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Año 7 #81 Julio 2021

¿Los argentinos descendemos de los barcos?

Sorín pregunta por qué la historia y la academia han colocado a Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas (tal el título completo de la obra de Domingo Sarmiento) como obra liminar de la literatura argentina. Y propone una relectura de Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio Victorio Mansilla.

 

El narrador y el archivista

 

Extraído de La Biblioteca Nº 1, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2004.

 

En recuerdo de Osvaldo Bayer

1

Hay veces que los hombres comunes en circunstancias excepcionales hacen cosas extraordinarias. Por lo menos esa es la visión que de Oscar Schindler ha tenido Steven Spielberg. El justo Schidler no era Leonardo, Copérnico, Erastótenes, Freud ni Marx, genios que, cuando las aguas de la historia no bajaban tormentosas, intuyeron (o tradujeron) lo subterráneo, haciéndolo visible y provocando rupturas tan escandalosas como inevitables. Ni el narrador ni el archivista de esta historia fueron genios, tampoco, hombres comunes. Sí les tocó una época turbulenta, sí compartieron un vórtice histórico, y un tiempo de quiebre.

Nieto de un prudente comerciante, don León Ortiz de Rozas, que había casado con una mujer de voluntad indomable, doña Agustina López Osornio, hijo de un general con buen sable y hábil cintura para la política, que pasó a la historia por una magnífica derrota (y hay, acaso, en esto una señal del destino) y —dicen— de la mujer más bella del Buenos Aires de su época, Agustina Rozas; Lucio Victorio Mansilla, aquí denominado el narrador, heredó los expuestos dones salvo, claro, la paciente prudencia de su abuelo materno. Fue, además, sobrino del Restaurador de las Leyes, a quien supo bien mear su cama durmiendo entre él y su tía Encarnación.

Tuvo dos hermanos: Lucio Norberto, muerto de propia mano por un amor no correspondido, y Eduarda, una mujer excepcional, novelista, autora de Pablo o la vida en las pampas, en un tiempo que no demandaba de la mujer alturas intelectuales. De niño Lucio vivió en una casa que había sido en tiempos coloniales una oscura cárcel. El tío Tomás, un negro liberto que trabajaba en la casa de los Mansilla, bonachón y de mirada pícara, sabía cientos de historias de calabozos y presos. En realidad, no había visto nunca aquellas celdas húmedas de sus historias, lo que poco importaba a su fértil imaginación. Por las noches, mientras cantaban los grillos, inclinando su enorme corpachón hacia Lucio, con ojos desorbitados y el aire pegajoso del suspenso, le contaba sobre muertos y fantasmas.

—¿No oyes, niño, esos gritos? Son las almas de los que están en los calabozos, bajo tierra —le decía.

El narrador, que después en su vida dio tantas muestras de valor, temerario como supo ser durante la Guerra del Paraguay, fue la consecuencia inesperada del terror infantil. Se despertaba de noche, a altas horas, gritando desesperado y bañado en transpiración. Porque cuando el miedo gobierna una sociedad nadie está a salvo, el terror que había impuesto su tío llegó, incluso, a las casas de los de su propia estirpe.

Durante la adolescencia pareció curar su miedo transformándolo en otra cosa. Se hizo enamoradizo y extremadamente influenciable por las turgencias femeninas. Conmovido por los atributos de una encantadora joven, una jovencita de dieciséis años recién llegada a Buenos Aires desde Francia, modista de sombreros para más datos, se enamoró a su manera: perdidamente. Esa joven lo sedujo con sus labios finos y rojizos, con sus carnes adolescentes y duras, su piel blanca y sus pequeños pechos ocultos detrás de una blusa blanca. Pero también lo hizo con su mal español de cadencia gala y el uso, aquí y allá, de palabras francesas mal mezcladas en la conversación. Seguramente todo esto le otorgaba ese aire de mujercita desprotegida, solitaria y cándida, que entusiasmó la libido urgente del joven Lucio. Fue la primera vez que ese niño, tantas veces protegido por su madre de los horrores nocturnos, sintió la imperiosa necesidad de abrigar a una mujer. Lo sedujeron, también, sus modales delicados y europeos que le daban el aire reposado y fino que a Lucio lo hizo temblar. Ese contraste vital entre la languidez de la pequeña y las pampas bárbaras, duras y masculinas, le resultó tremendamente excitante.

La historia, viaje clandestino con la damita a Montevideo y calabozo incluidos, devino larga estadía en los campos familiares y en el saladero que su padre tenía en Ramallo. Muy pronto Lucio perdió total interés en el degüello de reses, labor que la época consideraba formadora de la personalidad del varón, y se entregó a la lectura. Cierto día, mientras leía boca abajo en su cama, apareció el general y, al observar la lectura que entretenía a su hijo, le dijo:

—Mi amigo, cuando uno es sobrino de Juan Manuel de Rosas, no lee el Contrato Social si se ha de quedar en el país, o se va de él si quiere leerlo con provecho.

El narrador ha sugerido que, siendo peligrosas ciertas lecturas durante el gobierno de su tío, su padre consideró necesario sacarlo del país con la excusa de un viaje comercial al Oriente. Pero tal cosa, de dudosa autenticidad, fue dicha después de Caseros.

Por los motivos que fueran, Lucio emprendió un largo viaje, que al fin resultaría iniciático. El mundo, descubrió, era mucho más que la vida chata de ganaderos hacendosos y comerciantes adocenados. Conoció Londres y París y a las damas de ambas metrópolis. Pero también conoció Benarés, Constantinopla, las Pirámides de Egipto, Lahore y Delhi. Para una mente crédula, que cree con puntualidad lo que su tiempo le dicta, que no se pregunta el porqué y asume como propia la común respuesta, el viaje no hubiese pasado de ser una rutina turística; pero la mente de Lucio, con su rara inclinación al desprejuicio, estalló al conocer el mundo y sus hombres. Esas culturas diferentes le revelaron diferencias pero también similitudes, algo encontró en Londres, algo encontró también en Egipto que ya había conocido en las pampas argentinas.

El 3 de febrero de 1852, en Caseros, el drama de la historia dobló la esquina. El general Mansilla había trabajado con Rosas y, aunque no fue acusado de ningún crimen, y hasta había sido siempre señalado como un tibio por los rosistas extremos, creyó oportuno ausentarse y se dirigió a París con sus hijos. Además, le encantaban los salones y las fiestas.

Cuando regresó, Lucio trató de limpiar el honor familiar retando al senador Mármol en presencia de medio Buenos Aires: “... declaro que el senador Mármol es un vil calumniador”, dijo y le arrojó el guante. El duelo no se concretó, pero sus huesos fueron a dar a la cárcel de la que saldría expatriado. En la Confederación Argentina iniciaría Mansilla su labor periodística, detrás de esa actividad, agazapado, se encontraba el narrador, aún desconocido e inédito.

Tiempo después serviría en la Guerra del Paraguay. Durante la contienda también fungió de periodista. En ese rol no se privó de atacar a sus superiores, una y otra vez, con un sarcasmo y una pluma envidiables (ambos). Permítaseme una digresión: eran tiempos en que los adeptos al progreso luchaban por dejar fuera de combate al país profundo y atrasado; en esas circunstancias el ejército sanmartiniano, napoleónico, donde la autoridad provenía del liderazgo, se estaba mudamente transformando en un ejército prusiano, con su división prolija del trabajo y en el que la autoridad se originaba en la jerarquía. Pronto el primero desaparecería, y con él los militares de pluma desordenada.

Durante la guerra Mansilla conoció a Dominguito Sarmiento y fue, justamente, quien anotició a su padre, el duro militante del progreso, de su muerte injusta. A partir de allí Mansilla trabajó para la candidatura del autor de Facundo quien, como sabemos, fue presidente incluso antes de desembarcar en Buenos Aires. Cuenta la historia que una noche Mansilla fue a la casa del sanjuanino con una lista de ministeriables, él incluido, claro. Pero don Domingo ni siquiera le abrió la puerta, le tiró una soga para que enganchase la nota que traía y después se rio de él diciéndole que dos locos eran demasiado en el gobierno. En eso tenía algo de razón Sarmiento, Lucio no tenía todos los chips puestos donde se debe. Pero el presidente hizo más que eso: lo envió a la frontera a combatir a los indios. O sea lejos, muy lejos de donde se tomaban las decisiones.

Lucio fue, con su ego herido y una bronca de todos los diablos. Para colmo de males sus viejos enemigos en el ejército, habida cuenta de su precaria situación, quisieron cobrarse antiguos desplantes. Se le acusó de haber fusilado durante la guerra a un desertor sin juicio previo, lo que era tan cierto como común: las formalidades no abundan cuando silban las balas.

Acorralado por sus enemigos, Lucio Victorio Mansilla decidió huir hacia adelante.

Pensó e hizo una excursión a las tierras de los indios ranqueles, para formalizar un nuevo tratado de paz.
 

2

Antes de morir atravesado por una lanza, con la boca llena de saliva y sangre, Santiago Llanquelén vio como la tierra se enrojecía y el cielo se teñía con el humo gris del incendio. Pudo, también, escuchar claramente los alaridos enfurecidos de los atacantes, que en enloquecido trance no hacían más que matar, hundir puñales, cortar cuellos y avivar el fuego. A Santiago Llanquelén le concedieron el ácido privilegio de observar, amarrado al tronco de un árbol, como desaparecía de la faz de la tierra toda huella de su descendencia. Para el atardecer no quedaría vivo ni uno solo de su estirpe renegada. Este suceso ocurrió hacia el otoño del año 1838 y los sanguinarios asesinos fueron conducidos por el mismísimo cacique Painé Gnerr. El fuego se reflejaba en sus ojos cuando, antes de rematar a Llanquelén, le preguntó qué había hecho con su hijo. ¿Dónde está Panguitruz?, indagó con una mirada ya del todo enajenada. No tuvo éxito. El renegado murió sin revelar la suerte de su hijo menor.

Si bien el rapto del niño fue lo que precipitó la matanza, la verdad es que la tribu de Llanquelén había traicionado a toda la indiada acordando su propia paz con los huincas, paz que incluía delatar y, más aún, matar o hacer presos a los de su misma raza.

Para ese entonces el hijo de Painé Gnerr, Panguitruz, ya había sido despachado junto con otros indios a una estancia, a disposición del gobernador de Buenos Aires. Esta historia no hubiese tenido importancia más que para esas almas interesadas si días después Painé Gnerr no se hubiese transformado en cacique general. De manera que, sin saberlo, el gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, tenía cautivo en una de sus estancias al hijo menor del cacique general de las tribus ranquelinas. Un año tardaría en darse cuenta.

El silencio es una condición natural de los indios cuando están en presencia del huinca. El silencio y la mirada de soslayo, nunca de frente. El sabio I Ching explica que la curiosidad, que en el señor es un rasgo de vulgaridad, se transforma en el alma vulgar en una expresión de inteligencia. De igual manera, la mirada ladina, que en el hombre de poder evidencia una oscura desviación de la conducta, es, en el desposeído, en el débil, una necesidad para sobrevivir, una estrategia ante el poderoso. Panguitruz y sus compañeros obedecieron con la mirada en el piso lo que les ordenaron los blancos.

Hombre de intuiciones más que de impulsos, algo debía sospechar el gobernador: los ranqueles tenían especial interés en recuperar a cierto indiecito. ¿Pero dónde se encontraría? ¿En cuál de sus estancias estaría laborando? Don Juan Manuel de Rosas no daba puntada sin hilo: se encariñó con Panguitruz. Le enseñó las tareas del campo y, como acto de amor de un hombre temeroso de Dios, lo hizo bautizar en su fe cristiana entregándole su apellido. Panguitruz sería, en adelante, Mariano Rosas.

Pero el líder indiscutido de la Santa Federación no era hombre de amores pródigos. No se lidera la resistencia a las marinas imperiales con amor. No se es jefe del combate fronteras adentro con amor. No se degüellan salvajes unitarios, no se restablece el orden, no se defiende a la Patria, no se retiene el poder con amor. Don Juan Manuel lo hizo bautizar y después calló: la especulación es en el poderoso, como el silencio cabizbajo en el débil, una muestra de fina inteligencia. Ambos eran, Mariano y Juan Manuel, almas definidas por la mente, a su manera artistas o guerreros, porque el arte y la guerra son dos territorios del cálculo y la especulación.

Mariano Rosas aprendió a bolear y a pialar, adquirió el conocimiento de cómo se arreglaba y componía un buen parejero y la manera en que se cuidaba el ganado. Puso empeño, sabía que esas destrezas le serían de utilidad. Tenía el aspecto de un joven fuerte pero manso, callado e inteligente. Recibió y cumplió las tareas que le dieron; durante tres años forjó una nueva mirada con la laboriosidad de un artesano, reemplazó la oblicuidad astuta y torva por una mirada lánguida de párpados bajos. Puso en este cambio toda la fuerza de su voluntad y el ingenio solapado de su mente astuta.

Tres años le costó trasvasar su espíritu de un molde a otro, permutar su rostro, convertir a Panguitruz en Mariano Rosas.

Hasta que confiaron en él.

Creían —los huincas— que era indio bueno, que era de confiar. Por eso no pudieron dar fe a sus ojos cuando no encontraron las ropas de Mariano y sus amigos, ni sus pocas pertenencias, ni los mejores caballos de la estancia. Habían huido. Desertaron, internándose en el desierto, para volver a las tolderías, al fragor recordado de sus indiadas.

Fue un largo y peligroso camino el que desandaron, esquivando partidas, sin poder entrar en ninguna estancia para indagar la ruta correcta que los llevase a casa. Dos veces fueron sorprendidos y dos veces pudieron convencer a las patrullas de que venían de mercar honradamente. Arribaron por fin a Mamil Mapu de mañana muy temprano, el frío les calaba los huesos. Las tolderías aún dormían. Informado de inmediato, Painé Gnerr salió a recibirlo, lo abrazó, lo acarició, lo hundió dentro de su pecho. Lo miró a los ojos para descubrir que aquel muchachito que supo conocer, y que crió observándolo día a día desde su distante silencio ya no existía, que había trocado en hombre. Sabría después que Panguitruz ya nunca volvería, que en su lugar estaba Mariano Rosas, que traía a las tolderías no solo lo que el blanco quiso enseñarle sino, además, lo que su alma sagaz y prudente fue capaz de arrancarle.

Poco después de su llegada Mariano Rosas recibió una carta y un presente. En el sobre decía “don Juan de Rosas”. Adentro podía leerse: “Mi querido ahijado: no crea usted que estoy enojado por su partida, aunque debió habérmelo prevenido, para evitarme el disgusto de no saber qué se había hecho de usted.” [...] “Nada más natural que quiera ver a sus padres, sin embargo nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en el viaje haciéndolo acompañar.” [...] “Dígale a Painé que tengo mucho cariño por él, que le deseo todo el bien, lo mismo que a sus capitanejos e indiadas.” [...] “Reciba este pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo mandar. Venga a mí siempre que esté pobre. No olvide mis consejos porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y larga vida. Su afectísimo. Juan de Rosas.” Al final había una posdata: “Cuando se desocupe, véngase a visitarme con algunos amigos.”

El regalo que el metódico Restaurador de las Leyes le había mandado a Mariano Rosas consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros de un pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas oscuras, un apero completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de yerba y azúcar, tabaco y papel para armar cigarrillos, ropa fina, un magnífico uniforme de coronel y, por supuesto, muchas divisas coloradas, símbolo omnipresente de la Santa Federación. La indiada contempló enmudecida el magnífico regalo. Para aquellos indios el presente equivalía a una fortuna.

Mariano Rosas asumió la conducción de las indiadas mucho después. Antes, hacia los primeros días del seco enero de 1858, el general Emilio Mitre realizó una apocalíptica expedición en territorio indio, pero tanto la formidable sequía reinante cuanto el desconocimiento geográfico del desierto lo condujo al desastre. Sus tropas estaban cansadas y sedientas, sus monturas aplastadas y baja la moral cuando fueron observados por una patrulla ranquel. En su precipitada huida el general dejó en el desierto que le fuera tan hostil seis piezas de artillería y decenas de fusiles y cajones con municiones. Cuenta la historia que Guayquiner, hermano mayor de Mariano Rosas, quiso probar un revólver y, con la ingenuidad y la torpeza del ignorante, apuntó hacia unos envases sin saber que contenían pólvora. La explosión se escuchó a millas de distancia, él y sus veintitrés acompañantes murieron en el acto.

Reunidos nuevamente los caciques, eligieron a Mariano Rosas como cacique general. Esto sucedió alrededor del 20 de enero de 1858. El cacicazgo de Mariano Rosas debió su nacimiento tanto a la seca que desgastó a las tropas del general Emilio Mitre, como a la crédula ignorancia de su hermano mayor.

Entre ese acontecimiento desgraciado y el momento en el que Mariano Rosas vio entrar en su toldo al coronel Lucio Victorio Mansilla pasaron muchas cosas. Pasaron, por ejemplo, las batallas de Cepeda y de Pavón, las victorias y la derrota final de Urquiza y la Confederación Argentina a manos de Buenos Aires. Pasaron una sucesión ininterrumpida de expediciones militares contra los ranqueles, los inviernos fríos, la escasez de alimentos, la guerra contra el Paraguay, el ascenso a la presidencia de Sarmiento, el nacimiento de los críos, los tratados de paz siempre incumplidos, centenares de malones, miles de cautivos y la angustia, esa opresión perenne en el alma de ver acercarse, inexorable, el final.
 

3

De vuelta de su entrevista con Mariano Rosas, portador de un nuevo tratado de paz, Mansilla fue expulsado del ejército. Sus enemigos habían vencido y él, sin plata y sumergido en el odio, resolvió hacer su segunda excursión, la más brillante, la que aquí intentamos revalorar. Escribe como folletín Una excursión a los indios ranqueles, donde le dice a los ciudadanos de la polvorienta Buenos Aires, y a su propia clase (por la que se siente traicionado) que la Civilización no es tan civilizada ni la Barbarie tan bárbara. Replantea, resignifica, la ecuación sarmientiniana.

No apuntaremos aquí los cuantiosos asuntos, temas y materias en los que el narrador observa inteligencia y cultura, valor y sutileza, en la sociedad ranquel. Quedará para el lector de estas líneas desempolvar, si su curiosidad así se lo reclama, una obra magnífica y buscar en ella el mundo del desierto y las opiniones de su autor. Vaya como ejemplo las que vierte sobre el matrimonio indio, al cual no duda en alabar. En esas páginas encontraremos al indio peleador, consumido por el alcohol, pero también al platero genial y al estadista prudente.

Allí descubriremos un diálogo que encierra la visión del cacique y también la del narrador:

—Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido, y harán en adelante cuanto puedan por los indios —dice Mansilla que le dijo a Mariano Rosas.

—Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto. Y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán. Nos han enseñado a usar ponchos finos, a tomar mate, a fumar, a comer azúcar, a beber vino, a usar bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni a trabajar ni nos han hecho conocer a su Dios. Y entonces hermano ¿qué servicios les debemos?

Una excursión a los indios ranqueles es una obra sociológica extraordinaria y un producto literario fundacional, un edificio construido a partir de la valentía y el desprejuicio.

Es absolutamente notable que se considere al Facundo de Sarmiento y no a la Excursión de Mansilla, como obra liminar de la literatura argentina. Es notable y, bien pensado, revelador.

Mansilla cometió un delito que los hombres del progreso consideraron imperdonable: dar entidad al indio, otorgarle condición humana. Se estaba tramando la Conquista del desierto (desierto nada deshabitado, es debido apuntar) que debía concluir con el casi completo aniquilamiento de los pueblos originarios. Y todo genocidio debe ser ciego al otro, porque no es el odio sino la negación de la condición humana lo que hace posible el exterminio.1

Ahora bien. El narrador contó en su narración que Mariano Rosas tenía un archivo, un ordenado archivo. Reparemos un poco en esto. Los indios no tenían lengua escrita... ¡pero Mariano Rosas tenía un archivo con recortes de los diarios blancos! Él y posiblemente otros ranqueles sabían leer y escribir el idioma del huinca.

Los arquitectos del Granero del Mundo no lo han creído, para ellos habrá sido una fantasía de Mansilla, y si lo creyeron no pasó de ser apenas una miscelánea, un dato olvidable, lo que hoy diríamos una nota de color.

Nadie, jamás, lo ha estudiado. Y, por supuesto, ese archivo no ha llegado a nosotros porque nada o poco quedó después de Roca. Como dice Eduardo Mignogna a “la historia la escriben los que ganan”. Según el poeta esto confirma que hay otra historia. Con la prudencia que me caracteriza lanzó aquí la hipótesis de que el archivo de Mariano Rosas era, además de extraordinariamente ordenado como nos informa Mansilla, muy completo. Digo, con la misma racionalidad oportuna con la que se han llenado las plazas de la Patria con monumentos a Julio Argentino Roca, con la misma lógica coherencia mediante la que admitimos asesinar al salvaje en nombre del progreso, con ese mismo apego a la verdad, sostengo: Mariano Rosas fue el más grande archivista de su época y la Biblioteca Nacional bien haría en llamar a una de sus salas con su nombre.
 

4

El lector pensará que esto no es más que una deducción tramposa destinada a acusar, a través del absurdo, a la fatua banalidad de los hombres del progreso.

Pues tiene y no tiene razón.

Sea como fuere es hora de redefinir el progreso, cuestión esta de absoluta actualidad. ¿Puede el progreso incluir la desaparición de pueblos y de sus culturas? Para los positivistas sin duda que sí, porque el progreso es el verdadero dios. No por nada desde otra visión (aparente) de la historia, Juan B. Justo saludaría años después las tropelías estadounidenses en el Caribe, defendería al “imperialismo protector” que, llevando progreso (capitalismo) suministraría clase obrera y con ella el germen del socialismo (el progreso, nuevamente).

La iglesia de estos vicarios del nuevo dios —dios que mora bancos y no capillas— terminó cometiendo (como los protestantes sajones) peores crímenes que la Cruz que blandieron los conquistadores españoles. Al fin de cuentas estos copularon con indias e hicieron con su simiente, e incluso a veces con su amor, al criollaje y con él una síntesis posible.

1 Y poco importa (aunque esto es maravillosamente literario) que el sobrino de Rosas no haya sido un Mariano Moreno y haya hecho lo que hizo no por militante sino por despecho personal: Una excursión a los indios ranqueles es la obra literaria más importante de su época, aunque la historia y la academia digan otra cosa.

  • Daniel Sorín
    Sorín, Daniel

    Daniel Sorín (Buenos Aires, 1951) es narrador, ensayista, editor y docente. Ha publicado:

    Novelas:

    • Error de cálculo —ganadora del Premio Emecé de Novela en 1998— (Emecé, 1998 - Al Fondo a la Derecha, 2019)
    • El dandy argentino (Grupo Editorial Norma, 2000)
    • Palabras escandalosas (Sudamericana, 2003)
    • Palacios (Sudamericana, 2004)
    • Velas para Gilda (Editorial La Bohemia, 2007)
    • El hombre que engañó a Perón (Sudamericana, 2008)
    • El cerco (Del Nuevo Extremo, 2012 - Al Fondo a la Derecha, 2019)
    • La última carta (Edhasa, 2013 - Al Fondo a la Derecha, 2020)
    • Tres segundos es una eternidad (Vestales, 2016)
    • Plan Patagonia (Al Fondo a la Derecha, 2020)

    Ensayos:

    • John William Cooke. La mano izquierda de Perón (Planeta, 2014)

    Textos en antologías:

    • "La mujer desnuda" en Palabras para La Poderosa 1 (Al Fondo a la Derecha, 2020)
    • "La llamada" en Las mil y una noches peronistas (Granica, 2019)
    • "Tris, el mono" en Brujula norte (cuento infantil, Macma Ediciones, 2015)
      y en Palabras para La Poderosa - Pibes (Al Fondo a la Derecha Ediciones, 2020)
    • "Cuando el criminal es el Estado: asesinos en la Patagonia del siglo XIX" en Fronteras del crimen. Globalización y Literatura (Medellín Negro-Planeta Colombia, 2015)
    • "Matando ídolos de barro" en Rastros. Entrevistas de género negro (Biblioteca Nacional/Evaristo Cultural, 2015)
    • "El regreso de Zhèng Hé" en Viajeros (Salim, 2018)
    • "El Ohio" en Desencajados (La Bohemia, 2018)
    • “El narrado y el archivista” en La Biblioteca Nº 1 (Ensayo. Biblioteca Nacional, 2004)


    Ha sido editor de las revistas virtuales Alt164, Letrópolis y Abanico, actualmente se desempeña como codirector de La púrpura de Tiro.

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