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Año 7 #80 Junio 2021

Malditos Reyes Magos

¿Los camellos también eran mágicos?, ¿realmente volaban?, y ¿cómo volaban sin alas?, ¿veían en la oscuridad?, ¿podían achicarse para pasar por debajo de la puerta, por una chimenea o por el ojo de la cerradura? Debía saber eso. Pero…

 

Malditos Reyes Magos

 

La culpa es de Marita, que se la pasa diciendo mentiras, y también de los malditos reyes magos, por dárselas de interesantes, pero cómo hacerle entender a mamá después de lo que pasó; así que no hay forma de liberarme de esta penitencia de estar parado, en la esquina del living, mirando contra la pared; no te muevas de ahí hasta que vuelva, dijo mamá, aunque no es probable que vuelva por un buen rato, a papá se lo han llevado hace como una hora pero no se sabe bien donde, y hasta que le consigan un sitio y lo atiendan, mamá no va a volver, por lo menos me alcanzó una silla y me pongo cómodo mirando ese cuadro que siempre me gusta porque hay unas montañas azules y unos sauces que parecen bien fresquitos, lindo tirarse allí, a la sombra, con una caña de pescar (a mí me gusta mucho la pesca) y sacar un montón de finas, que son parecidas a las mojarras pero tienen colores brillantes y son flaquitas, como esa chirusa del diablo de la Marita, que también es flaca, tiene cara de pescado y ayer, cuando jugábamos a cazar mariposas con los chicos de la barra, se metió entre nosotros sacudiendo una rama de paraíso pelada, grandísima, y entró a darles con todo buscando a los pabellones, pedazo de infeliz, no sabe que a los pabellones hay que agarrarlos vivos, se les pega suavecito para que se desmayen y después se les sopla en el culo y reviven, igual que los canarios, y entonces empiezan a mover las alas como locos dejándote en las manos un polvito marrón y amarillo perfumado, pero después se los larga hacia arriba y ellos se van volando a toda velocidad; la Marita, en cambio, les tiraba a matar, agrandada de porquería, y para colmo iba dejando el tendal porque desde hace dos días hay como una invasión de mariposas blancas y amarillas, muchísimos pabellones, vienen volando bajito por las calles del barrio como si fueran miles de hojas desprendidas de los árboles en otoño, ella siempre haciéndose ver las metía muertas o moribundas (a veces solamente pedazos de alas), en una bolsita de arpillera porque, según decía, quería colocarlas debajo de un vidrio y hacer un mariposario o algo así y nosotros, para no ser menos, también liquidamos como un millón, pobres bichos, hasta que nos cansamos y nos fuimos a tomar agua de la canilla del jardín de los Parrotti, esa taradita siempre detrás nuestro, mientras el Meco me preguntaba qué le iba a pedir a los reyes magos y yo le dije que un rifle de aire comprimido, un fútbol número cinco y una pila de cosas más, pero que en el fondo no importaba mucho porque ellos siempre me traían lo que se les daba la gana, no sé para qué mi mamá insiste: escribiles, escribiles, no seas vago, si no se trata de vaguedad sino de que me tienen harto con sus caprichitos, ¿qué se creen?, ¿que por ser mágicos pueden hacer cualquier cosa?, yo les escribo unas cartas larguísimas pidiéndoles un avión a control remoto, por ejemplo, y ellos me traen un autito de mierda, chiquito, puro plástico que no tiene arreglo ni siquiera poniéndole dos kilos de masilla y gomitas en los ejes, pero igual le pregunté al Meco qué les iba a pedir él y, cuando el Meco me estaba explicando que un robot al que se le prendían dos luces rojas en los ojos, esa metida del carajo nos miró con cara de sobradora, haciéndose la canchera, y dijo así que ustedes todavía creen en los reyes magos, si serán bobos, y nosotros nos quedamos sorprendidos por la nueva locura que le acababa de agarrar a esta tumbada: ¿cómo que si creemos en los reyes magos?; eso, ¿todavía creen en los reyes magos?, insistió, mientras se sacaba de la boca la punta del chicle y se lo enroscaba en un dedo, haciéndose un anillo de varias vueltas, que después se volvía a meter en la boca; ¿no te dije que no les quiero escribir porque son unos macaneros?, le contesté yo, sos boluda que no escuchás; yo no digo creer en ese sentido, dijo la agrandada: digo creer que existan los reyes magos, y el Juancito, que estaba detrás de ella, hizo girar el dedo en su cabeza como avisando que estaba más loca que una cabra, pero ella ni lo vio y nos dijo grandotes pelotudos, todavía no saben que los reyes son los padres; ¿los padres? ¿los padres de quién?, Marita se encogió de hombros, torció la boca como diciendo pobrecitos, movió la cabeza de un lado a otro y se mandó a mudar con su bolsa de mariposas, pero a mí me dejó clavada la espina: ¿cómo que los padres?, yo me acordaba bien de la vez que tío Esteban me mostró en el cielo las constelaciones: Vía Láctea, el arquero Orión, la Cruz del Sur, y de golpe dijo: Esas tres estrellas que ves juntitas y en fila son los reyes magos; ahora están viniendo para aquí, y yo veía que las estrellas señaladas se movían en la oscuridad y se me iban acercando; y otra vez, don Robles, el amigo del abuelo, me contó que en Tucumán, los reyes se hacían notar por los cañaverales, cerca de los ingenios, hacia las doce de la noche del cinco de enero, y que cuando él era chico los tuvo frente a frente en una noche de luna, las coronas brillantes y las capas largas envolviendo la joroba de los camellos: tres figuras inmensas flotando entre las cañas, y la tía Elvira, por su lado, también los sorprendió una vez, de espaldas, cuando subían al cielo; ¿y acaso yo no veía todos los años el desparramo que hacían los camellos y cómo se tomaban el agua del baldecito?, salvo que no existieran los reyes, pero sí los camellos; vamos, a quién quería joder esa tumbada, y sin embargo, cuando fui a juntar el pasto al lado de las vías del tren, me sentí raro, como avergonzado, mirá si me veía la Marita, cara de mojarra, y se me volvía a burlar: Pastito para los camellos, qué grandote pavo, y casi sin darme cuenta me saqué la camisa y envolví el pasto, escondiéndolo, como si llevara algo sucio que debía ocultar a los demás, y volví casi corriendo a mi casa; después, me puse a pensar que quizás la Marita tenía razón en una parte y en otra parte estaba equivocada, o sea: hay chicos a los que los reyes les traen juguetes y hay chicos a los que no les traen; ¿por qué?, bueno, porque algunos son malos como la Marita y entonces qué rey mago les va a traer un juguete, una cosa es ser mago y otra cosa es ser boludo; en esos casos, son los padres los que hacen de reyes magos y con la Marita no había dudas: solamente a sus padres, tan agrandados como ella (narices paradas de mierda, sabe decir papá), se les podría ocurrir traerle esas muñecotas enormes y horribles, pintarrajeadas, que con los chicos de la barra, de bronca, a veces le arrebatamos y las usamos como pelotas de fútbol, pasamelá, tirá al arco, centrito, chuteala, y al rato, cuando llega don Arturo con cara de perro, ya la muñeca es un revoltijo mugriento, sin piernas y con el pelo arrancado, pero, por otra parte, ¿cómo se explica que al Dieguito, que es buenísimo, los reyes nunca le traigan nada? y encima, los padres son más pobres que una urraca y tampoco le pueden comprar un regalo; así, yo pensaba y pensaba y, mientras más pensaba, más rabia me iba dando contra la Marita, pero también contra esos malditos reyes magos: ¿qué se creerán para no traerle nada al Dieguito o para traerme cualquier estupidez a mí?; vamos a ver, pensaba, les voy a dar otra oportunidad, pero esta vez pido una sola cosa: si existen, y son magos de verdad, me la tienen que traer; si no existen, no, y a otra cosa; si existen, y no son magos, seguro me traen el famoso autito de mierda; ¿y si son los padres?, también me traen el autito de mierda; ¿entonces?, claro que si los reyes no son magos, qué me importa que sean reyes o que sean padres, lo que importaba era que fueran magos, y si eran magos seguro me traían lo que yo les pedía: nada más que una varita mágica y ahí te quiero ver, Marita cara de pescado: lo primero que hago es convertirte en rata sarnosa; lo segundo, fabricarme los regalos que yo quiera, la cabeza ya me ardía de tanto pensar y tuve que pedirle un geniol a mamá: ¿No tendrás fiebre?, dijo mamá, besándome la frente, pero yo sabía que mi única fiebre era la bronca que me había hecho pasar esa cara de pescado; ¿Escribiste la cartita a los reyes?, preguntó mamá, y yo le dije que sí pero que no se la iba a mostrar porque era un secreto: Dámela que se las mando, no habrás pedido una locura, ¿no?, se reía mamá, mientras me recibía el sobre cerrado, y yo estuve a punto de decirle que no, que solamente la varita mágica, pero me mordí la lengua y después me puse a preparar el pasto y mis zapatos; el agua y los zapatitos de mi hermano Claudio, que tiene dos años; los cuadrados de pasto me salieron más prolijos que nunca: igual de grande el mío y el de Claudio, total para una varita mágica no hacía falta mucho espacio; mientras trabajaba, me olvidé de la Marita y del asunto de los padres, después, estuve jugando a las escondidas con los otros chicos, me bañé, comí y me mandaron a la cama y ahí empezó todo de nuevo: ¿los camellos también eran mágicos?, ¿volaban?, ¿cómo volaban sin alas?, ¿veían en la oscuridad?, ¿podían achicarse para pasar por debajo de la puerta, por una chimenea o por el ojo de la cerradura?; la verdad, era todo un poco raro, los reyes, además, debían echar al aire unos polvitos narcóticos para dormir a los chicos, porque nunca se los puede pescar, pero, ¿si eran los padres?; en ese caso nos dormirían con alguna pastilla metida en la comida, qué tonto, no haberlo pensado antes, ahora era tarde, porque hasta había lamido el plato y me estaba bajando un sueño bárbaro, los reyes también debían encogerse como Pulgarcito para poder entrar, ¿o atravesarían las paredes?; ¿si fueran todos invisibles: reyes y camellos?, quién sabe si no estaban ya adentro de la casa; los que seguro estaban adentro eran los padres, y lo único que les hacía falta era que nos durmiéramos; bah, yo, no más: ese inocente del Claudio no entiende nada; ¿y los juguetes?, tendrían que haberlos escondido en alguna parte, pero bueno: un autito de mierda se puede meter en cualquier lado, al Claudio lo arreglan con un par de soldaditos y chau, ya me estaban pesando los párpados, cuando me acordé de un truco que vi en Bonanza: se ata una soga a un árbol y se la deja oculta entre los yuyos; cuando pasan los caballos se levanta la piola y listo: caballos y jinetes al suelo, ahí uno aprovecha para capturarlos, no sé por qué me vino eso a la cabeza, pero de golpe me dieron ganas de tener un camello, ¿te imaginás paseando por el barrio con un camello mágico?; además, se lo iba a refregar en la cara a esa Marita: mirá mi camello, jeta de pescado, ¿no te gustaría subir a dar una vueltita?, y cuando se me acercara yo saldría galopando y la dejaría plantada; ¿los camellos galopan?, no lo sabía, pero igual en casa no había sogas y, en caso de haberlas, cómo se las podía ocultar para hacer la trampa; lo que había era una tanza gruesa, de esas que usamos con papá cuando vamos al lago a pescar carpas, que son unos bichos pesadísimos y grasosos, con un olor a pescado que mata, como todos los pescados pero mucho más fuerte; mejor: la tanza casi no se ve y es tan aguantadora como una soga; por supuesto, igual estaba el problema de que los reyes me dejaran el camello, en caso de atraparlo, pero, ¿en qué se iban ellos?; uno se iba a quedar de a pie, bueno, que fabricara otro camello con la varita; ¿y si se enojaban o si el camello pateaba, y la tanza le hacía un tajo?; los mismos reyes lo iban a curar, claro, y quizá Melchor o Gaspar dijeran mirá que ingenioso este pibe, las cosas que inventa, y me dejaban el camello, había que jugarse: el mundo es de los audaces, como sabe decir el tío Roque; de manera que, sin pensarlo más, me fui derechito a la caja de herramientas de papá, que es un cajón grande de madera, lleno de porquerías, donde lo único que no hay son herramientas, pero donde estaba, como yo me acordaba bien, un rollo de tanza gruesa (¿serviría para tiburones?), que me guardé en el bolsillo y después abajo de la almohada, hasta que mis viejos se fueron a dormir y ya no escuché más sus voces, porque a veces se quedan hablando en la cama, y otras veces gritan, suspiran, mamá dice ay no, más, sí, así, por favor, no, y uno no sabe qué le pasa, debe ser que sueña que le están pegando y que después la curan y le vuelven a pegar, o algo por el estilo, pero esta vez había un silencio de muerte, así que me levanté despacio, sin hacer nada de ruido, y saqué la tanza de abajo de la almohada y una linternita que usamos cuando vamos al lago a pescar carpas, caminé en puntas de pie hasta el borde de la escalera —en casa todos dormimos en la parte de arriba, el terreno es chiquito, así que papá construyó la cocina y el living abajo y los dormitorios arriba— y desde ahí nomás empecé a enredar el hilo de baranda a baranda, no como en Bonanza, claro, pero es que yo no estaba seguro de poder tirar cuando pasaran los caballos o los camellos, seguro iba a estar dormido, entonces mejor hacer una trampa fija, porque los zapatos estaban justo debajo de la escalera y si los reyes venían de arriba, desde la terraza, digamos, o entrando por las ventanas, tenían que pasar a la fuerza por la escalera y, por otro lado, si venían del lado de abajo, desde la calle, lo mejor era envolver con la tanza los sillones y la mesa ratona, el televisor y el aparato de música, todo junto para hacer como una tela de araña, no había escapatoria para los reyes ni para los camellos, yo ahora estaba seguro, aunque me caía de sueño, que los magos iban a decir eso de qué chico más ingenioso, hay que darle una varita o revelarle un gran secreto, por lo que hice el trabajo con esmero, como siempre pide la seño que hagamos con las tareas y, calladito y en puntas de pie, me volví a la pieza, subiendo con muchísima dificultad, muerto de risa (pero por dentro), porque pensaba lo que debía ser bajar la escalera a oscuras con semejante enredo de tanza o meterse a la casa por la puerta de entrada; y al llegar a la cama, me debo haber dormido en el acto porque no recuerdo nada más, solamente un sueño en el que yo era el cuarto rey y trotaba en un camello petiso, una especie de pony, pero camello, saltando de estrella en estrella y caminando por el aire, hasta que de golpe sentí un griterío bárbaro y un montón de ruidos, como si uno o más camellos rodaran por la escalera, parapapán, pum, pum, pero, en vez de relinchar o como se llame lo que hacen los camellos, gritaran desaforadamente la putaquelopariómehiceremilbosta, por lo que, levantándome de un salto, pensé que la trampa había funcionado, pero también pensé que la voz de los camellos era demasiado parecida a la de mi papá y, además, era muy poco posible que los camellos o los reyes puteran de esa forma, así que algo no debía haber salido del todo bien, lo que se confirmó al ver a mi viejo despatarrado en el living, junto a la escalera, con las piernas envueltas en tanza, en medio de una pelota de fútbol, un juego de la oca y dos o tres paquetes más, y a mi mamá gritando como loca que yo tenía la culpa y me iba a meter en un reformatorio, chico de porquería, nos querés matar a todos, mientras ayudaba a papá o, más bien, lo arrastraba hacia la calle, después de cortar con un cuchillo los nudos de la tanza, y gritaba a los vecinos para que la ayudaran, cargaba en un brazo al Claudito y me ordenaba que no me moviera de la esquina del living, chico del diablo, piel de Judas, bestia bermeja, salía dando un portazo y yo me quedaba aquí, en penitencia, como un idiota frente a ese cuadro que me gusta pero no tanto como para estar mirándolo toda la mañana, y encima pensando que ahora los reyes no van a venir más por culpa de mi viejo (por la tonta curiosidad de mi viejo), que quiso ver si nos habían traído juguetes al Claudio y a mí; claro, total, a él los chichones y las quebraduras se le van a sanar algún día, pero a mí tal vez me corrió para siempre a los reyes y a los camellos, que aunque sean malditos y me traigan autitos de mierda o lo que se les da la gana, no era para ofenderlos de esa forma, demostrándoles que sus juguetes no servían para nada y tirándolos por el suelo como lo hizo.

 

  • Lucio Yudicello
    Yudicello, Lucio

    Lucio Iudicello (Córdoba, 1950) vive hace veinticinco años en Villa Cura Brochero. Es abogado. Ha publicado numerosos ensayos y narraciones en diarios y revistas especializadas de Argentina y España (La Voz del InteriorClarínEstafeta LiterariaNueva Estafeta), donde ejerció también la crítica literaria.

    A partir de 1971, año en el que obtuvo el 1º Premio de cuento, medalla de oro de la Sociedad Argentina de Escritores, sus trabajos merecieron diversos premios y distinciones (Concurso de Ensayo Sociedad de Escritores de Santa Fe, 1972; Concurso Nacional Leopoldo Marechal, 1974, Premio Especial Nueva Acrópolis de España, 1978, etc.), publicándose en antologías o en forma individual.

    En 1985 publicó su primera novela, El derrumbe, con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes, obtenido por concurso. Su segunda novela, Las voces, obtuvo en ese género el Premio “30º Aniversario del Fondo Nacional de las Artes”(1988) y fue publicada en 1991.

    Su novela El sangrador resultó dos veces finalista del Premio Clarín-Alfaguara: 2004 y 2005. Participó en el proyecto Decamerón Cordobés, publicando diez cuentos en el mismo. Fue codirector de la serie de novelas policiales latinoamericanas Tinta Roja y coorganizador de las seis ediciones del Encuentro Internacional de Literatura Negra y Policial Córdoba Mata.

    Obra

    Novela

    • El derrumbe

    • Las voces 

    • El sangrador

    • Judas no siempre se ahorca 

    • Belisario y el tribunal de mujeres 

    Cuento

    • La guerra invisible

    • Los nombres de la furia 

    • Un camino sin rumbo y con destino 

    • Las partidas del juez Belisario Guzmán

    • Barrio Plateado

    Ensayo

    • Ernesto Sábato, el revés de la utopía 

    • Brochero, el hombre 

    Fue guionista y presentador de los programas televisivos: “Córdoba al oeste” (serie de 13 capítulos) y “Brochero el hombre” (cuatro episodios).