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Año 9 #99 Enero 2023

El vendaval y los juncos

Un bello junco a la espera de un vendaval
que lo abatiese inmisericorde.
John William Cooke

 

Los juncos, uno al lado del otro, como soldados de un ejército atónito, son lo primero que va a recordar. Antes que a los puentes, a los ríos olvidados de la deriva que los llevaba a encontrarse con la isla, a la deriva propia que, marcial, va a anhelar; antes que al cadáver que llega comido por los peces; antes que a los ritos confusos entre juncales; antes que a la llegada de la mujer; antes que a la intemperie lluviosa y flotante; antes que a los fuegos encendidos en las orillas, en los bordes del mapa, como confusos ritos, fuegos expandidos por vendavales, fuegos combatidos a sofocones, sin aire, sin más espacio; antes, también, que a la isla misma, como si el juncal la prefigurara, le anticipara una mujer, un cadáver, unos ritos que no comprende, un ejército perplejo.

La historia, como los juncos, incólumes, uno junto al otro, es siempre la misma: un río, una isla, unas sombras que se mueven y que no se dejan ver cuando se gira la cabeza para descubrirlas, unos desaforados; la generosidad parece simple así, cuando no se tiene nada, cuando nada se puede perder, cuando lo mismo se repite sin valor, como un junco que crece inmisericorde junto a un curso de agua.

Les habla a los juncos, les dice que no hay un inicio, o que en el inicio hay un ardid, de aquel al que espera que llegue del otro lado del mar, si es que no ha llegado aún, si es que él pudiera verlo, como los tiempos de la historia se confunden, dice, en una misma repetición de luchas, aunque varíen las circunstancias, no importa si ya ese anhelado ha vuelto, si el pródigo en ardides, como un Odiseo, ya ha vuelto dos veces y ya no está: para él no ha vuelto aún, para él es mejor todavía esperarlo. Les habla a los juncos, el inicio en el ardid del pródigo en ardides, que llamó a un adversario para incorporarlo: otros tiempos, pero la linealidad no importa, si importara, los puentes no estarían ahí, construidos, la isla no estaría ligada, el plan del que les habla a los juncos no se llevaría a cabo.

Hay, en un cuerpo, un estado de postración: un cuerpo auscultado, investigado, con el estetoscopio que presiona sobre el pecho, con las capas tomográficas que lo investigan, con la disección propia de la ajenidad: del cuerpo se habla como si no fuera, como si no estuviera allí, como si se lo estudiara en la lejanía, el cuerpo sustraído del propio cuerpo, de la persona, privados de una identificación entre sí: cuerpo, persona, isla, país: apropiados, expropiados, ajenos a sí mismos, investigados, secos a pesar de llegar flotando en un río, secos a pesar de estar hinchados por el agua, avanzados por los peces. Hay, en un cuerpo, un estado de postración, la imposibilidad de actuar, la mezquindad corpórea, la disputa por la propiedad: la sustracción en vez del goce de las orgías; en el cuerpo también hay batallas, suenan los primeros tiros, explotan algunas molotov, se traza una cartografía del combate incluso antes de que sea descubierto en la orilla, seco, inflado por el agua, comido por los peces.

Les habla a los juncos, imperturbables, cansados algunos que comienzan a inclinarse, mientras otros se acercan, encienden el fuego, disputan qué asar, cómo asarlo, esperan a que se haga, escuchan, imperturbables también, las palabras del que llaman “Bebe”, así, sin tilde al final, con una retracción del acento un tanto engolada, propia del fingimiento de una alcurnia; les dice que en el principio está el ardid de ganarse al rival, de ese otro al que se espera al otro lado del océano (que ya ha vuelto dos veces y que él no lo sabe, como no sabe su muerte, como no sabe que, de lo contrario, los puentes no estarían hechos); en el principio, en el nudo, además de los ardides, están, supone, afirma, como un médico de un cuerpo que, ajeno, encarna a quien lo escucha, que son los cercanos los enemigos a combatir con más fiereza, aquellos que deberían suponerse amigos, aquellos por los que ha tenido que salirles al cruce: los heraldos de las posiciones confusas, los filósofos de las brumas, los abanderados de la nada. Dice, lo escuchan los juncos, lo escuchan los que hacen el asado, cansados del día, de la isla, de los pequeños fogones en los que cada uno de los que la habitan cocina lo suyo; ahora, colectivos, en una sola cocina, parrilla, fogata: lo burocrático es un estilo en el ejercicio de las funciones o la influencia, dice que presupone, mientras la comida se asa, mientras el cuerpo aún vaga por el río sin encontrar la orilla, que presupone, por lo pronto, operar con los mismos valores que el adversario, es decir, con una visión reformista, superficial, antitética de la revolucionaria. Se sonríen los juncos, los hombres y las mujeres que lo escuchan, porque ha empezado a hablar como siempre, un poco ensimismado, un poco para nadie en particular, le sirven un vaso de vino que toma con desdén, le piden que siga, porque saben que es esa indefinición de los que llama burócratas lo que lo ha llevado a refugiarse en la isla, a hablarles a los juncos y a ellos, a organizarlos cada tanto, a que la isla deje la postración cartográfica para ser territorio: el burócrata, dice, quiere que caiga el régimen, pero también quiere durar; espera que la transición se cumpla sin que él abandone el cargo o posición; es esa burocracia, la que en esta isla representan los puentes, la que en esta isla representan las aisladas fogatas, la que acá y ahora, nosotros, juncos, uno al lado del otro, esperamos vendavales que nos muevan, la que acá y ahora es esa espera; esa burocracia o como les guste llamarla constituye, en los hechos, en lo que no está dicho, en lo que se implica a sí mismo, una estructura intermedia por donde el régimen esteriliza los impulsos revolucionarios. Sucede, sigue, casi a nadie le habla, casi al río que arrastra, todavía lejos, un cuerpo: esa mentalidad, dice, se diferencia de la de una concepción revolucionaria en que la primera solo permite ver cosas y la segunda busca la relación entre las cosas, la conexión íntima que la crónica desconoce. Ya casi al final, cuando todos los juncos se han sentado a comer, cuando ya lo llaman con insistencia, casi para sí, para no ser oído, suelta: ofrecen un simulacro de lucha con un enemigo que ya fue puesto fuera de combate.

Llega, lento, mecido por las olas, la cara comida por los peces, el cuerpo a la orilla. Si el tiempo fuera apenas una línea, ese no sería el cuerpo de la compañera del que llaman Bebe, porque él debería de haber muerto antes que ella, porque los puentes se construirían después, porque aquel al que esperan que vuelva del otro lado del océano también habría muerto, porque ella, la compañera, está a su lado, mientras todos comen, mientras él aún habla de lo que ha abandonado, corrido por los que llama “burócratas”, habla con estupor, para los juncos, que son todos, que somos todos, con los ojos de quien vuelve a ver por primera vez, del movimiento endemoniado al que pertenece, al que perteneció, al que lideraba ese anhelado del otro lado del océano. Dice, mientras mastica, como si rumiara, como si no pudiera más que soltar las palabras que no son más que un largo bocado que no logra tragar, dice, entonces, del movimiento endemoniado que no es un puñado de ideas y mitos que comienzan a decolorarse, sino una misión (o un porvenir con ineludibles acechanzas, con acechanzas que obstan en el camino, con una barca que amaga hundirse), un frente estructurado en torno a una clase revolucionaria. Dice, ahora atragantado por el vino, que suelta un poco por los costados de la boca, que le mojan el cigarrillo, que el movimiento ha conocido las horas triunfales y las felices jornadas de las masas festivas y los suburbios resonando en cantos, ha conocido el desconsuelo, también, la pérdida, ha sido manoseado como un cuerpo es sustraído por aquellos que lo estudian, lo injurian en ese estudio, lo desprecian como si la lección de anatomía apenas pudiera ser sobre aquello que se decide postrar, postergar, por lo que no se guarda ningún afecto; ha conocido, el movimiento, la derrota y el crimen impune que ha sesgado la flor de sus combatientes. Lo que no ha conocido es el deshonor, dice, como si fuera triunfante al decirlo, se levanta, levanta, también, el vaso de vino lleno de la ceniza del cigarrillo, los pelos engominados que se han soltado un poco, que le caen sobre la frente. Se sienta, ahora, casi callado, casi en una plegaria, por la ausencia del que está al otro lado del océano, por las horas perdidas en la burocracia, por el alejamiento en ese tiempo insular que habita junto a los hombres y mujeres y a su compañera (que es la misma que llega como un cuerpo arrastrado a la orilla), que el movimiento no se suple con la repetición de viejas consignas generales, los recordatorios lacrimosos de efemérides partidistas, la crónica lastimera de las injusticias; mientras esa liturgia conserve su poder, les habla a los juncos, que apenas se mecen por el viento, que esperan vendavales inclementes, de conjurar emociones, podrá estimular algunos ocasionales actos valerosos, pero no integrarlos en una estrategia que lleve a victorias definitivas.

Llega el cuerpo a la orilla, la cara comida por los peces, seco e hinchado por el agua, llega en un tiempo insular, porque no podría ser ella, porque él habría de haber muerto antes, porque los puentes no estarían construidos, porque el anhelado, al que ahora, a falta de un nombre mejor, deciden llamar Sebastián, como el rey portugués muerto en Marruecos, el que los portugueses esperan que vuelva, que surja del mar, que los retorne a ser el imperio perdido, la melancólica espuma de un mar que ya no dominan. Llega el cuerpo a la orilla: es ella, él lo sabe, sabe, ahora que la ve, con la otra ella a su lado, a esa otra que ha conocido cerca de la isla, en una posada, en una biblioteca, en Villa Paranacito, le ha dicho que ha debido escaparse a la isla, que se esconde allí, que pasa los días de conspirador en desgracia. Ella, Alicia, una sola vez hubo de decirle el nombre, es también ella, el cuerpo que ha aparecido en la orilla, cansado, inflado por el agua, inmóvil como si la inmovilidad fuera un gesto atávico, ha aparecido porque el tiempo no es apenas una línea, no puede, tampoco, evitar la huella: el silencio conspicuo, la batalla sobre el tórax, las manos, las piernas, los músculos electrificados, la batalla que él adivina por el silencio, que ni la intimidad del cuchillo en la garganta ha quebrado, en una mesa, en una parrilla, en una cama, bajo el agua; es ella la que se ve llegar, se reconoce allí, aunque el tiempo ahora es insular, en vez de una línea apenas, ilusorio, condensado, irreal como en un mes de calor, se ve ella misma en ese cuerpo en el que otros han librado una batalla, al que han postrado como en una lección de anatomía, ausente la persona de la corporeidad, enajenado a sí mismo, expropiado en una mesa, en una parrilla, en una cama de tensores metálicos. Se ve y él la ve, a su compañera, dice, un poco borracho aún, con el ejército atónito de juncos que esperan la orden del vendaval que, los dos, la ella que se ve a sí misma llegada a la playa y él que balbucea nimiedades frente al convencimiento del cuerpo, llega: es hora del vendaval, se dicen, todos, los unos a los otros.

¿Cuándo vas a volver, Sebastián? ¿Cuándo vas a dejar el arenal marroquí en el que fuiste sepulto para surgir del mar, para perderte en el Río de la Plata, para trepar por el Delta hasta esta isla? ¿Cuándo vas a abandonar el cadáver y volver a nosotros, en persona, cadáver postergado que procrea, que se esparce en todos nosotros, que se disemina polinizado, ya no más que uno sino vario, sin temor del mundo vario, sin temor del otro ni de la multiplicidad, ni de lo expropiado y devuelto al juncal, a todos, inclementes, azotados por el viento que te esperamos? ¿Cuándo, Sebastián, va a verse la gloria de tu imperio quinto, de ese renacer del mar, traído también a la orilla, la garganta henchida del agua salobre, que apenas puede balbucear del quinquenal imperio, del retorno, de ser el sembrador de las naves a haber? Arderán las fogatas de los arenales para guiarte en el camino de las aguas, para que vuelvas a nosotros, para que tu garganta salobre diga, para que el mundo vario tema, al revés, los susurros nuestros, para que el arenal marroquí ya no sea tumba, o puerta que te encierre con su hierro, sino un trono visible de arena, de vendavales, vario, cambiante. Arderán las fogatas que te esperan en los arenales, en el juncal, ya renacido, como una guía, como una señal que seguir, no habrá una sola, sino varias, diversas, ancladas en muchos lugares porque todos son los que te esperan, porque todos son los que te escuchan, porque, multiforme, vario, inasible has de llegar a tu nuevo imperio de arena que vuela desde ese túmulo marroquí. No te detengas en las cosas, en las espadas y en las armaduras, en los caballos y en las insignias, en los estandartes y lanzas de una guerra olvidada, no te detengas en las cosas, en los sables corvos y en las camaraderías turbantes de los enemigos, no tengas nada de eso, no te escudes en las armas ni en velarlas ni en el sentido de las estrellas: tener, Sebastián, es tardar. Los dioses, se sabe, venden cuando dan la gloria, que se compra con desgracia. No te detengas en tardar, en cambiar las glorias: la del arenal marroquí que te retiene, la de las fogatas que te esperan. Llega el agua a la costa ociosa de esta isla, llega incólume, precisa, despreocupada como una reverberación de ese mar en el que te hundiste por debajo de la arena; llega el agua y arrastra un cuerpo que no es tu mensaje, aunque sí tu demora, tu temor del mundo vario, tu postergación de presentes sucesiones, tus elucubraciones bajo una luz tenue y nocturna, tus vacilaciones; llega el agua como ondas telegráficas que esperan tus palabras que ya nadie puede escuchar, cartas borroneadas como si la salinidad del mar en que te demorás borrara las letras, cartas de un escorbuto de tinta: tener, Sebastián, es tardar; no te demores en tardar; no te detengas en tener. ¿Cuándo, Sebastián, vas a salir del mar y llegar a nosotros, a esta isla que te espera, a las fogatas en los arenales, a la noche desposeída? ¿Cuándo tu garganta salobre se alzará sobre el mar y dirá?

Avanza sobre la orilla el que llaman Bebe junto a su compañera, que ha conocido hace tiempo, en una velada, a unos kilómetros de la isla, en Villa Paranacito, donde le ha dicho que vive en la isla, que se refugia allí, que organiza a los demás, los juncos impacientes de vendavales, le dice que se ha cansado de los que no dejan de prometer inviernos implacables que nunca fallan y primaveras floridas que nunca llegan. Recuerda ahora esa conversación y esa noche, de la mano de ella, la compañera, con la que avanzan sobre la orilla, hacia el cuerpo que ha llegado inflado de agua, el cuerpo de ella, la compañera, que se mira de la mano de él mecerse por la olas, porque el tiempo no es apenas una línea y, si lo fuera, aquel anhelado, al que han llamado como una broma entre ellos, Sebastián, como un rey portugués, ya habría vuelto en efecto, dos veces, y estaría muerto, como él mismo, el Bebe, lo estaría hace tiempo, y los puentes que forman el plan, ese que han madurado en tantas veladas de vendavales, ese que el juncal aprueba, los puentes no existirían.

Es un hecho, dice él, el cuerpo que llega, es un hecho que acelera los planes largos, que los define, que los resuelve. Recuerda, sin embargo, a todos los que allí están que una revolución es el lugar donde la historia deja de ser espontánea, para hacerse conciencia, para acomodarse al contexto, a la coyuntura, a la heterodoxia de los objetivos, a los que la inoperancia de los métodos desvirtúa y desmiente, como si el camino no pudiera inventarse, como se inventa una república que puede ser una isla, una isla que ha de romper lo que todavía la liga a ese territorio del que desprenderse, para salir al mar, a buscar a aquel que está, porque el tiempo no es apenas una línea, aún del otro lado del océano. La forma, el encuentro, la confluencia de los hechos, la manera de llevarlos a cabo, dice, exaltado, mientras algunos otros llevan el cuerpo llegado al arenal y lo comienzan a tapar, como un túmulo improvisado de orillas, son una acción basada en una aproximación a la realidad, de lo contrario, afirma, va hacia un fracaso. Una política revolucionaria es una creación constante, dice, ahora, con recogimiento, frente a los primeros juncos arrojados como flores sobre el montículo de arena que cubre el cuerpo de la compañera que también lo toma de la mano, que suspira con él, que acuerda en lo que dice, que lo insta a seguir hablando para los demás, ya prestos para ir a buscar los medios que han acumulado durante años de escucharlo, para llevar a cabo el plan; dice, insiste, suspira, con la mirada gacha, dispuesto a la acción, a romper los vínculos, una república también puede ser una isla, los azuza a todos, a los juncos, a los otros, que ya no dudan de que toda revolución debe ser primero rechazo si después quiere ser afirmación, como ya les ha dicho, como les vuelve a decir en voz baja, mientras se seca la frente, mientras tira también un junco al montículo de arena que cobija el cuerpo. Se da vuelta hacia los demás, ahora audible, ahora como si no hubiera enterrado a su compañera que también le sostiene la mano, en ese tiempo insular que vuelven a compartir, dice: el régimen debe ser desalojado por la violencia porque se mantiene por la violencia.

Hay en un cuerpo una forma de la postración, de lo postergado, cuando parece pertenecerles a los otros, como si allí, también, se libraran las batallas: un estetoscopio que exige quietud, la invasión de espéculos que revelan oquedades, el cuerpo de los otros con la pérdida, sin mediaciones, de la identidad entre la persona y el cuerpo, como una isla despoblada, provista apenas de dos puentes y unas fogatas, como si pudiera ser reducido a lo orgánico, a lo que funciona sin que se lo quiera, presente y sucesivo, un cuerpo de los otros, batallado, invadido, privado de sí mismo, como una expropiación, como una apropiación, invadido con gritos de guerra, en una lucha que puede perderse, él, el Bebe, piensa, se sabe derrotado, en ese cuerpo, el de la compañera, aunque ya no sea uno ni vario, sino de los dos, ya no apropiado ni expropiado: no el cuerpo de los otros, postergado, postrado, elucubrado en la lección de anatomía, no de los otros, sino propio, para los otros, con el matiz de la preposición que va del partitivo al fin, que va de la ajenidad (de sí mismo) a lo que se comparte, lo que se hace público, del secreto a la orgía, un cuerpo que no es el mismo que ha llegado a la orilla hinchado de agua, ni el que sostiene la mano de él en el nombre de la compañera, otro que se vuelve un grito en la voz de los juncos que encienden las fogatas.

Las fogatas son la primera parte de la acción repasada hasta el cansancio; se prenden simultáneas, consecutivas, arrasan la tierra, como si fuera necesario fundarlo todo otra vez, encandilan a los de los poblados que del otro lado de cada río que circunda a la isla pueden ver lo que hacen. Canturrean los juncos, los hombres y las mujeres mientras recorren la isla para encender las fogatas que, además de cegar a los de Zárate, del otro lado del Paraná de las Palmas, y a los del paraje de Brazo Largo, del otro lado del Paraná Guazú, además de cegarlos, son las fogatas las que van a permitirles navegar esa noche, después de las explosiones, planeadas por él, por ella, la compañera, que ahora, ellos dos, tomados de la mano, se han ido por un sendero hasta el extremo este de la isla, ese que ha de hacer de proa cuando las detonaciones hayan ocurrido, desde allí, desde esa punta, podrán torcer el rumbo hacia el mar, hacia ese otro anhelado que, suponen, porque el tiempo no es apenas una línea, los espera. Canturrean mientras los juncos, como ellos mismos, pueden empezar a arder, enardecidos, “la historia pasaba junto a nosotros, briznas de multitud, y nos acariciaba como la brisa fresca del río”, cantan eso que él, al que llaman Bebe, tantas veces le dijo que alguien al que admira ha escrito: canturrean y salen todos juntos al encuentro de la acción, de lo que hay que hacer para ir a buscar al anhelado más allá del mar, como antes, cuando se escribieron las líneas que cantan, las briznas de la historia, la brisa del río, como antes fueron a buscarlo a una fuente de descalzos pies.

Como las candilejas de un teatro, una a una las fogatas comenzaron a prenderse en los distintos puntos de la isla: escondidos en el fuego fueron los otros, los juncos, en palabras de él, a buscar la acción, las municiones, la dinamita que han apartado en todos los años de frío isleño, de tiempo insular, de charlas y comidas, desde que él llegó, desde que cruzó el puente sobre el Paraná de las Palmas, desde que ella llegó desde Villa Paranacito, por el puente que cruza el Paraná Guazú: son los dos el mismo río, que la isla esquiva, divide, que han de empujar con la misma fuerza cuando él y ella, en la punta de la isla conduzcan el navegar. Ahora, los otros sacan de los refugios, de los secretos enterrados, las municiones, la dinamita, las mechas y las colocan sobre los pilotes, en torno a los pilotes, que pisan la isla, la tierra inquieta que ya quiere ser movida por el agua. Estiran el sutil cableado que llevan, inmenso, hacia el centro de la isla, lejos de los derrumbes posibles, como una mecha que se extiende por kilómetros, lejos ya de las fogatas costeras, del túmulo del cuerpo que ha llegado comido por los peces, lejos de los arenales y de los juncos costeros que se abaten inmisericordes frente al vendaval, hasta que la orden llega como un susurro más, aunque en la voz de ella en vez de la de él, que mira concentrado hacia adelante, como imagina que ha de mirar un capitán de barco, la orden llega, se presiona el detonador en forma de te, explotan las simultáneas descargas frente a los pobladores de Zárate y de Brazo Largo que no ven por las fogatas que los enceguecen: caen los puentes, caen los vínculos con la tierra firme que ya no los aprisiona.

Se sacude la isla por la caída del cemento de los puentes, simultáneos, por el soltarse de los tensores metálicos, se sacude la isla como un barco que, en medio de la tormenta, no llega a darse vuelta. El Paraná Guazú y el Paraná de las Palmas los empujan a una deriva como quien se saca una prenda y la tira sobre la cama, olvidados de la isla y de los isleños, los expulsan primero al Río de la Plata y, luego, al mar. Antes, los juncos, como les gusta decirse, los otros además de él y ella, festejan, cantan, cocinan, se embriagan: antes de que los ríos que son uno los saquen de allí, destapan los vinos que han guardado con el mismo celo que la dinamita, saben que van hacia ese anhelado, del otro lado del océano, al que llaman, jocosamente, Sebastián, por un rey portugués, del que dicen que es el sembrador de las naves por venir, que ya no parece temerle al mundo vario: los espera con la garganta salobre que ha de decir; él y ella en la proa de la isla miden los avances todavía de la mano, creen que ya nada tienen, como Sebastián, que ya no pueden demorarse en tardar que es tener, como si esa posesión (como la del cuerpo que ahora es para los otros) los hubiera retrasado. Cuándo, Sebastián, dicen habrá de ser ahora, ahora, suponen, cuándo habrá tu garganta salobre de decir, para nosotros; cuándo habrá de ser ahora, cantan, borrachos, los juncos, él y ella, en el momento en que los ríos, que son uno, han de comenzar a empujarlos para desvestirse de ellos y de la isla, ahora es cuando han de ser el sonido presente, dice él, de ese mar futuro.

 

  • Ezequiel Bajder
    Bajder, Ezequiel

    Ezequiel Bajder es editor, traductor y escritor. Publicó Inventario del robo (Insert Coin Ediciones, 2009); La gala (Vestales, 2015). Tradujo Balance(o) de la bossa nova y otras bossas, de Augusto de Campos (Vestales, 2006); Las memorias de Rodríguez Faszanatas, de Helge Schneider (Vestales, 2007); Los bruzundangas, de Lima Barreto (Vestales, 2008) y El filántropo, de Rodrigo Naves (Vestales, 2009).

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