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Año 8 #85 Noviembre 2021

La única verdad es la realidad

  

Perón y Evita lo obligaron a llevar una doble vida. Cuando el General asumió la primera presidencia, Tomás cursaba el primer grado inferior, turno mañana, en una escuela municipal de Barracas a la que llamaban “la pisahuevos”, jamás pudo descubrir la razón de ese apodo. Su madre, de lunes a viernes, lo llevaba de la mano hasta la puerta del colegio, le daba un beso en la frente y una vez más le recordaba que debía portarse bien y hacerle caso a la maestra. Tomás asentía en silencio y en silencio caminaba hasta el patio de la escuela, ahí se unía al coro que, entusiasta aunque desafinado, cantaba Auroramientras izaban la bandera. Por entonces, su madre había vuelto a casa, en la cocina le esperaban los platos y las tazas sucias del desayuno, y la carne y las verduras con las que prepararía el almuerzo. Ella y Tomás comían un poco antes de la una, su padre pasadas las tres; a esa hora llegaba del Ministerio de Obras Públicas, trabajaba en los astilleros, como carpintero naval. Se proclamaba socialista y admiraba a Alfredo Palacios con el mismo ardor con que despreciaba a Juan Perón. Tomás era testigo de ese desprecio: cada vez que el presidente pronunciaba un discurso, escuchaba cómo su padre, de pie frente al aparato de radio, puteaba sin descanso. Tomás, que tenía prohibido decir malas palabras, quiso saber las razones de esos insultos. “Es un fascista”, dijo entonces su padre y fue todo lo que dijo.

Privilegiados se llamó el libro con el que Tomás aprendió a leer. Ahí se encontró por primera vez con Eva Perón. Lo esperaba en la página 3, en un retrato de marco barroco que la mostraba de medio cuerpo, con una camelia amarilla prendida a la altura del corazón y una sonrisa bondadosa en los labios. La imagen se iba a repetir, de distintas formas, en las páginas siguientes: en la 7, vestía un simple traje de calle, en la 11, un suntuoso traje de fiesta, en la 15, estaba frente a un escritorio, rodeada de niños y niñas, en la 21, se la veía en el interior de un corazón que parecía flotar, la sonrisa bondadosa se reiteraba, invariablemente, en todos los casos. En algunas ocasiones se la presentaba como Eva Perón, en otras, como Eva y en otras como Evita. Más allá del nombre elegido, siempre era la abandera de los humildes y la jefa espiritual de la nación. Tomás guardaba Privilegiados en su cartera, aunque más que guardado parecía escondido entre el cuaderno Gloria, la cajita con los lápices, las pinturitas, el sacapuntas y la goma de borrar. Todas las tardes, sobre la mesa del comedor, acomodaba el cuaderno, la cajita con el sacapuntas, los lápices, las pinturitas y la goma de borrar; Privilegiados quedaba encerrado en la cartera. En su casa, Eva Perón, Eva o Evita estaba tan prohibida como el propio Perón. Tomás no comprendía la causa de tanta saña: Evita le había caído bien desde la primera foto en que la vio, decían que era la madre de todos los argentinos. Aunque no sabía cómo explicarlo, el cariño que sentía por ella era diferente del que sentía por su madre. Alguna vez pensó en escribir una carta a la Fundación para pedir una bicicleta o, al menos, una pelota de fútbol. Nunca la escribió porque por esos días apenas borroneaba unas pocas palabras y porque su padre no podría soportar que tocaran el timbre de la casa y un hombre, de parte de la Fundación Eva Perón, le dejara una bicicleta o una pelota para su hijo, un niño feliz de la Nueva Argentina.

Era un viernes de primavera, Tomás ya tenía el permiso de sus padres. Para conseguirlo se había portado como un chico bueno, fue una semana de sacrificio, pero valió la pena: podría ir a la primera función del Güemes para ver Cohete a Marte, la película que pocos días antes habían estrenado en los principales cines del centro. Rubén y Tito serían de la partida. Ambos eran sus amigos íntimos, vivían en la misma cuadra y habían ido al mismo colegio, desde primero inferior hasta sexto grado. Ese viernes llegó tarde y le llamó la atención que Rubén y Tito aún estuvieran en la puerta. Fue Rubén el que explicó por qué no habían entrado. “No hay clase”, dijo. Ronconi había dado el aviso, por lo que no había nada que discutir, Ronconi era el portero. “Dijo que nos esperaba el lunes, pero no dijo por qué no había clases.” Rubén supuso que se trataría de una fumigación. Tito y Tomás aprobaron en silencio y los tres decidieron que se encontrarían a las dos y media: Cohete a Marte era lo único que de verdad les interesaba.

Entró en su casa pensando en cómo se sorprendería su madre al verlo volver tan temprano, pero fue él quien se sorprendió: su padre, que debería haber estado en el trabajo, estaba en la cocina tomando mate.

—Los milicos se levantaron contra Perón –dijo, y con la bombilla arregló la yerba.

—¿No habrá función en el Güemes? –preguntó Tomás.

—Casi seguro que no –dijo su padre, y levantó el volumen de la radio.

Las emisoras transmitían en cadena, un locutor con voz grave repetía que “efectivos del Ejército, la Marina y la Aeronáutica, al mando del general retirado Benjamín Menéndez intentan derrocar al gobierno del presidente Juan Domingo Perón. Se ha declarado el estado de guerra interna en el país”. Tomás dedujo que esos efectivos del Ejército, de la Marina y de la Aeronáutica estaban a punto de dejarlo sinCohete a Marte.

—Milicos de mierda –dijo en voz muy baja, pero su padre lo escuchó y se rió.

—No es para reírse, viejo –protestó Tomás.

Su padre, sin dejar de reír, le preguntó si se había hecho peronista. ¿Cómo explicar que le habían jodido Cohete a Marte? No sabía qué hacer ni qué decir. Recordó que sobre la cama había quedado el último número de Misterix y corrió a su pieza. Buscó la revista, pero fue imposible: las hazañas del hombre del traje de acero no lo impresionaron, esa tarde su destino era Marte. El reloj de pared marcó las dos, en media hora tenía que encontrarse con Rubén y con Tito. Tal vez para entonces el levantamiento contra Perón se hubiera acabado y el Güemes nuevamente abriría sus puertas.

Tito dijo que no, que habían bajado las cortinas metálicas.

—Lo vi yo mismo, vengo de ahí.

Tomás preguntó “¿ahora qué hacemos?” y entonces fue cuando Tito contó lo del transporte gratis.

—Tranvías, colectivos, ómnibus, podés viajar sin boleto.

Rubén le dijo que estaba loco, que de dónde había sacado ese cuento. Tito aseguró que no era cuento, así la gente podía llegar a Plaza de Mayo para defender a Perón.

—¿Seguro que viajás gratis? –preguntó Tomás.

—Seguro –dijo Tito.

—No te creo –dijo Tomás, y corrió hacia la avenida Montes de Oca, por ahí pasaban los tranvías, los ómnibus y los colectivos. Era cierto, porque subió al 17 y el guarda no le cortó el boleto. El tranvía iba repleto y tanto los que estaban sentados como los que iban de pie cantaban sin cesar. “La vida por Perón”, repetían una y otra vez. Tomás se ubicó en un costado, no se atrevió a gritar, pero levantó los brazos para llevar el ritmo. Bajó tres cuadras después, en Martín García, y de inmediato subió a un colectivo 12 que venía en sentido contrario, nadie le cobró el boleto, pero el colectivo estaba casi vacío y no había quien gritara, por lo que bajó en Suárez y subió a un tranvía 10, que seguro iba a Plaza de Mayo. El 10 llevaba más gente que el 17 y los gritos eran más fuertes. Agitó los brazos para dar aliento, pero decidió bajar en Aristóbulo del Valle, habían sido diez cuadras heroicas, era tiempo de volver a casa. Saltó del tranvía y ahí mismo lo atropelló un Leyland, un ómnibus que hacía poco habían traído de Inglaterra y al que, por su aspecto y tamaño, llamaban “La Chancha”. En la ambulancia, camino al hospital Argerich, se imaginó como un soldado de Perón caído en combate. Cuando despertó de la anestesia encontró a su padre y a su madre, ambos de pie, al costado de la cama.

—Tomás. Tomás –decía su madre, como quien repite una plegaria.

—¿Qué te pasó? –preguntó su padre. No podía decirle que a lo largo de diez cuadras se había unido a quienes daban la vida por Perón, solo dijo: “Perdoname, viejo, hice una cagada”.

Fue un largo mes de convalecencia; cuando volvió a la escuela, sus compañeros lo rodearon, uno de ellos quiso saber si la Chancha lo había atropellado cuando él iba a Plaza de Mayo. Como única respuesta, Tomás construyó un silencio enigmático.

El 26 de julio amaneció nublado. Tito propuso ir a la plaza Colombia. Dieron varias vueltas en la calesita, Rubén sacó dos veces la sortija, ni Tito ni Tomás tuvieron la misma suerte. Cuando cayeron las primeras gotas volvieron a sus casas. Todo indicaba que era un domingo más, pero las caras de papá y de mamá revelaron que ese domingo sería diferente.

—Murió –dijo su padre.

—Era tan joven –lamentó su madre–. Tomás de inmediato supo de quién hablaban, aunque decidió ignorarlo con la esperanza de que se refirieran a un pariente lejano que él ni siquiera conocía. Desde la radio terminaron con su esperanza: “A las 20.25 horas ha fallecido la Señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación”, repitió el locutor. Tomás tuvo ganas de llorar, pero se contuvo; si bien sus padres parecían apenados, no soportarían esas lágrimas, en definitiva, había sido la esposa de Perón. Fue hasta su pieza, se tiró en la cama, pero tampoco ahí pudo llorar.

La bandera ya estaba en el tope del mástil y cuando los alumnos, después de repetir “del sol nacida que me ha dado Dios”, se disponían a ir a sus aulas, las maestras ordenaron que se detuvieran, que la directora tenía algo para decirles. Hubo murmullos y risitas, la directora se mantuvo imperturbable y una vez que logró el silencio, comenzó a leer con voz grave: “Eva Perón ha muerto, la República está de duelo”. El discurso, que duró cerca de diez minutos, evocó cada una de las virtudes de la Abanderada de los Humildes. Los alumnos aún ignoraban que ese rito se repetiría de lunes a viernes, aunque no siempre la lectura quedaba en manos de la directora, algunas veces lo leía la maestra de cuarto, otras, la de quinto. A Tomás no le disgustaba escuchar todos los días las mismas palabras, en definitiva, con Evita había aprendido a leer.

Decían que la habían embalsamado y que se veía más bella que nunca. La capilla ardiente estaba en el Ministerio de Trabajo y Previsión. A pesar de que llovía a cántaros, las colas de cuadras y cuadras crecían sin descanso. Eran hombres y mujeres de todas las edades que en silencio esperaban verla por última vez, aunque solo fuese por un instante. En primer grado inferior, Tomás pensó escribirle una carta, pero no se atrevió. Ahora tuvo ganas de estar en esa cola, con esa gente, pero tampoco se atrevió.

Pidió que lo anotaran en el Comercial 1, dijo que quería ser Perito Mercantil, y sus padres estuvieron de acuerdo. Ingresar por la puerta grande, la de la esquina de Australia y Montes de Oca, hizo que de pronto todo fuera diferente: había reemplazado el guardapolvo blanco por el saco, la camisa y la corbata, se sentía mayor. Su división era primero tercera, le había tocado turno tarde, por lo que no participaría en la ceremonia de izar la bandera, la maestra iba a ser reemplazada por un número incierto de profesoras y profesores. El escritorio del profesor o de la profesora estaba sobre una tarima y los pupitres de los alumnos en nada se parecían a los de la escuela primaria. Los retratos de Perón y de Evita, colgados de la pared, eran lo único idéntico en una y otra escuela. El control del alumnado corría por cuenta de los celadores. Humberto Paz era el jefe, había que llamarlo Señor Paz, y obedecer sin discusión todo lo que él dispusiera. Siempre usaba la misma ropa: un traje gris cruzado, zapatos negros, camisa blanca y corbata azul. Sobre la solapa izquierda del saco destacaba un reluciente escudo del Partido Justicialista.

Un miércoles, antes de que llegara el profesor de historia, apareció el Señor Paz, esperó el silencio total y anunció: “Hoy no habrá tarea, iremos a la UES”. Tomás creyó que se trataba de una broma, pero el Señor Paz lejos estaba de ser bromista. “Dejen los útiles aquí” –dijo y ordenó que fueran saliendo en fila, en la calle los esperaba el ómnibus que los llevaría hasta la UES.

Tomás pensó en simular un desmayo, de pronto caía desvanecido, lo atendían en la enfermería y desde ahí derecho a su casa.

—Hice como que me desmayé –les contaría a sus padres–. Mamá construiría un gesto entre la sorpresa y la desaprobación. Su padre, por el contrario, aplaudiría esa actitud heroica. Días antes había criticado a la Unión de Estudiantes Secundarios, otra estafa política de este gobierno. Tomás estaba a punto de desmayarse, cuando sintió que una mano lo empujaba y escuchó la voz del Señor Paz:

—Vamos, caminá, no te quedés papando moscas –ordenó.

Fueron casi cuarenta minutos de viaje, había un buen trecho entre Barracas y Núñez. “El deporte dignifica” –anunciaba el enorme cartel de la entrada, a la izquierda del cartel estaba la foto de Perón, a la derecha, la de Evita–. Un hombre con ropa deportiva llegó para recibirlos. El Señor Paz lo conocía porque se abrazaron como viejos amigos, luego el hombre con ropa deportiva dijo que los llevaría a recorrer las instalaciones. Anduvieron por las canchas de tenis, por la pista de patinaje y por el miniestadio. Era una tarde fría, pero con buen sol. “Un día peronista” –dijo el Señor Paz y casi todos los alumnos asintieron–. Había clima de fiesta, aunque no para Tomás; desde que entraron a la UES, una sensación extraña le recorría el cuerpo, sentía que alguien lo estaba mirando, giraba la cabeza de izquierda a derecha para sorprender al mirón, pero solo veía el mismo paisaje que veían sus compañeros: las canchas de tenis, el miniestadio, y la pista de patinaje, aunque había un elemento que sus compañeros parecían ignorar: los árboles. Ahí fue cuando sintió miedo: detrás de uno de esos árboles se ocultaba su padre, lo había seguido en silencio y en el momento menos pensado dejaría su escondite, se pondría a su lado y sin alzar la voz, pero con mucho dolor, le iba a preguntar “¿Por qué estás aquí?”. Tomás se imaginó diciendo que no era culpa de él, que había sido una orden del Señor Paz, justo en el momento en que el Señor Paz anunciaba:

—Prepárense, ahora visitaremos la piscina cubierta.

Un rato más tarde andaban por el interior de un enorme recinto donde, en medio de una humedad cálida, se percibía un fuerte perfume a cloro y se oían voces y gritos. Tomás decidió que su padre estaba en los astilleros del Ministerio de Obras Públicas, arreglando la quilla de algún barco, y de golpe se le fue esa sensación extraña, difícil de explicar. El Señor Paz dijo que subieran al pasillo del primer piso, desde ahí verían cómo los participantes de los Juegos Olímpicos practicaban saltos ornamentales. Tomás observaba maravillado esas proezas, cuando un griterío que venía del costado derecho del pasillo le hizo cambiar la dirección de la vista. El general Perón, acompañado por un pequeño séquito, caminaba hacia donde estaba Tomás. Esto parecía tan irreal como su padre apareciendo detrás de un árbol; sin embargo, era real: Perón estaba a su lado, le escuchó decir “juventud maravillosa” y elogiar al joven que saltaba una y otra vez sobre el trampolín. Tomás levantó la cabeza y miró a Perón, era bastante más alto que su padre, usaba una campera brillante, la llevaba abierta, por lo que se distinguía una camisa a tono con la campera, sus pantalones eran de gabardina y sus zapatos de cuero de cocodrilo, y el cinturón con el que sujetaba los pantalones también era de cuero de cocodrilo. Notó que tenía la cara picada de viruela. No vio que Perón lo mirara, pero sí sintió su mano acariciándole la cabeza; cerró los ojos, no podía creerlo y, sobre todo, no podría contárselo a nadie. Abrió los ojos: Perón se marchaba, acompañado por su séquito. Un rato más tarde, Tomás estaba otra vez en el ómnibus que lo llevaría hasta el colegio. Durante el viaje sus compañeros comentaron lo que habían visto y vivido. Tomás no abrió la boca, ni siquiera cuando el Señor Paz dijo:

—–Vieron qué sorpresa, estaba el General.

Llegó a su casa y, como era habitual, la madre lo esperaba con un vaso de Vascolet y algunas vainillas. También, como era habitual, le preguntó cómo le había ido en el colegio.

—Como siempre –dijo Tomás, mientras mojaba una vainilla–, nada para contar, vieja.

El jueves 16 de junio el Señor Paz interrumpió la clase de Historia, se acercó al profesor y le dijo algo en voz baja. El profesor asintió en silencio, con un gesto de sorpresa o tal vez de preocupación. En cuanto el Señor Paz se marchó, el profesor continuó con los etruscos, como si el Señor Paz nunca hubiera estado ahí. Durante el recreo Tomás se enteró de que una cuadrilla de aviones Gloster había bombardeado Plaza de Mayo. “Van atacar de nuevo” –dijo Tito, recién llegado con las últimas noticias–. En el patio había alboroto y el timbre para volver a clase seguía mudo. Los profesores, en su sala, escuchaban las noticias de Radio Colonia, el locutor repetía hasta el cansancio: “El tirano ha muerto. Dios sea loado”. Aunque bastaba con mover el dial para enterarse de que las fuerzas rebeldes habían sido dominadas, gracias a los miles de trabajadores que habían luchado por Perón. Tomás supo que, tal como sucediera cuatro años antes, se podía viajar gratis, pero esta vez decidió quedarse en el Comercial 1. Poco después, el Señor Paz, que no parecía preocupado, anunció que se suspendían las clases.

Tomás y Beto regresaron caminando, se detuvieron un instante frente al Güemes, el cine seguía abierto, con gente haciendo cola frente a la boletería. Tomás pensó que la cosa no era tan grave, pero al entrar en su casa encontró a su padre pegado a la radio, mientras su madre, desde la cocina, insistía con que había que comprar arroz y fideos, vaya a saberse cuánto dura esto. Duró ese único día. Radio del Estado anunció que la sedición había sido sofocada, muchos militares habían huido a Montevideo, otros fueron apresados. Se supo que los Gloster que habían bombardeado la Plaza de Mayo llevaban pintado el signo de “Cristo Vence” y que desde tierra grupos de comandos civiles dispararon a mansalva contra los trabajadores. Había más de un centenar de muertos.

—Hijos de puta –dijo su padre y se apartó de la radio.

Tomás pensó que se refería a Perón y a sus seguidores, pero su padre agregó:

—Matan a los laburantes –y entonces comprendió que la puteada era para los aviadores y los comandos civiles.

—Pero querían voltear a Perón –dijo Tomás–. El padre le acarició la cabeza.

—Ya lo vas a entender –dijo sonriendo–, cuando los curas y los milicos se juntan, se jode el país.

Tomás aceptó las palabras de su padre, pero ahora entendía menos que antes. Tres meses más tarde, precisamente el 16 de septiembre, por fin entendería todo. Era viernes y llovía a cántaros. En el Comercial 1 alguien anunció que en Córdoba la Marina se había rebelado. Sin embargo, no parecía ser grave, porque las clases continuaron como todos los días. Tomás llegó empapado a su casa. Su madre le pidió que se sacara la ropa: “estás hecho sopa”, su padre no dijo nada, tenía un mate frío en la mano, atento al informativo de Radio Colonia.

El sábado y el domingo siguió lloviendo, tampoco paró el enfrentamiento entre las fuerzas armadas rebeldes y las leales al gobierno. La insurrección creció en las bases militares de todo el país, el crucero9 de Julio bombardeó la destilería de petróleo de Mar del Plata y el crucero 17 de Octubre se dirigía hacía La Plata dispuesto a hacer lo mismo con las destilerías de Ensenada y Berisso. Grupos civiles fuertemente armados iban hacia Plaza de Mayo, repitiendo la consigna: “Dios es Justo”. Desde la CGT llamaron a concentrarse en Plaza de Mayo y le pidieron armas a Perón para enfrentar a los grupos rebeldes. Tomás pensó que otra vez habría transportes gratis, pero no fue así: Perón prohibió la entrega de armamentos, dijo que “era la única forma de evitar un derramamiento de sangre”. “Se fue a baraja”, escuchó Tomás que decía su padre.

El lunes continuó nublado, pero había dejado de llover. A Tomás le sorprendió que su padre estuviera en casa. “Hoy no se trabaja”, le dijo su madre. Tampoco habría escuela, según informó la radio: “se han suspendido las clases en todos los establecimientos educativos del país”. Dos horas después Radio del Estado anunció que el general Perón había renunciado. A Tomás le sorprendió que a su padre no le alegrara la noticia. ¡Tantos años despotricando y ahora ni siquiera se ponía contento!

—¡Ganamos, viejo! –dijo–. Pero su padre negó moviendo la cabeza.

—Ganaron ellos –dijo–: los milicos, los curas y los patrones. Nosotros perdimos, otra vez perdimos.

El jueves fue un día primaveral: buen sol y poco viento, un auténtico Día Peronista, con la diferencia de que Perón estaba a bordo de la cañonera Paraguay que lo llevaba a Asunción, camino al destierro. En tanto, en Plaza de Mayo una multitud victoriosa celebraba la caída del tirano. Tomás decidió participar de esos festejos, mintió que se encontraría con Rubén y un rato después estaba en el tranvía. Tuvo que pagar el boleto, consiguió un asiento, casi adelante, y unas cuadras después se unió a los cantos de victoria que coreaban los pasajeros. Bajó entusiasmado y así caminó hacia Plaza de Mayo. Se multiplicaban las banderas de la Acción Católica y los gritos de apoyo a las fuerzas armadas. Vanamente comenzó a buscar alguna cara conocida, de pronto sintió que le clavaban algo en la solapa del saco: era un distintivo de metal brillante con una ve corta; sobre la “V” una cruz. “¡Cristo Vence!” –gritó y de un solo manotón se lo quitó de la solapa, lo tuvo un instante en la mano, luego lo tiró al piso y lo pisó, con la esperanza de que muchos más continuaran pisándolo–. Los gritos sonaban con mayor fuerza, pero Tomás había dejado de oírlos, se alejó lentamente de esa multitud enardecida y subió al tranvía para regresar a su casa. Viajó en silencio, decidido a contar la verdad: diría dónde había estado y qué había hecho. Acarició la muda solapa del saco y sonrió: su padre y él por fin se iban a entender.

 

  • Vicente Battista
    Battista, Vicente

    Vicente Battista (1940, Buenos Aires) es un destacado escritor y guionista. Entre 1963 y 1969 integró la redacción de la revista literaria El escarabajo de oro y, en 1971, fundó y codirigió con Mario Goloboff la revista de ficción y pensamiento crítico Nuevos Aires.

    En 1973 se trasladó a España, y vivió en Barcelona y Canarias hasta 1984. Actualmente vive en Buenos Aires.

    En la actualidad tiene una columna semanal titulada “Escritores y escrituras” en el Suplemento Literario Télam de la Agencia nacional de Noticias Télam.

    En 1995 recibió el Premio Planeta por un jurado integrado por Abelardo Castillo, Antonio Dal Masetto, José Pablo Feinmann y Juan Forn.

    Obra

    Cuento

    • Los muertos (1969) Editorial Jorge Álvarez.

    • Esta noche reunión en casa (1973) Centro Editor de América Latina.

    • Como tanta gente que anda por ahí (1975) Editorial Planeta (Barcelona).

    • El final de la calle (1992) Editorial Emecé.

    • El mundo de los otros (2006) Editorial Casa de las Américas. (La Habana).

    • La huella del crimen (2007) Editorial Cántaro.

    • Antología Personal (2009) Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

    Novela

    • El libro de todos los engaños (1984) Editorial Bruguera.

    • Siroco (1985) Editorial Legasa (primera edición), Editorial Emecé (segunda edición, 1992)

    • Sucesos Argentinos (1995) Editorial Planeta.

    • Gutiérrez a secas (2002) Editorial RBA (Barcelona), Del Nuevo Extremo (Buenos Aires), Editorial Arte y Literatura (La Habana) y Monte Avila Editores (Caracas).

    • Cuaderno del ausente (2009) Editorial Ateneo.

    • Ojos que no ven (2012) Editorial Ateneo.

    Ensayo

    • Literatura latinoamericana en lengua española (en colaboración con Jordi Estrada) (1974) Editorial Planeta (Barcelona)

    • Enlaces y cabos sueltos (2013) Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

    • Teatro (representado)

    • Dos almas que en el mundo / Sala Enrique Muiño del Centro Cultural San Martín, desde octubre de 1986 hasta abril de 1987.

    • Centro Cultural de la Cooperación / Centro Cultural San Martín / El Extranjero, octubre 2014 hasta septiembre de 2015.

    Guiones

    • Los viejos, telefilm por canal 7, en el ciclo “Los mejores cuentos argentinos”

    • La familia unida esperando la llegada de Hallewyn, largometraje dirigido por Miguel Bejo, Gran Premio en el Festival Internacional de Manheinn, Alemania (1972)

    Premios

    Fondo Nacional de las Artes (1968), por Los Muertos

    Mención Casa de las Américas (Cuba) (1969), por Los Muertos

    Municipal de Literatura (1990), por El final de la calle

    Planeta Argentina de Novela (1995), por Sucesos Argentinos