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Año 7 #74 Diciembre 2020

Lot

En este relato ajustado, donde nada sobra y nada falta, Sebastián Chilano toma el mito de Lot mientras sus personajes se debaten acerca de cuándo soltar el pasado.

 

Lot

 

Integra Palabras para La Poderosa 1, Buenos Aires (versión digital), Al Fondo a la Derecha, 2020.

 

—Es absurdo. ¿Pero qué cosa en este mundo no se ha vuelto absurda?

Alejandra me mira.

—Callate —pide.

Con esa sola palabra me trae a la realidad, me dice que estamos en una iglesia, que la gente quiere atender los dichos del cura, que al casamiento hay que respetarlo en silencio.

—Que deprimente esto.

—Basta —me pide.

Alejandra cierra el puño y me pega en la pierna. Me quejo. Nadie parece interesarse en nosotros.

—No seas exagerada. Estamos casi en el último banco.

—¿A mí me decís exagerada? —mira hacia atrás—. ¿Casi en el último banco? Estamos en la mitad.

Yo también miro hacia atrás. El cura habla de Sodoma y Gomorra. Habla de Lot y de su mujer Edith. Habla del amor que todo lo perdona y de las cosas que hay que evitar. Como la curiosidad.

—Espero no ser Lot —le digo.

—No te preocupes, solo tenés que acordarte algo: ya no soy tu mujer.

—¿Y quién dice eso?

—El certificado de divorcio.

Estiro la mano a su pierna, pero ella no me deja tocarla. Creo, y no es la primera vez, que los dos estamos cansados del juego.

—Por eso mismo: deberías saber mejor que nadie que esto es absurdo, que todo es una payasada. Solo falta que entre alguien gritando cuando el cura pregunte si alguien tiene una objeción. Sería la frutilla en el postre de la estupidez.

—Ves mucha televisión.

—Desde que te fuiste.

—Callate, ¿querés? En cualquier momento te vas a quejar de haber pasado la cuarentena solo.

—Fue tu culpa.

Me mira. Por un momento creo haber ido más allá. Después me acuerdo que no fue ahora, hace mucho tiempo que crucé el límite. Y ella no me siguió.

El cura nos invita a pararnos. Los novios se agarran la mano. Van a prestar juramento.

—Todo es falso. Las palabras que se prometen son tan… —me trabo— incumplibles, tanto como es difícil pronunciar esa palabra de mierda.

—Incumplibles —dice Alejandra de corrido—. No es difícil.

Miro al alrededor. Conozco a todo el mundo. Como si este fuera un mundo posible de conocer. Miro al tío Pedro junto a su segunda mujer, Ester; mi segunda tía, supongo que puedo llamarla así.

Pedro le dice algo y Ester se ríe. Inclina la cabeza hacia adelante y abre la boca. Los dientes son grandes, blancos, nuevos. No puedo dejar de mirarlos. Esos dientes me llaman. Si no hablo, me van a comer.

—Estoy esperando el Padre Nuestro para agarrarte la mano, pero creo que no aguanto. Dame la mano ahora o me desmayo.

—Cortala —se queja Alejandra—. Cortala que nos miran.

—No mientas. No le importamos a nadie. Antes sí, cuando estábamos juntos y podían hablar mal. Ahí sí mi familia estaba pendiente de todo lo que hacíamos o dejábamos de hacer.

—Si seguís rompiéndome las pelotas van a empezar a hablar.

—Epa, que vocabulario para usar en la casa del Señor.

—Cortala, en serio.

—Dame la mano o me desmayo. Se me baja la presión. Te lo juro.

Alejandra mira a su alrededor. Estira la mano. Cuando voy a entrelazar nuestros dedos, la retira.

—Si se te baja la presión, ponete sal abajo de la lengua.

El tío Pedro dice algo al oído de su mujer. Otra vez la risa de Ester nos distrae.

—Soy Lot, no te olvides —le digo a Alejandra—. Así que haceme un favor: mirá para atrás, buscá a tu novio, ese que siempre llega tarde, y convertite en estatua de sal: tengo que lamerte, eso es lo único que puede subirme la presión.

—No cambiás más. No sé cómo alguna vez pude enamorarme de vos.

Todos en la iglesia ríen, el cura dijo algo gracioso sobre Pedro que no pude escuchar. La novia es la persona que ríe más alto y que más tiempo lo hace, hasta que, calladas todas las risas, su alegría pasa a las lágrimas.

—Que ternura —digo.

Una mujer de la fila de adelante se da vuelta y me mira. De la cuarentena le debe haber quedado la costumbre de usar tapabocas con flores. Sus ojos me dejan saber que me odia. Puede que sea una tía lejana. Mirta, o Marta, no logro evitar un probable error de vocal. La saludo con una sonrisa.

—Siempre te gustaron los payasos.

Alejandra no me contesta. Ni siquiera me mira.

—Vamos afuera.

—Basta.

—Dale, vamos afuera. Ahora mi hermana va a llorar una hora o dos. Vos la conocés. No va a parar hasta que le tiren agua bendita para que se calme o para exorcizarla. Ya la viste mil veces: una vez que empieza, no hay quien pueda frenarla. En serio, vamos afuera. Nos fumamos un cigarro, hablamos de bueyes perdidos y después volvemos.

Alejandra dice que no con la cabeza.

—No fumo más.

—Me estás jodiendo. ¿Vos no fumás más? Quiero conocer al médico que lo logró. ¿Qué pastillas te dio?

Mi hermana habla entrecortado. Le saca el micrófono al cura y entre lágrimas, hipo y mocos agradece. A Dios, a los testigos, al tío Pedro, a la vida.

—A la vergüenza ajena —digo, pero solo me escuchan los del banco de adelante.

La tía Mirta, o Marta, se da vuelta por segunda vez. Le señalo hacia el frente, donde la novia sigue hablando, donde los monaguillos que acompañan al cura también usan tapabocas, pero sin flores: los de ellos son blancos, quirúrgicos, inmaculados.

—No se distraiga, tía.

Alejandra ahoga la risa.

—No fue el médico —dice tras un breve silencio entre nosotros que amenazaba con ser incómodo y recordarnos la distancia del último tiempo—, Facundo me hizo dejar el pucho.

—No te aguanto cuando hablás de tu novio.

—Deberías acostumbrarte.

—Claro. Claro. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Pone la mano en mi rodilla y aprieta con rabia.

—Cortala, en serio.

Le saco la mano.

—Duele —me quejo.

—Esa era la idea.

El cura recupera el micrófono y muchos aplauden el fin de las palabras confusas e incómodas de la novia.

—Dale —digo—. Te espero afuera.

—¿A dónde vas? Es el casamiento de tu hermana.

Me alejo despacio, hacia el costado, y salgo de la iglesia sin persignarme ni marcarme la frente con agua bendita en cruz como me enseñaron cuando era chico.

La puerta cruje, no puedo evitarlo. Afuera hace frío. Una lástima. Mi hermana organizó el casamiento postpandemia al aire libre. Pero estamos en mayo, y es Mar del Plata: abaratar los costos de un casamiento a veces tiene sus consecuencias.

Mucho asado campestre, pero nos vamos a cagar de frío, escribo en el teléfono celular y lo envío como mensaje.

Mientras no llueva, me contesta de inmediato Alejandra.

¿Qué? ¿Tu novio tiene un descapotable?

Esta vez el teléfono tarda un rato en vibrar.

No tendrá un descapotable pero es buen tipo.

Será buen tipo pero su auto es MI AUTO.

Andá a llorarle al juez.

Saco el paquete de cigarrillos y prendo uno. Escribo:

¿Y? ¿Venís?

No.

Dale.

No.

Me cierro el saco y doblo el cuello para frenar el viento. Un auto dobla en la esquina y, lento, y en contramano, busca un lugar donde estacionar. Es mi auto. Era.

Doy una pitada larga al cigarrillo. Mi historia con Alejandra puede resumirse fácilmente. Nos conocimos, nos casamos, nos divorciamos, nos reconciliamos, convivimos, no tuvimos hijos y por eso compramos perro, casa y auto y al momento de terminar la convivencia, se quedó con todo.

No la culpo. Se lo hubiese regalado todo aunque el juez fallara a mi favor. La sentencia me sirve para quejarme de algo, eso opina mi hermana.

Facundo se baja del auto y camina, sin apuro, hacia la iglesia. Sube los escalones sin mirarme, pero se detiene cuando está a mi lado.

—Si venís a cancelar la ceremonia porque estás enamorado de mi hermana ya es tarde. Vinieron otros dos con argumentos bastante razonables y están jugando al rummy mientras esperan que ella elija.

No se ríe.

—¿Qué es el rummy?

—Un juego de cartas. La tía Marta, o Mirta, se me confunde es una tía lejana, nos enseñó a jugar a mi hermana y a mí cuando éramos chicos. Jugábamos por plata. También se podía jugar con fichas, pero la tía solo tenía cartas. Siempre nos ganaba. Y con la ganancia compraba cigarrillos. El tío Oscar no la dejaba. Que en paz descanse el tío Oscar. Quería vivir cien años junto a la tía —miro hacia el cielo, más con el intento de contener mis palabras que para evitar la invocación del difunto—, pero el señor te llevó primero. Tío querido, si estuvieras vivo estarías fumando acá conmigo.

—¿No dijiste que no dejaba que tu tía fumara?

—Eran otras épocas, Facu. El hombre proponía, Dios disponía y la mujer obedecía.

No me contesta. Mira hacia la iglesia, supongo que espera que yo sea el primero en entrar.

—Eso te va a matar —dice y me señala el cigarrillo.

No me muevo. Tengo frío. Bostezo. Me aburro. Me quiero ir. Y Facundo que no entra.

—¿Sabés? —le digo—. Por más que lo pienso y lo pienso, hay algo que no entiendo. ¿Cómo mierda los guionistas de las series usan una y otra vez la misma escena? Las personas ya están casadas cuando llegan a la iglesia. La parte importante es en el Registro Civil. Ahí es donde hay que gritar y patalear, acá no. En la iglesia hipotecás la eternidad ante Dios, es cierto, pero en el Civil hipotecás todo lo que hay de bueno en esta vida.

—En serio, eso te hace mierda. Mi viejo lo sufrió.

—Sí, ya sé. Tu viejo se murió de cáncer de pulmón. Y Alejandra dejó de fumar por tu ejemplo de vida. Basta. En serio, basta. Ya la felicité a ella y ahora te felicito a vos —estiro la mano para que apriete—. Pero, ¿sabés qué? Para sermones me hubiese quedado escuchando al cura.

Aprieta la mano

—Me alegro que te haya contado.

—Sí —tiro el cigarrillo lejos—. Y yo también estoy dejando, pero ahora se me bajó la presión.

—¿Qué te parece si me soltás la mano? —me dice.

Separamos mis dedos que casi llegaban a su muñeca.

—Perdón. Es la emoción, ¿sabés? No todos los días se casa tu única hermana.

—La presión baja se mejora con sal, no con un cigarrillo.

—Sí.

—O levantando las piernas.

Saco el paquete de cigarrillos. Las manos me tiemblan un poco.

—También con el tabaco —le digo—. Deberías saberlo.

—Eso no es cierto.

¿Por qué mejor no entrás? Hasta ayer me estabas empezando a caer bien, pero ahora estás arruinando esa buena impresión con tantos consejos prácticos para mejorar la vida. Solo falta que me digas que no comés champiñones porque son hongos que crecen a la sombra y lejos del sol.

No tenemos nada para decirnos, así que nos sonreímos.

—Alejandra te está esperando —digo cuando él se aleja hasta la puerta.

No responde. Entra en la iglesia y yo guardo el paquete sin haber sacado ningún cigarrillo. Sí tengo el teléfono en la mano.

Llegó tu novio, escribo.

Alejandra no contesta. Ni lo hará, si la conozco. Espero unos minutos. Miro la pantalla. Tengo frío. Tengo sueño y ganas de irme a mi casa. Quiero agarrar mi auto —el auto que el juez me hizo regalar— y manejar un rato hasta la costa. Me gustaría poner la calefacción al lado del mar y dormirme. Un sueño que dure dos o tres semanas y que, al despertar, me permita descubrir que la bruma de las olas arruinó la carrocería.

¿Ahora que está él no podés hablar conmigo?

Insisto en escribir tanto como en mirar la pantalla esperando respuesta.

¿“Facu” también te va a sanar la adicción al teléfono?

Alejandra no contesta. Escucho que empiezan a cantar el Ave María y sé que es hora de volver.

Mi hermana se casa. Mi hermana, mi hermanita, invitó a mi ex a su casamiento. Abro la puerta y antes de soltarla los veo. Alejandra apoya la cabeza en el hombro de Facundo. El pelo largo se mueve, suave, sigue la respiración y el brazo de su novio. La imagen me devuelve un recuerdo, y el recuerdo me devuelve el tacto. Alguna vez hizo eso conmigo y ahora nunca más lo va a hacer. No puedo entrar. No voy a entrar. Alejandra separa la cara y lo mira. Veo su perfil, la serenidad, la belleza tan nueva como ese amor. Retrocedo. Suelto la puerta y le doy la espalda a la iglesia. ¿Qué hago? Miro mi auto, el piso, el pasto, mis zapatos. En el zapato izquierdo hay una ceniza de cigarrillo que resistió el viento y quedó pegada sobre el betún con que limpié el cuero para que pareciera lustroso y nuevo. Me inclino a sacarla. No es ceniza de cigarrillo, es una escama de sal. Debe venir de las fábricas de pescado. La otra opción es aceptar que me estoy convirtiendo en estatua de tanto mirar atrás. Lo escribo todo en el teléfono celular antes de entrar. Es un mensaje largo y deprimente. Lo envío.

  • Sebastián Chilano
    Chilano, Sebastián

    Sebastián Chilano (Mar del Plata, provincia de Buenos Aires) es escritor y médico, 1976 vive en su ciudad natal donde ejerce la medicina.

    Recibió el premio “Alfonsina 2012” en el rubro Creación literaria. Participó de las antologías de cuentos: Poca Cosa (Letra Sudaca) Osario común (Muerde Muertos) y Mal bicho (Pelos de Punta). Mantiene el blog “Falansterio”.

     

    Obra:

    Novela:

    • Riña de Gallos (Ediciones B 2010)
    • Las reglas de Burroughs ganadora del premio Laura Palmer no ha muerto 2012 (Gárgola Ediciones 2012)
    • Tan lejos que es mentira (Letra Sudaca, 2013)
    • Méndez (Vestales, 2014)
    • En tres noches la eternidad (Vestales, 2015)
    • Ningún otro cielo (Letra Sudaca, 2017)
    • La cola del lagarto (En colaboración con Fernando Del Río, Ediciones B 2009)
    • El geriátrico (En colaboración con Fernando Del Río, Ediciones B 2011)
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