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Año 7 #83 Septiembre 2021

Béatrice

“Beatrice” es uno de los relatos ficcionales que urdió un escritor tan magnífico como impar, Marcel Schwob, que, en 1876, publicó Vies imaginaires (Vidas imaginarias). Schwob nos enfrenta a un dilema: ¿la realidad y la verdad son lo mismo? O, en todo caso, estas historias no reales (virtuales) ¿pueden ser tan verdaderas como las reales?

 

Béatrice

 

Incluido en De Vidas imaginarias, Emecé, Buenos Aires, 1998.

 

Τὴν ψυχήν, Ἀγάθωνα φιλῶν, ἐπὶ χείλεσιν ἔσχον.
ἦλθε γὰρ ἡ τλήμων ὡς διαβησομένη.
[Se atribuye a Platón este epigrama amoroso, que el propio Schwob traduce libremente más adelante.]

 

Solo me quedan pocos instantes de vida; lo siento y lo sé. He querido una muerte dulce; mis propios gritos me habrían ahogado en la agonía de otro suplicio; pues temo al sonido de mi voz más que a la sombra creciente; el agua perfumada en que estoy sumergido, empañada como un bloque de ópalo, se tiñe gradualmente de venas rosadas debido a mi sangre que mana. Cuando la aurora líquida sea roja, descenderé hacia la noche. No he cortado la arteria de mi mano derecha, que traza estas líneas en mis tablillas de marfil. Tres fuentes manando bastan para vaciar el pozo de mi corazón; no es tan profundo como para que no se seque pronto, y en mis lágrimas he llorado toda mi sangre.

Pero ya no puedo sollozar, pues el terror espantoso me pone un nudo en la garganta cuando oigo mis sollozos; ¡que Dios me prive de la conciencia antes de que llegue el sonido de mi estertor! Mis dedos se debilitan. Es el momento de escribir. Leí durante mucho tiempo el diálogo de Fedón. A mis pensamientos les cuesta unirse, y tengo prisa por hacer mi muda confesión —el aire de la tierra no volverá a oír mi voz—.

Una tierna amistad me había unido desde hacía mucho a Béatrice. Era muy pequeña cuando ya venía a casa de mi padre, seria ya, con ojos profundos, extrañamente moteados de amarillo. Su cara era ligeramente angulosa, de planos acusados, y la piel, de un blanco mate como un mármol que nunca hubiera tocado un aprendiz, pero en el que el propio estatuario hubiera grabado la fuerte escritura de su cincel. Las líneas corrían sobre aristas vivas, nunca suavizadas por el perfil; cuando una emoción ruborizaba su rostro, se hubiera dicho que se trataba de una figura de alabastro iluminada por una lámpara rosada.

Era graciosa, desde luego, pero de una suavidad dura, porque la huella de su gesto era tan nítida que quedaba grabada en los ojos; cuando se retorcía el pelo sobre la frente, la simetría perfecta de sus movimientos parecía la actitud votiva de una diosa inmóvil, muy diferente de la rápida huida de los brazos de las jóvenes, que parece un batir de alas apenas levantadas. Para mí, a quien el estudio de las cosas griegas sumía en la contemplación de la Antigüedad, Béatrice era un mármol anterior al arte humano de Fidias, una figura esculpida por los viejos maestros eginetas, según las reglas inmutables de la armonía superior.

Durante mucho tiempo leíamos juntos a los inmortales poetas de los griegos, pero habíamos estudiado sobre todo a los filósofos de los primeros tiempos, y llorábamos con los poemas de Jenófanes y de Empédocles, que ningún ojo humano volverá a ver. Platón nos encantaba por la gracia infinita de su elocuencia, aunque hubiéramos rechazado la idea que se hacía del alma, hasta el día en que dos versos que aquel divino sabio había escrito en su juventud me revelaron su verdadero pensamiento y me sumieron en la desgracia.

Este es el terrible dístico que un día impresionó mis ojos en el libro de un gramático de la decadencia:

Mientras besaba a Agatón, mi alma subió a mis labios;

quería, ¡desdichada!, pasar a él.

En cuanto comprendí el sentido de las palabras del divino Platón, en mí se hizo una luz deslumbrante. El alma no era diferente de la vida: era el soplo animado que puebla el cuerpo; y, en el amor, son las almas las que se buscan cuando los amantes se besan en la boca. El alma de la amante quiere habitar en el bello cuerpo de aquel a quien ama, y el alma del amante desea ardientemente fundirse en los miembros de su amada. Y los desdichados no lo consiguen nunca. Sus almas suben a sus labios, se encuentran, se mezclan, pero no pueden emigrar. ¿Existe placer más celestial que el de cambiar de persona en el amor, que el de prestarse esas ropas de carne tan cálidamente acariciadas, tan voluptuosamente deseadas? ¡Qué sorprendente abnegación, qué supremo abandono dar su cuerpo al alma de otro ser, al hálito de otro! Mucho más que un desdoblamiento, mucho más que una posesión efímera, mucho más que la mezcla inútil y decepcionante del aliento, es el don superior de la amada a su amante, el perfecto intercambio tan vanamente anhelado, el término infinito de tantos abrazos y mordiscos.

Yo amaba a Béatrice y ella me amaba a mí. Nos lo habíamos dicho con frecuencia mientras leíamos las melancólicas páginas del poeta Longo, cuyas estrofas caen con monótona cadencia. Pero ignorábamos el amor de nuestras almas tanto como Dafnis y Cloe ignoraban el amor de sus cuerpos. Y esos versos del divino Platón nos revelaron el eterno secreto gracias al cual las almas amantes pueden poseerse perfectamente. Y desde ese momento Béatrice y yo no pensamos más que en unirnos así para entregarnos el uno al otro.

Sin embargo, aquí empezó el indescriptible horror. El beso de la vida no podía unirnos de manera indisoluble. Era preciso que uno de nosotros se sacrificara por el otro. Pues el viaje de las almas no podría ser una migración recíproca. Ambos lo sentíamos perfectamente, pero no nos atrevíamos a decírnoslo. Y yo cometí la atroz debilidad, inherente al egoísmo de mi alma de hombre, de dejar a Béatrice en la incertidumbre. La escultural belleza de mi amiga empezó a marchitarse. La lámpara rosada dejó de encenderse en el interior de su cara de alabastro. Los médicos dieron a su mal el nombre de «anemia»; pero yo sabía que era su alma la que se retiraba de su cuerpo. Evitaba mis miradas ansiosas con una sonrisa triste. La delgadez de sus miembros se volvió excesiva. Pronto estuvo su cara tan pálida que en ella solo los ojos brillaban con un fuego sombrío. Tonos rojos aparecían y se desvanecían en sus mejillas y en sus labios como las últimas vacilaciones de una llama a punto de apagarse. Entonces supe que Béatrice iba a pertenecerme por completo dentro de pocos días, y, a pesar de mi tristeza infinita, una misteriosa alegría se apoderó de mí.

La última noche se me apareció sobre las blancas sábanas como una estatua de cera virgen. Volvió lentamente su cara hacia mí y dijo:

—En el momento en que muera, quiero que me beses en la boca y que mi último suspiro pase a ti.

Creo que nunca había reparado en lo cálida y vibrante que era su voz; pero esas palabras me dieron la impresión de un fluido tibio que me rozaba. Casi al punto sus ojos suplicantes buscaron los míos, y comprendí que había llegado el instante. Uní mis labios a los suyos para beber su alma.

¡Horror! ¡Infernal y demoniaco horror! No fue el alma de Béatrice lo que pasó a mí, ¡sino su voz! El grito que lancé me hizo tambalearme y palidecer. Pues aquel grito tenía que haber escapado de los labios de la muerte, pero brotaba de mi garganta. Mi voz se había vuelto cálida y vibrante, y me daba la impresión de un fluido tibio que me rozara. Yo había matado a Béatrice y había matado mi voz; la voz de Béatrice habitaba en mí, una voz tibia de agonizante que me aterrorizaba.

Sin embargo, ninguno de los presentes pareció darse cuenta: se afanaban alrededor de la muerta para cumplir sus funciones.

Llegó la noche, silenciosa y opresiva. Las llamas de los cirios subían rectas y muy altas, acariciando casi las pesadas colgaduras. Y el dios del Terror había extendido su mano sobre mí. Cada uno de mis sollozos me mataba con mil muertes: eran exactamente iguales a los sollozos de Béatrice cuando, ya inconsciente, se lamentaba por morir. Y mientras yo lloraba arrodillado junto al lecho, con la frente sobre las sábanas, eran sus llantos los que parecían elevarse en mí, y era su voz apasionada la que parecía flotar en el aire, lamentando su miserable muerte.

¿No debería yo haberlo sabido? La voz es eterna; la palabra no perece. Es la migración perpetua de los pensamientos humanos, el vehículo de las almas; las palabras yacen secas en las hojas de papel, como las flores en un herbario; pero la voz las hace revivir con su propia vida inmortal. Pues la voz no es otra cosa que el movimiento de las moléculas del aire bajo el impulso de un alma; y el alma de Béatrice estaba en mí, pero yo solo podía comprender y sentir su voz.

Ahora que vamos a ser liberados, mi terror se calma; pero va a renovarse; siento que llega ese horror indecible; hace presa en nosotros —pues estoy agonizando—, y mis estertores, que son cálidos y vibrantes, más tibios que el agua de mi bañera, son los estertores de Béatrice.

 

  • Marcel Schwob
    Schwob, Marcel

    Marcel Schwob (1867-1905) es un extraordinario escritor francés de origen judío. Entre sus obras se destacan La cruzada de los niños, (que refiere un curioso hecho histórico. A principios del siglo XII partieron desde Alemania dos expediciones de niños a Tierra Santa, creían poder atravesar a pie enjuto los mares, por lo que se encaminaron a los puertos del Sur. Pero el previsto milagro no aconteció.) y Vidas imaginarias

    Schwob sumó a la tradición oriental de su estirpe de rabinos intensísimas lecturas occidentales; como dijera Borges: En todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas. No buscó la fama; escribió deliberadamente para los happy few, para los menos. Frecuentó los cenáculos simbolistas; fue amigo de Remy de Gourmont y de Paul Claudel.

    A los veinticuatro años publica su primer libro de cuentos, Coeur double, y participa activamente del movimiento simbolista. Agudo crítico, ensayista y poeta en prosa fue también filólogo eminente. En 1890 traba relación con Louise, joven prostituta que muere en la miseria producto de la tisis, dejándolo vivamente impresionado. Le livre de Monelle está en gran medida inspirado por ella. En 1895 conoce a la mujer de su vida, Marguerite Moreno, actriz famosa por su belleza y su voz admirable. Pero el idilio se interrumpió por una seria enfermedad de Marcel, Marguerite permaneció a su lado y lo cuidó hasta el final.

    Definitivamente los personajes de Schwob remiten al placer de la lectura, su obra tiene el encanto de la simpleza y la originalidad a la vez. Mediante historias ficcionadas de personajes célebres (el pintor Paolo Uccello, la princesa Pocahontas o el filósofo romano Lucrecia, entre otros), Marcel Schwob encumbra un género absolutamente propio en el que usa las palabras justas para los no menos justos episodios creados por él mismo.

    Cada hombre no posee más que sus rarezas y a partir de ellas distingue a sus personajes otorgándoles un colorido que los rescata de la opacidad. Aun sin la popularidad de la que inmerecidamente no goza, nos llega su genio a través de ilustres y confesos discípulos. Tal vez el más cercano sea el Jorge Luis Borges que prologa Vidas imaginarias y La cruzada de los niños.

    Su admiración por Françoise Villon, poeta y bandido del siglo XV, lo llevó a realizar el ensayo más extenso de "Spicilège" (1896). En él destaca el caótico contraste de un alma de exquisita sensibilidad pero débil, cobarde y mentirosa, en un mundo cuyos valores más caros eran la fuerza, el poder y el coraje. En esa situación no sólo sobrevive, sino que Villon, con sutil perversidad, elabora los versos más hermosos.

    El deleite que transmite Schwob es su propio deleite por las situaciones que recrea. Cuando Alejandro Magno, después de destruir Tebas, pregunta a Diógenes si desea que la ciudad sea reconstruida, éste le contesta: “¿Para qué?, siempre habrá otro Alejandro que la destruya”. También pinta al autor la actitud del cínico Crates que, acostumbrado a las llagas de su cuerpo, sólo lamentaba no tener la flexibilidad de los perros para lamerlas.