facebook
Menu

Año 6 #65 Marzo 2020

El momento dostoievskiano

Pablo Unamuno dice con razón que quizás los textos de Dostoievski “no resistan la disección perfeccionista ni la manía clasificatoria que obsesiona a cierta crítica. No fue un Turgueniev ni un Gógol, jamás alcanzó el vuelo poético de Puschkin y, sin embargo, los efectos del mundo dostoievskiano fundaron un fecundo linaje de resonancias contemporáneas.”

El momento dostoievskiano

 

AIRES DE FAMILIA

Para el lector de estas orillas, Dostoievski remite inmediatamente a una zona paradojal cargada de evocaciones ricas y contrapuestas. Su nombre resulta en extremo familiar, pero, a su vez, a medida que nos acercamos a él parece tornarse inasible y desmesurado. Su obra no sólo ha sido un rito de iniciación juvenil para muchas generaciones, sino que también contribuyó en no menor medida a forjar ciertos temas de nuestra cultura de izquierda. Buenos Aires y San Petersburgo, a pesar de las distancias geográficas y las diferencias históricas, forman parte de una concepción urbana signada por la modernidad capitalista y como tales poseen infinidad de analogías y semejanzas. Ambas ciudades, megalómanas y europeizantes, sufrieron el sitio del desierto, del vacío inmenso y de la extensión. Las dos padecieron la ilusión de un proyecto inconcluso. Por nuestras emparentadas sensibilidades amamos con devoción los libros de Puschkin, el San Petersburgo de Gógol, el drama pequeño-burgués en Chéjov, la épica de la disolución en Pasternak y el infierno del gulag en Solzhenitsin; pero con Dostoievski percibimos un residuo más inquietante. En sus textos hay algo más que un escritor urbano perdido en una sociedad estamental. Sospechamos el esbozo de una ontología y una estética del ser que dejaría una vasta descendencia. En definitiva, su influencia marca un punto de ruptura y un momento excepcional del imaginario literario universal. Pero, ¿en dónde radica esta excepcionalidad y su secreta afinidad anómala? Conjeturo tres hipótesis plausibles. En primer lugar, una biografía malograda; en segundo lugar, el profeta de una modernidad trunca y fallida; y en tercer lugar, una literatura fundante de un género y de un estilo.

 

UN ANTIHÉROE DE NUESTRO TIEMPO

Fiódor Mijailovich Dostoievski nació en 1821 en el seno de una familia humilde. Hijo de un cirujano de hospitales públicos, su infancia transcurrió en el hacinamiento y la pobreza. Su padre, figura terrible y violenta, marcaría profundamente la obra del escritor. Fue educado en un pensionado de Moscú y en la Escuela Militar de Ingenieros de San Petersburgo. A muy temprana edad renunció al Departamento de Ingenieros para volcarse de lleno a la carrera literaria. Obtuvo un resonante éxito de crítica y público con su ópera prima Pobre gente (1846). Tempranamente se volcó al periodismo y comenzó a frecuentar los centros saintsimonianos y radicales de izquierda. Llegó a ser miembro de una sociedad secreta de jóvenes que había adoptado las teorías socialistas; modernizadoras y occidentalizantes. Fatigó los estudios de Fourier, Owen y Saint Simon y profesó el culto de Balzac. Sin embargo, los tiempos no eran propicios para la tolerancia de ideas ni para las aperturas. Luego de los levantamientos de 1848 en toda Europa, la autocracia zarista protagonizó una oleada de reacción que llevó a la cárcel y al exilio a miles de disidentes. Dostoievski cayó entre ellos por “haber tomado parte en designios criminales llenos de expresiones insolentes hacia la Iglesia ortodoxa y la autoridad suprema; y haber intentado, en unión de otros, difundir escritos antigubernamentales sirviéndose para ello de una imprentilla privada”. Encerrado en la fortaleza de Pedro y Pablo fue condenado a ocho años de trabajos forzados en Siberia, pero antes de leerle la sentencia, en un gesto de máxima crueldad, fue sometido a un simulacro de fusilamiento. Sus años de encarcelamiento y servidumbre penal en la estepa calaron hondo en la personalidad del joven idealista, transformándolo en escéptico y nihilista, defensor del paneslavismo, la Iglesia católica griega, la monarquía absoluta y el culto del nacionalismo ruso.

Su vida afectiva tampoco fue feliz: su primera mujer se transformó en un infierno para él, atormentando, aún más, su alma inestable. En sus viajes, una vez recuperada la libertad, por Alemania, Inglaterra y Francia, se despertó en él una compulsión por el juego que lo perseguiría con deudas y ruina económica hasta el fin de sus días. Precisamente para hacer frente a la inseguridad económica se vuelca febrilmente a la producción literaria. Sus grandes novelas fueron escritas bajo la tensión del apuro y el vencimiento de los plazos: Memorias del subsuelo (1864); Crimen y castigo (1866); El jugador (1867); El idiota (1868); Los demonios (1872) y Los hermanos Karamázov (1880). Murió en San Petersburgo en 1881.

EL PROFETA DE UNA MODERNIDAD FALLIDA

Así como el siglo diecinueve fue la era del triunfo de las burguesías, de la expansión de las ideas liberales y de la consolidación del capitalismo en casi toda Europa, la reacción en Rusia abortó sucesivamente todos los intentos de modernización anclándose la autocracia zarista en el despotismo y la servidumbre.

El fracaso de la revolución decembrista, fallido intento de introducir los nuevos aires liberales, frenó el desarrollo del proyecto burgués y trajo como consecuencia la represión encarnada por Nicolás I. La contrarrevolución había triunfado; sin embargo, la situación social explosiva y la guerra de Crimea, en un tablero internacional cada vez más desfavorable para las pretensiones imperiales, obligaron al nuevo zar Alejandro II a otorgar mayores libertades y abolir la servidumbre tardíamente (1861). A pesar de ello, las grandes masas campesinas rusas no lograron beneficiarse con su manumisión. Un complejo sistema de tributos y onerosas deudas con sus antiguos señores mantuvo al campesinado en una situación aún más terrible que la del régimen servil.

Por su carácter periférico y subdesarrollado, el capitalismo ruso se transformó en un laboratorio propicio para el surgimiento del activismo revolucionario y directo, siendo cuna de extremismos de la más diversa procedencia ideológica. El anarquismo, el populismo y el nacionalismo místico se diseminaron con fuerza arrolladora. Curiosamente, el zar más liberal fue asesinado en un atentado en la avenida Nevsky en 1881. Mientras Europa celebraba con jubiloso optimismo el avance industrial y colonial, “La santa madre Rusia” se despeñaba por la pendiente de la degradación y el anacronismo histórico.

Dostoievski no fue ajeno a la turbulenta vida social y política de su tiempo. Sus convicciones utópicas y socializantes fueron cruelmente desmentidas, agriando su espíritu y su literatura. El desterrado que vuelve de Siberia ya no es el mismo. Descree del Hombre Nuevo que planteara Chernichievski en su célebre novela ¿Qué hacer? De ese entonces en más, los hombres del subsuelo deambularían entre la angustia y la desesperación; sus paisajes serían lúgubres y sombríos, ostentando con fuerza testimonial, no despojada de patetismo, una genealogía de la inquietud y del desconsuelo que prefiguraría los horrores colectivos e individuales del siglo veinte. Si pensáramos junto a Benjamin en la historia como un destello luminoso del pasado en un momento de peligro, echaríamos por tierra las concepciones lineales y evolucionistas del devenir histórico, tarea que nos permitiría pensar la política como tragedia, es decir, como “dialéctica en suspenso” sin síntesis superadora y como metáfora teatral. Éste es el núcleo de la tragedia griega y del teatro isabelino. Es precisamente Hamlet y su proverbial indecisión el personaje emblemático del “desquicio de los tiempos”. La imposibilidad de resolver el choque de valores de dos mundos confrontados; el de la guerra de todos contra todos frente al nacimiento del Estado moderno y el triunfo de la política; es lo que convierte a Hamlet en un héroe trágico y en tránsito. “La política comienza cuando se retiran los cadáveres”.

La figura de Dostoievski comparte mucho de los atributos de ese espíritu escindido. Así como la puesta en escena de una obra llamada “La ratonera” le sirve al príncipe de Dinamarca para desenmascarar un crimen y cifrar en miniatura el desenlace, también para Dostoievski “La ratonera” o “El subsuelo” concentrará lo indecidible y oscuro del hombre-ratón. La literatura es afecta a estas simetrías. Los espectros de Shakespeare visitaron con asiduidad el alma torturada del gran escritor ruso.

San Petersburgo, creada sobre un pantano, no logró emerger sobre su propia promesa. Se transformó en la metáfora perfecta de la impotencia y el anegamiento. Esta tragedia política y social se concentró en un hombre y en una sensibilidad que fundaron un momento único en la literatura universal.

DOSTOIEVSKI Y SUS SUCESORES

Decía Borges que Nabokov “no había encontrado una sola página de Dostoievski digna de ser incluida en una antología de la literatura rusa”. Esto quiere decir, agregaba, que Dostoievski no debe ser juzgado por cada página sino por la suma de páginas que componen el libro. De acuerdo, quizás sus textos no resistan la disección perfeccionista ni la manía clasificatoria que obsesiona a cierta crítica. No fue un Turgueniev ni un Gógol, jamás alcanzó el vuelo poético de Puschkin y, sin embargo, los efectos del mundo dostoievskiano fundaron un fecundo linaje de resonancias contemporáneas. A la luz del devenir histórico y de la evolución artística, las figuras dostoievskianas ejercieron una fascinación perdurable y creciente sobre gran parte de la literatura del siglo veinte. Contemporáneo de Melville, de Poe y de Eugenio Sue, sus textos tuvieron el influjo epocal echándose luz recíprocamente. La nouvelle Bartebly, la novela policial, el suspense, los temas del gótico y el melodrama folletinesco nutrieron una narrativa dilatada cuya condensación máxima ya la podemos encontrar en las Memorias del subsuelo: ahí están los rasgos esenciales de Raskolnicov, Stravoguin y Karamázov.

Memorias del subsuelo se compone de dos partes: la primera integrada por once breves capítulos en los que se desgrana un largo soliloquio frente a un auditorio fantasmal; el narrador, el hombre-­ratón, esboza ideas filosóficas, comenta novedades periodísticas y utiliza diversos recursos retóricos para dar la impresión de ser un hombre importante. Recién en la segunda parte podemos encontrar tres sucesos de carácter dramático que potencian la acción de la novela. La misma ficción destila desencanto y resentimiento haciendo de la infelicidad una virtud ética y un manifiesto estético, indaga en el absurdo y el sinsentido de un personaje insignificante. El nihilismo indolente y la impotencia del hombre subterráneo en Dostoievski definirían un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Kafka, género que echaría raíces en la conciencia desgarrada de la modernidad: la insectificación de Gregorio Samsa, la náusea sartreana de Roquentin y el extrañamiento de Mersault en Camus son de una evidente y clara filiación al “momento dostoievskiano”. Las vanguardias, el expresionismo alemán y el existencialismo desarrollarán los tópicos de la locura, la marginalidad y el irracionalismo. Como si dijéramos que ante el desencantamiento del mundo provocado por el triunfo de la razón instrumental las nuevas corrientes se arrogaron la tarea de reencantarlo. Las rupturas revolucionarias de distinto signo nos ofrecieron el espectáculo especular y simétrico de la estetización de la política y la politización del arte.

En el caso argentino, una de las mayores recepciones del momento dostoievskiano la encontramos en la obra de Roberto Arlt. El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanzallamas, reúnen una galería humana de marginales en una lucha desesperada contra la sociedad de clases, el poder y el dinero. La traición el crimen y la conjura esotérica constituyeron una nueva gramática en los saberes de las clases populares. Personajes como Silvio Astier, El Astrólogo y Erdosain resumen la traducción porteña de una modernidad bizarra. La vasta inmigración, la urbanización y la aparición de nuevos actores sociales trastocaron los ideales de la Argentina del Centenario. La literatura del grupo Boedo encabezado por Elías Castelnuovo trabajó los temas del realismo ruso y del patetismo social como lacras de la sociedad capitalista. Dostoievski sería la guía tutelar complementada por el credo de la reciente revolución bolchevique. Ciertos tonos de este naturalismo brutal y monstruoso fueron continuados por textos más contemporáneos como El fiord de Osvaldo Lamborghini y El frasquito de Luis Gusmán. La visión sombría se encarnaría, también, en el pesimismo telúrico de Martínez Estrada y en las fobias subterráneas de Ernesto Sábato. Tal como la ciudad de Pedro, Buenos Aires pareció ser “la capital de un imperio que nunca fue”, y el siglo veinte para la Argentina representa también la historia de una frustración.

Junio de 2005

  • Pablo Unamuno

    Pablo Unamuno (1956/2016) fue dirigente de la Juventud Peronista, director de Cultura de Hurlingham entre 1995 y 1998, asesor de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires entre 1999 y 2001. Ensayista político y literario dicta cursos de Historia y Literatura para el Programa Cultural en los Barrios del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.