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Año 7 #79 Mayo 2021

Cohíba

La Habana, un seminario de arte, García Márquez, una brasileña que se llama Cohíba, ella misma y el hombre del Chevy azul petróleo. Un brillante relato de la autora de La maldición de Jacinta Pichimahuida y Wakolda.

Cohíba

 

Aparecido en Palabras para La Poderosa 3, Buenos Aires, Al Fondo a la Derecha, 2020.

 

No lo había visto entrar al cine, ni sentarse a mi izquierda. Esperó a que las luces se apagaran para rozar mi mano. Me miró de reojo y yo a él. Tenía la piel caliente y áspera, la piel oscura de los cubanos que tienen sangre mestiza. Los rulos aplastados con algún ungüento casero que brillaba hasta en la penumbra. Todo lo que llevaba puesto parecía nuevo: la camisa blanca, los anteojos, el reloj, la mochila con el cierre entreabierto del que asomaban un par de libros de arte afrocubano. Era un profesor joven, o un alumno a punto de recibirse. Saqué la mano del apoyabrazos. La escondí entre las piernas.

En la pantalla, el protagonista del documental hablaba a cámara desafiando al Imperio: la comida chatarra era culpable de la obesidad del mundo. Durante unos minutos observé en silencio a los médicos que iban a seguir el desbarranco de su cuerpo embutido de basura. Con un movimiento suave, que nadie vio, el hombre apoyó su mano sobre mi pierna. Un segundo nada más, una caricia.

Podría haberme levantado ahí mismo, cambiarme de asiento, esperar a mis amigos en el hall del cine. Pero no hice nada.

Esperé.

Los dos miramos la pantalla en silencio. El cuerpo del documentalista empezaba a descomponerse. Hinchado, flácido, sin deseo, vomitó en la puerta de un Mc Donald y la mujer a mi derecha estalló en una carcajada.

El hombre aprovechó la distracción para apoyar todo el contorno de su cuerpo contra el mío.

Esta vez no me moví.

Entendió que estábamos jugando una pulseada (y le gustó). Acomodó la mochila sobre una pierna, para que el extraño del otro lado no viera lo que estaba por pasar.

Se bajó el cierre.

Sin girar la cabeza vi cómo la sacaba con la mano derecha, mientras con la izquierda sostenía la mochila. Arriba y abajo, cada vez más rápido, riéndose cuando todos reían, apuntándole a la nuca de un alemán de rastas que, en la hilera de adelante, se había recostado en la butaca sin saber lo que le esperaba (arriba y abajo) su respiración se agitó en segundos sin que nadie se diera cuenta (arriba, abajo, arriba) un telégrafo en medio de la guerra (extranjeros blancos, rodeado) la apuntó hacia mí (no voy a irme, pensé, no voy a darle el gusto) mientras su respiración nos envolvía a los dos...

Acabó con la mirada fija en la pantalla.

Salpicó la butaca del alemán, las puntas de sus rastas rubias. Pintó la madera de espasmos y la firmó con una última gota de semen.

Después se quedó quieto, recomponiéndose, mientras los créditos finales anunciaban que el norteamericano había ganado todos los premios del cine independiente. Se levantó antes de que las luces se encendieran. Me dio la espalda y pidió permiso para que lo dejaran pasar. Cobarde y huidizo como una rata, se alejó con la vista clavada en el suelo. Fue el primero en salir de la sala, aunque estábamos en mitad de una fila.

El cine se fue vaciando de a poco, sin que yo pudiera dejar de mirar su obra, la expresión más efímera del arte moderno. En la fila de adelante la novia del alemán le acarició el pelo y sacó la mano pegoteada. Ella tampoco se dio cuenta de nada. Se limpió en el asiento y se metió un chicle en la boca.

Afuera, el hall del cine era un hervidero de gente. Pegoteados unos contra otros por el calor y la humedad, empujaban para llegar a la salida, enloquecidos por la vorágine sin sentido de un festival de cine tropical.

Él no estaba por ninguna parte.

Un grupo de ingleses discutía a los gritos con un guardia: le exigían que los dejara quedarse en la sala para ver la próxima película iraní, se negaban a hacer la fila otra vez.

A punto de cruzar la puerta sentí su aliento en la nuca. De pronto lo tenía encima, su cuerpo apoyado contra el mío. En el caos de gente amontonada nadie notó algo extraño en la forma en que sus manos me agarraron de la cintura.

—Mirame, dijo (bajito), aunque sea una vez...

Tenía una voz grave, serena, tan oscura como su piel. Apoyó una mano sobre mi estómago para traerme hacia él. Por un instante la naturalidad con la que agarró mi cuerpo me sorprendió (parecía conocerlo de memoria).

Los que venían atrás nos arrastraron hacia la salida.

Me solté y crucé la puerta.

Afuera me esperaban los cuarenta grados de La Habana. Busqué a la brasilera, la camisa roja del vasco, el cuerpo gigante de la húngara. A mi alrededor la gente bajaba la pequeña escalinata del cine a los empujones. Una cola de varias cuadras en la que se mezclaban cubanos y extranjeros con credenciales colgadas del cuello zigzagueaba hasta la boletería. Otro empujón me aplastó contra la espalda desnuda de una mulata de ojos grises que giró para insultarme. No alcanzó a decirme nada: una mano agarró la mía ahí abajo.

La brasilera me arrancó del amasijo de cuerpos con un tirón. Bajamos los últimos escalones de a dos en dos, cortando camino en diagonal. Ella iba gritando que nos dejaran pasar, era una emergencia. Tenía un lunar encima del labio y una marca de nacimiento en el cuello, la eterna marca de un beso. Las huellas del maquillaje corrido de la noche anterior le daban un halo glamoroso, de estrella de cine clásico. Su aliento era dulce y alcoholizado, llevaba siempre una petaquita de ron en la cartera. Lo tomaba de a tragos cortos, como si fueran Flores de Bach.

En la esquina, el vasco esperaba atándose el cordón del zapato ortopédico. Tenía un pie veinte centímetros más corto que el otro, y pesaba cincuenta kilos. Aunque apenas nos conocíamos hacía tres días, ya nos había advertido a las tres media docena de veces que él no servía para defender a nadie. La húngara era todo lo contrario, en tamaño y espíritu. Sus relatos eran tan exuberantes como su cuerpo. Cruzó la calle entre los autos, devorando un helado vencido. Su español era perfecto, y conocía la isla de memoria: había tenido un marido cubano durante una década. Su hija menor había nacido en Varadero. La crio comiendo pescado y naranjas. Dijo que teníamos una hora hasta la próxima película, el tiempo justo para ir al cementerio. Quería llevarnos a conocer al lugar en el que su esposo le propuso matrimonio. Siguió de largo sin esperar una respuesta.

Trabajaba de asistente de dirección en Budapest, estaba acostumbrada a dar órdenes.

La calle era una ola migratoria psicótica: la gente caminaba en grupos, nadie en la misma dirección, con el mismo paso aplastado por el calor y la falta de aire. En las dos veredas había una hilera de caserones, mansiones de la época colonial convertidas en palomares. Una familia en cada cuarto, todas en el mismo estado: pintura descascarada, vidrios rotos, pastos altos, agujeros en el techo y las paredes. En las puertas, sentados en sillas de plástico, los habitantes de las casas miraban el desfile de extranjeros. Una rubia con la piel tajeada por el sol no disimuló una mueca de desprecio al ver el estado desfalleciente de algunos representantes del Primer Mundo. La brasilera fue la única que le sostuvo la mirada, sin pestañear, hasta que la rubia sonrió y pasó al siguiente extranjero.

La cojera del vasco marcó el ritmo de la caminata, mientras nos contaba del traidor que pudo ser su aventura cubana: llegó un día antes de que empezara el seminario y pasó el día paseando solo. En la feria del Malecón —mientras compraba por quince dólares La trilogía sucia de La Habana— un chico le susurró al oído que él se la conseguía por diez. Así, de un plumazo, el vasco consiguió el libro, guía de turismo y la esperanza de un amante. Al mediodía ya le había regalado tres mojitos, el almuerzo, la Trilogía, los anteojos de sol... Estaba extasiado: La Habana superaba sus fantasías, disparaba su cámara a diestra y siniestra (quería llevárselo todo) hasta que su guía le ofreció sacarle una foto. Se fue alejando en busca de un plano general del Malecón. A cincuenta metros le gritó que sonría y salió corriendo.

El cementerio estaba en el centro de La Habana. Una manzana entera repleta de muertos. Cuanto más al centro más viejas las lápidas. Algunas no tenían rastros de nombres ni fechas, eran bloques de piedra que apenas se adivinaban en medio de la vegetación. Cruzamos la puerta en la hora mágica: cuando todo parecía un poco menos sórdido de lo que era.

La humedad se hizo más espesa cuando oscureció.

Unos minutos después, la húngara se detuvo frente a una tumba que tenía una ficha gigante de dominó en lugar de una lápida. Un doble seis grabado en la piedra, gastado por décadas de intemperie.

—Es acá, dijo, acá le dije que sí.

La mujer enterrada frente a nosotros había sido su amiga y su amante, una jugadora compulsiva de dominó que la siguió de Budapest a La Habana. Murió tres años después de llegar a la isla, en una sesión de macumba: no toleró el paso de la Inmaculada Concepción por su cuerpo. Su ex marido fue el artesano que se encargó de la lápida en forma de dominó. Giró para señalar el Teatro García Lorca, que estaba justo en frente al cementerio.

—Ahí nos conocimos, dijo, ¿me acompañan?

Una vez más no esperó la respuesta. Estaba en algún tipo de trance extraño, un viaje al pasado al que todos aceptamos subirnos. La seguí, mirando por sobre mi hombro. Todo tenía algo de irreal, la lógica de los sueños: hombres sin cara, amigos-extraños, dramas ajenos... Desde que salimos del cine me acompañaba la sensación de que él seguía ahí, mirándome, tragado por la oscuridad de la noche cubana cada vez que me daba vuelta.

El teatro García Lorca era uno de los pocos edificios restaurados de La Habana. Adentro, vimos por primera vez lo que debió haber sido la opulencia de épocas pasadas: el hall era de mármol blanco, las arañas de cristal, las alfombras persas. Los que entraban llevaban vestidos largos y trajes de verano. En diez minutos empezaba La Bohème. La brasilera se encargó de seducir a uno de los guardias con la naturalidad con la que el resto de los mortales respiran. Sus pestañas aletearon hasta hipnotizarlo. En la boletería, la húngara mostró su viejo documento de residente y sacó cuatro entradas, mientras la brasilera se pintaba los labios frente a un espejo. Las dos entraron a la sala con los mentones tan altos que nadie vio los bermudas de niña exploradora de la húngara ni la piel de la paulista, tan transpirada que parecía bañada en aceite.

La soprano gritaba como si fueran a descuartizarla.

Antes del entreacto la brasilera se escapó hacia el baño con un suspiro agónico. El hall estaba desierto y en penumbras. En la antesala había sillones antiguos tapizados con pana y ribetes dorados; pero en el baño no había nada: no había papel, ni jabón, un hilo de agua salía de las canillas y una bombita de luz se movía en círculos, como un péndulo, sobre la mirada hipnotizada de la brasilera, que la seguía acostada boca arriba sobre uno de los sillones, con el cuello estirado hacia atrás y un brazo colgando del asiento. Por un instante me pareció roto —quebrado— pero levantó la cabeza al escucharme entrar.

Tenho um presentinho pra voce, dijo.

Sacó una tuca del corpiño y la hizo girar con la punta de dos dedos, como si fuera un diamante. Después entró a uno de los cubículos, se levantó el vestido con una mano y se bajó la tanga con la otra. No se sentó, apenas dobló las rodillas, con las piernas abiertas. Hizo un bailecito de sacudida antes de acomodarse la ropa. Estaba eléctrica. Fue así desde el primer día: terminaba de despertarse al atardecer.

El domingo había llegado a la escuela a las cinco de la madrugada. El taxi que me trajo del aeropuerto se detuvo en la puerta de entrada para que el guardia de seguridad controlara mi nombre en una lista. Me asignó un cuarto en el último módulo de departamentos, la llave y un aviso: mi compañera brasilera había llegado el día anterior.

Las luces del auto iluminaron cinco edificios racionalistas desparramados en medio de un campo tan despojado como la sabana africana. El taxi me dejó parada frente al último módulo de departamentos, un rectángulo de cemento con ventanas de acrílico. Una cosquilla en el pie izquierdo me hizo mirar hacia abajo: era una rana diminuta, dos más encima del bolso. Todo el suelo a mi alrededor salpicado de ranas.

La brasilera cantaba en la ducha cuando entré.

El velador de su cuarto estaba encendido, con un pañuelo encima de la pantalla. La ropa desparramada por el suelo, papeles, libros, parlantes, discos, inciensos, aceites, cremas, maquillajes, golosinas, leche en polvo... La cama revuelta, fotos pegadas en la pared. Sobre la mesa de la cocina un cartón de leche vacío. En el balcón cerrado del living —colgando de la mecedora de cintas de plástico azul— una bombacha y un corpiño de encaje. Para alguien desembarcado hace menos de 24 horas era un prodigio del caos. Apoyé su ropa interior sobre la mesa. Estaba húmeda, recién lavada.

Afuera no había señales del amanecer.

Unos minutos después salió del baño desnuda.

Quedó suspendida dos pasos más adelante, al ver primero mi bolso y después a mí, sentada frente al balcón. Se apoyó contra la pared, las manos detrás de la espalda. Hablamos hasta que se hizo de día. En ningún momento atinó a vestirse ni a taparse, dejó que a sus pies se forme un charquito de agua y se fue secando, de a poco, con la brisa que entraba por el balcón. A las siete dijo que teníamos que dormir un par de horas antes de conocer al maestro.

Dos horas después los diez seminaristas esperábamos al pie de la escalera principal de la escuela, apenas unos metros delante del resto de los alumnos, profesores, cámaras y periodistas. Un viejo Mercedes Benz de vidrios polarizados apareció como un espejismo al final del camino de palmeras. Birri —el director— se adelantó para ayudar al maestro a salir del auto. García Márquez bajó enfundado en un mameluco azul, lustrando unos anteojos que perdió por un segundo en la barba entrecana de Birri, después de desprenderse de su abrazo.

—Sonríanle a las hienas —susurró, instantes después, abrazándonos frente a las cámaras.

Lo seguimos un piso más arriba, hasta el aula. Adentro los micrófonos estaban encendidos. Se sentó y nos miró uno por uno, mientras revolvía el bolsillo del mameluco hasta encontrar lo que buscaba: un inhalador.

—Entonces... ¿quién tiene la buena? —preguntó.

Media hora antes de su llegada nos habían hecho firmar a todos una cesión de derechos: todo lo que se dijera durante el seminario era propiedad del maestro. Quien quisiera usar una de las historias creadas ahí dentro debería contar con su autorización. Algo desconcertados, y (por sobre todo) entregados después de recorrer miles de kilómetros hasta llegar a la isla, firmamos. Por lo que la vampírica orden de García Márquez (el tono imperativo dejó claro que no era una propuesta) no sorprendió a nadie:

—La misión de ustedes es entregarme una buena idea. Si no la tienen salgan a buscarla.

Así, desde el primer día, transformó a sus seminaristas en una manada de cazadores. La presa era la buena y podía estar en cualquier parte (pasado, futuro, ficción, realidad). La segunda noche, parada en la puerta trasera del teatro García Lorca con una tuca pegada al labio, la brasilera miró la oscuridad y juró que no iba a volver a Río sin encontrarla. Se alejó por una callecita angosta, de adoquines, que bordeaba el teatro con una pared repleta de leyendas dedicadas a los que descansaban bajo tierra del otro lado.

La seguí, algo hipnotizada por el bamboleo de sus caderas. Apenas veía su silueta, ya acostumbrada a la oscuridad noctámbula de las calles habaneras. De noche, muchos autos se transformaban en taxis: subían clientes hasta que adentro no quedaba lugar para respirar. Si uno elegía ir a pie la mirada se acostumbra de a poco y las cosas, de a poco, reaparecían.

Un silbido me hizo girar hacia la esquina.

Lo primero que vi fue una brasa suspendida en el aire. Al ajustar la mirada la brasilera fue apareciendo detrás: sostenía la tuca con la punta de dos dedos, la nuca apoyada contra la pared del cementerio, mientras se llenaba los pulmones de humo.

—¿Viú isso?

Señaló una puertita apenas iluminada.

Dos extranjeros de colores pastel esperaban frente a un negro con cuerpo de boxeador y una jinetera adolescente, acaramelada a su lado. A mano, sobre la puerta, alguien había escrito: BIENVENIDOS AL INFIERNO DE GARCÍA LORCA. El negro hizo un gesto con la cabeza para ordenarle a los europeos que entraran. Y estaba a punto de cerrar la puerta cuando la brasilera cruzó la calle hacia él, endulzada por la mezcla de música afrocubana y hip-hop. Un nuevo aleteo de pestañas alcanzó para que nos dejara pasar. Abajo la gente bailaba apiñada en un sótano de unos cincuenta metros, en el que la utilería del teatro servía de escenografía y los trajes de época de uniforme para los mozos. Mejor dicho: los negros bailaban; los blancos miraban con respeto lo que nunca iban a poder hacer. Unos pocos borrachos blancos se animaban a sacudir sus cuerpos espásticos al lado de tanto desparpajo y elegancia; mientras algunas elegidas blancas eran sacadas a la pista, como muñecas de goma.

Entre ellas vi a la brasilera.

Giraba en los brazos de un hombre que la movía como si fueran de la misma raza: una pierna entre sus piernas, una mano en la espalda y otra en el cuello, moviéndola como a una marioneta mientras ella, tan fascinada con ese que movía los hilos, lo dejaba guiarla como quisiera.

Recién cuando se acercaron un poco más reconocí la camisa blanca, el pelo empastado con ungüento, el reloj en la muñeca, la mochila todavía colgada del hombro...

La brasilera sonrió al verme.

Gritó mi nombre por sobre la música.

Y el suyo: Cohíba.

El hombre me dio un beso, su boca tan cerca de la mía que la comisura de nuestros labios se rozaron. Antes de separarse me susurró hola al oído.

El saludo fue peor que todo lo que vino antes.

El saludo nos hizo cómplices.

Tardé en sentir una puntada de dolor en el antebrazo. La quemadura me hizo volcar el trago del hombre que estaba a mi izquierda. A punto de insultarme, vio lo que su habano le había hecho a mi piel: una herida redonda, perfecta como una marca de nacimiento en carne viva.

Enceguecida por ese beso, más que por el dolor, me abrí paso hacia el baño. Puse la mano debajo del agua fría. Los pies de un hombre se asomaban por debajo de la puerta cerrada de uno de los cubículos. Tenía dos manos de nena agarradas a sus tobillos, con tacos violetas de suelas gastadas. En el espejo, por sobre mi hombro, vi a la brasilera asomándose para ver la herida. Me quitó el pelo de la cara y empujó a un grupo de norteamericanas ruidosas que cacareaban a mi alrededor mientras se maquillaban. Trataba de aliviarme, pero la quemadura estaba cada vez peor: un círculo rojo había teñido el papel higiénico que apretaba encima de la herida.

Dijo que el hombre apareció de la nada.

La apretó contra él como si se conocieran. Sus cuerpos encajaron. Después empezaron a hablar y entonces todo encajó. Dijo lugares comunes, cursilerías. La interrumpí para contarle lo que había pasado en el cine.

Nao pode ser... Nao pode ser ele —dijo.

Le juré que sí, era él.

Balbuceó algo en portugués que no llegué a entender. Dijo que era profesor de la universidad, como si eso aclarara el asunto. Me miraba con desconfianza, no entendía por qué no le había contado antes lo que pasó en el cine. Por pudor, le dije sin vueltas, así apenas cuarenta y ocho horas que nos conocíamos. Difícil explicar ese jueguito al que me había entregado en el cine. Nos interrumpió la jinetera que bajó al sótano con nosotras. Salió de uno de los cubículos seguida por un canoso de camisa floreada. Ella hizo un buche de agua que escupió sin el menor disimulo. Él sin dejar de frotarse la nariz, con los ojos achinados por el exceso de todo. En la puerta se cruzaron con la húngara. Nos buscaba hacía rato para avisarnos que estábamos por perder el último micro que salía de la esquina de la Heladería Copelia hacia la escuela.

Eu vou ficar —dijo la brasilera.

Le hablaba a ella, a mí no había vuelto a mirarme.

Encontrei me com alguém que tem um carro.

La húngara se encogió de hombros. La saludó desde la puerta y me preguntó si me esperaba. No valía la pena insistir para que viniera con nosotras: de pronto éramos extrañas. Salí del baño. No tengo que hacerme cargo de nadie, pensé, que haga lo que quiera.

Antes de subir la escalera vi a Cohíba por última vez.

Estaba acodado en una esquina de la barra, con una sonrisa en los ojos. La bronca me duró hasta que el micro salió a la ruta. En medio de dos plantaciones de café apareció el miedo.

A mi alrededor todo el mundo dormía.

La húngara roncaba con la cabeza volcada hacia delante. El vasco con los ojos entreabiertos. Una parejita se besaba en la primera fila. Él le pasaba la punta de la lengua por el contorno de los labios, tan despacio que parecía ir dibujándolos.

Afuera se amontonaban las plantaciones.

Abrí los ojos en la puerta de la escuela, cuando el micro se detuvo. El chofer tuvo que pegar un grito para arengarnos a bajar. Nadie dijo una palabra. Decenas de cuerpos dormidos se arrastraron hacia los cuartos mascullando naderías. Zombies con ojos apenas entreabiertos y brazos colgando inertes a los costados del cuerpo.

Al silencio de la noche lo astillaron las ranas.

Reventé una con el pie izquierdo. No hubo forma de arrancar el cuerpito de la suela. Estaba pegado con las patas abiertas, como si la hubiera agarrado durmiendo. Una rana menos en el mundo no cambia nada, dijo la húngara riéndose.

En el baño de mi habitación no había agua, la cortaban casi todas las noches. Tampoco había papel higiénico (no había papel en la isla, ni hojas, ni cuadernos, en las escuelas usaban pizarras pero tampoco había tizas). En el espejo del baño había dos fotos carnet (una era mía, la otra de la brasilera). Despegué los pedazos de rana con la punta de un vestido sucio, envolví la sandalia ensangrentada ahí adentro y escondí los restos en un rincón.

En algún momento de la noche lo sentí parado frente a mí, mirándome dormir. No había nadie cuando abrí los ojos.

Gemidos del otro lado de la pared.

Al amanecer abrí las ventanas, pero aun así el aire no corría. Estacionado en la puerta había un Chevy azul petróleo con el vidrio trasero roto.

La puerta de la brasilera estaba cerrada.

Un incienso hecho ceniza colgaba del borde de un cuadro. Apoyada sobre la mesa de madera del living, la mochila con los libros de arte afrocubano. Uno con La Jungla de Wilfredo Lam en la portada. Libros caros, llenos de fotos marcadas con separadores. Un cuaderno repleto de anotaciones que abrí al azar, en una de las últimas páginas. Las crónicas de los conquistadores dicen que nuestra isla estuvo habitada por hombres caníbales con cabezas de perros, leí. El trazo no era firme, si uno miraba bien podía adivinar el temblor de la mano. En el bolsillo de la mochila había una bolsita de tabaco, papel para armar y una billetera de cuero. Adentro, pesos cubanos, convertibles, un par de dólares (chicos), y la foto de una nena de cinco años, una mulata de ojos claros. Los mismos rasgos del hombre suavizados por una madre blanca.

Un crujido adentro del cuarto me hizo volver sobre mis pasos y encerrarme en mi habitación. Recién en la cama, acostada boca arriba con la respiración entrecortada, vi la foto de la nena todavía en mi mano izquierda, como si hubiera querido salvarla de algo trayéndola conmigo. Era tarde para ponerla en su lugar. La dejé donde estaba, sobre la sábana.

Cuando abrí los ojos el sol entraba por todas las ventanas. Una brisa que venía del campo hacía aletear los bordes de la sábana. La brasilera cantaba en el baño. Pasó por delante de mi puerta envuelta en una toalla. Me dio los buenos días en portugués. Tenía un vaso de leche en la mano. La foto de la nena estaba en el mismo lugar: sobre mi almohada. Lo que faltaba era mi foto, la que estaba pegada en el espejo del baño. La busqué en el piso, en los rincones del baño. Le pregunte a ella si la había visto y sonrió.

—¿Para qué puedo querer tu foto?

No me esperó. Dijo que tenía hambre y no quería perderse el desayuno. La miré caminar hacia el edificio principal por la ventana de acrílico del balcón. Iba cantando, llenándose los pulmones de aire (tan encantadora que hasta dos perros de la escuela la seguían). En el suelo todavía estaban las pisadas descalzas de Cohíba. Iban del baño hasta el cuarto, secándose hasta desaparecer.

Afuera, no quedaba nadie en los tres pisos del edificio. Un departamento junto a la puerta de entrada funcionaba como lavandería. Pero ni el olor a ropa recién lavada me quitó la náusea.

García Márquez ya está sentado a su escritorio cuando entré al aula. La argentina que llegó tarde, dijo. Quiero la buena de hoy. Le conté la historia de una seminarista que —a falta de ideas— decide asesinar al maestro. Me interrumpió enseguida y pasó a la brasilera. Ella me miró de reojo antes de empezar a hablar. Lo único que tengo es el principio, dijo. García Márquez sonrió: es todo lo que se necesita para una historia. Le pidió que hable fuerte, y se subió el cierre del mameluco. La brasilera contó la historia de una mujer que se enamora en su tercera noche en La Habana. Sabe que ese hombre esconde algo, pero no le importa. Sería capaz de dejarlo todo para no perderlo. García Márquez le dijo que tenía un buen principio. Ahora necesitaba un final.

La buena no salió ese día.

Nos dejó ir quince minutos después.

Cuando llegué a la puerta principal el micro se alejaba rumbo a ciudad, a más de cien metros de distancia. En el camino de regreso al departamento el cemento ardía, desfigurando el paisaje. A mis espaldas escuché el ronroneo de un auto viejo que se acercaba a mí a paso de hombre. Me pasó por al lado sin detenerse. La brasilera esperaba en la puerta del edificio en el que vivíamos, el más alejado de todos. Tenía un vestido celeste, anteojos negros, una trenza larguísima y los zapatos en la mano. Su sonrisa no era para mí, era para el Chevy que me venía siguiendo como un tiburón.

Al girar, Cohíba me sonreía del otro lado del parabrisas. La brasilera me pasó por al lado, enganchó su brazo con el mío y me llevó hacia el auto. Quiero que lo conozcas, susurró, ya vas a ver... No terminó la frase. Pero la esperanza de que todo fuera un malentendido estaba ahí, en la liviandad con la que abrió la puerta trasera y me empujó con suavidad hacia el interior del auto.

Cohíba me miró por el espejo retrovisor.

Iba a decirme algo cuando la brasilera subió al asiento del acompañante y lo saludó con un beso en la boca.

Mi amiga viene con nosotros, dijo.

Él asintió, sin decir nada.

Dio una vuelta en U para volver hacia la puerta de entrada de la escuela. Todas las ventanas del auto estaban abiertas, y no había vidrio en el parabrisas trasero. Cuando el auto salió a la ruta el viento zigzagueó entre una ventana y otra. Ella tuvo que gritar para que él la escuchara por sobre el viento y el motor del auto. Encendió la radio y puso un casete a todo volumen. Tan fuerte que se hizo imposible hablar.

A la altura de San Antonio, Cohíba desvió el auto de la ruta y detuvo el auto en una calle de tierra. Cuando la brasilera preguntó qué esperamos no responde, cautivado por la imagen que tiene frente a sus ojos. En la esquina, un trío de nenas jugaba con una manguera. Las gotas de agua brillaban contra el sol y ellas reían, entre saltos y gritos, empapadas: ensayaban una coreografía, revoleaban los pelos, sacudían las caderas y los hombros. La música que sonaba en la radio parecía inventada para ellas.

Eran hipnóticas.

Durante varios minutos las miramos bailar en silencio. Hasta que una de las nenas levantó la mirada y vio el auto estacionado en la esquina. Era la mulata de ojos verdes de la foto, un par de años más grande. Caminó hacia al auto, pero se detuvo a una distancia prudente, como si supiera que no debía seguir. Cohíba avanzó un par de metros más con el auto, hasta que la nena quedó parada a nuestro lado.

Era igual a él, en colores claros.

Cohíba buscó algo en su bolsillo. Un sobre. Iba a dárselo cuando una negra se asomó desde una casa. Debía tener unos cuarenta años pero ya era una anciana. Al ver el auto, llamó a la nena con un nombre extraño: Ixé. La nena tuvo que hacer fuerza para desprenderse de la mirada de Cohíba, tan enorme era la atracción que sentían el uno por el otro.

Con el segundo grito dio un par de pasos hacia atrás y recién con el tercero corrió en dirección a la casa.

Cohíba bajó del auto para ir a su encuentro. La mujer hablaba rápido, en un español cerrado, incomprensible. Con las extranjeras lo que quieras, dijo, con tu hija no. Es lo único que entendí. Lo repitió varias veces (con tu hija no) antes de guardar el sobre. La nena los espiaba desde la ventana. Si pudiera elegir se iría con él, pensé. Algo en la forma en que se miraban me hizo pensar en dos amantes separados a la fuerza.

Nos despedimos dos días después, el último día del seminario. Sin que aparezca la buena de García Márquez. Hoy recibí un mail desde la casilla de correo electrónico de la brasilera. Lo escribe su hermano mayor, están juntando datos de las últimas personas que la vieron. Se fue de la escuela con un hombre que manejaba un Chevy azul petróleo. Nunca llegó al aeropuerto. Encontraron su cuerpo a cincuenta kilómetros de La Habana.

 

  • Lucía Puenzo
    Puenzo, Lucía

    Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976) escritora, directora y guionista de cine argentina. Su primera novela, El niño pez, fue publicada en el año 2004; cinco años más tarde la adaptó al cine. En el año 2007, su filme XXY obtuvo más de veinte premios internacionales, entre ellos el "Grand Prix de la Semana de la Crítica" en el Festival de Cannes.

    En literatura, a El niño pez le siguió Nueve minutos (2005), La maldición de Jacinta Pichimahuida, (2007) y La furia de la langosta, (2009), que han sido traducidas a varios idiomas.

    Obra:

    El niño pez, Beatriz Viterbo, Buenos Aires, 2004 (Emecé/Planeta 2013)

    Nueve minutos, Beatriz Viterbo, Buenos Aires, 2005 (Emecé/Planeta 2013)

    La maldición de Jacinta Pichimahuida, Interzona, Buenos Aires, 2007 (Emecé/Planeta 2013)

    La furia de la langosta, Mondadori, Buenos Aires, 2009 (España: Duomo Ediciones, 2013)

    Wakolda, Emecé/Planeta, 2011.