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Año 7 #82 Agosto 2021

Retorcijones

El relato de Mariano Abrevaya Dios nos habla del encierro, o de los encierros. ¿En pandemia? Quizá. ¿Del encierro físico? Sí. Y de otros.

 

Retorcijones

La abuela arrastra las chancletas por el patiecito, las manos detrás de la cintura, la cabeza gacha, la espalda vencida. Dos pisos más arriba, Agustina la observa en silencio, mientras piensa que desde ahí arriba se le nota aún más la protuberancia que le nace en el omóplato derecho. Salió a tomar aire, pobre, deduce. Debe estar todo el día hundida en el sillón y con suerte se desplaza hasta el baño dos o tres veces por día, siempre y cuando le funcionen bien los riñones. La imagina echada en su camastro, con el cuerpo de costado, las piernas pegaditas, las dos manos juntas y debajo de su cara. ¿Cuántos recuerdos se acumulan en noventa años? ¿Con qué lógica funciona el mecanismo de selección de esas imágenes y sensaciones?, piensa Agustina, con la mirada puesta en un potus con las hojas quemadas que alguien olvidó sobre la medianera del patio.

Agustina sabe poco de la señora: que creció en una zona rural, en Uruguay, y que tuvo por lo menos seis hijos. Es con una de esas hijas que vive ahí en la planta baja. Ya no salen, claro, y de las compras se ocupa un familiar, un hombre de mediana edad, pelado, con los nombres de sus hijas tatuadas en los brazos, y una mirada incisiva, muy cargada. Hasta el mes pasado cada tanto se las cruzaba camino al Chino, o adentro, entre las góndolas, y un par de veces, en la farmacia. Una tarde de enero las encontró en la plaza, frente a los juegos de los chicos. La abuela estaba con la cara en dirección al sol. Eso debió ser una fiesta, piensa ahora, mientras le da fuego al primer cigarrillo del día y exhala la nube de humo hacia el vacío.

Agustina tiene un buen día. Ni bien se levantó, hizo una serie de ejercicios en el descanso del pie de la cama, casi pegada al placard, y luego la media mañana y el mediodía se le pasaron volando, con la video llamada de la oficina, y el almuerzo, que constó de las sobras de la noche y un arroz integral con hongos secos y condimentado con limón, ajo y unas hojitas de romero.

La tarde está templada, agradable. Le encantaría tomarse una cerveza en un bar lleno de gente.

La abuela camina los dos metros del largo del patio, gira la cadera, da un paso hacia el costado, y regresa, así una y otra vez. Es una jaula de aire húmedo, pesado, cercada por la medianera descascarada, un codo y el muro exterior del baño del departamentito.

Debe estar pensando en su marido, o en el amante con el que tuvo relaciones prohibidas, una noche de verano, en la orilla del arroyo que pasa por detrás del pueblo, andá a saber, reflexiona la mujer de treinta y ocho años, mientras pita su cigarrillo rubio. Por ahí en la cabeza le están reverberando algunos de los tantos problemas que deben tener sus hijos, nietos, bisnietos. Pero pará, se dice, por qué no puede tener la cabeza puesta en los colores del cielo de su infancia, en el olor a tierra, en el pelaje sedoso de la trompa de su caballo preferido, en sus vestiditos bordados con flores, en los juegos del patio de la escuela.

Los pasos de la anciana son mansos, sosegados. Las suelas de sus chancletas, al deslizarse por las baldosas, emiten un sonido parecido a una fritura, una radio AM cansada, lejana. Alrededor del departamento, en la zona, todo está absorbido por un pesado silencio, que cada tanto se rompe con el ladrido de un perro, el rugido de un motor, alguien que canta bajo la ducha.

Agustina le pega una última pitada al cigarrillo, y al observar una vez más los movimientos cansinos de la abuela, se convence de que no debe estar afectada por el encierro, el silencio en la penumbra de la planta baja sin luz natural, los llamados de atención de su hija, la espera interminable para alcanzar un horizonte que nunca llega. Se dice: debe haber asumido que ya no hay vuelta atrás, y está en paz.

Agustina aplasta la colilla contra la baranda y la sostiene entre los dedos. Está por dar media vuelta, volver a lo suyo, pero no se contiene:

“Abuela, cómo anda”.

“Hola querida”, la cabeza apenas levantada, un mar de arrugas en la frente, los ojos como dos moneditas dispuestas de costado.

“Qué bien esos ejercicios, eh”.

“Hago lo que puedo”, levanta los bracitos hasta la cintura, con las palmas de las manos, blancas, exhaustas, en dirección al recorte de cielo que se abre sobre sus cabezas.

“Nos están matando con los aromas a tucos, comidas al horno y tortas fritas que llegan desde ahí abajo”, le dice ella.

“Y bue, de algo hay que morir, como decía mi madre”.

En la cara de Agustina se forma una mueca que desde abajo parece una sonrisa.

“Le mando un abrazo gigante, abuela”.

“Gracias, querida”.

Agustina se mete en el departamento y se dirige al baño. Se enjabona las manos y se cepilla los dientes. No tolera el olor a tabaco y la boca pastosa. Al enderezarse siente un vacío en el estómago. Es el cigarrillo, se convence, mientras se mira en el espejo. Un retorcijón en las tripas. Se baja jogging y bombacha, todo junto, y se sienta en el inodoro. Ya le pasó esto más de una vez. Es el humo, la nicotina. Le baja la presión, siente nauseas. También dolor de ovarios.

Su celular, en el living, la saca del apuro, la despabila. Se calza la ropa y camina a con el paso apretado hasta la cocinita. Atiende. Es La Rulo, su hermana, diez años menor. Acelerada, sin preámbulos, le cuenta que con Marcos, su novio, decidieron jugársela y que se van a ver esta misma noche. Ya relajaron los controles, no nos va a pasar nada, le dice. No aguantamos más, agrega, y se le escapa una risita nerviosa. Vas a ir vos o se mueve él, pregunta Agustina, mientras da vueltas por el living, un ambiente de tres por tres, en el que hay una mesita y un sillón de dos cuerpos que entra justo entre la pared y la puerta de entrada, aparte de tres estantes empotrados a la pared y una lámpara de pie. Me viene a buscar, en su casa vamos a estar más cómodos, contesta la hermana. Agustina tiene el impulso de encender otro cigarrillo, pero lo reprime enseguida, no quiere más retorcijones. La hermana sigue hablando, se tropieza con sus propias palabras. Mientras camina de acá para allá, ella dice que sí con la cabeza.

 

  • Mariano Abrevaya Dios
    Abrevaya Dios, Mariano

    Mariano Abrevaya Dios es escritor, dirige la revista político-cultural Kranear, que recomendamos vivamente (en www.kranear.com.ar).

    Obra

    • Fogonazos(2010, cuentos, Pánico el pánico)
    • El enyesado(2015, cuentos, Ediciones Outsider)
    • Ya viví cien años(2017, Punto de Encuentro/UNDAV. Es la biografía autorizada del dirigente villero Alejandro “El Pitu” Salvatierra)
    • El predicador invisible(2018, novela, Ediciones Ciccus)