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Año 9 #99 Enero 2023

Hikikomori argentino

Editado por Bulk Editores, de distribución gratuita en www.bulkeditores.com

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El primer hikikomori argentino del que se tiene noticia fue un gaucho oriundo de General Lavalle, de apellido Gauna. No se trata del gaucho malo o incivil al que se refería Sarmiento, tan difundido en las tareas escolares; este era un hombrecito esmirriado, casi mudo, sin familia a la vista, vida a tientas, que un día se encerró en el mismo galpón donde lo habían conchabado.

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En el pueblo le adjudicaron a esta decisión de encerrarse –que al principio y por desconocimiento habían considerado un capricho amasado en la vagancia– un origen traumático: al morir sus padres, un familión de adictos a la filatelia se metió en la casa y lo sacó a puntapiés. No hubo leyes que lo ayudaran a defender su propiedad y ahí quedó, el muy pobre... hecho un tropiezo, tan chiquito, en la calle y a merced de las alimañas.

3

Así las cosas: en el galpón encontró el abrigo providencial que la calle le había negado. Diosito le dio techo, la Santa Virgen lo arropó con cueros y totoras. El patronaje lo dejó hacer y le dieron plazo hasta que arrendase una pieza. Con el pasar de los días, el hikikomori fue encontrando su forma, enfrascándose en las tareas de interior que en el inmueble eran vastas. Como quien dice, se inventó un trabajo. Y en el desorden de las herramientas —según cuentan sus biógrafos— acarició el gato maula de la plusvalía.

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Los peones quisieron cargárselo para quedar favorecidos ante la patronal. A facón pelado se metieron en el galpón para hacerle bailar la refalosa. Ni lerdo ni perezoso, el hikikomori se hizo una bolita de fardo y por más que la paisanada escudriñó el lugar no pudieron encontrarlo. Se encogieron de hombros y arrancaron la jornada, con tanto indio y vaca por sacrificar no había tiempo para meterse con los entresijos de la anécdota. «¡Se juimo!» gritó el más sañudo y todos lo siguieron.

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Por accidente, alguien se percató de su presencia porque las herramientas amanecieron ordenadas como por arte de magia. Se sorprendieron de que estuviera vivo. ¿Qué comería? Fue la única pregunta que se hicieron. La peonada, tan habituada a la supervivencia, no sabía que las ratillas y los tucu-tucu le llevaban restos de verduras y huesos mal trabajados. Las herramientas, otrora arracimadas en un quilombo ancestral, ahora se exhibían suficientes, bellas como objetos suntuarios. ¡Y en orden alfabético!

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El boca a boca le dio sustento a la especie y lo dejaron tranquilo. Nunca unas tijeras de chuzar estuvieron tan afiladas; sobre el pelo del animal más fiero sonaban cristalinas y en el pecho del indio hacían florecer campos de tulipanes, tan rojos como el carbón que abre su negocio en las profundidades de una escena. Ni hablar de las azadas, los aperos, las hachuelas y los palos del yugo: hermosuras de la vida práctica que le rompían los ojos a quienes las bicharan.

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No le decían, por esa época, «hikikomori» (palabra impronunciable para gente de faena). Nomás lo consideraban un «apartáu», palabra que designa menos a quien se relega por cuenta propia que a aquellas personas que son expulsadas por motivos jurídicos de una comunidad. En la palabra «gaucho» estaría condensada su condición fronteriza, de huérfano absoluto, un solitario a su pesar. El apellido Gauna había quedado muy atrás; al gaucho que le había echado cerrojo al mundo lo conocían como Tiento Sobao, por su destreza en el acto de trenzar cueros y darles el engrase apropiado para evitar desgarramientos.

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Del aislado decían: «acá hay gato encerráu». Dos encierros en uno. A lo mejor el gaucho había tomado las mañas de un cusco galponero. O de un barcino, vaya a saber (en la historia nunca coinciden las puntadas con el hilo; algunas se dan en falso y hay que rebuscárselas). El asunto no se resolvía y el misterio se engrosaba como animal que al engordar en demasía se hace planta, echa raíces y al morir se multiplica en alfombras de barbecho.

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La fuga a través del pastizal: una belleza de Oriente que el hikikomori argentino, equivocándose, desprecia.

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En el galpón siempre había un lazo o una manea flamantes, orgullo de la paisanada. Además de promover gran eficacia en el trabajo manual, ganaban todos los certámenes en las kermeses y apilaban más indios en las comisarías que sus adversarios de General Conesa. Tales éxitos, de más está decirlo, nunca fueron atribuidos al hikikomori engalponado. Cuando un gaucho de otro paraje preguntaba por ese lazo de acabado tan perfecto, los lavallenses se hacían los pelotudos y respondían con evasivas, negándose terminantemente a vender cualquiera de esas piezas, envidia de los gauchos más atrevidos.

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La calidad extraordinaria de su trabajo justificó para la peonada el deseo de encerrarse en el galpón, la desconexión con el afuera. Igual no se entendía cómo un gaucho, hecho de pura exterioridad, de repente quisiera vivir puertas adentro, valiéndose para hacer sus tareas de la luz apolillada que se filtraba por algún agujero del techo.

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Los gurises lo espiaban, trepándose como garrapatas a las paredes de adobe o parados sobre las cabezas de los carpinchos; el hikikomori no se dejaba ver, se hacía el difícil. Capaz que era de tímido, nomás. Sin malas leches. Fiel a su estilo. Oficiaba de fantasma para los demás y en el galpón no había espejos: imposible la duplicación, la versión arrevesada de uno mismo: no le daba para hacerse el pícaro.

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Habrase visto semejante escándalo nacional: ¡un gaucho dándole la espalda al horizonte! Desertización por la inversa: derroche, desperdicios, eso que ha perdido razones de remuneración. La cancelación de un paisaje, también (y de sus economías).

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Ya en primavera se le anima al octosílabo: «Aquí me pongo a cantar/ debajo de este galpón/ a ver si puedo sacar/ del encierro, redención». Los escribe en el piso y antes de que los borre con el bigote de una nutria, los horneritos se los llevan hasta las pulperías. Allí el malentendido no se hace esperar. El apartáu, entonces, se cura en salud: al componer versos los reduce de inmediato en su cabeza, pues la dimensión colectiva del poema va en contra de sus principios.

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Al apoyar la cabeza en una matra, el hikikomori es absorbido por el entorno que le da pan, techo y trabajo, depositándolo en otra realidad que excede, por mucho, la del encierro. «La única verdad es la realidad», dice para sus adentros (gracias al megáfono de la literatura podemos escucharlo). Aunque su realidad, su triste realidad (vista desde este lado) sea el abandono casi definitivo de los entramados sociales.

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En octubre le llevaron una india. A mitad de semana la devolvió intacta, con las trenzas brillantes de grasa y una sonrisa en los labios. Le llevaron un indio. De noche se escuchaba la conversación en idiomas sin referencia. Quién sabe qué se dijeron esos dos: de misterios están hechas las grandes cosas. También el indio salió con las trenzas brillantes y no menos feliz.

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La india se encerró en una taperita de allá lejos, especializándose en el arte del origami (la grulla consabida había sido reemplazada por el chajá); el indio, putativo de la Naturaleza, sobrevivió encerrado en un rancho construido con cortezas de tala. Su vivienda parecía aquel nido recién caído de un árbol que a cada golpe cambia repentinamente de escala.

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A las puertas del galpón alineaba las herramientas. Optimista como siempre, la gurisada le llevaba charque, guiso y frutas. El hikikomori devolvía los platos tan relucientes que era posible separar en el reflejo gestos ajenos de los propios. Al verse en tales superficies, las vacas arrancaban estampidas hacia los cangrejales para sacarse, hundidas en el barro, esas imágenes de la cabeza.

19

En ese laboratorio de la dispersión que es el campo habita un yuyo excepcional: con ustedes, el hikikomori. Los viajeros ingleses apuntan el misterio en sus libretas y los fisonomistas, apadrinados por las imprentas europeas, dibujan el galpón con la pericia y estrategias de un joven Canaletto (o las de un Takenaka, por caso).

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Así, a puro requecho, se forja la tradición. Ya no en la remanida deserción o el caudillaje, sino en aquello que propina su suburbio (qué atribuciones darle a un sujeto que hoy se autocomplace, deshilvanado de la historia).

21

Los de siempre quisieron tumbarle el galpón con la excusa de construir un paseo comercial y hasta allí llevaron sus topadoras; por suerte la ordenanza que declaró al inmueble de interés histórico fue firmada a tiempo. La sangre, como suele decirse, no llegó al río. Acá podría señalarse el comienzo del fin, porque el daño, de repente, «ya estuvo hecho». Basta observar la tristeza que embarga a la calandria cuando no halla en el galpón un sitio donde hacer nido. La retirada de las mujeres. El tren huyendo, igual que la lombriz.

22

Un día las herramientas aparecen sucias. Los paisanos las levantan y se van a los asuntos del campo. Como si nada.

23

Al cabo de unos años, nadie recuerda la historia. Con el cambio de siglo, la República entró en la modernidad y las desigualdades se hicieron costumbre. Arreció la pobreza y los gauchos migraron a la periferia de la Gran Capital. El galpón quedó librado a la buena de Dios; nadie supo si el hikikomori había roto el aislamiento impulsado por las redes del hambre o se rajó nomás, tan solo y sin tareas había quedado el campo. Se sabe que tuvo un paso fugaz por Florencio Varela, donde trabajó como recolector en predios administrados por comunidades japonesas provenientes de Okinawa.

24

«Siempre hemos preferido los reflejos profundos, algo velados, al brillo superficial y gélido» (Tanizaki).

25

En el galpón de General Lavalle hoy duerme el tractor de un autócrata sojero (parcial heredero de aquellos filatelistas: así las injusticias cuando llegan enlazadas). Ocultándose en la falsedad de la noche, el hombre entra a paso de cigüeña. No sabe que lo observan con propósitos destituyentes. Pone en marcha el vehículo, lo deja regulando y le tartamudea endecasílabos de amor, iluminado como un santo por el fuego de las quemas.

26

El amor, donde sea, llega con fuego. O no llega.

 

 

  • Carlos Ríos
    Ríos, Carlos

    Carlos Ríos nació en Santa Teresita, Argentina. Entre sus libros destacan Un shock póstumo (2017), Manigua (Argentina, 2009 / España y Brasil, 2016), Cuaderno de Pripyat (Argentina, 2012 / Francia, 2016), Cielo ácido (2014 / Chile, 2016 y España, 2017), Obstinada pasión (Chile, 2015) y Rebelión en la ópera (2015). En el año 2005 fue declarado visitante distinguido por el Ayuntamiento de Huejotzingo, México. Actualmente integra el consejo editor de BazarAmericano.com, dirige el proyecto editorial Oficina Perambulante y coordina talleres de escritura y producción editorial en cárceles de la provincia de Buenos Aires.

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