facebook
Menu

Año 6 #67 Mayo 2020

El encanto

“El encanto”, como suele pasar con los relatos tradicionales y especialmente en los orientales, tiene diversas interpretaciones. Las texturas oníricas o fantásticas desconocen la predecible rutina de la aritmética y permiten (como algunos escenarios de la Física) ser y nos ser al mismo tiempo.

El encanto

 

Este cuento es de la época de la dinastía Tang: Siglos VII-X.

Chienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y apuesto. Habían crecido juntos y, como el señor Chang Yi quería mucho al muchacho, dijo que lo aceptaría de yerno. Ambos escucharon la promesa, y como estaban siempre juntos, el amor aumentó día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre no lo advirtió. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija y el señor Chang Yi, olvidando su antigua promesa, consintió.

Chienniang, debiendo elegir entre el amor y el respeto que le debía a su padre, estuvo a punto de morir de pena. El joven estaba tan despechado que decidió abandonar el país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y le comunicó a su tío que debía marchar a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero, regalos, y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, pasó cavilando todo el tiempo de la fiesta, diciéndose que era mejor partir y no empeñarse en un amor imposible.

Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran, pero por más que se esforzó no pudo conciliar el sueño. Hacia la medianoche, oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó:

—¿Quién anda ahí a estas horas de la noche?

—Soy yo, soy Chienniang.

Sorprendido y feliz, Wang Chu la hizo entrar a la embarcación. Ella le dijo que el padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También ella había temido que Wang Chu, en su desesperación, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la cólera de los padres y la reprobación de la gente y había venido para seguirlo a donde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.

Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaban noticias de la familia y Chienniang pensaba cada vez más en su padre. Esa era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no, y una noche le confió a Wang Chu su pena.

—Eres una buena hija —dijo él—, ya han pasado cinco años y se les debe de haber pasado el enojo. Volvamos a casa.

Chienniang se regocijó y se aprestaron a regresar con los niños.

Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Chienniang:

—No sabemos cómo encontraremos a tus padres. Déjame ir antes a averiguarlo.

Al divisar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:

—¿De qué hablas? Hace cinco años Chienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.

—No comprendo —dijo Wang Chu—, ella está perfectamente sana y nos espera a bordo.

Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Chienniang.

La encontraron sentada en la embarcación bien ataviada y contenta. Maravillada, las doncellas volvieron y aumentó el asombro de Chang Yi.

Entretanto, la enferma había oído las noticias y parecía haberse curado: sus ojos brillaban con una nueva luz. Abandonó el lecho y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra se dirigió a la embarcación.

La que estaba a bordo iba hacia la casa: se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y solo quedó una Chienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.

Por más de cuarenta años, Wang Chu y Chienniang vivieron juntos y fueron felices.

  • Anónimo
    Anónimo

    Había una vez... un imaginario colectivo

    Un elemento decisivo en la conformación del individuo y, por lo tanto de los pueblos en sí, son los cuentos tradicionales, esos que a los más afortunados nos contaban nuestras abuelas o nuestras madres cuando pequeños y que en las últimas décadas fueron suplantados y/o compensados progresivamente por los dibujos animados y las historietas. Historias de fantasía y heroísmo, con héroes y villanos, brujas y hadas, animales parlanchines y demonios perversos que imponen pruebas imposibles; los cuentos tradicionales dejan su marca tan indeleble como transparente en la conciencia de los pueblos. Cada cultura posee un imaginario que la define y a cada imaginario le corresponden sus propias historias...