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Año 6 #69 Julio 2020

Las hamacas voladoras

“Esos relatos son como tajos en el tiempo que hacen callar a todos. O los deja, rumiando en voz baja, masticando una pregunta: ¿cómo se hace para escribir, o mover la palanca, después de Briante?” [Silvina Friera, para Página 12, 25/12010]

De Las hamacas voladoras y otros relatos.
Página 12. Buenos Aires, 2013.

 

Las hamacas voladoras

 

Primer punto.

Movió la palanca y la gente empezó a girar. La cara de una chica. Un hombre gordo. Una vieja que con una mano se sujetaba el sombrero. Los demás, igual: aferrándose al bor­de de los asientos de madera. Los había mirado a todos, uno por uno, mientras le entregaban el boleto: alguno tenía una lapicera dorada, sobresaliendo del bolsillito del saco, junto al pañuelo blanco; otro, una mancha en la camisa, junto a la corbata gastada; la vieja, una medalla con algún santo; acer­ca del gordo, no podía recordar si llevaba o no cadena; los ojos de la chica eran marrones y el pelo rubio, suelto. La primera vez que los miraba así. Todos se habrían desperta­do, esa mañana de domingo, pensando en la tarde, en el momento feliz de entrar al parque desplegando la sonrisa, la plata, de subir al tren fantasma, al látigo, a las hamacas voladoras. Él, en cambio, se había despertado pensando: hoy va a ser distinto. Tres días que lo pensaba, tres maña­nas eludiendo la cara del viejo, haciéndole trampas: poner cara de miedo pero burlarse para adentro de esos ojos terri­bles, dominantes. Y ahora, como siempre, estaba ahí: con los dedos de la mano derecha doblados sobre la palanca de hierro. Dirigía —por primera vez sintió eso: que dirigía— ese remolino de caras que estaba envolviéndolo. Era necesario que la gente se acostumbrara de a poco al movimiento. Se lo había explicado el viejo, la primera vez que le permitió manejar eso que ellos llamaban la máquina. (Segundo pun­to, inconscientemente.) Despacio, muy despacio, la palan­ca avanzaba sobre esa especie de semicírculo parecido a un engranaje: el trozo de cobre, el contacto, iba entrando su­cesivamente en las ranuras. La máquina aumentaba su ve­locidad. Lo aprendió mucho tiempo después de encontrar al viejo. Él tenía la espalda amoldada a esos bancos curvos, las piernas acostumbradas a replegarse en los asientos, cuan­do los guardas lo dejaban dormir en los trenes en marcha. Aún se acordaba de muchas cosas: un policía haciéndolo bajar en Aristóbulo del Valle, preguntándole dónde vivía. Al­guien diciendo: la culpa la tienen los padres. Y él había des­cubierto que sí, que si papá no se hubiese muerto, si ma­má... Después, al poco tiempo, otro agente avanzando hacia él, en Retiro. Y esa figura encogida, esa cara de viejo apa­reciendo de atrás, adelantándose al uniforme y tomándolo de un brazo. Vamos, apurate que te llevan, había dicho el viejo. Él se dejaba arrastrar. Escapando de las comisarías, de las preguntas, de esos patios traseros que había lavado tan­tas veces, entre los presos, o de esos zapatos que había lus­trado cayéndose de sueño, entre las risas de los agentes. Las hamacas volaban bajo. Pero no tan bajo como deberían estar volando, pensó. Las cadenas cimbraban levemente. La chica parecía más feliz. El pelo de la vieja, libre del sombre­ro, ondulaba. Dentro de un rato va a flotar. El pibe que la seguía iba a tocarlo; la madre del pibe, atrás, iba a tocarlo a él. Todos despreocupados, contentos, ninguno había adver­tido nada: el movimiento brusco sacudiendo la máquina, al comenzar. Se acostumbraban lentamente —como explica­ba siempre el viejo— a la altura, a la velocidad. Recordaba la cara del viejo (esa cara que los años iban gastando hacia adentro, ahuecándola como una roca, creándole nuevas aris­tas duras, brutales), y su voz diciendo: Estúpido, entendés ahora, a ver, probá. Él probó: con una sensación de torpe­za, de inseguridad en las manos. La palanca, demasiado se­parada, corrió casi todos los puntos de golpe: las hamacas, vacías, estaban allá arriba, girando a la máxima velcidad. Entonces el viejo hizo una mueca, una de las manos se apo­yó en su cuello, la otra subió hasta él, golpeando.

Tercer golpe.

Lo dio con rabia. El viejo dio ese tercer golpe, y el cuar­to, y los demás, con una rabia casi increíble. Pero yo sí de­bía creerla. Porque desde hace mucho tiempo esa rabia, esos golpes, eran reales, cotidianos, para él. Me ha pegado mu­cho, me ha pegado demasiadas veces. Desde la vez en que lo llevó al parque y le dijo: Vos, por ahora, tenés que lim­piar. Y él, con el trapo en la mano, pensaba: poder estar allá arriba, poder subir. Mientras limpiaba los engranajes, acei­taba las ruedas, arreglaba los asientos que la gente rompía. Las caras pasando constantemente, recortándose felices con­tra el cielo. Los boletos desplegándose en sus manos, du­rante unos segundos. El viejo en la boletería. Las manos blan­cas. Las manos grandes de los hombres oscuros o de los ma­rineros. Los sombreros de las viejas. El pelo rubio y el rostro de las chicas, flotando. Dando vueltas. Vueltas. Poder estar allá arriba. Y recordaba esa mañana en que el viejo le había dicho: subí, vamos a probar cómo anda. Porque algo estaba roto y había que tener seguridad. Eso: seguridad. Me estaba usando para hacer las pruebas. Y él había subido. Después de tantos años era hermoso —aunque nunca supo decir qué era, en realidad— sentir esa detenida felicidad de estar subiendo. Se ajustó, lentamente, el cinturón. Acomo­dó las manos sobre la madera. Yo tenía diez años, o más. El viejo movió la palanca. Él movía la palanca para que subie­ra yo. La máquina arrancó. Las hamacas tomaron velocidad lentamente. Mucho más lentamente que ahora: en forma normal. Girar. Subir. Girarsubir en un apuro envolvente has­ta que el parque estuvo abajo. Primero —a pedazos, tratan­do de ver por entre los hierros de la montaña rusa, imagi­nando lo que ocultaban los edificios del parque— se preo­cupó de la Torre de los Ingleses, de los relojes de Retiro que pasaban hacia atrás, en círculo, después la avenida y la pla­za San Martín, y después la ciudad y después el puerto con los barcos que parecían navegar rápidamente mientras él daba vueltas, feliz, hasta que miró hacia abajo, hacia el par­que, y lo vio desierto, largamente vacío, silencioso, sin ros­tros, sin luces, muerto mientras la velocidad decrecía (mo­vió la palanca: arriba, la velocidad aumentaba) y él, al ba­jar, se encontraba con el viejo, con los trapos sucios que du­rante años iban a ser su único trabajo. Y hasta después de cumplir los quince años (aunque nunca supo exactamente su edad) siguió pensando lo mismo que había pensado aque­lla vez: cómo será de noche, cuando las luces y los rostros. Sobre todo desde aquella vez en que el viejo le dio la orden:

Bueno, ahora tenés que manejar vos; yo voy afuera, a los boletos. Cada vez que ponía en marcha la máquina pensa­ba eso. Poder estar allá arriba, entre la gente, pensó.

Cinco.

Cinco veces había subido, a lo largo de todos esos años. Cada vez que se rompían las hamacas. Primero las arregla­ba el viejo: él las probaba. Pero hace poco el viejo le dio las herramientas: vos tenés que arreglarlas, a ver cómo te portás. Y se fue. Durante toda la mañana trabajó, con esa pe­queña molestia de la grasa; una costumbre, en sus manos. La palanca estaba desenganchada. Manejó los tornillos, mientras pensaba en el viejo. (El viejo en la boletería, la gen­te arriba volando; el viejo a la noche, haciéndole limpiar los asientos y las correas y la máquina. El viejo, después, en la piecita, despertándolo tesprano para que fuese a arreglar la máquina, cuando él hubiera querido permanecer ahí, den­tro del sueño, en ese lugar donde la cara del viejo no era tan terrible y a veces ni siquiera existía). Miró hacia arriba: los rostros. Un solo rostro circular y sonriente que lo rodeaba cada vez más rápido, una cara que ahora, al mover la palan­ca, cuando él pasara al sexto punto cambiaría de gesto, pensó mientras todos cambiaban de gesto; se mareaban, seguramente, porque ya las hamacas han salido de lo que antes era la velocidad máxima, y nadie sabe que antes sólo al pensar diez —cuando la palanca, so­bre los contactos, ya no podía avanzar más— las hamacas lle­gaban a la máxima velocidad. Todo va a ser distinto. Y re­cordaba la escena: su sonrisa al terminar de probar las ha­macas; el viejo, después, preguntando si ya andaban bien.

Ya vas a ver qué bien andan, pensó, y dijo que sí, que an­daban muy bien. Su cuerpo tapaba la palanca mientras mi­raba cómo las hamacas, vacías, empezaban a funcionar. Aho­ra, está pensando lo mismo: Ya vas a ver qué bien andan. Ya van a ver. El gesto de la gente —aunque, en realidad, no podía verlo— no habría cambiado mucho. Ningún grito, hasta ahora. Trató de distinguir a la vieja, a la chica rubia, al gordo. Todo era un círculo veloz. Recién en el séptimo golpe iban a darse cuenta. Pero nadie iba a detenerlo. La palanca la tengo yo. Durante un instante sintió ese mismo placer de subir por primera vez a las hamacas. El silencio, como aquel día, era una capa aislante creciendo en sus oí­dos, más acá del círculo rápido de las hamacas que giraban a su alrededor. El viejo estaba en la boletería, ocupado en con­tar la plata, en atender a los que después pasaban a formar cola para la próxima vuelta. La próxima vuelta. Ninguno había advertido nada. Ellos están arriba, yo abajo: puedo decidir. Las caras unificándose; tapando, incluso, la del vie­jo, haciendo que esa cara esté ahí abajo, y gire, como si hu­biese entendido algo, hacia él. Ese viejo bruto lo ha mira­do como presintiendo algo. Ahora, avanza hacia las hama­cas. Él sabe que la velocidad ha sobrepasado lo normal. Pe­ro van a ir más arriba. Acercáte, viejo. Y la palanca saltó ha­cia el

séptimo punto

y la gente, el viejo, todos, pudieron oír el crujido, no muy fuerte, pero perfectamente transmitido a través del poste cen­tral, hacia abajo, desde las cadenas. No había gritos pero se empezaban a inquietar. El viejo avanzaba hacia él, endere­zando justo al centro del amplio círculo, por la pieza, mien­tras él se acurrucaba y el viejo sacudía el cinturón. En ese lugar muchas veces había subido los brazos, primero pidien­do perdón, inútilmente; después, atajándose los golpes, el movimiento de esas tiras de cuero traídas del parque, para arreglar. La hebilla estaba siempre para el lado de su cuer­po. El rostro del viejo, ahora, viniendo hacia las hamacas. La gente, sin gritar mucho todavía, arriba. La hebilla ba­jando sobre su cuerpo, abriendo surcos, subiendo llena de sangre para volver a bajar y subir girando allá arriba con so­nidos secos, crujidos que bajaban y subían, giraba con el rostro de la chica rubia el pelo el tipo gordo de pronto asus­tado seguramente la mujer tratando de aferrar con una pi­rueta el sombrero  que  trataría de escaparse  el viejo avanzando con la máquina de los boletos en la mano cerrada sobre la cinta de cuero que se balancea mientras él siente la pa­lanca redondeada en su mano. Yo soy el que puede decidir ahora, viejo. Tu ruina, todo. Los de arriba ya no van a reír­se porque cuando dé el

octavo golpe

las hamacas dan un salto, las cadenas giran casi horizon­tales y ahora sí, el miedo. Vos también tenés miedo, viejo. Estás por entender. El rostro del viejo era una mueca terri­ble: ya no tengo miedo. El viejo decía que la máquina esta­ba descompuesta, que la parara. Y que después, en la pieza —eso creyó oírlo, como todo, entre el ruido—iba a ver. Eso: en la pieza. La hebilla manchada de sangre bajando a des­garrarle la cara, haciendo de su cara esa cosa horrible que había visto cada mañana, en el espejito de la pieza, viendo también la cara del viejo, atrás, más allá del círculo. Y su mano, fuertemente apretada a la palanca, se mueve hasta el noveno punto y siente saltar las hamacas. Sin mirar hacia arri­ba oye los gritos, confusamente perdidos. Después, ve la gente borroneada formando una sola cara, la del viejo, allá arriba, girando, amenazándolo mientras el viejo, abajo, quie­re cruzar y no se anima. El silencio era algo más real, como una bruma que dejaba pasar los gritos, algún ruido, y a tra­vés de la cual veía amontonarse la gente, abajo, la gente que señalaba para arriba, mientras él sólo podía oír ese crujido creciente, ahora, ese jadeo del motor que estaba a punto de quebrarse, de reventar como van a reventar todos, como vas a reventar vos, viejo, y ya no vas a volver a pegarme, pensa­ba, mientras el viejo, entre la gente, encerraba la cabeza en­tre los brazos, grotesco, y gritaba. La cara del viejo volvía a estar allá arriba, gritando un grito enorme, girando. Las ca­denas se entrechocaban. Oyó un ruido más fuerte. Le pa­reció que un bulto oscuro cruzaba el aire. Los gritos crecie­ron también abajo, subieron, uniéndose a los de ese rostro único, al de ese maldito viejo que estaba arriba. La gente corría. Vio uniformes. Pensó: Vengan. Gritó: Vení, viejo de mierda, que no van a pararme. Gritó: Vengan, gran puta. Gri­tó: Me queda, todavía, un punto más.

 

Triángulo

El primero en hablar es él. Dice: Qué pensás. Ella tarda un tiempo en responder. Al fondo, como enterrada en ese hue­co de la almohada, está su cabeza, y le cuesta salir de ese po­zo en la boca del cual hay una superficie que debe volver a explorar. Dice: Nada. Y comprende que está demorando la respuesta, sin saber bien por qué. Ahora siente la mano, el hueco de la mano sobre su frente y después sobre la boca y en el pecho, bajando hacia las piernas. Una caricia exacta, tier­na. Esa ternura que le falta a él, a Enrique, que le faltaba, piensa, mientras dice: Nada, otra vez, en ese juego intermi­nable de siempre, que ahora tiene un significado distinto, está demorando algo más importante que otras veces, hasta que él se exaspere y diga lo que corresponde decir.

—No se puede pensar nada —dice por fin él.

Se ha incorporado. Vacilando sobre el codo, que forma un pequeño embudo en la sábana, crece, como una som­bra, sobre el rostro de la mujer. Los ojos, como colgados de sus palabras, esperando que ella hable. Como Enrique nunca lo hacía. Él siempre dice sí o no. Él siempre decía sí o no. Alberto la mira. Hay que responder.

—Lo hice. Acabo de hacerlo, Alberto. Entendés.

—Hiciste... qué...

Entonces, ella descubre algo, en la voz. Algo indiscerni­ble: un tono más alto que otras veces, un matiz agresivo. Un lejano parecido, tal vez.

Apagaron la luz. Al rato (la primera impresión fue la de estar soñando) la voz comenzó a crecer como si hubiese na­cido dentro de ella, como si alguien hablase dentro de ella, de un modo irreal. Abrió los ojos y la voz continuaba. En­rique, inmóvil, parecía dormir. Sin embargo, ahí estaba su voz: "Sabes por qué lo hice. Porque tengo pensado hasta el último detalle y voy a hacerlo, entendés". Ella cerraba los ojos y volvía a abrirlos. Vio la luz de la calle fija en el espejo, vio el brillo de los muebles. La voz persistía, era un remolino, ya no se iba a detener: "Uno no sabe cómo explicar ciertas cosas. Tal vez porque todo es muy desagradable: llegar, no encontrarte o encontrarte lejos, sintiendo que apenas sos capaz de decir sí, o chau, o cualquier cosa sin importancia. Pero eso lo voy a hacer. Esta noche, me dijiste, vas a ir sola a esa fiesta: cuando salgas voy a estar en la puerta. Sí, sé que podés decir que nunca hice nada parecido, nunca te esperé o te acompañé. Pero vos no me pediste que lo hiciera, que­rida. Por todo eso lo decidí. Claro que fue difícil: hasta a las pequeñas porquerías se acostumbra uno. Pero también es muy cierto que todo tiene un límite y las cosas llegan a explotar. Al principio fue tu indiferencia: no decirme nada cuando me iba a algún lado con mis amigos. Porque hasta que lo reten, que le pidan cosas necesita uno de vez en cuan­do. Y lo principal fue eso: notarte cada vez más fría. Sobre todo que ya la guardaba desde que dijiste chicos no que no me gustan. Y eso era nuevo. Porque recién después de casa­dos lo dijiste. Y así fueron cinco años mordiéndome, que­rida, pensando que la verdad era que no podías y no que no querías, aguantando esa rabia de que no me lo hubieras di­cho. Por eso, ahora lo sé, yo mismo me fui alejando. Aho­ra, todo está decidido: ya es como si las cosas estuvieran he­chas y en vez de pertenecer a esta noche, a mañana, fuesen de ayer, del pasado. Ya fui a esperarte a la salida de esa fies­ta y cuando saliste te dije vamos al río, ya me preguntaste a qué, ya te contesté que quería hablarte y que todo debía ser como aquella vez, cuando te conocí, cerca de Núñez, te acordás. De lástima me acompañaste. Llegamos. Entonces yo te quise besar y vos hiciste lo justo, lo que había calcu­lado: saber que no ibas a besarme, sentir tu asco, era preci­samente lo que necesitaba para acordarme de todas tus por­querías. Sobre todo me acordé de lo último que me habías dicho: Quiero separarme de vos. Después me fui, dejando tu cuerpo perdido en el río, cerca de Núñez, donde nos conocimos". Después las palabras habían cesado. Pero pu­do recordarlas como una pesadilla, al despertar.

Alberto siente frío. Acaba de preguntar: Qué hiciste. Otra vez. Estira la sábana sobre su cuerpo. Es inútil: el frío está en su espalda y no se va. Al principio es una bruma, lenta, envolviéndolo. El rostro de ella, brumoso, se desdibuja en mueca distinta, casi brutal. Su propio rostro —siente— se con­trae en un gesto de dolor. Aprieta las sábanas y en el mismo instante siente que algo —y piensa, sin saber por qué, en pas­to, en arena— lo roza de una manera tenue, lejana. En segui­da, el rostro como hundido, y una molestia, como si estu­viera mirando el cielo con los ojos muy abiertos. O el agua. Mientras, allá lejos, oye que ella repite: —Fue fácil, sabes.

Y ahora es su voz, que también suena como lejana, aquí en la habitación, preguntando: Qué fue fácil, qué... El pas­to o la arena vuelven a rozarlo, esta vez tan nítidamente que cruza el brazo derecho tras su espalda, buscando algo. En­cuentra primero la sábana, el colchón duro, hasta que vuel­ve a mover el brazo y lo siente frío, como si acabara de sa­carlo del agua. Después, nuevamente la bruma, envolvién­dolo, mientras siente el cuerpo duro, rígido, y un rencor extraño, viejísimo, pero no desconocido. Ahora está ahí, en ese lugar lejano, húmedo. El pasto y la arena lo molestan. Y ese rencor, ese odio tiene algo de cotidiano, de familiar. Odia un rostro, dos rostros que se mueven allá lejos, cuan­do ella se inclina y el hombre pregunta: Qué fue fácil. Mien­tras él sigue sin saber qué hacer ahora ahí, todo mojado, to­do quieto, ojos al cielo o al agua. Y solo, en el río.

Ella responde: Hacerlo, fue fácil hacerlo, sabés. Y explica que todo ocurrió de un modo extraño, que una noche, des­pués de apagar la luz a ella le pareció oír que él hablaba. O que había sido un sueño, una pesadilla en la que él se lo contaba todo. Y que eso lo perdió. Mientras esa voz, allá le­jos, vuelve a preguntar: Pero qué hiciste, qué iba a hacer, quién iba a hacerlo. Y ella contesta: Me iba a matar, entendés. Seguro que se había enterado, aunque no lo dijo. Esa noche yo oí cosas terribles. Ese rostro lejano, esa voz, cuen­ta cómo él ya lo daba todo por hecho, diciendo que ya to­do estaba concluido. Entonces, ella había conseguido ese revólver, esperando que la invitara a ir al río, después de la fiesta. Ella dice: Le hubieras visto la cara cuando vino con los brazos abiertos, hasta pensé que quería besarme, que se había olvidado de todo, en realidad. Y la voz, a lo lejos, es una risa, una risa o un llanto. Ella no puede seguir en pie y se está derrumbando, comienza a llorar.

La voz del hombre dice:

—Pero ¿a quién?, ¿a quién mataste?

El cuerpo duro, inerte. La arena vuelve a rozarlo.

—A mi esposo, a Enrique. ¿No entendés?

Lejos, las dos figuras comienzan a moverse. Ella no com­prende por qué él, Alberto, la mira con ojos enormes, bru­tales, y tiene el cuerpo inexplicablemente frío, como si tu­viera agua, o arena. Tampoco comprende por qué de golpe la mano de Alberto ha subido hasta su cuello y, mientras una voz distinta pero no desconocida la insulta lentamen­te, la mano sigue apretando con fuerza, cada vez más.

 

Kincón

Primero fue como si despertara de un sueño vacío, sin imágenes. Luego, la sensación de ser una figura vacía, ape­nas un pensamiento gestándose en algún lugar, lentamen­te. Después, comencé a dar pasos vacilantes, a ser el prota­gonista de escenas, de acontecimientos que, casi con certe­za, creía haber vivido antes. No era una similitud, no. De pronto, siempre confuso, yo estaba en cualquier lugar, ha­ciendo cualquier cosa. Entonces recordaba haber hecho al­go parecido, antes, pero no exactamente lo mismo: y era necesario que venciera imposiciones, que me moviera por mi cuenta, corrigiendo los errores hasta ajustarlo todo: en seguida la escena recomenzaba y era más perfecta, gradual­mente iba asemejándose a ese modelo visible en que se convertía el pasado. Esto no duró mucho tiempo: progresiva­mente, en ese mundo difuso, me fui concretando. Mi cuer­po fue cada vez más preciso, mis rasgos más definidos. Mis actos ya coincidían en todo con el invariable (y casi expli­cable) recuerdo, y no tenían nada de balbucientes, y eran erróneos en la misma medida en que fueron erróneos los otros, los que pertenecen a esa vida anterior al sueño del que he despertado.

Ahora, que relato esto, sé dos verdades: sé que esta voz, estas palabras, estos gestos que son simples y perfectas re­peticiones (esta explicación de mi voz, de mis palabras, de mis repeticiones), me han sido impuestos y es, de alguna manera, como si me hubieran sido prestadas. Prestadas pa­ra que cuente mi historia, mientras camino, mientras com­prendo que se tiene que cumplir, dentro de unos instantes, el eslabón que falta para que la cadena que una vez consti­tuyó mi vida quede completa (también) en este mundo espantable en el que estoy a punto de volver a la nada. Sé, también, que todo este lenguaje es exterior a mí, que este acto de narrar mi vida —todo eso que estoy diciendo, justi­ficando— es el único que no puede ser una repetición, el único que no recuerdo. Nunca tuve lenguaje suficiente, me faltaron las palabras para todo y si hubiera debido contar mi historia por mi cuenta lo habría hecho como me expre­sé siempre, como me obligaron a expresarme siempre: a los insultos, a las trompadas. Hay, en estos recuerdos que es­toy obligado a contar, pensamientos o preguntas que nun­ca hubiera formulado, que nunca hubiera dejado escapar de mis labios.

Decían que mi origen era el Brasil: eso era cierto. De ese país siempre tuve (en vida, en los recuerdos posteriores al sue­ño) una confusión nada geométrica de caminos, de ramas, de cielo entre follajes. No sé si recuerdo un barco o un tren: sé que era chico, muy chico, cuando llegué a la Argentina.

Tampoco recuerdo rostro ni nombre de padres: sólo una blanda caricia, unos dedos largos que un día no vi más, que una vez, cuando fui más grande, me dejaron solo.

Estaba en algún lugar del campo y tuve que salir a buscar la vida, a ganármela. Tal vez tenía quince años. Lentamente fui adquiriendo costumbres, mañas, retruques y un lenguaje inseguro mezcla de portugués (nunca, en vida, supe que ésa era mi lengua natal), dialecto de estancias, repeticiones de pequeños pueblos bonaerenses, palabras para sacar el cuchillo. Un día —intuyo que siempre se dice así cuando no hay fechas, cuando se quiere señalar cualquier día— un ca­rro me dejó en General Belgrano, cerca de la estación. Acostumbrado al campo abierto, a los pueblos vistos en un sue­ño, a los caminos retorcidos que conducen a las cosechas, creo que comprendí el borroso significado de la palabra si­metría: atraído por las calles rectas, amplias, me quedé.

No es que el recuerdo se confunda, pero me queda poco tiempo. Me están imponiendo palabras, me están obligan­do a contar mi historia, pero también me obligan a andar por otro sendero, el mismo que atravesé el último día de la vida anterior al sueño, otro sendero donde todo tiene que acabarse, donde quizá voy a quedar hasta que alguien em­piece a jugar otra vez con mi sombra, a tejer esquemáticas escenas repetidas. Debo, por lo tanto, adelantar los aconte­cimientos, apurarme.

De los primeros días enumero sensaciones confusas, mi­radas torvas, extrañadas. Luego, alguna amistad. Nunca pu­de explicarme por qué todo comenzó ahí, por qué todo no comenzó antes. Mirando a la distancia parece improbable que no me hubiera dado cuenta, ya, al llegar al pueblo. La palabra "negro" era parte de mi origen y no me llamaba la atención, mayormente. Pero fue ahí, en General Belgrano, donde me enteré de que mis manos parecían zarpas, de que mi cuerpo era la exacta reproducción de un mono gigante. Kincón es el sonido a que quedó simplificado ese gorila que apareció una vez, en el cartelón del cinematógrafo, dibuja­do con una mujer entre las manos enormes, destrozándola. Kincón fue desde ese día mi nombre. La revelación de que era distinto, muy distinto. La palabra que eligieron para se­ñalar que yo era uno más para el pequeño mundo de los so­litarios: Banegas, changador, habitante de los bancos ferro­viarios; Rodríguez, especie de susto nocturno, reducido a su casilla de madera, siempre a punto de ser desalojado jun­to con su mujer y sus hijos; otro pibe del que no recuerdo el nombre (Cantinflas, le decían), con su bolsa, sus veinti­siete años desfigurados, su rebenque y su baba; hablando entre dientes y cediendo a las burlas, improvisando discur­sos o cantando para que todos se rieran y, alguna vez, le ti­raran monedas.

Una vez alguien me provocó, alcé una silla, hice brotar sangre. De la celda, en la comisaría, pasé, inexplicablemen­te, a formar parte del personal de vigilancia. El comisario necesitaba gente fuerte, me dijeron. Agente Kincón: hasta a mí me daba risa. El hecho es que empecé a pelear contra los malandrines, a ganar un sueldo fijo. Creo que por eso la Juana vino a mi rancho. Ella no era fea del todo, tampo­co era negra: por supuesto, la plata. Trajo a sus dos hijos. Des­pués tuvo uno mío y se nos murió, al poco tiempo. Yo me había constituido en el padre legal de sus chicos. Hasta los reprendía yo, hasta alguna vez se me colgaron de los bra­zos, me dijeron Kincón ellos también, pero muy bajo, co­mo si me estuvieran acariciando, como si fueran, sus voces, esos dedos largos y blancos que me acariciaban cuando era chico. Pero se hicieron grandes y cambiaron: se daban cuen­ta de la forma de mi rostro y me despreciaban. Querían co­mer mejor; ocultaban a la Juana cuando se metía otro hom­bre en mi rancho, o me lo contaban después, defendiéndo­la descaradamente. Comencé a pegarles, a los tres. Siempre los gritos de la Juana eran más fuertes, más persistentes; me perseguían durante muchas horas. Evitaba, entonces, vol­ver al rancho. Comprendía que ninguna mujer podía be­sarme, con esta cara, y me quedaba atado a la Juana.

Camino. La curva gira (alguien me impone estas palabras y digo la curva gira). Sigo recordando todo cuanto viví dos veces, todo cuanto me ocurrió por duplicado, por triplica­do quizá en escenas informes. No sé si esto que me hacen decir es cierto; sé que es lindo, que me justifica: solo, ator­mentado, desdeñado por esas palabras que me decían Kin­cón, sos fiero eh, me fui dejando llevar (o inventé que me estaba dejando llevar) por algún recuerdo primitivo, por al­guna figura de ramas, de olor a follaje. Cada vez eran más frecuentes mis conversaciones con ellos, en los bancos de la estación, en la calle del centro a las tres de la mañana. Tam­bién experimentaba una extraña felicidad cuando alguna no­che nos topábamos con ladrones y yo cruzaba el campo, a caballo y al galope, apretando la culata del rifle, o cuando entraba sin miedo a los chumbazos en las peleas de los bo­liches. Sé que eran ellos (sé que era mi rostro, mi sobrenom­bre) los que me impulsaban a herir a alguien, a defender­los. Odiaba. Ahora odiaba a la gente. Los pibes del pueblo, que habían sido mis amigos, estaban creciendo: ya hacían repetir sus discursos a Cantinflas, ya se habían dado cuen­ta de que me disgustaba verlos hacerme la venia, oírlos de­cirme buenos días, agente Kincón. Por eso, para vengar a los otros (ahora sé que para vengarme de mi soledad), hice aquello: jugaban y me habían visto. La pelota saltaba en el empedrado y fui hacia ellos. Me miraron, descubrieron que no debían decirme nada, creyeron que yo iba a pasar de lar­go, que me iba a olvidar de que ya sabían por qué me lla­maban Kincón. Por eso, desde ese día, rompí la pelota con el sable: me acuerdo, siempre, del ruido a goma rota, a aire en libertad. Me acuerdo de muchos ojos, odiándome.

Todas estas palabras —debo insistir, creo— están lejos de representar mi soledad. Además, la palabra soledad no ha­bla, no puede hablar, del odio que fui dejando crecer den­tro de mí, del placer elemental que me llenaba al enfrentar el espejo, cuando veía que la Juana y los chicos esbozaban sonrisas al verme ante la superficie brillante. Alguna vez, en voz alta y delante de ellos, pude repetir mi sobrenombre. Kin­cón, Kincón. En sus ojos, en su interior estaban esas pala­bras: las mías eran sólo un eco. (Es extraño pero me parece que sí, que ahora hablo yo, que ya no me imponen las pala­bras y que domino casi todo el significado de cosas, de lu­gares, de símbolos que nunca hubiera conocido antes. Lo único irremisible es esta marcha, este camino hacia el último acto.) La palabra soledad no puede explicar de ningu­na manera mi silencio, mis ganas, a veces, de insultarlos a todos, mi rabia (que era la rabia que le tenía a la gente) cuando les pegaba a los hijos de la Juana, o a ella misma, y después debía faltar por dos o tres noches, porque sus gri­tos me perseguían. No podía ser todo ese odio que me lle­vaba a caminar por la noche, en el pueblo, vigilando los za­guanes, apareciendo de vez en cuando para ver el susto de la gente cuando se encontraba con mi cara de Kincón en la ventana.

Después vino lo otro: lo del día que trajeron a Banegas a la comisaría y le hicieron limpiar los pisos, diciendo que es­taba acusado de vagancia. Yo, yo mismo le dije que se fue­ra. Entonces fue la pelea con el comisario: el sable y la cha­queta tirados por el suelo: el calabozo. Cuando salí, la Jua­na se había ido. Se había llevado (tal vez por compasión, para hacerme una afrenta, o para dejarme más solo toda­vía) el espejo. Los pibes, ya de doce y trece años, estaban pero no parecían esperarme. Me pidieron comida y les pe­gué. Les dije que tenían que trabajar, insultándolos, hablándoles de la gente, de la soledad, de los pisos de la comisa­ría, del comisario. Se fueron.

Al rato llegaron dos policías y me llevaron otra vez al ca­labozo. Por el camino los crucé: traían comida, pude adivi­nar que me habían denunciado. Después, todo transcurrió entre el calabozo y los boliches. A veces iba y les pegaba: ellos, mañosos, inventaban que yo seguía hablando mal de las autoridades y volvían a encerrarme. (El odio parecía dor­mido. En realidad, había algo más, dormido: algo que se encierra en una palabra cuyo significado recién compren­do, una palabra que también me están dictando pero que no puedo aceptar, porque seguramente no me pertenece, aunque tal vez defina lo que no sentí nunca, salvo aquella vez, en ese momento que volveré a sufrir ahora, para completar la cadena.)

Camino, anoche vine borracho y uno de los pibes estaba en mi cama: lo eché. Protestaron, me dijeron que los due­ños del rancho eran ellos, que pronto iba a venir la Juana con otro tipo. Les pegué. Contra un rincón, donde había estado el espejo (donde los había visto disimular la risa), les pegué como si estuviera pegándoles a todos ellos, a todos los que me decían Kincón, a los dedos blancos que una vez me abandonaron.

Ahora es la mañana y ellos acaban de irse. Dentro de un rato vendrán a buscarme, por eso he salido a encontrarlos. Ya llegan. Los pibes no disimulan más delante mío: condu­cen a los policías, simplemente. Los agentes vienen con el sable, que una vez tuve en la cintura, y el mismo uniforme con el que yo aparecía de noche, por los zaguanes, o tiraba trompadas volteando ladrones. Pero hay algo distinto a siem­pre: ahora sé que ya no siento ni cansancio ni odio, sino to­do eso junto: las ofensas, la certeza de estar solo, de sentir­me nombrar desdeñosamente, de saber que siempre fui una basura, alguien que no sirve nada más que para ponerlo a la cabeza del pelotón cuando se entra a un boliche donde hay tiros, mientras se lo compara con la figura de un gori­la, pensando, risueñamente, que su origen es el Brasil.

Vienen (como hace mucho tiempo, antes del sueño). Son tres y llevan sable. Camino y estoy desarmado. Corro y les grito que no, no van a llevarme, son todos una porquería y si quieren vengan y peleen y corran como corren ahora ha­cia mí, hacia mi cuerpo, mientras parece que los chicos se ríen, hasta que se quedan un poco asustados de mi rostro (que a lo mejor ya no causa risa, ni repulsión) y miran cómo arre­meto contra los sables, cómo me aferró a la tierra y esqui­vo los amagues, el aire que cortan los filos, cómo me siguen cortando y mi cuerpo, mi cuerpo distinto de Kincón, se de­bate y los ojos de los policías que una vez fueran a pelear detrás de ese cuerpo continúan sorprendidos y las manos se obligan a subir, a bajar, a hundir las hojas largas en su car­ne, muchas, muchas veces, mientras antes de caer el mons­truo sigue, como la primera vez, lleno de sangre y en pie, bramando, esquivando los sables, bailoteando.

 

  • Miguel Briante
    Briante, Miguel

    Miguel Briante nació en (General Belgrano, provincia de Buenos Aires, 1944- General Belgrano, 1995) fue un narrador y periodista notable. A los diecisiete años ganó con su relato "Kincón" el Primer Premio del Segundo Concurso de Cuentistas Americanos (premio organizado por la revista El escarabajo de oro y que compartió con Piglia, Rozenmacher, Gettino y Villegas Vidal). Su primer libro de relatos, Las hamacas voladoras, fue publicado en 1964. En 1993 se editó una nueva versión de su única novela, Kincón, originariamente aparecida en 1975. Sus otros dos libros de relatos, muchos de los cuales forman parte de antologías del género, fueron Hombre en la orilla (1968), y Ley de juego (1983).

    Briante ejerció los oficios de periodista y crítico de arte con la misma lucidez que ponía en sus textos literarios. Aparte de los catálogos, críticas de arte en revistas internacionales y colaboraciones en medios como La VozArtinf y Vogue, entre 1967 y 1975 trabajó para Confirmado, Primera PlanaPanorama y  La Opinión, entre 1977 y 1979 fue jefe de redacción de Confirmado, entre 1982 y 1984 fue jefe de redacción de El Porteño, y desde 1987 hasta su muerte estuvo a cargo de artes plásticas en Página/12. Los artistas argentinos también recuerdan su paso por el Centro Cultural Recoleta, primero como asesor (1989-90), y luego como director (1990-93).

    Su obra fue reeditada hace poco por Página/12 en una edición de bajo costo.