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Año 6 #65 Marzo 2020

Memoria del subsuelo

Dostoievski es, sin duda, un autor insoslayable. Presentamos aquí un fragmento de una obra que ha trascendido, vital y profunda, más de un siglo.

 

Memoria del subsuelo

Ni falta hace decir que tanto estas Memorias como su autor son ficticios. No obstante, gente como el autor de estas memorias puede existir en nuestra sociedad, y en verdad existe, si pensamos en las circunstancias en que ésta se ha formado. Mi deseo fue mostrar al público un personaje del pasado reciente con más claridad de lo que por lo general se hace. Pertenece a la generación que ahora está terminando sus días. En el fragmento intitulado La ratonera, este hombre se presenta y expone sus puntos de vista, a la vez que trata de explicar por qué apareció en nuestro medio, y por qué no podía dejar de aparecer en él. El fragmento siguiente está compuesto de las verdaderas “memorias” de ese hombre, vinculadas con ciertos acontecimientos de su vida.

PRIMERA PARTE

LA RATONERA

I

Soy un enfermo... un hombre malo. No hay nada de atrayente en mí. Creo que mi hígado anda mal, pero en verdad no sé absolutamente nada acerca de mi dolencia; ni siquiera estoy muy seguro de cuál es. No estoy bajo tratamiento, y nunca lo estuve, aunque siento gran respeto por la medicina y los médicos. Además, soy mórbidamente supersticioso, por lo menos lo bastante para respetar a la medicina. Dada mi educación, no debería ser supersticioso, pero lo soy. No, yo diría que rechazo la ayuda médica nada más que por espíritu de contradicción. No espero que entiendan esto, pero así es. Por supuesto, no puedo explicar a quién trato de engañar de esta manera. Tengo plena conciencia de que no me es posible perjudicar a los médicos impidiendo que me curen. Sé muy bien que el perjudicado soy yo, y nadie más. Pero de cualquier manera, sólo por malicia me niego a aceptar su ayuda. ¿Me duele el hígado? ¡Magnífico, que siga doliendo!

Hace mucho tiempo que vivo así, veinte años, o más. Ahora tengo cuarenta. Antes era empleado del gobierno, pero ya no. Era un mal funcionario, grosero, y me complacía serlo. Como no aceptaba sobornos, tenía que compensarlo de alguna manera. (Ésta es una pésima muestra de ingenio, pero no la borraré ahora. La escribí pensando que parecería muy chistosa; pero ahora me doy cuenta de que es una jactancia vulgar, de modo que la dejaré sólo por ese motivo.)

Cuando los peticionantes se acercaban a mi escritorio en procura de información, les mostraba los dientes, y me sentía indescriptiblemente dichoso cuando lograba que uno de ellos se sintiera desdichado. Por lo general eran personas tímidas, pues iban a pedir algo. Pero uno de ellos constituía una excepción a la regla. Era un oficial, y yo experimentaba una particular repugnancia hacia él. No se dejaba amedrentar. Tenía una forma especial de hacer tintinear el sable. Desagradable. Durante dieciocho meses le hice la guerra en relación con ese sable. A la postre triunfé, y conseguí que no hiciera más ruido. Pero todo esto sucedió cuando yo era todavía joven. ¿Quieren que les diga qué pasaba en verdad? Bueno, el centro del asunto, el aspecto más repulsivo de mi maldad, era que, cuando estaba en mi peor humor hepático, tenía conciencia de que en verdad no era tan perverso, ni tan colérico, y que no hacía más que pasar el rato, por decirlo así, para distraerme. Puede que estuviera echando espumarajos de furia, pero si uno me traía una muñeca para jugar, o me ofrecía una buena taza de té con azúcar, lo más probable era que me calmara. E inclusive me sentía profundamente conmovido, aunque enojado conmigo mismo; y más tarde hacía rechinar los dientes y perdía el sueño durante varios meses. Así era yo.

Hace un momento mentí, cuando dije que fui un mal funcionario. Y mentí por malicia. Me divertía a costa de los peticionantes y de ese oficial, pero en el fondo nunca pude ser malo. Conocía los numerosos elementos que había en mí, y que eran lo contrario de la maldad. Sentía que bullían en mí desde toda la vida, que trataban de salir a la superficie, pero yo les impedía hacerlo. Me atormentaban, me provocaban vergüenza y convulsiones, y me tenían harto. ¡Ah, qué cansado estaba de ellos! ¿Les parece que estoy tratando de justificarme, de pedirles que me perdonen? No me cabe duda de que piensan eso... Bueno, créanme, no me importa que piensen así.

No conseguía ser malo, pero tampoco amistoso, ni infame, ni honrado, ni un héroe, ni un insecto. Y ahora vivo mi vida en un rincón, trato de consolarme con la estúpida, inútil excusa de que un hombre inteligente no puede convertirse en nada, de que sólo un tonto puede hacer consigo lo que quiera. Es verdad que un hombre inteligente del siglo diecinueve tiene que ser una criatura invertebrada, en tanto que un hombre de carácter, el hombre de acción, es, en la mayoría de los casos, una persona de inteligencia limitada. Ésta es mi convicción a los cuarenta años de edad. Ahora tengo cuarenta, y cuarenta años es toda una vida; cuarenta años es la vejez. ¡Es indecente, vulgar e inmoral vivir más allá de los cuarenta! ¿Quién lo logra? Contéstenme con sinceridad. O déjenme que conteste yo: los tontos y los inútiles. Esto lo repetiré en la cara de cualquiera de esos venerables patriarcas, de todos esos respetables hombres canosos, para que lo escuche todo el mundo. Y tengo derecho a decirlo, porque yo viviré hasta los sesenta. ¡Hasta los setenta! ¡Llegaré a los ochenta...! Esperen, déjenme recobrar el aliento...

¿Piensan que estoy tratando de hacerles reír? Entonces han vuelto a entenderme mal. No soy en modo alguno el tipo alegre que creen, o que podrían creer que soy. Pero si les irrita mi parloteo (y siento que ya debe molestarles), y tienen ganas de preguntarme quién diablos soy al fin de cuentas, tendré que contestar que soy un asesor colegiado, empleado de octava clase. Entré en el servicio para poder comer (y sólo por eso). Pero cuando murió un pariente lejano, dejándome seis mil rublos, renuncié en el acto y me instalé aquí, en mi rincón. He vivido aquí aun antes de eso, pero ahora estoy establecido de verdad. Mi habitación es miserable y fea, y se encuentra en las afueras de la ciudad. La criada es una campesina, mala por pura estupidez; además, siempre huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo es malo para mí y que, dado lo escaso de mis ingresos, resulta un lugar muy caro. Todo eso lo sé. Lo sé mejor que todos mis presuntos consejeros. ¡Pero me quedaré en Petersburgo! ¡No me iré! No me iré porque...

Ah, tanto da que me quede o me vaya.

Y, en definitiva, ¿cuál es el tema del que más le gusta hablar a un hombre honrado? El de sí mismo, por supuesto. Hablaré, entonces, de mí.

II

Y ahora quiero decirles, damas y caballeros, les guste o no, por qué ni siquiera pude convertirme en un insecto. Ante todo, debo declarar con toda solemnidad que muchas veces traté de llegar a serlo. Pero aun eso estaba fuera de mi alcance. Juro que una lucidez demasiado grande es una enfermedad, una enfermedad total y completa. Para las necesidades cotidianas, la conciencia de la persona corriente es más que suficiente, y representa más o menos la mitad o la cuarta parte de la del desdichado intelectual del siglo diecinueve, en especial si éste tiene la desgracia de vivir en Petersburgo, la ciudad más abstracta y premeditada de la tierra (hay ciudades premeditadas y otras no premeditadas). El grado de conciencia de que disponen lo que podría denominarse las personas espontáneas y los hombres de acción es suficiente. Apuesto a que creen que digo esto nada más que para burlarme de los hombres de acción, y que este tipo de jactancia es de tan mal gusto como el ruido del sable del oficial que mencioné antes. Pero yo les pregunto: ¿quién puede sentir placer en exhibir su enfermedad, e inclusive enorgullecerse de ella?

Pensándolo mejor, diré que eso lo hacen todos. La gente se complace con sus defectos, y yo quizá más que nadie. De modo que no discutamos; admito que mi argumentación es ridícula. Pero aun así afirmaré que no sólo es una enfermedad el exceso de lucidez, sino cualquier proporción de ésta. Lo aseguro. Pero dejemos también esto por un momento. Y ahora permítanme que les diga lo siguiente: ¿por qué es que cuando más capaz me sentía de ser conciente de todos los refinamientos de “lo bueno y lo bello”, como se decía antes, había momentos en que perdía mi conciencia de ello y hacía cosas tan feas, cosas que quizás hacen todos, pero que yo hacía precisamente en las ocasiones en que más cuenta me daba de que no debían hacerse?

Cuanta más conciencia tenía de “lo bueno y lo bello”, más profundamente me hundía en el fango, y más probable era que siguiera encenagado. Pero lo que más me llamaba la atención era el sentimiento de que en mi caso eso no era accidental, de que así debía ser, como si se tratara de mi estado normal, y no de una enfermedad o depravación. Al final casi llegué a creer (y es posible que hasta lo creyera del todo) que era en verdad mi estado normal.

Pero al principio, ¡qué tormentos sufrí en esa lucha interior! No creo que hubiera otros que pasaran por todo eso, de forma que lo mantuve en secreto durante toda la vida. Me avergonzaba (y quizás ahora siga avergonzándome). Llegué a un punto en que experimentaba cierto pequeño placer secreto, malsano, bajo, en volver a arrastrarme hasta mi agujero después de alguna noche desagradable en Petersburgo, y en obligarme a pensar que había vuelto a hacer algo sucio, y que la cosa no tenía remedio. Y por dentro me mordía, me desgarraba, me corroía, hasta que la amargura se convertía en una dulzura vergonzosa, maldita, y al final, en un gran placer indiscutible. ¡Sí, sí, decididamente un placer! ¡Lo digo en serio! Por eso empecé con este tema: quería descubrir si otros experimentan también ese tipo de placer. Me explicaré: encontraba placer precisamente en la cegadora certeza de mi degradación. Y porque sentía que ya estaba contra la pared; porque eso era horrible pero no podía ser de otro modo; porque no había salida y ya no era posible convertirme en una persona distinta; porque aunque todavía hubiera tiempo y fe suficientes para cambiar, no querría hacerlo; y porque aunque lo quisiera, de cualquier modo no habría hecho nada, porque en realidad no existía alternativa alguna. Por último, el punto más importante es el de que hay una serie de leyes fundamentales a las cuales está sometida la conciencia madura, por lo cual no es posible cambiarse, ni hacer nada en ese sentido. Y así, como resultado de esa conciencia madura, un hombre siente que está bien ser un canalla, siempre que sepa que lo es... como si eso pudiera ser un consuelo. Pero basta... ¡Ah, cuántas palabras! ¿Y qué he explicado? ¿Cuál es la explicación de ese placer? ¡Pero ya lo aclararé! ¡Llegaré hasta el final! Para eso he tomado la pluma.

Yo, por ejemplo, soy espantosamente sensible. Soy suspicaz y me ofendo con facilidad, como un enano o un jorobado. Pero creo que hubo momentos en que me habría gustado que me abofetearan. Lo digo con toda seriedad; también eso me habría proporcionado placer. Por supuesto, habría sido el placer de la desesperación. Pero es que en la desesperación encontramos el placer más agudo, en particular cuando tenemos conciencia de lo desesperado de la situación. Y cuando a uno lo abofetean, pues lo más probable es que se sienta aplastado porque se da cuenta de que ha sido convertido en papilla. Pero lo fundamental es que, por donde se lo mire, siempre me sentí culpable, y lo más enojoso es que era culpable sin culpabilidad, en virtud de las leyes de la naturaleza. Así, por empezar, soy culpable de ser más inteligente que todos los que me rodean. (Siempre lo sentí así, y, créanme, a veces me ha pesado sobre la conciencia. Nunca, en toda mi vida, pude mirar a la gente directamente a los ojos; siempre experimento la necesidad de volver la cara.) Además, también soy culpable porque, aunque hubiese habido en mí algún sentimiento de perdón, ello no habría hecho otra cosa que aumentar mi tortura, porque habría tenido conciencia de su inutilidad. Sin duda me hubiera resultado imposible hacer nada con mi perdón: no me habría podido perdonar porque el ofensor, al abofetearme, hubiese obedecido simplemente a las leyes de la naturaleza, y no tiene sentido perdonar a las leyes de la naturaleza. Pero tampoco habría podido olvidarme de ello, porque en resumidas cuentas es humillante. Por último, aunque no hubiera querido perdonar, sino, por el contrario, deseado vengarme del ofensor, no me hubiese resultado posible hacerlo, pues lo más probable es que no me atreviera a hacer nada en ese sentido, aunque hubiese podido hacer algo. ¿Por qué no me habría atrevido? Bien, tengo especial interés en decir unas palabras en ese sentido.

III

Veamos cómo suceden las cosas en el caso de las personas que son capaces de vengarse y, en general, de cuidarse. Cuando se apodera de ellas el deseo de venganza, quedan vacías, durante un tiempo, de todo otro sentimiento. Un caballero de esos arremete hacia adelante, los cuernos horizontales, como un toro enfurecido, y nada lo detiene hasta que tropieza contra una pared de piedra. (Hablando de paredes, es preciso hacer notar que la gente espontánea y los hombres de acción sienten por ellas un sincero respeto. Para personas como ésas, una pared no representa un desafío, como lo es para individuos como usted y como yo, que pensamos y por lo tanto no hacemos nada. No es una excusa para retroceder, una excusa en la cual los de nuestra especie en realidad no creen, aunque siempre nos parezca bienvenida. No, el respeto de ellos es sincero. La pared les produce un efecto calmante; es como si solucionara un problema moral; es algo definitivo, y quizás hasta místico... Pero más tarde volveremos a las paredes.)

En mi opinión, uno de esos hombres espontáneos —el hombre real, normal— es el que satisface los deseos de su tierna madre, la naturaleza, que con tanto amor lo creó en esta tierra. A hombres como esos les tengo envidia. La envidia me llena de bilis. Son estúpidos, no lo discutiré, pero quizás un hombre normal tenga que ser estúpido. ¿Por qué habríamos de creer que no? Quizás ésa sea la gran belleza del asunto. Y lo que más me lleva a sospecharlo es que si tomamos la antítesis de un hombre normal, el hombre de conciencia madura, que es un producto de tubo de ensayo antes que un hijo de la naturaleza (esto es casi misticismo, mis amigos, pero tengo la sensación de que es verdad), descubrimos que ese hombre de tubo de ensayo se encuentra tan sometido por su antítesis que se considera —con conciencia madura y todo— un ratón y no un hombre. Por consiguiente, aunque sea un ratón de conciencia madura, es, sin embargo, ratón, en tanto que el otro es hombre. Ya ven. Y lo que es más, él mismo se considera un ratón; nadie le pide que lo haga. Éste es un punto de suma importancia.

Y ahora contemplamos a ese ratón en acción. Supongamos que ha sido humillado (constantemente se lo humilla), y que desea vengarse. También es posible que en él se haya acumulado más rencor que en l’homme de la nature et de la vérité. El mezquino, despreciable y repugnante deseo de saldar cuentas con el ofensor puede chillar en forma más desagradable en el ratón que en el hombre natural, quien, a causa de su estupidez innata, entiende que la venganza no es más que justicia; en tanto que el ratón, con su conciencia madura, está obligado a negar la justicia del sentimiento vengativo. Y ahora llegamos al acto de venganza. Además de haber sido deshonrado al comienzo, el pobre ratón consigue encenagarse más profundamente a consecuencia de sus interrogantes y sus dudas. Y cada interrogante hace nacer tantas otras preguntas no contestadas, que se forma un estanque fatal de fango pegajoso, compuesto de las dudas y tormentos del ratón, así como de los salivazos que le dirigen los hombres prácticos, de acción, que lo rodean como jueces y dictadores, y que se ríen de él hasta más no poder. Por supuesto, lo único que le queda por hacer al ratón es encoger sus flacos hombros y, fingiendo una sonrisa de desprecio, escurrirse ignominiosamente dentro de su ratonera. Y allí, en su cueva repulsiva y maloliente, el ratón pisoteado y ridiculizado se hunde en un odio frío, ponzoñoso y —lo que es más importante— eterno. Durante cuarenta años recordará la humillación en todos sus abominables detalles, y en cada ocasión agregará otro punto, más abyecto aún, y se atormentará y torturará sin tregua. Aunque avergonzado de sus pensamientos, el ratón lo recordará todo, lo repasará una y otra vez, y luego pensará posibles humillaciones adicionales. Y hasta es posible que trate de vengarse, pero lo hará de a rachas, con mezquindad, a escondidas, de manera anónima, en la duda de que su venganza sea justa, de que logre llevarla a cabo, y con el sentimiento de que, a consecuencia de ella, se hará a sí mismo cien veces más daño del que consiga hacer al objeto de su venganza, a quien probablemente no le produzca siquiera una picazón lo bastante intensa como para obligarlo a rascarse. Después, en su lecho de muerte, el ratón volverá a recordarlo todo, con los intereses acumulados, y...

Pero precisamente esa mezcla fría y enfermiza de esperanza y desesperación; ese deliberado refugiarse en una tumba bajo el piso, durante todos estos años; esta desesperanza artificialmente inducida, de la cual todavía no estoy convencido del todo; este veneno de deseos frustrados vueltos hacia adentro; esta afiebrada vacilación; las decisiones definitivas, seguidas, un minuto después, por arrepentimientos: todo esto es la médula del extraño placer que antes mencioné. Y ese placer es tan sutil, tan fugaz, que hasta las personas un tanto limitadas, o las que simplemente tienen nervios fuertes, no logran entenderlo ni de lejos.

Quizá también resulte difícil de entender para quienes nunca han sido abofeteados —podrían agregar ustedes con una sonrisa de satisfacción—. Esa sería una manera cortés de sugerir que hablo como un experto porque he sido abofeteado. Apuesto a que eso es lo que piensan. Permítanme que los tranquilice, damas y caballeros: me importa un rábano lo que puedan pensar, pero en verdad nunca fui abofeteado. Sin embargo, dejemos este tema que parece interesarles tanto.

Continuaré hablando con tranquilidad sobre la gente de nervios fuertes que no puede entender los aspectos más sutiles del placer. Aunque en otras circunstancias es posible que estas personas mujan como toros furiosos y aunque ello aumente en muy alto grado su prestigio, capitulan en el acto ante lo imposible, a saber, una pared de piedra. ¿Qué pared de piedra? Pues la de las leyes de la naturaleza, por supuesto; la de las conclusiones de las ciencias naturales, de las matemáticas. Cuando han terminado de demostrarle a uno que descendemos del mono, de nada sirve fruncir la nariz; hay que aceptarlo. Son muy capaces de demostrar que una sola gota de la propia grasa tiene que ser más preciosa, si vamos al caso, que cien mil vidas humanas, y que esta conclusión es una respuesta a toda esta cháchara sobre la virtud y el deber, y otros desvaríos y supersticiones por el estilo. De modo que hay que aceptarlo como lo que es, no queda otro remedio. Es como dos y dos son cuatro. Simple aritmética. ¡Vaya uno a refutarlo!

—¡Un momento! —le gritan a uno—. ¿Por qué protesta? Dos y dos son cuatro. La naturaleza no nos pide consejo. No le interesan sus preferencias, ni si aprueba o no sus leyes. Hay que aceptarla tal como es, con todas las consecuencias que ello implica. De manera que una pared es una pared, etcétera...

¡Pero por Dios!, ¿qué me importan a mí las leyes de la naturaleza y la aritmética, si tengo mis motivos para odiarlas, incluso la que dice que dos y dos son cuatro? Es claro que si no soy lo bastante fuerte no voy a derribar la pared con la cabeza. Pero no estoy obligado a aceptar una pared de piedra sólo porque esté ahí y yo no cuente con la fuerza suficiente para derribarla.

¡Como si una pared de ésas pudiera dejarme resignado y producirme paz espiritual porque es lo mismo que dos y dos son cuatro! ¿A qué grado de estupidez se puede llegar? ¿No es mejor reconocer las paredes de piedra y las imposibilidades como son, y negarse a aceptarlas, si el sometimiento resulta demasiado insoportable? ¿No es mejor recurrir a irrefutables construcciones lógicas y llegar a las más repugnantes conclusiones sobre el eterno tema de que también uno, en cierta forma, participa de la responsabilidad por la existencia de la pared de piedra, aunque es evidente que en modo alguno tiene la culpa de ella? ¿Y luego hundirse con voluptuosidad en la inercia, rechinar los dientes en cólera impotente, incapaz de encontrar a alguien en quien desahogar la cólera y el odio, y perder la esperanza de encontrar nunca a nadie; sentir que uno ha sido engañado, defraudado, trampeado, que todo es un embrollo en el cual es imposible decir qué es qué, pero que a pesar de esa imposibilidad y ese engaño uno se siente dolorido, y que cuanto menos entiende más le duele?

IV

—¡Ja! —objetarán ustedes, sarcásticos—, de este modo pronto encontrará placer en un dolor de muelas.

—Bueno —respondería yo—, también hay placer en un dolor de muelas.

En una ocasión sufrí dolor de dientes durante todo un mes, y puedo decirles que hay placer en ello. En este caso, por supuesto, la gente no sufre en silencio. Se queja. Pero no son gemidos comunes; son maliciosos, y en esa malicia está el asunto. Las quejas expresan el placer del que sufre, pues si no gozara no gemiría. Este es un buen ejemplo de lo que quiero decir, de modo que me detendré en ello un momento. Por empezar, los gemidos expresan la humillante inutilidad del dolor, un dolor que obedece a ciertas leyes de la naturaleza de las cuales a uno le importa un bledo, porque uno es el que tiene que sufrir, y la naturaleza no siente nada. Así, los gemidos indican que, aunque no hay un enemigo, el dolor existe; que uno, junto con su dentista, está por completo a merced de sus dientes; que si eso complace a alguien, el dolor cesará, pero en caso contrario puede continuar durante otros tres meses. Y por último, que si se niega a resignarse y sigue protestando, lo único que puede hacer para aliviar sus sentimientos es azotarse las carnes o golpear la pared con los puños. Decididamente, no es posible hacer ninguna otra cosa. Por lo tanto, estos horribles sufrimientos y humillaciones, que nos inflige Dios sabe quién, engendran un placer que a veces llega al más alto grado de voluptuosidad. Por favor, damas y caballeros, escuchen con cuidado, durante un tiempo, los gemidos de un intelectual del siglo diecinueve que sufre de un dolor de muelas. Escuchen al segundo o tercer día de dolor, cuando ya no gime como lo hacía el primer día, es decir, nada más que porque le dolía el diente. Sus gemidos no se parecen para nada a los de un campesino, pues ha sido afectado por la educación y por la civilización europea. Se queja como un hombre que, según se dice ahora, “ha sido desarraigado del suelo y perdido contacto con el pueblo”. Muy pronto sus quejidos se vuelven estridentes y perversos, y continúan día y noche. Por cierto que sabe que no se procura alivio alguno cuando se queja de ese modo. Nadie sabe mejor que él que se atormenta e irrita, a él mismo y a los demás, para nada; que sus oyentes, entre ellos su familia, a la cual están dedicados esos esfuerzos, lo escuchan con disgusto; que no creen que sea sincero en modo alguno, y que se dan cuenta de que podría gemir de otra manera, con más sencillez, sin tantos adornos y floreos, y que todo eso lo hace por puro rencor y malicia.

Pues bien, hay un placer voluptuoso en toda esa degradación, y en la conciencia de ella.

¿Les molesto? ¿Les destrozo el corazón? ¿No dejo dormir a nadie? Muy bien, sigan despiertos, sientan a cada instante que me duelen las muelas. Para ustedes no soy ya el héroe que traté de parecer al comienzo, sino un simple hombrecito despreciable. Así sea. Me alegro de que hayan terminado por darse cuenta. ¿Les resulta incómodo escuchar mis cobardes quejas? Bien, sigan incómodos. Dentro de un momento produciré uno de esos gemidos adornados, y ya podrán decirme cómo se sienten...

¿Todavía no se entiende lo que quiero decir? Bueno, entonces parece que tendrán que crecer y desarrollar su comprensión, a fin de poder captar todas las sutilezas de esta voluptuosidad. ¿Eso les da risa? Me alegro mucho. Es claro que mis bromas son de muy mal gusto, impropias y confusas; revelan mi falta de seguridad. Pero es que no tengo respeto por mí mismo. A fin de cuentas, ¿cómo puede respetarse un hombre con mi lucidez de percepción?

 

  • Fiódor Dostoievski
    Dostoievski, Fiódor

    Fiador Mijailovich Dostoievski (1821/1881), hijo de Mijail Andréjevich, médico, y María Fiódorovna Necháieva, ama de casa, nació en Moscú en 1821. Fue el segundo de ocho hermanos. Contando seis años y en medio de una niñez pobre, su padre recibe una condecoración (Orden de Santa Ana) y un nombramiento (Asesor Colegiado), que lo instalan en la nobleza rusa, adquiriendo una propiedad en Tula donde se traslada con la idea de llevar una vida de terrateniente. A causa de la tisis, en 1837 muere su madre. Un año más tarde es enviado por su padre a la Escuela de Ingenieros Militares en San Petersburgo, carrera de la que alcanza a egresar sólo por satisfacer la voluntad paterna. En 1939, su padre muere asesinado por sus siervos en rebeldía por las arbitrariedades y violencia del señor, desquiciado por los estragos del alcohol y la depresión. La familia de su madre se hace cargo de los huérfanos y de la herencia.

     

    En 1843 egresa y se emplea en San Petersburgo en la Dirección General de Ingenieros. Al año siguiente, para saldar una deuda y deslumbrado por Balzac que visita esa ciudad traduce Eugéne Grandet, y descubre su vocación literaria que no abandonará jamás salvo durante los períodos de exilio y prisión. Termina su primera y exitosa novela Pobres Gentes (1846) en el momento en que aparecen los primeros síntomas de epilepsia. Menos aprobación tuvo El Doble (1846), seguido de más de una decena de trabajos pergeñados durante los tres años siguientes (Las noches blancas, El marido celoso, Las Dueñas, El señor Proknarchin y La mujer del otro, son algunos). En todos ellos el autor posa su mirada sobre los desposeídos y sus humillaciones. El escaso éxito lo sume en la depresión.

    Integra un grupo de intelectuales críticos de la nobleza y esperanzados en la idea de libertad, que conforman los “petrachevski”. En 1849, merced a un infiltrado en el grupo, es detenido por conspirar contra el régimen y condenado a muerte junto a más de un centenar de acusados. El día de la ejecución se le conmuta la pena por la de cuatro años de trabajos forzados en Omsk, Siberia, y su posterior incorporación como soldado raso. Las extremas condiciones de vida agravan su epilepsia e, influenciado por la lectura de La Biblia, rechaza el socialismo ateo, se nutre en la fe religiosa y descubre la redención por la mortificación. Tal vez las duras condiciones hayan sido las causas de estas imprevisibles contradicciones de Dostoievski. En la prisión también descubre el altruismo y la nobleza y se convierte en un sagaz buceador del alma humana. Esta particularidad, más la culpa que asume por la muerte de su padre tras haberla deseado con fervor, hacen que luego Freud advierta la importancia de sus obras y redacte uno de sus célebres artículos Dostoievski y el parricidio (1928). En este período el notable y controvertido escritor moscovita se aleja del pensamiento radical y adhiere a un conservadorismo religioso.

    En 1854 es liberado y enviado a Mongolia como soldado. Luego de cinco años regresa a San Petersburgo. En 1857 se casa con María Dmitrievma Isáieva, viuda de un maestro. Este hecho, junto a la devolución de los privilegios de la nobleza por parte del zar Alejandro II es significativo en su vida y lo impulsa nuevamente a la producción literaria. Comienza a escribir Recuerdos de la casa de los muertos, basada en su vida como prisionero, con el que habría de recuperar la celebridad. Obtiene la licencia del ejército luego de largas gestiones y funda junto a su hermano Mijáil la revista Tiempo (1860), en la que publica, por entregas, sus nuevas obras: Humillados y ofendidos (1861) donde trata por primera vez el tema de la salvación y la felicidad a través del sufrimiento preconizada por el dogma cristiano que abrazó durante prisión, Notas de invierno sobre impresiones de verano (1863) inspirada en su viaje por diversos países europeos (allí conocería a Paulina Suslova, joven estudiante de ideas avanzadas con quien mantiene un apasionado romance), en el que reniega del tedio occidental, y la mencionada Recuerdos de la casa de los muertos (1861) que también es publicada con gran éxito y por entregas en la revista El Mundo Ruso.

    Al regresar de su periplo europeo (París, Londres, Viena, Turín, Florencia, Ginebra, Berlín), las autoridades le cierran la publicación por un artículo sobre la revolución polaca considerado subversivo. Funda la revista Época, también junto a su hermano, de menor duración aún que la anterior, y en la que alcanza a publicar la primera parte de Memorias del subsuelo (1864), su única novela de corte filosófico. En este año debe soportar serios reveses: indigencia económica a causa de su pasión por el juego que lo dejó sin recursos durante el viaje, la muerte de su esposa tras una penosa enfermedad y la de su hermano, quien deja a su viuda e hijos con grandes deudas que él debe afrontar. Vuelve a caer en la depresión y en el juego, lo que aumenta las dificultades.

    Para atravesar la crisis toma un crédito contra el compromiso de presentar una novela en el término de un año. Pocos días antes de expirar el plazo que lo obligaría en caso de incumplimiento a transferir los derechos de autor de toda su obra, concluye El jugador (1866), basada en su propia compulsión al juego. Este trabajo lo dicta en veintiséis días a Anna Snitkina, su mecanógrafa, con quien se casará dos años más tarde. Escapa de Rusia a causa de sus deudas y pierde en el juego el escaso dinero que le queda. Intenta volver con Paulina Suslova pero ella lo rechaza. Publica: Crimen y Castigo (1866) iniciado un año antes, en el que aborda los problemas éticos, sociales y políticos que tanto lo desvelan (el protagonista se debate entre la culpa y el aislamiento y termina por redimirse con la confesión), que es publicado en El Mensajero Ruso con gran éxito. Continúa viajando por Europa junto a Anna Snitkina con quien se casa en 1867. En Ginebra nace y muere, poco después su primera hija. Al año siguiente tras el nacimiento de su segundo hijo ingresa en un frenético ritmo de trabajo. Publica El Idiota (1868), donde el personaje es un buen hombre derrotado finalmente por sus propios odios ocultos. Por el contrario, el protagonista de Los endemoniados (1871/2) es un cruel conspirador. El contraste entre la diversidad de los personajes resulta de su habilidad para desentrañar los misterios del alma humana. Regresa a Rusia en 1873 con reconocimiento internacional y publica, también con buena respuesta, la revista Diario de un escritor, de la que es único responsable. Desde sus páginas se erige en guía espiritual de Rusia en oposición a la decadencia de Europa a la que, sin embargo, no deja de admirar. En 1878 es nombrado miembro de la Academia de las Ciencias, e interrumpe esta publicación para comenzar la redacción de Los hermanos Karamazov (1880) a la que él mismo considera su obra maestra y que aparecerá en su mayoría en la revista El Mensajero Ruso. Ese mismo año inaugura el monumento a Alexander Pushkin en Moscú, ofreciendo un notable discurso sobre el destino de Rusia en el que es aclamado por la multitud. Poco tiempo después, en febrero de 1881, muere en San Petersburgo víctima de la tuberculosis. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de Tikhvin, en San Petersburgo, ante treinta mil personas.

    Fue un escritor comprometido con la realidad social de su tiempo, pero no se detuvo en ella sino que siguió buceando en aspectos sicológicos y filosóficos del hombre. Sin advertirlo sienta las bases de conceptos que luego toman el psicoanálisis, el surrealismo y el existencialismo. En lo estrictamente literario su mayor contribución consiste en haber colocado al narrador dentro de la escena, exponiéndolo al vendaval de la obra, caminos que luego recorrerían entre otros, Thomas Mann, Sartre y Unamuno. Al decir de Tolstoi “es un individuo en quien todo es lucha”, tanto en su vida como en su obra al punto tal que aún hoy continúa la controversia ideológica en torno suyo. Gran parte de los mejores escritores del siglo han recibido su influencia (Hesse, Proust, Faulkner, Camus, Kafka, García Márquez). Salvo contadas excepciones su estilo dramático desarrollado en climas escandalosos de gran tensión y alto voltaje, ha alcanzado a toda la posteridad, siempre abogando en defensa de los inocentes, y la elevación espiritual a través del sufrimiento que en sus extremos conlleva a la redención final. Su temática no es unívoca; abarca personajes y visiones contrapuestas que soportan una endemoniada fuerza dramática. Así como Dante es Italia y Shakespeare Inglaterra, Dostoievski encarna la tradición rusa.

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