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Año 7 #72 Octubre 2020

El billete de metro

Simenon es conocido por el comisario Maigret; aunque sus mejores obras no son las del comisario, sino aquellas en las que ensaya el thriller psicológico. Aquí presentamos un relato publicado en 1941 en Police-Roman.

En este tipo de trabajo, Simenon usa intrigas simples, el encanto de un juego limpio y humano.

 

El billete de metro

 

I

Era una de esas mañanas como para encerrarse en las oficinas bien caldeadas y entregarse perezosamente a trabajos descansados. Fueron llegando, por turno, con la nariz encarnada y la punta de los dedos entumecida, y todos repitieron la misma canción:

—¡Qué niebla!

Las estufas roncaban cargadas hasta los topes. A causa de la niebla, si bien no eran más que las nueve, las luces estaban encendidas. Barbet, como todos los días, acababa de salir para el correo. La señorita Berta había ocupado su sitio en la antesala y, para decirlo todo, ponía orden en su bolso de mano, en el que periódicamente hacía la limpieza, vaciándolo.

En el despacho grande, Torrence, que había encendido una pipa, se mantenía de pie, de espaldas al fuego, en una actitud antaño familiar a su antiguo jefe Maigret.

Emilio pasaba el tiempo haciendo punta a todos los lápices que estaban al alcance de sus manos, en su pequeño cuartito, cuyo desorden adoraba y desde el que podía ver todo cuanto ocurría en el despacho del jefe.

Para emplear una palabra de Torrence, la jornada no había sido todavía embragada, y lo mismo debía de ocurrir en millares de oficinas parisienses, en las que se disfrutaban unos minutos de sabroso descanso antes de abordar el trabajo.

Súbitamente, la señorita Berta levantó la cabeza. Se oían pasos en la escalera, pero eran pesados, torpes, vacilantes.

—De no haber sido tan de mañana —diría luego ella—, hubiera creído que se trataba de un borracho.

Es verdad que la escalera de la Cité Bergère era angosta e incómoda.

Una mano tienta, busca el asidero de la puerta. La señorita Berta no se mueve, pero observa aquel botón que empieza a girar.

Se abre la puerta. La joven se levanta.

—¿Qué desea usted?

Siente una impresión desagradable. El hombre que acaba de entrar la mira como si no la viese o, mejor dicho, como si fuese un polvillo ínfimo en su camino. Es alto y viste un abrigo oscuro. Es hombre de unos cincuenta años; probablemente un buen burgués, acostumbrado a mandar.

¿Había venido ya a la Agencia O? La verdad es que no era difícil adivinar cuál era el despacho del jefe, porque este tenía una doble puerta acolchada.

Toda aquella escena duró apenas unos segundos. Durante un instante, al pasar, el hombre se apoyó en la mesa. Sin preocuparse de la secretaria, abre la puerta de Torrence. Este, sorprendido, observa a aquel desconocido que irrumpe de tal modo en su despacho. Emilio, en el despachito contiguo, está también atento, detrás del espejo que los visitantes no sospechan y que le permite ver todo lo que ocurre igual que un micrófono le permite oírlo todo.

El hombre abre la boca… Se nota que hace un esfuerzo desesperado, y, no obstante, no salen de sus labios más que inarticulados sonidos… Vacila… Sus dos manos están crispadas sobre el pecho…

No se sabe nada, no se sospecha todavía la verdad y no obstante todos están conmovidos por la impresión de algo trágico. La estufa ronca.

La mirada del hombre se vuelve huraña. Son las diez y siete minutos.

—Él… Él…

En la pared, justo encima de Torrence, hay un reloj de lo más vulgar posible; un reloj como los que hay en la mayoría de las oficinas, con una esfera descolorida en una caja negra. Una de las manos del hombre trata de señalarlo… Las agujas marcan exactamente las diez y siete minutos…

—Él… Él…

Algo le sube a la garganta. Su mirada expresa la desesperación más atroz. Quiere hablar a toda costa.

—El ne…

—¿El qué? —pregunta Torrence, precipitándose hacia el hombre.

Este se desploma en el suelo. Un chorro de sangre brota de sus labios, y, no obstante, Torrence, inclinado sobre el hombre, juraría que, en un aliento, el desconocido ha murmurado:

—El negro…

Ya los ojos, cuya mirada estaba clavada en el reloj, se han vuelto vidriosos. Unos segundos más, un espasmo, un estremecimiento de todo el ser y ya no hay más que un cadáver en el suelo.

La señorita Berta telefonea al doctor Marie, que habita en la vecindad, en Montmartre. Barbet vuelve de Correos silbando alegremente.

Torrence, que ha desabrochado el abrigo del muerto, señala a Emilio una pequeña herida sangrienta precisamente a la altura del bolsillo superior del chaleco.

—No hace más que unos minutos que a ese hombre le han metido una bala en el pulmón izquierdo —explica Torrence, que está acostumbrado a esa clase de heridas—. ¡Mire! La sangre se ha coagulado enseguida en el orificio… Se ha producido una hemorragia interna. Ha sido necesario que este hombre hiciera un esfuerzo sobrehumano para seguir andando, para subir hasta aquí, para balbucear algunas sílabas.

Ni Torrence ni Emilio son precisamente unas mujercitas y, no obstante, están tan pálidos el uno como el otro. Hay en aquel drama algo de inexorable, de equívoco, que les impresiona.

—El doctor viene enseguida —anuncia la señorita Berta, que prefiere no mirar hacia el muerto.

Y este, tendido en la habitación, parece anormalmente grande.

—Sería bueno que telefonease a la Policía Judicial, jefe.

Torrence llama al comisario Lucas, su antiguo colega del «Quai des Orfèvres».[1]

—Sí, hombre, sí… Ven tú mismo… Me gustaría que, en lo posible, se obrara con discreción. No, no lo conozco. Juraría que el disparo se lo hicieron a menos de cien metros de mi despacho… No hubiera podido andar más… Te espero; sí.

Emilio, que ha empezado a registrar los bolsillos del cadáver, saca de uno de ellos, no sin sorpresa, un gran revólver de cilindro. El arma está fría. Y no obstante falta una bala en el cilindro y el cañón no está engrasado.

—¿Qué dice usted a eso, jefe?

Torrence mueve la cabeza. En casos semejantes es cuando su experiencia, adquirida en la Policía oficial, le es útil.

—Digo que este hombre no ha podido suicidarse. Mire el abrigo, la chaqueta… No hay huellas de pólvora en el tejido, ni la menor quemadura… Si la bala hubiese sido disparada desde tan cerca, sobre todo con un arma de ese calibre… ¿Pero dónde ha ido Barbet?

—Lo he enviado a la Cité Bergère.

Torrence comprende. Vacían uno tras otro los bolsillos del cadáver. Y en primer lugar, del bolsillo derecho del abrigo, sacan un billete de metro que lleva la fecha del día y que ha sido despachado en la estación Saint-Martin, que está a menos de un kilómetro de la Cité Bergère. Seguramente el desconocido tenía prisa de llegar, porque, a pie, casi hubiera invertido el mismo tiempo.

—Es un billete de tarifa corriente —observa Emilio—, es decir, que este hombre tomó el metro en la Puerta de Saint-Martin después de las nueve de la mañana.

La estación más próxima a las oficinas de la Agencia O es la estación Faubourg-Montmartre, a sesenta metros. A esa hora, en el momento de la apertura de las oficinas y de los almacenes, el cruce de Montmartre está particularmente animado. En cambio, la Cité Bergère está casi desierta.

Un bolsillo interior de la chaqueta proporciona otra sorpresa. Aparecen en él, y dentro de un sobre amarillo, cincuenta billetes de mil francos casi nuevos, sujetos por clips en legajos de diez.

—Desde luego, el motivo del crimen no ha sido el robo… ¡Ah! Aquí está su cartera.

No es difícil averiguar la identidad de la víctima. Se trata de un tal Gérard Duhourcin, subdirector de las Fábricas de alambres francesas de Saint-Etienne. Tiene cincuenta y cuatro años y nació en Lille (Nord).

—Póngame con las «Tréfileries Françaises» de Saint-Etienne, señorita Berta… Luego, me pondrá con el 132 de Saint-Etienne… Es su domicilio particular.

En la misma cartera hay un billete de ferrocarril Saint-Etienne-París, de ida y vuelta, despachado la víspera por la tarde en Saint-Etienne. Gérard Duhourcin, pues, verosímilmente, tomó el tren de la noche.

Emilio se hunde en su cuchitril, donde colecciona guías de todas clases. Al cabo de unos instantes, vuelve con el informe requerido.

—El tren ha llegado esta mañana a las 7 y 12 a la estación de Lyon… ¡Es curioso!

—¿Qué es lo curioso?

—Que este hombre no haya tomado el metro hasta llegar a la Puerta de Saint-Martin.

Un reloj de oro. Una pluma estilográfica también de oro con la fecha de un aniversario; un regalo, claro está. El traje es de buen corte, confortable, y sale de la gran sastrería de Lyon.

El doctor Marie ha llegado y se arrodilla junto al cadáver.

—Saint-Etienne al teléfono…

Torrence llega a ponerse en comunicación directa con el director.

—¡Oiga!… ¿Tienen ustedes de subdirector a Gérard Duhourcin? Es un hombre alto y robusto, ¿verdad?, ¿de pelo gris y bigote ligeramente plateado?… ¿Cómo dice? Ya le informaré dentro de un instante… Quisiera saber si el señor Duhourcin tenía que venir hoy a París… ¿Sí?… ¿Para qué?, no, señor… Respóndame primero… Luego le diré todo lo que tengo que decirle… ¡No se enfade, por Dios!… ¿Cómo? ¿Mañana?… ¿La boda de su hijo con la hija de usted?… ¿Y para eso?… Sí, en fin, usted supone… ¿No tiene más que ese hijo?… ¿Y sabe usted dónde solía hospedarse cuando venía a París?… Ha fallecido, hace unos instantes, en mi despacho mismo… Acabo de pedir por teléfono su domicilio particular… Tiene usted razón… Si quiere usted encargarse de ello… Me gustaría que su hijo viniera lo más pronto posible… En cuanto a la ceremonia… ¡Naturalmente!… ¡Sí; es una catástrofe!…

El doctor Marie, que se ha vuelto a levantar, confirma exactamente las suposiciones de Torrence. Según él, el disparo se hizo a una distancia de tres o cuatro metros, solo unos instantes antes de la muerte, y fue un milagro que el hombre hubiese podido subir la escalera y…

—¡Y no hacemos más que empezar con esta historia! —suspira Torrence—. ¡Entra, Lucas!… ¡Un asunto feo, chico!… ¡Mira!… Gérard Duhourcin… Situación de primer orden en Saint-Etienne… Casado… Padre de un joven que, mañana al mediodía, pensaba casarse con la hija del director de las Tréfileries…

»Ya he hablado por teléfono con Saint-Etienne… Duhourcin salió ayer, en el tren de la noche… No llevaba equipaje… No pensaba pasar más que unas horas en París… Lo esperaban esta tarde en Saint-Etienne… ¿Qué dices?… Según el director, su viaje a París tenía por objeto comprar el regalo para los recién casados…

»El director está desesperado… Parece que estaba encargada una comida de sesenta cubiertos y además iba a celebrarse una fiesta íntima para todo el personal de la fábrica y de las oficinas…»

La silueta de Barbet se perfila en el marco de la puerta.

—¿Qué hay?

—He hecho unas pequeñas averiguaciones en la Cité Bergère. El peluquero de la planta baja estaba en la puerta de su tienda contemplando la niebla… Oyó muy bien unos pasos que se acercaban, pero no les prestó atención… Afirma que en un momento dado, cuando el hombre estaba a unos veinte metros de la casa, se produjo un ruido como si se reventara un neumático… No se preocupó, porque eso sucede a menudo… Poco después, percibió una silueta que penetraba en la casa.

—¿Has telefoneado al juzgado? —le pregunta Torrence a Lucas.

—No podía dejar de hacerlo…

¡Una visita del juzgado a la Agencia O! ¡Un crimen en la Agencia O! ¡Vaya publicidad para una agencia de policía privada!

Mandan a Barbet, con el revólver, a casa de Gastinne-Renette, el armero, para el peritaje. Le encargan a Barbet que espere y traiga todos los informes posibles.

¡Un día que se anunciaba tan tranquilo, tan afelpado de bruma!

—¿Me quedo? —pregunta el doctor Marie.

—Valdría más, en efecto, que esperara la llegada del juzgado.

Apenas han transcurrido diez minutos cuando suena el timbre del teléfono. Es Saint-Etienne. Una voz de mujer.

—¡Oiga! ¿Verdad que no es posible?… Mi marido…

¡Bueno! El Director de las Tréfileries ya ha tenido tiempo para ir al domicilio de Duhourcin y participar la mala noticia a la familia.

—Dígamelo todo, señor —suplica la mujer—. Le juro que no es posible… Mi marido no tenía ningún enemigo en el mundo… Era el mejor de los hombres, el más justo, el más…

—Se oye otra voz, una voz de hombre.

—Déjame hablar, mamá… ¡Oiga!… Aquí, Jean Duhourcin… No hay más tren que el del mediodía… Llegaré antes en coche… ¿Está usted seguro de que es mi padre?… Si es él, tiene una pequeña cicatriz en la nuca. Mírelo pronto, por favor… Mamá no quiere creerlo todavía…

El doctor se inclina, mueve afirmativamente la cabeza.

—¡Señor Duhourcin… por desgracia…!

Un grito en la casa del muerto. Torrence, lúgubre, cuelga el aparato. Unos coches se han parado en la Cité Bergère. Es el juzgado. ¡Y luego llegarán los reporteros de los diarios, los fotógrafos, toda la orquesta!

—No tienes suerte, Torrence —le dice Lucas.

Y la señorita Berta, más sensible, se indigna.

—¡Me parece que el que no tiene suerte es sobre todo ese hombre!… ¡Ni su familia!… ¡Ni la pareja que iba a casarse mañana!…

Diez, quince personas en las oficinas. Luego, los fotógrafos de la Identificación Judicial, que ocupan todo el local con sus embarazosos aparatos. No se sabe dónde meterse. Para esos señores es casi una ganga venir de cerca de la organización de la Agencia O que tan a menudo le ha llevado ventaja a la Policía oficial.

¡Bueno! Ya llegó el primer periodista, avisado por Dios sabe quién, sin duda por el peluquero de la planta baja.

—Dígame, señor Torrence, cuándo llegó ese hombre y…

Teléfono. Esta vez es Barbet. Está en la avenida Montaigne, en el despacho del señor Gastinne Renette, el célebre armero.

—Se pondrá él, jefe… Es muy interesante.

—¡Oiga! ¿El señor Torrence? Sí; he examinado el arma… No hay duda posible… Se ha hecho un disparo con este revólver esta misma mañana… No… Me pide demasiado… Pongamos que el disparo se hizo, a juzgar por el grado de oxidación, más bien a las nueve que a las diez…

Torrence se dirige al especialista en huellas digitales.

—Le van a traer un revólver cuya culata nadie ha tocado, desde esta mañana, sin envolverse la mano en un pañuelo… Necesito saber quién manejó el arma…

Al mediodía, los más importantes personajes del juzgado se han ido, pero quedan en el local algunos especialistas que actúan bajo la dirección de Lucas.

Los resultados vienen unos tras otros.

En primer lugar, el revólver del difunto. Era el arma típica de un buen burgués provinciano que se contenta con guardar un revólver en su mesita de noche sin llevarlo jamás encima. El revólver, en efecto, era pesado y engorroso.

Por otra parte, Torrence ha telefoneado a la doncella de los Duhourcin. El revólver, que se encontraba siempre en el cajón de la mesita de noche, ha desaparecido. Su señor no lo llevaba nunca en el bolsillo.

Ahora bien, en el revólver no hay más huellas digitales que las del muerto.

—Dicho de otro modo —declara Torrence después de haber consultado en voz baja a Emilio—. El señor Duhourcin sabía que corría peligro. Luego no venía solamente a París a comprar un regalo para su hijo y nuera. Llegó poco después de las siete de la mañana.

»Las averiguaciones, en la estación de Lyon, demuestran que un hombre que responde a sus señas se aseó en los locales nuevamente dispuestos para ese objeto.

»Se le vio luego en la cantina, donde tomó tres croissants y una taza de café… En el momento de pagar, mudó de consejo y pidió una copa de ron. Exigió una copa de degustación. Eran más de las ocho y media cuando salió de la cantina.»

Los periodistas tomaban notas. Era imposible librarse de ellos.

—De modo, pues, que, entre las ocho y media y las diez y diez, hora en la que llegó aquí herido mortalmente, el señor Duhourcin hizo un disparo con su revólver.

»Todo cuanto de él sabemos descarta la idea de una pura fantasía. No era hombre para disparar en la niebla por divertirse…

»Por otra parte, el billete de metro es ordinario… Fue después de las nueve cuando Duhourcin tomó el metro de la estación Saint-Martin, verosímilmente para venir aquí.

»Hay una cuestión que considero capital. El señor Duhourcin, ¿vino a París para vernos, es decir, para encargar a la Agencia O una investigación cualquiera?

»En ese caso, ¿por qué disparó primero un tiro y contra quién?

»¿La idea de dirigirse a nosotros no se le ocurrió hasta después de haber hecho el disparo?

»Lo cierto es que, veinticinco metros antes de llegar a nuestra puerta, fue atacado a su vez y herido mortalmente.

»No ha podido hablar, por lo menos de una manera inteligible… La Agencia O, en este asunto, no tiene nada que ocultar y considera como un deber el poner todos los triunfos posibles en las manos de la policía oficial.

»Puedo decirles, pues, que el señor Duhourcin, en el momento de morir, ha mirado el reloj con insistencia. He comprendido que, sabiendo que su tiempo estaba contado, se esforzaba para transmitirme un postrer mensaje y que su gran desesperación era la de no poder lograrlo.

»Ha balbuceado una frase. Creo haberla comprendido bien, pero no puedo afirmar nada. A mi juicio, esa frase ha sido:

»—El negro…»

He ahí por qué los diarios de la noche publicaron con grandes titulares:

 

 

[1] Quai des Orfèvres: oficinas de la Policia Judicial

  • Georges Simenon
    Simenon, Georges

    Georges Joseph Christian Simenon (Lieja, Bélgica,1903-Lausana, Suiza,1989) fue un notabilísimo escritor belga de lengua francesa. Su antepasado Gabriel Brühl, campesino y criminal, tal vez haya impulsado al comisario Maigret (personaje de centenares de las novelas de Simenon) a interesarse en gente simple y criminal.

    Simenon abandona los estudios en 1918 y se emplea como reportero de La Gazette de Liège tomando contacto con el mundo marginal. Se interesa en los casos policiales y se instruye en procedimientos científico policiales.

    Au pont des Arches (1919) es su primera novela. Hasta 1922 publica 800 columnas humorísticas y conoce los avatares de la noche (prostitución, ebriedad), alternando con bohemios, anarquistas y el submundo del alcohol y las drogas.

    En 1923 se casa con Régine Renchon y reside en París donde descubre la gran ciudad. En 1928 se apasiona por la navegación y vive hasta 1931 en un barco que se hace construir.

    En Pedro, el letón (1929) nace el célebre comisario Maigret. Entre 1932 y 1935 viaja alrededor del mundo. En sus reportajes conoce numerosos personajes y se zambulle en la sexualidad de mujeres de todas las latitudes. Joséphine Baker, entre otras, fue su amante. En 1939 nace su primer hijo.

    André Gide, con quien se escribe, fue de los primeros en reconocer su talento. Acusado de colaborar con los nazis viaja a Estados Unidoa (1945) y conoce a su segunda esposa, Denise Ouimet. De esa tumultuosa relación nace Mary-Jo.

    En 1957 regresa a Europa y se afinca en Lausana, Suiza. En el 60 preside el festival de Cannes que premia La doce vita. Escribe Memorias íntimas en 1981, una autobiografía de veintiún volúmenes y se vincula con Teresa Sburelin hasta su muerte.

    Simenon escribió 192 novelas con su firma y más de 30 con diferentes seudónimos, ha vendido más de 500 millones de ejemplares y fue traducido a 55 lenguas. Todo ha sido abundante: incluso las treinta mil mujeres con quien decía haber hecho el amor.

     

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