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Año 7 #81 Julio 2021

Gallo

“Gallo” es de esos relatos que son como una cebolla, tienen más de una lectura. Preciso y poético, Figueras trabaja varias voces. Además, “Gallo” tiene una polifonía que en absoluto hace perder claridad al texto.


Gallo

 

Incluido en Palabras para la Poderosa 3, Buenos Aires, Al Fondo a la Derecha, 2021.

 

1

“Tengo que rajarme de acá”, piensa Horacio rascándose la cabeza. “Tengo que zafar de esto”, se repite, y se saca unas pelusas del ombligo. “Tengo que pegar una, ¡una!”, se grita a sí mismo, a la parte que más odia de su ser, mientras mira hacia la calle a través de la ventana del living de su departamento ubicado cerca de la estación del tren. Vive en la planta baja, a ras del suelo, una deshonra para él.

“¿Cómo puede ser que después de tantos años siga viviendo acá?”, se pregunta y se tira de los pelos. Esta localidad gris, atascada en el tiempo, no merece su presencia. Allí, a pocas cuadras de su domicilio, es dueño de un negocio de venta mayorista de artículos de librería. Le va bien, pero no encuentra la manera de crecer, de tener más. Se siente como quien gana eternamente en el mismo nivel de un video juego.

Desde chico había soñado con ser un gran cantante, pero nunca había hecho nada para lograrlo. Ahora, pasados los treinta, sus ganas estaban puestas en otra cosa: tener fama y poder. Con esa idea se había metido en política.

Oh, oh, disculpen, me aparece un aviso en pantalla, a ver… tengo un inbox. Me dice un contacto —que no sé quién es—, que la gente no se mete en política solo para obtener fama y poder. Me pide que lo aclare; dice que es lo más conveniente para mí. No sé qué querrá decir con eso de “lo más conveniente”, pero está bien, queda aclarado.

Sigo.

Años atrás, Horacio se acercó al comité de uno de esos partidos que aparecen de golpe y enseguida ganan adeptos, una agrupación veloz y efectiva. Empezó a militar, convencido de que era el espacio ideal para alcanzar sus objetivos.

Tan efectivos fueron que, según las últimas encuestas, su candidato a Presidente ya pelea cabeza a cabeza con el actual mandatario, que va por la reelección. Pero Horacio todavía no apunta tan alto. Por el momento, se maneja solo a nivel distrital, con reuniones de debate, actividades en las plazas y encuentros con vecinos.

Dos chicos llegan a la plazoleta que está frente al domicilio de Horacio. Ambos leen y escriben a toda velocidad en sus celulares. Uno de ellos sonríe; su felicidad cabe en el display. Se sientan en el únicobanco que hay y siguen con lo suyo, intercambiando unas pocas palabras de tanto en tanto.

Llegan más chicos y chicas a la plazoleta. Ahora son cinco y el volumen de la charla va en aumento.

En el balcón del segundo piso del edificio de Horacio, un matrimonio de caras largas aprovecha la brisa de la noche para esparcir la mufa que los viene acompañando desde hace años.

—Ahí llegaron unos pibes… sonamos… —dice ella.

El marido mira. “Puuuf, ya van a empezar a gritar y molestar…”.

—¿Molestar? No, peor. Esos andan en temas de droga, seguro.

En la plazoleta, Percy se anima a tirar unas bases de beatbox. No es un genio, pero sabe sacar de su boca cuatro o cinco sonidos de batería electrónica y combinarlos con gracia. Lorenzo se prende cantando las primeras improvisaciones:

 

“Ten cuidado Percy,
fíjate lo que haces,
tomaste mi gaseosa
y en lugar de bases
vas a tirarte gases”

 

“Uoooooou”, gritan los otros, tímidamente todavía, como para no dejarlo solo. Lorenzo rapea bien, pero nunca logró abandonar el estilo de sus ídolos caribeños y no puede evitar esas frases llenas de “tú tienes” y cosas por el estilo.

En medio de la base de Percy, estalla el primer gran aplauso de la noche. MC Feke acaba de llegar. Viene del barrio del fondo, más allá de la vía, donde las calles de barro se hacen intransitables, el alumbrado público oculta más de lo que muestra y la conexión a la red de gas es una promesa que desata todas las risas.

Horacio, sorprendido por la recepción, observa al grupo, tratando de imaginar por qué ese chico es tan popular entre los demás.

—Si no es en la droga, andan preparando algún robo. Si los conoceré… —dice la señora del segundo.

MC Feke pregunta si ya se sabe cuándo será la próxima competencia. Le informan la fecha. Hay tiempo.

Hace dos años que los chicos participan de las batallas de gallos, compitiendo con rimas improvisadas sobre bases de percusión disparadas desde sus celulares y tablets, o imitadas con la boca por los más habilidosos, como Percy. Pero a la hora de cantar, todos notaron que MC Feke era el mejor, y las competencias contra chicos de otros barrios pronto lo confirmaron, pues fue el único que logró ganar una fecha en un torneo distrital.

—O un atentado, ojo. La juventud está perdida. Llamo a la Policía.

—No, no llamés a nadie. ¿Qué les vas a decir? Mejor tomate un mate.

Suena el timbre de casa. ¿Quién será? Mm… a ver… un grupo de mujeres. Una de ellas toma la palabra:

—¡No hace falta que abra la puerta! ¡Solo queremos decirle que revea al personaje de la señora! Está dando a entender que las mujeres de cierta edad son vigilantes, pesadas, exageradas… en fin… insoportables.

Las otras asienten con sus cabezas. Mejor respondo rápido:

—Eh… ¡No, no! ¡Todo bien! ¡Enseguida lo corrijo!

—¡¡¡Más le vale!!!

Se van hacia un lado. Las que cierran la fila miran de reojo hacia mi puerta como disfrutando del último bocado de control.

La señora en el balcón ahora se arregla el peinado y sonríe. Le toma la mano a su marido y le dice con tono de ensueño:

—¿Cómo hacés para estar cada vez más lindo? ¡Y qué bella noche! ¡Y qué maravillosa esta juventud! —agrega, abriendo sus brazos de frente a la plazoleta—. Lástima que no sean nuestros hijos. ¿No te gustaría adoptarlos?

Polenta, el más pequeño del grupo (no tengo nada contra la gente bajita, aclaro por las dudas) se para, se acomoda la gorra y enfrenta a MC Feke con el puño cerrado. “Tres entradas cada uno”, lo desafía. MC Feke adelanta su puño, aceptando.

¡Piedra, papel o tijera!

Empieza Polenta. “¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!”, cuentan los chicos estirando los brazos al pronunciar cada número.

—¿Te imaginás? Llevarlos a todos de paseo, compartir una mesa laaaaarga a la hora de la cena...

—¿Te sentís bien, Susana?

“… ¡Uno! ¡Cero!”. Percy suelta una nueva base cantando “wiki-wiki-wiki” mientras mueve adelante y atrás la mano derecha como si limpiara una mesa imaginaria.

MC Feke, yo te desafío

 

A rimar con onda
Sin hacerte lío
Por mis venas corre un río
De palabras, de ideas
¿Vos vas a ganarme?
¡Mirá cómo me río!

 

—¡Uoooooooou! —gritan todos.

 

Yo también me río
Pero de tu sobrenombre
La polenta no es nombre de hombre
Me gusta comerla con queso en el almuerzo
Vos con esa cara, en vez de Polenta
¡Deberías llamarte Escuerzo!

 

Los chicos vuelven a gritar y hay algunos aplausos.

Horacio sigue al lado de la ventana. Solo puede escuchar el ruido del grupo y las voces de los freestylers como un susurro, sin llegar a entender qué dicen.

Ahora Polenta replica con dificultad. Repite palabras y no encuentra un buen remate. Entonces vuelve a ser el turno de MC Feke.

 

Me parece que tenés lgunas dudas
Te está fallando el flow
El ingenio y la soltura.
Estás más perdido
Que payaso en un entierro
Si querés saber de rimas
Date una vuelta por casa…

 

Frena. Suele hacerlo para realzar la última línea, antes de soltarla como un mazazo:

 

¡Y te presto el Martín Fierro!

 

Los chicos enloquecen con el remate, y cuando Polenta —sonriendo, reconociendo él también el ingenio de su amigo— va a contestar, hay un apagón en todo el barrio.

—¡Se cortó la luz! —dice Susana—. Pobres niños, de noche y a oscuras...

—¿Dónde está la linterna?

—En la cocina.

—¿Dónde está la cocina, Su?

Horacio insulta con todas sus fuerzas y se recuerda —gritándose a sí mismo, mientras se saca pelusas del ombligo y se rasca la cabeza— que tiene que irse del barrio, a un lugar donde no se corte la luz, a una zona que tenga un buen centro comercial y gente como la gente caminando por la calle. Enciende el celular para iluminar el living, pero nota que no precisa ver nada, porque no está haciendo nada, nada útil, nada inútil, ¡nada de nada, como en los últimos veinte años! Enojado, se tira del pelo, y en el punto límite del dolor entiende que lo que precisa iluminación es su mente, a ver si por fin sale de ahí una idea salvadora para llevarles a los capos del partido, algo que lo haga destacar dentro de la agrupación y le asegure un lugar de privilegio.

En la plazoleta, los chicos apenas se quejan por la falta de luz. Están ocupados con el duelo, al que retoman sin problema. Encienden los celulares y los mueven arriba y abajo, al ritmo de la base. El freestyle no muere con la oscuridad.

—¿Dónde está la cocina?

—¡A la derecha, Beto!

Ups, un whatsapp. Es de la Asociación para la Defensa del Marido del Siglo XXI. Me dicen que Beto está quedando como un estúpido, que los maridos no son todos unos inútiles que no encuentran nada. Bueno, yo no dije eso, pero no tengo ningún problema en desmentir lo que dije, aunque en realidad no lo haya dicho. Mis respetos a todos aquellos que se hayan unido en matrimonio y se preocupan por el buen funcionamiento de sus hogares. Y a las asociaciones que velan por su reputación.

Continúo.

En la plazoleta hay ahora un grupo de más de treinta chicos. Muchos se fueron acercando para disfrutar de lo que parece ser la única actividad posible esa noche. Las pantallas de los celulares son un oasis que baila en el apagón.

Sin luz, sin ideas y con insomnio, Horacio no sabe qué hacer en su casa. Entonces decide ir hasta la plazoleta, a ver qué pasa, a escuchar a los chicos. Tal vez eso lo ayude a despejar la mente.

Llega como pidiendo permiso. Pero la oscuridad y el gentío lo eximen de presentaciones y comentarios. ¿Cuántos hay ahora? A simple vista (vista de sombras, de perfiles negros) hay más de cien personas allí, con algunos adultos incluidos.

Horacio escucha con la boca abierta. MC Feke es un genio, un as de la lucha verbal.

Se queda pensando un minuto. Entonces baja el brazo con el que mantenía el celular en alto, se aparta unos pasos del grupo y empieza a escribir un mensaje.

 

2

—Te dije que vinieras con tu viejo.

—No vivo con mi viejo.

—Hubieras venido con tu mamá.

—Mi vieja no va a venir…

—¿Por?

—…

—Bueno, entrá, entrá.

Horacio le hace un gesto para que pase. MC Feke entra y se queda de pie. El anfitrión le dice que se siente y le ofrece una gaseosa y snacks.

—Mirá que tenemos que ir ahora, eh. ¿Podés venir?

—Sí, sí.

Horacio manda mensajes y espera respuestas.

—Comé, comé.

MC Feke también guasapea mientras toma gaseosa.

Horacio deja el celular a un costado.

—Antes de salir, te cuento bien —le dice al chico y empieza a hablar.

Le explica que él es dirigente del Frente para el Cambio y que tiene llegada al candidato a Intendente, un tal Navas. El partido puso todas las fichas en el debate con el candidato oficialista que se va a transmitir por un canal de la zona, vía streaming. Por eso están contratando distintos asesores, algunos para mejorar la imagen, otros el discurso, la difusión y varias cosas más. Pero vienen notando que Navas no es lo suficientemente hábil para debatir. Necesita mejorar su rapidez de respuesta, encontrar frases para rematar una discusión, tener un discurso sin fisuras ni baches. Le cuenta que anoche, cuando lo escuchó improvisar en la plazoleta, sintió que era el tipo ideal para entrenar al candidato. Lo propuso en el partido y aceptaron.

—Esto es secreto, ¿entendés? Si querés, contale a tus viejos, pero no puede enterarse nadie más.

—Mire, que yo nunca entrené a nadie…

—No importa. Vamos viendo. Va a funcionar, vas a ver.

Se van en el auto de Horacio, un vehículo medio destartalado que no tardará en cambiar si cumple sus planes.

El viaje es largo, hace años que el candidato no vive en el distrito para el que se postula. Horacio, con tono amistoso, le pide al chico que improvise “alguna cosita”, pero MC Feke lo ignora. No está ahí para entretenerlo, sino para conseguir el trabajo.

El chico ve por la ventanilla las casas con techos de tejas y jardines cuidados, con montones de habitaciones, autos y motos estacionados detrás de las rejas, donde ladran perros alimentados mejor que élmismo, y no puede evitar recordar su barrio, la isla en la que se convierte su casa los días de lluvia, y entonces él también quiere irse, no por desprecio, como Horacio, sino por bronca, por hartazgo y necesidad.

Cuando MC empezaba a cansarse de las anécdotas de Horacio (historias con cuadernos y lápices de colores ocurridas en su negocio, todas supuestamente desopilantes) llegan a destino, un piso en la Avenida de la Liberación.

MC Feke mira alrededor como si se tratase de otro planeta. Algo de eso hay. Toman el ascensor que los lleva directo a un hall exclusivo. Antes de que toquen el timbre un hombre corpulento abre la puerta y los mira.

—Buenas, venimos a ver a…

El grandote no dice nada. Detrás de él aparece alguien más.

—Hola —le dice a Horacio—. ¿Todo bien?

—Sí, sí, acá traje al chico…

—Ah, qué bueno. Soy Ismael Furcchi, el secretario personal del señor Navas.

MC Feke lo saluda con la misma sonrisa que le produce una rima mal resuelta.

—Bueno, pasá —le dice Furcchi a MC. Y cuando Horacio amaga a entrar, el grandote se interpone cruzando el antebrazo.

—Permiso, yo también tengo que pasar…

—No —dice Furcchi—, a vos no te necesitamos.

—Pero, Furcchi…

—Gracias por todo.

—¿Cómo “gracias por todo”? Escuchame…

El secretario, con un gesto neutral, lo mira y chasquea los dedos. Horacio se desintegra. Sus partículas quedan suspendidas en el aire unos segundos y caen sobre la alfombra del hall.

—Avisá que vengan a limpiar —le dice al gigante—. Y vos no te preocupes, pibe, después te llevamos en auto.

MC Feke mira los restos de Horacio, el montón de miguitas en el que se ha convertido y...

Perdón, me vibra el teléfono. Uh…

—Hola.

—Hola. Habla Furcchi.

—Ah, no sabía que tenía mi teléfono. Encantado.

—Escuche. Yo no puedo hacer que alguien se desintegre con solo chasquear los dedos.

—…

—¿Me escuchó?

—…

—Bueno, sí puedo, pero… Bah, ma’ sí —dice, y corta la llamada.

A veces, hacer silencio ayuda.

 

 

MC Feke estuvo tres semanas entrenando a Navas. Nunca creyó que algo, no solo trabajar con aquel hombre, sino cualquier otra cosa en la vida, podía llegar a ser tan difícil. El tipo era una piedra, un póster, un caparazón. MC Feke le mostraba su arte y Navas absorbía poco y nada. Es que casi no sabía hablar, apenas podía mantener una conversación con cierto grado de coherencia, y desarrollar una idea le resultaba imposible. ¿Cómo iba a expresarse sin trabas? ¿Cómo iba a decir lo suyo sin que se notaran sus falencias?

¡¿Cómo un tipo así era candidato a Intendente?!

Pero de a poco, con varias horas por día, la situación fue cambiando. El chico era un maestro notable. Aun sin método ni experiencia, solo con su amor por lo que hacía, logró mejorar el discurso de Navas. Por suerte no hacía falta que el candidato rapeara sus propuestas; bastaba con que las dijera de corrido y sin titubear. Para eso se concentraron en desarrollar el flow, sin fijarse demasiado en el contenido. Lo fundamental era que no dudara, que las frases fueran una catarata.

Por sugerencia de MC Feke vieron algunas batallas en Youtube. Navas quedó maravillado con esos chicos que podían sostener largas discusiones rimadas. Los veía y soñaba con un público que estallara como lo hacían quienes rodeaban a los contrincantes, con gritos de admiración cuando terminaba cada entrada. Al verlo entusiasmado, MC le propuso que también practicaran punchlines, las frases de remate que le ponían un moño a los discursos, los golpes de knock out.

Los asesores estaban felices de haber encontrado el método de entrenamiento y la persona adecuada para llevarlo a cabo. De eso se trataba, después de todo, un debate político. Fluidez, seguridad y golpes eficaces.

Al finalizar su último día de práctica con Navas, MC se volvió al barrio con más dinero del que jamás había visto en su vida. Había pedido un buen sueldo por su trabajo, que se había extendido por más tiempo del acordado al principio, haciendo que ganara más del triple del arreglo inicial. Caminó entre el barro y el agua estancada de la última lluvia y llegó a su casa. Saludó a su tía con un beso y preguntó por su madre. “Duerme”, le respondió la mujer. MC abrió la puerta de la habitación de su mamá y la miró sobre la cama. Se acercó y la besó en la frente.

Al salir, la tía le preguntó cómo iban las cosas. El chico le dijo que muy bien, mejor de lo que esperaba. “Traje plata. Mucha. Vamos a ver cómo sigue esto. Por ahí se nos da”.

 

 

El debate tuvo lugar en un precario estudio de televisión. Ambos candidatos fueron acompañados por sus asesores, MC Feke entre ellos.

Para alivio del equipo del Frente para el Cambio, el oponente no era ningún iluminado. A su falta de brillo se sumó una preparación escasa.

Navas se mostró seguro y tranquilo. Durante todo el evento expresó mejor sus ideas y en varias ocasiones le sobraron algunos segundos del tiempo asignado a cada intervención. El moderador, anunció que después del espacio publicitario (un spot de una fiambrería y otro de la farmacia de su mamá) vendría el tramo final, en el que se hablaría de la inseguridad. “Un tema candente”, dijo, con ceño fruncido y voz grave, y mandó la pausa.

Los asesores se acercaron a los candidatos y opinaron lo suyo. MC esperó, y cuando todos terminaron, le dijo a Navas: “Cierre cantando”. Los demás se asustaron y le pidieron a Navas que ni lo intentara. “Hágame caso, usted puede”, le dijo MC, y sugirió unas rimas que irían bien con el tema a tratar: “maldad, lealtad, libertad, terquedad, amistad”.

Tal vez fue porque venía envalentonado. Quizás tuvo que ver con que sabía que su evolución discursiva se la debía al chico, exclusivamente. Por la razón que fuera, Navas decidió arriesgar. Llegado el momento final hilvanó una sucesión de frases que acusaban a la actual gestión por los hechos de inseguridad, robos y asesinatos que —según las últimas estadísticas—, habían aumentado en el distrito. Y para cerrar, tomó aire y, como si repitiera el dictado de una voz interior, dijo:

 

Lo que quiere la gente
Una propuesta diferente
Dirigentes decentes, nuevos, competentes
Para vivir mejor
El cambio es urgente
No lo dudes más
¡Votá a nuestro Frente!

 

El moderador largó una carcajada, agradeció a los dos candidatos y cerró la emisión.

Los oficialistas se abrazaban burlándose de la oposición, seguros de ser los vencedores. Por su parte, los asesores de Navas se miraban los rostros pálidos y se agarraban la cabeza, pensando a la vez en cortar la de MC Feke.

Enseguida empezaron a entrar mensajes en sus celulares. No lo podían creer. “¡Genial!”, “¡Buenísimo!”, “¡Brillante!”, era lo mínimo que les decían.

Navas ganó la batalla y las elecciones a intendente por amplio margen.

 

3

El video se viralizó. Copó las redes sociales y tuvo infinidad de vistas en Youtube. El atrevimiento de Navas, la novedad, lo insólito del hecho, algo —aunque nadie sabía bien qué— enamoró a la gente. El freestyle llegó a todos lados de la mano del personaje menos esperado.

En los jardines de infantes, las chicas y los chicos se ponían uno frente al otro y se desafiaban intentando rimas imposibles que terminaban en risas. En los geriátricos, abuelos y abuelas se trenzaban en batallas que intentaban establecer quién había tenido una vida más digna de ser contada.

En las esquinas, los amigos se despedían rimando.

Las azafatas recibían a los pasajeros humillando a las otras líneas aéreas, “… compañías de las malas, que en vez de usar aviones ¡usan carretas con alas!”

Las audiencias de divorcios y las declaraciones de amor se concretaban igualmente acompañadas por la cadencia del rap.

Los comerciantes decidieron hacer sonar en sus parlantes bases rítmicas sobre las cuales promocionaban las ofertas.

Todos eran gallos.

Con vistas a la elección de presidente de la nación, los asesores y funcionarios se habían interesado por el millón de jóvenes que votarían por primera vez. Debían seducirlos, y el rap podía servirles. Pero pronto, viendo la explosión de lo que no tardó en llamarse “el fenómeno freestyle”, el gobierno decidió encargar una encuesta para determinar si el debate entre los candidatos a presidir la nación debía hacerse como siempre o si preferían que tuviera el formato de una batalla de gallos.

El 90 por ciento de la población eligió la segunda opción.

Ante el desafío, el Frente para el Cambio contrató una vez más los servicios de MC Feke.

Su candidato a presidente era Germán Molina, actual senador por su provincia. Furcchi, el secretario del ahora intendente Navas, fue quien llevó a MC Feke hasta la quinta en la que vivía Molina. Antes de entrar, un secretario lo frenó en seco y, con un simple chasquido de dedos, sin que mediaran palabras, dejó a Furcchi flotando en forma de pequeñas partículas de polvo.

Molina tenía alguna experiencia en debates y mucha más verborragia que Navas. Por su parte, MC Feke traía su experiencia reciente como entrenador, así que la tarea, en general, se presentaba más sencilla que la anterior. Pero el freestyle había calado hondo en los votantes, y ahora exigían que los políticos rimaran como en una batalla de gallos verdadera, lo cual complicaba las cosas.

En el otro bando, estaba el mismísimo presidente de la nación, el Dr. Páez, quien, a juzgar por los discursos y debates que había tenido durante su carrera, sería un hueso duro de roer. Además, había contratado a un freestyler venezolano que era el ganador de la batalla mundial del año anterior.

La noticia llegó hasta el equipo del Frente para el Cambio. Todos se pusieron de acuerdo en que Molina debía prepararse al máximo y decidieron dar todo su apoyo a MC Feke. Vieron cientos de videos de finales nacionales e internacionales de freestyle y anotaron trucos y estrategias. También leyeron poesía en cantidad. Ante lo exigente del trabajo, el chico pidió más dinero y la gente del partido aceptó.

Ese día volvió a su casa y se acercó a su madre. Le enderezó la cabeza ladeada y la besó. Después miró a su tía y le dijo que ya faltaba poco.

El debate sería organizado por un multimedio, el mismo que se encargaría de transmitirlo en directo para todo el mundo.

A un mes del evento, el interés de la opinión pública había crecido tanto, que se dieron cuenta de que la capacidad del club de boxeo que habían elegido como escenario resultaría insuficiente y decidieron pasar la batalla al estadio de fútbol más grande del país.

 

 

Las cámaras de televisión muestran las primeras imágenes. Todavía falta para que comience el debate, pero ya hay gente en el estadio. En camarines, los asesores repasan conceptos con los candidatos. MC Feke escucha lo que dicen, todo tan pensado, tan medido y lleno de especulaciones. Reconoce, con algo de dolor, que él colaboró en todo eso, pero no se culpa.

—Enseguida vengo —dice de golpe y sale del camarín.

Pasadas dos horas, la cancha revienta. Frente al escenario, sobre el césped, los indecisos. A los costados, sobre las plateas, de un lado los partidarios del oficialismo y del otro los opositores. No cabe un alfiler. Afuera hay venta de chorizos, hamburguesas, bebidas sin alcohol y banderas con un slogan y un rostro sonriente en el medio.

Después de un espacio publicitario de veinte minutos, en el que desfilaron las marcas eternas, las que van a estar siempre, gobierne quien gobierne, la transmisión vuelve al estadio. Quien hace de moderador es en realidad un calificado maestro de ceremonias del freestyle local, Dr. Rata. Desde el primer momento busca levantar al público pidiéndole mucho ruido. Y el público obedece.

—¿Dónde está el pibe? —pregunta un asesor de Molina, refiriéndose a MC Feke.

—Salió hace rato. No lo vi más.

—Llamalo.

“¡Diez minutos!”, grita uno de la organización y hace que se aceleren las pulsaciones de todos.

El país entero espera la batalla, con más expectativa que nunca. Se lo vive como la final de un mundial de fútbol. De alguna manera, acá también hay dos países enfrentados.

Dr. Rata agita a la muchedumbre preguntando si están listos para el debate. “¡Sí!”, gritan todos. La pregunta y la respuesta se repiten hasta que, de pronto, Dr. Rata invita con voz ronca:

—Que venga al escenario… ¡MC Páaaaaaez!

El presidente hace su entrada saludando alrededor. Luce una gorra que sería motivo de un interrogatorio por parte de la policía si un chico la llevara puesta caminando por el conurbano más allá de la hora del crepúsculo. La remera le queda holgada, pero no tanto, al igual que los pantalones; una desprolijidad estudiada. El atuendo se completa con zapatillas y collares.

—Y ahoraaaaaa… que venga al escenario… ¡MC Moliiiiina!

La oposición recibe a su candidato agitando globos. Molina luce igual que su oponente, pero de otro color.

—¿Saben qué quiero? —pregunta el maestro de ceremonias— ¡Mucho ruiiiiiiidooooo!

Y el ruido cubre a todo el país.

—¿Lo encontraron?

—No, no contesta. Figura como desconectado.

—¡Búsquenlo!

Molina, piedra; Páez, tijera.

“¡Óu-óu-óu!”, grita la gente y Dr. Rata comienza la cuenta regresiva. El Dj dispara una base de bajo y batería y se larga la batalla.

 

Esta noche vengo
a ganarle al viejo Páez...

 

El Presidente camina haciendo gestos de indiferencia ante las provocaciones del rival. Le da lo mismo lo que diga. Solo tiene que estar atento a la frase final, para tomarla y desde allí construir su respuesta, como señal de que es alguien creativo y seguro, preparado para cualquier imprevisto. Un hombre en quien confiar.

Los electores participan en sus hogares. Algunos criticando, otros apoyando la nueva modalidad. “El que sepa pilotear esta situación, también va a saber pilotear al país”, dice un señor frente a la pantalla de su notebook, comiendo las papas fritas que auspician la batalla y tomando la bebida oficial del evento, vestido con el pantalón de moda y con la remera que hay que tener, cómodamente instalado en el barrio en el que todo el mundo quiere vivir.

Ahora es el turno de Páez, y… ah, ah, un mensaje… a ver… ¡es MC Feke!

Dice que está en el avión… ¿qué avión? Ah, parece que viaja al exterior, con su tía y con su mamá. Quiere mandar un mensaje de audio, para mí, para todos, como despedida.

A ver…

 

Gané mucha plata entrenando sanateros 
ahora es momento de jugarse por entero
Ya estaba re podrido de vivir
sin esperanzas
los baches, las muertes
el barrio lleno de transas.
La oscuridad, el frío, el hambre,
los chorros, la policía.
El miedo a la noche
y las promesas de día.
Con la guita que me dieron
haré un largo viaje
con mi vieja y mi tía
y muy poco equipaje.
Mi madre se enfermó
quedó en silla de ruedas
no podía andar por la calle
llena de barro, basura, piedras.
Los médicos me dicen
que su mal tiene cura
sanará en otro lugar
quedarnos acá es locura.
No es que yo no quiera
vivir en mi barrio
pero después de lo que vi
tengo un miedo extraordinario
de que todo se termine
si lo decide un secretario.
“A este pibe ya lo usamos
y ahora nos molesta.
Chasqueando así los dedos
¡lo borramos de esta fiesta!”
Me voy en este avión
veloz como un rayo.
Viva el hip, viva el hop
¡Y mis batallas de gallos!

 

  • Fernando Figueras
    Figueras, Fernando

    Fernando Figueras (Buenos Aires, 1970). Trabaja como profesor de música en escuelas primarias. Algunos de sus cuentos forman parte de diversas antologías.

    Obra

    • Ingrávido
    • Quepobrestán
    • Haikus Bilardo(en coautoría con José María Marcos)