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Año 8 #85 Noviembre 2021

El enemigo

 
(L’ennemi)

El nombre grabado en aquella tarjeta de visita no despertaba en mí ningún recuerdo. En cambio, las pocas líneas trazadas a continuación de ese nombre enseguida consiguieron que el visitante desconocido se volviera irresistiblemente simpático para mí.

En efecto, esas líneas revelaban, tras un examen grafológico y sin la menor duda posible, un alma elevada, dolorosa y desesperada. Con toda seguridad, el hombre que había escrito esas líneas no mentía al afirmar que venía a pedir una ayuda moral y suprema.

Rechazar semejante petición, hecha por un alma como aquella, me hubiera parecido un verdadero crimen de lesa humanidad. Incluso en el caso de que aquel visitante hubiera sido un loco, cosa que no revelaba su escritura, yo tenía el imperioso deber de recibirlo.

Por lo tanto, lo recibí, no sin un presentimiento trágico, en el que, por otra parte, se complacía mi ansiosa y palpitante curiosidad.

El examen grafológico de aquella tarjeta no me había engañado sobre el hombre. Al verlo, desde que entró, reconocí el alma elevada, dolorosa y desesperada que yo había leído de antemano.

Sus miradas decían más incluso que su escritura. Mostraban con mayor claridad un alma llegada a los picos más altos de la filosofía, descendida a los abismos más profundos del dolor, y acorralada en el último callejón sin salida de la desesperación más horriblemente desesperada.

—Señor —me dijo de repente el hombre—, no me tome por loco. No soy presa de un delirio de persecución. Cuando le haya contado de qué soy víctima, se verá obligado a reconocer que soy un verdadero perseguido y que tengo el enemigo más abominable que nunca haya sufrido nadie.

A pesar de la seguridad que él mismo daba, de manera tan enérgica, respecto a la solidez de su estado mental, a pesar de la seguridad que por otra parte me proporcionaba su escritura, que no incluía ningún estigma de demencia, confieso que de inmediato llegué a la conclusión de un caso de locura, precisamente en quien se defendía de ella, es decir, del delirio de persecución.

¿Qué apariencia había, en efecto, de que un hombre como aquel hubiera podido ser perseguido realmente por un enemigo sin encontrar el medio de librarse de él?

Su porte, sus sortijas, su coche de señor detenido delante de mi puerta indicaban una situación de fortuna que le permitía hacer frente a las persecuciones pecuniarias, y demostraban que, al menos de estas, no había sido víctima.

Su complexión, el orgullo viril de su rostro, la decisión de sus gestos y de su voz, la llama de valentía encendida en el fondo de sus ojos, a pesar de su tristeza, no denotaban a un cobarde, sino que más bien anunciaban, en cambio, a un hombre valiente incapaz de tolerar una injuria sin vengarse enseguida y con seguridad. Tenía, en fin, ese no se qué en el que se barrunta al hombre feliz en el amor, consagrado por la naturaleza a hacer sufrir más que a sufrir. Además, no había hablado de una enemiga, sino de un enemigo; por lo tanto, no podía pensar que fuera una mujer la que había envenenado irremediablemente su vida.

Conclusión: el enemigo del que se quejaba debía de ser algún enemigo puramente imaginario, como los que se forjan los desdichados presa del delirio de persecución.

Todo lo que yo había pensado muy rápidamente él lo había leído sin duda en mis miradas, porque replicó así:

—No, señor, desengáñese. El enemigo que me ha llevado a la desesperación no es un enemigo imaginario. Es desde luego un hombre, de carne y hueso, un hombre como usted y como yo.

—Pero, en fin —dije—, ¿qué le ha hecho?

—¿Que qué me ha hecho? —exclamó—. ¡Ah, si usted lo supiese! Es atroz. Es el infierno. Es un infierno constante. Es un infierno que me sigue a todas partes y siempre.

Se había cogido la cabeza con las manos y la agitaba con violencia, como para hacer saltar fuera todos los fuegos de aquel infierno. Al mismo tiempo sollozaba. Evidentemente, iba a tener que vérmelas con un loco.

—Veamos —dije en tono suave—, cálmese un poco, se lo ruego, y deme precisiones. Sigo desconociendo la suprema ayuda moral que ha venido a pedirme, como indica su tarjeta de visita. Y, sin embargo, si debo darle esa ayuda, es preciso al menos que sepa en qué consiste, y en primer lugar, por consiguiente, qué le ha hecho a usted ese terrible enemigo.

El hombre se había calmado, había dejado de sollozar. Ahora hacía rechinar los dientes y mascullaba palabras de rabia.

—Mire, por ejemplo —dijo—, cuando he publicado versos, él me los devuelve con todas sus faltas subrayadas a lápiz, y de manera muy exacta.

—¡Bah! —le interrumpí—, eso no tiene nada de excesivamente cruel. Y si solo tiene esas quejas contra su enemigo…

—Cuando amo a una mujer —prosiguió—, y cuando soy amado por ella, me la vuelve odiosa y me hace a mí detestable a ojos de ella.

—¿Cómo lo consigue?

—Ese es su secreto.

—¿Cuál es?

—No tengo la menor idea. Lo único que sé es que ese verdugo logra sus fines, y que, gracias a él, mis amores más puros siempre han acabado en agua sucia.

De nuevo se puso a sollozar. De nuevo se recuperó, y luego, hizo rechinar los dientes con rabia.

—No obstante, si le dijese todo lo que se atreve a hacerme —continuó—, usted no me creería. Piense, y esto le demostrará hasta dónde llega su audacia de atormentador, piense que no puedo comer un plato que me guste sin que él escupa dentro.

Desde luego, y ya sin la sombra de la menor duda, era un alienado. Comprendió que yo lo pensaba y dijo tristemente:

—Lo veo, me toma usted por loco. A partir de ahora, es inútil que le pida la suprema ayuda moral que venía a buscar en usted.

Repliqué con una impaciencia que ya no disimulaba:

—Dios mío, señor, una de dos: o bien tiene usted la cabeza trastornada, y en tal caso no puedo hacer nada por usted, porque no soy alienista; o bien tiene todo su sentido, y en tal caso, si su enemigo, en lugar de ser imaginario, fuese totalmente real, sería usted el último de los cobardes por soportar…

No me dejó acaba mi frase. Un relámpago de alegría pasó por sus sombrías miradas. Exclamó:

—Sí, ¿verdad? Sí, eso es, ¡el último de los cobardes! En mi lugar, ¿se desharía usted de ese enemigo?

—¡Claro! —dije.

—Pero ¿cómo? —preguntó.

—El cómo no importa —repliqué—. Está el duelo. Están los tribunales. Eso depende de su gusto. En última instancia, está incluso el asesinato…

Se frotaba las manos, apretaba las mías, me daba las gracias; iba y venía repitiendo:

—Sí, sí, es la única solución. Lo mataré. Lo mataré.

De repente, dando un gran grito añadió:

—Está dicho. Voy a matarlo.

Y salió como una ventolera.

«Es un demente», pensé, volviendo a mi trabajo, y olvidando aquella media hora perdida.

¿Quién me hubiera dicho que, por el contrario, en esa media hora yo había visto el fondo tal vez de la verdadera sabiduría?

En efecto, esa misma noche, de la misma caligrafía que mostraba un alma elevada, dolorosa y desesperada, recibía la nota siguiente:

—He matado a mi enemigo. He matado «al enemigo». Le ruego que venga a verle y a reconocerlo.

Fui. El hombre se había suicidado con una bala en pleno corazón.

 

  • Jean Richepin
    Richepin, Jean

    Jean Richepin (1849-1926) fue poeta, novelista y dramaturgo, rompió en su primer libro de poemas, La Chanson des Gueux (1875), con los caminos trillados del romanticismo —aunque su postura vital lo siguiera externamente—, para exaltar el instinto. El proceso judicial seguido contra el libro, que le costó un mes de cárcel, lo hizo célebre; unido al naturalismo, buscó en su obra celebrar una nueva bohemia y escandalizar a la burguesía con una sensualidad afectada y una violencia de tonos excesivos y truculentos que rozaban el ridículo. Rebelde oficial, escribió novelas populares (Miarka, La fille à l’ourse, 1883) y dramas (algunos interpretados por Sarah Bernhardt) que gozaron de gran éxito por su aparato retórico. Pese a no abandonar nunca su rebeldía, Richepin, hoy olvidado, terminó ocupando un sillón en la Academia Francesa.