facebook
Menu

Año 7 #77 Marzo 2021

La noche roja

Violencia y deseo han sido siempre motivos narrativos. Con “La noche roja”, con Gwen, la trompada y la sangre Pablo Yoiris trata el mismo tema. Claro que estos son tiempos de ruptura del patriarcado, tiempo que seguramente han influido en el narrador.


La noche roja

Incluido en Palabras para La Poderosa 1, Buenos Aires, Al Fondo a la Derecha, 2020.

 

Caí en la cama y observé el cielorraso. Mi techo, una mentira. Más allá la noche era azul, no negra. Gwen apareció y desapareció en ese cielo inventado, cruzando de norte a sur como un cometa. Cerré los ojos. Empecé a seguirla con la madeja de la evocación cansada. Me dormía.

La cena, dos horas atrás en el restaurante. La botella de vino reserva, mi insólita confesión, y luego la sobremesa y el agobio de complejos y tabúes. El baño. No me permití la espera indolente, caminé tras ella, la dejé pasar, entré al lado. Imagino que se acomodó el pelo. Que suspiró. Que apoyó el culo en el lavatorio y se cruzó de brazos, mirando las paredes, el suelo. Enojada, furiosa. Decepcionada. Oyó mi tos en el baño de al lado. La carraspera. La tos de nuevo. Ella respiró profundo, se acomodó la pollera, abrió la puerta y caminó hacia la salida. La avenida la recibió, con todos los deseos abiertos y las luces de colores a punto de reventar.

Fin del sueño.

¿Qué lo rompió?

¿Qué rompió mi sueño, el sueño de una reconstrucción, de un equilibrio?

Lo rompió Gwen tocando la puerta de mi departamento. Le abrí. Nos quedamos como dos animales encandilados en la ruta, adivinándonos bajo iluminación deficiente del pasillo. El tiempo de la luz se agotó y ella encendió el interruptor otra vez, y se volvió a apoyar en la pared fijando su mirada oblicua en mí. Repitió la acción cuatro veces antes de pasar sin pedir permiso. Cerré la puerta.

Tenía el maquillaje corrido y el pelo revuelto. A su camisa se le había soltado el botón que ocultaba un pliegue profundo. Con las dos manos sosteniendo su carterita sobre el vientre, en mí territorio, Gwen me miraba indescifrable. Creo que me estaba comunicando algo y si bien existía cierto margen de error yo podía arriesgarme a interpretarla. De ese paquete de información compuesto por una bella mujer, que después de desaparecer en plena cita acude a mí sin decir palabra, con su ropa desordenada, con la pintura de los ojos desbordada y los labios abiertos, podría uno suponer que ante el intento de emitir una palabra, la primera, ella se llevaría un índice a la boca pidiendo silencio.

Pero no. Yo, siempre queriendo pasarme de listo, hice un intento para comprobarlo. Dije su nombre. A cambio recibí un golpe en la nariz. Un golpe seco, un jab, como suelen llamar a esos golpes, que me provocó una inmediata y caudalosa hemorragia.

Corrí al baño con las manos sobre la cara. Un reflejo estúpido hizo que me preocupara antes que nada en no manchar el parquet. Me llevó tiempo detener la sangre, y después otro tanto limpiar la loza blanca hasta que no quedaran vestigios. En ningún momento, después de haber dicho su nombre, emití algún otro sonido, ni una puteada, ni un grito de dolor o de impresión. Nada. Ella seguía ahí, muda, sosteniendo su carterita como quien acaba de llegar o está a punto de irse. Acerqué mi cara a la suya. Ya estábamos hablando en otro idioma, imposible saber qué quedaba de nosotros. Sus ojos, esquivos durante la cena, ahora se clavaban sobre los míos. El maquillaje alteraba el contorno real y volvía su mirada ciega y felina a la vez. Acerqué mi cara aún más, todo lo que pude, cuando me di cuenta de que el sangrado comenzaba otra vez.

Fue como una leve vibración dentro de la fosa nasal derecha, una gruesa gota que se abría paso hacia abajo.

¿Ella lo percibió?

Cuando hice un movimiento para retirarme (iría nuevamente al baño, tomaría otra vez todos los recaudos) sostuvo mis brazos con fuerza por detrás de mi cuerpo sin dejar de estudiar mi cara. No era un abrazo. Para nada, todo lo contrario. Y en ese apremio la gota de sangre, obsequiosa, abundante, no tardó en hacer su aparición transitando el camino recto y breve hacia mi boca.

¿Cuánto mide ese recorrido, promedio? ¿Un centímetro? ¿Dos?

La gota iba por la mitad, a velocidad constante, y yo estaba imposibilitado de hacer cualquier cosa. Con las manos sujetadas, lo único que me quedaba era mirarla a ella (ella me miraba, no dejaba de mirarme) y desangrarme así, por goteo, convertido en un objeto vulnerable.

Gwen fue la que puso fin a la humillación. Con la punta de su lengua musculosa, puntiaguda, recolectó la gota que estaba por llegar a mis labios. La detuvo, la contuvo, y la condujo hacia arriba. Recorrió el camino inverso hasta llegar al mismo hueco por donde había salido. Entró, hurgó, se movió y yo sentí un cosquilleo atroz. Al mismo tiempo, con una mano, me apretó la nariz como si estuviera exprimiendo una naranja.

Retiró su lengua y la mantuvo recta, horizontal, haciendo de cuchara. Con su otra mano me aferró por detrás de la cabeza y me invadió la boca con un beso.

—Desde ahora beberemos sangre —fueron las pocas palabras que pronunció. Luego la noche, antes negra, antes azul, cambió de color.

 

  • Pablo Yoiris
    Yoiris, Pablo

    Pablo Yoiris (Capital Federal, 1972) es escritor y docente. Actualmente está radicado en la Patagonia. Fue ganador del Concurso de Novela de Crímenes Medellín Negro 2015 con su novela Resnik, y del Premio Córdoba Mata 2015 con Usted está aquí. Los Buscamuertes fue finalista del Premio BAN! 2014.

    Obra:

    • Resnik
    • Usted está aquí
    • Los Buscamuertes