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Año 7 #80 Junio 2021

El Manu

“Los hombres no deben llorar”, dice Liliana Escliar. “Y menos si son maricones”, confirma, impiadosa.

 

El Manu

 

Fragmento de la novela La arquitectura de los ángeles.

 

Había muerto entre Loria y Castro Barros, pero recién se dieron cuenta en Acoyte cuando la gente dejó de sostenerla en pie y Perla Aragón, viuda de Coronel, cayó redonda en el subte sin tiempo siquiera de cubrirse los calzones.

—Yo la sostuve.

—¿Perdón?

—Usted es el hijo, ¿no? —preguntó la mujer mientras señalaba el enorme paquete de plástico amarillo abandonado al borde del andén—. Yo soy Elina. Yo la sostuve.

Se lo dijo como quien se cuelga una medalla y, al mismo tiempo, como si fuera lo más natural, después de todo, haber sostenido a la muerta.

Elina. Una geminiana típica.

¿Veinte años? ¿Treinta? El Manu nunca había sido bueno para calcular edades. La mujer parecía hecha de huesos de pollo, de una flacura casi transparente. Tenía las manos feas, de uñas comidas, e insistía en señalar el bulto amarillo —el cuerpo muerto de su mami— y en contarle, una y otra vez, que “‘la mujer’, de pronto, se me quedó enganchada con la pera en el hombro, así”, mientras ponía su mano bajo la barbilla como si hiciera la venia.

A lo mejor solo quería una recompensa, como cuando se devuelve una billetera o se encuentra un perro. Pero todo esto el Manu lo entendió después, al reconstruir los pedazos de esa náusea que siguió al llamado: “Su señora madre ha tenido un accidente y sería deseable —así le dijeron— que se apersonara en la estación Primera Junta de la línea A de subterráneos a la brevedad”.

El Manu estaba trabajando en la carta astral de don Pablo, un viudo con Venus muy mal aspectado en casa doce y, para colmo, Urano en tránsito por la cuatro. Le había prometido que la tendría lista para el lunes, y estaba atrasado. Dejó que el teléfono sonara hasta el límite del desaliento, pero la persistencia de los llamados y el malhumor de la Menchu —la gata odiaba que interrumpieran su siesta y solía desquitarse masticando el lomo de los libros de efemérides— lograron que atendiera.

• • •

Pensó que iba a vomitar en el taxi e imaginó que el taxista se pasaba al asiento de atrás y le sostenía la frente. Tenía miedo de llegar y verla muerta, miedo de vomitar y de mearse encima de miedo.

Hubiera querido que Alejandro estuviera con él, pero no sabía dónde encontrarlo. Además —pensó— si llegaran juntos a la estación, Perla seguramente lo llevaría aparte para decirle que ya se lo había dicho, que no era discreto que un hombre mayor y tan distinguido como él se dejara ver en público con un jovencito.

No podía estar muerta.

—¿Falta mucho? Me acaban de llamar ¿sabe? Dijeron que mi mamá tuvo un accidente... ¿A usted le parece que será grave?

El taxista bajó la radio y miró por el espejo:

—Perdón, ¿decía?

El auto no avanzaba.

—Pasó algo a la altura de Centenera —explicó el chofer.

El Manu sabía qué era lo que pasaba a la altura de Primera Junta, y podría haberle explicado al chofer lo de ese hombre que lo acababa de llamar y dijo que “sería deseable”, pero tenía demasiadas ganas de vomitar.

Estaban a dos cuadras. Bajo el sol, los autos inmóviles parecían una manada de animales resignados y lustrosos.

—Me bajo acá.

El chofer giró la cabeza, el torso en realidad, lo miró con una semisonrisa en algún lugar entre la conmiseración y el convite y arrimó el auto a mano izquierda. El Manu tuvo que bajar de perfil entre un poste de luz y una pizarra de verdulería atornillada con dos parantes a la vereda.

• • •

Fueron a la comisaría. Ella pasó primero. Mientras el oficial tipeaba con dos dedos “La declarante la sostuvo...”, Elina se volvió, miró a través de la rendija de la puerta y vio al Manu sentadito en la guardia. Tenía las manos en las rodillas y los ojos sorprendidos y vidriosos, como un muñeco de ventrílocuo.

—Yo me encargo de él —le dijo Elina al oficial.

—Proceda.

Lo fue a buscar y lo llevó de la mano hasta la oficina. Le sacó los documentos del bolsillo del saco, le puso una lapicera en la mano y le indicó dónde firmar, como un lazarillo.

Después se lo llevó a tomar un café. Anochecía.

—Mejor un té con leche. Me duele la panza.

Ella pidió un café con leche con medialunas, a pesar de la hora.

De a ratos el Manu tenía miedo de volver a la casa y de a ratos se quería ir, porque su mami lo estaba esperando. Iba y venía. Entraba en la certeza de la muerte y después se olvidaba.

El Manu pensaba que tal vez le habían dejado los ojos abiertos debajo del plástico amarillo y hubiese querido preguntarle, pero ella insistía en que la sostuvo como para medalla o para premio y él no se animaba.

—Señorita...

—Elina, como Elisa de Para Elisa, pero con ene.

“Hay que hacer la autopsia”, le dijeron.

Elina abrió la medialuna en canal y la untó con dulce de leche.

“Cuestiones de procedimiento”, dijeron.

Ella se encogió de hombros y mordió la medialuna.

—Cosas que pasan —dijo.

Y él le tuvo que explicar que no, que la muerte de Perla se adelantó dos años, cinco meses y once días. Que ella tendría que haber muerto en su cama con las sábanas almidonadas y con él a su lado tomándole la mano y no de la manera más impúdica, sostenida por el hombro de cualquiera (“y usted perdone”) entre Loria y Castro Barros.

Cada día de sus veintinueve años, once meses y tres días de ejercicio ilegal de la astrología y otras artes adivinatorias, el Manu había llevado un archivo en el que registraba, con meticulosidad de contable, los avatares que el destino les tenía reservado a sus consultantes.

Desde que se había iniciado —le explicó a Elina— todos los martes miraba su fichero y mandaba tarjetas de felicitación por los nacimientos o llamaba para averiguar dónde velaban al muerto.

Nunca se había equivocado. Ni una sola vez.

Su mami —las fichas lo confirmaban, dijo— tendría que haberse muerto el 7 de julio de 1998 a las cuatro y veinte de la tarde y, aunque caía martes, él habría faltado a la clase de yoga para sostenerle la mano.

Elina no se sorprendió ni dudó. Solo le preguntó, con la boca llena:

—¿Y se gana bien con eso?

El Manu le contestó que su profesión le permitía vivir bien, gracias. Que tenía las cuentas con el destino y las otras, más pedestres, al día.

La verdad era que su clientela lo veneraba como a un dios y le pagaba como a un rey. Pero esto no se lo dijo. Era un hombre muy discreto.

• • •

“Perla Aragón viuda de Coronel, q.e.p.d., se durmió en la paz del Señor el 28 de enero de 1996. Su hijo, Manuel Atilio Coronel, ruega una oración por su memoria”.

El Manu no quería publicar la necrológica, pero Elina insistió. Ni con la cruz más grande disimulaba lo que eran o habían sido: dos gatos locos, su mami y él, “solitos los dos en el mundo, mi amor”.

Cuando vivía, Perla siempre le preguntaba: “qué va a ser de vos el día que yo me muera, si estamos solitos los dos en el mundo mi amor desde que tu padre se fue al cielo Dios lo tenga en la gloria amén”.

—Amén.

En cuarenta y nueve años, desde que murió el padre del Manu, ella nunca había cambiado ni la letra ni el ritmo. Jamás había respirado en el medio, entre “muera” y “amén”, y el Manu se había acostumbrado a escuchar su letanía como un ateo escucha el Avemaría o el Padrenuestro.

El día anterior Perla había tendido la cama y había bajado la persiana antes de salir. Ahora el cuarto, a pesar del calor, estaba ordenado y fresco en la penumbra.

Manuel tropezó con la Menchu, que mordisqueaba una pantufla en la puerta. Merlín y Flora habían robado unos menudos de pollo de la cocina y los comían juntos sobre la almohada.

Perla estaba muerta. De alguna manera desconocida para el Manu, los gatos habían recibido la noticia.

Sobre su mesa de luz encontró una tarjeta de funeraria con la dirección y el horario del velatorio. La leyó como si fuera una invitación a algún evento ajeno, que no le importaba ni le incumbía. Alguien había dispuesto todo de una manera demasiado vertiginosa: el cuarto con las persianas bajas estaba tal como ella lo había dejado el día anterior, y ahora tenía que ir a su velatorio. No era normal que una persona pasara de la vida a la muerte en tan poco rato.

Estaba en la ducha cuando sonó el teléfono. Se puso una toalla a la cintura y salió descalzo. Perla iba a enojarse —pensó— por el reguero de agua en el pasillo. Estaba por acordarse que no, que su mami ya no podía enojarse por nada, pero el teléfono seguía sonando y la Menchu había entrado al cuarto y miraba la biblioteca —los lomos destrozados de los libros— con expresión vengativa.

• • •

—Buen día don Manuel, disculpe que lo moleste tan temprano, pero pensé que esta hora estaba bien. Lo llamaba para ver a qué hora puedo pasar a buscar la carta...

¿Quién hablaba? ¿De qué estaba hablando?

—... para mí es muy importante, usted sabe, yo le conté de la señorita y quería que usted me dijera...

—¿Don Pablo?

—Sí. ¿Puedo pasar a buscar la carta? Hoy es lunes. Usted me dijo...

Mientras don Pablo hablaba, el Manu, que todavía chorreaba agua sobre el parquet de su cuarto, pensó que tendría que correr la ropa antes de sentarse en la cama. Su mami siempre le había dejado la ropa sobre la cama, “presentada” de atrás para adelante: abajo el pantalón, el chaleco de hilo y la camisa, y arriba las medias, la camiseta y los calzoncillos. El Manu salía del baño con la toalla anudada a la cintura, se desnudaba y se vestía. Nunca lo había hecho de otra manera. Nunca había elegido qué ropa se pondría. Desde que tenía memoria, mami vestía un maniquí invisible y él salía del baño y lo despojaba.

Ahora la cama estaba vacía. Entonces se acordó.

—Perdone, don Pablo. Pero ahora me tengo que vestir. Voy al velorio de mi mami —dijo, y cortó.

Estaba parado, desnudo sobre el charco que se había formado frente al ropero. Eligió una camisa blanca, el traje marrón oscuro y la corbata de rayas gruesas, porque Perla la odiaba.

Se vistió con los dientes apretados. “Qué va a ser de mí”, pensó, mientras se ponía la corbata. Su mami siempre le anudaba la corbata y le sacudía las pelusas del saco.

Dejó de apretar los dientes, abrió la boca como para gritar y lloró.

Es impúdico y esperable que un puto viejo llore por su mami, pero para el Manu era la primera vez. Nunca había llorado antes.

Los hombres no deben llorar. Y menos si son maricones.

 

  • Liliana Escliar
    Escliar, Liliana

    Liliana Escliar es escritora, periodista, autora de teatro y guionista de cine y televisión. En este medio ha realizado, entre otros, los siguientes trabajos:

    Obra:

    En coautoría con Marisa Grinstein:

    • Mujeres Asesinas. Ficción basada en casos reales. Canal 13. Premios Clarín, Martín Fierro y Martín Fierro de Oro.

    • Se presume inocente. Docu ficción. A&E

    • Cuéntame. Tira de ficción diaria. TV Pública

    En coautoría con Soledad Girardi:

    • Qué piensan los que no piensan como yo. Debate. Canal Encuentro. Premios TAL de DocMontevideo, Santa Clara de Asis y Lola Mora.

    Otros programas:

    • Malicia. Miniserie de ficción. TV Pública

    • Tango Pasión Argentina. Documental, TV Pública.

    • Unidos por la historia. Documental. History Channel. Premio Martín Fierro de cable.

    • Alessandra a tu manera. Debate. Fox Latin American Channels. Premio Martín Fierro de cable

    Novelas:

    • La arquitectura de los ángeles, premio Planeta de Latinoamérica 2000

    • Los Motivos del Lobo, primera entrega de la serie policial del detective Parodi finalista del premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón. Tusquets.

    • Tumbas Rotas, ambas por editorial, segunda entrega de la serie policial del detective Parodi. Tusquets.