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Año 6 #65 Marzo 2020

Entre delatores

El capitán va a hacer lo que tiene que hacer. ¿Está seguro que tiene que hacerlo? Se dice y se convence y lo hace. Después... el final del cuento.

 

Entre delatores

¿Dónde ocurrió?

En una guarnición de Cuyo: había terminado la formación de la tarde y Ortega, el capitán Ortega, caminaba hacia su casa. “Tengo que meterle”, se dijo y se pegó unos fustazos en las bo­tas; eso era como castigar un animal, algo que estaba debajo de su cuerpo, que no le pertenecía y que había que apurar. “Hay que meterle”. Aunque las suelas se le recalentasen por ese cami­no que hervía y se ablandaba, y a cada paso presentía que se i­ba a hundir, cuando hubiera tenido ganas de caminar con las puntas de los pies. En la playa alguna vez había hecho eso: la a­rena quemaba y se abría en unos hoyos que se desmoronaban. En la playa, el mar verde y dos hombres que se untaban recípro­camente. “Tengo que meterle”, se repitió Ortega. El barrio de ofi­ciales quedaba a unos doscientos metros del cuartel y era necesa­rio cruzar los portones, contestar desabridamente el saludo del centinela, marchar entre dos hileras de álamos plantados en me­dio de esa planicie calcinada hasta que se desembocaba en una serie de edificios blancos, iguales, dispuestos simétricamente y que resplandecían bajo el sol. A esos edificios los habrían cons­truido con rabia, porque para poder mirarlos había que ponerse la mano de visera, y adentro, uno se asaba. El sol. “Son unas ca­samatas”, repetía con irritación en el casino de oficiales. El sol. El camino y esas paredes eran unas chapas brillantes, insoporta­bles. El sol. Y él tenía apuro por llegar a su casa y sentarse en su escritorio: allí se abriría la camisa y con el ventilador a un costa­do, se pondría a escribir eso. El otro lado del sol. Ojalá fuera fres­co. Y ya se había resuelto. Pero en la vereda de su casa apareció el hijo del mayor Malter:

—¿Terminaste? —le preguntó ese chico mientras jugueteaba con unos trapos.

—Sí —admitió Ortega; el chico lo había detenido apoyándole las manos en los briches: al principio eso lo cohibía y él debió decir­le Querido o Bichito, pero no se sentía capaz de usar ese tono convencional que todos adoptaban con el hijo del mayor.

—¿Te vas a tu casa? —seguía ese chico—. ¿Eh? ¿Te vas ya?

—Sí... —Ortega vaciló—. Si vos me dejás.

—¿Y José? —el chico llamaba así a su padre y tenía unas manos puercas.

—Se quedó allá —Ortega cabeceó hacia el cuartel.

—¿Con los soldados?

—No; en el casino.

—¿Lo vas a ver?

—No...

—¿Y por qué no lo vas a ver?

Ortega apartó al chico suavemente:

—Tengo que hacer; dejame pasar —murmuró; tenía urgencia por alejarlo. Por fin pudo abrir la puerta de su casa y se metió aden­tro. Del otro lado el chico se quedó rezongando:

—¿Por qué no lo vas a ver? —y se aferraba a esos trapos, que e­ran de una muñeca, una de esas que se ponen sobre las almoha­das—. ¿Por qué no lo vas a ver?

Ortega se golpeó las botas con la fusta. Ya estaba. El sol y ese chico. Menos mal que allí dentro se podía respirar y eso era otra cosa. La piel se le aflojaba después de la tensión que había senti­do en el camino. “Fruncido”, se dijo y tiró el birrete y la fusta en­cima de un sillón y se abrió la camisa. Eso era vivir un poco; des­pués se secó vigorosamente la frente y el cuello con una toalla; era un asco sentirse húmedo, hecho un trapo.

—¡Elsa! —llamó—. ¡Elsa!

Nadie contestó, la casa estaba vacía. Su mujer habría salido. No importaba. Era mejor estar solo para terminar con eso. “Más tranquilo”, pensó en voz alta y se detuvo como si alguien hubiera podido oír. Pero no. Tenía que ponerse a escribir. Y pronto. Lo único difícil era el comienzo, elegir las primeras palabras, el resto saldría a borbotones porque lo había pensado hasta cansarse. “El mayor Malter no cumple con lo que los reglamentos establecen”: esa podría ser una forma. Tenía que usar un estilo seco para que no fueran a pensar que él quería adular a nadie. “Seco”, se repi­tió. “Bien seco”. Y Ortega se sentó frente a la máquina de escribir y encendió el ventilador. “El mayor Malter incurso en...” Pero eso tampoco lo conformaba. Sobre todo tenía que cuidar ese aspecto: Malter era su superior. En realidad habían hecho la carrera juntos, pero Malter era de los más antiguos de su camada y había ascen­dido primero. No; si nadie le negaba méritos. Ya en el Colegio se lucía. En volteo no había nadie que se le pusiera a la par y salta­ba con cualquier caballo, hasta con el peor. “Cúmpleme manifes­tarle que, de acuerdo con los reglamentos vigentes...” O, mejor, en una forma más directa: “El mayor Malter es un traidor y se ha comprometido...” Resultaba difícil ser preciso. “Ni más ni menos”, pensó. No era una cosa de todos los días, por supuesto; no era la rutina. La rutina lo salvaba todo, a todos, pero con ese asunto era distinto. Las denuncias había que inventarlas y eso corría exclusi­vamente por su cuenta. Delante de sus ojos estaba esa hoja en blanco y se sacudía con el viento del ventilador. No había que u­sar calificativos, no; él contaría todo lo que había pasado en los últimos meses. Estrictamente lo que Malter había hecho y todo lo que venía diciendo. Y que juzgaran los de arriba. “De acuerdo a los hechos”, se dijo Ortega. Los hechos: moverse, hablar, insultar a los otros. No: insultar, no; había que reproducir esas palabras. Irían entre comillas. Las opiniones de Malter. Hechos. También entre comillas. Y Ortega estaba dispuesto a jurar que era cierto: primero, porque todos los oficiales de la guarnición lo sabían; se­gundo, porque Malter había intentado complicar a otros oficiales; tercero, porque a él mismo lo había hablado una tarde y lo encontró en el casino. Malter trataba de comprometerlo y se sonreí­a; ni para hablar de una cosa así guardaba las formas: “Tenemos que salir todos. Todos” —repitió Malter—. “Hay que dar una prue­ba de cohesión. Que ninguno pierda la oportunidad de justificar­se. Aunque sea un poco, Ortega “, y parecía que lo estaba invitan­do a salir con unas mujeres. Hacerse romper el alma, arriesgar la carrera, andar negreando, era lo mismo para Malter. Hechos. Malter había agregado: “!... Yo ya siento vergüenza de todo” —después lo miró con sus ojos turbios—. “¿y vos, Ortega?”. Ortega tenía tes­tigos: el sargento Gramajo podía atestiguar, y el sargento lo iba a hacer espontáneamente, sin que nadie se lo pidiera. Además, y e­so era lo inadmisible del asunto, Malter gritaba a voz en cuello todo lo que se le ocurría cuando se metía unas copas entre los bofes. Y el único que no estaba informado era el coronel; ningu­no de los oficiales subalternos se había animado a informarle. El coronel no iba a tolerar que se lo susurraran. “!... No estamos entre curas” —decía—, “nada de andar con cuentos”. Había que escri­bir, eso era lo grave. Claro, también estaba ese otro detalle: Mal­ter era el oficial de más alta graduación después del coronel. El mayor Malter. Además, se sentaba con todo su cuerpo cuando se despatarraba en uno de los sillones del casino, como si fuera a quedarse ahí tumbado hasta la muerte. Los demás oficiales lo imi­taban, pero no lo hacían igual: parecían quietos, listos para pegar un salto y cuadrarse si entraba alguien. Malter, en cambio, estaba siempre como apoyado definitivamente en todo: los brazos an­chos y desnudos sobre el bar, la manera de agarrar la paleta en la cancha, hasta cuando se tiraba al suelo para celebrar un tanto o para demostrar su fatiga. “Malter no se cuida”, reconocían to­dos. Y nadie quería hacerse cargo de esa denuncia. Cualquiera podría decir que era por venganza o para desprestigiar a un ofi­cial superior o para hacer méritos. Era una cosa sucia y nadie se animaba a pensar en eso. “Hacerle eso a Malter es una roñería”, le habían dicho a Ortega una tarde en el casino. Pero Malter con­tinuaba con sus charlas imbéciles y sus ofertas a los tenientes y demás provocando la anarquía en la guarnición, Todo se había convertido en que si yo tal cosa y vos tal otra, y las peleas y las envidias y eso que una buena disciplina tapa bien para abajo, ha­bía empezado a saltar por todas partes. “Y no puede ser”, se re­pitió el capitán Ortega. Era un solo sujeto desbaratando el traba­jo de mucha gente, de muchos años. “Si todos se pusieran a ha­cer lo mismo” —calculó con irritación y se secó las manos estru­jando el pañuelo. Especialmente le enfurecía que Malter dijera lo que todos sentían, que Malter se animara a soltar lo que le moles­taba adentro cuando los demás se callaban. Y eso lo ponía en ventaja, lo hacía diferente a los otros. Malter. Hasta los provocaba en el casino: “No me vayan a decir que pueden aguantar... ¿Con todo lo que se ve a cada rato? ¿No es cierto que ya están llenos? Y se paseaba gritando por delante del bar y entre las mesas don­de los demás oficiales bebían en silencio, con las cabezas agacha­das, como si quisieran esquivar lo que Malter decía o como si no se tratara de ninguno de ellos en particular sino del que estaba a su izquierda o a su derecha. “¿No son capaces de decir que ya revientan de vergüenza?” Y cuando Malter se enardecía, después de haberlos gritado durante media hora o más, era capaz de to­mar a cualquiera por las solapas y empezar a sacudirlos: “¡Largá que ya no podés más... Decile a esos otros que las tenés llenas...!” —farfullando y con los ojos llorosos. “¡Por ese imbécil y su mujer que nos manda a todos!”. Pero desde el barman que seguía fro­tando las copas sin abandonar su mirada adormecida, hasta cual­quiera de los oficiales que permanecían en sus mesas, el silencio era total. Qué sé yo: como el calor. Porque lo único que se moví­a por entre las mesas cuando Malter dejaba de gritar, eran los pa­ñuelos y parecía que todos se daban palmaditas en las mejillas o se estaban cubriendo la cara de polvo como las mujeres. “¡Aní­mense a salir, si ya no dan más de vergüenza!” —seguía Malter con la voz enronquecida—. “¡Si de cualquier manera todos van a llegar a ser generales!”.

Y el capitán Ortega se resolvió a empezar su carta. “Es mi de­ber poner en su conocimiento”. Redactar eso le llevó casi una hora; las carillas se fueron amontonando a su derecha, debajo del ­brazo y para que no se volaran. Con el sudor, se abarquillaron un poco. Pero no importaba. Había que terminar pronto. Y esa misma tarde le entregaría el sobre al coronel. No quería escribir di­rectamente a la capital. De ninguna manera. Hubiera dejado en una situación desairada al coronel, reflexionaba Ortega. Y “desai­rada” era una palabra importante para Ortega, como “viril”, “ele­gante”, “lacónico” y “patria”. ¿Cómo había sido posible que pasa­ran esas cosas sin que el jefe de la guarnición lo supiera?, se dirí­an allá. Que el coronel fuera el primero en saberlo y que él se encargara de elevar la denuncia cuando lo creyese oportuno. “Por orden jerárquico”, pensó Ortega complacido. Él se atenía a eso, siempre lo había hecho, él no se salteaba a nadie y que na­die lo salteara a él. Escribió el sobre, metió la carta adentro y buscó su birrete. Tuvo que pensar un momento para acordarse dónde lo había puesto; siempre lo colgaba de la percha, pero a­hora no lo encontraba. Con ese chico que se le había prendido de las piernas. Era hartante ese chico. Pero allí estaba su birrete, encima del sillón. Y su mujer que aún no había llegado. Mejor a­sí: había podido pensar con tranquilidad, había escrito todo lo que quería —” sin omitir ningún hecho”— sin que nadie lo llamase y sin el temor de que ella fuera a entrar mientras trabajaba. Ella se hubiera metido a decirle que lo hiciera así o asá o de una for­ma o de la otra. Todo se había llevado a cabo como él se lo había propuesto. Y de nuevo salió a la calle.

Allí seguía el hijo de Malter:

—¿Vas a vedo a José? —y seguía jugando con esa muñeca de mejillas de mujer con fiebre—. ¿Vas a verlo?

Las casas ahora tenían un color grisáceo, suave. Menos mal. E­so no hería los ojos y ya no era necesario ponerse las manos de visera. Un viento fresco y los álamos se balanceaban apenas. El capitán Ortega respiró hondo, con alivio, el sudor de la espalda se le iba enfriando y eso lo calmó. La ropa húmeda, pero ya no le preocupaba. Había hecho lo que le correspondía. Y no era una cuestión personal, aunque todo lo de Malter lo irritara por mu­chas cosas, él había hecho eso para que la vida en esa guarnición pudiera seguir. “Convivir”. Sí. Tolerarlo a Malter hubiera sido sui­cida. Y “suicida” era otra de las palabras que a Ortega le gusta­ba: “suicida”, “desairada”, “viril”, “estandartes” y “plomo”. Tam­bién “Alejandro”.

Pero eso no podía ser, no podía seguir así. El ejército no esta­ba para los que funcionaban por su cuenta. Malter valdría mucho individualmente o de agregado en la embajada de Londres, don­de se había pasado dos años, pero allí adentro provocaba la a­narquía. “El ejército no es una república”, eso lo había escuchado muchas veces, era un poco contradictorio y nunca había termina­do de entenderlo del todo, pero se lo repitió mientras caminaba hacia el cuartel. Antes podía haber hablado con Malter, por su­puesto. Pero si muchas veces se lo había dicho: él había hecho todo lo posible, señalándole todas las cosas: cómo perjudicaba a la Institución, cómo se abusaba de los otros. “Te estás cavando la fosa”, le había prevenido, y no con un tono amistoso, de no te preocupes que yo te voy a salvar o vas a poder zafarte de cual­quier manera o la vida es buena perra y conviene que alguien le manosee el trasero. No había hablado así, sino con una voz hue­ca, de presagio: “Te van a hacer estallar como una granada. Entendelo” —como si hablara de su propia muerte o de algo irre­misible—. “Te estás cavando tu propia fosa, Malter”. Pero Ortega sabía que su antiguo camarada lo desdeñaba. “A vos el mundo se te cae encima” —le respondió Malter tironeándole de un botón de la chaquetilla—. “Todo te parece Pecado porque todo te parece demasiado grande”.

Ortega había llegado a la jefatura del cuerpo, allí dentro estaba el furriel.

—¿Se olvidó algo, mi capitán?

—No... ¿Está el coronel?

—No, mi capitán —Ortega tuvo la sensación de que el furriel se esforzaba por estar serio y no soltarle la risa en la cara—. ¿Tenía alguna cosa para él, mi capitán?

—Sí. Esta carta.

—¿Personal?

—Sí, sí —Ortega hablaba con malestar—. ¿Usted se la entrega?

—Cómo no, mi capitán.

—En la mano, ¿eh?

—Sí, mi capitán.

Ortega volvió a su casa, se cruzó con el hijo de Malter —¿Lo viste a José?— y entró a la sala, gritando ¡Elsa... Elsa!, pero ella ya estaba echada en el sillón de la sala y se abanicaba. A Ortega le pareció que ella exageraba el calor, ya no hacía tanto, no era para tanto. Advirtió que estaba excitado, todos los detalles lo abru­maban: los pliegues ásperos de su camisa, las ojeras de su mujer. Y eso que el viento le había hecho bien. Hasta esa habitación es­taba más fresca que cuando había salido. Pero su mujer insistía en apantallarse con unos movimientos demasiado rápidos, despro­porcionados.

—¿Te molesta tanto el calor? —preguntó Ortega: en ese momen­to necesitaba un poco de reposo y que las cosas se hicieran len­tamente.

—Sí... Es intolerable —murmuró ella sin dejar de sacudir ese dia­rio que le servía de pantalla—. Todo es intolerable aquí.

—Es la región, Elsa —dijo Ortega esforzándose por resultar iróni­co.

—Sí, claro que es la región; pero el país es muy grande.

—Ya vamos a ir a otra parte —aseguró Ortega mientras se quita­ba el correaje—. Ya vas a ver.

—¿Cuándo? ¿Cuando llegues a mariscal?

—No existe el grado de mariscal en la Argentina —recordó Ortega bonachonamente.

—Ya sé... por lo mismo.

—¿Acaso te molesta que no haya mariscales en la Argentina?

Elsa contestó perezosamente:

—Lo único que me molesta es que no podamos salir de este a­gujero.

Ortega se había sentado a los pies de su mujer:

—Siempre vamos a estar metidos en agujeros.

—¿Sí?

—Siempre, Elsa —él trataba de imponer su tono mesurado.

—¿Y en Buenos Aires?

—También es un agujero.

—Sí: un agujero... un agujero... —ella parecía despechada—. ¡Qué más quisieras!

—Ahora no quiero nada... Quiero estar tranquilo.

Elsa volvió a suspirar ruidosamente: sus palabras parecían ha­ber resbalado por encima de la piel de su marido y a lo largo de esas paredes relucientes, constantemente cubiertas de humedad. Como si fueran copas llenas de agua helada, había pensado vaga­mente Ortega cuando las descubrió por primera vez. Él había na­cido en una región seca donde eso jamás se veía; y la noche de su llegada había toqueteado las paredes como si hubiese querido reconocerlas, pasando varias veces los dedos. Esa humedad le había parecido pintura, pero no. Entonces había escrito algo co­mo sobre un vidrio, “Persia”, sin saber por qué. Y en ese lugar, en ese agujero, hasta la piel terminaba por parecerse a las pare­des de los cuartos.

—Tengo una noticia —le comunicó de pronto a su mujer. Ahora se esforzaba por distraerla y le palmeó ligeramente los muslos, casi con humildad; después apoyó la mano. Tenía los dedos se­cos así que no podía molestar; ella lo dejaba hacer y él se sintió agradecido—. Algo que te va a interesar —agregó con fervor.

Su mujer soltó una bocanada de aire:

—¿Vos creés que me va a interesar?

—Te aseguro que sí —y entonces le contó lo que pensaba de Malter. Pero desde el principio, apasionadamente: que Malter era un fanfarrón, que provocaba a todos los oficiales, que se burlaba de su grado, que los despreciaba, que Malter decía esto y lo de más allá, que andaba en conversaciones para salir a la calle, que sostenía que no se la aguantaba a nadie y que lo único que había hecho era provocar anarquía en la guarnición y eso en el ejército no podía ser, mandara quien mandara, total ni antes ni nunca ha­bían sido mejores—. El ejército no aguanta una cosa así —repitió varias veces—. Y de nadie. Ni del mayor Malter ni de ninguno.

—¿Y qué hiciste? —su mujer se había incorporado en el sillón; seguramente pensaba que la estaba metiendo en un asunto desa­gradable que no les iba ni les venía.

—Lo pensé mucho... —aseguró Ortega como si se justificara.

—¿En serio? —ella se burlaba.

—Hace mucho que lo vengo pensando.

—Bueno, sí... pero ¿qué hiciste?

—Lo denuncié —la mano del capitán Ortega ya no se apoyaba en la pierna de su mujer, había buscado algo que asir y sólo ha­bía encontrado su fusta.

—¿Y a Malter?

—¿Qué?

—¿Qué le van a hacer?

—Lo echarán del ejército...

—¿Nada más?

—Eso, si la saca bien —Ortega oprimía con fuerza el mango de su fusta, era de cerda y le raspaba la piel, pero era algo fresco y flexible; su mujer se había arrinconado en la otra punta del sillón y parecía reflexionar:

—¿Y cuándo se va a saber? —preguntó con cautela.

—Mañana mismo, cuando el coronel abra la carta... —dijo Orte­ga. Calculó que había causado el efecto que esperaba: su mujer parecía interesada y había dejado de protestar por el calor, por e­se agujero donde estaban metidos y por la falta de mariscales en el país.

—Pero eso es una delación —ella hablaba suavemente.

—¿Porque tiene más grado que yo, lo decís?

—No.

—¿Y por qué, entonces?

—Porque era tu amigo.

Ortega se sintió bruscamente enfurecido, como si se hubiera tomado los dedos con una puerta; era algo insignificante que le causaba un dolor inaguantable:

—¡Qué amigo ni amigo!... —gritó—. Si se reía de todo lo que le a­consejaba. Veinte veces le avisé que no podía ser lo que estaba haciendo. Veinte —repitió marcando dos veces con las manos a­biertas en el aire.

—¿Por la disciplina?

—¡Claro que por la disciplina!

Ella se echó el pelo hacia atrás mientras sostenía unas horqui­llas entre los dientes:

—Sí, sí. La disciplina y patatín y patatán —gangoseó—. Buena i­diotez.

Ortega también quiso ser irónico:

—¿Eso fue lo que aprendiste en el Normal?

Su mujer lo miró extrañada:

—No... no —dijo, después se sonrió—. Allí aprendí que San Mar­tín nació en 1776 y murió en 1850.

—En 1778 —corrigió Ortega maquinalmente.

—1776 o 78, lo mismo da —ella había recuperado su aire pensativo y se quitaba las horquillas de la boca—. Pero vos sos un dela­tor... Y yo también voy a ser una delatora...

—¿Qué decís?

—Que yo también te voy a delatar... A mí manera, claro... —dijo ella con sencillez.

—¿Qué te pasa? —el capitán Ortega apretaba la fusta entre las manos—. ¿Estás loca?

—No, te aseguro que no... pero si vos lo delatás a Malter, yo le digo a todo el mundo... a todos los del regimiento...

—¿Qué? ¿Qué?

—...que hace años que me acuesto con él.

  • David Viñas
    Viñas, David

    David Viñas (1929) nació en Buenos Aires en 1929. Recibió educación militar y religiosa.

    Junto a su hermano Ismael fundó y dirigió la revista Contorno que al igual que Ciudad, también fundada por él, tuvieron ascendencia en medios intelectuales y universitarios.

    Su concepción política de fuerte raíz marxista ha permanecido firme a través de los difíciles años que transitó su generación.

    Cayó sobre su rostro (1955) fue su primera novela. Un Dios cotidiano recibió el premio Gerchunoff (1957). Dar la cara obtiene el Premio Nacional de Literatura (1962), lauro que repite con Jauría (1971). Lisandro (1972) recibe el Premio Nacional de Teatro y Tupac-Amaru (1973) el Premio Nacional de Crítica.

    Su eje temático es la dominación oligárquica claramente definido en Los dueños de la tierra (1958), Cuerpo a Cuerpo (1979) e Indios, ejército y frontera (1982). En 1967 recibió un galardón de la Casa de las Américas por Los hombres de a caballo. Ha publicado también un volumen de cuentos: Las malas costumbres (1963).

    Entre 1973 y 1983 dio clases de literatura en California, Berlín y Dinamarca. Desde 1984 reside en Buenos Aires, donde es titular de la Cátedra de Literatura argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

    Sus ensayos político-históricos abarcan momentos y personajes clave de la historia argentina. Algunos títulos son: Literatura argentina y realidad política (1964): De Sarmiento a Cortázar (1971), Apogeo de la oligarquía (1975, La crisis de la ciudad liberal (1973), En la semana trágica (1966), Argentina: Ejército y oligarquía (1967), De los montoneros a los anarquistas (1971), Momentos de la novela en América Latina (1973), Qué es el fascismo en Latinoamérica (1977), México y Cortés (1978) y otros.

    En 1991 recibió y rechazó la Beca Guggenheim. “Un homenaje a mis hijos. Me costó veinticinco mil dólares. Punto”, señalaría más tarde. Sus hijos María Adelaida y Lorenzo Ismael fueron secuestrados y "desaparecidos" por la dictadura militar de los 70.