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Año 8 #87 Enero 2022

Aníbal Torres y su bandoneón regresan de la muerte

Hace pocos días se fue José Pablo Feinmann.

Con nuestro homenaje y recuerdo

 

De Terror. Antología, Planeta, Buenos Aires, 2010.

1

El 3 de abril de 1995 será recordado como uno de los días más tristes, más luctuosos de la frondosa historia de la música de Buenos Aires, el tango. Murió, ese día, Aníbal Torres, el gran compositor, el gran bandoneonista y el gran amigo de tantos y tantos que lo fueron a llorar primero a su casa de la calle Arroyo, donde lo velaron, y luego a la Chacarita, donde prolija y devotamente le dieron sepultura.

Que Aníbal Torres viviera los largos últimos años de su vida, los últimos veinte de una vida que se prolongó, digna y tercamente, hasta los ochenta, en su fastuoso y hasta descomedido departamento de la calle Arroyo había desatado, en sus viejos y también tercos y dignos admiradores, en esos seres anónimos que se bebían su música ya como el más exquisito champán o como el más áspero y malevo de los vinos, dolorosas y hasta lacerantes discusiones, porque nada es más doloroso, nada es más lacerante que poner en duda, que cuestionar la moral, la dignidad, la fidelidad al mandato esencial de aquellos seres que apasionadamente se admiran, como era el caso de Aníbal Torres, fallecido ese 3 de abril de 1995.

¿Por qué había elegido vivir en la calle Arroyo? ¿No vivían ahí los pitucos, los pudientes, esa oligarquía ostentosa para la que el tango era una frivolidad más y no una tempestad del corazón, una cuestión de vida o muerte, como lo era para los fieles seguidores del maestro? Misterios que celosamente reposan en el alma de los genios, indescifrables, lejanos. Nadie, jamás, podría saberlo. Tal vez fue la fama, el dinero o la presión de una familia que siempre quiso olvidar sus orígenes populares. Nunca amainaron, sin embargo, los que atribuyeron esa decisión aristocratizante al mismísimo Aníbal Torres. No había sido otro sino él quien le diera al tango una elegancia, un vuelo, una complejidad que lo alejaron de las ramplonerías del dos por cuatro. No en vano —a partir de la década del cincuenta, cuando apareciera en el Astral con un esmoquin negro cuyas solapas, por decirlo así, brillaban como un asfalto al mediodía— todos decidieron, todos aceptaron decirle «el Conde», el Conde del tango, canción de Buenos Aires.

 

2

Don Arnoldo Rosen, un hombre gordo, buenazo, tanguero, judío y ya cercano a cumplir gloriosos noventa años, presidía el club Nostalgias desde su fundación, en 1936, cuando el tango inmortal de Cobián y Cadícamo devastara corazones desde las radios, desde los teatros y los clubes. Ahí, durante el tórrido, definitivo verano de 1937, un joven que respondía al nombre de Aníbal Torres tocó ese tango con la orquesta de la institución y con un bandoneón que el mismísimo Arnoldo Rosen le comprara porque confiaba en su talento, porque quería verlo triunfar y porque nunca se equivocaba cuando su instinto le decía: «sí, esto es bueno, esto vale».

Esa noche se transformó en leyenda. Aníbal Torres tocó Nostalgias con un fraseo, una elegancia y un desborde —que a veces era desborde y a veces la insinuación o la amenaza del desborde— que pasmó a todos, a los caballeros, a las damas y hasta a los niños que correteaban por el patio del club cazando grillos o mariposas. La noche se cubrió de aplausos y vivas. Aníbal Torres saludó y don Arnoldo, una semana después, lo puso al frente de la orquesta y lo contrató para los carnavales de febrero. Ahora, apenas cincuenta y ocho años más tarde, Aníbal Torres había muerto; lo velaban lejos del Nostalgias, lejos del club de Boedo antiguo que lo viera triunfar; lo velaban en la calle Arroyo y nadie había invitado a don Arnoldo Rosen al triste, crepuscular evento. Aparecieron, como si buscaran amainar esa ausencia esencial, otros personajes cercanos o casi fundidos, como pegoteados, como abrazados, no a un rencor, sino al corazón generoso, siempre abierto, de Aníbal Torres. Se destacó por sobre todos el sublime cantante Edmundo Romero, que hiciera de Sur una creación inmortal, como bendecida por los dioses del compás, acompañado por Aníbal Torres, a quienes, los que sabían, le adjudicaban los mayores méritos, ya que —susurraban secretamente, ladeando la boca con el claro intento de lograr que esa palabras riesgosas al menos se oyeran desde un solo lado, si es que se oían— sin el genio de don Aníbal, sin su soporte orquestal, Edmundo Romero habría desafinado como un perro, algo que solía hacer siempre que otra orquesta —la de Juan D’Alessandro, por ejemplo, apodado el Rey del Compás Extraviado— solía acompañarlo.

No bien detectaron la presencia de Romero algunos periodistas se le acercaron con una premura que omitió el recato, la conducta mesurada que exige todo lugar en que se velan los restos mortales de un ser humano, sobre todo si de Aníbal Torres se trata, un ser humano tan relevante que lo era más que todos, pues, ¿quién podría negar que él no pertenecía a esa clase vulgar, tediosa y sobre todo mediocre a la que se denomina «el común de los mortales», sino a otra clase, la de mortales infrecuentes, los que llegan a acariciar con sus dedos, con su arte, el cielo luminoso de lo divino? Edmundo Romero exigió calma y se prestó a un interrogatorio que pidió, por respeto a don Aníbal, fuera breve.

—¿A qué se debe su presencia en este lugar, don Edmundo? —fue la pregunta, un poco obvia, del vespertino Crónica, diario popular al servicio de los apetitos paganos de esa clase de personas, no muy pulidas en general, a las que se suele llamar «pueblo», «el pueblo» o, con frecuencia, sencillamente «la negrada».

—¿Cómo a qué se debe? —respondió algo sorprendido el gran cantante—. ¿A qué podría deberse? Vengo a acompañar a don Aníbal en este triste momento que está viviendo.

Nada podía amenguar la dolorosa ausencia de Arnoldo Rosen. El agravio era todavía mayor si se pensaba —como muchos pensaron, como otros no pudieron evitar pensar— que Aníbal Torres, a lo largo de su deslumbrante carrera, jamás había requerido otro bandoneón sino el que don Arnoldo, lejanamente, en el tórrido verano de 1937, cincuenta y ocho años atrás, le regalara. ¿Por qué semejante agravio? ¿Hasta tal extremo quería la familia ocultar los orígenes humildes del maestro?

Obstinado —de puro guapo, como quien dice—, don Arnoldo Rosen fue al velatorio. No era gente lo que ahí faltaba: había políticos, escritores, bailarines, coreógrafos, músicos, y actores y actrices, de los buenos y de los otros, que son, según se sabe, pensó Rosen, mayoría. Tampoco faltaba Aníbal Torres. Estaba en un negro y destellante ataúd, en el imponente centro del salón, pálido, con las manos sobre el pecho, y con su esmoquin, cuyas solapas brillaban, también ahí, en el ahogo del ataúd, como solían brillar, es decir, como un asfalto al mediodía. Don Arnoldo Rosen permaneció tieso junto al ataúd; no se persignó porque, claro, era judío y no es de judíos andar persignándose, pero ningún rostro, ni el de la viuda, exhibió más dolor que el suyo. Permaneció así, largamente, entremetido con su dolor, vuelto hacia adentro, buscando en sus recuerdos los mejores momentos que había compartido con el finado, y también algunos de los peores, para compensar. De pronto, una mano se depositó sobre su hombro, sacándolo de ese ensimismamiento triste, de ese ejercicio memorioso en que estaba. Era José Pedro Fellmann, un escritor que andaba por la cincuentena, había cultivado la amistad de Aníbal Torres y hasta había escrito unos sonetos para exaltar su arte, logrando así, según algunos maledicentes, denigrarlo con elogios huecos y reflexiones oscuras, incomprensibles, tal vez hegelianas. Rosen y Fellmann se conocían, no sólo por incurrir ambos en la religión de Abraham y Moisés, sino por incurrir también en los desmadres de la gula y sus feroces consecuencias: el exceso de peso. Fellmann abrazó a Rosen y lo sostuvo largamente contra su pecho. Los dos lloraron lágrimas viriles y verdaderas. Fellmann, luego, le dijo que había sugerido a la familia —y que la familia había aceptado— sepultar a Torres con su bandoneón, tal como en Hollywood se había hecho con un querido y desdichado actor a quien habían depositado en el féretro del final con la capa del personaje que lo hiciera famoso en la pantalla. (Fellmann, que era fanático del cine de California, creyó innecesario decirle a Rosen quién era ese actor, de modo tal que Rosen, que no era fanático del cine de California, quedó sin saberlo.)

Rosen se fue sereno, en paz consigo y con los demás, del departamento de la calle Arroyo. Nadie lo había importunado, nadie le había preguntado qué hacía ahí un hombre como él, de origen humilde, que presidía un club también humilde, el Nostalgias, ése en el que, lejanamente, según ha sido dicho, iniciara el camino a la gloria don Aníbal Torres. Además, para su honda alegría, para su orgullo legítimo, se le había acercado, ahí, junto al ataúd del maestro, José Pedro Fellmann, el vate de Aníbal Torres, nada menos. Y le había comunicado esa decisión que a nadie honraba más que a él, a don Arnoldo Rosen, porque si era verdad, y cómo no habría de serlo, que Aníbal Torres sería enterrado con su bandoneón, sería, entonces, enterrado con eso que él, Rosen, le diera, tempranamente, en el viejo pasado; sería enterrado con algo que los hermanaba, que era parte de la amistad que habían construido, porque el bandoneón era de Torres, pero era, también, de Rosen, ya que era Rosen quien lo había depositado en sus manos jóvenes, ágiles, destinadas a la gloria. Un orgullo súbito, una alegría transparente lo colmó: Aníbal Torres reposaría toda la eternidad con un objeto, con un maravilloso objeto que era parte de don Arnoldo Rosen. Era, se dijo, como yacer junto a él. Pensamiento que inesperada y casi brutalmente lo inquietó hasta los confines del terror. Porque —es el momento de decirlo— Arnoldo Rosen le tenía terror a la muerte, un territorio en el que, sospechaba, no había tangos, amigos, vino abundante ni baréniques.

De este modo, cuando cruzó la entrada del Nostalgias, cuando regresó a su hábitat cotidiano, ya no estaba sereno, ni en paz consigo ni con los demás. Tenía miedo. ¡Maldita idea la de Fellmann! ¡Maldita idea la de ese vate presumido, que no había hecho otra cosa en su vida sino injuriar al maestro con sonetos efímeros, decididamente imbéciles! ¿Qué demonios tenía que ver Aníbal Torres con un actor de Hollywood?

 

3

Hacia el atardecer lo enterraron. Arnoldo Rosen acudió sólo para verificar si era cierta la versión que Fellmann le diera: que a Torres lo sepultaban con el bandoneón. Sí, era cierta. Luego de depositar el féretro, colocaron sobre éste un paño verde y sobre el paño el bandoneón del maestro, envuelto en una tela bordó, que a Rosen se le antojó de pésimo gusto, prostibularia. Luego Fellmann —quien parecía obstinado en adueñarse de todas las situaciones— recitó un soneto fúnebre —que a Rosen también se le antojó de pésimo gusto, aunque no prostibulario— y los sepultureros echaron algunas paladas de tierra. Rosen se fue sin saludar a nadie, sobre todo a Fellmann.

Tomó un taxi, encendió un cigarrillo —no sin antes consultar al chofer si podía hacerlo— y se consagró a pulir dos o tres gigantescas ideas que lo asediaban. No podía alejar de sí el terror que le producía imaginar bajo tierra al bandoneón del maestro, a su bandoneón, porque era suyo, porque él se lo había dado, y si era suyo era, sin más, él, era él quien estaba allí, bajo tierra, muerto. Era él quien debía salir de esa tumba. Era él quien debía sacar de ahí ese bandoneón. O quien debía impartir esa orden a quien pudiera hacerlo. O a quienes; ya que uno solo, difícil.

Había, también, otra cuestión. ¿Cómo aceptar que el glorioso bandoneón de Torres quedara bajo tierra sólo por la estúpida sugerencia de ese estúpido vate injurioso, mediocre, excedido de peso? Enterrar ese bandoneón era escamotearlo al conocimiento, a la veneración, a la sana curiosidad de quienes habitan, aún, este mundo y querrán ver y tocar el instrumento en que Torres hizo su música. Así, exultante, don Arnoldo Rosen tomó una decisión sin retorno, definitiva: había que despojar de la tumba el bandoneón de Aníbal Torres, había que traerlo al Nostalgias, y exhibirlo al público, a los admiradores del maestro, a quienes desearan mirarlo y a quienes —luego de pagar un razonable, no excesivo sobreprecio— quisieran tocarlo. No por otro motivo hizo llamar a Perico López y a Rolo Galván.

 

4

Les dijo:

—Vayan a la Chacarita, lleven dos palas, abran la tumba de Aníbal Torres y tráiganme el bandoneón.

Perico López y Rolo Galván eran jóvenes. Perico tendría veinticuatro y Rolo, veintiséis o veintisiete, no más. Perico jugaba de centro en el equipo de básquet del club y Rolo era músico de la pequeña orquesta. Bandoneonista, por decirlo todo. Tenían veneración por Aníbal Torres, habían llorado su muerte no bien se enteraron de ella y ahora, ahí, frente a don Arnoldo Rosen, sintieron que esa orden, ese mandato que el presidente de Nostalgias les encargaba era un mandato celestial. Que si por algo habían llegado alguna vez a este mundo era, sencillamente, para llevarlo a cabo. Tal vez esto suene exagerado, pero Perico y Rolo eran jóvenes y ser joven es pertenecer al universo de la exageración. De aquí que Arnoldo Rosen —que no desconocía esa verdad— los eligiera para tan extraña tarea. Para cuyo refuerzo, como garantía de su realización implacable, añadió:

—La realización de esta tarea ha de ser perfecta —di­­jo—. Supérense. Vayan más allá de ustedes mismos. Sean infalibles, implacables. Hay cien pesos para cada uno.

Perico y Rolo se hicieron de dos palas, las cargaron en un pequeño, muy pequeño y destartalado camión, y partieron, a marcha lenta, hacia el cementerio. Como músico que era, Rolo hizo algunos comentarios acerca de la maravillosa aventura que los aguardaba: tener entre sus manos el bandoneón de Aníbal Torres, el instrumento con que el maestro había tocado sus tangos, o los había compuesto. Perico, mesurado o quizá temeroso, se permitió mencionar algunos inconvenientes: que los guardias del cementerio los descubrieran, por ejemplo. Rolo Galván hizo un gesto desdeñoso.

—Nada ni nadie nos detiene esta noche —dijo, y encendió un cigarrillo. Y añadió—: El bandoneón de don Aníbal pertenece al Nostalgias y no hay fuerza sobre este mundo que pueda impedir que eso sea así.

Llegaron al cementerio. Descendieron del camioncito, se adueñaron de las palas y caminaron hasta la entrada. No había nadie.

—Es increíble —dijo Perico López—. Siempre hay vigilancia aquí.

—No esta noche —dijo Rolo Galván—. Los dioses de la música nos protegen.

Entraron. La luna estaba alta y era circular y fría. Los grillos cantaban quedamente y las luciérnagas, aunque no muchas, se apagaban y se encendían sin cesar, inquietas, de un lugar a otro, aquí, allá. Perico le dijo a Rolo —y se lo dijo muy seriamente, como una trabajosa confesión— que nunca había entrado de noche en un cementerio.

—De día, a veces —abundó—. No me gustan los muertos. Siempre que alguien se muere, pienso que algún día me voy a morir yo, y me viene como un mareo.

Rolo le dijo, evitando toda tersura, que no fuera idiota, que esa noche no buscaban un muerto sino un bandoneón. Que, admitió, estaba, por esas cosas de la vida, en la tumba de un muerto.

—Pero ese muerto —añadió— es Aníbal Torres, y Aníbal Torres es inmortal. O sea, es como si no fuera un muerto.

El impecable argumento cautivó y sosegó a Perico López quien, aunque nada dijo, agradeció íntimamente a Rolo el haberlo expuesto. Ahora, todo estaba claro. Aníbal Torres era inmortal y, por serlo, no era un muerto y ellos, meramente, iban en busca de un bandoneón. Además, recordó, los dioses de la música los protegían. ¿O no había Rolo asegurado eso? ¿Por qué habría de mentir?

Sin mayor demora —don Arnoldo Rosen les había entregado un minucioso mapa del lugar—, encontraron la tumba de Aníbal Torres.

—Seamos breves —dijo Rolo, quien, qué duda cabe ya, era más inteligente que Perico López y ejercía cierta autoridad sobre él.

Apartaron algunas coronas, las arrojaron a un costado, empuñaron las palas y empezaron a cavar.

—¿La religión no condena a los violadores de tumbas? —dijo, siempre importuno, Perico López.

—Nosotros no violamos una tumba —dijo Rolo Galván, y ladeando la boca, con algún enojo, agregó—: Buscamos un bandoneón.

Siguieron cavando.

—Tengo frío —confesó, con brusquedad, Perico López.

Rolo Galván se detuvo; lo miró duramente.

—Tenés miedo —dijo.

Perico negó con la cabeza: no, era frío, nada más, frío y no miedo. Rolo, aflojándose, sonrió y dijo que ya había pensado en eso. A unos metros había dejado un bolso. Lo abrió y sacó una botella de vino tinto. Se la alcanzó a Perico, quien la descorchó con los dientes y la llevó a su boca, inclinando hacia atrás la cabeza. Bebió largamente, tanto que Rolo le dijo:

—Pará idiota, tenés que sacarte el frío, no emborracharte.

Perico le dio la razón. Bebió algo más y le entregó la botella. Rolo bebió un trago y dijo:

—Es verdad, hace frío. Yo también necesitaba algo de vino.

Dejó la botella en el suelo, cerca del bolso, y siguieron, más tibios y, quizá, más alegres, cavando.

De pronto, la pala de Rolo dio contra algo.

—Ya está —dijo—. Cuidado ahora.

Así, con cuidado, con reverencial sutileza, continuaron cavando. Hicieron un trabajo perfecto. Cavaron alrededor del bandoneón y hasta quitaron mucha de la tierra que reposaba sobre el ataúd para poder extraerlo sin violentarlo. Sólo entonces extendieron sus manos —algo tiesas por el frío, pero igualmente temblorosas por la trascendencia de ese instante— y le arrebataron el bandoneón a esa tumba, la tumba de Aníbal Torres. La luna era generosa, irradiaba como si deseara ayudarlos, como si fuera parte de esa aventura tal vez insensata, pero estremecedora, fuerte como la vida y temible como la muerte. Depositaron el bandoneón sobre un banco de piedra, lo despojaron de la tela bordó y perseveraron, durante un tiempo que fue como estar fuera del tiempo, en mirarlo extasiados.

—El bandoneón de Aníbal Torres —murmuró Rolo Galván, despacio, quedo, como si necesitara verificar con palabras la maravilla que veían sus ojos.

Entonces escucharon ese ruido.

Fue una crepitación doliente. Fue como si se abriera la vieja puerta de un viejo castillo. Fue un quejido largo, lento, majestuoso. Fue la tapa del ataúd de Aníbal Torres. Que se abrió. Que fue abierta por Aníbal Torres, quien, con lentitud, se incorporó, se dejó estar sentado en el ataúd, miró a los dos jóvenes, sonrió complaciente, satisfecho, sonrió, abundemos, con trasparente gratitud y dijo:

—Mil gracias, muchachos.

Como es razonable suponer, Rolo Galván y Perico López se asombraron en alto grado. Digamos, extremadamente. Sin embargo, ¡se lo veía tan bien a don Aníbal Torres! Descartaron la idea de estar frente a un fantasma. Y más aún la descartaron cuando lo oyeron decir:

—No soy un fantasma, muchachos. Soy una víctima de la codicia de mi familia.

Aníbal Torres salió de la tumba, sacudió su esmoquin y se sentó en el banco de piedra, junto a su bandoneón. Dijo:

—Desde hace unos años vengo sufriendo ataques epilépticos. Algunos derivan en estados catatónicos, en los que parezco estar muerto. Mis familiares, los muy malvados, enfermos de apetencia y mezquindad, aprovecharon el último para darme por muerto ante el mundo y empezar a cobrar las regalías de mis tangos. Que son muchas, infortunadamente muchas, porque despiertan en los míos el deseo de mi muerte.

Perico López, que era sensible a todo tipo de desdichas, aun a las más extrañas, derramó lágrimas abundantes y verdaderas. Aníbal Torres se apiadó de él.

—No llorés, muchacho. Ésta es noche de alegría. Ustedes vinieron a salvarme y lo consiguieron.

Rolo Galván, que se jactaba de sincero, confesó al maestro que no habían ido a salvarlo sino a salvar su bandoneón, ya que don Arnoldo Rosen les había encomendado esa tarea y les había ofrecido cien pesos por llevarla a cabo.

—¿Nada más que cien pesos? —dijo Aníbal Torres, y meneando, entre triste y resignado, su engominada y negra cabeza, comentó—: ¡Este Rosen nunca va a cambiar!

Perico y Rolo miraban absortos al maestro. Sentían —porque era más sentimiento que comprensión— que estaban viviendo algo extraordinario, algo que habrían de contar a amigos y parientes durante el resto de sus días. Frente a ellos, ahí, regresado de la tumba, estaba el gran hombre del tango. Y lucía una sonrisa amplia, saludable. Y ahora tomaba entre sus sabias manos el bandoneón y lo depositaba sobre sus rodillas y los miraba —a ellos los miraba, que eran dos simples muchachos del club Nostalgias— y preguntaba, increíblemente preguntaba:

—¿Cómo puedo agradecerles lo que hicieron por mí?

—Mire que fue por el bandoneón —insistió, algo obstinado en su sinceridad, Rolo Galván.

—No, muchachos —negó Aníbal Torres—. Ustedes vinieron a salvarme a mí. ¿O salvar mi bandoneón no es salvarme a mí? Los dioses de la música los enviaron, muchachos. —Y los miró fijamente a los dos, con ternura y casi como un padre, y agregó: —¿O ustedes no creen en los dioses de la música?

—¡Claro que sí! —dijo muy satisfecho Rolo Galván, y señalando a Perico agregó—: Si yo se lo dije a este idiota desde el principio, en la mismísima entrada del cementerio. «Los dioses de la música están con nosotros», le dije.

Entonces, con una destreza pasmosa, los dedos de Aníbal Torres juguetearon entre las teclas del bandoneón y un sonido mágico, hondamente tanguero, el sonido del viejo, eterno espíritu del suburbio los envolvió a los tres. Y la luna estaba alta y era circular y fría y don Aníbal Torres otra vez dijo:

—¿Cómo puedo agradecerles lo que hicieron por mí?

Las caras de Rolo y Perico se iluminaron, pero no ahora por la luna, sino por una luz que les venía de adentro y que era la luz de una alegría pura, única, que los colmaba como nunca antes algo los había colmado. Y dijeron. Los dos dijeron:

—Tóquese un tango, maestro.

—Díganme cuál —dijo, pródigo, Aníbal Torres.

—El que usted quiera.

Inesperadamente disquisitivo, Torres dijo que su tango predilecto era Melodía de arrabal, aunque, añadió, reconocía que los había mejores, pero, siguió, no existía para él, dijo, una frase más perfecta que la frase primera de ese tango, frase que, a continuación, dijo lentamente, como silabeándola. «Barrio plateado por la luna», dijo.

—¿Se dan cuenta, muchachos? Todo el hondo espíritu del tango yace en esa frase. El barrio y la luna. El barrio y la noche. La noche plateada por la luna. Porque el tango es hijo de la noche y del barrio. El tango es hijo de la luna. Por eso es inmortal.

Incurriendo en la adulación, aunque hondamente sincero, Perico López dijo:

—Usted es inmortal, maestro.

—No se nos muera nunca, don Aníbal —se exaltó Rolo Galván.

Algo enigmáticamente, Aníbal Torres sonrió.

—Si es por eso, no tienen por qué preocuparse, muchachos. —Hizo una pausa, una luz brusca destelló en sus ojos. —Nunca me voy a morir —dijo, y añadió—: No puedo morirme ni aunque lo desee.

—Claro —dijeron, cada uno a su modo, y como si buscaran tranquilizarse, Rolo y Perico—, ¿cómo se va a morir usted? Si usted es un gran artista y los grandes artistas…

—¿Nunca mueren, no? —dijo Aníbal Torres—. Pero no es por eso, muchachos. No es por eso que yo soy inmortal. —Bruscamente pareció cambiar de tema: —¿Cómo anda el viejo Rosen?

Rolo y Perico dijeron que bien, que como siempre, que seguramente con ganas de verlo, porque, agregaron, don Arnoldo se iba a alegrar más que nadie al saber que usted, don Torres, está vivo, y si nos prometió cien pesos por llevarle el bandoneón, ahora, ahora que lo vamos a llevar a usted, nos va a dar por lo menos mil, ¿no le parece? Y Torres dijo que sí, que podía ser, aunque también podía ser que no, que les diera sólo doscientos o trescientos, no más, porque ustedes saben cómo es don Arnoldo, generosidad no derrocha, ¿o me equivoco? Rolo y Perico dijeron que no, que no se equivocaba. Y entonces el rostro de Aníbal Torres se ensombreció y dijo que tenía muchas, pero muchas ganas de visitarlo al viejo Rosen, y también, dijo, también a otros, también a ese José Pedro Fellmann, que tanto dijo siempre ser mi amigo y que tanto se apuró a decir poemas en mi tumba, a pedido de mis canallescos familiares y, no lo dudo, en connivencia con ellos.

—A todos ellos los voy a visitar —insistió. Y luego dijo:— Pero a ustedes, aquí, esta noche, les voy a dar lo que quieran. Pídanme lo que quieran, muchachos. Lo que más quieran.

Un sentimiento grandioso se apoderó de Rolo Galván y de Perico López. Y pidieron, se animaron a pedir lo que más deseaban. Eso que sabían imposible, pero tan deseable que no pudieron evitar pedirlo, exigirlo casi.

—Queremos ser inmortales como usted, maestro.

—Eso es muy fácil, muchachos —dijo Aníbal Torres—. Va a ser un placer para mí concederles algo que tan largamente se extiende a través del tiempo. Algo que dura tanto, sea tediosa o no esa duración. Pero, tediosa o no, ¡eterna! De ella carecen por completo los mortales, seres finitos, efímeros. Porque sólo los dioses o los grandes demonios participan del arte de lo infinito, negado a casi todos, concedido a unos pocos. ¿Cómo se los voy a negar? Será un placer. —Los miró. Y otra vez destelló esa luz en sus ojos. Que fue aún más intensa cuando dijo: —Un placer irrefrenable.

Y Aníbal Torres, el Conde del tango, echó hacia atrás su cabeza y largó una carcajada enorme, helada, urdida por la crueldad. Y fue en ese exacto instante, en medio de un terror indoblegable, cuando ellos, Rolo Galván y Perico López, vieron sus colmillos largos, filosos. Plateados por la luna.