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Año 9 #99 Enero 2023

Traslasierra

Editorial: Seix Barral

Capítulo 1

Mi padre, que es uno de los jefes de la Colonia Dignidad, y uno de sus fundadores, allá, en el sur de Chile, me bautizó con el nombre de Rebeca. Rebeca Schrader.

Mi padre, Gerhard Schrader, coronel de la Wehrmacht, fue uno de los miles y miles de oficiales del ejército alemán, de las SS y de la Gestapo que retrocedieron de Stalingrado a Berlín, diezmados, masacrados, mutilados miles de ellos, por un rabioso Ejército Rojo. No perdonaron a nadie, los bolcheviques, escuché decir a mi padre, en un largo crepúsculo chileno, y tan nerudiano como se le podía antojar a la adolescente que yo era.

Quemaron, con lanzallamas, aldeas enteras, molinos, galpones con mucho trigo y muchas vacas. Las quemaron hasta que las cenizas oscurecieron la luz y las reverberaciones de la primavera de abril. No perdonaban los mongoles.

Mataron a mujeres, abuelas, chicos, perros, gatos, con saña e insaciable alborozo, al grito de «Alemania debe desaparecer», hasta que Stalin, desde el Kremlin, dijo: «La historia indica que los Hitlers vienen y van, pero el pueblo y el estado alemanes permanecen». Astuto. Muy astuto. Stalin había leído, con provecho, al judío Marx, y transmitía esa lectura a sus malditos soldados, hijos de perra.

Y llegaron a Berlín, los soviéticos, dijo mi padre, Gerhard Schrader, en San Carlos de Bariloche, en una de las hermosas cabañas de las hermanas Irina y Ángela Mangerdhorfer, cuando aún parecía tan sano, vital y eterno como las montañas andinas que había cruzado desde Colonia Dignidad para visitarme.

Una recomendación de Schrader bastó para que las hermanas Mangerdhorfer me adoptaran, de hecho, como a una hija. Eran, desde 1939, dueñas de una vasta extensión de campo, casi a la altura de Puerto Montt, en Chile, pero del lado argentino.

Melancolía en los largos, crudos inviernos del Sur. Pero Irina y Ángela me protegían, y también Otto, el único hijo de Irina, un hombre de trato exquisito, pero que podía matarte de un solo golpe. Yo desayunaba, almorzaba y cenaba en la casa de Irina y Ángela y, en algunas noches de ese invierno, dormí con Otto. Heilige Nacht, llamaba Otto a esas noches. No, no eran noches de paz, pero él y yo las gozábamos como si ésas fueran las últimas noches de nuestras vidas.

Las hermanas Irina y Ángela agasajaron a Schrader con una cena alemana, de esas cenas que Schrader disfrutó en Salzburgo, su ciudad natal, cuando él era un joven oficial de los ejércitos del Führer, en 1940, y lucía un hermoso uniforme y botas de cuero, que su asistente, «un pasmado campesino bávaro», lo llamó Gerhard, lustraba por horas y horas.

No faltaron, en la cena de las hermanas Irina y Ángela, salchichas gruesas como jóvenes ramas de árbol, y cerveza negra y schnaps.

Schrader prendió su pipa y nos dijo que las hordas de Stalin rodearon Berlín, y sus cañones y sus tanques, miles y miles de cañones y miles y miles de tanques, bombardearon la ciudad noche y día.

Schrader fue destinado a ser uno de los pocos oficiales fieles que debían cuidar el búnker donde se habían refugiado Hitler y Eva Braun.

Schrader guardó silencio un largo momento.

—Nosotros confiamos en la blitzkrieg. Y nos dio resultados espléndidos en El Alamein, en las Ardenas, en Europa. Ellos, los asiáticos, en el fuego del cañón. Aprendieron de Kutusov que, en 1812, enfrentó a Napoleón y lo venció con una desvencijada artillería.

Schrader sabía, en ese búnker, que generales de la Wehrmacht habían establecido contactos, en Suecia o en Suiza, con jefes militares y diplomáticos americanos e ingleses para lograr una paz por separado. Y dijo que, así, quizá, se evitaría la disgregación de Alemania.

—Buen tabaco, el americano —dijo Schrader, y largó una bocanada de humo—. Del sur de Norteamérica, ¿se entiende? —Y ése fue todo el comentario que le escuchamos acerca de las negociaciones con los representantes de Roosevelt, Churchill y Eisenhower.

Le pregunté a Schrader, esa noche, en la casa de Irina y Ángela, por qué yo llevaba un nombre judío.

—Por qué yo me llamo Rebeca —le pregunté.

Irina, Ángela y Otto me miraron en silencio, turbados, tal vez, por lo que, probablemente, consideraron una herejía.

Schrader sonrió. Eso creo. Que sonrió. Eso creyeron Irina, Ángela y Otto. Pero nunca hablamos de qué hubo en la cara de Schrader en esa cena de invierno u otoño, en San Carlos de Bariloche.

Schrader dijo que el ejército alemán ocupó Polonia. Y que él comandó uno de los regimientos que entraron a Varsovia con el consentimiento y la aprobación de los nobles y los aristócratas de ese país que aún recordaban a Trotsky y los patíbulos que levantó en su marcha de semita petulante hasta las murallas de la ciudad. Lo recordaban con sus anteojos de intelectual y su arrogancia. Recordaban su cargo de comisario de guerra de los soviets y sus gestos de un exégeta de Danton.

En el ghetto de Varsovia, Schrader, sin custodia alguna, caminó por sus estrechas, malolientes calles. Olía a orines, a pescado podrido, a bar mitzva. A mierda, nos dijo el hombre que era mi padre.

Entonces, la vio. Rebeca era una muchacha de pelo rubio, de ojos azules o, quizá, grises: ¿qué importa qué color tenían sus ojos? Pero, eso sí: una cara perfecta y un cuerpo perfecto. Y su altura era la de una muchacha de las juventudes hitlerianas. De las más distinguidas entre las distinguidas de ellas. Botín de guerra.

Schrader le ordenó que juntase sus cosas, si es que poseía algo que apreciara. Rebeca no se inmutó: le respondió a Gerhard, en una mezcla de alemán tosco pero comprensible e idisch, que con lo que llevaba puesto le alcanzaba.

Schrader la llevó a un hotel polaco 5 estrellas, fuera del ghetto, qué duda cabe, y la anotó como Rebeca Schrader. Los empleados del hotel, melosos, serviles, se apresuraron a abrir una suite aceptable en el segundo piso. Buena cama matrimonial. Buenas luces. Buena ducha. Buena bañadera. Agua caliente. Suficientes botellas de bronfn, schnaps, vodka. Un vino francés, cosecha 1927. Schrader paladeó el vino y comentó, divertido, que le faltaba un poco de añejamiento.

—Necesitás ropa —le dijo Schrader a Rebeca.

—Salgamos a comprar —dijo Rebeca—. Los negocios de venta de ropa no cerraron. Y los negocios de los judíos quedaron en manos de sus dependientes polacos.

—La guerra, ¿no? —dijo Schrader.

—La guerra, sí —dijo Rebeca, la cara pura y sonriente.

Fue un largo, apasionado romance. Romeo y Julieta en el siglo XX.

Tomaban vodka antes de irse a la cama. Y paseaban por las calles de Varsovia. Y, después, regresaban al hotel y a su calefacción, que no se interrumpía ni en otoño ni en invierno.

Schrader llevó a Rebeca a París.

Un oficial prusiano, Ernst Jünger, escribió en su Diario: «Entramos a París en punta de pies». Los alemanes somos cultos, querida mía… Goethe, Hölderlin, por sólo dar un par de nombres. Y una multitud de músicos conocidos en el mundo entero… Sin contar a Thomas Mann, que optó, el idiota, por exiliarse, dijo Schrader a Rebeca.

Heinrich Heine, por dar un solo nombre, dijo Rebeca, riéndose, desnuda, en la cama de un hotel de Montmartre. Sin hablar de Jesús, sus padres, y los apóstoles. Y Marx fue judío, pero leía y escribía en alemán, y en francés e inglés, y se casó con una baronesa aria.

Gerhard, lascivo y embelesado por su botín de guerra, dijo que Rebeca tenía agallas.

Rebeca dijo que sí, que las tenía.

Schrader y Rebeca regresaron a Varsovia.

El Führer ordenó invadir Rusia el 22 de junio de 1941. Y Schrader quería tener a Rebeca cerca de las fronteras de la URSS. Y le prometió que volverían a encontrarse. Y le dejó dinero suficiente para que lo esperase sin sobresalto alguno. Y víveres de primera calidad, no perecederos, que recibían los altos mandos del ejército.

Las tropas alemanas llegaron hasta las puertas de Moscú. Con los binoculares, los oficiales nazis veían las cúpulas ortodoxas o bizantinas de las iglesias de Moscú. Sólo un paso más y ocuparían la ciudad. Pero Stalin, el 7 de noviembre, fecha del estallido de la Revolución Rusa, veinticuatro años antes, y que los abuelos y padres de Schrader maldecían, como si maldijeran al mismísimo Diablo, ordenó, desde el mausoleo de Lenin, una contraofensiva a sus generales.

Los bárbaros se tiraban contra los blindados germanos con explosivos rodeándoles los pechos y las panzas. Esa locura, dijo Schrader, no pasó por la cabeza de los franceses o de los belgas. Países civilizados, Rebeca, le dijo Schrader a Rebeca, en una cortísima licencia que le concedieron por su impecable foja de servicios.

—Estás hermoso, Gerhard —le dijo Rebeca.

—¿En serio? —preguntó Gerhard.

—Más hermoso y apuesto que Clark Gable en Lo que el viento se llevó… Vi la película en 1940, a un año de su estreno —dijo Rebeca en la suite del hotel varsoviano 5 estrellas.

—Antes de que Estados Unidos nos declarase la guerra —dijo Schrader.

—Sí, antes… No sé por qué hicieron eso: Roosevelt no es comunista —dijo Rebeca como confundida.

—Es judío —dijo Schrader.

—¿Ven este diente de aquí, adelante? Lo rompí de furia y dolor… Dios fue injusto con Alemania… y en aquel momento acaricié la Cruz de Roble que me entregó el general Guderian. Triste consuelo, les digo. Pero consuelo, al fin.

Irina y Ángela, y Otto, estaban sentados a esa mesa, y miraban a Schrader, que vaciaba su pipa y la volvía a cargar con tabaco americano de las plantaciones de Memphis o de Saint Louis.

Schrader y yo, Rebeca Schrader, la hija de Gerhard Schrader, los acompañábamos, también sentados a esa mesa, y yo olía el humo del tabaco americano que fumaba Schrader, y me dije, y no fue la primera vez que me lo dije, que Schrader tenía buen gusto.

Schrader, además, era un caballero. No por la Cruz de Roble que recibió de manos de sus jefes. No por la osadía de sacar a una judía del ghetto de Varsovia, y pasearla por las calles de París. Era un caballero porque era Gerhard Schrader.

Y el caballero que era Gerhard Schrader les dijo a las hermanas Irina y Ángela, y a Otto, que, probablemente, los había fatigado con sus historias, y que lo perdonaran, bitte, y que nos fuéramos a dormir porque las noches de otoño o invierno en San Carlos de Bariloche pueden ser tan frías como las que él conoció en la Rusia de Lenin y Stalin.

Otto pareció no escuchar a Schrader, y dijo que hubiese dado un ojo de su cara por vestir el uniforme de soldado alemán en Stalingrado. Y aun en Berlín.

Schrader, como devastado por la evocación de esos dos nombres trágicos —Stalingrado, Berlín—, agachó la cabeza, y palmeó las enormes manos de Otto, tendidas sobre la mesa de Irina y Ángela, en ese otoño o invierno de Bariloche.

Irina, inexplicablemente furiosa, le preguntó a Schrader si, a esa altura de la noche o la madrugada, no era hora de una segunda cena.

Schrader, un caballero, dijo que sí, que tenía hambre, y que en Colonia Dignidad corría de cinco a diez kilómetros diarios. Schrader mentía como miente un caballero. Y sonrió a las hermanas Irina y Ángela, y a un todavía abatido Otto.

Irina levantó una torneada campanilla de bronce y la agitó. Apareció una sombra muda y de pequeña estatura, vestida de blanco. E Irina le susurró algunas palabras muy breves al oído. La sombra se inclinó en una reverencia, y desapareció.

Ángela dijo que la sombra era un sirviente de confianza. Probado en años y años de trabajo en la cocina de la casa. Un chilote, aclaró Irina. Y que íbamos a comer cordero patagónico. Y que íbamos a tomar un vino añejado durante una década en las bodegas de la casa.

El chilote subió tres botellas de las hondas profundidades de la casa, e Irina se permitió una información que supuso irónica o despectiva. Dijo que las botellas eran de Bodegas Flichman, y que ella no sabía si Bodegas Flichman son bodegas alemanas con apellidos judíos o bodegas judías con apellidos alemanes.

Otto gruñó como un perro bulldog. Borracho, Otto. Pero una mirada de su madre aplacó las exaltaciones caninas de Otto.

Gerhard rió como nunca más se lo escuchó reír. ¿Se reía del desconcierto de Irina, de la impotencia furiosa de Otto, de la lejanía silenciosa de Ángela?

Schrader sonrió.

Sí: Schrader sonrió como debió sonreírle a la judía Rebeca Schrader en París o en Varsovia.

Ángela dijo que también podían comer lomo de cerdo mechado con ciruelas deshuesadas, ajo, y sal y pimienta negra molidas, y algunos otros ingredientes.

Schrader agradeció, y dijo que habría tiempo para dedicarse a esas suntuosidades, pero que, ahora, era el turno del cordero patagónico.

Schrader cortó en trozos pequeños la carne del cordero, y masticó lentamente la dorada carne del cordero, y alzó su copa de vino añejado, y la miró a trasluz.

Gerhard dijo que el gobierno del general Perón permitió, desde que fue elegido presidente de la Argentina, en 1946, el ingreso a las pampas criollas de miles y miles de oficiales de la Wehrmacht, de las SS, de la Gestapo, y de médicos, y de científicos. Lo mismo hicieron los bolcheviques, salvo que a los oficiales del ejército y de la marina los mantuvieron presos en campos de concentración hasta los años ’55 o ’56. Liberaron a los que no habían muerto de congoja y de vergüenza. Y fusilaron a los que vivían como un calvario el calvario que vivían.

Gerhard dijo sin mirar a nadie de los que estaban sentados a esa mesa que Rebeca Schrader dio a luz una niña, en Varsovia, y en 1945.

Gerhard dijo que Rebeca entregó la niña a Inge, una enfermera alemana que la asistió en el parto, y que hablaba polaco con tanta fluidez y claridad que fue eximida de sus labores en los hospitales de campaña, y pasó a ser intérprete de los comandantes del ejército alemán en contacto con los jefes de rencorosos miembros de la Armada de Polonia —que así se llamaban los ladrones y criminales y latifundistas encarcelados y expropiados por los bolcheviques—, y depravados, todos ellos.

Gerhard dijo, en la fría mañana de Bariloche, que Inge, derrotada Alemania, embarcó en Cherburgo, con la niña en brazos, y bajó en el puerto de Buenos Aires, con un pasaporte facilitado por el cónsul argentino en París.

Inge, que no parecía fatigarse por nada que le aconteciera, Dios la bendiga, dijo Gerhard, llegó a Colonia Dignidad, y se encontró con Schrader, alto y apuesto como siempre.

Gerhard e Inge se casaron, e Inge se dedicó a cuidar que Rebeca creciera sana y bella. Y Gerhard miró a Rebeca, sentada a la mesa de las hermanas Irina y Ángela, en la noche fría del otoño o el invierno de Bariloche.

Le enseñó Inge, paciente y tenaz, el idioma alemán. Gerhard, el idioma castellano. Gerhard sabía de qué hablaba: él era, aún, su padre.

Rebeca Schrader esperó a Gerhard en una Varsovia cercada por el Ejército Rojo.

Rebeca esperó y esperó a Gerhard investida de una fe de creyente en imaginables y cercanas recompensas.

Rebeca comió las últimas latas de carne que le dejó Gerhard cuando éste tuvo que marchar al combate mortal. De Stalingrado. Las comió, bella y sin apuro.

Rebeca, le informaron a Gerhard, fue tomada prisionera por los comunistas. No hubo juicio, ni siquiera un juicio sumario para Rebeca.

La subieron a un carro tirado por burros o mulas, y la pasearon por las derruidas y, todavía, humeantes calles de Varsovia. El humo del asedio de los Katiusha, de los disparos de los Katiusha, de la artillería de los mariscales Zhukov y Koniev.

Raparon el largo cabello rubio de Rebeca, que ella había envuelto como una maciza corona de oro a la altura de su nuca.

Rebeca gritó, le contaron a Gerhard, ajena al humo y a los bolcheviques, el nombre de Gerhard.

Colgaron, los bolcheviques, a Rebeca, de la rama más alta del primer árbol que les salió al paso.

Judíos andrajosos y famélicos, sobrevivientes de los ghettos de Lodz y Varsovia, de los campos de concentración de Buchenwald, pasaban frente al cuerpo de Rebeca, colgado de la rama más alta de un árbol varsoviano, y le escupían los pies y el ombligo, el trasero, la espalda, y si podían, la cara. Y le fijaron, además, del cuello quebrado por la soga de la horca, un cartón con la cruz gamada.

Fueron generosos con su saliva los judíos y los bolcheviques, dijo Gerhard esa madrugada en la que los vientos de la cordillera y del Pacífico golpearon la casa de las hermanas Mangerdhorfer con su eterna violencia.

Y les llegó, tenue, a los que estaban sentados a la mesa de las hermanas Mangerdhorfer, el perfume de los coíhues y de los cipreses, erguidos, allí afuera, impasibles en la madrugada, como centinelas que recién comienzan su vigilia.

Gerhard, de cara a la luz que bajaba de la lámpara a la mesa, sollozó.

Gerhard no agachó la cabeza. El coronel de la Wehrmacht no agachó la cabeza. Dejó que las lágrimas que cayeron de sus ojos bajaran hasta su camisa y, quizá, hasta sus rodillas.

El coronel de la Wehrmacht miró a Rebeca, y no habló. Tenía los labios torcidos por el odio y el espanto, pero no habló.

El coronel de la Wehrmacht detestaba las vaguedades románticas de Romeo.

Romeo nunca supo que el cuerpo de una mujer es territorio ocupado. El coronel de la Wehrmacht detestaba a Romeo y al Shakespeare de Romeo y Julieta.

Irina preguntó a Gerhard, lágrimas en las mejillas de Gerhard, cómo se llevaba con el whisky.

Gerhard dijo que apreciaba el whisky, cualquiera fuera su marca. Las hermanas Irina y Ángela llamaron al chilote con la campanilla de bronce opaco, y Otto le murmuró unas palabras al chilote, inaudibles para los que rodeaban esa mesa despejada de los platos y cubiertos de la cena.

El chilote trajo unas botellas de White Horse y Jack Daniel’s.

Otto sirvió tragos a Rebeca, Gerhard, y a las hermanas Irina y Ángela. El de Otto casi desbordaba el vaso.

Prosit —dijo Gerhard, y miró a Rebeca. Y Gerhard bebió lentamente su medida de Jack Daniel’s.

Otto volvió a llenar su vaso. Y Gerhard dijo que estaba cansado, y que agradecía infinitamente la hospitalidad de las hermanas Mangerdhorfer y, por supuesto, la de Otto. Y que, quizá, dentro de unas horas, compartiría el desayuno con ellas y con Otto. Y, luego, llevaría a Rebeca al lago Gutiérrez o al Mascardi.

Tantos años en Colonia Dignidad dándole forma y la sustancia de una fortaleza nazi le privaron, a Gerhard, de llevar a Rebeca a que conociera esas bellezas de la Naturaleza, de las que Rebeca sólo había escuchado fervorosas alabanzas.

Hacía frío en las últimas horas de esa madrugada del Sur. Gerhard rodeó con un brazo todavía fuerte a Rebeca, brazo que supo alzarse, rígido y flexible, en el saludo a sus superiores y al propio Hitler.

Caminaron, los dos, recordó Rebeca en las sierras de Córdoba, con las cabezas gachas. Una tormenta de nieve, que sólo Dios o el Diablo sabrían de dónde venía, los demoró hasta la extenuación.

—Moscú —jadeó Schrader cuando, por fin, pudieron entrar a la cabaña que les habían asignado las hermanas Mangerdhorfer. Damas alemanas que confiaban en el honor de un coronel de la Wehrmacht.

Schrader echó unos leños en la chimenea de la cabaña, y se desmoronó en un sillón frente al fuego, frente a los leños que chisporroteaban en el piso de la chimenea.

Schrader cerró los ojos y Rebeca se acuclilló a su lado. Poco a poco, una calidez halagadora cubrió los reducidos espacios de la cabaña.

Rebeca preguntó a Schrader si deseaba tomar una copa de algunos de los licores que hubiese en la cabaña.

Bitte —murmuró Schrader.

Rebeca le alcanzó una copa de coñac.

Schrader abrió los ojos, miró las chispas que aún lanzaban los troncos que echó en el piso de la chimenea, y miró a Rebeca.

Schrader rió. Y supo que, al reírse, arrinconaba al coronel de la Wehrmacht que llevaba dentro de sí. No lo mataba: lo arrinconaba.

Gerhard pidió disculpas a Rebeca por reírse, y por el lugar común que iba a escuchar, y que suscitó su risa. Rebeca movió la cabeza, y dijo que lo escuchaba. Y que lo escucharía hasta que él no deseara hablar una palabra más.

Gerhard dijo que Rebeca era igual a su madre, un siglo atrás, cien años de guerra atrás. Igual a su madre en Varsovia y en París, y en Varsovia otra vez. Y en los hoyos de Stalingrado, cuando Gerhard la evocaba, los dedos en el gatillo de la ametralladora, y entumecidos los dedos por el abominable invierno ruso. Y en los accesos de Berlín, asediados sus defensores por los siberianos con gorros de piel, y estrellas de cinco puntas en los gorros de piel, y banderas rojas, el martillo y la hoz entrecruzados en el ángulo izquierdo de las banderas rojas.

Gerhard llevó a sus labios la copa de coñac, y la vació.

Dänke schon —dijo Gerhard en voz baja.

Rebeca acarició las manos del hombre que era su padre. Y le preguntó por qué no se suicidó, como se suicidaron muchos oficiales de su rango que custodiaban el búnker de Hitler.

Gerhard dejó la copa vacía de coñac en el piso de la cabaña, y dijo que él se había jurado vivir por ella, Rebeca, y para la venganza, así la venganza tardase mil años en llegar.

Gerhard dijo que un fabulador argentino escribió que «No hay otros paraísos que los paraísos perdidos». Estaba ciego y sordo a la realidad que se aproximaba, a la verdad de la venganza que llegaría no importa el tiempo que se demorara. Y Gerhard musitó que él no era un loco. Él era, aún, un oficial de la Wehrmacht.

Rebeca volvió a llenar la copa con coñac.

Gerhard asintió con un movimiento de su cabeza.

Gerhard dijo que hubo un narrador y dramaturgo alemán, Bertolt Brecht, que escribió que «Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo».

Talentoso, el hombre. Y alemán. No entendió que nosotros éramos socialistas nacionales. Y arios. Y que llevaríamos nuestro ideario al mundo civilizado y occidental. Y que Alemania y el mundo civilizado y occidental conformarían el paraíso hallado.

Talentoso, sí. Pero pretendía, dijo Gerhard, que los alemanes se levantasen en armas, como los espartaquistas en 1919, que comandaron la judía polaca Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

—La mujer que quise y querré más allá de la muerte, también era una judía polaca —dijo Gerhard, estupefacto.

Gerhard se repuso de su estupefacción, y le dijo a Rebeca, acuclillada a sus pies, que la Rebeca que quiso y que querría más allá de la muerte, esa contingencia inevitable, llevó su apellido, el apellido de un hombre ario, de un coronel de la Wehrmacht. Y no renegó de él, ni cuando las tribus stalinianas le quebraron el cuello.

—Durmamos —dijo Gerhard, y se puso de pie.

Gerhard, de pie, vació de un trago la copa de coñac y, en un mismo movimiento, dejó la copa en el piso de la cabaña, y ayudó a Rebeca a levantarse.

—Por aquí —dijo Gerhard, y subieron los dos por una corta escalera de madera, pintados los escalones y la baranda de la escalera de marrón claro. Chispeaban escalera y baranda con la luz que despedían los troncos que se quemaban en la base de la chimenea.

Gerhard señaló una ancha cama matrimonial, y le dijo que ella dormiría allí. Luego, cuando despertasen, desayunarían a solas. Las hermanas Irina y Ángela le habían ordenado al chilote que les llevase el desayuno a una hora que, suponían, Rebeca y Gerhard estarían vestidos e higienizados.

Gerhard y Rebeca miraron la ventana del dormitorio. La nieve castigaba los gruesos vidrios de la ventana con una furia atroz.

Gerhard abrazó a Rebeca, y le rogó que durmiera. Y con Rebeca entre sus brazos, escucharon, los dos, el aullido de la nieve.

—Moscú —dijo Gerhard en los oídos de Rebeca.

Gutte nacht —dijo Gerhard en los oídos de Rebeca. Y bajó los escalones que llevaban a la base de la chimenea, y a dos cuchetas de soldado, una sobre la otra. Y mientras bajaba los escalones de madera, recordó las palabras de uno de sus soldados en el cerco de los soviets a Berlín: «La vida es corta y llena de mierda».

Gerhard se tiró en la cucheta de abajo, vestido, y con los borceguíes puestos, y sin aflojar los cordones. Y durmió como un coronel de la Wehrmacht con su hija bajo el mismo techo, y poseedor, por derecho adquirido, de la Cruz de Caballero con espadas y hojas de roble.

El desayuno fue alegre, y Gerhard y Rebeca, que se higienizaron bajo el agua de las duchas y se vistieron ropas limpias, tomaron café y comieron fetas de jamones cocidos y crudos, y profusión de galletas de maíz, y algún trozo frío y laminado de cerdo.

Gerhard dijo que Inge era una mujer sumisa, una alemana y nazi que cuidó a Rebeca mejor que nadie que él conociera en la Colonia Dignidad. Eso contó Rebeca, que le contó Schrader.

Y Rebeca contó que Inge murió cuando ella tenía quince años, y que sí, que le enseñó a cumplir sus horarios estrictamente. Tantas horas para dormir, tantas horas para estudiar, tantas horas para la gimnasia y la natación. Pero que fracasó cuando intentó enseñarle polaco.

Gerhard sonrió. Rebeca dijo que Schrader le enseñó francés. Un año en París, dijo Schrader, y miró la mañana del Sur por las ventanas de la cabaña: gris, fría, nevada la mañana del Sur.

Schrader dijo que Rebeca debía conocer París, la ciudad que el ejército alemán ocupó, y por cuyas calles caminaron la judía polaca Rebeca, que llevaba su apellido y él, y gozaron de su febril apasionamiento.

Schrader dijo que Rebeca debía conocer los países escandinavos: países limpios, educados, silenciosos. Germanos, tal vez.

Gerhard dijo que era la madre de Rebeca quien lo miraba, absorta. Y golpeó, con un puño, la tabla de la mesa. Gerhard exhaló un profundo suspiro, y Rebeca pensó que Gerhard siempre suspiraría cuando nombrase a la Rebeca judía polaca de Varsovia, y lo contempló con una indulgente curiosidad.

Gerhard dijo que él pagaría los gastos del viaje de Rebeca. Y más que eso.

Gerhard puso fin a sus suspiros: comenzaban a sonarle ridículos.

Gerhard dijo que Rebeca, antes de viajar a Europa, pasaría por Córdoba. Allí la esperarían su amigo, el doctor Anastasio Escalante, y Fernando, el hijo del doctor Escalante. Fernando, dijo Gerhard, es un excepcional guía de montaña. Y no dijo más.

Gerhard le sirvió whisky a Rebeca, y se sirvió una larga medida para él.

Gerhard tomó un trago, y dijo —la felicidad en el tono de su voz— que Rebeca, cuando abandonase una habitación, jamás diera la espalda a sus ocupantes.

Gerhard le contó a Rebeca que el ejército alemán, que había ocupado casi toda Europa, alborozado y vertiginoso, penetró en territorio ruso con el mismo ímpetu. Y que él, Gerhard Schrader, coronel de la Wehrmacht, estuvo a punto de que lo matara un chiquilín ucraniano. Por dar la espalda al chiquilín ucraniano.

Gerhard no pretendió justificarse, pero dijo que él, en 1941, era un soldado joven que confiaba en el género humano. Y que entró a una isba, sin escolta, sin patear la puerta, sin empuñar una Luger o un fusil ametralladora.

En la isba estaban sentados, alrededor de un samovar, una anciana, un anciano; y un chico de siete u ocho años. No había hombres ni mujeres. Seguramente, el Ejército Rojo los evacuó o los reclutó como mano de obra o los incorporó a las milicias comunistas, o eran guerrilleros que infestaban los bosques cercanos.

Gerhard dijo que se prohibió tener lástima de los dos viejos. El chico era una belleza para su edad. Y tenía las piernas envueltas en trapos, y calzaba zuecos. No, nunca olvidaría a ese niño. Imposible comunicarse con ellos.

Gerhard les dejó un pan seco y duro, y eso también es verdad, y les dio la espalda, y caminó hacia la puerta de la choza.

Fue una imprudencia, dijo Gerhard. Pero algo, un chirrido, un vago, oscuro aviso del cuerpo, lo hizo girar, saltar hacia un costado de la isba, y desenfundar la Luger.

La escopeta que empuñaba el hermoso chico rubio tronó. Y la puerta de madera de la isba se quebró en astillas que saltaron, filosas, hacia la nieve, y para adentro, donde estaban los viejos y el samovar, y la nube de humo que levantó el escopetazo.

Gerhard Schrader mató al muchachito rubio de un disparo en la cabeza. Buen arma la Luger.

—No me preguntes de dónde un chico rubio saca una escopeta y te destroza los pulmones. De dónde saca un hacha y te raja la espalda.

Gerhard desabrochó su abrigo y empuñó la Luger, y le dijo a Rebeca que la Luger se contaba entre las mejores armas que creó la industria alemana. Y que Rebeca la llevara consigo cuando viajase a Córdoba. Y que llevase otros tres cargadores. Son un lujo, dijo Schrader. Tal vez en una armería especializada, de esas que frecuentan los pitucos argentinos, Rebeca encontrara cargadores para la reliquia que le regalaba. (Rebeca recordó, en las sierras cordobesas, con amor a Schrader, y la adjetivación despreciativa, y en desuso, con la que nombró a los ricos argentinos).

Rebeca preguntó a Schrader si un coronel de la Wehrmacht iba a quedarse desarmado en esas soledades.

Gerhard respondió que poseía una .38, y le preguntó a Rebeca si vio películas de vaqueros. Rebeca dijo que sí. Que Inge la llevaba a ver películas de cowboys.

Schrader dijo que él era el sheriff del pueblo. Los dos rieron en esa cabaña, y en ese mediodía del sur patagónico.

Rebeca no olvidaría, en la ciudad de Córdoba, y en Traslasierra, cerca de Villa Dolores, esas risas en el silencio de una cabaña barilochense.

Whisky, preguntó Schrader.

Whisky, respondió Rebeca.

Schrader y Rebeca, vasos en mano, miraron los cortos y gruesos troncos al rojo vivo, en el piso de la chimenea. Y las lenguas azuladas del fuego que subían de los troncos cortos y gruesos al rojo vivo.

Dos whiskys en la mañana, dijo Gerhard. Buen promedio.

Gerhard dijo, el vaso lleno de whisky en la mano, que abandonó el búnker de Hitler, cuando Eva Braun y Hitler se suicidaron, y vestido de civil viajó, mezclado con las insoportables filas de refugiados, rumbo a Münster, primero, y Düsseldorf, después. Y a Dortmund, en el oeste de Alemania.

—Este hombre que soy, todavía, con la mano derecha en la empuñadura de la Luger, y una cantidad razonable de dólares americanos en los bolsillos, que nuestros camaradas arrebataron a los soldados de Eisenhower y Patton, apresados o muertos, y que repartieron con una generosidad sombría y estremecedora, embarqué en algún puerto, no recuerdo cuál y con perfectos documentos falsos, rumbo a USA. ¿Te imaginas, Rebeca? ¿Rumbo a USA?

Gerhard le dijo a Rebeca, el vaso lleno aún de whisky, que llegó a USA, y que en la aduana de Nueva York lo atendió un oficial que le sonreía con la boca abierta y dos filas de dientes enchapados en oro.

El oficial se presentó a Gerhard:

—Soy Ulises Rabinovitz.

Gerhard, el coronel de la Wehrmacht Gerhard Schrader, le dijo a Rebeca que los judíos leen mal la mitología griega. Pero que «no cambian la basura de sus apellidos». Y Gerhard le dijo a Rebeca, vencido por una depresión que lo asustó:

—Eso es la democracia USA… Llegará el tiempo que elijan un presidente negro… El FBI y la CIA duraron y durarán más que Roosevelt, o cualquier ocupante africano de la Casa Blanca. Y el ejército, si aún quedan generales como Douglas Mc Arthur… Y Wall Street, para pagar los gastos.

Gerhard tomó un sorbo de whisky, y le dijo a Rebeca que supo de un escritor norteamericano, Ernest Hemingway, que combatió en la Primera Guerra Mundial y que en su novela Por quién doblan las campanas, Robert Jordan, yanqui, es un guerrillero republicano, que enfrenta a los enviados del Führer, a los bersaglieri del Duce, y a los soldados del generalísimo Franco.

El tal Hemingway, dijo Gerhard, estuvo presente en la Segunda Guerra Mundial como corresponsal de una revista yanqui, embutido en uno de los miles de tanques que rompieron la línea Sigfrido, y armado, el muy canalla, con una carabina y una pistola.

Gerhard dijo a Rebeca, los dos en la cabaña que era propiedad de las hermanas Irina y Ángela Mangerdhorfer, que muchos años después de 1944, leyó la nota que escribió el tal Hemingway, y que guardó en el bolso que el chilote había depositado junto a la cucheta de Gerhard.

Gerhard sacó una vieja y ajada hoja de revista y, cuidadosamente, la desdobló.

Gerhard leyó, a Rebeca, en traducción directa del inglés al castellano:

Eran jóvenes de las SS: bajaron de rodillas y en fila india a la carretera; esperaban que se les diese muerte.

Les aseguramos que se les respetaría la vida. Salieron sólo doce; los demás estaban malheridos o despedazados. Cabezas, brazos y piernas rodaban por el suelo de aquella maldita casamata.

Hicimos bastantes prisioneros, y para vigilarlos estábamos solamente el coronel, el sargento Smith y yo, por lo que los reunimos y les ordenamos que estuviesen sentados allí mientras se aclaraba la situación. A poco, se presentó la sanidad y atendió al joven Roger, que continuaba tendido en el suelo; al ir a curarle las heridas, dijo que estaba satisfecho de morir en tierra alemana.

Ese Roger, dijo Schrader a Rebeca, era francés, y le habló en francés al coronel yanqui. Y el tal Hemingway tradujo el francés de Roger al americano.

Gerhard, fastidiado y, más aún, irritado, terminó de leer, para Rebeca, la nota de Hemingway:

Cada vez que me acordaba de ese muchacho sentía deseos de continuar dando muerte a los Krauts.

Schrader alzó los ojos de la vieja y ajada hoja de la revista, la volvió a doblar y guardar en su bolso, y miró a Rebeca largo rato y en silencio.

Schrader murmuró que, por supuesto, los Krauts del tal Hemingway eran los soldados alemanes.

Un cerdo, el tal Hemingway, dijo Schrader.

Rebeca dijo que fueran a almorzar, que las hermanas Irina y Ángela, sin contar con Otto, que lamenta conservar los dos ojos intactos, los esperaban.

Gerhard rió, alegre.

Gerhard, que aún reía, le preguntó a Rebeca si se había acostado con Otto.

Sí, dijo Rebeca, y tomó del brazo a Schrader, y salieron de la cabaña, camino a la casa de las dos hermanas, la nieve cayendo sobre ellos.

Irina y Ángela los recibieron, y los llevaron a una mesa apartada del resto de los comensales. Personas adineradas, el resto de los comensales, de rasgos finos hombres y mujeres, y de hablar bajo y aire distinguido.

Cuando Rebeca y Schrader se sentaron a la mesa que les habían reservado Irina y Ángela, Rebeca dijo que Gerhard no la comprendió: fue ella la que se acostó con Otto. Schrader volvió a reír:

—Comienzo a comprender —dijo Gerhard.

Las mujeres y sus maridos, informó Gerhard, y señaló a los comensales que hablaban bajo, señal inequívoca de una cultura heredada, son los patrones de la Sociedad Rural. Son los que se apellidan Aberg Basaldúa, Piñeyro Coba, Anchorena, Videla Zemborain, Obligado Uribe.

Curioso país éste, dijo Rebeca.

Schrader dijo que sí, que éste era un curioso país. Dijo que los leninistas violaron y mataron a las princesas rusas que vestían tapados de piel, que arrasaron el imperio zarista construido por Iván El Terrible y Pedro El Grande, y nadie llamó curioso país al país de los soviets, a la Unión Soviética.

Curioso país éste con generales de guerras municipales, que se creen prusianos por sus lecturas discontinuas de Clausewitz, dijo Schrader, salvo uno de ellos que cruzó los Andes tumbado en una camilla, que avanzó sobre la parte civilizada de Chile, y se comportó como un gran señor con los oficiales del reino de España que sus hombres capturaron.

Gauchos, los hombres que capturaron a los oficiales del reino de España. Y el jefe de esos gauchos, el general que cruzó los fragores de los Andes, dijo Schrader, coronel de los ejércitos del rey de España. Esos hombres orgullosos y valientes, jinetes insuperables y de una sola palabra, desaparecieron. Los devoraron los inmigrantes, dictaminó Schrader. Italianos y judíos, los inmigrantes.

La siesta, advirtió Schrader, es un rito cordobés. Rebeca, dijo Schrader, viviría ese rito con intensidad y placer.

Schrader, en la cabaña los dos, dijo a Rebeca, sin mirarla, que hablaría de lo que llamó sus recomendaciones finales.

Ir a Córdoba, a sus sierras, y a la ciudad de Córdoba, es ir a una provincia de tipos y tipas muy ingeniosos, listos, a cada instante, para la broma y el palabrerío enigmático. Son como códigos. Rebeca debe mantenerse lejana pero no fría, y lograr que sepan que los supera largamente en el terreno que sea, y que ellos intuyan que son algo así como una aberración sobre la tierra que pisan. Y que Rebeca Schrader no es la Virgen María. Rebeca Schrader no perdona.

Schrader se sentó frente a Rebeca.

Nevaba en el silencio de Bariloche, y una considerable cantidad de troncos ardía en la base de la chimenea.

Schrader le pidió un cigarrillo a Rebeca.

Gerhard dijo que Fernando, el hijo del doctor Anastasio Escalante, que es un guía excepcional de montaña, llevaría a Rebeca, en las sierras de Córdoba, por caminos angostos, esos caminos de la sierra. Abajo, diez, veinte o más metros abajo, te espera la muerte si no hiciste pie. Quizás deberías negarte transitar por esos caminos.

Schrader dijo que estaba nervioso.

Rebeca supo por qué estaba nervioso Schrader, pero no se lo preguntó.

—Porque te vas —dijo Schrader, rígido como el soldado que fue.

Esos caminos los mandó construir el general Julio Argentino Roca, le contó Don Ambrosio Escalante a Schrader.

El general Julio Argentino Roca, contó Don Anastasio, ordenó que fueran construidos para una de sus sobrinas, que también era dueña de una inmensa fortuna, y de una casa con cuatro baños y una capilla, en la que prometía a Dios ser una buena católica. La familia Messerschmitt y sus gerentes eran, tal vez, luteranos o protestantes, pero no eran fanfarrones.

Eso prometía: ser una buena católica, preguntó Rebeca.

Eso dicen que prometía, contestó Schrader.

Extraño país éste, dijo Rebeca.

Si mirás una fotografía del general Roca, dijo Schrader, quedarás sorprendida: el general Roca se parece a un hermano del káiser Guillermo.

Schrader se puso de pie.

Schrader dijo que si él muere, mientras Rebeca trabaja en la finca de Don Anastasio Escalante, recibirá un mensaje de Staube, su hombre de confianza en Colonia Dignidad y sargento zapador en la Segunda Guerra Mundial. El mensaje dirá «paralelo gramo canónico».

Nos vemos, murmuró Rebeca.

Buen viaje, murmuró Schrader.

  • Andrés Rivera
    Rivera, Andrés

    Andrés Rivera (Buenos Aires, 1928) es hijo de inmigrantes, se desempeñó sucesivamente como obrero textil y periodista. Marcos Ribak (su verdadero nombre) comenzó a escribir a finales de los años cincuenta, etapa que dio origen a obras como El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962) y Cita (1965). Este primer momento de su creación literaria se enmarca dentro del compromiso militante que sostenía en el Partido Comunista, al que se afilió en 1945 y del que fue expulsado en 1964.

    En 1972 publica Ajustes de cuentas, colección de cuentos cuya construcción narrativa lleva la impronta de la novela negra a la manera de Chandler o Hammet, autores admirados por Rivera. Los diez años posteriores a este libro fueron un paréntesis de silencio en la carrera del escritor que le permitieron acercarse a grandes autores que, según sus propias palabras, no leía por prejuicio.

    Con Una lectura de historia, en 1982, Rivera inaugura una segunda etapa en la que lo dicho es tan importante como lo que se omite a través de un lenguaje lacerante y despojado de afectación.

    En muchas de sus obras, como en la colección de cuentos que integran Mitteleuropa (1993), el elemento histórico actúa como escenario para los personajes que vacilan y desean en un marco de exilios, guerras y luchas de poder.

    Prefiere escribir por las mañanas, en cuadernos y con una lapicera de buen trazo, relee y corrige una y otra vez los manuscritos. Ha dicho en diversas oportunidades que para él existen dos tipos de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir.

    Fue reconocido con distintos premios. En 1985, obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela con En esta dulce tierra; en 1992, recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno; en 1993, la Fundación El Libro distinguió La sierva como el mejor libro publicado en 1992, y El verdugo en el umbral obtuvo el Premio Club de los XIII 1995.

    Su obra El Farmer, publicada en 1996, sitúa a Rivera entre los autores más reconocidos por el público y la crítica. Un año más tarde publica Nada que perder, y en 1998 el volumen de cuentos La lenta velocidad del coraje. Dentro de sus últimas obras se encuentran El profundo surTierra de exilio y Hay que matar.