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Año 7 #73 Noviembre 2020

Santa Evita

Santa Evita está escrita como si fuera un reportaje periodístico. La narración. que recrea hechos y personajes históricos, no solo se complementa, sino que se subordina a la recopilación de información que el autor —como personaje dentro de la trama— lleva adelante sobre la protagonista.

Podría pensarse que, al utilizar este método, Martínez busca acentuar la verosimilitud de los eventos narrados. Este supuesto vincularía Santa Eviata, mediante el relato novelado de hechos reales y una escrupulosa labor periodística, a Operación Masacre. Pero no es el caso, la relación de Santa Evita con Walsh apunta a lo contrario y está ligada a la decisión de Tomás Eloy Martínez de abandonar cualquier pretensión histórica. El autor nunca busca dotar de realidad a su discurso, ya que es consciente de la imposibilidad de separar a la persona real del mito, por lo que se queda con este último. Entonces se desdobla, ficcionalizándose, y a la vez posicionándose como un testigo secundario y, por ende, poco fiable. No sorprende que él mismo admita no conocer a los dos actores principales.

 

Santa Evita

Fragmento

En esta novela poblada por personajes reales, los únicos a los que no conocí fueron Evita y el Coronel. A Evita la vi sólo de lejos, en Tucumán, una mañana de fiesta patria; del coronel Moori Koenig encontré un par de fotos y unos pocos rastros. Los diarios de la época lo mencionan de modo escueto y, con frecuencia, despectivo. Tardé meses en dar con su viuda, que vivía en un departamento austero de la calle Arenales y que aceptó verme al cabo de una postergación tras otra.

Me recibió vestida de negro, entre muebles que parecían enfermos de gravedad. Las lámparas daban una luz tan tenue que las ventanas se desvanecían, como si sólo sirvieran para mirar hacia adentro. Buenos Aires vive así, entre penumbras y cenizas. Tendida a orillas de un ancho río solitario, la ciudad le ha vuelto las espaldas al agua y prefiere irse derramando sobre el aturdimiento de la pampa, donde el paisaje se copia así mismo, interminablemente.

En alguna parte de la casa quemaban hebras de sándalo. La viuda y su hija mayor, que también estaba vestida de negro, exhalaban un fuerte perfume de rosas. No tardé en sentirme mareado, embriagado, al filo de algún error que no tendría remedio. Les referí que estaba escribiendo una novela sobre el Coronel y Evita y que había iniciado algunas investigaciones. Les mostré la foja de servicios del Coronel, que había copiado de un archivo militar, y pregunté si esos datos eran correctos.

—Las fechas del nacimiento y de la muerte están bien —admitió la viuda—. De las otras no podríamos decir nada. Él era, como usted tal vez sepa, un fanático del secreto.

Les hablé de un cuento de Rodolfo Walsh, «Esa mujer», mientras ellas asentían. El cuento alude a una muerta que jamás se nombra, a un hombre que busca el cadáver —Walsh— y a un coronel que lo ha escondido. En algún momento entra en escena la esposa de ese coronel: alta, orgullosa, con un rictus de neurosis; ningún parecido con la resignada matrona que oía mis preguntas sin ocultar la desconfianza. Los personajes del cuento hablan en una sala de grandes ventanales, desde la que se ve caer la tarde sobre el río de la Plata. Entre los muebles ampulosos, hay platos de Cantón y un óleo que quizá sea de Pigari. ¿Vieron ustedes, alguna vez, una sala como ésa?, les pregunté. Un cierto brillo asomó a los ojos de la viuda, pero ningún signo que indicara si me ayudaría en la investigación.

El coronel de «Esa mujer», comenté, se parece al detective de «La muerte y la brújula». Ambos descifran un enigma que los destruye. La hija nunca había oído mencionar «La muerte y la brújula». Es de Borges, dije. Todos los relatos que Borges compuso en esa época reflejan la indefensión de un ciego ante las amenazas bárbaras del peronismo. Sin el terror a Perón, los laberintos y los espejos de Borges perderían una parte sustancial de su sentido. Sin Perón, la escritura de Borges no tendría estímulos, refinamientos de elusión, metáforas perversas. Les explico todo esto, dije, porque el coronel de Walsh también espera un castigo que va a llegar fatalmente, aunque no se sabe de dónde. Lo atormentan con maldiciones telefónicas. Voces anónimas le anuncian que su hija enfermará de polio, que a el van a castrarlo. Y todo por haberse apoderado de Evita.

—Lo de Walsh no es un cuento —me corrigió la viuda—. Sucedió. Yo estuve oyéndolos mientras hablaban. Mi marido registró la conversación en un grabador Geloso y me dejó los etes. Es lo único que me ha dejado.

La hija mayor abrió un aparador y mostró las cintas: eran dos, y estaban dentro de sobres transparentes, de plástico.

De tanto en tanto se abría un silencio repentino, incómodo, que yo no sabía cómo romper. Tenía miedo de que las mujeres no pudieran seguir enfrentándose al pasado que les había hecho tanto daño y me obligaran a marcharme. Vi que la hija estaba llorando. Eran lágrimas sin ton ni son, que le brotaban como si vinieran de otra cara o pertenecieran a los sentimientos de otra persona. Al darse cuenta de que la miraba, dejó caer esta confidencia:

—¡Si usted supiera cuánto he fracasado en la vida!

No supe qué contestarle. Se notaba que, cuanto más iba pasando el tiempo, más compasión sentía por sí misma.

—Nunca he podido hacer lo que quise —dijo—. En eso soy igual a papá. El también, cuando yo ya era grande, venía a sentarse en mi cama y me decía: Soy un fracasado, hija. Soy un fracasado. No fuimos nosotras las que lo hicimos sentirse así. Fue Evita.

Les repetí lo que sin duda sabían: el coronel del cuento dice que enterró a Evita en un jardín. Un jardín donde llueve día por medio y todo se pudre: los canteros de rosas, la madera del ataúd, el cinturón franciscano que le pusieron a la difunta. El cuerpo, se dice allí, fue enterrado de pie, como enterraron a Facundo Quiroga.

Me detuve. A Facundo, pensé, nadie lo enterró de pie. Sentí que me había quedado sin aliento.

—Esa historia es tal cual —susurró la viuda, que tenía la mala costumbre de aspirar fragmentos de palabras—. Cuando vivíamos en Bonn el cadáver estuvo más de un mes dentro de una ambulancia que había comprado mi marido. Se pasaba las noches vigilándolo por la ventana. Un día quiso entrarlo en la casa. Me opuse, como se imaginará. Fui terminante. O te llevás de aquí esa basura, le dije, o me voy yo con mis hijas. El se encerró a llorar. Por esa época, ya los desvelos y el alcohol lo habían ablandado. Aquella misma noche salió con la ambulancia. Cuando volvió, me dijo que había enterrado el cuerpo. ¿Dónde? Le pregunté. Quién sabe, contestó. En un bosque, donde llueve mucho. Y no quiso hablar más.

La hija trajo una fotografía del Coronel tomada en 1955. Los labios eran una tenue línea dibujada con lápiz, los pómulos estaban surcados por venitas oscuras, la calvicie hacía estragos en la frente vasta, sebosa, inclinada hacia atrás en un ángulo brusco.

—Diez años después de esa foto era un hombre en ruinas —dijo la viuda—. Dejaba pasar las horas sin hacer nada, sin hablar, con la mente a la deriva. A veces se perdía de vista durante semanas, yendo de un bar a otro hasta que caía desmayado. Tenía delirios. Sudaba a chorros. Era un sudor rancio, insoportable. Poco antes de morir lo vieron en un banco de la plaza Rodríguez Peña, llamando a gritos a la muerte.

—¿Y ustedes? —quise saber—. ¿Dónde estaban ustedes?

—Lo abandonamos —contestó la hija—. Hubo un momento en que mamá ya no lo soportó más y le dijo que se fuera.

—La culpa la tuvo Evita —repitió la viuda—. Toda la gente que anduvo con el cadáver acabó mal.

—No creo en esas cosas —me oí decir.

La viuda se puso de pie y yo sentí que era hora de irme.

—¿No cree? —Su tono había dejado de ser amistoso. —Que Dios lo ampare, entonces. Si va a contar esa historia, debería tener cuidado. Apenas empiece a contarla, usted tampoco tendrá salvación.

 

  • Tomás Eloy Martínez
    Eloy Martínez, Tomás

    Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934-Buenos Aires, 2010) fue narrador, cronista y crítico. Era ya uno de los críticos cinematográficos más importantes del país (había publicado el ensayo Estructuras del cine argentino, 1961) y jefe de redacción del semanario Primera Plana, cuando irrumpió en la narrativa con su primera obra de ficción, la novela Sagrado (1969), que contó con los entusiastas auspicios de Gabriel García Márquez.

    No obstante, Tomás Eloy Martínez no continuó en la línea mágica y misteriosa de ese texto inaugural, sino que prefirió escribir una estremecedora crónica periodística (La pasión según Trelew, 1974) y una selección de reportajes (Lugar común la muerte, 1979) antes de abordar su segunda obra no ligada a la realidad inmediata: La mano del amo (1991).

    Antes de ella había encontrado la veta intermedia entre ficción e historia, que se convertiría en el género central de su producción, a través del que es su libro más conocido y de mayor difusión internacional: La novela de Perón (1985), en el que partió de las entrevistas que había realizado a Juan Domingo Perón veinte años atrás, cuando el líder argentino se encontraba exiliado en Madrid.

    Por el mismo procedimiento, a mitad de camino entre el testimonio y la invención y en torno a la figura de Eva Perón, escribió el que es acaso su mejor texto, Santa Evita (1995), y posteriormente Las memorias del general (1996). Exiliado en tiempos de la dictadura, primero en Venezuela y luego en Estados Unidos, dirigió durante muchos años el Programa de Estudios Latinoamericanos de la Rutgers University de New Jersey. Entre sus últimas novelas deben destacarse El vuelo de la reina (premio Alfaguara 2002), El cantor de tango (2004) y Purgatorio (2008).