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Año 7 #80 Junio 2021

Embarrados

Un tema borgeano, apellidos borgeanos: Ontivero, Miranda, Barrios y Tizón y la maestría narrativa de Jorge Consiglio.

 

Uno

Las ramas de los sauces detenían el sol de las tres de la tarde. Las sombras de las hojas apenas oscilaban, movidas como por el recuerdo del viento.

Los cuatro hombres reunidos alrededor de la mesa completaban la inercia de la siesta. Eran los únicos seres de la isla que intentaban el arduo trámite de la comunicación. Hablaban con palabras pesadas, cargadas con una molicie igual a la que les impregnaba el ánimo. Eran Ontivero, Miranda, Barrios y Tizón.

La contingencia y el calor los había juntado en aquel lugar bajo los árboles. Allí, ese sábado de principios de enero, ignorantes de la violencia que sobrevendría, fumaban y tomaban cerveza.

Barrios era moreno. El bigote le disimulaba la boca. Su voz pausada conocía la complicidad de las manos, que movía sobre la mesa buscando el acento justo. Cuando hablaba era como si sonara la verdad. Los demás lo escuchaban, aunque el verdadero interlocutor era Ontivero, que cada tanto agregaba un comentario mientras se espantaba un mechón rebelde de un manotazo. Desde donde estaban, se veía un rectángulo de río. Las miradas zigzagueantes, quizás lo único que desafiaba la lentitud de la hora, se perdían en la monotonía de su transcurso. Sobre todo la de Miranda, que parecía querer desentrañar el agua. Miranda era el único de los cuatro que no había nacido en la isla. Era correntino y no pasaba un día sin que la ironía de algún gracioso se encargara de precisar su origen. Desmalezaba y rellenaba terrenos bajos. Tenía el cuerpo ideal para ese oficio.

Hubo un momento en que todos fumaban. Los yuyos se apretaban alrededor. Al fondo, la casa estaba rodeada por cajones con envases vacíos. En la puerta, una cortina de tiras de plástico cumplía con la formalidad de detener las moscas. Fue Ontivero o Tizón el que gritó para pedir otra cerveza. Algunos vasos todavía estaban llenos.

Cuando el almacenero dejó la botella en la mesa, ya las caras se ordenaban de acuerdo a una renovada tensión: hablaban de mujeres.

La voz de Barrios se movía cómoda sobre la atención de los otros. Otra vez había sabido ganarse el silencio. Tomaba un sorbo y narraba historias en las que el sexo era un resorte cotidiano.

Contó sobre la hija de la gente que vivía en el fondo del Abra Vieja. “Buena nadadora”, dijo. “Chica: todavía va a la escuela.” Se la cruzaba en la lancha de la mañana; cuando era invierno, esos días de frío crudo. “Hay que tener la piel curtida para exponerla al río. Los brazos te duelen cuando te arremangás la camisa y eso que están llenos de pelo. Imaginate las piernas sin nada, apenas la pollerita.” Solo los zoquetes, que envolvían poco más que los tobillos. “Un adorno”, agregó como para él con el paladar sensible a su propio testimonio. Se demoró en las descripciones. Sostuvo el verosímil hasta con el aliento. Contó lo previsible, pero no por esto dejó de enardecer a su auditorio.

En el Tigre, los muelles son lugares de tránsito o de espera. De acuerdo al relato de Barrios, eran —antes que nada— sitios donde él organizaba sus emboscadas. A ninguno se le ocurrió dudar de que el pasto crecido y la hora temprana resultaran ideales para ahogar, primero, el llanto y la reticencia y, después, ante la tenaz arremetida, los gemidos de la chica.

Enseguida ganaron protagonismo otras mujeres: la esposa del dueño del aserradero, Julia, Ema Russo, la sordita. En todos los casos, con mayor o menor demora, terminaban dando su consentimiento. Siempre encubierto y caprichoso.

Fue Ontivero el encargado de generalizar. “Son todas putas”, dijo con los ojos clavados en la mesa. Después hubo un cambio. Lo notaron todos. Algo en los gestos había crecido. Una velada ferocidad se había apoderado de los cuerpos. A través del bigote de Barrios se entreveía un brillo en la comisura de sus labios. Era dueño de una boca pendenciera.

Ahora los hombres se movían: con el canto de la mano se golpeaban los brazos para festejar cualquier ocurrencia. La risa se fue haciendo bastarda e impulsiva.

Habló Tizón: “Habrá que estirar un poco las piernas”. Ser cauto, conocer la inminencia del peligro y saber retirarse a tiempo. “Si no meo, reviento. La cerveza te hincha como animal muerto”, dijo y se palmeó la panza. Caminó hacia el río arrastrando un poco una pierna.

—¿No se va a pagar nada, compañero?, le gritó Ontivero.

—Ahora vuelvo, respondió Tizón y sin darse vuelta levantó la mano para avisar que no tardaría.

Hubo otro momento sin palabras. El calor parecía dulce. El entorno supo encimarse sobre los hombres. La vegetación trepidaba en los ojos como el delirio. Ontivero se pasó un trapo por la nuca —hasta Miranda llegó el olor agrio de la piel húmeda—. Dijo: “El verano no deja dormir la siesta a los pobres, carajo”. Y como nadie le contestó, agregó con una sonrisa: “Pero uno se divierte con los amigos charlatanes”. Con aquellos que con algo de alcohol potencian su audacia; con los conflictos que terminan a los gritos, a los manotazos y, en algunas ocasiones, con sangre.

—¿Qué me cuenta, Barrios? ¿Duerme o no duerme la siesta?

Barrios levantó la mirada hacia la cara de Ontivero. Le dio la frase que este sabría usar:

—Yo me tiro al catre de día cuando consigo una pierna.

Ontivero ejercitaba la astucia por hábito, sin conciencia de la estrategia que ponía en funcionamiento. Esta vez también consiguió un buen resultado: Barrios era ingenuo y osado, no le costó demasiado empujarlo hacia la procacidad. Alternando pausas, lo fue involucrando en una trama sin retorno. Miranda, en tanto, parecía pendiente del río; sin embargo, había registrado el doble sentido y las risas filosas.

Todos estaban al tanto de lo que le había pasado al correntino. Era una de esas historias llanas: había salido de su pueblo, Goya, en busca de un mejor destino. Bajó hasta Buenos Aires; traía con él a su mujer y a un hijo de dos años. Recalaron en Lugano y antes de que pasara un año no les quedaba intacto ni el asombro. Se mudaron a la isla para disimular la creciente voluntad de regresar. En el Tigre tampoco había trabajo, pero la regularidad de las changas les permitió sobrevivir. Miranda se llagaba las manos empuñando el machete y la pala. Llegaba a su casa para derrumbarse en el catre; pero cuando fumaba, contemplando las esterillas del techo, ni siquiera sospechaba que lo peor todavía no había llegado. En el futuro, debería nada menos que una muerte.

Fue un verano, cerca de las tres de la tarde. La correntina había cedido ante la insistencia de un botero, joven y próximo a ambos. Ese día, Miranda decidió no terminar el sendero que estaba abriendo en un brazo angosto, cerca del Andresito. El ruido de las lanchas lo había tentado. Cometió la imprudencia de volver temprano. Usó el machete, era lo que tenía a mano. No hubo necesidad de un segundo golpe, el primero fue preciso. Lo descargó oblicuo en la base de la nuca. La mujer recibió el chorro de sangre de su amante en plena cara. Se creyó muerta, solo unos minutos más tarde, cuando escuchó la voz que calmaba a su hijo, terminó de entender. Miranda pasó unos años en Batán. Jamás volvió a ver a su familia. Cuando salió podría haber vuelto a Corrientes, pero prefirió el Tigre, quizás para confirmarse como un desgraciado. Ahora, además del cuchillito disimulado en la cintura, cargaba con un rastro caliente e implacable.

Barrios, consecuente con su habitual imprudencia, quiso rozar este pasado con su picardía:

—A la mujer hay que cuidada como al pasto: si no se la corta seguido, crece y hace lo que carajo quiere.

Ontivero, metódico, cuidando los tonos, orientando:

—¿Será, compañero? ¿Habrá que desconfiar de las faldas?

Preguntar para escuchar la respuesta que desencadene el frenesí. Ayudar con la ironía —una mal fingida candidez— a quebrar el ánimo.

Barrios: —Y si no, pregunte a la gente que sabe. Alguno que otro tenemos por acá, ¿no, Miranda?

Miranda: —No se haga el zángano, amigo.

Enseguida, la réplica. Barrios: —Preferible zángano y no otra cosa... ¿Qué son, correntino, esas ramas que te asoman en la cabeza?

Estallaron los insultos. La mesa rodó por la tierra. “Bueno, carajo”. Barrios dio unos pasos hacia atrás buscando equilibrio, se había parado rápido. “¡Hacete el loco ahora!”. La hoja brilló en el puño de Miranda. Se hizo una niebla de polvo: los pies rabiosos se arrastraban sobre el piso. “Portate, degenerado, que volvés adentro”. Otra niebla cruzaba las caras de los hombres. “Cornudo”. Los tres se movían, veloces. Agitados. “Te ensarto, sucio”. Solo una mano estaba armada e imponía el vértigo. Todo era impulso. El verano no permitía la vejez en la isla. “Correntino víbora”. Los cuerpos eran complicados como laberintos. “Ya está, Miranda, guardá”, Ontivero quiso terciar, pero no fue convincente, ni siquiera escuchado. La pelea era lo único que existía. “Te vas, boconazo”. Había dos botellas en el piso, de una salía la cerveza que iba formando el charco que los pies de todos, sumidos en la batalla, no evitaban. “Serenate, no vale la pena”, de nuevo Ontivero, demasiado cerca del arma. Quizás durante unos segundos pensó que podría detener la fatalidad. Barrios con la camisa desprendida ya no tenía espacio para esquivar los puntazos. Miranda no pensó el primer corte, su mano con el filo chocó con la panza de Barrios. Abrió una línea horizontal. Apenas asomaron los intestinos, el isleño se apuró a atajarlos con la mano. Quedó volcado hacia adelante. La saliva enredada en los bigotes desfiguraba su cara de moribundo.

El correntino, entonces, se detuvo y lo estudió. No fue casual que, esta vez, el cuchillo se hundiera unos centímetros por debajo de la tetilla izquierda. El filo se abrió paso como una lengua. Rasgó piel, grasa y músculo para entrar en el corazón. El cuerpo de Barrios se derrumbó hacia adelante. Sus manos todavía juntaban los labios de la primera herida.

“Miranda, ya no hay más que hacer”, Ontivero sacó al verdugo de su ensimismamiento. Al otro lado de las cortinas del bar, una pareja era testigo de la escena. La mujer insultaba en voz baja; el hombre traspiraba la culata de un 22. Los dos registraron cómo la coyuntura volvía cómplices a Ontivero y a Miranda, y cómo, casi enseguida, escapaban en dirección al río. Tras ellos quedaba Barrios, perplejo y muerto, en medio del olor de la sangre.


 

Dos

Deambularon doscientos metros hasta un muelle. Aprovecharon una lancha colectiva que llegó al lugar casi al mismo tiempo que ellos. Iba para la estación de Tigre. No se hablaban. Evitaban mirarse. Estaban ablandados por el miedo.

Ontivero encendió un cigarrillo. Tenía una cara cuadrada sin relación con su voz. Los ojos eran chicos y estaban demasiado juntos. Sabía que había cometido un error comprometiéndose con Miranda, pero después del crimen se le ocurrió como la mejor idea para evitar un riesgo mayor. Ahora, tenía la impresión de que el imbécil que viajaba a su lado no hubiera podido dañarlo jamás. De todas maneras, entendió que no era el momento para reprocharse el pasado. No tenían pensado nada, habían huido intempestivamente.

Se detuvo en Miranda y, a pesar de considerarlo incapaz de plantear eventuales estrategias, le preguntó:

—¿Qué le parece que hagamos?

El correntino parecía haber estado esperando la ocasión para hablar:

—Rajar para el lado de la capital, así, en pelotas, no sirve. Uno no sabe dónde meterse. Enseguidita salta todo... ¿No tiene algún pariente que nos pueda aguantar? Esa sería la cosa.

Ontivero siguió fumando. Achicó los ojos hasta que fueron dos arrugas. El río parecía no tener fin. La tradición siempre le asignó el mismo lugar: algo constante que acompaña fiel la locura de los hombres.

—La cosa sería quedamos por acá, en algún lugar perdido del delta y seguir haciendo lo que sabemos. Lo que va a ser jodido es conseguir alguien que nos lleve y que después se olvide de dónde nos dejó, dijo el isleño porque tuvo ganas.

Al rato, comentó Miranda:

—Llegamos.

Se impuso un olor amargo. El último canal era espeso. No había otra cosa que lanchas, basura y aceite.

Caminaron por el Tigre hasta que empezó a oscurecer. A los dos les ardía el día en los ojos. Pudieron verse envilecidos y con la piel salpicada de cortes y picaduras. Sin duda, se sentían castigados. A las nueve juntaron la plata que llevaban encima. Compraron fiambre, pan y cerveza. Se escondieron a comer en un descampado cerca de las vías. Buscaron amparo en la oscuridad y la comida. Por primera vez desde el crimen, olvidaron su condición de prófugos. Entre los grillos, rodeados por la jungla del baldío, fumaron. Impunes. Después, quisieron dormir. Resistieron menos de una hora tirados boca arriba en los yuyos. Aquél no era lugar para nadie, ni siquiera para ellos.

—La policía del Tigre, a esta altura, ya lo sabe. Vamos a respirar un poco para el lado de San Fernando.

Miranda dijo que sí, pero enseguida preguntó:

—¿Y qué mierda vamos a hacer en San Fernando?

—Te vas a entregar allá que los botones son más lindos, correntino.

Entonces, el cuchillero alardeó:

—No te hagás el loco que no tengo una mierda que perder…

Era una noche aplastante. Resultaba todo tan penoso que solo atinaron a intercambiar una mirada de descrédito. Anduvieron sin buscar nada; sin embargo, encontraron. Enfrente del río, las luces de un quiosco simulaban un espacio de tolerancia en el verano. Se acercaron después de un vano intento por borrar de sus caras la marca de lo clandestino. Reían. Los dos iban mordiendo tallos verdes. Para ellos también era evidente que el que atendía el negocio desconocía el crimen que habían cometido; pero igual exageraron la prudencia. Compraron un cartón de vino.

  • Jorge Consiglio
    Consiglio, Jorge

    Jorge Consiglio nació en Buenos Aires, en 1962. Se licenció en Letras en la Universidad de Buenos Aires donde ha sido catedrático en Semiología.

    Obra

    Poesía

    • Indicio de lo otro (1986)

    • Las frutas y los días (1992)

    • Las arrugas de la terraza (1994)

    • La velocidad de la Tierra (2004)

    • Intemperie (2006)

    Relato

    • Marrakech (1999)

    • El otro lado (2009)

    Infantil

    • La isla de Badir (2000)

    Novela

    • El bien (2003)

    • Gramática de la sombra (2007)

    • Pequeñas intenciones (2011)

    • Hospital Posadas (2015)

    Premios

    IV Premio Opera Prima Nuevos Narradores (España), 2001

    II Premio Nacional de Literatura en la categoría novela, 2013

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