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Año 6 #67 Mayo 2020

Poemas del otro Machado

Hermano de Antonio, Manuel Machado tuvo una musa distinta de la del grave can­tor que, décadas después, sería canción. Manuel cantó a los toros, a la guitarra, al «cante jondo». Poseía toda la gracia sevillana destilada en poesía.

El mal poema
(1909)

 RETRATO

Esta es mi cara y ésta es mi alma. Leed:
Unos ojos de hastío y una boca de sed…
Lo demás… Nada… Vida… Cosas… Lo que se sabe…
Calaveradas, amoríos… Nada grave.
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía…
¿Vicios? Todos. Ninguno… Jugador, no lo he sido:

no gozo lo ganado ni siento lo perdido.
Bebo, por no negar mi tierra de Sevilla,
media docena de cañas de manzanilla.
Las mujeres…, sin ser un Tenorio —¡eso, no!—,
tengo una que me quiere y otra a quien quiero yo.

Me acuso de no amar sino muy vagamente
una porción de cosas que encantan a la gente…
La agilidad, el tino, la gracia, la destreza;
más que la voluntad, la fuerza y la grandeza…
Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero,
a lo helénico y puro, lo chic y lo torero.
Un destello de sol y una risa oportuna
amo más que las languideces de la luna.
Medio gitano y medio parisién —dice el vulgo—,
con Montmartre y con la Macarena comulgo…
Y, antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero.

Es tarde… Voy de prisa por la vida. Y mi risa
es alegre, aunque no niego que llevo prisa.

 

PRÓLOGO-EPÍLOGO

El médico me manda no escribir más. Renuncio,
pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’ Annunzio
—¡no que no!—, por la paz de un reposo perfecto,
contento de haber sido el vate predilecto
de algunas damas y de no pocos galanes,
que hallaron en mis versos —Ineses y Donjuanes—
la novedad de ciertas amables languideces
y la ágil propulsión de la vida, otras veces,
hacia el amor de la Belleza, sobre todo,
alegre, y ni moral ni inmoral, a mi modo.
Tal me dicen que fui para ellos. Y tal
debí de ser. Nosotros nos conocemos mal
los artistas… Sabemos tan poco de nosotros,
que lo mejor tal vez nos lo dicen los otros…

Ello es que se acabó… ¿Por siempre?... ¿Por ahora?...
En nuestra buena tierra, la pobre Musa llora
por los rincones, como una antigua querida
abandonada, y ojerosa y mal ceñida,
rodeada de cosas feas y de tristeza
que hacen huir la rima y el ritmo y la belleza.
En un pobre país viejo y semisalvaje,
mal de alma y de cuerpo y de facha y de traje,
lleno de un egoísmo antiartístico y pobre
—los más ricos apilan Himalayas de cobre,
y entre tanto cacique tremendo, ¡qué demonio!,
no se ha visto un Mecenas, un Lúculo, un Petronio—,
no vive el Arte… O, mejor dicho, el Arte,
mendigo, emigra con la música a otra aparte.

Luego, la juventud que se va, que se ha ido,
harta de ver venir lo que, al fin, no ha venido.
La gloria, que, tocada, es nada, disipada…
Y el Amor, que, después de serlo todo, es nada.
¡Oh la célebre lucha con la dulce enemiga!
La mujer —ideal y animal—, la que obliga
—gata y ángel— a ser feroz y tierno, a ser
eso tremendo y frívolo que quiere la mujer…
Pecadora, traidora y santa y heroína,
que ama las nubes, y el dolor, y la cocina.
Buena, peor, sencilla y loca e inquietante,
tan significativa, tan insignificante…
En mí, hasta no adorarla la indignación no llega;
y, al hablar del juguete que con nosotros juega,
lo hago sin gran rencor, que, al cabo, es la mujer
el único enemigo que no quiere vencer.

A mí no me fue mal. Amé y me amaron. Digo…
Ellas fueron piadosas y espléndidas conmigo,
que les pedí hermosura, nada más, y ternura,
y en sus senos divinos me embriagué de hermosura…
Sabiendo, por los padres del Concilio de Trento,
lo que hay en ellas de alma, me he dado por contento.
La mecha de mi frente va siendo gris. Y aunque esto
me da cierta elegancia süave, por supuesto,
no soy, como fui antes, caballero esforzado
y en el campo de plumas de Amor el gran soldado.

Resumen: que razono mi “adiós”, seme figura,
por quitarle a la sola palabra su amargura;
porque España no puede mantener sus artistas,
porque ya no soy joven, aunque aun paso revistas,
y porque —ya lo dice el doctor—, porque, en suma,
es mi sangre la que destila por mi pluma.

 

CUALQUIERA CANTA UN CANTAR

Hasta que el pueblo las canta,
las coplas, coplas no son;
y cuando las canta el pueblo,
ya nadie sabe el autor.

Tal es la gloria, Guillén,
de los que escriben cantares:
oír decir a la gente
que no los ha escrito nadie.

Procura tú que tus coplas
vayan al pueblo a parar,
aunque dejen de ser tuyas
para ser de los demás.

Que, al fundir el corazón
en el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.

 

Ars Moriendi
1922

 I
Morir es… Una flor hay, en el sueño
—que, al despertar, no está ya en nuestras manos—,
de aromas y colores imposibles…
Y un día sin aurora la cortamos.

II
Dichoso es el que olvida
el porqué del viaje
y, en la estrella, en la flor, en el celaje,
deja su alma prendida.

III
Y yo había dicho: “¡Vive!”
Es decir: ama y besa,
escucha, mira, toca,
embriágate y sueña…

Y ahora suspiro: “¡Muere!”

Es decir: calla, ciega,
abstente, para, olvida,
resígnate… y espera.

 IV
Era un agua que se secó,
un aroma que se esfumó,
una lumbre que se apagó…
Y ya es sólo la aridez,
la insipidez,
la hez…

V
La vida se aparece como un sueño
en nuestra infancia… Luego despertamos
a verla, y caminamos
el encanto buscándole risueño
que primero soñamos;
…y, como no lo hallamos,
buscándolo seguimos,
hasta que para siempre nos dormimos.

VI
¡Y Ella viene siempre! Desde que nacemos,
su paso, lejano o próximo, huella
el mismo sendero por donde corremos
hasta dar con Ella.

VII
Lleno estoy de sospechas de verdades
que no me sirven ya para la vida,
pero que me preparan dulcemente
a bien morir…

VIII
Mi pensamiento, como un sol ardiente,
ha cegado mi espíritu y secado
mi corazón…

IX
El cuerpo joven, pero el alma helada,

Sé que voy a morir, porque no amo
ya nada.

 

DOLIENTES MADRIGALES

I
Por una de esas raras flexiones
de la luz, que los físicos
explicarán llenando
de fórmulas un libro…
Mirándome las manos
—como hacen los enfermos de continuo—,
veo en la faceta de un diamante, en una
faceta del diamante de mi anillo,
reflejarse tu cara, mientras piensas
que divago o medito
o sueño… He descubierto,
por azar, este medio tan sencillo
de verte y ver tu corazón, que es otro
diamante puro y limpio.
Cuando me muera, déjame
en el dedo este anillo.

II
Estoy muy mal… Sonrío
porque el desprecio del dolor me asiste,
porque aun miro lo bello en torno mío
y… por lo triste que es el estar triste.
Pero ya la fontana
del sentimiento mana
tan lenta y silenciosa, que su canto,
sonoro, otrora, como risa, es llanto.

III
Guardo, entre mis tesoros de cordura,
la nostalgia febril de la locura,
como gaje de ayer… para un mañana
que no ha de venir ya.

Mustia, que me recuerda la lozana
primavera y la risa entre la grana
de los labios… Fontana de ternura
que se ha secado ya.

Y así, no es mío el canto, sino el cuento
—que “ayer” nos da tan sólo el argumento—;
y la canción es cosa para el día,
que ha declinado ya.

Ha llenado la noche el alma mía
y la sombra ha ahuyentado a la poesía…
Porque ya el día suspirado siento
que no amanecerá.

 

EL POETA DE ADELFAS DICE, AL FIN…

Ya el pobre corazón eligió su camino.
Ya a los vientos no oscila, ya a las olas no cede,
al azar no suspira ni se entrega al Destino…
Ahora sabe querer, y quiere lo que puede.
Renunció al imposible y al sin querer divino.

 

MORIR, DORMIR…

“Hijo, para descansar,
es necesario dormir,
no pensar,
no sentir,
no soñar…”

”Madre, para descansar,
morir.”

 

  • Manuel Machado
    Machado, Manuel

    Manuel Machado Ruiz (1874-1947) poeta español, nació en Sevilla, el 29 de agosto de 1874. Hijo de un folclorista sevillano y hermano de otro poeta, Antonio Machado, marcharían juntos por las letras hasta que la guerra civil los separó.

    Sevilla quedó chica a la familia y emigraron a Madrid (1883), donde estudió Filosofía y Letras; sin embargo, la impronta andaluza ya lo había marcado a fuego. En 1897 obtuvo su Licenciatura y se trasladó a Paris donde trabajó como traductor de Casa Garnier.

    Regresa a Madrid, publica sus primeras poesías y crea varias revistas literarias. Dirige la Hemeroteca y Museo Municipal y colabora en periódicos de Europa y América.

    Integra la Real Academia Española (1938), y junto a Antonio escribe La Lola se va a los Puertos, su obra cumbre teatral, llevada luego al cine. Otras obras de los hermanos fueron: La duquesa de Benamejí, La prima Fernanda, Juan de Muñara, Las adelfas, El hombre que murió en la guerra y Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel.

    Luego la política los distancia, pero sus obras conservan un paralelismo. En Adelfos, poesía de Manuel, hay una bella autobiografía que remite a Retratos, de Antonio, ambas de versos alejandrinos, ambas con serventesios. También La saeta los hermana, más conocida la de Antonio, popularizada por Serrat.

    Las guerras siempre son entre hermanos, pero nunca como la Civil Española entre los Machado. Ella los distanció, pero nunca borró el común origen que cada uno expresa.

    Manuel publicaría en honor a Franco, Al sable del Caudillo (1939), y quedaría atado al régimen represor. Se arrepentiría especialmente del error, al conocer la muerte de su madre y hermano en el exilio francés.

    Murió el 19 de enero de 1947 dejando una obra de calidad injustamente opacada por su ideología política, especialmente en la creación de obras inspiradas en el cante flamenco o cante jondo. En coplas, seguidillas y soleares vuelca su talento, e innova con las soleariyas (un verso central desproporcionado en sílabas).

    De verso espontáneo y chispeante su lenguaje es a veces grandilocuente y evoca a Verlaine y Rubén Darío.

    Otras obras:

    • Cadencias de Cadencias
    • Horario
    • Antífona
    • Cantares
    • Cante Hondo
    • Chouette
    • Desnudos de mujer
    • Dolientes madrigales
    • La copla
    • Las mujeres de Romero de Torres
    • Ocaso
    • Sandro Boticelli
    • Sé buena, es el secreto
    • ¿Te acuerdas?
    • Verano