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Año 6 #67 Mayo 2020

Quinteto para clarinete

El Quinteto para clarinete y cuarteto de cuerdas en si menor (conocido como Quinteto para clarinete), op. 115, es una obra de cámara compuesta por Johannes Brahms en 1891 para el clarinetista Richard Mühlfeld.

La obra se interpretó por primera vez en una sesión privada el 24 de noviembre de 1891 en Meiningen, con Richard Mühlfeld y el Cuarteto Joachim, dirigido por Joseph Joachim. El estreno se realizó en Berlín el 12 de diciembre del mismo año. Esa noche el público quedó tan entusiasmado que fue necesario repetir el segundo movimiento.1​ Siguieron representaciones en toda Europa, incluyendo Londres y Viena, con el ensemble original y con otros conjuntos.

El quinteto para clarinete es una de las piezas de cámara más reconocidas de Brahms. Geiringer la describe como "una perla entre sus obras de cámara" y "una obra de retrospección, una despedida. Escenas del pasado, glorias y penas, anhelos y esperanza, se muestran ante el maestro, que las expresa una vez más con tonos delicadamente contenidos y melancólicos"

Clarinet quintet B minor Op. 115

El quinteto está escrito para un clarinete y un cuarteto de cuerdas (2 violines, viola y chelo) y está dividido en cuatro movimientos: Allegro, Adagio, Andantino y Con moto

Zemlinsky Quartet:

Frantisek Soucek, violin

Petr Strizek, violin

Petr Holman, viola

Vladimir Fortin, cello

Jan Mach, clarinet

Festival Wissembourg, 21de Agosto de 2017

  • Johannes Brahms
    Brahms, Johannes

    Johannes Brahms (Hamburgo, 1833-Viena, 1897) es un notable compositor alemán. En una época en que la división entre partidarios y detractores de Richard Wagner llegó a su grado más alto, la figura de Brahms encarnó para muchos de sus contemporáneos el ideal de una música continuadora de la tradición clásica y de la primera generación romántica, opuesta a los excesos y las megalomanías wagnerianos.

    No por ello cabe considerarlo un músico conservador: como bien demostró en las primeras décadas del siglo XX un compositor como Arnold Schönberg, la obra del maestro de Hamburgo se situaba mucho más allá de la mera continuación de unos modelos y unas formas dados, para presentarse cargada de posibilidades de futuro. Su original concepción de la variación, por ejemplo, sería asimilada provechosamente por los músicos de la Segunda Escuela de Viena.

    Respetado en su tiempo como uno de los más grandes compositores y considerado a la misma altura que Bach y Beethoven, con los que forma las tres míticas «B» de la historia de la música, Brahms nació en el seno de una modesta familia en la que el padre se ganaba la vida tocando en tabernas y cervecerías. Músico precoz, el pequeño Johannes empezó pronto a acompañar a su progenitor al violín interpretando música de baile y las melodías entonces de moda.

    Al mismo tiempo estudiaba teoría musical y piano, primero con Otto Cossel y más tarde con Eduard Marxsen, un gran profesor que supo ver en su joven alumno un talento excepcional, mucho antes de que éste escribiera su Opus 1. Marxsen le proporcionó una rigurosa formación técnica basada en los clásicos, inculcándole también la pasión por el trabajo disciplinado, algo que Brahms conservó toda su vida: a diferencia de algunos de sus contemporáneos que explotaron la idea del artista llevado del arrebato de la inspiración y del genio, el creador del Réquiem alemán dio siempre prioridad especial a la disciplina, el orden y la mesura.

    Excelente pianista, se presentó en público el 21 de septiembre de 1848 en su ciudad natal con gran éxito, pese a que, más que la interpretación, su verdadera vocación era la composición. En el arduo camino que siguió hasta alcanzar tal meta, Marxsen constituyó un primer eslabón, pero el segundo y quizá más importante fue Robert Schumann. Tras una corta estancia en Weimar, ciudad en la que conoció a Franz Liszt, Brahms se trasladó a Düsseldorf, donde entabló contacto con Schumann, quien quedó sorprendido ante las innegables dotes del joven artista. La amistad entre ambos, así como entre el compositor y la esposa del autor de Manfred, se mantuvo durante toda su vida.

    Siguiendo los pasos de Beethoven, en 1869 Brahms fijó su residencia en Viena, capital musical de Europa desde los tiempos de Mozart y Joseph Haydn. Allí se consolidó su personal estilo, que, desde unos iniciales planteamientos influidos por la lectura de los grandes de la literatura romántica alemana y cercanos a la estética de Schumann, derivó hacia un posicionamiento más clásico que buscaba sus modelos en la tradición de los clásicos vieneses y en la pureza y austeridad de Bach.

    Brahms, que al principio de su carrera se había centrado casi exclusivamente en la producción pianística, abordó entonces las grandes formas instrumentales, como sinfonías, cuartetos y quintetos, obras todas ellas reveladoras de un profundo conocimiento de la construcción formal. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, y al igual que su rival, Anton Bruckner, fue partidario de la música abstracta y nunca abordó ni el poema sinfónico ni la ópera o el drama musical. Donde se advierte más claramente su inspiración romántica es en sus numerosas colecciones de lieder. En el resto de su producción, de una gran austeridad y nobleza de expresión, eludió siempre cualquier confesión personal.

    Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Johannes Brahms.