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Año 7 #77 Marzo 2021

El emboscado

La Historia es la interpretación de los hechos, suele suceder que por el paso del tiempo o por otras causas los hechos que cuenta la Historia son irrecuperables. Nada más queda su interpretación. Su interpretación dominante, porque siempre hay muchas interpretaciones sobre los mismos hechos. La literatura (no como Historia sino como Arte) y los literatos avezados como Gallone, suelen tramar otras interpretaciones. En este caso, de manera brillante.


El emboscado

Cuenta el dinero recostado sobre el tronco nudoso de una higuera. El alivio y el desasosiego le trabajan el espíritu como dos ejércitos en pugna que no terminaran de prevalecer. Experimenta el alivio del acto consumado, sufre el desasosiego de las previsibles consecuencias. Cualquier hombre que haya vivido lo suficiente (y él ya ha transcurrido más de tres décadas) ha saboreado ese vino agridulce que calma la sed con el único fin de multiplicarla hasta la desesperación. Es noche cerrada. El monótono canto de los grillos lo exaspera y la luz de la luna no lo abriga ni lo despierta. Sabe (acaso es lo único que sepa sin sombra de duda) que debe abandonar la ciudad antes de que amanezca. Lo buscarán por los arrabales, pero él ya estará, si camina a buen paso, ingresando en la región de Samaria o de Idumea. El imperio es ancho y sus dominios parecen infinitos, se prolongan a lo largo de un espacio sin límites; basta cambiar de ciudad para precipitarse en un gozoso anonimato y recomenzar una vida que no cargue con el lastre del pasado. Recuerda una frase que su padre pronunciaba con la entonación de un sonsonete: “Barca ligera, redes seguras, pesca abundante.” Él ya está en condiciones de abordar una barca ligera y de su sagacidad dependerá la abundancia de la pesca. No lo desalienta el porvenir; lo inquieta el futuro inmediato, las horas que median entre la noche cerrada y el alba, ese largo paréntesis que lo mantiene suspenso entre la ensoñación y la vigilia. Abomina (pero ya es tarde para abominaciones) haber desertado de la barca de su padre y sus hermanos en pos de las promesas de un mesías, tan falso como los anteriores, tan falso como los que vendrán. Durante tres años (grises, itinerantes, agotadores) estuvo a cargo de los dineros de la secta: las donaciones, los albergues, las comidas, las mulas, las ropas, los estipendios menores y los tributos obligatorios. Administró con prudencia, rindió cuentas con minucia y se le reveló un talento con los números que él mismo desconocía. Con el dinero obtenido, aspira a establecerse como mercader en Sion o en Tiro, cualquiera de los dos lugares puede serle propicio: el tráfico de peregrinos es incesante y no hay quien no quiera obtener alguna mercancía a precio razonable. Durante tres años (absurdos, temerarios, irritantes) se entregó a una causa que terminó siéndole ajena y, sin embargo, cumplió con lo que se esperaba de él: una administración irreprochable; ningún miembro de la secta pudo oponer reparo alguno a su tarea. Qué no podría lograr, piensa, en causa propia y valimiento personal. No ha tenido tiempo de despedirse de su padre y de sus hermanos, y lo lamenta. Todo ha sido demasiado rápido: el ofrecimiento de dinero, los términos del acuerdo, su realización. Le hubiera gustado participar a su familia del porvenir venturoso que lo espera, pero el tiempo corre y no es conveniente que lo sorprendan rondar embozado por las calles de la ciudad. Durante tres años (desgastantes, confusos, penosos) ha presenciado, sin tomar parte activa, espectáculos que repugnaban a su natural mansedumbre: el escándalo con los mercaderes del templo, los agrios disensos con los doctores de la ley, la infracción a los preceptos del Sabbath. Luego de cada uno de estos sucesos ha quedado estremecido de miedo e íntimamente avergonzado de su propio temor, mientras los restantes miembros de la secta, acicateados por Simón Pedro, se alborozaban, congratulaban al mesías, se regocijaban con la progresión de las bravatas. Ahora que todo ha terminado, al menos para él, siente que es un acto de estricta justicia celebrar su propio regocijo. Durante tres años (perdidos, crispados, desalentadores) ha sido una comparsa, un partiquino sin oropel ni gracia, el responsable de ensuciarse las manos con dinero mientras el resto secundaba al mesías y el mesías anunciaba el fin de los tiempos. No los tiempos, porque probablemente sean eternos, pero un tiempo, al menos, piensa, ha finalizado: el tiempo en que roía la cáscara mientras el jugo de la fruta se desbordaba en otras bocas, el tiempo en que se cubría el rostro con los bordes de la túnica para que no lo reconocieran como miembro de la controvertida secta, el tiempo en que simulaba ignorar la mecánica del presunto milagro y la fragilidad de la parábola retórica. Ese tiempo, por fortuna, ha tocado a su término. Se siente liberado. Se sentiría libre si no fuera por la premura que lo insta a la fuga, por la angustia que se aloja en el vacío del estómago, por la inquietud que lo condena a mantener los ojos fijos en el cielo para calcular la hora precisa y el momento impostergable. Jamás aspiró a conquistar el favor o el repudio de la turba, pero durante tres años (fatigosos, patéticos, indignos) se vio bendecido por labios suplicantes, escarnecido por bocas desdentadas, zamarreado por manos sarmentosas mientras el mesías congregaba multitudes, predicaba el amor y levantaba polvaredas de odio a su paso. Cuánto tiempo (se pregunta) las autoridades del imperio estaban dispuestas a tolerar esa serie de provocaciones rayanas en la insubordinación. Cuánto tiempo podía transcurrir antes de que los miembros de la secta cayeran bajo el inapelable peso de la ley. De cuantos mesías pululan por las regiones más populosas del reino, él decidió unirse (se lamenta) al que se reveló más revulsivo desoyendo las palabras de su padre y sus hermanos que lo estimulaban a seguir colaborando con la sencilla industria familiar: “Somos una familia de pescadores, así nos sustentamos y así, seguramente, habremos de morir.” Pero (se repite a sí mismo, como para que la reiteración mitigue el tormento del desasosiego) ese tiempo, al menos para él, ha terminado. La lenta rotación de las estrellas le indica que es el momento, por fin, de emprender el camino y dejar atrás una pesadilla que se ha extendido por espacio de tres interminables años. Vuelve a contar el dinero, lo guarda en sus alforjas, se incorpora cuando escucha un asordinado rumor de pasos, entiende que ya es demasiado tarde para intentar la huida. La luz de la luna recorta con claridad intolerable la figura de Simón Pedro seguida por el resto de los integrantes de la secta. Caminan como un tigre cebado que reconoce el rastro de su presa y paladea por anticipado el estallido caliente de la primera sangre. Simón Pedro sostiene entre sus manos una larga soga de cáñamo trenzado con la inconfundible forma de una horca.

  • Osvaldo Gallone
    Gallone, Osvaldo

    Osvaldo Gallone (1959) es un periodista, editor y escritor argentino. Se recibió de profesor de francés y estudió cuatro años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Como periodista, ha trabajado y colaborado en numerosos medios como La Razón, Tiempo argentino, Página 12, Cuadernos Hispanoamericanos, Le monde diplomatique, Revista Ñ y la virtual Evaristo.

    Como editor, también ha trabajado para el Fondo Nacional de las Artes, el Grupo Editorial Planeta e Infobae. A lo largo de su vasta trayectoria ha dictado numerosos seminarios, entre ellos "Literatura argentina contemporánea" y "Literatura hispanoamericana del siglo XX" en el Centro Cultural San Martín en la década de los años ochenta, "Las ciudades en la literatura", en la Universidad de Arquitectura de La Plata, a fines de los noventa, y "Teoría y crítica literaria", dictado en la Biblioteca Nacional, del 2003 hasta la fecha, entre otros.

     

    Como escritor ha publicado:

    Crónica de un poeta solo (poesía, 1975)
    Ejercicios de ciego (poesía, 1976)
    Montaje por corte (novela, 1985)
    La ficción de la historia (ensayo, 2002)
    Lectura de seis cuentos argentinos (2012)
    Una muchacha predestinada (novela, 2014)
    La boca del infierno (2017)

     

    Por su desempeño como escritor ha recibido numerosos premios y reconocimientos. Algunos de ellos son:

    1992: Mención de honor en el Primer certamen de ensayo breve organizado por la Fundación Banco Mercantil Argentino.
    2010: Primer premio en la Convocatoria Nacional “Cuento y Ensayo”, organizada por “San Luis Libro”, con la obra Lectura de seis cuentos argentinos.
    2011: Primer premio a la Mejor Novela en el III Premio de Novela Corta 2011, auspiciado por el Municipio de Alcobendas (Madrid, España) con la obra La niña muerta.
    2013: Primer premio a la Mejor Novela en la convocatoria realizada por V.S. Editores en el curso del año 2013 por la novela Una muchacha predestinada.
    2014: Primer premio en la VIII edición del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet”, con el cuento titulado “El estilista”