una larga jornada. Me recosté sobre la grupa, panza arriba, y dejé que las hembras me lamieran las heridas. Oí que una de ellas le decía a otra:

—¿Qué te había dicho? Sabía que Visko les daría una lección.

Después caí dormido.

Al día siguiente, antes de que me hubiera recuperado, aparecieron los linces, y, por si eso fuera poco, hacia el anochecer se acercaron un par de bastardos, que subían desde el valle atraídos por el olor de las chicas. No me habría resultado difícil encargarme de ellos, a no ser por el estado en que todavía me encontraba. Un guiñapo. Pero ya podéis imaginar lo que habría sucedido si aquellos tipos se hubieran podido desahogar a sus anchas. Decidí echarme un farol. Me obligué a trotar fingiendo que tenía las patas en perfecto estado, y sólo Dios sabe hasta qué punto aquella artimaña me hacía maldecir de dolor. Luego, ante el más belicoso de los dos lancé lo que nosotros llamamos “el último mugido”, lo que tanto aquí arriba como en el llano significa que se está dispuesto a combatir hasta el final. Para mi fortuna, los dos humillaron los cuernos y me dieron la espalda, pero si hubieran tenido redaños para embestir... mejor ni pensarlo.

Oí a las chicas que decían:

—Este Visko es fantástico. ¿Has visto? Se han cagado de miedo.

Luego caí redondo al suelo.

A la mañana siguiente empecé a sentirme mejor, recuperaba las fuerzas y con ellas cierta languidez. Decidí dedicar aquel día a Ljuba. La llamé y ella no se hizo de rogar. Pero enseguida noté que estaba un poco nerviosa.

—¿Todavía tienes miedo de tu buen Visko? —mugí con una sonrisilla equina.

—No se trata de eso, mi señor, es que he oído un disparo procedente del bosque.

—Serán imaginaciones tuyas, querida. No pueden venir todas las desgracias a la vez; es sólo que estás un poco emocionada, yo mismo me siento...

Se oyó el estampido de una escopeta, seguido de un mugido ahogado en el boscaje.

—Veré qué puedo hacer, pero, hazme un favor, la próxima vez llámame Visko.

Bajé hasta el bosque y atraje hacia mí los cazadores, mientras la manada se ponía a salvo. Me deslomé galopando de punta a punta por el monte y por el valle, dejando huellas y borrando huellas, llevándome dos balazos y todo un cartucho de perdigones. Finalmente, cuando ya era de noche cerrada, volví muy despacio a la cima de la montaña, deshecho.

Había un par de jóvenes alcillas todavía despiertas. Oí como una le mugía a la otra:

—Viskovitz es realmente extraordinario. Con él sí que podemos dormir tran- quilas.

Después me derrumbe.

Por la mañana me desperté de magnífico humor. Los cazadores nunca vienen a nuestros parajes más de una vez a la semana. Tanto a los lobos como a los linces les había dado una buena lección, y en cuanto a los alces... a ellos más les valía mantenerse alejados. Era un cálido día de sol y, cuando el aire está tan limpio, el paisaje de las Montañas Rocosas es un auténtico espectáculo. Será porque soy un alce, pero a mí aquellas cumbres recortadas contra el cielo me parecen cuernos invencibles. Lancé un prolongado bramido. Porque me apetecía. Me hubiese gustado que me respondiera algún otro jefe de la manada desde las otras montañas. Porque en todas las cimas montañosas estábamos nosotros, los alces.

Las crías ramoneaban alegremente, y la manada estaba tranquila. Aparté un poco de hierbecilla y luego llamé a las chicas. ¡Qué bien se movían al trote las potrillas! Teníamos mucho trabajo atrasado que despachar. No había razón para esperar que anocheciera, de ahora en adelante actuaría a mi placer, realmente no venía a cuento mostrarse pudoroso en mi propia casa. Estaba Ljuba, luego estaba Lara, después estaba Olga, luego estaba Alcina... El Gran Alce, ¡me sentía emocionado como un chiquillo!

—Chicas, hoy trabajaremos todos juntos para garantizar a la manada una prole vigorosa y abundante. Ven aquí, Ljuba —bramé.

—Temo que no sea posible, mi señor.

—No digas eso ni en broma...

—El período del estro ha terminado, mi señor, así que tendremos que esperar al año próximo para dedicarnos a esas cosas, siempre que tengamos el honor de teneros todavía con nosotras. Entretanto, vos continuáis siendo nuestro único amo y señor. Si sois tan amable de bajar esa rama, nosotras...

Jana yacía inmóvil en el pantano, medio sumergida en el cieno que le servía para sofocar las ladillas.

—Apestáis, Vuestra Alteza —bramó.

 

¿PERO ES QUE NUNCA PIENSAS EN EL SEXO, VISKOVITZ?

¿El sexo? Ni siquiera sabía que tenía uno. Podéis imaginaros cuando me dijeron que tenía dos.

—Los caracoles, Visko —me explicaron mis viejos—, somos hermafroditas insuficientes...

—¡Qué asco! —chillé—. ¿También en nuestra familia?

—No te quepa duda, hijo. Tenemos capacidad tanto para desarrollar las funciones masculinas como las femeninas. No hay nada de lo que avergon- zarse.

Me indicó con la rádula el lugar donde se encontraban ambos aparatos geni- tales.

—¿Y por qué son insuficientes?

—Porque podemos aparearnos sólo con otros caracoles, siempre y cuando exista una inclinación recíproca, pero nunca con nosotros mismos.

—¿Y quién lo dice?

—Nuestras creencias, Visko. Esa otra cosa tan fea es pecado mortal, aunque sea sólo de pensamiento —me previno papamamá.

—Y también son actos impuros encerrarse demasiado en la concha, hablar consigo mismo y autocomplacerse —añadió mamapapá.

Un estremecimiento de terror me rizó el manto.

—Sería hora de que empezases a mirar a tu alrededor en busca de un buen partido; la estación reproductiva dura sólo unas pocas semanas.

Alargué perplejo los tentáculos en todas direcciones.

—¡Pero si los caracoles más cercanos están a meses de camino!

—Te equivocas, hijo, hay jóvenes excelentes en este mismo vecindario.

Pero por allí cerca no veía más que a Zucotic, Petrovic y López, mis antiguos compañeros de colegio.

—Estáis de broma. No pretenderéis que yo...

—Proceden de buenas familias, con un discreto patrimonio genético y buenas perspectivas de ciclo evolutivo. La belleza no lo es todo, Visko.

—Pero ¿los habéis visto bien?

Dirigí el tentáculo rinóforo hacia Zucotic, un gasterópodo descarnado, con la concha prácticamente clipeiforme, el ojo invaginado, el ctenidio atrófico. Resultaba repugnante incluso para los depredadores. ¿Realmente querían tener nietos así ?

—Ya verás como, con el tiempo, cambiarás de idea. Los caracoles tenemos un dicho: “Ama a quien esté cerca de ti, porque quien está lejos continuará estándolo”.

—Antes muerto.

Saludé y me retiré al interior de la concha. Tapé cuidadosamente el opérculo y lo sellé con sales calcáreas, porque nunca se sabe lo que puede pasar.

—No está bien encerrarse así en la concha, Viskolín, la gente pensará mal.

Al cuerno la gente.

Durante los días que siguieron, por una u otra razón, no fui capaz de pensar en otra cosa que en el sexo, quiero decir, en los sexos.

Al principio eran picores indefinibles, pequeñas turbaciones hormonales que me impulsaban a detener la mirada sobre ciertas arrugas del manto de algunos caracoles, a intentar adivinar las formas bajo la concha, a admirar las sinuosas ondulaciones de su pie ventral al contraerse. Nada que me llegara a preocupar, entendámonos, o que me quitara el sueño. Algunos de los caracoles del huerto, morfológicamente hablando, no estaban mal, pero caracoles que de verdad encajaran conmigo, que tuvieran la clase y los requisitos zoométricos necesarios para hacer una buena pareja con un Viskovitz, realmente no se veía ninguno. Llegué pues a la conclusión de que no existían y de que probablemente no habían nacido todavía.

Me equivocaba.

Su majestad, la belleza gasterópoda, apareció de repente, entre las lechugas. Estaba más bien lejos, pero divisaba su deslumbrante perfil voluptuosamente abandonada al sol, la generosidad de sus formas a duras penas contenidas en la sucinta concha.

Parbleu!

Hechizado, perdí el sueño y el apetito. De repente, para mis antenas oculares sólo existía ellaél. Empecé a secretar moco sin razón. Pero ¿qué podía hacer? ¡Mi estrella distaba de mí por lo menos dos años-caracol! Aun en el caso de que hubiera partido en aquel mismo momento y me hubiera echado a correr como un loco, incluso renunciando al letargo invernal, igualmente habría llegado allí viejo y decrépito.

A menos que... Sí, estaba pensando precisamente aquello. Aquella locura. ¿Y si también ellaél se echara a correr a mi encuentro? En tal caso, el punto de encuentro habría estado entre las flores de calabaza, y nos habríamos unido como dos caracoles de mediana edad. Cuanto más pensaba en ello, más me seducía la romántica grandeza de aquel gesto. La zozobra de la anticipación. El sacrificio de la juventud por una promesa de amor. ¿Y acaso el amor no era siempre una gran apuesta? Mirarme me miraba, estaba claro que había notado mi presencia. Estaba muy, muy claro. Había que ser un bivalvo para no comprender las señas de complicidad que me enviaba con las antenas. Quién sabe por qué imaginaba que su nombre era Ljuba.

—¡Viskooo! —gritaba mamapapá—. No está bien hablar consigo mismo, la gente pensará mal.

—Que piensen lo que quieran.

—Lo que tendrías que hacer es arreglarte, porque viene a verte el señorito López.

López avanzaba fuera de sí, babeando mucosidades y dejándose resbalar, el rostro extraviado por la lujuria, los osfradios dilatados, el mesénquima laxo, la rádula fláccida, anhelante, estaba ya a sólo dos días de distancia de mí. Pero pocas horas más lejos, cargaban también en dirección hacia mí Petrovic y Zucotic, enzarzados en una carrera a muerte por tenerme, por gozar de mi joven cuerpo. Sentí que se me helaba la hemolinfa y se me ponía rígida la cavidad paleal. Extroflexioné el esófago en un espasmo de repugnancia.

Giré los ojos hacia la lechuga y en un instante —uno de esos instantes en los que se decide una vida— la suerte estuvo echada.

—¡Allá voy! —grité.

Y también ellaél se movió.

Tras seis meses de mantener aquella carrera, estaba destrozado.

Los lances pasionales no están hechos para los moluscos, especialmente para nosotros, los caracoles. Tenía las escamas irritadas y el mesénquima hecho pedazos. Acabada la estación reproductiva, los niveles hormonales habían caído, y con ellos los ardores románticos. La juventud se había desvanecido y el moco se resecaba. Veía envejecer mi cuerpo más rápidamente de lo que cambiaba el paisaje. Si la vida es una carrera contra el tiempo, bueno, hay algo de lo que no cabe duda, y es que con los caracoles es él, el tiempo, quien parte favorito.

Al empezar aquel viaje me había hecho ilusiones de que, por mal que fuera, en cualquier caso habría conocido mundo, territorios inexplorados y culturas extranjeras, distantes decímetros y decímetros. Pero comprendía que el mundo entero era verdura. Me había hecho ilusión de poder cortar definitivamente con el pasado, pero cada vez que giraba las antenas, familiares y conocidos estaban siempre allí, con sus miradas cargadas de reproche, la expresión defraudada y enfurecida. Los caracoles de la infancia permanecen siempre en nuestro campo visual, y también los de nuestra vejez. Para nosotros no existen los encuentros fortuitos, y tampoco existe la intimidad. Comprenderéis ahora por qué uno necesita una concha, a pesar del trabajo que supone llevarla todo el día a cuestas,

Pero yo continuaba corriendo a su encuentro, suspirando y soñando, con los ojos abiertos, durante la noche, bajo la luz de la luna, con el perfume del perejil y la caricia del viento en las escamas. Y también ellaél venía a mi encuentro. Aquello era lo único que contaba.

Llegó el invierno, y, tras otros tres meses, la primavera y los brotes de las primeras flores de calabaza.

Y luego el momento tan esperado.

Estaba asustado, se me había venido encima el mundo entero. ¡Yo había creído realmente que venía a mi encuentro, que respondía a mis llamadas! Elella era una imagen reflejada. Daba vueltas en torno a aquel grifo y me veía llorar en silencio las últimas gotas de moco. Pobre Viskovitz. Sentí una infinita ternura por mí mismo. Después me apoyé en aquella superficie cromada y me eché a reír a carcajadas. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me burlaba, o mejor, nos burlábamos. Pero de pronto mi imagen se puso seria y empezó a observarme atentamente. ¡Qué bello era! Tan suavemente femenino y virilmente gallardo. No podía quitarme los ojillos de encima: era todavía un animal soberbio, probablemente el más atractivo que hubiese existido nunca, extraordinariamente sexy para ser un molusco. Rádula sensual y escamas de fábula, físico sólido y elástico, concha mimética pero elegante, atributos reproductores... parbleu ! En un instante se me aclaró el sentido de toda aquella historia. Doblé tímidamente las antenas oculares, la una hacia la otra, y por primera vez vi mi pupila derecha, miró fijamente a la izquierda.

Sentí el cortocircuito eléctrico, el estremecimiento del alma, y sólo fui capaz de balbucear una frase trivial:

—Te amo, Viskovitz.

—Yo también te quiero, bobo.

Con la rádula acaricié delicadamente el exóstoma, con la parte distal del pie ventral rocé la proximal. Sentí la cálida presión del rinóforo, que se insinuaba bajo la concha, y una fuerte conmoción me inmovilizó en el centro mismo de mi ser.

—Oh, cielos ¿qué estoy haciendo? —balbuceé.

Pero ya me abandonaba a mi propio abrazo, me aferraba a mi propia carne. Ebrio de deseo, me apretaba contra mí, palpitaba al contacto glutinoso del derma, me emborrachaba con el humor viscoso del moco, golosamente entregado a la posesión de aquellos miembros adorables. Me abracé a mí mismo estrecha y desesperadamente.

Cuando hube terminado, me di cuenta de que, en el ardor de la pasión, había salido de la concha y estaba con la tripa al aire, desnudo, con los sexos al viento. Y de que las miradas de todos se dirigían a mí. Sólo en el radio de un decímetro había tres familias de caracoles, y podéis imaginaros sus reacciones.

—¡Qué asco, lo que hay que ver! —se quejó un vecino.

—Serás condenado por toda la eternidad, Viskovitz —se desgañitó otro.

Les gritaban a sus hijos que se giraran, pero ellos se guardaban muy mucho de girar las antenas.

—Te daremos una lección —amenazaban.

¡Como si alguien hubiera sido apalizado alguna vez por un caracol! Ya había sufrido bastantes afrentas, así que, en lugar de retirarme al interior de mi concha, me erguí delante de ellos:

—¡¡¡Hermafroditas insuficientes lo seréis vosotros!!! —les chillé a aquellos hipócritas.

Los días que siguieron fueron los más felices de mi vida. El viento primaveral me había traído el regalo de dos grandes pétalos amarillos; en ellos me tendía lánguidamente y me perfumaba, feliz de ser un molusco y de estar enamorado. Había sustituido la concha, demasiado inapropiada para la compleja geometría del ctoerotismo hermafrodita, por aquel nuevo hábitat. Pero mi historia no había dejado de causar escándalo:

—No es más que un típico ejemplo de descomposición de la sociedad gasterópoda —decía alguien— . El Yo ha sustituido a la conciencia social, triunfa la personalidad narcisista. El individuo se repliega sobre lo personal y lo privado...

Confieso que sobre lo privado me replegaba gustosamente. Era una de las pocas ventajas de no tener columna vertebral.

Y había también quien intentaba psicoanalizarme.

la compleja geometría del ctoerotismo hermafrodita, por aquel nuevo hábitat. Pero mi historia no había dejado de causar escándalo:

—En el narcisismo secundario el amor frustrado vuelve a sí mismo y da vida al delirio de grandeza, a la sobrevaloración del propio ser. El Yo se siente Dios...

No, no se me había pasado nunca por la cabeza la idea de ser Dios. Si acaso era El quien ponía en circulación ciertos rumores.

“...Frente al acoso de la vejez se quebranta el sueño de la extensión feliz de la omnipotencia infantil y se desmorona el sistema de autodefensa narcisista...”

Debo admitir que detestaba envejecer. La vejez me ponía celoso. Más de una vez me había sorprendido a mí mismo abandonado a las fantasías sobre un caracol más joven y había acabado con el corazón hecho pedazos. Naturalmente, aquel caracol era siempre yo, la imagen de mí mismo muy rejuvenecido y tumbado sobre la lechuga, pero eso no hacía que el dolor fuera menor. Y entonces me encerraba en la concha y lloraba. No renunciaba a mi amor. Mis ojos dejaban de mirarse el uno al otro.

Pero la vida continuaba, y viene a cuento decirlo porque estaba encinta. Me aterrorizaba la posibilidad de que las historias que se cuentan sobre la autofecundación fuesen ciertas y que naciesen monstruos. Individuos con la concha torreada o con el pie bífido, que habrían intentado hacerme sentir culpable por el resto de mis días.

Me equivocaba.

Apenas vi la pequeña concha recién nacida de mi hijo Viskovitz, la reconocí. Su majestad la belleza gasterópoda. Era la copia perfecta de su progenitor, más similar a una divinidad que a un molusco. Tan pequeñito, parecía un caracol visto de lejos,aquel caracol visto de lejos. ¡Qué bello era! Con la rádula le acaricié delicadamente el exóstoma, con la parte distal del pie le rocé la proximal...

—Te amo, Viskovitz —balbuceé.

—Yo también, Viskovitz —respondió.

Como en los cuentos, el amor triunfaba. Pero esta vez no tendría fin. Nunca tendría fin.

—¡Qué asco! ¡Lo que hay que ver! —se quejó un vecino.

  • Alessandro Boffa
    Boffa, Alessandro

    Alessandro Boffa es un biólogo nacido en Moscú, que vive entre Tailandia y Roma. Nos muestra un mundo divertido, expresado en un lenguaje que pendula entre la ciencia y la fantasía. La encantadora animalidad de sus personajes no es más que una ilusión detrás de la cual muestra la condición humana. A través de la metáfora zoológica echa una mirada a las distintas expresiones del hombre: extravagancias, neurosis y vanidades aparecen en un loro que habla de amor, un caracol con dos sexos, un lirón con sueños eróticos, un perro budista que lucha contra la droga, un microbio acomplejado, un león enamorado de una gacela, un camaleón enredado en problemas de identidad, un tiburón, un gusano, un escarabajo... Todos ellos son Viskovits y en todos los objetos de deseo (Ljuba, la perra, la cerda) está presente la pasión encendida en la búsqueda permanente del amor.

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