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Año 9 #99 Enero 2023

Réquiem

La Misa de Réquiem en re menor, K. 626 de Mozart está basada en los textos latinos para el réquiem, es decir, el acto litúrgico católico celebrado tras el fallecimiento de una persona. Se trata de la decimonovena y última misa escrita por Mozart, que murió en 1791, antes de terminarla. El compositor Franz Xaver Süssmayr la finalizó, y el propio autor, ya enfermo, le dio numerosas indicaciones para hacerlo. A pesar de que no pudo ser terminada en su totalidad por el genio austríaco, es considerada como una de sus obras más transcendentales.

En los últimos meses de su vida, asediado por los acreedores y víctima de una enfermedad que, aunque no le impedía trabajar, le dejaba agotado y sin fuerzas, acepta el encargo de un desconocido que le propone escribir una misa de difuntos sin decirle para quién estaba destinada.

Cuentan que a Mozart le impresionó tanto la visita de este misterioso personaje, que en su delirio imaginaba que era la misma Muerte la que vino a encargarle la música de su propio funeral, llegando a desear no aceptar el encargo por miedo a que, al concluirlo, concluyese también su vida.

Pero los apuros económicos fueron más fuertes que su imaginación, y finalmente se decidió a componerlo, aunque constantemente le torturaba la idea de estar escribiendo el Réquiem para sí mismo. La fuerza del Dies Irae que hoy escuchamos nos hace imaginar un Mozart asustado que se rebela con furia ante la inminente muerte. La potencia de las voces y el agitado acompañamiento de la orquesta consiguen crear una atmósfera entre aterradora y aterrada de la que no es posible abstraerse. Los cambios bruscos de carácter hacen más palpable esta dualidad de sentimientos.

Mozart tenía razón, pero no del todo, pues, aunque la muerte estaba cerca, ésta no esperó a que concluyese su obra para llevárselo. El compositor falleció dejando el Réquiem inacabado, y sin conocer la identidad del oscuro caballero, que resultó no tener la explicación sobrenatural que Mozart le atribuía, sino una mucho más humana y prosaica, pues parece ser que se trataba de un noble que quería aprovechar el anonimato del encargo para hacer pasar por suya la obra del genio. La muerte desbarató los planes del usurpador, pues el Réquiem, que fue terminado por uno de los discípulos de Mozart, vio la luz antes de que el encargo llegase a su destino.

 

Intérpretes:

Orquesta Nacional de Francia
Conductor: James Gaffigan
Soprano Marita Solberg
Mezzosoprano Karine Deshayes
Tenor Joseph Kaiser
Bajo Alexander Vinogradov
Coro de la Radio France
Con la conducción de Nicolas Fink
Concierto grabado el 29 de junio de 2017 en directo desde la basílica de Saint-Denis en el marco del Festival de Saint-Denis.

 

  • Wolfgang Amadeus Mozart
    Mozart, Wolfgang Amadeus

    Wolfgang Amadeus Mozart (Salzburgo 1756-Viena, 1791) fue, antes que nada, un genio. En una ocasión Haydn le manifestó al padre de Mozart, Leopold Mozart, que su hijo era “el más grande compositor que conozco, en persona o de nombre”. El otro gran representante de la trinidad clásica vienesa, Beethoven, también confesó su veneración por la figura del salzburgués.

    Mozart y Beethoven son el precedente del romanticismo, y los que definen la terminación del ciclo clásico. Gozó de gran reconocimiento en vida, su misteriosa muerte, envuelta en un halo de leyenda romántica, no ha hecho sino incrementar la leyenda. Genio absoluto e irrepetible, Mozart sigue vigente.

    Hijo del violinista y compositor Leopold Mozart, Wolfgang Amadeus fue un niño prodigio que a los cuatro años ya era capaz de interpretar al clave melodías sencillas y de componer pequeñas piezas. Junto a su hermana Nannerl, cinco años mayor que él y también intérprete de talento, su padre lo llevó de corte en corte y de ciudad en ciudad para que sorprendiera a los auditorios con sus extraordinarias dotes. Munich, Viena, Frankfurt, París y Londres fueron algunas de las capitales en las que dejó constancia de su talento antes de cumplir los diez años.

    No por ello descuidó Leopold la formación de su hijo: ésta proseguía con los mejores maestros de la época, como Johann Christian Bach —el menor de los hijos del gran Johann Sebastian Bach— en Londres, o el padre Martini en Bolonia. Era la época de sus primeras sinfonías y óperas, escritas en el estilo galante de moda, poco personales, pero que nada tienen que envidiar a las de otros maestros consagrados.

    Todos sus viajes acababan siempre en Salzburgo, donde los Mozart servían como maestros de capilla y conciertos de la corte arzobispal. Espoleado por su creciente éxito, sobre todo a partir de la acogida dispensada a su ópera Idomeneo, Mozart decidió abandonar en 1781 esa situación de servidumbre para intentar subsistir por sus propios medios como compositor independiente, sin más armas que su inmenso talento y su música. Fracasó en el empeño, pero su ejemplo señaló el camino a seguir a músicos posteriores, a la par también de los cambios sociales introducidos por la Revolución Francesa (Beethoven y Schubert, por citar solo dos ejemplos, ya no entrarían más al servicio de un mecenas o un patrón).

    Tras afincarse en Viena, la carrera de Mozart entró en su período de madurez. Las distintas corrientes de su tiempo quedan sintetizadas en un todo homogéneo, que si por algo se caracteriza es por su aparente tono ligero y simple, apariencia que oculta un profundo conocimiento del alma humana. Las obras maestras se sucedieron: en el terreno escénico surgieron los singspieler El rapto del serrallo y La flauta mágica, partitura con la que sentó los cimientos de la futura ópera alemana, y las tres óperas bufas con libreto de Lorenzo Da Ponte Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Così fan tutte, en las que superó las convenciones del género.

    No hay que olvidar la producción sinfónica de Mozart, en especial sus tres últimas sinfonías (númeradas 39, 41 y 41), en las que anticipó algunas de las características del estilo de Beethoven, ni sus siete últimos conciertos para piano y orquesta. O sus magníficos cuartetos de cuerda, sus sonatas para piano o el inconcluso Réquiem. Todas sus obras de madurez son expresión de un mismo milagro.

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