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Año 7 #75 Enero 2021

Se llama Ángela

“Se llama Ángela” es un relato de infinita ternura; Sofía Olguín nos la muestra en estos tiempos convulsos de vindicaciones hasta ayer ni siquiera susurradas. Porque, más allá del miedo, detrás de él, subsiste la ternura.


Se llama Ángela

Incluido en Palabras para La Poderosa 1, Al Fondo a la Derecha (solo versión digital), Buenos Aires, 2020.

 

En algún momento de la tarde, la anciana soltó la mano de su hija. Recuerda vagamente que se encontraba junto a una mujer que llevaba un carrito con un bebé; su nieto. O su bisnieto, tal vez. No lo recuerda.

Mientras camina por las calles del centro, no piensa en nada. Ni en que está oscureciendo ni en que se le ha pasado la hora de las pastillas. Solo camina y camina, y es sorprendente ver a esa anciana caminar tan rápido. Pero si alguien le preguntara, no podría contestar que en su juventud fue maratonista ni nadadora. Ya lo ha olvidado.

Estar perdida no es una sensación agradable, pero la anciana no siente miedo. Tan solo un vago sentimiento de libertad que no sabe de dónde sale. Bueno, es fácil perderse en el centro de Buenos Aires y también es fácil encontrar el camino. Por todos lados hay gente dispuesta a ayudarte. O podés preguntar en cualquiera de esas librerías polvorientas, que seguro alguien te podrá orientar. Pero como la anciana no se siente perdida, nadie se molesta en detenerla.

¿La ven allí, bajo el sol de la primavera de noviembre? ¿Caminando con paso ligero, calzada con unas impecables alpargatas blancas, un pantalón hasta las rodillas, una camiseta celeste? Tiene una postura sorprendentemente saludable, bien erguida y recta. Nadie se imaginaría que la anciana no puede recordar su propio nombre.

Bueno, se llama Elisa, por si tenés curiosidad. Si te la cruzás, quizá te animes a recordárselo. Doña Elisa, susurrale al oído, su hija la está buscando como loca porque tiene que llevarla de vuelta al hogar. Regrese hasta el Obelisco y quédese ahí.

Pero nadie detiene a Doña Elisa, ¡y es que se la ve tan feliz!

Acaba de llegar a Avenida de Mayo. De repente, se ha cruzado con una multitud de gente que baila y canta; que revolea papelitos, serpentinas, que se empapa con espuma de cotillón. Doña Elisa solo ve colores y brillo; no lee los carteles de las personas. Algunos dicen cosas como justicia por Diana Sacayán, basta de travestis asesinadas, basta de discriminación laboral.

Doña Elisa no lo sabe, pero se ha cruzado con la Marcha del Orgullo.

Sonríe y aplaude, contempla con alegría a los jóvenes (y no tan jóvenes) que bailan al compás de Madonna. Los cuerpos semidesnudos no la ofenden ni la perturban; ya es demasiado vieja como para molestarse por algo así.

Sacude los brazos y les devuelve el saludo a las travestis que están subidas a las carrozas. Ve chicos besándose, chicas besándose, personas besándose cuyo género no intenta adivinar. A su alrededor solo ve felicidad.

Alguien camina a su lado, advierte. Es una chica, casi una adolescente, y viste una camiseta blanca y unos pantalones cortos. Tiene purpurina en la cara y una corona de flores en la cabeza. Le sonríe a la chica y ella le pasa su lata de cerveza. Doña Elisa no puede beber alcohol, pero ninguna de las dos lo sabe.

De repente, cree sentir algo. Es como una cosquilla en la nuca, la picazón de un recuerdo. Está ahí flotando delante de ella, pero, aunque intenta alargar la mano para atraparlo, el recuerdo se le escapa.

En aquel recuerdo huidizo también hay una chica. Una chica de ojos tiernos que siempre se ruborizaba cuando Elisa la miraba, que se sentaba sola en el fondo del salón y que nunca hablaba en clase. Una chica de la que se decían cosas y de la que se burlaban todo el tiempo. De su cara redonda, de su acento extranjero, de su pelo corto. En ese recuerdo, Elisa tiene la edad de esa muchacha de ojos tiernos y ambas se besan con torpe inexperiencia detrás de una fábrica abandonada. Luego, el recuerdo se diluye y se transforma en una misa de réquiem. Pobrecita, tan joven, tan bonita que era…

Sin darse cuenta, Doña Elisa toma la mano de la chica que marcha a su lado. Ella le sonríe desde sus ojos llenos de brillantina y ambas atraviesan el Obelisco entre la música de las carrozas y los gritos de justicia.

—¡Mamá!

Por fin, la hija de Doña Elisa. Ha dejado a su bebé en algún lado, porque solo la acompaña un policía. Escandalizada, tira de la mano de su madre y la obliga a soltar a la chica.

—¡Mamá, por favor! ¡Casi me matás de un susto! ¿Qué te pasa?

La mujer aleja a Elisa de la Marcha, pero ella sigue saludando con la mano a la chica, que permanece allí de pie, sonriéndole.

Doña Elisa también sonríe, pero cuando algo le hace cosquillas en el rostro descubre que está llorando. Quiere recordarlo, pero no puede.

¿Te animás a decírselo al oído, por favor…?

Se llamaba Ángela.

  • Sofía Olguín
    Olguín, Sofía

    Sofía Olguín (Buenos Aires, 1989) es escritora y editora, se dedica a la edición digital. Fundó Bajo el Arcoíris, editorial de literatura infantil con perspectiva de género, que publica de forma colaborativa a autores de latinoamericanos y los distribuye de forma gratuita. Vive con sus gatos en una casa llena de platas, música gótica y aroma a palosanto.

    Obra:

    • Menfis (Eldalie Publicaciones, 2010)
    • Todos mis sueños, tuyos (Stonewall, 2012)
    • Noches de luna roja (Ediciones el Antro, 2012)
    • Nocturnabilia (Stonewall, 2012). Esta es una recopilación con varios autores
    • Tiempo al tiempo (Stonewall)
    • Ailofiu, antología solidaria (Fabián Vázquez, 2015).
    • Los ojos de la reina (2016).
    • Se venden sueños (2016).
    • La otra orilla del abismo (2016).
    • Doce menos cuarto (2016).
    • El novio de mi hermano (2016).
    • Cuando me transforme en río (Muchas nueces, 2018)
    • “Per Adrián”, en Racconti dal mondo ispanico (Alessandro Polidoro Editore, Nápoles, Italia, 2018)
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