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Año 7 #74 Diciembre 2020

Charles Bronson

José María Marcos, narrador de los géneros fantástico y terror, vira aquí hacia un texto realista… Salvo la presencia de Charles Bronson…

 

Charles Bronson

Incluido en Palabras para La Poderosa 1, Buenos Aires (en formato digital), Al Fondo a la Derecha, 2020

 

Con mi amigo Darío solemos encontrarnos en Las Violetas. 

Darío es un apasionado del cine, un detective que busca y recopila con minuciosidad datos del arte fantástico universal. Comanda la página Cinefanía y su apellido es Lavia. Nos cruzamos por primera vez en el festival Buenos Aires Rojo Sangre, en los pasillos del Monumental Lavalle, y pensé que, consustanciado con el mundo del espectáculo, usaba nombre artístico. Delgado, de camisa, chaleco y mocasines, bigote muy fino, con capacidad para referirse a su pasión durante horas, me dio la impresión de estar frente a un ser de película y me dije: “Se puso un nombre que lo define: Darío tiene labia”. Pero resultó falsa mi presunción: así lo bautizaron sus padres y es la marca que lo acompaña desde que la vida lo señalara con el dedo.

Nos gustan los bares como punto de encuentro. Tenemos varios en Almagro, pero Las Violetas se ha ido imponiendo por el carisma de sus mozos de camisa blanca y corbata roja, quienes se mueven con elegancia en medio de una escenografía donde podrían filmarse escenas de la Belle Époque, con sus caireles de cristal, revestimiento de madera, sillas tapizadas en bordó oscuro, arañas barrocas, mesas con tapa de mármol italiano y columnas con anillos de bronce. Podría rodarse una historia de un Buenos Aires fantasmal que nos recuerde que la confitería se inauguró en 1884 y hasta el mismísimo ministro Carlos Pellegrini se hizo presente transportado por un lujoso tranvía, cuando el cruce de Rivadavia y Medrano era parte del suburbio, y la avenida, un camino de carretas que unía Plaza de Mayo con el lejano oeste.

Los Corbata Roja ya nos conocen y tenemos nuestra mesa cercana a la escalera, desde donde podemos apreciar los espléndidos vitrales del salón. Café de por medio, charlamos sobre distintos proyectos. En papel, Darío edita la revista Cineficción, una colección de breviarios y un anuario. Me encanta colaborar con sus publicaciones.

Hace un par de años, una nochecita a fines de noviembre, nos encontramos para hablar de los últimos retoques de su libro Shock TV, en el que junto a su socio Juan Carlos Moyano plasmaron un exhaustivo relevamiento de ciclos de terror y suspenso que circularon por la televisión argentina 

Mientras enumeraba los artículos en marcha y me revelaba que una clave para el éxito de la investigación era contar con la colección completa de la revista TV Guía, Darío hizo una pausa para comentar:

—En la barra está Charles Bronson.

Sonreí mientras tomaba mi lágrima en jarrito. Juzgué que se trataba de las típicas salidas de Darío, que son una delicia para quienes lo conocemos. Él encuentra parecidos en todos lados. Caminar a su lado es como vivir en un set de filmación donde se mezclan los tiempos y la geografía. Puede decirte: “¡Qué estilo tiene Boris Karloff para pesar un kilo de tomates! ¡Y, claro, se lo está pidiendo Graciela Borges!”, y subrayar una escena que así se nos representa. O tal vez: “Narciso Ibáñez Menta se vistió otra vez de trapero. Fijate cómo lo mira con desconfianza Lolita Torres”, configurando esta visión en nuestra mente.

Es frecuente oír estas invenciones en cualquier parte de la ciudad, pero he notado que Las Violetas lo motiva. Por allí han pasado infinidad de glorias: el jóckey Irineo Leguisamo, que amaba el dulce de leche inventado en una estancia de Cañuelas; Alberto Migré, quien imaginó bajo aquel techo parte de las tiras Rolando Rivas, taxista y Piel naranja; el poeta Pascual Contursi y su barra; el cineasta Teo Kofman, con quien hablé durante un almuerzo sobre su película Perros de la noche, inspirada en la novela de Enrique Medina; y tantos otros, como las escritoras Ana María Shua y Alicia Steimberg que han elogiado sus míticas meriendas.

—Charles Bronson está tomando un cóctel a lo Humphrey Bogart y conversa muy animado con el canoso de la caja —insistió Darío.

—¿En alguna película viste a Charles Bronson tomando un cóctel en una barra? —le pregunté.

—Nunca. Y eso que hizo más de ochenta —me respondió, con la precisión de los expertos—. Tomaba mucho whisky. Hacía de hombre duro. Una vez declaró que le gustaría actuar de galán. Estaba harto de representar justicieros, pistoleros, matones, vigilantes, boxeadores, todos tipos brutales.

—Sos un crack, Darío. No sé cómo hacés para encontrar tantos parecidos —comenté, con la idea de volver al tema de Shock TV—: Che, ¿tiene fecha de salida?

—Ni siquiera lo miraste —me reprendió, un tanto enojado, algo que no es habitual en él—. ¡Es Charles Bronson! No es un imitador. Podemos pedirle un autógrafo.

Su repentina vehemencia me inquietó. Lo que decía era imposible: Charles Bronson está muerto hace más de diez años.

Pero, bueno, Darío es mi amigo... y decidí acompañarlo en su deriva.

—Podemos entrevistarlo —propuse, con escasa convicción.

—No me creés, ¿no? —remarcó, ofendido.

Giré mi cabeza hacia la barra y presté atención. Desde nuestra posición, era notable la similitud con el Charles Bronson que filmó El vengador anónimo de 1974, con música de Herbie Hancok.  Aindiado, robusto, con bigote, era el mismísimo arquitecto Paul Kersey que al comienzo de la película es un hombre sencillo, a quien un hecho policial (que provoca la muerte de su mujer y la locura de su hija) lo transforma en un justiciero que sale por las noches a matar delincuentes. Llevaba hasta el mismo traje.

—Debe andar cerca el inspector Frank Ochoa —dije para seguirle el juego a Darío.

Ochoa es el policía encargado de detener al desbocado Kersey.

—Como bien dijiste, tenemos que tomarle una declaración —evaluó Darío—. Podemos hacer un especial para Cineficción.

La charla sobre Shock TV se evaporó y todo se circunscribió a la manera en que abordaríamos al actor. En medio de nuestras disquisiciones, Bronson se paró y comenzó a despedirse de los Corbata Roja.

Llamé a nuestro mozo y le rogué que nos cobrara rápido. Pagamos, sin perder de vista nuestro objetivo, y salimos detrás de él.

Lo interceptamos en la vereda de Medrano, y Darío arremetió destacando nuestra admiración por sus películas, que, sí, eran polémicas, que algunos las tomaban como promotoras de la violencia y la justicia por mano propia, pero tenían una vitalidad que los espectadores disfrutábamos a lo grande, porque contenían inolvidables imágenes cinéfilas.

Charles Bronson nos miraba, dubitativo o desconcertado, no lo sé.

En un castellano neutro que nos sonó a las películas de los años 80, nos respondió que no sabía de qué le estábamos hablando, que él vivía en Caballito y además no le gustaba el cine.

Caminamos unos metros junto a él hasta Rivadavia.

Queríamos retenerlo un poco más. Nos negábamos a creer que era un hombre común y corriente, y ni siquiera teníamos una cámara de fotos para retratar el momento.

El actor estiró la mano para detener un taxi y, de pronto Darío, con la voz del teniente Frank Ochoa, expuso:

—Usted trabaja en una firma que tiene muchas sucursales. Haga que lo trasladen a otra ciudad y yo tiraré el revólver al río. ¿Señor Kersey, me entiende usted? Queremos que se vaya de Nueva York para siempre.

Se hizo un silencio incómodo. ¿Qué iba a decir Bronson, si es el parlamento con el que Ochoa le hace saber a Kersey que al fin lo ha descubierto y puede mandarlo a la cárcel?

Quise intervenir diciendo todo lo contrario, que lo queríamos en nuestro barrio, verlo seguido en Las Violetas, pero Darío, con un gesto ampuloso a lo Leonardo Favio me indicó que no hiciera nada.

Charles Bronson subió al taxi.

Desolado, yo esperaba una señal. El semáforo en rojo era lo único que demoraba el final de nuestra ilusión.

Bronson bajó la ventanilla del auto y dijo:

—Inspector Lavia, me iré a la puesta del sol.

El amarillo preludió la luz verde, y el taxi arrancó arando.

Con mi mano sobre la edición ya impresa de Shock TV, juro que se oía la música de Herbie Hancok cuando el taxi avanzó por Rivadavia y cruzó Medrano, directo hacia Chicago.

  • José María Marcos
    Marcos, José María

    José María Marcos (Uribelarrea, provincia de Buenos Aires, 1974) es escritor, periodista y editor.

    Publicó las novelas Recuerdos parásitos (2007) y Muerde muertos (2012), en coautoría con Carlos Marcos; las nouvelles El hámster dorado (2014), Monstruos de pueblo chico (2015) y Frikis mortis (2016), dedicadas al público infantil y juvenil; el poemario Haikus Bilardo (2014), con Fernando Figueras; y los libros de cuentos Los fantasmas siempre tienen hambre (2010) y Desatormentándonos (2020). Magíster en Periodismo y Medios de Comunicación (Universidad Nacional de La Plata), dirige el semanario La Palabra de Ezeiza—fundado en 1994— y el sello Muerde Muertos, creado en 2010 junto a Carlos Marcos.