facebook
Menu

Año 7 #79 Mayo 2021

Los anónimos

Killian y su escritura sugerente: “Pocas horas antes, después de fumarse un atado de Particulares, Sartre me había explicado lo medular de su filosofía: Estamos condenados a la libertad, decía. Y estamos obligados continuamente a tomar cada decisión como una infinita condena. No podemos dejar de ser libres, decía; ser un héroe o un traidor, depende exclusivamente de nuestra elección y, nada ni nadie puede tomarla por nosotros.”

 

Los anónimos

 

Aparecido en Palabras para La Poderosa 3, Buenos Aires, Al Fondo a la Derecha, 2020.

 

Estábamos sentados a una mesita que daba a la vereda. Desde ese lugar se veía la salida del subte. A esa hora La Giralda se llenaba de gente y tuvimos que esperar bastante para instalarnos y aguardar. Aguardar pacientemente y tratar de reconocerlo en las oleadas de anónimos que subían a la calle.

Sartre no paraba de fumar y, cuando buscaba con la mirada, su estrabismo parecía acentuarse. Era una bizquera extraña, centrífuga la llamaba él, que la ansiedad potenciaba, ya que los ojos se le disparaban hacia los costados de la cara y daban la impresión de querer atravesar sus gruesos anteojos.

Nora se nos unió una media hora después y fue la primera que lo vio. Aunque la foto que teníamos era mala, no cabía duda de que se trataba de él. Las cosas se habían precipitado. La muerte súbita de Mussolini (se hablaba de un derrame cerebral) nos venía como anillo al dedo. La prensa, los homenajes oficiales. En fin, sabíamos que durante unos días no se hablaría de otra cosa y era el momento de golpear.

El tipo era rutinario y parecía no tomar ningún cuidado. La Turca, que lo había seguido desde Chacarita, confirmó todos los datos que teníamos. Los horarios, los viajes, la lectura del diario y hasta la ropa; los hábitos de un solitario, de un hijo de puta solitario, corrigió Sartre.

Con otra mujer en la mesa dábamos la impresión de dos parejas que se juntan para salir, para ir al cine y no creo que a los tiras que infestaban el centro de Buenos Aires se les hubiera ocurrido suponer nada anormal. Una reunión tan natural como la sonrisa de Nora diciendo que los tiempos se habían adelantado y que solo teníamos dos días para terminar con esto. Ella era el contacto con la “orga” y, de hecho, la que hacía y deshacía los planes. Nora fue también la que dibujó, en una servilleta, las posiciones y las vías de salida.

De la teoría a la práctica, dijo Sartre sarcástico mientras caminábamos hasta la parada del 6 que lo llevaría a Pompeya.

Las calles empezaban a mostrar el aspecto del luto oficial, poca gente, mucha cana, y los camioncitos de la Legión que pasaban apurados.

El 111 venía casi vacío y en el camino a casa cerré los ojos para ver, como en una película, estos meses en los que, como me decía Sartre, había salido de la caverna para ver la luz.

El viaje en tren hasta Adrogué, a la casa de los tíos que me habían hecho llamar con tanto misterio. La larga charla en el sótano donde el tío Willy destilaba aguardiente, y el tío Rodolfo guardaba celosamente libros, revistas y discos de una época que se me iría revelando entre mates y whisky casero, entre solos de Louis Amstrong y tangos anarquistas.

A fines de los 50 yo había terminado mi secundaria. La escuela pública, la radio, los diarios y revistas que había consumido, mis compañeros del museo, los filatelistas con los que me reunía los domingos en plaza Rivadavia, en fin, mi mundo, era el único mundo conocido. Si bien nunca me había afiliado a las Juventudes ni a la Legión, mis ideas políticas eran como mucho, escasas. Las explicaciones oficiales sobre la Restauración siempre me habían parecido razonables. Una nación cristiana no debía tener un sol en su bandera y, al fin y al cabo, todas las enseñas europeas tenían una cruz.

Las deportaciones de las que tanto había oído hablar entre murmullos, siempre me parecieron fantasías tan poco creíbles como los cuentos de desapariciones o los campos de reeducación.

Como todos, yo había sido educado con los valores de la Nueva Argentina, uno de los países más blancos del mundo y donde ya no había judíos ni cabecitas negras (como decía mi profe de Educación Cívica). Ese fin de semana en Adrogué aprendí más historia contemporánea que en el bachillerato: El pacto Hess-Churchill; la traición a los polacos y a los rusos; la guerra civil norteamericana y otra vez el sur que se rebelaba (esta vez con apoyo alemán); las bombas de hidrógeno sobre Moscú y Washington; la formación de los Estados Confederados y la expulsión de los negros a Madagascar.

La Argentina adelantándose al resto, iniciando su Restauración Católica con el apoyo franco-español y más tarde los ingleses, todos al compás de la batuta alemana. La expulsión de los judíos y la más impresionante por su dimensión, el corrimiento (traslado, diría la voz oficial) al norte del paralelo 27 de la “población no blanca”. Los hijos de la tierra, los cabecitas negras echados y cargados en trenes como hacienda para ser expulsados de la historia.

El Chaco y casi todo el norte, salvo las grandes ciudades, convertido en una reserva natural donde seres humanos eran arrojados a vivir en condiciones horrorosas. Todo contacto con la civilización les había sido negado; era la vuelta al paleolítico para el solaz de los antropólogos del régimen que los estudiaba como a una colonia de simios. Si hasta Leni Riefenstahl había venido con sus cámaras para hacer un documental sobre “El hombre Americano Primitivo”.

En las grandes estancias ya no había peones de alpargatas, ahora se podían ver lituanos, rumanos, rusos, húngaros, polacos y hasta irlandeses, todo un muestrario de la Europa servil y vencida. Hacían el relevo a los que eran aún menos favorecidos, a los que en la escala étnica les había tocado estar en el último lugar.

En un mundo ario, una Argentina blanca y cristiana, machacaba la radio que con orgullo anunciaba las conferencias que Heidegger brindaba en el teatro San Martín donde toda una corte de babiecas aplaudía las intervenciones de Borges. Este, para delicia de todos, participaba en los debates hablando alemán, aunque disculpándose por el acento inglés que “no podía disimular” y que producía en don Martin una sonrisa existencialista. Sartre, que no pudo soportar la curiosidad, y su íntima y secreta admiración, había presenciado una de las charlas, lo que le produjo más de un problema con la “orga” que boicoteaba estas actividades como también los conciertos de Von Karajan.

El tío Willy se estremeció cuando me relató la suerte de sus amigos escritores. Tanto los Tuñón, como Cortázar y Marechal habían sido fusilados en sótanos siniestros. Allí encontraron la muerte junto a miles de compatriotas que se negaban a participar del horror y lo enfrentaban con dignidad.

Estos lugares llevaban nombres como La Escuelita, el Club Atlético, Olimpo y eran el infierno adonde iban los que desaparecían en la noche y en la niebla. La bella y blanca, la inmaculada y católica Argentina tenía el corazón de una hiena.

Días antes, Ángel Labruna, ídolo de Ríver, había aparecido frente al Monumental con su pierna derecha amputada y yo había aceptado la versión del accidente dada por los diarios cuando era evidente que se trataba de la Legión. Angelito se había extralimitado poniéndose un bigotito falso e imitando al Führer en una arenga al equipo antes del partido con Ferro. Esta noticia, aparecida en El Gráfico como un chimento de color, había sido suficiente para el castigo.

La nueva Argentina no solo carecía de cabecitas negras, sino también de humor.

Todo este torrente de ponzoña que pasaba delante de mis ojos y se metía en mis oídos me hacían sentir tan culpable como idiota; cómodamente crédulo, había digerido cada mentira, cada versión oficial por absurda que fuera.

Esa misma noche, ni bien llegué a Constitución, lo llamé a Sartre y en un barcito frente al viejo puente Alsina le conté todo.

Durante mi extensa exposición no dejó de fumar y de sonreír paternalmente. Por supuesto que sabía todo esto, lo que me hizo sentir más imbécil aún, y palmeándome el hombro me invitó a unirme a la “orga”. Un hombre debe comprometerse con su tiempo, comenzó, y allí mismo lo dejé con su discurso militante en la boca, para irme a dormir. Me sentía avergonzado y ya estaba harto de cachetazos morales.

El tipo que teníamos que reventar era un alcahuete civil de los servicios, culpable de la desaparición de cuatro trabajadoras de una hilandería, y probablemente de la de dos de sus vecinos. Los datos eran seguros y ya le habían bajado el pulgar. No habría ninguna reivindicación, que tanta sangre inocente había costado en otros hechos, y todo debía parecer accidental.

Llegué a Chacarita temprano y al mirar los diarios en la estación se me heló la sangre: entre las seis fotos que destacaban las primeras planas había dos inconfundibles.

Como pude compré La Prensa y me senté en un banco del andén, que ya empezaba a mostrar el gentío de las horas pico. Esperé que el subte se llevara la multitud y, con el corazón deshecho, repasé los nombres: Valle, Cogorno, Cooke, Walsh, Gonet, Pasalía, la “célula terrorista” aniquilada en Adrogué. Los detalles repugnantes, las mentiras que montaban arsenales, bibliografía, conexiones internacionales, el mimeógrafo y los volantes que demostraban lo diabólico de la organización.

El sótano donde el tío Willy había alambicado un whisky de acuerdo a viejas fórmulas de un libro irlandés escrito por unos monjes en el siglo XVII, donde desde hace más de veinte años atrás me había enseñado a jugar al truco y donde había pasado tantas horas felices entre libracos que eran mi tesoro infantil. La casa llena de recovecos donde mis tías me empachaban con el dulce casero era, a estas horas, una ruina pisoteada por la Guardia Nacional y por los perros de la Legión.

Ya no podría volver a la pensión y, faltando minutos para la operación, tampoco me animaba a parar todo. Me sentía enfermo de odio.

Alcé la vista y, entre la gente que volvía a llenar la estación, las vi a Nora y a la Turca. Me miraron y asentí con la cabeza. Estaba todo bien.

Sartre pasó caminando a mi lado y se ubicó a unos metros; el también leía el diario. Una chica del Servicio Voluntario me colocó un crespón negro en la solapa mientras me solicitaba una colaboración para los muchachos de la Legión. Puse unos centavos en la caja que tenía la estampa del Duce y, cuando alcé la mirada, justo sobre su hombro, lo vi llegar.

Se paró a un metro y medio de las vías.

Las chicas se acercaron y se pararon a mi izquierda; Sartre se ubicó un poco más atrás. El dibujo de la Giralda era respetado por todos, incluida la víctima, lo que me hizo pensar que la rutina sería la culpable de su muerte.

Me acerqué hasta casi tocarlo. Giró y me miró a la cara, tosí muy fuerte y lo empujé con una mano.

Cayó sin resistencia y creo que ni gritó.

Me di vuelta y me abrí paso en el tumulto, el griterío era infernal y mientras subía la escalera vi como bajaban a la carrera dos municipales.

Caminé por Lacroze y me metí en el Imperio donde seguí derecho para el baño. Me arranqué el falso bigote que tiré por el inodoro y los anteojos me los guardé en el bolsillo.

Me senté junto a la ventana y, cuando pedí el café, me di cuenta de que temblaba.

Al rato la vi pasar a la Turca que me miró y siguió.

Sartre venía un poco más atrás y me miró de soslayo mientras encendía un cigarrillo. Nora pasó caminando muy seria y no me sorprendió que olvidara la consigna. Sentí que todo estaba bien.

Salí caminando para Forest justo en el momento que se largaba la lluvia. Con precisión germánica, la lluvia ácida caía sobre Buenos Aires por lo menos una vez por semana; esto y las nubes, que rara vez despejaban, era otro de los regalos que le debíamos a la “victoria sobre la barbarie”.

Hice media cuadra y, al pasar por el local de la Legión, la vi a Nora charlando con un grupito que la rodeaba en tono amistoso. Enfermos de superioridad, se apoyaban en los Mausers con un aspecto híbrido, entre SS y Boy Scouts.

Pasé sin mirarla de frente, pero pude ver como apagaba el pucho con el pie mientras me miraba. ¿Qué le pasaba a la turra? Ya exageraba con la nota.

Sentí el manotazo en el hombro junto con el grito seco. El golpe fortísimo en los riñones y el otro culatazo detrás del oído me hizo doblar sobre las rodillas hasta quedar sobre el piso, completamente mareado.

Sentí que me tiraban la cabeza para atrás mientras un rubio me destrozaba los dientes de una patada. La boca se me llenó de sangre y, con la cabeza sobre la vereda, pude ver como una jauría humana arrastraba a Sartre entre insultos y golpes.

Una mujer que pegaba unos chillidos histéricos se le acercó para clavarle el paraguas en la cara. Fue lo último que vi.

Por los parlantes del local se escuchaban, marciales, las estrofas de la Marcha de la Libertad.

“En lo alto la mirada, luchemos por la patria redimida. El arma sobre el brazo, la voz de la esperanza amanecida”.

Pocas horas antes, después de fumarse un atado de Particulares, Sartre me había explicado lo medular de su filosofía: Estamos condenados a la libertad, decía. Y estamos obligados continuamente a tomar cada decisión como una infinita condena. No podemos dejar de ser libres, decía; ser un héroe o un traidor, depende exclusivamente de nuestra elección y, nada ni nadie puede tomarla por nosotros.

Serían cerca de las diez de la mañana. Entre las oscuras nubes que, eternas, custodiaban la ciudad, se podía ver un poco de sol.

¿Quién sería el infeliz al que había lanzado a la muerte esta mañana?

No empezaba bien el día, y yo había matado a un inocente.

 

  • Leonardo Killian
    Killian, Leonardo

    Leonardo Killian (Buenos Aires, 1952) es profesor de Historia y egresado de la escuela de cine CECINEMA.

    Los cuentos de Leonardo Killian han sido recopilados en dos libros: Cuentos y anti cuentos y El gato canoso. Sus cuentos fueron publicados en Canadá, España, México y traducidos al turco y al húngaro.

    Junto a las bibliotecarias Gladys Galván, Patricia Rota y Ana Símula escribió los cuentos para El bicentenario en el aula (Editorial Biblos, 2010).

    Practica arquería. A partir de esta actividad y, junto a Héctor Cirigliano, escribió una historia del arco: El camino del arco. El tiro con arco en el Río de la Plata (Editorial Biblos) y artículos relacionados para las revistas Todo es Historia y Aire Libre.

    La sombra del General es su primera novela (Editorial Punto de Encuentro 2013 – Al Fondo a la Derecha, 2020), a la que siguieron La hermandad del arco (Editorial Elementos, 2014), El enigma Moreno (Al Fondo a la Derecha, 2020) y El enviado, escrita con Gustavo Abrevaya (Punto de Encuentro, 2016).

    Junto a Gustavo Abrevaya compiló la antología Las 1001 noches peronistas (Granica, 2019).